Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

ETIQUETAS

Mostrando entradas con la etiqueta JAIRO CARTHY. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JAIRO CARTHY. Mostrar todas las entradas

Jairo Carthy, actor para siempre: hacer teatro por el gusto de hacerlo, entrevista de José Pulido, Letralia, domingo 25 de enero de 2026

 

 

Jairo Carthy: “Durante más de treinta años estuve activo como actor, teniendo el privilegio de ser dirigido por los más prestigiosos creadores de esa época”.

El palo mayor de la balandra Isabel marca sobre el cielo el tardo vaivén del puerto adormilándose en la penumbra del atardecer.

Un marinero, cansado y alegre, se apoya en la barandilla mohosa, rota por las olas, y silba una canción que oyó hace mucho tiempo.

Ese es un fragmento del cuento “La balandra Isabel llegó esta tarde”, que escribió Guillermo Meneses, autor venezolano siempre vigente. A partir de ese cuento se generó una nueva y gran vivencia para el teatro venezolano, aunque quizás nunca se supo con certeza y Guillermo Meneses apenas lo habrá pensado.

En ese cuento se interesó Bolívar Films para hacer una película y logró captar para una coproducción a los cineastas argentinos Carlos Hugo Christensen y Enrique Faustin, cuya empresa se llamaba Chrisfa. La película se rodó en 1949 y se estrenó en 1950.

Fue dirigida por Carlos Hugo Christensen, cuyo asistente de dirección era el joven actor Horacio Peterson. Se rodó con guion de Aquiles Nazoa, música de Eduardo Serrano y protagonizada por Arturo de Córdova, Virginia Luque, América Barrio, Juana Sujo, Tomás Henríquez, Néstor Zavarce y María Gámez.

El joven Horacio Peterson fue alumno del pionero del teatro moderno en Chile, Pedro de la Barra. Su nombre era Horacio Collao, pero en el arte se consideraba hijo de don Pedro de la Barra y por eso escogió Peterson como apellido.

La balandra Isabel llegó esta tarde y trajo a Horacio Peterson: esa es la síntesis de un inicio que transformó el teatro venezolano.

 

Horacio Peterson encontró a Jairo Carthy

Horacio Peterson era un hombre teatro, un prodigio de la actuación, un maestro de la escena. Cuando llegó a Venezuela desde Chile, ya había protagonizado películas y había estado en varias obras de teatro. Actuó, dirigió, escribió y enseñó. Su vida fue una entrega al arte de la actuación. Él llevó a Carlos Giménez a Venezuela. Es obvio que el teatro venezolano contiene en su carisma esencial la exigente genética artística de Horacio Peterson.

Jairo Carthy dice algo que define muy bien lo que fue Horacio Peterson: “A Peterson había que reconocerle que te sacaba temperamento, volumen en la voz y fuerza interpretativa como fuera, gracias a esas técnicas vencí mi timidez e incluso llegué a hacer trabajos que nunca pensé que pudiera hacer y que nadie se atrevía a hacer”.

Jairo Carthy fue uno de los alumnos de Horacio Peterson. Es decir: fue uno de los seres elegidos y seleccionados para apasionarse eternamente por el teatro y dedicar su vida a la escena. Jairo ha cumplido al pie de la letra con ese designio.

La belleza como inspiración, la búsqueda de una expresión bien acabada y muy elevada en la actuación, han sido acompañantes de Jairo en su pasión por la actuación, en su alma vertida hacia el escenario.


Su devoción por la actuación y su entrega a esa existencia en la escena definieron su vida. Actualmente se dedica a escribir y a continuar su trabajo como diseñador. Ha publicado un libro que es memoria preciosa: Cómo soportar la vida con humor: las confidencias de un actor, una visión de lo que ha sido el arte de la actuación en Venezuela, una muestra de lo que se ha hecho y al mismo tiempo una narración fluida y optimista de todo lo que ha debido resolver para convertirse en actor y realizar una vida profesional en ese sentido.


Ediciones Choroní, 2025.
De venta en Amazon y en autoreseditores.com




Ese libro es una obra escrita con desenfado, precisión y hondura. El libro lo ha publicado la agrupación Escritoras Unidas & Cía. Editoras. Esa editorial generó el nacimiento de Ediciones Choroní, donde Jairo realiza diseños que reflejan su talento y dedicación.

