Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

ETIQUETAS

Mostrando entradas con la etiqueta LGTBQ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LGTBQ. Mostrar todas las entradas

LA CASA LILA, novela lgtb de Viviana Marcela Iriart, diseño gráfico de Jairo Carthy, de venta en Amazon

 


Un amor distinto… aunque no todos lo entiendan

 

Verano de los '80. Paola, corresponsal de guerra, viaja a una Argentina atravesada por las heridas de la última dictadura a visitar a su abuela, mecenas de Puerto de Caracoles, un encantador pueblito a orillas del mar fundado por sobrevivientes de las guerras europeas. Allí se reencontrará con su amigo Fabián, actor, quien la invitará a una fiesta en una casa muy especial: la casa lila, habitada por la ceramista Luz y su marido Gabriel, arquitecto. Esa noche, sin que nadie lo imaginara, surgirá un amor que atravesará todos los tabúes y prejuicios.


"Esta historia que voy a contarles sucedió hace mucho.
En una época en que hombres y mujeres se desvivían, desolaban, revivían y morían, simbólicamente, por pasiones tan primitivas y lejanas como el amor.
Una época en que el amor se hacía cuerpo a cuerpo, sudor contra sudor, gemido sobre gemido.

Después llegó Internet.

Y la paz a los corazones.

Y el aburrimiento.

Será por eso que mis jóvenes amigas disfrutan tanto con esta historia y me piden una y otra vez que se las cuente". (fragmento)

 

LA CASA LILA, de Viviana Marcela Iriart, con diseño de Jairo Carthy, publicada por Ediciones CHORONÍ, está a la venta en Amazon: https://www.amazon.com/dp/B0FP2P1SB7

 

 


Viviana Marcela Iriart es una escritora y editora argentina-venezolana. 


Ha publicado los libros ¡Bravo Carlos Giménez!,  recopilando a través de entrevistas el legado del genial creador teatral, fundador del Festival Internacional de Teatro de Caracas y el libro Entrevistas: Julio Cortázar, Nava Semel, Rolando Peña, José Pulido, Susy Dembo, Mariana Rondón, Elisa Lerner, Carlos Giménez, Esther Dita Kohn de Cohén, Beatriz Iriart, Dinapiera Di Donato, Sonia Zilzer, Julio Emilio Moliné, Roland Streuli, Luisa Richter, María Lamadrid. 


Ambos libros fueron publicados por  la ex Escritoras Unidas & Cía. Editoras, fundada por la escritora, que cambió su nombre recientemente a Ediciones CHORONÍ al asociarse con el artista y diseñador gráfico Jairo Carthy.   


Ediciones CHORONÍ publica libros para la venta en Amazon y libros de lectura gratuita, entre estos últimos  Bajo el Bombardeo Hanoi 1972,  de la cantautora y pacifista Joan Baez, un potente alegato en contra de las guerras publicado con la autorización de su autora. 



Cristina Peri Rossi: “No hay mejor marido que una mujer”, entrevista de Leonor Ruiz Martínez, Revista Vísperas, 2/05/ 2016






«Nada sabemos de los seres que amamos, salvo la necesidad de su presencia».





Barcelona, final del invierno, casa de la autora. Entro con patas de mosquito (y la sangre llena de sangre). Sé que estoy ante una escritora inmensa. Me reciben la naturalidad, la generosidad, el saber y el genio innato. Cuenta su amiga Lil que en el pasado Cristina utilizaba tres máquinas de escribir a la vez: en una escribía poesía, en otra novela, en otra cuentos, tal vez ensayos. Nació en Montevideo en 1942 y se exilió en 1972, sabiéndose objetivo marcado por la dictadura uruguaya. Su obra es inconmensurable y difícil de catalogar: el lirismo más profundo convive con lo irreverente, el humor con la melancolía, la ironía con lo grotesco, lo erótico con lo metafísico… Varias decenas de títulos, muchos de ellos sublimes, en los que prevalecen la experimentación y la demolición de líneas divisorias.


En el último año ha publicado el ensayo Julio Cortázar y Cris, el poemario La noche y su artificio (ambos en Cálamo) y la colección de relatos Los amores equivocados (Menoscuarto). En breve saldrá su próximo libro de poesía, Las replicantes; en otoño, una novela corta. Las obras de Peri Rossi llevan a amar — aunque sea adúltera o no convenidamente, aunque no se sepa qué—. A amar por un rato. Una serie de citas extraídas de Los amores equivocados  sumadas a algunas preguntas sirven de excusa para hablar del amor, ese polisémico término. Aun sabiendo que parcelar la realidad —separar lo que en la vida va junto— suponga falsearla.



PARTE 1: Las preguntas. 


¿Son predecibles tus fuentes de inspiración literaria?


No soy consciente de ellas. Y tampoco tengo muchas ganas de que sean conscientes. Cuando empiezo a escribir un libro, no sé qué va a ser todavía ese libro. Sé que en ese momento ese tema me ha interesado y es el momento en el que tengo ganas de escribir. Yo no me siento especialmente vinculada a ningún escritor. Incluso con los escritores que más me gustan no tengo siempre un vínculo literario estrecho. Pero en todo caso, no creo que sea fácil decir que tengo influencia de tal o de cual. Y en concreto en Los amores equivocados tampoco.


¿Qué bondades tiene para ti la vida?


Eso hay que preguntárselo a cada persona. Porque si yo hubiera nacido mujer en la Edad Media, y hubiera sido de clase no pudiente, habría tenido una vida tremendamente desgraciada. Si hubiera nacido en el siglo XIX, posiblemente hubiera sido histérica. En el XX, tuve la suerte de nacer en Uruguay en vez de ser judía en Alemania o en Austria. Entonces… A mí lo que me interesa de la vida es casi todo. Soy muy curiosa. Y aunque el saber con sangre entra y casi todo saber encierra un dolor, por ahora me sostiene la curiosidad. Es lo que hace que todavía tenga ganas de vivir. Porque hay cosas que no sabemos. Y todas las cosas que no sabemos, a mí me estimulan.


¿Tienes algún convencimiento profundo?


De que el deseo es lo que nos mantiene vivos. Y no estoy hablando del deseo erótico solamente: estoy hablando del deseo como actitud ante la vida. El poder ilusionarse, el tener proyectos, el tener curiosidad. Todo lo demás me parece relativo. Y además, sabemos muy poco. Pero a mí me puede entusiasmar estar estudiando —como estoy estudiando— el comportamiento de los bonobos, y mañana, de pronto, me entusiasma otra cosa de la ciencia, o me entusiasmo con jugar al Candy Crush. Hace muchísimos años, la revista que publicaba Libération (el órgano de la prensa francesa de izquierdas), eligió a los que consideraba los cien mejores escritores del mundo y les hizo la misma pregunta: ¿Por qué escribe usted? Y yo dije por deseo. Lo que me mantiene es el deseo. No necesariamente el deseo sexual, sino el deseo vinculado al conocimiento.


La ironía para retratar lo terrible aparece con frecuencia en tu escritura. ¿Es el amor uno de esos “asuntos terribles”?


Puede ser. Yo siento que estoy casi siempre en la órbita del romanticismo: lo sublime y lo grotesco. La ironía es un recurso para que lo terrible no te desborde, para que no te haga perder el sentido de la realidad. Es decir, el mundo es terrible y es maravilloso a la vez, y no creo que haya ninguna vida solamente terrible ni solamente maravillosa. Cuando yo me acerco a ciertos temas muy dolorosos, puedo ser lírica (y expresar la emoción: una emoción que es dolorosa), o puedo ser distanciadora, para poder mirarlo desde afuera. La ironía siempre sirve para crear un poco de distancia. Pero es una ironía llena de ternura, porque estamos todos en la nave de los locos, estamos todos en el mismo barco, y el destino de ese barco no sabemos cuál es. La cita que abre mi novela La nave de los locos es una cita de Pessoa maravillosa: «La vida es un viaje experimental hecho de manera involuntaria». Ahí está toda la filosofía para mí.


¿Qué da más, el amor o el desamor?


