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EL OJO BUENO, una apasionante novela policial en el Chile de Pinochet, de Julio Emilio Moliné: fragmento
"Al Blanco y Negro se entraba por una doble puerta de madera con vidrios que
no
se habían lavado desde que las culebras cantaban. Empolvadas botellas de vino
chileno barato cubrían una repisa bajo un espejo amarillento. Al medio de un largo mesón de madera oscura había un incrustado de azulejos blancos y negros como un
tablero de ajedrez que le daba nombre al establecimiento. Y el nombre le quedaba
bien al lugar por reflejar la filosofía de vida de muchos de los concurrentes de Investigaciones:
un mundo nítidamente dividido entre el bien y el mal, izquierda y derecha, justos y pecadores
Frente al mesón se encontraban mesas y sillas de madera, unas pocas sin cojera. En una de las pocas mesas con clientes Urbina divisó al subprefecto Roncaglia, al guatón Rosales, y a otros dos detectives, el negro Ramírez y el pelado Infante. Sobre la mesa había restos de lo que parecía haber sido un plato con pedazos de queso, aceitunas y papitas fritas. Tres botellas vacías de Cabernet Concha y Toro y una de pisco Control completaban la comparsa.
—¡Urbina Catrileo y las entretelas del mono!—exclamó Roncaglia cuando lo vio.
El guatón Rosales se paró, y con formal seriedad, extendió su mano. Tenía los ojos rojos y se bamboleaba como bote en alta mar. Rosales era un hombre fornido, de hombros anchos y enormes manos. Era
más alto que el promedio de los chilenos y al lado de Urbina parecía un gigante. Tenía la piel blanca, los ojos café claro, y algún
día fue considerado buen mozo. Eso fue antes de desarrollar la enorme panza que le generó su apodo, panza que no le presentaba obstáculo cuando había que pelear. Urbina se le acercó y en vez de darle la mano lo abrazó.
—Que me cuenta compadre, vengo a desearle un muy feliz cumpleaños,—dijo Urbina.
—Shih, a la hor...hor...horita que llegai hueón—dijo Rosales.
—Perdone compadre,
es
que
me mandaron donde el
diablo
perdió el
poncho y acabo de llegar de vuelta.
—Sírvase un traguito, colega Urbina—le dijo Infante, pasándole un grasiento
vaso
con pisco.
—No si este hueón sigue sin tomar—dijo Roncaglia. —Es más fome que
bailar con la hermana.
—Gracias pelao—dijo Urbina—igual se le aprecia el gesto. Carlos, ¿podemos conversar un ratito?
—Putah este hueón que no termina nunca—se quejó Roncaglia, dirigiéndose al resto de los presentes. —El famoso capitán no sé cuánto me subió y me bajó por teléfono. Le tuve que prometer que aquí yo te iba a arreglar apenas llegarai, así que
me
debís una del porte de un buque.
—Lo único, único, que puedo alegar en mi defensa...—Mirando la botella de pisco, Urbina pausó para aumentar el drama—es que el verdadero pisco... es peruano.
peruano.
Los insultos y gritos lo llevaron a cubrirse las orejas.
—Paz, hermanos. Paz. Es hueveo—dijo Urbina.
—Señores. Les pido un minuto de silencio—dijo Roncaglia—por la tremenda
barbaridá que ha dicho Catrileo. Por favor, detective, ¿cómo se te ocurre decir
semejante perversidá?
Murmullos alrededor de la mesa. Codazos. Intentos de bronca fingida. Al final, un acuerdo silencioso. Bien. Se acepta la disculpa. Es hueveo.
—Carlos,—indicó hacia otra mesa con la mano y dijo—vamos y nos sentamos
ahí un par de minutos y lo pongo al tanto de lo que ocurre.
Se sentaron en una mesa en el rincón. Roncaglia trataba de ponerse sobrio para poder seguir la conversación.
—Ya, Urbina Catrileo, cuéntame que fue lo que encontraste que este capitán está tan mosqueado.
—Acuérdese Carlos, que nos llamaron de una comisaría en La Florida diciendo que se había encontrado el cadáver de una mujer joven—Urbina miró a Roncaglia, quien dio señales de que comprendía. Urbina continuó.
