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MI TIEMPO CON JOSÉ IGNACIO CABRUJAS por Jairo Carthy / Caracas, 22 de Marzo de 2026

 


Las nuevas generaciones no lo conocieron y tal vez no saben quién fue él, o quizás si… pero cuando un hombre deja un legado de dimensiones tan grandes, su nombre se convierte en el norte de todas las disciplinas. Hablar de teatro, de cine o de literatura es, inevitablemente, terminar pronunciando su nombre. Fue el actor que prestó su talento, el director que dibujó mundos, el dramaturgo que nos diseccionó como sociedad, el docente generoso que entregó su saber, y ese melómano apasionado que transformó la ópera en una experiencia mística. ¿Quién reúne todas estas cualidades?  Solo él: JOSE IGNACIO CABRUJAS, el hombre de la voz gruesa y cautivante de muchos comerciales y locuciones para la televisión.  

 

Mis recuerdos son como una película que se proyecta con nitidez. Lo veo siendo el Eloy de “La Revolución” de Chocrón, o el Torbaldo en “Casa de Muñecas” de Ibsen. Pero, por encima de todo su interpretación de Pío Miranda en su propia obra, “El día que me quieras”, fueron trabajos como actor que quedan en mi mente y que en mi proceso de formación disfruté, aprendí y valoré por haber tenido la oportunidad de disfrutar.  Pio Miranda, aquel patético soñador, atrapado entre la utopía y la desolación, fue un regalo del azar el verlo a él haciendo el papel: porque fue escrito para Fausto Verdial, pero por problemas de salud, obligó a José Ignacio a saltar a las tablas para no detener el estreno de la temporada. Verlo allí fue una lección de vida; luego Fausto retomaría el papel con igual maestría, pero haber presenciado a Cabrujas habitando su propia criatura fue todo un privilegio.

 

Tenía la capacidad casi divina de escribir para sus actores, conociendo de antemano sus silencios, sus alcances y sus límites. Escribía para sus "favoritos", para esos rostros de eterna confianza que él sabía que no iban a representar un papel, sino a encarnar una verdad.

 

Recuerdo claramente aquel ensayo general de una de las Galas de Ópera que compartimos.  Se me acercó y, con esa naturalidad, me soltó una promesa que me hizo temblar: - Voy a escribir una obra para ti. Me dijo que sería sobre un escritor de telenovelas y junto a la maravillosa Irma Palmieri destacada comediante de la televisión haría pareja. En ese instante, sentí que el Rey Midas me había tocado el hombro. Para un actor, que Cabrujas te soñara en un personaje era convertirte, de golpe, en una pieza de oro reluciente.

 

La televisión, con su voracidad insaciable, empezó a devorar sus horas. Ese "monstruo" donde todo es para ayer, donde la inmediatez castiga la pausa, le robó espacio al teatro, pero nos devolvió al analista lúcido. Todos esperábamos con ansiedad su columna semanal; “El país según Cabrujas” no era periodismo, era una brújula moral. En sus letras, Venezuela se miraba al espejo, con sus miserias y sus esperanzas. Y los sábados... ah, los sábados eran de la ópera. En su casa, rodeado de miles de discos, literalmente cientos de docenas que eran su tesoro más preciado, se daban cita los amigos "operáticos" para descubrir las grabaciones más recientes del bel canto.

 

Fue en ese refugio de arias y libretos donde mi relación con él trascendió la admiración profesional para convertirse en una amistad. Mientras todos le decían "Maestro", para mí siempre fue José Ignacio. Con el respeto que da el cariño, lo tuteé siempre. Compartí su día a día, trabajando con su esposa, Isabel Palacios, en la Camerata de Caracas. Durante años, su casa fue mi oficina. Allí conocí al Cabrujas íntimo, al que pocos tuvieron acceso; el hombre detrás de la leyenda.

 

Juntos vivimos el desarrollo de la Fundación Ópera de Caracas. Al lado de Isabel, Carlos Riazuelo y Hans Neumann, José Ignacio se empeñó en demostrar que el talento venezolano podía sostener los roles protagónicos que las compañías extranjeras les negaban. Recuerdo su puesta en escena de Don Juan de Mozart como algo apoteósico: el escenario, en una metamorfosis casi imperceptible, se convertía en un altar de una iglesia, inmenso donde los personajes se transformaban en santos. Fue una era de oro de cinco años que, dolorosamente, el Estado venezolano decidió apagar al quitarle el subsidio. Un silencio repentino que nos dolió a todos.

 

Pero ese cierre abrió para mí la puerta a la cotidianidad del genio. Descubrí su pasión por la cocina: - Jairo, cocinar es lo que me gusta más, más que escribir, más que dirigir, me confesó un día entre olores a especias y sofritos. Verlo cocinar era ver un ritual de perfección. Era un chef riguroso, un alquimista que solo aceptaba ingredientes de primera calidad. Las pastas eran su especialidad. Era todo un ritual sentarse a comer lo que había preparado y degustar esa sazón única que tenía.