Ambos son muy intensos. Cuando yo escribí El amor es una droga dura, los científicos decían que el primer periodo del amor (lo que se llama el enamoramiento, la pasión) solamente se podía aguantar tres años. Ahora ya lo bajaron a dos. Supongo que es porque, como vivimos en este proceso de aceleración del capitalismo tardío, la pasión resulta improductiva, no produce más que dolor o placer, y eso no se puede contabilizar, no aparece en el “debe y haber”. El capitalismo no favorece el amor. La pasión es algo para clases pudientes: necesita tiempo, necesita entrega y olvidarte de todo lo demás. Uno no tiene tres pasiones en la vida. La pasión es excluyente. Yo creo que el capitalismo prefiere que la gente se apasione por un partido de fútbol, porque dura cuarenta y cinco minutos un tiempo, cuarenta y cinco otro, después se pelean un poco en la calle y ya está. Pero la pasión amorosa es muy absorbente. No produce. Y si no produce, no la podemos apoyar.


¿Recuerdas tu primer amor?


Sí. Mi madre. Creo que fue mi madre.


¿Cómo se sobrevive sin amor?


Ahí uno está muerto. Es decir, hay muertos en vida. Los consultorios de los psicoanalistas están llenos de clientes (yo no digo pacientes) víctimas del amor… y de víctimas de la falta de amor: que quisieran amar alguna vez, que les gustaría probar cómo es pero que nunca han sentido una cosa así. No se puede decir que sea un acto voluntario. El amor es una quemadura, el amor arde, es ardor. Y bueno, hay gente que después te dice: es que no podés eliminar el sufrimiento de la pasión —justamente pasión viene de padecer, se llama pasión al viacrucis de Jesús—. Amar es un padecimiento, pero glorioso padecimiento, nos hace sentir más vivos. Después, claro, hay que descansar… Hay cosas características de la pasión, como la intensidad de todo lo sensorial. No es lo mismo escuchar sola Je suis malade cantado por Lara Fabian, que escucharlo al lado de la persona que te gusta. A mí lo que me fascina de la pasión es que vulnera todo, traspasa todo, es un intensificador, es una droga, en realidad. Si la gente se droga con tonterías es porque no son capaces de tener las drogas interiores. Ahora, también es verdad que una pasión a dos, una pasión compartida, es de una extraordinaria violencia interior. No física, pero digo violencia porque no deja espacio para otras cosas, a veces.


¿Se suple la falta de amor con mucho amor a uno mismo?


Es al revés. Esto que suelen recomendar los conductistas, que hay amarse primero a uno para luego amar a los otros, eso es mentira. El que se ama mucho a sí mismo no tiene espacio para el otro. El amor al otro puede ser más fuerte que el amor a uno mismo. La prueba es el sufrimiento, que seas capaz de sufrir. Porque el objetivo del amor, de la pasión, no es la felicidad permanente: habrá momentos de éxtasis y momentos de expiación. Pero el narciso se ahoga. Porque hay que hacer siempre una precisión: el narciso está enamorado de su imagen, no de sí mismo. Las personas narcisas están enamoradas de la imagen que proyectan hacia los demás, no de su yo. Toda esa gente que se ama tanto a sí misma termina por no tener espacio para los otros. Por algo el cristianismo dice que ames al prójimo tanto como a ti mismo. Mirá si te amarás a ti mismo que la prueba de amor es que ames al prójimo tanto como te amas tú. Si en el siglo XIX la enfermedad social era la histeria, por la represión sexual, y en el XX la neurosis por las guerras, yo creo que el XXI ha empezado como el siglo del narcisismo. La gente prefiere estar en su casa —con un robot, o con juegos (y yo soy muy amante de los juegos mecánicos)— al riesgo. El amor siempre es un riesgo. Porque estás descubriendo tu fragilidad. Es lo que decía William Blake: ¿Cómo voy a ser amigo de la mujer a la que amo si una mirada suya me conduce al paraíso, pero si me falta estoy en el infierno? El amor nos descubre nuestra fragilidad, y hay que ser muy valiente para ser vulnerable. Pero el aburrimiento —la falta de amor— es feroz.


¿Amar se puede, se quiere o sucede?


Yo creo que no es voluntario. Lo que puede ser voluntario es dejar de amar, cuando por ejemplo consideras que te está haciendo un daño insoportable. Pero amar no es hacer el amor, es una construcción en el tiempo. Exige una capacidad de renuncia, de renuncia a los placeres solitarios: hay que hacer concesiones, hay que negociar, hay que estar dispuesto a amar hasta lo que no te gusta, a aceptarlo, por lo menos. Yo creo que amar es sobre todo salirse de la frontera del yo. Es decir, es desear la fusión con el otro, sin tener miedo a perder —nadie va a perder— la individualidad. No se pierde por amar nuestra famosa identidad. Eso no es posible. El momento de fusión en que parece que uno y otro son uno solo, un solo cuerpo, una sola manera de sentir, es algo que la eternidad nos está regalando. El amor es una experiencia que no se puede conseguir de ninguna otra manera. Y no hay problema, se vuelve de eso, desgraciadamente se vuelve. Hay mucha gente (yo lo he leído, lo he vivido) que tiene miedo de esa fusión, que piensa que va a perder su identidad, su sacrosanta identidad, lo que llamaba Freud el narcisismo de las pequeñas diferencias. Hay gente que le tiene miedo a la fusión del amor porque piensa que no van a volver a ser ellos. Cuando se vuelve siempre. ¡Desgraciadamente! Y estamos las que —estando tan hartas de nosotras mismas, de nuestro yo siempre encarcelado, siempre encerrado, siempre yo, yo— deseamos esa fusión para convertirnos un rato en otra cosa. Pero es una experiencia que exige valor, no tener ese fantasma de no volver.


¿Es posible el amor desde la desigualdad?


El amor parte de la fantasía de la semejanza o de la seducción de la diferencia. Yo creo que son las dos posibilidades que hay. Uno disfruta y goza porque comparte o tiene la ilusión de estar compartiendo o sintiendo lo mismo, o lo más parecido posible. Qué maravilloso ese momento, no sentirse solo, no estar solo sintiendo algo, y poder decir esta persona que está conmigo está sintiendo parecido, es decir, romper la soledad. Es una experiencia que a mí me parece maravillosa. Pero la diferencia también puede atraer justamente por curiosidad, por afán de conocimiento. Parecería que, en ese sentido, la heterosexualidad asegura una cierta diferencia casi irreconciliable: cuerpos diferentes no pueden sentir lo mismo.


¿Tiene algún sentido hablar del amor?


El amor hay que sentirlo. Es una cosa, por otra parte, muy reciente en la historia de la humanidad. El amor lo inventaron los trovadores. Y Dante.


¿No fue una crueldad, la invención del amor?


No, no lo fue. En primer lugar, fue civilizador, porque cuando aparece el amor, el amor de los trovadores, el señor lo único que quería era guerrear. Comía con los dedos, mataba jabalíes, y le ponía un cinturón de castidad a la mujer para que no follara con otro mientras él iba a guerrear, y se llevaba la llave. Cuando aparecen los trovadores y aparecen las cortes de amor (las cortes de amor fueron una maravilla inventada por las mujeres; los grandes movimientos civilizadores en la historia de la humanidad han sido protagonizados por mujeres, por grupos de mujeres), estas mujeres de la nobleza, totalmente hartas de sus brutos, empiezan a apoyar a los trovadores. El trovador elegía a una dama, que era su amada para siempre, pero la condición era no acostarse. A veces, ella le entregaba un pañuelo, una prenda íntima, y él, cuando tenía que ir a batallar, batallaba por ella. Pero ellas establecen unas normas, unas normas para el buen amor, y cuando un caballero dejaba de cumplir esas normas, hacían cortes de amor. Las cortes de amor eran como tribunales —de mujeres— que juzgaban al hombre (el trovador o el caballero) que había contravenido esa norma. Por ejemplo, la contravención podía ser que, en una batalla, el caballero no llevara la liga o el pañuelo que ella le hubiera dado, o que hubiera osado besar a otra. La condición era no llegar al coito, porque si no, venía el bruto y los mataba. Pero fueron tremendamente civilizadoras. Ellas pusieron la música, escribieron poemas (la mayoría de los poemas de trovadores eran escritos por las mujeres), traen la seda de Oriente, les enseñan a los brutos de los maridos a escribir, a comer con cubiertos. Fue un movimiento tremendamente civilizador. Imagínate, poder juzgar a alguien porque cometió una falta de amor. Precioso. Las normas yo antes me las sabía de memoria. La primera decía «Todo caballero debe palidecer ante la presencia de su amada». Bonito. Precioso.


¿Y dónde está documentado todo eso, de dónde viene?