—Pasé por la comisaría y ahí me dieron los datos de donde tenía que ir a
encontrarme con el arriero que hizo la denuncia. Cuando llegué allá, en la concha del
mundo, el arriero que la encontró,
un viejo de unos setenta, me llevó caminando
cordillera arriba a mostrarme donde estaba.— Urbina pausó para asegurarse que
Roncaglia seguía escuchando. —Era una joven rubia, que cuando viva debe haber sido muy linda, pero el cadáver estaba muy maltratado. Por la ropa me pareció que
venía de familia con billete,—Roncaglia levantó una ceja. Urbina afirmó con la
cabeza y continuó,—ahí estaba yo examinándola cuando de repente llega una
patrulla de milicos y me llevan detenido a un recinto que tienen cerca.
—¿Y que hicieron con el cadáver?
—Ahí quedó. Yo les dije que llamaran al médico legal pero
ahí justo fue cuando el teniente cabeza de ladrillo se enojó y me llevaron detenido al recinto
militar.
—¡Bué! Hay que avisar entonces pa' que vayan a recoger el cadáver. —Ése
es el meollo del asunto. Cuando me soltaron los milicos...
—Después de que les dije que yo me iba a encargar de ti...
—Sí, gracias de nuevo.
Después que me soltaron me fui escondido
de
vuelta a examinar el cadáver y sus alrededores.
—¿Y?
—No estaba.
—¿Quién?
—El cadáver. Alguien se lo había llevado durante las horas que me tuvieron detenido los milicos.
Se quedaron en silencio. Roncaglia asombrado, con un dolor de cabeza
anunciando su pronta llegada, cortesía del pisco y el vino. Urbina esperó con paciencia mientras Roncaglia consideraba la situación.
—¿Hasta cuándo pololean los descarados?—desde la otra
mesa les llegó el
grito de Rosales.
—Ya vamos hueón, no te pongai celoso—le contestó Roncaglia, que durante el relato había recuperado parte de su sobriedad. Dirigiéndose a Urbina, le dijo en
una voz casi inaudible: —En estos tiempos se escucha mucho que desaparece
alguien y luego aparece el cadáver. O desaparece alguien y nunca se encuentra el
cadáver. Y siempre la hueá termina siendo por motivos políticos con los milicos
metidos a fondo. Pero esto… esto está patas arriba. Que yo sepa, es la primera vez que aparece un cadáver y después de descubierto... desaparece. Está al revés. Increíble. Pero en estos tiempos, ya nada me sorprende.
—Esa es una de las razones que me da la tincá que esto no es político. Roncaglia lo miró sin comprender. Hizo un gesto de hastío.
—¿Qué me podís decir de la víctima?
—Por ahí van las razones,—contestó Urbina—como le decía, una belleza rubia de ojos azules de
unos dieciocho, diecinueve, alta de estatura,
estupenda, y con
ropas caras y de última moda. Que yo sepa los extremistas con esa pinta son rarísimos, si es que existen.
—Por algo les dicen rotos upelientos—dijo Roncaglia. —Pero esto tiene que
ser custión de milicos, no hay vuelta que darle.
—Yo creo que no. No creo que sea cuestión de milicos. Más aún, nos
conviene investigar lo que le pasó a esta joven.
—Nos querís meter en un tremendo cacho, Urbina Catrileo. No sabís ni quién es la víctima, no tenís cadáver, la encontraron cerca de un recinto de milicos.... — Roncaglia miró al techo como tratando de recordar motivos adicionales por lo cual
una investigación sería muy mala idea, además de una pérdida de
tiempo. —¡Ah!— se acordó,—más
encima el capitán me dijo por teléfono que no te quería ver más por
allá. Un cacho redondito es el que me querí ensartarme.
—Por lo menos deberíamos averiguar quién era. Una lola de familia con
billete no desaparece así no más. Le voy a apostar que en menos de una semana va a
haber escándalo en los diarios y la tele cuando no aparezca. Ya lo veo, en primera
plana: “La Misteriosa Desaparición de la Bella Rubia” —dijo con voz de narrador dramático.
—Y aunque así fuera, ¿porque sería problema de nosotros? Toma en cuenta que nosotros no andamos a la siga de minas que se pegan la volá. Somos la Brigada
de
HO-MI-CIDIOS.
—¿Y esto qué es entonces?
Roncaglia lo contempló con silencio agrio.