 

Yo colaboraba con él en muchas cosas, estaba muy pendiente de enviar su columna para que estuviera a tiempo en el periódico, A veces recibía amigos en el salón de la casa y junto a Boris Izaguirre y Perla Farías quienes trabajaban con él en algunas telenovelas comenzaba a echar cuentos y anécdotas, yo sabía que iba improvisando la historia en el momento, ya había oido otras versiones pero igual eran increíbles, uno le creía todo a pesar que a veces eran difíciles de creer.  Me ocupaba de ayudarlo en muchas cosas, a pesar de su genialidad a veces era torpe para ciertas cosas.  Su luna de miel con Isabel la dejó en mis manos;  planifiqué todo para que fuera un viaje inolvidable desde que salieran de la recepción de la boda. Y así fue, yo estuve muy satisfecho por el resultado.

 

Mientras esperaba que escribiera la obra que me había prometido, me pidió que trabajara en un montaje que iba a hacer en el Ateneo de Caracas, era una obra de Ibsen Martínez titulada “Fiero Amor”  la cual tendría de protagonista al primer actor Gustavo Rodríguez interpetando al Presidente Rómulo Betancort.  Yo tendría el rol de Pío Miranda, el mismo de su obra “El día que me quieras” era un verdadero honor para mí.  Lamentablemente, la experiencia no fue buena, para nada, muchas cosas ocurrieron en el desarrollo de ese montaje, y no guardo buenos recuerdos de esta obra.  Afortunadamente, entre José Ignacio y yo todas las asperezas se limaron y seguimos siendo los amigos que hasta ese momento habíamos sido. Amistad blindada por el respeto mutuo.

 

Luego vino la mudanza de la Camerata, su nueva oficina, y ese distanciamiento natural que imponen los nuevos espacios. Y de pronto, lo que nadie podía preveer. Su muerte inesperada... Se fue en su mejor momento, cuando el mundo entero reclamaba su pluma. Dejó proyectos a medio camino, historias sin final y un vacío que, décadas después, todavía se siente frío.

 

Se fue el escritor, el dramaturgo, el director... pero sobre todo se fue el amigo.   Fue un artista total, una llamarada de inteligencia que iluminó nuestra identidad. Hoy, al mirar atrás, solo puedo dar gracias. Qué bueno que estuve ahí. Qué bueno que pude conocerlo, disfrutarlo y aprender de él.

 

Y así pasó.

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

PD. Si quieres conocer los detalles de “Fiero Amor” en mi libro “Cómo soportar la vida con humor. Confesiones de un actor” los encuentras.   

 

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ISABEL PALACIOS ... el eco de una ovación infinita / por Jairo Carthy / Caracas, 15 de marzo de 2026

 


Una mañana, la puerta de mi oficina se abrió para dar paso a Isabel Palacios. Su presencia, siempre magnética, venía acompañada de un mandato irresistible

.

-Toma, Jairo, me dijo, ofreciéndome dos boletos - estas entradas son para ti y tu papá. Tienes que ir a este concierto el domingo; dirijo a la Simón Bolívar. Sé bien que no eres un asiduo de las salas de conciertos, pero te lo aseguro: esta vez te va a fascinar. Esta obra tiene todos los ingredientes que sé que a ti te gustan.

 

Con esa introducción, rechazarla era sencillamente imposible. Le aseguré que asistiríamos y que mi papá estaría encantado. Durante años, él había cultivado una admiración ferviente por Isabel, tanto por la artista monumental como por la mujer carismática; ya le había realizado varias sesiones de fotos, cautivado siempre por su desenvoltura y ese poder natural ante la cámara.

 

Tomé las entradas en mis manos y leí: CARMINA BURANA de Carl Orff. Ese nombre se grabó en mi memoria para siempre, como la marca de un hecho trascendental a punto de ocurrir. Y así fue. La profecía de Isabel se cumplió con creces: no solo me gustó, sino que aquella obra me convirtió en un devoto instantáneo.

 

Formalmente, Carmina Burana se define como una cantata escénica que exige una orquesta titánica, una sección de percusión masiva capaz de sacudir los cimientos. En el frente vocal, requiere solistas de primera línea, un coro mixto de grandes dimensiones, un coro pequeño y un coro infantil. Es una arquitectura de sonido apabullante. Desde su estreno en Frankfurt en 1937, cada presentación alrededor del mundo ha sido un triunfo rotundo, pero lo que estaba por vivir superaba cualquier registro histórico.

 

Llegó el esperado domingo. Era a las once de la mañana y el escenario sería la emblemática Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, un coliseo con capacidad para 2.500 personas. Estábamos en una ubicación privilegiada. La sala se fue colmando, butaca tras butaca, hasta que no quedó un solo resquicio vacío. Había jóvenes de pie y sentados en las escaleras; era un lleno total, una marea humana vibrando en una espera eléctrica.

 

Entonces, comenzó el desfile en el inmenso escenario. Los tres coros participantes, el coro de niños, los solistas y, finalmente, la orquesta tomaron sus posiciones. El aire pesaba de tanta expectativa. Y por fin, hizo su entrada la Maestra Palacios. Vestida con un elegante traje de lino beige y el cabello recogido, lucía absolutamente imponente.