De las cortes de amor. Yo tengo un libro francés traducido por mí hace muchos años, Leonor de Aquitania. Fue una de las mujeres más importantes de la historia de la humanidad. Uno de sus hijos era gay, Ricardo, lo capturaron los turcos. Cuando lo capturaron los turcos y pidieron un rescate, ella se montó a caballo y se fue a Turquía a por él. Pagó el rescate y volvió con él a Francia. Ricardo ya tenía treinta y pico de años. Leonor de Aquitania fue una de las creadoras de las cortes de amor. Tocaban instrumentos musicales, componían. Fue una época maravillosa. Es la única época bonita de la Edad Media. Sé que cuando traduje el libro leí un juicio de amor. Eso está documentado todo. Ahora, no llegaban al coito nunca. Era un amor ideal. Por eso que se considera un invento literario, el amor.






PARTE 2: Citas extraídas de Los amores equivocados (Menoscuarto, 2015).


«Vacío, ¿comprende? Es peor que el dolor».


Claro. El dolor tiene intensidad. Y además, las neuronas del placer y las neuronas del dolor son concomitantes, están unas al lado de las otras. Yo preferí toda la vida el dolor frente al aburrimiento o al vacío. El dolor te hace sentir vivo. Solo los que están vivos pueden sentir dolor. Los muertos ya no sienten dolor. Me parece que no tenemos por qué huir tanto del dolor. El dolor es una experiencia, una experiencia totalizadora. Se te muere tu madre y te duele el estómago, te pisa un auto y de noche no puedes dormir… Yo, desde la última separación, no he podido volver a escuchar música. Si me pongo a escuchar música, evoco, sufro como una descosida. Tendré que esperar.


«¿Cuándo el amor no era un asunto solitario?».


Si los protagonistas de ese relato escribieran juntos su historia de amor, podría dejar de ser solitario. Pero sería una historia mentirosa. Solamente quizás en el momento de éxtasis sexual puedes pensar que estás sintiendo lo mismo —¡Pero valga la pena la fantasía!: tampoco hay que pretender vivir solo en la realidad. Las fantasías son muy hermosas—. El amor es siempre solitario porque lo que busca es la compenetración con el otro, que es casi imposible.


«Cada cual es la medida de su dolor».


Eso es cierto. Por ejemplo, en los estudios que se hacen sobre el dolor físico, en la guerra, la misma lesión (suponte: un balazo en la clavícula) en cuerpos diferentes produce dolores diferentes. Pero además hay un elemento cultural. En la Segunda Guerra Mundial, un médico muy interesado por este tema observaba que los italianos se quejaban muchísimo más que los ingleses. ¿Por qué? Porque también cómo demostrás el dolor es una cuestión cultural. Yo tengo una amiga alemana que se ha venido a vivir a España porque dice no aguantar más la contención alemana. Claro, un italiano no se contiene. Ese médico que hizo esas observaciones en la guerra decía: seguramente los italianos se quejan más por la relación con la madre, porque son muy madreros, y los ingleses no. Pero yo creo que el dolor es individual, no solo cultural.


«La inteligencia sensual era un arte, algo tan sagrado como la música de Schubert o los naufragios de Turner».


La inteligencia, lo que en la Edad Media de los trovadores, en la escuela del Dolce stil novo de Dante se llamaba “el intelecto de amor”, la inteligencia del amor. Lo que pasa es que eso después se perdió. Y ahora yo diría que es muy difícil, porque generalmente el amor obnubila. No sé si el amor es una buena manera de conocer a alguien. Creo que no, porque cuando te enamorás de alguien proyectás un ideal, una imagen que tú tenés. Es decir, el otro es como un maniquí al que tú vestís o desvestís… Y no estoy hablando de sublimación. Porque uno de los errores es creer que la idealización es solamente ver las virtudes. De pronto también le ves unos defectos horribles que no tiene. Es decir: idealizar, lo que quiere decir, es que predomina la imagen que tú te hacés del otro sobre la realidad. Pero para lo bueno y para lo malo. Si la persona es celosa, por ejemplo, puede perfectamente imaginarse que el otro le está engañando cuando no le está engañando. Es una idealización también. Pero yo no sé si el amor es un buen instrumento para conocer. No estoy segura, porque existe toda esa etapa de proyección de lo que uno lleva dentro. Yo hay días que me despierto con ganas de decirle “amor mío, te amo” a alguien, y no sé quién es. ¿A quién se lo digo? ¡Y yo qué sé! Mi próximo libro, que ya está en la editorial, se llama Las replicantes, y hay un poema, que se llama ‘Las replicantes’, que empieza algo así como “me gustaría saber a quién le digo te amo cuando te digo que te amo”. Porque yo muchas veces que he dicho “te amo” tengo la sospecha de que no se lo estoy diciendo en realidad a esa persona, y me pregunto a quién se lo estoy diciendo. Y finalmente, claro, digo ah, me hace recordar a tal. Pero esa me hace recordar a otra, esa a otra, y a otra. Es una cadena de replicantes. Tú no sabés cuál fue la primera vez, ni siquiera si existió una primera vez, ni siquiera si son las mismas. Y a lo mejor la primera fue la madre.


Pero se identifica esa constante, el deseo de decir “te amo”.


Claro, porque ahí lo que importan son los perfiles psicológicos de la seducción. El deseo, por ejemplo, no sabés de qué es. Es deseo del otro, pero ¿de qué del otro? ¿De todo del otro? ¿De lo que tú pensás que es el otro, de lo que tú has deseado toda la vida? Por otra parte, tienes que dejarle espacio al deseo del otro también, que a su vez tiene todas sus proyecciones. Es realmente un deseo de fantasmas, en el que nunca sabrás si el momento para ti de mayor éxtasis ha sido el momento de mayor éxtasis para la otra persona. Ni siquiera sabés si el momento en que tú has gozado más es el que ha gozado el otro. Tolstoi, que era un déspota, le exigía a su mujer (tuvieron trece o catorce hijos juntos) que llevaran un diario cada uno, y cada día se lo leían a la noche, sobre la relación, sobre su vida. Y lo hicieron. Pero muchos años después se descubrió que en realidad Tolstoi escribía un diario para ella —porque sabía que lo iban a leer esa noche— y escribía un segundo, que era el que ella iba a encontrar —porque sospechaba que ella iba a desconfiar del primero, y que iba a buscar otro—. Pero en realidad había un tercero que era el verdadero.


[Risas]. Qué lío.


Claro. El hombre primitivo era más espontáneo en estas cosas, cuando amaba u odiaba a otros los quería incorporar: al enemigo porque querés incorporar su valor, sus virtudes, y al que amás porque lo querés tener contigo. Por eso la canción más famosa en los clubs de gais y lesbianas era Devórame otra vez. Y Homero, cuando presenta a dos héroes, dice «Te comeré el hígado». Hay un deseo de poseer al otro. En primer lugar, para que no incordie más, para que no demuestre todo el tiempo que es otro. Y en segundo lugar, porque hay un deseo de unidad, de fusión, muy importante, que creo que es lo único que explica la maternidad.


¿El deseo de ser madre sería el deseo de fusión y posesión llevado a la práctica?


Claro, llevado a la práctica. Porque si lo pensás, ¿cuánto amor tiene que haber en alguien que está dispuesto a sufrir nueve meses (vómitos, mareos, peso en los riñones…)? Tiene que tener una fantasía de fusión. Que tiene otra lectura posible: como el amor fracasa siempre, vos decís: por fin voy a tener algo mío.









Tú no explicarías la maternidad por el instinto reproductor.


Creo que el instinto tiene una parte importante, pero en eso soy muy freudiana. Creo que, cuando la mujer comprende el fracaso del deseo, se compensa con tener un hijo. Es verdad que ese hijo es lo único que ha podido incorporar. El pene entra y se va. Un hijo lo tiene dentro de verdad. Ahora, qué es lo que lleva a una mujer a desear tener algo adentro y guardarlo, te prometo que no lo sé. Porque el hombre no desea tener adentro algo de verdad. La mujer sí, desea tener algo, y yo creo que casi la compensa del fracaso (no absoluto) del deseo, de la relación, eso que le han dicho que es imposible. La relación sexual es imposible. Hay una relación, pero muy solitaria. En último término, posiblemente la masturbación es más estar con uno mismo —pero de verdad— que estar con el otro. Porque el otro, ¿está? ¿Estás con el otro? Nadie es capaz de decir de verdad cuando está haciendo el amor lo que le pasa por la cabeza al otro. Ni uno lo quiere saber, tampoco. No lo queremos saber. Porque además nos va a mentir.