Leer ese libro es enterarse de muchas intimidades importantes para conocer en profundidad el cuerpo y el alma del teatro venezolano. Para que se tome en cuenta la vida de un actor que lo ha dado todo por la escena y el arte, he aquí la entrevista con Jairo Carthy.

 

El dramaturgo y director José Ignacio Cabrujas junto con Jairo Carthy, durante un ensayo de la obra teatral Fiero amor, de 1989.



Trabajar con Palacios y Cabrujas

¿Puedes contar un poco tu experiencia con la ópera y el teatro?

Mi experiencia en el teatro ha sido lo mejor de mi vida. Fui alumno de Horacio Peterson, debuté con él y durante más de treinta años estuve activo como actor, teniendo el privilegio de ser dirigido por los más prestigiosos creadores de esa época. Es lo más importante que he realizado: tener una trayectoria en teatro y también en cine.

Comencé a trabajar en la Fundación Mito Juan Promúsica, destinada a la promoción de artistas de música clásica y a llevar sus carreras a un plano internacional. Fue creada y desarrollada por Mariangelina Celis, quien estuvo al frente durante muchos años, y yo a su lado apoyándola y aprendiendo, logrando que artistas de la talla de Abraham Abreu, José Francisco del Castillo, Harriet Serr, Antonio Bujanda e Isabel Palacios, entre otros, lograran su internacionalización.

En ese entonces conocí a Isabel Palacios, y como las actividades de Mito Juan finalizarían, me ofreció un cargo importante para trabajar con ella y con José Ignacio Cabrujas en la recién creada Ópera de Caracas. Acepté de inmediato; sentía que trabajando con ellos estaría un poco más ligado al teatro, y así fue.

Durante los años que duró la compañía aprendí muchas cosas: no sólo a entender y valorar cada título y compositor, sino lo difícil que era cantar de acuerdo a la tesitura que exigía cada partitura. Eso lo vivía a diario, pues teníamos el Taller Permanente de la Ópera de Caracas, donde se formaron muchos cantantes que luego hicieron una carrera profesional.

La ópera, sin duda, fue una gran escuela, y lamentamos mucho cuando se terminó. De la misma manera que un día Fundarte la creó, de un día para otro se terminó. Lo más triste es que el último montaje, que fue Don Giovanni de Mozart, tuvo un éxito sin precedentes. La puesta en escena de Cabrujas, la escenografía de José Salas y todos los que participaron en esa superproducción —cantantes, actores, coros, figurantes—, hicieron de ese montaje algo grandioso. Nunca nos imaginamos que, al caer el telón de la última función, sería el final de varios años de trabajo constante y superación.

 

¿Puedes hablar de tu colaboración y amistad con Cabrujas?

A José Ignacio Cabrujas lo conocía de lejos por mi trayectoria como actor. Lo admiraba no sólo como dramaturgo, sino como actor; verlo en La revolución junto a Rafael Briceño fue algo increíble. Estar presente en la noche del estreno mundial de El día que me quieras, de su autoría, interpretando el personaje de Pío Miranda, fue un privilegio que sólo pocos pudimos tener, pues el personaje era de Fausto Verdial y él retomó la temporada luego de recuperar su salud. Esa interpretación, y otras tantas, marcaron una admiración y respeto por él, sin imaginar que el destino me tenía preparada la sorpresa de conocerlo, convivir y hacer muchas cosas juntos.

Al trabajar en la Ópera de Caracas hicimos una amistad. Él había visto varios trabajos míos como actor y, por supuesto, para mí era muy importante trabajar con él. Allí, en la ópera, yo siempre estaba atento a lo que necesitaba, iba a los ensayos y aprendía.

Él tenía una relación con Isabel Palacios y, cuando se terminó la ópera, me fui a trabajar con ella en la Camerata de Caracas. Isabel y yo trabajamos juntos por más de cuarenta años, pero en la primera etapa de la Camerata no teníamos sede y por ello funcionábamos en la casa de Isabel. Los ensayos se hacían en una de las salas del Teatro Teresa Carreño. Ya José Ignacio e Isabel se habían casado y él tenía su estudio en esa casa. Gracias a ese trato diario y a la convivencia en esa casa, fui conociendo a un José Ignacio muy distinto al que se paraba a dirigir una ópera o una obra de teatro. Era muy tímido, muy genial y a veces muy torpe para muchas cosas; allí estaba yo dispuesto a ayudarlo y tenía una ternura increíble que contrastaba con esa voz de bajo profundo que tenía.