 

Un aplauso atronador rompió el silencio. Las luces se atenuaron lentamente, concentrándose en el podio. Y con los acordes rugientes de "O Fortuna!", esa maravilla indescriptible comenzó.

 

Recuerdo haberme hundido en mi butaca, apoyando el brazo en la rodilla, quedando petrificado hasta el final. Ver a Isabel dirigir era un espectáculo de pura energía vital. Blandía la batuta con magistral destreza, esculpiendo cada nota e infundiendo a la obra una emoción desbordada, un éxtasis y un poder visceral... porque Carmina Burana lo tiene todo. Este no es un tratado musical, sino el testimonio de quien fue testigo de un momento cumbre; un instante electrizante que, hasta la fecha, no se ha replicado en esa sala, a pesar de los grandes artistas que la han pisado.

 

El aria de la soprano fue pura hechicería. La interpretación del barítono, los niños, los coros... todo era perfecto. Pero la intervención de los percusionistas - el corazón pulsante y la fuerza dramática de la obra - fue un despliegue fuera de serie. De nuevo, el retorno de "O Fortuna!", ahora con una intensidad final demoledora, marcó la conclusión de la obra.

 

En ese instante, se desató la ovación más estruendosa que jamás haya presenciado. Todo el público se puso de pie, como obedeciendo a un resorte invisible, y el aplauso creció hasta convertirse en un delirio colectivo. La gente gritaba y vitoreaba. La Maestra Palacios era la artífice incuestionable de esa maravilla que nos había conmovido hasta la médula.

 

Mi papá, siempre meticuloso, sacó su reloj para medir el tiempo de esa ovación interminable: 14 minutos y medio. Era increíble. Isabel hizo saludar a todos: coros, solistas y miembros de la orquesta, mientras recibía esa avalancha de gratitud que parecía no tener fin. Un ramo de rosas y su batuta eran lo único que sostenía mientras se inclinaba una y otra vez ante un reconocimiento histórico.

 

Después de ese éxito memorable e inigualable al frente de la maravillosa Orquesta Sinfónica Simón Bolívar del Sistema, Isabel recibió contratos de otras orquestas, dirigiendo conciertos, operas, ballet y siendo la cabeza de muchos proyectos musicales.

 

Años más tarde, junto a la Camerata Barroca de Caracas, Isabel llevó de nuevo a escena esta majestuosa obra en su versión para dos pianos y percusión completa. Arnaldo Pizzolante y Carlos Urbaneja fueron los solistas pianistas y, junto al Coro de la Camerata Barroca, la Camerata Infantil y el extraordinario equipo de percusión de la Orquesta Simón Bolívar, repitieron el milagro. Hicimos dos funciones a sala llena ante un público que, insaciable, rogaba por más.

 

Quedó demostrado que hay encuentros que solo ocurren una vez en la vida, pero cuyo eco, como el de aquel primer golpe de timbal, resuena para siempre en quienes tuvimos la fortuna de estar allí.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

Jcarthyc@gmail.com

 

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EL INVITADO 101 / por Jairo Carthy / Caracas, 1 de Marzo de 2026

 


Al finalizar las funciones de Don Juan, de Guilherme Figueiredo - tanto en el Festival de Almagro como en la temporada del Teatro La Comedia de Madrid - , recibí una invitación de mi amiga Mariangelina Celis. Ella vivía en Bruselas, donde era Agregada Cultural de la Embajada de Venezuela; y además, había sido la productora de nuestra obra.  Estaba en Madrid pues deseaba vernos en escena una vez más antes de que regresáramos a Caracas para una nueva temporada, y allí surge la invitación.

 

Debido a la disponibilidad de vuelos, yo viajaría un sábado y ella llegaría el domingo. Mariangelina me aseguró que no habría problema: podría descansar en su casa y disfrutar de todas las comodidades mientras ella llegaba. Así lo hicimos. Salí muy temprano hacia el aeropuerto de Barajas a tomar el vuelo a Bruselas. Mi amiga ya había coordinado con el Encargado de Negocios de la Embajada, el Dr. Nelson Castellanos, para que me buscaran.  Él, con gran gentileza, insistió en ir personalmente al aeropuerto.

 

Llegué a Bruselas a las diez de la mañana. El Dr. Castellanos resultó ser un hombre joven, atento y muy simpático. De inmediato me pidió que lo tuteara. Mientras caminábamos hacia su auto - un BMW espectacular - , noté que el nivel de vida en ese país era altísimo; allí, ver un Mercedes Benz o un Lamborghini era lo cotidiano.

 

Camino a la ciudad, observé el paisaje y le pregunté:

 

- Nelson, ¿aquí la gente juega mucho al golf?

 

Él, sorprendido, me miró.  - ¿Por qué lo preguntas? ¿Quieres jugar? Hay varios campos...

 

- No, no sé jugar, respondí. - Lo digo porque llevo rato viendo campos bellísimos, parecen alfombras.

 

Nelson soltó una carcajada: - No, Jairo. Esos no son campos de golf; son los parques públicos de Bruselas.

 

Ese fue el inicio de un día inolvidable. Cruzamos puentes de piedra sobre lagos perfectos, donde nadaban cisnes blancos y patos salvajes. Me sentía dentro de una tarjeta de Hallmark  o en un libro de cuentos de hadas.