«Ella ya se estaba enamorando. ¿De qué? Del cuerpo. De qué otra cosa se podía enamorar».


Es muy curioso esto porque yo siempre he creído que la gente se enamoraba del cuerpo, no de otra cosa, porque para otra cosa tenés amistades. Si yo me llevo muy bien con alguien, si me gusta mucho, físicamente puede ser que tenga una historia. Pero yo no me acuesto con mis amigas. ¿Qué es lo que tiene de específico el amor? Lo que tiene de específico es la relación sexual. Lo demás lo podemos compartir con mucha gente. Incluso las cosas más refinadas: escuchar un lied, o ver un cuadro, lo puedes hacer con otra persona. Lo que tiene de específico el amor es el deseo. Una vez, alguien me dijo: “¿Tú de qué te enamoras?”. Yo, del cuerpo, de qué me voy a enamorar. “¿Cómo quieres que te vaya bien en la vida, entonces?”. ¿Y de qué se enamoran los otros? “Mujer, no del cuerpo. De la persona”. Digo: la persona tiene un cuerpo. Sin cuerpo no hay persona. Claro, después pensé: ella es heterosexual. Seguramente, cuando está con un hombre a lo mejor piensa “es el papá de mis hijos”, o “a lo mejor puede ser el papá de mis hijos”. Y entonces se puede enamorar de otras cosas.


Es la última. «Las mujeres suelen ser excelentes maridos».


Ah, sí, son maravillosas. No hay mejor marido que una mujer. Porque comprende a la otra mujer. Por ejemplo, ¿qué hace la mayoría de los hombres cuando la mujer menstrúa y dejó, sin querer, la braga por ahí? Agarra y dice: “Qué es esto”. Le es ajeno. Si la mujer se queja, o tienen una discusión ese día, le dice “¿Ya estás con la regla?”. En todo momento está marcando que para él la cercanía es los diez minutos que hacen el amor y se acabó. En cambio una mujer entiende perfectamente las necesidades de otra mujer. Si le duele el vientre porque está con la regla, le pone la mano encima, le trae un analgésico, le trae la bolsa de agua caliente. Hay una intimidad en una relación de mujeres (o de hombres) que la da el hecho de que comparten fisiología. Saben lo que necesita una mujer porque ellas también son mujeres. No tengo que estar negociando las diferencias, se comparte muchísimo más. Esto de estar todo el día negociando, explicando, dando respuestas a cosas… Yo me acuerdo que estaba en un bar famoso de aquí de Barcelona, y había un chico gay con una mujer con una niña. Y ella le estaba explicando a él: “Sí, yo me separé hace tiempo, pero ahora estoy feliz, y estoy con una mujer: me va a buscar al trabajo, me lleva en moto a todos lados, me hace la compra, cuida a la nena, trabaja, me llama, me manda regalos, me manda rosas… Yo nunca me sentí tratada así por un hombre”. Entonces, yo creo que los maridos que buscan las mujeres (la mujer heterosexual que busca un marido ejemplar) es una mujer. El marido ejemplar es una mujer. Que es un tipo de marido que a lo mejor ya no existe, que es un modelo atrasado, pero es muy complaciente. Una relación entre mujeres suele ser muy complaciente porque saben lo que más o menos necesitan. No siempre lo que desean, pero sí lo que por lo menos necesitan. Que es ternura. Los hombres con la ternura tienen mucho problema. A mí me parece que, por más componentes pasionales que haya en una relación entre mujeres, siempre hay un elemento de ternura, de empatía, de entenderse muy fácilmente, ser cómplices. Y eso es más difícil de conquistar en una relación con alguien que tiene el cuerpo diferente, que se afeita, por ejemplo. Tú menstruas y él se afeita. Pero quienes son muy celosos de su yo —y no quieren nunca borrar esos límites— prefieren las relaciones diferentes, se sienten muy protegidos por la diferencia. Y yo eso también lo entiendo.



Otorga identidad.


Clarísimamente. Yo tengo algunas amigas que han pedido a veces a sus maridos que se vistan de mujer para carnaval. Si el tipo es muy seguro de sí mismo, lo hace. Entre dos mujeres es muy normal que las dos se disfracen para carnaval sin tener que forzar una identidad. Sin embargo, al hombre le da un poco de miedo esa confusión que puede haber en ciertos momentos entre un cuerpo y otro. Sobre todo entre un imaginario y otro. Eso siempre lo considera un poco homosexual, el hombre. Y la mujer no. La mujer lo está deseando. Generalmente lo está deseando.










Nació en España y vive en los Países Bajos, donde trabaja como profesora de español y literatura en una escuela internacional de secundaria. Estudió sociología, música y demografía. Tiene un máster en lengua y literatura españolas por la Universidad Internacional de Valencia y es correctora profesional. Desde octubre de 2012 publica microcríticas en su propio blog de reseñas literarias: MCL (Microcriticas Literarias).









Entrevista publicada con la autorización de su autora, Leonor Ruiz Martinez.
Links agregados por este blog. 




Cristina Peri Rossi: Página Oficial






Virginia Woolf y Vita Sackville-West: cartas de amor (1923-1941)






 «Abre el primer botón de tu blusa y allí me verás anidando, 

como una ardilla de hábitos inquisitivos 

pero de todos modos adorable...»  

Virginia Woolf

 








"Esta carta es tan solo un aullido de dolor.
Es increíble cuan imprescindible te has vuelto para mí. Supongo que tú 
estás acostumbrada a que la gente te diga eso. 
Maldición, criatura peligrosa.
No lograré que me ames más, entregándome
a mí misma de esta forma".


Vita Sackville-West







Virginia Woolf fue una de las mentes más lúcidas contra la encorsetada herencia victoriana y una firme defensora de que las mujeres firmasen como ellas mismas sin ser catalogadas de literatura ñoña. Pero también sintió deseo, y mucho, por Vita Sackville-West. Soñaba con sus grandes senos y le gustaba verla rebosante de perlas, “como un racimo de uvas”. Admiraba el estilo recargado de Vita porque las burlas hacia su aspecto desaliñado le atormentaban más de lo que estaba dispuesta a admitir, según dice en el cuento Un vestido nuevo.

Son los detalles de una de las mejores y breves historias de amor que nos ha dejado la literatura. Porque su affaire, además de trascender en la vida real, reside en las cartas que ambas se intercambiaron con exquisito lenguaje erótico.

Si Virginia Woolf nos sigue perteneciendo como símbolo es, en cierta manera, gracias a su gusto por escribir cartas. Los biógrafos no han necesitado estrujarse los sesos para adivinar su ideología o preferencias sexuales en su obra, porque ella misma las anunciaba de viva voz.

Vita fue también la musa de Virginia: su novela Orlando fue escrita inspirada en Vita. Aunque la relación sentimental terminó al cabo de unos años, Virginia y Vita mantuvieron una profunda amistad hasta la muerte de Virginia en 1941. 

Las cartas entre Virginia y Vita fueron recogidas en el libro: Correspondence 1923-1941









DE VIRGINIA A VITA
Martes 5 de enero 1927.

¿Por qué piensas que no siento o que hago las frases? “Frases encantadoras”, dices, que le roban la realidad a las cosas. Es todo lo contrario. Siempre, siempre trato de decir lo que siento. Por alguna razón, todo es aburrido y triste. Te he echado de menos. Te echo de menos. Te echaré de menos. A medida que te alejas me resulta más difícil visualizarte, y pensar en ti con fondo de pirámides y camellos me abruma un poco.

Pero vamos a dejar eso y a concentrarnos en el presente ¿Qué he hecho? He sido muy laboriosa. Creo que en parte debes haber desorganizado mi vida doméstica, porque en cuanto te fuiste cayó sobre mí un torrente de obligaciones. No tienes idea la cantidad de colchones, mantas, sábanas, fundas y enaguas que he tenido que comprar. Por algún motivo mi incompetencia y el hecho de que los vendedores no me crean me transforman en una arpía fastidiosa.