—Por lo menos
deme autorización para
investigar quién
es la
víctima. Yo creo que en un par de días debiéramos descubrir algo. Porque el escándalo va a ser más grande todavía si alguien se entera que nosotros sabíamos del cadáver y no dijimos nada.
—Un cacho, Urbina Catrileo, un cacho ma-yús-culo. Tendría que estar aún más curao todavía pa' dejarte continuar con esta hueá...
—En eso quedamos entonces—dijo Urbina, aprovechándose de la pizca de ambigüedad contenida en las palabras de Roncaglia. —Mañana a primera hora me dedico a llamar a las comisarías y a los retenes del barrio alto para que nos avisen de
inmediato si alguien anda preguntando por una rubia que no aparece. Y si eso no resulta...
Roncaglia iba a contestar pero un escándalo de gritos y sillas volteadas los interrumpió".
Durante el invierno de 1975 en Santiago de Chile, la junta militar consolida su poder eliminando a los que apoyaron al gobierno de Salvador Allende, mientras que un policía se obsesiona con aclarar el violento homicidio de una bella joven de familia acomodada. Este detective sospecha que la bella joven no es una víctima más del conflicto político sino que fue asesinada por un depravado sexual. Su gran problema es que nadie le cree. A la imagen de la confusión que reina en Chile, el detective toma partido sin tener claro por qué lo hace, arriesgando su trabajo y su propia vida.
La novela tiene un magnetismo eléctrico y el lector es sorprendido al entender que la línea entre el bien y el mal se ha puesto muy borrosa, resultado de una época donde existen crímenes aceptables y otros que no lo son.
"El mundo al revés. La teoría del ojo bueno pertenecía al tarro de la basura, pensó. Cuando la corrupción infecta a una parte del organismo, tarde o temprano todo el organismo será infectado. No es posible tener un ojo bueno. Nada ni nadie se salva, y nunca más pecaré de inocente."
Una novela policial ágil e implacable, que dentro de una trama bien concebida, refleja honestamente la formación y el pensar poco usuales de este detective rebelde. Es una historia, cruda, fuerte, pero muy auténtica e interesante.
“Los hechos que se cuentan en esta novela son pura ficción, dice el autor, aunque bien pudieron ocurrir en la realidad. Crímenes brutales siempre han existido, pero lo particular de las dictaduras es que estos crímenes los cometen aquellos que se supone que deberían impedirlos. Ante tan sórdido espectáculo, la mayoría observamos con fascinación y callamos por miedo. A veces sin embargo un miembro anónimo de la policía no mira para otro lado sino que decide investigar y se acerca a la verdad. Es el caso del crimen de Marisol Wilson, una joven de la clase alta chilena, en los primeros años de la dictadura, y del policía rebelde Lautaro Urbina, que lo resuelve a su manera.
Entre el hallazgo del cuerpo de la víctima y la resolución del caso desfila un relato bien enhebrado, unas cuantas situaciones impresionantes y una escena inolvidable que ocurre en el matadero de la ciudad. Parece inconcebible que el punto alto de una novela tenga lugar en un matadero pero así es la realidad y así es el género policial. Porque esta es una auténtica novela policial en la que uno lee el primer diálogo —«¿Falta mucho?»— y ya no puede dejar de leer hasta el final: «Que no descanses en paz, hijo de puta».”
-Antonio de la Fuente. Escritor, Camino de Santiago y exdirector de La Bicicleta.
“Novela policial ambientada en los primeros años de la dictadura de Pinochet en Chile. Me gustó mucho la descripción de las calles, el invierno, eso está buenísimo. o y policial.”
-Leonardo Infante. Poeta y Fotógrafo, Patio de Luz,Playa Grande.
Sobre el Autor
Julio Emilio Moliné es chileno, productor y director de documentales en California. Entre sus producciones están el documental “There But for Fortune: Joan Baez in Latin America,” (co-director y editor), las series “Astronomers” (Co-director de un episodio y Coordinador de Producción de los seis episodios), “Intimate Strangers,” (Productor Supervisor, cuatro episodios), acerca de recientes avances en microbiología, y “North Mission Road,” (Productor Supervisor, sesenta y cinco episodios) acerca de casos de medicina forense en Los Angeles. En su tiempo libre, se dedica a la pintura y a la fotografía. Esta es su primera novela.