Nos llevábamos muy bien. A veces recibía personas en la sala y echaba cuentos y anécdotas, y yo me quedaba embelesado oyéndolas, aun teniendo cosas importantes por atender. Era increíble oír sus historias. Llegamos a tener una amistad tan grande que hasta su luna de miel con Isabel la dejó en mis manos; yo planifiqué todo para que fuera un viaje inolvidable desde que salieran de la recepción de la boda. Conocí al Cabrujas cocinero: era su verdadera pasión, siempre me lo decía: “Para mí es lo más importante y lo que más disfruto de la vida”. A veces me invitaba a almorzar, nos servíamos un whisky y, mientras cocinaba, hablábamos de muchas cosas, nunca de teatro. Por supuesto, los platos que hacía eran de un nivel sorprendente, muy elaborados; tenía una sazón exquisita. Era todo un chef que cuidaba al máximo los ingredientes; todo tenía que ser de primera calidad. Era todo un ritual sentarse a comer lo que había preparado.

Hicimos muchos planes juntos, unos se concretaron y otros no. Su muerte fue tan inesperada; tenía tanto que dar y estaba en su mejor momento como escritor de telenovelas, había muchos países que deseaban trabajar con él. Dejó un vacío enorme en muchos aspectos: como escritor (tenía varias columnas en la prensa y yo lo ayudaba en la logística del envío, etc., eran otros tiempos), como dramaturgo, como director, como amigo y como padre. En fin, era todo un artista. Qué bueno que lo pude conocer, disfrutar y aprender.

 

Escribir y diseñar

¿Estás escribiendo teatro aparte de los artículos?

No todavía, pero me encantaría hacerlo. Te confieso que siempre quise escribir, pero siempre me ha parecido que la literatura es un arte y una disciplina la cual respeto mucho. Pero he tenido tan buenos comentarios con mi libro Cómo soportar la vida con humor: confidencias de un actor, y ahora con la columna todos los domingos, que creo que me atrevería a escribir teatro. Podría ser fácil pues conozco, por mi experiencia como actor, los ingredientes que debería tener para que guste al público: las pausas, el ritmo, la duración... muchos detalles que pudieran serme útiles.

 

¿Dónde estás viviendo?

En Caracas. Aquí sigo a pesar de tantas cosas. No es fácil por toda la situación que se vive. La hiperinflación es tremenda y no es fácil para los que llegamos a la tercera edad; no tenemos oportunidades, parece que una trayectoria no es un buen aval para conseguir un empleo. Menos mal que las cosas a las que me dedico las hago por mi cuenta y así no dependo de nadie.

 

En estos inicios del nuevo siglo, ¿qué ha cambiado en tu modo de ver y hacer arte y cultura?

Definitivamente el concepto de hacer las cosas por el solo deseo de hacerlas. La entrega con que hace muchos años hacíamos todo ya no existe, ni la mística para enfrentar un trabajo en cualquier disciplina artística. Es cierto que la situación económica no ayuda, pero por ejemplo, yo trabajé en el diseño gráfico y allí sí cobraba lo justo; en cambio, hacer teatro era diferente, nunca estaba pendiente de cuánto me pagarían o si me pagarían. El amor al arte cubría todo y no sólo como actor: colaboré en muchas actividades teatrales y lo hacía sólo por el gusto de hacerlo. Pero ahora no es así; la gente que comienza quiere cobrar unos honorarios altísimos. No lo critico, pero a veces esa actitud hace que muchos proyectos no se lleven a cabo por los elevados costos en contrataciones.

 

¿Qué te entristece?

La falta de oportunidades que tienen los jóvenes actualmente en Venezuela. La falta de educación y los valores que se han ido perdiendo. A veces, cuando estoy con jóvenes y les cuento (yo hablo mucho) anécdotas o relatos, no lo pueden creer; creen que estoy exagerando y son las mismas cosas que yo viví cuando fui adolescente y que era lo normal para esos tiempos.

 

¿Cuáles palabras usas más?

“Excelente”, “muy bien”, “qué bueno”..., frases o palabras que conllevan algo positivo. Tampoco soy de las personas que les preguntas “¿Cómo estás?” y te contestan “¡Excelente! ¡Superbién!”, y te lo recalcan cuando tú sabes que no es así. Simplemente las empleo para dar énfasis a algo si se presta la ocasión. La verdad no me había dado cuenta sino hasta ahora que me preguntas.