 

Fuimos a desayunar a una cafetería para probar la exquisita pastelería belga. Nelson me contó que su pasión era la equitación y que tenía varios caballos.

 

- ¿Y dónde los tienes? ¿En tu casa?  - pregunté.

 

- No, en las caballerizas del Country Club. ¿Quieres acompañarme? Paso por allí y así conoces los caballos y el Club.

 

Me pareció un plan mucho mejor que quedarme viendo televisión.

 

El Country Club era un imponente castillo medieval de piedra rodeado de jardines llenos de flores multicolor. Hacía mucho frío, unos 9 grados, pero para los belgas acostumbrados a tener temperaturas bajo cero, aquello era casi verano. 

 

Tras atender sus asuntos, Nelson me invitó a la terraza: -Vamos para que conozcas a unas amigas y tomemos un té caliente, seguro te caerá muy bien.

 

La elegancia y el buen gusto reinaba en cada rincón. En la terraza nos esperaban cinco damas sofisticadas. Yo no entendía nada; hablaban una mezcla de francés y flamenco (neerlandés), además de alemán. Me senté a disfrutar del té y del paisaje, pero me sentí incómodo al verlas reír mientras me miraban.

 

- Nelson, me siento fuera de lugar - le susurré -. Siento que se burlan de mí. Por favor, llévame a casa de Mariangelina o pideme un taxi.

 

Él me tranquilizó de inmediato: - ¡Para nada Jairo! Al contrario, me están pidiendo que te lleve como invitado especial a la fiesta de esta noche.

 

- ¿A una fiesta? ¡Cómo se te ocurre! - exclamé.

 

- Esta noche se celebran los 100 años del Country Club de Bruselas. Hay cien invitados de todo el mundo y ellas quieren que tú seas el invitado 101. Les dije que eres un actor venezolano que estabas de gira por España, y venías invitado por la Embajada de Venezuela y, además, el hermano de Deborah Carthy Deu, la actual Miss Universo. Eres la celebridad de la noche.

 

Efectivamente, mi hermana Deborah había sido coronada como Miss Universo representando a Puerto Rico, y su triunfo me llenaba de gran orgullo, ella es una luchadora incansable y además de su belleza tenía todos los atributos para ser Reina universal.

 

- Pero no tengo ropa para algo así —objeté.

 

- No te preocupes. Vamos a la boutique de Gianni Versace. Allí alquilan trajes de etiqueta. Con ese bronceado y tu peinado engominado de latin lover, las vas a volver locas.

 

¿Gianni qué? … Era la primera vez que escuchaba el nombre de Versace. La tienda era un espectáculo de cristal. Gracias al estatus diplomático de Nelson, las puertas se abrían a nuestro paso. Tras varias pruebas, el esmoquin quedó listo.

 

Pasamos la tarde recorriendo Bruselas, una ciudad espectacular que mezcla castillos antiguos con arquitectura moderna. Fuimos a su elegante apartamento a prepararnos. Me afeité y me peiné al estilo de Carlos Gardel, cabello engominado echado para atrás. El esmoquin de seda tenía una caída impecable. Yo me preguntaba: “¿Quién me va a creer esto?”.

 

Llegamos tarde a propósito para llamar la atención. Entré con un abrigo de piel de Nelson apoyado solo sobre un hombro, haciendo una entrada puramente teatral. El salón estaba organizado en mesas de herradura con candelabros enormes. Al poco tiempo, pronunciaron mi nombre en el discurso de apertura. Nelson me susurró: — Levántate y haz una venia.

 

Lo hice, y la curiosidad de los asistentes creció.

 

Durante el brindis, pedí agua mineral. No quería que el champán me diera sueño. Así, totalmente sobrio, tuve a un mesonero dedicado exclusivamente a servirme agua Evian toda la noche. Esto me permitió observar cómo la nobleza europea se desinhibía con el alcohol. Frente a mí estaba el Conde de Luxemburgo; a un lado, la Princesa de Suecia; al otro, el Príncipe de Dinamarca y una princesa de Malasia. Era la monarquía en pleno y yo estaba allí, entre ellos.

 

Al comienzo pensé que Nelson me estaba echando broma, pero luego descubrí que no era así, mujeres mayores muy elegantes con sus tiaras de piedras preciosas, un joven rubio también de la nobleza llevaba un corbatín de oro macizo, era un desfile de personas extrañas, joyas, Príncipes, Princesas, Duques, ¡en fin! Y por supuesto me repetía: ¿Quién me va a creer esto que estoy viviendo?

 

El momento cumbre fue el baile. Sin las barreras del idioma - hablando una mezcla de español, inglés e italiano -  con total desparpajo terminé charlando con medio salón. Estaba relajado, nadie me conocía y yo no conocía a nadie.  Una señora muy elegante, parecida a Hillary Clinton, me sacó a bailar. De pronto, la gente hizo una rueda a nuestro alrededor. Yo, con mi estilo caribeño, la soltaba, le daba vueltas y la acercaba al compás de la música. Nelson se escondía tras una columna muerto de la risa. Mi pareja de baile, aunque disimulaba, parecía algo desconcertada por mi ímpetu. Yo la tenía tomada de las dos manos y la alejaba y acercaba a mí, así durante un buen rato.  Creo que empezaba a incomodarse. Finalmente, Nelson me hizo señas para que la soltara y cediera el turno a otra pareja. La pobre mujer salió huyendo, aunque con mucha clase.