Escribo rápido, todo de golpe, (¿Has visto lo apretado de mis letras?) Es porque quiero decir muchas cosas, pero no aburrirte. Entonces pienso que, si las aprieto bien, no verás lo larga que es esta carta. ¿Si he visto a alguien? Sí, a muchos. Hay tantos manuscritos que leer y cartas que escribir, y Doris, una pobre y desaliñada mujer que tuvo la increíble impertinencia, en parte falta de educación y también lo que ella cree talento y yo considero un cerebro respetablemente despierto pero vulgar, de decir: pero, señora Wolf ¿tengo, en su opinión, talento suficiente para dedicar mi vida a la literatura? A lo que con mi voz más decidida respondí que mejor se hiciese cocinera.

En cuanto a mis encuentros, no me he enamorado de nadie… aunque ésa no es mi línea exactamente. ¿Lo habías adivinado? No soy fría; no soy farsante, ni débil, ni sentimental. Qué soy. Quiero que me lo digas tú…

Voy a tener un pequeño grupo dramático. Me gusta la profusión de esas pobres criaturas: pintadas e irreales, todas desesperadas porque no tienen trabajo o están enamoradas. Creen que soy una gárgola grotesca, semihumana, rígida como un demonio en una catedral. A ellas les parece increíblemente excitante que yo mueva las piernas y hable como un libro. Pero no durará mucho. Es parte de mi esnobismo adornar toda la sociedad salvo la mía propia. Pero (volviendo a tu carta) siempre supe que eras distante. Sólo que me dije: insisto por pura amabilidad. Con ese objetivo fui a verte.

Abre el primer botón de tu blusa y allí me verás anidando, como una ardilla de hábitos inquisitivos pero de todos modos adorable.






DE VITA A VIRGINIA 

 
Trieste, Milán, 21 de enero 1927.

Estoy reducida a ser una cosa que quiere a Virginia. Escribí una carta durante las opresivas horas insomnes de la noche, y todo se ha ido: sólo te extraño de una manera desesperadamente humana. Tú con todas tus expresivas cartas, jamás escribirías una frase tan elemental como ésa. Probablemente ni siquiera la concebirías. De todas maneras, creo que serías capaz de hacerte cargo de un pequeño bache. Pero tú lo cubrirías de frases tan exquisitas que terminaría por perder un poco de su realidad, en tanto que conmigo es algo absolutamente implacable: te extraño aún más de lo que hubiera creído, y estaba preparada para extrañarte mucho.

Esta carta es tan solo un aullido de dolor. Es increíble cuan imprescindible te has vuelto para mí. Supongo que tú estás acostumbrada a que la gente te diga eso. Maldición, criatura peligrosa. No lograré que me ames más, entregándome a mí misma de esta forma. Pero oh, mi amor, no puedo ser lista e indiferente contigo: te amo demasiado para eso. Verdaderamente. Tú no tienes ni idea de cuan indiferente puedo ser con la gente que no amo. Lo he convertido en una especie de exquisita destreza. Pero has derribado todas mis defensas. Y realmente no lo resisto. De todos modos, no te aburriré más.

Reemprendemos el viaje, el tren nuevamente se mueve, tendré que escribir en las estaciones –que son muchas afortunadamente a lo largo de las llanuras lombardas. Venecia. Las estaciones eran muchas, pero no contaba con el hecho que el Orient Express no se detendría en ellas. Y aquí estamos en Venecia tan sólo por diez minutos. Unos desgraciados minutos durante los que puedo intentar escribir. Ni siquiera tengo tiempo para comprar una estampilla italiana, así que esto tendré que enviarlo desde Trieste. Las cascadas en Suiza estaban heladas, convertidas en una especie de iridiscentes y compactas cortinas de hielo, colgando sobre las rocas; realmente encantador.



Italia está toda cubierta de nieve. Nuevamente reemprendemos el viaje. Tendré que esperar hasta mañana en Trieste. Por favor Perdóname por escribir una carta tan mísera.









DE VIRGINIA A VITA
19 de noviembre de 1926.

Eres un milagro de discreción: una carta dentro de otra. Nunca vi cosa igual. Te contestaré cuando nos veamos, quiero decir a la invitación. Oh, querida, Sibyl me ha puesto un dolor de cabeza tremendo. Es un fastidio no poder escribir, salvo a ti. Estoy tirada en una silla. No está tan mal: pero te lo cuento para ganarme tu simpatía: para que te vuelvas protectora: para implorarte que traces algún plan para que cese el continuo decaimiento que me causa la gente: Sibyl, sir Arthur, Dadie, añadiéndose los unos a los otros. ¿Por qué te lo cuento a ti? Supongo que es alguna necesidad psicológica: una de esas cosas íntimas que nos permitimos por puro instinto en una relación. Soy más bien cobarde para enfrentarme a esa carga: tú lo harías como una heroína...

¿No te das cuenta, monito West, de que vas a cansarte de mí cualquier día (soy mucho mayor que tú)? Por eso tengo que tomar algunas precauciones. Esa es la razón por la que pongo el énfasis en «tomar nota» y no en sentir. Pero el monito West sabe que ha derribado más murallas que nadie. ¿Y no hay también en ti algo poco claro? Hay algo en ti que no vibra. Quizá lo hagas a propósito: no permites que eso fluya. Lo veo con otra gente y lo veo conmigo: algo reservado, mudo, Dios sabe qué... También está en tu escritura, por cierto. Eso que yo llamo la transparencia central a veces te falta. [...]




  





DE VITA A VIRGINIA  

Hannover, 29 de enero de 1927. 


Trabajaré duro, en parte para complacer, en parte para complacerme, en parte para hacer que pase el tiempo, en parte para tener algo con lo que compensarte. Atesoro tu repentino discurso sobre literatura de ayer en la mañana, una especie de afectuosa despedida, como un Polonio a Laertes. Es más que una verdad que tú has influido intelectualmente en mí infinita
mente más que cualquier otra persona, y por eso te amo, y siento endurecerse mis músculos. 




'Il poeta e un' artiere’
Che al mestiere
Fece i muscoli d'acciaio .' 





Sí, mi Virginia muy querida, estaba en una encrucijada en el momento justo en que te conocí. ¿A ti te gustaría que yo escribiera bien, o no? Y yo detesto escribir mal –y haber escrito tan mal en el pasado. Pero ahora, al igual que la Reina Victoria, seré buena. ¡Diablos! Desearía que estuvieras aquí –el grupo de potros da brincos con ímpetu. Envíame cualquiera de tus papeles y envía “Sobre la lectura”. Por favor. Espero que mis cartas te lleguen rápido y pronto. Dime si escribo demasiado a menudo, te amo.
V.











DE VIRGINIA A VITA

Miércoles 2 de Febrero.



No hubo carta tuya ni hoy ni ayer. Me desperté muy melancólica en medio de la noche. Se está yendo el efecto de mi narcótico. ¿Por qué se ríe de mí la gente?, pregunto. Sabes, es una gran cosa ser u
n eunuco, como yo; quiero decir, no saber cuál es el derecho o revés de una falda, eso hace que las mujeres confíen en mí. Aquí en mi cueva, veo las cosas cuya luz vosotras, criaturas resplandecientes, ocultáis tras vuestra luz. 

No, no tengo un resfriado pero estar aquí escribiéndote en medio de todo este desorden, es como tener uno. Hasta el momento no he podido abrir un libro sin ser interrumpida. Y luego tú no estás… Me encuentro a merced de la gente, sola. Como un objetivo lamentable, incapaz de expresar sus necesidades. Cómo me has desmoralizado. En cierta época yo era una mujer vigorosa, pero ahora todo me resulta frágil y laborioso mientras pierdo el tiempo levantando la tapa de mi cerebro para ver si hay allí un pez flotando, un nuevo libro. No, por el momento no hay nada. 




DE VIRGINIA A VITA
6 de Marzo de 1927

Este año me pareces más inalcanzable, empolvada, con las piernas más blancas, más galante y aventurera que nunca. Me echo en la cama e invento historias sobre ti. Envíame un montón de hechos: ya sabes cómo los amo… He tenido una semana aburrida. Ninguna fiesta salvo una, ofrecida por L. para seducirme y obligarme a gustar de un rosado muchacho suyo –uno nuevo, claro- pero fue inútil, estos sodomitas siempre están medio dormidos y resultan fatigosos. ¿Es que agotan su encanto en narices y cosas así?