 

¿Qué añoras?

Hacer teatro, volver a actuar, a crear un personaje, transformarme de nuevo en alguien más. Y tener presente que será la última vez; entonces sentiré que se cerró un ciclo que, como todo, tiene un final.

La escritura me llena totalmente; me da gusto escribir y que a la gente le guste o se entretenga y conmueva con mis relatos. Es algo que no esperaba, es un regalo con el que la vida me está premiando.

Y ASÍ PASÓ... DORIS WELLS , MAS ALLÁ DE ANA / por Jairo Carthy - Caracas 25 de Enero de 2026

 

La película Ana, Pasión de Dos Mundos marcó un hito inolvidable en mi carrera. Fue una oportunidad de compartir escena con grandes figuras del cine. Por el lado español, el talento y la presencia de Juan Luis Galiardo y una joven adolescente que ya brillaba como estrella: Maribel Verdú. Y, representando a mi amada Venezuela, nada menos que la primera actriz Doris Wells, junto a otras actrices y actores de inmensa trayectoria.

 

En su época, esta fue la producción más costosa jamás filmada en Venezuela, una ambiciosa coproducción entre España, Venezuela y también Colombia, de este último país se sumaron dos actores de gran prestigio al elenco principal.

 

La historia nos transportaba a la fascinante década de los años veinte. Esto significó que cada pieza de vestuario, maquillaje y decoración fue confeccionada con un rigor histórico impresionante. Podría escribir páginas enteras sobre la magnitud de esta experiencia, pero hoy quiero centrarme en un suceso que lo transformó todo, cambiando mi perspectiva sobre muchas cosas.

 

El filme comienza en España, en una majestuosa casa que funge como prostíbulo. Allí reside Charo (Doris Wells), la Madame que regenta el negocio, y Ana (Maribel Verdú), la favorita de muchos clientes, incluido un rico hacendado que vive en Venezuela, Fabián (Juan Luis Galiardo). Como una de las muchas exigencias de Ana para viajar a Venezuela, es que Fabián le construya una réplica exacta de la casa española, y tenía que viajar con ella todas sus compañeras de “trabajo”.  Y así se hizo en la vida real, la producción de la pelicula la construyó en las afueras de Calabozo.  La fidelidad era tal que el equipo español, que semanas antes había rodado algunas escenas en la locación original, no podían creerlo. La casa era la protagonista, aunque en mi historia personal, la verdadera protagonista estaba por revelarse.

 

Cuando leí el guion, me sorprendió que Doris Wells aceptara el rol de Charo. Era un papel protagónico, sí, pero muy diferente a todo lo que había hecho en su extensa y respetada carrera. La trama nos lleva a Venezuela, donde las prostitutas y su Madame se aventuran a probar el “negocio más antiguo del mundo” en los llanos venezolanos.

 

La escena de la llegada era monumental. Nuestros personajes arribaban en barco al puerto de La Guaira, recreando fielmente el ambiente de los años veinte. Un bote nos llevaba a tierra firme, donde Charo y Ana desembarcaban. Allí estaba yo, interpretando a Felipe, el fiel sirviente de Don Fabián, cuya misión era convertirse en la sombra, protector y cuidador de Ana. Cien extras vestidos de época, un mercado reconstruido con minucioso detalle... todo era color y bullicio que asombraba a las recién llegadas al trópico.

 

Todo se ensayó a la perfección. Filmamos tomas secundarias y llegó el momento de la escena principal: mi encuentro con las "Damas", la bienvenida y el diálogo entre Ana y Felipe  el cual observa Charo.

- ¡Acción!

Aunque ya había filmado otras escenas, la verdad es que estaba embargado por el nerviosismo y la ansiedad de que todo saliera impecable. Marchaba bien. Doris y Maribel, se acercaban a mi y Ana me preguntaba: - ¿Y tú eres Felipe? ¿Dónde está Fabián?. Yo respondía:- ¡Ah! Usted debe ser Ana, la señorita Ana, quiero decir...

 

De repente, - ¡Corten!

 

Todo se paralizó. No entendía lo que pasaba, pero había que repetirla. Esto significaba volver a colocar a todos los extras, a las actrices en el barco... ¡empezar de cero! De nuevo, - ¡Corten! Y así, una y otra vez.