 

Fue una de las noches más increíbles de mi vida. A veces me cuesta creer que fue real, pero las diapositivas que conservo con aquel traje de Versace confirman la veracidad de la historia. Al terminar la velada en el Country Club, Nelson me mostró un poco de la vida nocturna de Bruselas: bares donde las mascotas son bienvenidas y las prostitutas, mujeres absolutamente bellas y perfectas se exhiben en una calle especial, en vitrinas,  totalmente desnudas para que uno pueda escoger la que más le guste.

 

Simplemente, una experiencia inolvidable.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

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FEDORA ALEMÁN... única / por Jairo Carthy / Caracas, 15 de Febrero de 2026

 


Las actividades en el Museo del Teclado eran un torbellino de creatividad. Entre los proyectos de la Ópera de Caracas y los de la Dirección de Música, casi no se notaba la diferencia; éramos un solo equipo donde todos colaborábamos con todos. Al menos para nosotros, esa distinción no existía.

 

Además de escribir poesías y convertir la oficina en un "Kinder" (como ya les he contado), también sabíamos trabajar —¡y mucho!—. Uno de esos retos monumentales fue el homenaje a una mujer extraordinaria, ejemplo para generaciones y maestra de  muchos cantantes: la soprano FEDORA ALEMÁN. Estábamos absolutamente emocionados de formar parte de este proyecto.

 

Fedora, caraqueña de nacimiento, fue la primera venezolana en conquistar el mercado internacional con su canto lírico. Fue una pionera que rompió esquemas, pero lo que más nos cautivaba era su espíritu: siempre sonriente, alegre y con una belleza inigualable que conservó intacta a través de los años. Era un privilegio absoluto sumergirse en su mundo para intentar que sus objetos más preciados estuvieran representados en su exposición homenaje.

 

Pero para montar una muestra así, había que empezar por el principio: su casa. Ella con su especial carácter y dispuesta a ayudar nos dice: - Si quieren pueden ir a mi casa y registrar a ver qué les conviene llevarse-  Estabamos sorprendidos de tanta generosidad y camaradería.  Y así lo hicimos, fuimos a buscar y buscar entre las décadas de historia que ella, afortunadamente, había guardado. Entrar en la intimidad de su hogar era algo que nos daba mucho respeto, casi timidez, pero ella nos facilitaba todo con su dulzura:

— Ustedes llévense lo que necesiten; solo pregúntenme si encuentran algo y no saben qué es o a qué pertenece.

 

Encontramos carpetas, sobres, cajas y cajitas llenas de recortes de prensa de todo el mundo, fotografías familiares y escritos personales. Partituras dedicadas a ella por grandes compositores, vestuarios que había utilizado, premios, medallas, condecoraciones y muchas cosas más que contaban la historia de esta genial e importante artista. Salimos de allí con un verdadero arsenal  por lo que decidimos mudar todo ese material a la oficina para analizarlo y ordenarlo con calma, permitiéndole a ella mantener su espacio y su tiempo.

 

Al llegar al Museo con aquel cargamento de cajas y maletas, el primer reto fue: ¿dónde exhibimos los trajes?  Armando, siempre resolutivo, se fue a los depósitos de la famosa tienda Selemar. Allí consiguió un tesoro: un montón de maniquíes que hoy llamaríamos "vintage". Parecían sacados de los años cincuenta; eran verdaderas reliquias con mecanismos internos para ajustar las medidas de busto, cadera, cintura,tallas e incluso la altura. ¡Algo totalmente novedoso para nosotros!

 

Junto a estos, usamos otros más modernos y, al terminar la exposición, el dueño de la tienda quedó tan encantado con la Exposición, que se los regaló a Armando. Por su parte, Fundarte nos prestó las famosas "bateas": unas vitrinas tipo mesitas, perfectas para proteger con vidrio desde un documento hasta una joya siempre bajo llave, evitando que algún "admirador despistado” se llevara un recuerdo.

 

Parte del homenaje, era la producción de un Disco LP patrocinado por Fundarte con piezas memorables de su repertorio. Fue un honor ver que incluían las Bachianas Brasileñas, pues el mismísimo Heitor Villa-Lobos llegó a decir: "Fedora Alemán es la mejor intérprete de este trabajo".

 

Para la carátula del disco, hicimos una sesión de fotos y, como ya era tradición, la responsabilidad del maquillaje recayó sobre mí. Fedora tenía una piel de porcelana a pesar de los años y unos ojos tan expresivos que facilitaban enormemente mi labor. Nos divertimos muchísimo; ella, siempre coqueta y llena de simpatía, nos guiaba entre poses:

— Muchachos, ¡lo importante es el cuello!, decía entre risas y emrojecida, asegurándose de salir impecable. ¡lo importante es el cuello!