Han surgido dos mujeres extrañas: una de ellas es una mala cantante, que me pide vaya a verla en la cama ¿lo haré? La otra ¡qué importa! Yo quiero a Vita; quiero al insecto, al crepúsculo.
Dejo esta carta abierta a la espera de las tuyas. Ninguna. Ahora debo terminar esta carta. Y no he dicho mucho de nada ni te he dado una idea de las altísimas y aterradoras olas y los profundos pozos infernales a los que asciendo y desciendo en pocos días. Como todos. Subimos y bajamos violenta, incesantemente, y me siento algo avergonzada, ahora que trato de escribirlo, de ver qué minúsculo egoísmo hay en el fondo de todo eso, por lo menos en mi caso: que no puedo escribir mi novela, que debo salir a tomar el té, que tendría que comprar un sombrero. Ah, pero también está Vita. Quererla no es un egoísmo minúsculo.

¿Sabes que esta mañana sufrí un verdadero golpe de decepción? Estaba segura de que tendría una carta tuya, la abrí, y en su lugar encontré la carta de una mujer que hace diez años se sentó frente a mí en un ómnibus azul y que ahora quiere venir a hacer un busto mío. Pero la adulación implícita me enfadó tanto, que otra vez estuve maldiciendo: no hay intimidad, siempre hay gente que viene y no hay carta tuya. ¿Por qué no? Sólo una nota y un gemido salvaje y melancólico a lo lejos.Y tampoco ninguna fotografía.
Adiós, queridísima criatura lanuda.
Es increíble lo esencial que te has vuelto para mí… Maldita seas, criatura mimada. No conseguiré que me ames más traicionándome así.




VIRGINIA ESCRIBE SOBRE VITA EN SU DIARIO, EL MISMO DÍA DE LA CARTA:

“Estas lesbianas estiman a las mujeres. Con ellas, la amistad siempre queda teñida de pasión y de deseo.

Me gusta Vita y me gusta estar con ella y su esplendor, me gusta su caminar a grandes pasos con sus largas pi
ernas que parecen hayas, una Vita rutilante, rosada, abundosa como un racimo, con perlas por todos lados. ¿Qué efecto me produce todo eso? Muy ambiguo. Veo una Vita florida, madura, con su abundante pecho: sí, como un gran velero con las velas desplegadas, navegando, mientras que yo me alejo de la costa. 
Quiero decir que tiene mundo, que sabe estar… en una palabra: ella es (y yo no lo he sido nunca) una mujer de verdad. Mentalmente no tiene mi clarividencia, pero bien, ella se da cuenta de todo y me prodiga esta protección maternal que, por los motivos que sea, es lo que más he deseado siempre, de quien fuese. Vita, a su manera, me da aquello que me dan Leonard y Nessa, mi hermana...”



 




DE VIRGINIA A VITA: ORLANDO 

Londres, 17 de octubre de 1927.


Voy a ir al funeral a ver qué hacen con los cuerpos de los ateos. ¡Qué divertido! ¡Cómo adoro las ceremonias y las extrañas colocaciones (¿es correcto eso?) de la especie humana! Estoy segura de que te habrás ido con otra el próximo jueves (tú misma lo dices, mala, al final de tu última carta, donde la víbora deja su mordedura); como nuestra relación está teñida por la melancolía, tal vez ganamos en intensidad lo que perdemos en las sobrias y confortables virtudes de una amistad prolongada y segura y respetable y casta y fría.

Escribo a gran velocidad. Empiezo por tercera vez una frase. La verdad es que estoy tan inmersa en Orlando que no puedo pensar en nada más. Ha desplazado al romance, la psicología y todo el resto de aquel libro odioso. Mañana comienzo el capítulo que describe el encuentro entre Violet y tú. Es necesario repasarlo bien todo. Dame alguna pista del tipo de peleas que tenían. Y también, ¿por qué cualidad específica te eligió ella?…

Será un libro pequeño, como mucho unas 30.000 mil palabras, y tal como voy, escribiendo febrilmente (sólo pienso en ti durante el día, en diferentes disfraces, y en Violet, el hielo, y Elizabeth y George III) lo habré terminado para navidad.

Orlando será un libro con dibujos y uno o dos mapas. Lo escribo por la noche en la cama, mientras camino por la calle, en todas partes. Quiero verte a la luz de las lámparas, con tus esmeradas. En realidad creo que nunca he deseado tanto verte, sólo para sentarme y mirarte y hacerte hablar y después, rápida y secretamente, corregir ciertos puntos. Ahora vamos a tus dientes y tu temperamento. ¿Es verdad que rechinas los dientes por las noches? ¿Es verdad que te gusta causar dolor?.

Esto está escrito a 500 palabras por minuto con Leonard mirándome con suspicacia desde el sofá, Pinker roncando y Nelly arriba, escuchando fox-trots en el gramófono. ¡Cómo me intranquilizas!  Este lugar está embrujado. Visto contigo es adorable; visto con Leonard es absolutamente detestable. Dime cuándo vendrás y por cuánto tiempo. Si te has entregado a Campbell, no tendré nada más que ver contigo y así quedará escrito, claramente, en Orlando para que todos puedan verlo.

Por favor dime si vendrás y cuándo, porque ya me siento bastante acosada por actrices en decadencia, y funcionarios públicos.

Queridísima señora Nicholson, buenas noches







DE VITA A VIRGINIA
Mi querida:


Esperaba despertarme menos deprimida esta mañana, pero no fue así. Me fui a la cama anoche tan oscura en pensamientos como el fango. La tremenda monotonía de Westfalia lo hace aún peor: ciudades de fábricas, montones de escoria, país plano, y algunos remiendos de nieve sucia. Y tú vas a lo de los Webbs. Bien, bien... ¿Por qué no estás aquí conmigo? ¿Oh, por qué? Te deseo terriblemente. La única cosa que me causa algún placer es Leigh.

Se ha comprado una especie de capa hecha de piel de oveja con la que se hace a la idea de que es un pastor húngaro, pero unos anteojos con bordes de astas, y unos bombachos un tanto llamativos destruyen el efecto. Dottie, por otro lado, se ha aparecido con un largísimo gabardo de piel que le llega hasta los tobillos, tan apretado como para hacerla aparecer rolliza, y con el que luce como una gran duque prusiano. Estamos todos un tanto malhumorados y tenemos trifulcas por los equipajes. Deseo más que nunca viajar contigo. Me parece que eso es la cumbre de todos mis deseos. Y me desespero pensando como puedo hacerlo realidad. ¿Puede ser posible, qué piensas? Oh mi encantadora Virginia, te extraño terriblemente. Y cualquier cosa que la gente hable o diga me suena aburrido y estúpido. Cada vez deseo más y más que no viajes a América; estoy segura de que sería demasiado agotador para ti, de todos modos creo además que no te agradaría. ¿Vendrías a Beirut en cambio?

  Así que vagamos a través de Alemania, y es realmente aburrido. ¿Realmente habré perdido mi entusiasmo por viajar? No, no es eso, es simplemente que deseo estar contigo y con nadie más. Pero te vas a aburrir si sigo diciendo cosas como esas –sólo que vuelven y vuelven una y otra vez hasta que brotan de mi lápiz. ¿Te das cuenta que debo esperar quince días hasta que nuevamente sepa algo de ti? Pobre de mí. No había pensado en eso antes de dejarte, pero ahora es una carga enorme, y horrible. ¿Qué no te podría ocurrir en el transcurso de una quincena? Podrías enfermarte, enamorarte. ¡Sólo Dios lo sabe!

Vita y Virginia





DE VIRGINIA A VITA
7 de octubre de 1928.



Mi muy querida Criatura: Qué carta más bonita me escribiste a la luz de las estrellas, a medianoche. Deberías escribir siempre a esa hora, porque tu corazón requiere de la luz de la luna para licuarse.

El mío se fríe a la luz del gas: son las nueve, y tengo que irme a la cama a las once. Así que no diré nada: ni una palabra sobre el bálsamo para mi angustia -siempre estoy angustiada- que eres para mí. ¡Cómo he pensado en ti! ¡Cómo he sentido -ahora- lo que todo esto ha sido! 
He visto en algún lugar una pequeña pelota borboteando arriba y abajo en el chorro de una fuente: la fuente eres tú; la pelota, yo. Solo tú me produces esa sensación. Es físicamente estimulante, y al mismo tiempo relajante. [...]



Virginia y Vita






DE VIRGINIA A VITA
30 de agosto de 1940.

Acabo de dejar de hablar contigo. Me resulta tan raro... Todo está tranquilo. Están jugando a los bolos. Acabo de poner flores en tu habitación. Y tú estás allí sentada con las bombas cayendo a tu alrededor. Qué puedo decir. Únicamente que te quiero y que tengo que vivir en medio de esta tarde rara y tranquila pensando en ti sentada allí sola. Cariño, mándame unas líneas... Me has hecho muy feliz..