 

Con cada repetición, el nerviosismo aumentaba, y la espontaneidad inicial se desvanecía. El ambiente se tensó; era la hora del almuerzo, el calor era asfixiante bajo esos trajes y el maquillaje. La desesperación crecía al no avanzar. Cerca de la décima repetición, justo antes de dar la acción, el camarógrafo se acercó a mí y, casi gritando frente a todos, me dijo:

- Jairo, no te muevas. Di todo lo que tengas que decir aquí. Yo moveré la cámara y todo saldrá bien.

Mi rostro debió ser de total incredulidad. Él se apresuró a explicar: - La Señora te está tapando (refiriéndose a Doris Wells). No sé por qué se mueve, pero te tapa totalmente. Hagámoslo como te digo, aunque ella te tape, yo me moveré con la cámara y la escena saldrá.

Con esa sensación de desconcierto y duda, filmamos la toma.

- ¡Corten! ¡Listo, queda esa toma! - anunció el productor - ¡Corte de comida!

Yo miraba a Doris Wells; ella solo sonreía. Maribel me miraba, como diciendo: ¿Qué acaba de pasar?.

 

 

 

 La polémica escena de la película

 

 

Fui directo a hablar con el director, Santiago San Miguel. Le agradecí la oportunidad, pero fui tajante: - Ha sido maravilloso trabajar para ti, pero con esa señora no sigo. Tenemos demasiada relación como personajes, y no voy a vivir el infierno que acabo de pasar por su culpa

 .

Una muy querida amiga, quien tenía uno de los personajes pincipales y era la esposa del Director , Perla Vonasek, me tomó del brazo: - Ven acá, mi amor, cálmate. Tienes toda la razón, pero vamos a conversar y a relajarnos. Este calor es insoportable. ¿Nos tomamos una cerveza bien fría?

 

Y me convenció. No quería perjudicar la producción, pues sustituir mi personaje implicaría repetir muchas escenas. El siguiente llamado era para el día siguiente, la continuación de la llegada de las "Damas"a Venezuela.

 

Llegué a la Casa Guipuzcoana, en La Guaira, el punto de reunión, bastante nervioso. Tenía que enfrentar a Doris Wells, y sabía que no sería fácil. Apenas me vio, se acercó: -Hola, mi amor, te estaba esperando. Ven, siéntate aquí conmigo, en mis piernas, como cuando eras niño.

 

En ese instante comprendí que Perla y Santiago habían hablado con ella. Intenté excusarme, sintiendo la mirada de todo el mundo: - Disculpe, pero no me parece, no entiendo…

 

- Ven, no te dé pena. Pena me debería dar a mí por lo que pasó ayer. De verdad, no sé qué me pasó, la repetidera me parecía divertida, pero ven, siéntate.

 

Me senté en sus rodillas, para no contradecirla, y poco a poco me fui rodando hasta que quedamos compartiendo la silla.

 

- Ya sé que eres el hijo de Ramón Carthy. Me recordé que él te llevaba muchas veces a Radio Caracas Televisión cuando eras niño y siempre te sentabas en mis piernas, y conversábamos los dos. Han pasado muchos años, y ahora estamos juntos en este proyecto. Te prometo que nada parecido volverá a pasar. Lo que pueda hacer por ti, solo pídemelo y lo tendrás.

 

Y así fue. A partir de ese momento, fuimos inseparables.

 

Nos fuimos varias semanas a Calabozo para rodar en el famoso set de la casa. La  mayoría del elenco era citado a las 5 de la mañana, ella, por su nombre y trayectoria, llegaba a las 7 a.m., y yo con ella, pues mi preparación era sencilla. El trayecto hasta la locación, de una hora, se convirtió en el escenario de nuestra gran amistad. Yo le repasaba los parlamentos; ella, ¡imagínense!, me pedía consejos sobre su personaje. Durante la filmación, yo estaba atento a su bienestar. Descubrí a una mujer increíblemente divertida, de una belleza deslumbrante y con un glamour y una clase poco comunes. Era fascinante verla transformarse al actuar, encarnando a esa Madame interesada en el dinero, capaz de vender a las jóvenes al mejor postor.

 

Aprendí muchísimo a su lado. Hicimos planes, muchísimos planes. Ella soñaba hacer  una miniserie junto a Marina Baura y Carlos Mata, la que sería su despedida como actriz, y yo trabajaría con ella en la producción. Aunque siempre le recordaba: - Acuérdate que lo mío es actuar.