 

Un día estábamos reunidos en el museo Ana Cecilia, Nelly, Armando, Corina (la artífice de los detalles creativos más increíbles en este y otros trabajos) y yo, cuando de repente llegó Fedora para ver cómo iba el montaje. Mientras ojeaba los papeles que estábamos clasificando, Ana Cecilia —quien tenía más confianza por ser Fedora la suegra de su hermana Beatriz— le preguntó:

— Fedora, estamos viendo muchos poemas de admiradores de todo el mundo, pero nos llamó la atención este con un título tan raro...

De inmediato, Fedora se sonrojó y comenzó a reír. Todos nos quedamos intrigados. — ¿Cómo se llama el poema?, preguntó Armando. Nelly contestó: — "Las T de FA".

Nuestra diva soltó una risa pícara y muy ruborizada nos preguntó: —¿No entienden?. Y señalándose el busto con total elegancia, remató: — ¡Las T de Fedora Alemán! Es un poema muy bonito.

 

La carcajada fue general. Fue un momento mágico. Efectivamente, ella siempre había destacado por su porte y ese detalle de su anatomía que la hacía tan llamativa y elegante. Por supuesto, pusimos el poema en una de las vitrinas y pasamos semanas vigilando, entre risas, si el público descubría el secreto del título. Era, en verdad, una poesía sutil y muy respetuosa.

 

La exposición fue un éxito rotundo. Todo —la iluminación, los afiches que parecían flotar en el aire, los vestuarios— estaba a la altura de su trayectoria. Fedora se tomó el tiempo de agradecernos individualmente con esa calidez que solo tienen los grandes. Éramos, sin duda, un gran equipo.

 

Lo que nunca imaginamos en aquel entonces fue que, años más tarde, cuando la Ópera ya había desaparecido y cada uno de nosotros había tomado rumbos distintos, el destino cerraría el círculo: Fedora Alemán regresaría al Museo pero esta vez como Directora de Música y del Museo del Teclado.

Y así pasó.

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

 

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Jairo Carthy, actor para siempre: hacer teatro por el gusto de hacerlo, entrevista de José Pulido, Letralia, domingo 25 de enero de 2026

 

 

Jairo Carthy: “Durante más de treinta años estuve activo como actor, teniendo el privilegio de ser dirigido por los más prestigiosos creadores de esa época”.

El palo mayor de la balandra Isabel marca sobre el cielo el tardo vaivén del puerto adormilándose en la penumbra del atardecer.

Un marinero, cansado y alegre, se apoya en la barandilla mohosa, rota por las olas, y silba una canción que oyó hace mucho tiempo.

Ese es un fragmento del cuento “La balandra Isabel llegó esta tarde”, que escribió Guillermo Meneses, autor venezolano siempre vigente. A partir de ese cuento se generó una nueva y gran vivencia para el teatro venezolano, aunque quizás nunca se supo con certeza y Guillermo Meneses apenas lo habrá pensado.

En ese cuento se interesó Bolívar Films para hacer una película y logró captar para una coproducción a los cineastas argentinos Carlos Hugo Christensen y Enrique Faustin, cuya empresa se llamaba Chrisfa. La película se rodó en 1949 y se estrenó en 1950.

Fue dirigida por Carlos Hugo Christensen, cuyo asistente de dirección era el joven actor Horacio Peterson. Se rodó con guion de Aquiles Nazoa, música de Eduardo Serrano y protagonizada por Arturo de Córdova, Virginia Luque, América Barrio, Juana Sujo, Tomás Henríquez, Néstor Zavarce y María Gámez.

El joven Horacio Peterson fue alumno del pionero del teatro moderno en Chile, Pedro de la Barra. Su nombre era Horacio Collao, pero en el arte se consideraba hijo de don Pedro de la Barra y por eso escogió Peterson como apellido.

La balandra Isabel llegó esta tarde y trajo a Horacio Peterson: esa es la síntesis de un inicio que transformó el teatro venezolano.

 

Horacio Peterson encontró a Jairo Carthy

Horacio Peterson era un hombre teatro, un prodigio de la actuación, un maestro de la escena. Cuando llegó a Venezuela desde Chile, ya había protagonizado películas y había estado en varias obras de teatro. Actuó, dirigió, escribió y enseñó. Su vida fue una entrega al arte de la actuación. Él llevó a Carlos Giménez a Venezuela. Es obvio que el teatro venezolano contiene en su carisma esencial la exigente genética artística de Horacio Peterson.

Jairo Carthy dice algo que define muy bien lo que fue Horacio Peterson: “A Peterson había que reconocerle que te sacaba temperamento, volumen en la voz y fuerza interpretativa como fuera, gracias a esas técnicas vencí mi timidez e incluso llegué a hacer trabajos que nunca pensé que pudiera hacer y que nadie se atrevía a hacer”.

Jairo Carthy fue uno de los alumnos de Horacio Peterson. Es decir: fue uno de los seres elegidos y seleccionados para apasionarse eternamente por el teatro y dedicar su vida a la escena. Jairo ha cumplido al pie de la letra con ese designio.