 



Fuente textos: La HoraEl Diario
Fuente fotos: Internet




 


Virginia Woolf:  web oficial
Vita Sackville-West libros 
 Donde comprar Orlando: Amazon  
Donde comprar Correspondence (en francés): Amazon


Desde que se publicó en 1928, Orlando ha sido una de las novelas más populares de Virginia Woolf (1882-1941) por su originalidad y espíritu transgresor. 
Cuenta la historia y las aventuras de un joven aristócrata inglés, apuesto, rico, seductor y amante de la literatura -personaje inspirado en la vida y la personalidad de la escritora Vita Sackville-West, gran amiga y amante de Virginia Woolf - que cabalga la Historia con mayúsculas desde el siglo XVI hasta el siglo XX y que, durante el reinado de Carlos II, se convierte en mujer. 
Este espectacular cambio  de sexos, de épocas y de siglos, es un fascinante viaje a través del  tiempo, los espacios, la sexualidad y las emociones, además de una meditación estimulante sobre la creación artística.
ORLANDO 
Una Biografía
Virginia Woolf
A Vita Sackville-West
 
PRÓLOGO

Muchos amigos me han ayudado a escribir este libro. Algunos han muerto y son tan ilustres que apenas me atrevo a nombrarlos, aunque nadie puede leer o escribir sin estar en perpetua deuda con Defoe, Sir Thomas Browne, Sterne, Sir Walter Scott, Lord Macaulay, Emily Brontë, De Quincey y Walter Pater para no mencionar sino a los primeros que se me ocurren. Otros, quizás igualmente ilustres, viven aún y el hecho mismo los hace menos formidables.

Estoy agradecida especialmente a Mr. C. P. Sanger, cuya versación en la ley de inmuebles me ha permitido realizar este libro. La vasta y peculiar erudición de Mr. Sydney Turner me ha evitado, lo espero, algunos lamentables errores. He tenido la ventaja -sólo yo puedo apreciar su valor- del conocimiento del chino de Mr. Waley. Madame Lopokova (Mrs. J. M. Keynes) ha estado siempre lista a corregir mi ruso. A la imaginación e incomparable simpatía de Mr. Roger Dry debo cuanto sé del arte pictórico. Espero haber aprovechado en otro terreno la crítica singularmente penetrante, aunque severa, de mi sobrino Mr. Julian Bell. Las investigaciones infatigables de Miss M. K. Snowdon en los archivos de Harrogatey de Cheltenham no fueron menos arduas por haber resultado del todo inútiles. 
Otros amigos me auxiliaron en modos demasiado diversos para ser especificados aquí. Básteme nombrar a Mr. Angus Davidson; a Mrs. Cartwright; a Miss Janet Case, a Lord Berners (cuyo conocimiento de la música isabelina me ha resultado inapreciable); a Mr. Francis Birrell; a mi hermano, el Dr. Adrian Stephen; a Mr. F. L. Lucas; a Mr. y Mrs. Desmond Maccarthy; al más alentador de los críticos, mi cuñado, Mr. Clive Bell; a Mr. H. G. Rylands; a Lady Colefax; a Miss Nellie Boxall; a Mr. J. M. Keynes; a Mr. Hugh Walpole; a Miss Violet Dickinson; al Honorable Edward Sackville-West; a Mr. y Mrs. St. John Hutchinson; a Mr. Duncan Grant; a Mr. y Mrs. Stephen Tomlin; a Mr. y Lady Ottoline Morrell; a mi madre política Mrs. Sidney Woolf; a Mr. Osbert Sitwell; a Madame Jacques Raverat; al Coronel Cory Bell; a Miss Valerie Taylor; a Mr. J. T. Sheppard; a Mr. y Mrs. T. S. Eliot; a Miss Sands; a Miss Nan Hudson; a mi sobrino Mr. Quentin Bell (apreciado y antiguo colaborador en materia novelística); a Mr. Raymond Mortimer; a Lady Gerald Wellesley; a Mr. Lytton Strachey; a la Vizcondesa Cecil; a Miss Hope Mirrlees; a Mr. E. M. Forster; al Honorable Harold Nicolson; y a mi hermana, Vanessa Bell -pero la lista se alarga demasiado y ya es demasiado ilustre. 
Me trae recuerdos de lo más agradables, pero despertará en el lector una expectativa que el libro sólo puede frustar. Concluiré, pues, agradeciendo a los empleados del Museo Británico y del Archivo su habitual cortesía: a mi sobrina Miss Angelica Bell un favor que sólo ella pudo prestarme; y a mi marido, la invariable paciencia que ha puesto en ayudar mis pesquisas y la profunda erudición histórica a la que deben estas páginas la poca o mucha precisión que poseen. Finalmente agradecería, pero he perdido su dirección y su nombre, a un caballero norteamericano, que generosa y gratuitamente ha corregido la puntuación de mis anteriores publicaciones y que, lo espero, no escatimará su celo esta vez.


 

UNO

Él —porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo— estaba acometiendo la cabeza de un moro que pendía de las vigas. La cabeza era del color de una vieja pelota de football, y más o menos de la misma forma, salvo por las mejillas hundidas y una hebra o dos de pelo seco y ordinario, como el pelo de un coco. El padre de Orlando, o quizá su abuelo, la había cercenado de los hombros de un vasto infiel que de golpe surgió bajo la luna en los campos bárbaros de África; y ahora se hamacaba suave y perpetuamente en la brisa que soplaba incesante por las buhardillas de la gigantesca morada del caballero que la tronchó.

Los padres de Orlando habían cabalgado por campos de asfódelos, y campos de piedra, y campos regados por extraños ríos, y habían cercenado de muchos hombros, muchas cabezas de muchos colores, y las habían traído para colgarlas de las vigas.

Orlando haría lo mismo, se lo juraba. Pero como sólo tenía dieciséis años, y era demasiado joven para cabalgar por tierras de Francia o por tierras de África, solía escaparse de su madre y de los pavos reales en el jardín, y subir hasta su buhardilla para hender, y arremeter y cortar el aire con su acero.

A veces cortaba la cuerda y la cabeza rebotaba en el suelo y tenía que colgarla de nuevo, atándola con cierta hidalguía casi fuera de su alcance, de suerte que su enemigo le hacía muecas triunfales a través de labios contraídos, negros. La cabeza oscilaba de un lado a otro, porque la casa en cuya cumbre vivía era tan vasta que el viento mismo parecía atrapado ahí, soplando por acá, soplando por allá, invierno y verano. La verde tapicería de Arrás con sus cazadores se agitaba perpetuamente. Sus abuelos habían sido nobles desde que empezaron a ser. Habían salido de las nieblas boreales con coronas en las cabezas. Las barras de oscuridad en el cuarto y los charcos amarillos que ajedrezaban el piso, ¿no eran acaso obra del sol que atravesaba el vitral de un vasto escudo de armas en la ventana? Orlando estaba ahora en el centro del cuerpo amarillo de un leopardo heráldico. Al poner la mano en el antepecho de la ventana para abrirla, aquélla se volvió inmediatamente roja, azul y amarilla como un ala de mariposa. Así, los que gustan de los símbolos y tienen habilidad para descifrarlos, podrían observar que aunque las hermosas piernas, el gallardo cuerpo y los hombros bien hechos estaban decorados todos ellos con diversos tintes de luz heráldica, la cara de Orlando, al abrir la ventana, sólo estaba alumbrada por el sol. Imposible encontrar cara más sombría y más cándida. ¡Dichosa la madre que pare, más dichoso aun el biógrafo que registra la vida de tal hombre! Ni ella tendrá que mortificarse, ni él que invocar el socorro de poetas o novelistas. Irá de gesta en gesta, de gloria en gloria, de cargo en cargo, siempre seguido de su escriba, hasta alcanzar aquel asiento que representa la cumbre de su deseo. Orlando, a primera vista, parecía predestinado a una carrera semejante. El rojo de sus mejillas era aterciopelado como un durazno; el vello sobre el labio era apenas un poco más tupido que el vello sobre las mejillas. Los labios eran cortos y ligeramente replegados sobre dientes de una exquisita blancura de almendra. 