-Claro, Jairo, eso lo sé. Ya verás la cantidad de cosas que vamos a hacer, eres muy talentoso y con esa voz, todas las puertas se te abrirán.

 

Pero no fue así. Ninguna de esas puertas se pudo abrir.  El destino había trazado un final precipitado con una enfermedad incurable que la estaba consumiendo y no lo sabíamos.

 

Una mañana, mientras esperábamos el taxi en el lobby del hotel para nuestro encuentro diario, me dijo: - No sé qué me pasa, tengo un dolor terrible en el pecho. Seguro que dormí mal . Fui de inmediato a la cocina y pedí que le prepararan un té de anís estrellado. - Tómate esto, Doris, seguro que son gases, te va a aliviar . Y, en efecto, la alivió… por unas horas.

 

Le tocaban las escenas más fuertes de su personaje, justo cuando todo en la trama comenzaba a desmoronarse. Y el mismo drama se replicaba en la vida real, donde la enfermedad iba destruyendo lentamente a este maravilloso ser que en apenas una semanas nos habiamos hecho inseparables.  Repasábamos la letra; yo veía que por momentos le costaba respirar, pero al pararse en el set y enfrentarse a Fabián, la adrenalina hacía su magia, y la fuerza y el coraje de Charo brotaban con intensidad. ¡Cómo la admiraba! Era increíble verla, aunque por dentro, sabía que cada vez estaba peor.

 

Este texto es un humilde homenaje a un ser maravilloso, lleno de alegría, de vida, y de planes y proyectos que, con el tiempo, se volvieron sueños truncados. Un homenaje a la gran actriz, a la gran mujer. Conocí aspectos suyos que nadie sabía. Al regresar al hotel, siempre poníamos en el taxi a Wilfrido Vargas y, junto a Cristina Reyes, otra excelente actriz y amiga valiosísima, ibamos moviendonos al ritmo del merengue todo el camino.

 

Recuerdo que le alegró mucho saber que mi padre vendría ese Diciembre e hicimos planes para que se encontraran de nuevo y ver juntos la pelicula.  Pero nada de eso sucedió. Yo tenía que regresar a Caracas tres días antes de que finalizara las filmaciones.  De repente, cambiaron el plan de rodaje: un avión vino a buscarla. No quiso volver a ver a nadie.   Se fue apagando, poco a poco.  No llegó a ver su película y yo, nunca más la volvi a ver.

 

Esta no es solo una anécdota de cine; es la memoria de cómo una de las figuras más grandes de nuestra pantalla se detuvo, me miró y me tomó de la mano. Ese gesto en la silla, ese abrazo sutil después del conflicto, no fue solo un acto de disculpa, sino el inicio de una amistad genuina que me regaló las lecciones más valiosas sobre el arte, la humanidad y la fragilidad de la vida. Aún resuena en mí su voz llena de promesas y fe en mi talento. 

 

Aunque el destino le impidió concretar esos sueños, Doris Wells me abrió una puerta mucho más importante que cualquier oportunidad profesional: la puerta de la confianza y el afecto incondicional. La recuerdo con el ritmo alegre de Wilfrido Vargas, con su belleza imponente y con esa promesa de un futuro que hoy, sin ella, se convierte en el recuerdo más dulce y emotivo de un set de filmación que ya es eterno.

 

 

Y así pasó …

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

 

Más artículos en: Y ASÍ PASÓ 
 
 
 

De venta en AMAZON


Y ASÍ PASÓ ... "TARA, POESÍA DEL MUSEO", por Jairo Carthy / Caracas, 4 de Enero de 2026

 
 

Trabajar en la Ópera de Caracas era una aventura, pero estar en el Museo del Teclado con el equipo de la Dirección de Música de Fundarte era, literalmente, vivir una comedia constante.

 

¿Recuerdan    la    anécdota    de    La    Escuelita?    Pues    con    ese    mismo    combo protagonizamos una de las experiencias s delirantes que he vivido. Todo empezó el día en que al Museo , ese lugar solemne que soa estar s solo que la una (porque nadie iba a ver la colección de pianos), le llegó un cargamento misterioso.

 

Consistía en un montón de cajas y una estructura metálica giratoria, enorme y pesada. Parecía un artefacto de la NASA. Cuando abrimos las cajas, ¡sorpresa!: eran las ediciones de poesía de Fundarte. La estructura era un exhibidor para que el público (ese que no iba) pudiera girarlo y elegir un libro.