La belleza como inspiración, la búsqueda de una expresión bien acabada y muy elevada en la actuación, han sido acompañantes de Jairo en su pasión por la actuación, en su alma vertida hacia el escenario.


Su devoción por la actuación y su entrega a esa existencia en la escena definieron su vida. Actualmente se dedica a escribir y a continuar su trabajo como diseñador. Ha publicado un libro que es memoria preciosa: Cómo soportar la vida con humor: las confidencias de un actor, una visión de lo que ha sido el arte de la actuación en Venezuela, una muestra de lo que se ha hecho y al mismo tiempo una narración fluida y optimista de todo lo que ha debido resolver para convertirse en actor y realizar una vida profesional en ese sentido.


Ediciones Choroní, 2025.
De venta en Amazon y en autoreseditores.com




Ese libro es una obra escrita con desenfado, precisión y hondura. El libro lo ha publicado la agrupación Escritoras Unidas & Cía. Editoras. Esa editorial generó el nacimiento de Ediciones Choroní, donde Jairo realiza diseños que reflejan su talento y dedicación.

Leer ese libro es enterarse de muchas intimidades importantes para conocer en profundidad el cuerpo y el alma del teatro venezolano. Para que se tome en cuenta la vida de un actor que lo ha dado todo por la escena y el arte, he aquí la entrevista con Jairo Carthy.

 

El dramaturgo y director José Ignacio Cabrujas junto con Jairo Carthy, durante un ensayo de la obra teatral Fiero amor, de 1989.



Trabajar con Palacios y Cabrujas

¿Puedes contar un poco tu experiencia con la ópera y el teatro?

Mi experiencia en el teatro ha sido lo mejor de mi vida. Fui alumno de Horacio Peterson, debuté con él y durante más de treinta años estuve activo como actor, teniendo el privilegio de ser dirigido por los más prestigiosos creadores de esa época. Es lo más importante que he realizado: tener una trayectoria en teatro y también en cine.

Comencé a trabajar en la Fundación Mito Juan Promúsica, destinada a la promoción de artistas de música clásica y a llevar sus carreras a un plano internacional. Fue creada y desarrollada por Mariangelina Celis, quien estuvo al frente durante muchos años, y yo a su lado apoyándola y aprendiendo, logrando que artistas de la talla de Abraham Abreu, José Francisco del Castillo, Harriet Serr, Antonio Bujanda e Isabel Palacios, entre otros, lograran su internacionalización.

En ese entonces conocí a Isabel Palacios, y como las actividades de Mito Juan finalizarían, me ofreció un cargo importante para trabajar con ella y con José Ignacio Cabrujas en la recién creada Ópera de Caracas. Acepté de inmediato; sentía que trabajando con ellos estaría un poco más ligado al teatro, y así fue.

Durante los años que duró la compañía aprendí muchas cosas: no sólo a entender y valorar cada título y compositor, sino lo difícil que era cantar de acuerdo a la tesitura que exigía cada partitura. Eso lo vivía a diario, pues teníamos el Taller Permanente de la Ópera de Caracas, donde se formaron muchos cantantes que luego hicieron una carrera profesional.

La ópera, sin duda, fue una gran escuela, y lamentamos mucho cuando se terminó. De la misma manera que un día Fundarte la creó, de un día para otro se terminó. Lo más triste es que el último montaje, que fue Don Giovanni de Mozart, tuvo un éxito sin precedentes. La puesta en escena de Cabrujas, la escenografía de José Salas y todos los que participaron en esa superproducción —cantantes, actores, coros, figurantes—, hicieron de ese montaje algo grandioso. Nunca nos imaginamos que, al caer el telón de la última función, sería el final de varios años de trabajo constante y superación.

 

¿Puedes hablar de tu colaboración y amistad con Cabrujas?

A José Ignacio Cabrujas lo conocía de lejos por mi trayectoria como actor. Lo admiraba no sólo como dramaturgo, sino como actor; verlo en La revolución junto a Rafael Briceño fue algo increíble. Estar presente en la noche del estreno mundial de El día que me quieras, de su autoría, interpretando el personaje de Pío Miranda, fue un privilegio que sólo pocos pudimos tener, pues el personaje era de Fausto Verdial y él retomó la temporada luego de recuperar su salud. Esa interpretación, y otras tantas, marcaron una admiración y respeto por él, sin imaginar que el destino me tenía preparada la sorpresa de conocerlo, convivir y hacer muchas cosas juntos.

Al trabajar en la Ópera de Caracas hicimos una amistad. Él había visto varios trabajos míos como actor y, por supuesto, para mí era muy importante trabajar con él. Allí, en la ópera, yo siempre estaba atento a lo que necesitaba, iba a los ensayos y aprendía.

Él tenía una relación con Isabel Palacios y, cuando se terminó la ópera, me fui a trabajar con ella en la Camerata de Caracas. Isabel y yo trabajamos juntos por más de cuarenta años, pero en la primera etapa de la Camerata no teníamos sede y por ello funcionábamos en la casa de Isabel. Los ensayos se hacían en una de las salas del Teatro Teresa Carreño. Ya José Ignacio e Isabel se habían casado y él tenía su estudio en esa casa. Gracias a ese trato diario y a la convivencia en esa casa, fui conociendo a un José Ignacio muy distinto al que se paraba a dirigir una ópera o una obra de teatro. Era muy tímido, muy genial y a veces muy torpe para muchas cosas; allí estaba yo dispuesto a ayudarlo y tenía una ternura increíble que contrastaba con esa voz de bajo profundo que tenía.