©Virginia Woolf
 

Virginia y su cuñado Clive
Virginia Adelaide Stephen nació en Londres en 1882 y creció en un medio propicio para la escritura y la lectura, pues su padre, Leslie Stephen, era un crítico literario de gran reputación. Virginia Woolf sufrió desde muy temprana edad graves depresiones, la primera de las cuales fue provocada por la pérdida de su madre, cuando apenas tenía trece años. A raíz de las muertes de su hermano y de su padre, se acrecentaron su angustia y su padecimiento, que no cesaron hasta que acabó con su propia vida. Pero antes de su final trágico, Virginia Woolf se relacionó con artistas e intelectuales, convirtiéndose en el epicentro del llamado grupo de Bloomsbury, y escribió Orlando, Las olas, Al faro o La señora Dalloway, que se han convertido en clásicos modernos.La vida y obra de Virginia Woolf han despertado siempre la atención de miles de lectores. 
Con esta biografía, Nigel Nicolson, hijo de la escritora  Vita Sackville-West (amante de Virginia y una de sus mejores amigas), rememora sus recuerdos personales y hace un repaso a la obra de la escritora.Para el lector de la obra de Virginia Woolf, la biografía de Nicolson es, sin duda, un documento revelador e imprescindible.
Dónde comprarlo (en inglés): Amazon 
T.S.Elliot y Virginia Woolf





Virginia Woolf. La vida por escrito

En una entrada de su diario de 1927, Virginia Woolf se preguntaba por qué no inventar un nuevo tipo de obra: “como por ejemplo… La mujer piensa… Él hace… El órgano suena… Ella escribe… Ellos dicen… Ella canta… La noche habla… Ellos echan en falta”. Todo su impulso fue dirigido a elaborar una narrativa extraordinaria constituida por un mundo de impresiones, «lejos de los hechos, libre»
 Igual que todos los grandes creadores que inauguran o confirman un nuevo modo de narrar, Virginia Woolf (1882-1941) ya había llevado a su perfección en La señora Dalloway, publicada en 1925, ese nuevo lenguaje de la subjetividad capaz de fluir por los recovecos y ritmos de la mente de los personajes. Su propia existencia, nunca del todo atrapada por los estudiosos, tiene estrecha relación con esa sucesión inapresable de flujos internos y objetivables que componen y descomponen una compleja psique creadora. Irene Chikiar Bauer, escritora, periodista cultural y socióloga argentina, ha realizado en Virginia Woolf. La vida por escrito, el monumental esfuerzo, en casi mil páginas, de ordenar la cronología y vislumbrar a la persona junto al mito, a la joven herida y a la intelectual, en medio de una sociedad en transformación, deslizándose desde la época victoriana a las distintas etapas del modernismo británico.

Habrá quiénes se pregunten si es posible decir una última palabra sobre Virginia Woolf. La autora de este libro responde con una cita de su biografiada: “Hay historias que cada generación debe contar de nuevo”. Chikiar Bauer aborda esta biografía de Woolf en castellano con una extensa bibliografía, un riguroso índice de notas y onomástico, y es consciente de la dificultad que plantea la sobreabundancia de datos: “Virginia se nos escapa de los dedos como un pez hábil y escurridizo”. Otra argentina, Victoria Ocampo, intentó también la hazaña de penetrar en la vida de Virginia Woolf.

Si en la biografía sobre la escritora inglesa publicada hace algunos años en España, Poseo mi alma. El secreto de Virginia Woolf (Siruela), de la italiana Nadia Fusini, se abordaba el texto desde el contagio del ritmo interior de la escritura de la autora de Una habitación propia, en el caso de Irene Chikiar se recurre a una investigación neutra, con la intención de seguir un rectilíneo hilo cronológico. La argentina trata de no contaminar su trabajo con el estilo de la autora estudiada. No pretende hacer una recreación literaria, huye de adornos retóricos y deja que se extraigan las conclusiones a partir de los hechos objetivos, de las palabras y pensamientos de Virginia Woolf, de las opiniones de sus contemporáneos y de los análisis de los especialistas. En ese sentido, la biografía de Irene Chikiar Bauer es una buena recopilación de informaciones, analiza el ambiente social y las influencias estéticas de los diferentes periodos de la vida de Woolf y tiene una ambición totalizadora.

Dividida en dos partes: “Un mundo reglado: infancia y adolescencia” y “Al correr de los años”, el arranque de la biografía, con un interesante árbol genealógico y un capítulo dedicado a los ancestros de los padres de Virginia, Leslie y Julia Stephen, con personajes de toda índole, se prefigura ya como el subsuelo para orientarnos entre la maleza de una infancia llena de meandros. La intelectualidad victoriana estaba vinculada a la escritora por las ramas materna y paterna. Julia Margaret Cameron, la fotógrafa pionera, fue tía-abuela de Virginia y, la primera esposa de Leslie Stephen, alumno de Eton, ensayista, biógrafo y alpinista, había sido la hija menor de William Thackeray.

Dos claves opuestas marcaron la niñez de la escritora: por un lado, la opresión de la casa de Hyde Park Gate, “la jaula”, la llamaba Virginia, con los hermanastros George, Stella y Gerald Duckworth, y Laura, la primera y enfermiza hija de Leslie, pronto internada; y por otra, los veranos en St. Ives, recreados en su novela Al Faro, donde los cuatro hermanos Stephen, Vanessa, Virginia, Thoby y Adrian disfrutaban del contacto con la naturaleza y de la libertad que más tarde siempre buscaron.

Pese a su rechazo a las represiones familiares, el linaje artístico de la pequeña Virginia se forjó en la biblioteca y en las reuniones literarias del 22 de Hyde Park Gate. En las tertulias de su padre uno se podía tropezar con Alfred Tennyson, Thomas Hardy, Henry James, Edward Burne-Jones o Henry James.

Los capítulos dedicados a la infancia y a los primeros intentos literarios abarcan desde el nacimiento de Virginia, en 1882, hasta la muerte de su padre, Leslie Stephen, en febrero de 1904. Es en la segunda parte de la biografía, cuando Irene Chikiar Bauer hace corresponder cada capítulo con un año de la vida de Virginia Woolf. Desde 1904 a 1941, momento del suicidio en el río Ouse, la autora de esta biografía concentra en cada sección la evocación de un año de la vida de la autora inglesa.

De ese modo, año por año, el libro es una invocación de etapas de crecimiento; cambios de humor y de domicilios; incubación de la enfermedad mental -tan estudiada ya, y aquí levemente apuntada por la fuerza de los datos-; madurez artística e intelectual; de encuentros en Bloomsbury; amistades peligrosas; del triangular cariño entre ella, todavía soltera, su hermana Vanessa y su marido, Clive Bell; de su matrimonio desapasionado con el socialista Leonard Woolf; de la creación de una editorial; la pasión por Vita; el traumatizante inicio de la segunda guerra; el compromiso central y único con la literatura.

La ferocidad con que Virginia Woolf se sumergía en su obra y la depresión por el impacto de la guerra agravaron el estado psicológico de la escritora, como relata Leonard Woolf en La muerte de Virginia.”A fines de 1940, cuando vivíamos permanentemente en Rodmell, durante los ataques aéreos en masa sobre Londres, era siniestro oír cada noche el zumbido de los aviones alemanes volando sobre el interior del país”. Irene Chikiar analiza a fondo esa última etapa. El marido inglés y judío, que aunque no era practicante afirmaba cada vez más su identidad, enfrentado a la hecatombe del nazismo, veía cómo se deterioraba el estado de Virginia. Ella no pudo amurallarse contra tanta adversidad.
Si la biógrafa no quiere manosear más los interrogantes sobre la enfermedad mental de Virginia y la conexión de su psicosis con los abusos sexuales sufridos en la infancia por parte de sus hermanastros, como han sugerido otros especialistas, imaginamos que ha sido en un esfuerzo consciente de erigir una biografía lo más objetiva posible. La división interna de Virginia Woolf, acaso el magma de donde salió tanto genio, queda aquí encubierta, a veces sobrevolada a vista de pájaro, o simplemente observada con distancia, bajo la unidad cronológica que trata de hacer legible, del modo más ordenadamente posible, el convulso tiempo, entre un cambio de siglo y dos guerras mundiales, que le tocó vivir a la autora de Las olas.


 Virginia Woolf. La vida por escrito
Taurus. Madrid, 2015. 952 páginas, 22'70€ 
En Amazon

Fuente: El Cultural


Viriginia y su marido Leonard




















Vita y sus hijos









 















Virginia y sus hermanas






















Virginia y su hermana Vanesa