 

Todo iba sobre ruedas hasta que Ana Cecilia Abreu soltó la bomba:

¿Pero ustedes ya vieron cómo son estas "poesías"?

Corina Michelena, con su honestidad de siempre, respondió:

Ni idea, a mí no me gusta la poesía.

Pero Armando Africano, que aunque era de la Ópera estaba pendiente, agarró un libro, lo hojeó y casi se va de espaldas:

¡No puede ser que esto sea poesía!

Nelly Zerpa se acercó intrigada:

¿Qué pasa, Armando? ¿Tienen errores?

¡Peor! respondió él—. ¡Es que cada página tiene una sola frase!

 

Yo no lo podía creer. Agarré otro ejemplar pensando que era un error de imprenta, pero qué va... una página decía una frase, la siguiente tenía tres palabras y la otra estaba casi en blanco.

- ¡Qué loquera! - exclamé -. Si esto es ser poeta, nosotros somos los próximos candidatos al Premio Nacional de Literatura.

 

Y ahí fue cuando la genialidad de Armando lanzó el plan maestro:

- ¿Y por qué no escribimos nuestro propio libro de poemas? Si ellos cobran por esto, nosotros tambn podemos.

-¿Pero qun nos va a patrocinar? - preguntó Ana Cecilia.

- ¡Eso es lo de menos! - dijo Armando. Primero la obra, después la fama.

 

Nos fuimos cada uno a su escritorio con una concentración sospechosa. Si alguien hubiera entrado en ese momento, habría pensado: "¡Caramba, qué eficiente es este equipo!".


 

Pero la realidad era que estábamos pariendo versos absurdos entre carcajadas contenidas.

 

Uno de los nuestros, Luis Salmerón (un fotógrafo guapo y talentoso), no participaba pero nos va desde la barrera. Luis era un torbellino: iba de Parque Central al Ballet, del teatro a la oficina, nunca se quedaba quieto. Armando decía que parecía una "Tara" (ese saltamontes inquieto que nadie puede atrapar).

 

¡Y listo! Ya teníamos título para nuestra obra cumbre: "¡TARA!". Y como subtítulo le pusimos la frase s intensa e incongruente que se nos ocurrió: He visto temblar la alegría.

 

Nuestra musa involuntaria termi siendo Isabel Palacios. Ella estaba en Nueva York y, como siempre, al volver nos reunió para contarnos sus andanzas. Nos habló emocionada de haber escuchado a Kiri Te Kanawa y de cómo, al salir del teatro con un frío de muerte, se encontró unos guantes negros de cuero en el taxi, que le salvaron la vida.

 

Mientras ella hablaba, nosotros nos cruzábamos miradas cómplices. Cada detalle de su viaje terminaba convertido en un "poema" de nuestro libro:

 

Como gotas de rocío cayeron guantes pal frío”.

 

Kiri Te Kanawa, la loca de Tacagua. La karateca loca ataca”.

 

La niña enferma de prístinos paisajes”.

 

Y aquello parecía”.

 

Cualquier frase, mientras s incoherente fuera, mejor quedaba en nuestro poemario. Eran muchísimos, pero lamentablemente el manuscrito original está perdido entre uno de los baúles de recuerdos de Armando, pero todos daban mucha risa y lo mejor es que fue un trabajo colectivo del grupo.

 

Cuando terminamos sacamos una copia para cada uno; no pusimos un poema en cada página como era la diagramación de los libros a la venta, pues no teníamos mucho presupuesto para estas travesuras, y se lo dimos a leer a cada persona de nuestro entorno: cantantes, profesores, pianistas, alumnos, que se morían de la risa. Fue algo muy divertido.

 

Quiero hacer un paréntesis necesario: siento un profundo respeto por el arte de escribir y por mis amigos poetas, esos arquitectos del alma que logran conmovernos con la palabra exacta. Disfruto muchísimo de la buena poesía, la que tiene profundidad y sentido. Nuestra aventura no era una crítica al oficio, sino una reacción llena de


 

asombro ante lo incomprensible: no podíamos entender cómo una frase aislada y vacía de significado pretendía ser un poema.

 

Isabel Palacios, cuando descubrió el libro no lo podía creer, termi aceptando con una sonrisa que nuestra creatividad no teníamites ni sentido común.

 

Al final, entre versos locos y risas, nosotros tambn vimos temblar la alegría.

 

Y así pasó

 

Más artículos en: Y ASÍ PASÓ