Nos llevábamos muy bien. A veces recibía personas en la sala y echaba cuentos y anécdotas, y yo me quedaba embelesado oyéndolas, aun teniendo cosas importantes por atender. Era increíble oír sus historias. Llegamos a tener una amistad tan grande que hasta su luna de miel con Isabel la dejó en mis manos; yo planifiqué todo para que fuera un viaje inolvidable desde que salieran de la recepción de la boda. Conocí al Cabrujas cocinero: era su verdadera pasión, siempre me lo decía: “Para mí es lo más importante y lo que más disfruto de la vida”. A veces me invitaba a almorzar, nos servíamos un whisky y, mientras cocinaba, hablábamos de muchas cosas, nunca de teatro. Por supuesto, los platos que hacía eran de un nivel sorprendente, muy elaborados; tenía una sazón exquisita. Era todo un chef que cuidaba al máximo los ingredientes; todo tenía que ser de primera calidad. Era todo un ritual sentarse a comer lo que había preparado.

Hicimos muchos planes juntos, unos se concretaron y otros no. Su muerte fue tan inesperada; tenía tanto que dar y estaba en su mejor momento como escritor de telenovelas, había muchos países que deseaban trabajar con él. Dejó un vacío enorme en muchos aspectos: como escritor (tenía varias columnas en la prensa y yo lo ayudaba en la logística del envío, etc., eran otros tiempos), como dramaturgo, como director, como amigo y como padre. En fin, era todo un artista. Qué bueno que lo pude conocer, disfrutar y aprender.

 

Escribir y diseñar

¿Estás escribiendo teatro aparte de los artículos?

No todavía, pero me encantaría hacerlo. Te confieso que siempre quise escribir, pero siempre me ha parecido que la literatura es un arte y una disciplina la cual respeto mucho. Pero he tenido tan buenos comentarios con mi libro Cómo soportar la vida con humor: confidencias de un actor, y ahora con la columna todos los domingos, que creo que me atrevería a escribir teatro. Podría ser fácil pues conozco, por mi experiencia como actor, los ingredientes que debería tener para que guste al público: las pausas, el ritmo, la duración... muchos detalles que pudieran serme útiles.

 

¿Dónde estás viviendo?

En Caracas. Aquí sigo a pesar de tantas cosas. No es fácil por toda la situación que se vive. La hiperinflación es tremenda y no es fácil para los que llegamos a la tercera edad; no tenemos oportunidades, parece que una trayectoria no es un buen aval para conseguir un empleo. Menos mal que las cosas a las que me dedico las hago por mi cuenta y así no dependo de nadie.

 

En estos inicios del nuevo siglo, ¿qué ha cambiado en tu modo de ver y hacer arte y cultura?

Definitivamente el concepto de hacer las cosas por el solo deseo de hacerlas. La entrega con que hace muchos años hacíamos todo ya no existe, ni la mística para enfrentar un trabajo en cualquier disciplina artística. Es cierto que la situación económica no ayuda, pero por ejemplo, yo trabajé en el diseño gráfico y allí sí cobraba lo justo; en cambio, hacer teatro era diferente, nunca estaba pendiente de cuánto me pagarían o si me pagarían. El amor al arte cubría todo y no sólo como actor: colaboré en muchas actividades teatrales y lo hacía sólo por el gusto de hacerlo. Pero ahora no es así; la gente que comienza quiere cobrar unos honorarios altísimos. No lo critico, pero a veces esa actitud hace que muchos proyectos no se lleven a cabo por los elevados costos en contrataciones.

 

¿Qué te entristece?

La falta de oportunidades que tienen los jóvenes actualmente en Venezuela. La falta de educación y los valores que se han ido perdiendo. A veces, cuando estoy con jóvenes y les cuento (yo hablo mucho) anécdotas o relatos, no lo pueden creer; creen que estoy exagerando y son las mismas cosas que yo viví cuando fui adolescente y que era lo normal para esos tiempos.

 

¿Cuáles palabras usas más?

“Excelente”, “muy bien”, “qué bueno”..., frases o palabras que conllevan algo positivo. Tampoco soy de las personas que les preguntas “¿Cómo estás?” y te contestan “¡Excelente! ¡Superbién!”, y te lo recalcan cuando tú sabes que no es así. Simplemente las empleo para dar énfasis a algo si se presta la ocasión. La verdad no me había dado cuenta sino hasta ahora que me preguntas.

 

¿Qué añoras?

Hacer teatro, volver a actuar, a crear un personaje, transformarme de nuevo en alguien más. Y tener presente que será la última vez; entonces sentiré que se cerró un ciclo que, como todo, tiene un final.

La escritura me llena totalmente; me da gusto escribir y que a la gente le guste o se entretenga y conmueva con mis relatos. Es algo que no esperaba, es un regalo con el que la vida me está premiando.