Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron".
Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.
Cuando se publicó “La rabia y el orgullo” y Ud. fue acusada de ser racista, xenófoba, homofóbica, antifeminista, no necesité leer su libro para saber que esas acusaciones eran falsas.
Hace 30 años que la leo. Yo era adolescente cuando leí su magnífico libro “Entrevista con la Historia”, libro que debería estar en el pensum de estudios de los colegios secundarios y escuelas de periodismo de todo el mundo.
Desde entonces la admiro y la amo.
Aunque no siempre esté de acuerdo con sus opiniones, y esto es para mí lo hermoso del amor: nos permite disentir.
Por admirarla estudié periodismo y fui perseguida por la dictadura argentina y... pero esa es otra historia.
Lo que yo quiero decirle es que ahora, cuando vuelven a atacarla por
su nuevo libro “La fuerza de la razón”, leí sus dos libros de un solo tirón.
Y sentí una ira profunda por los ataques en su contra, tan profunda como el agradecimiento que sentí y siento por usted.
Por eso le escribo.
Para darle las gracias por hacerme ver una realidad que estaba ante mis ojos y que, por mi rechazo hacia el gobierno de Estados Unidos, veía a través de un velo.
Gracias por su valentía para decir la verdad y oponerse al poder: islámico, católico, político, económico... aún a costa de su propia vida.
Y ojalá esto último fuera sólo una frase.
Pero no.
Leo en su libro que Ud. está amenazada de muerte por el terrorismo islámico desde que publicó “La rabia y el orgullo”.
Y yo quiero decirle que Ud. tiene razón en tener rabia.
Y que ojalá existieran millones de personas con su orgullo.
Y que su razón es su fuerza.
Querida Oriana, qué terrible injusticia, qué terrible e imperdonable error, que Occidente no se haya puesto de pie para defenderla del terrorismo islámico.
Es consuelo de tontos decirle que a Jesús le pasó lo mismo.
Por eso me gustaría estar a su lado, tomarle dulcemente una mano y decirle:
- Querida Oriana, Ud. no está sola, cuenta conmigo. Yo seré su guardaespaldas. Sólo tiene que escribirme y correré a su lado para protegerla.
Y no porque tenga ganas de morir. Me encanta mi vida.
Es porque Ud. no merece estar amenazada de muerte por decir la verdad.
Ud. no merece estar amenazada de muerte por defendernos a todos nosotros, a nuestra libertad, nuestra cultura, nuestra vida, con sus libros.
No merece estar amenazada por hacer uso del derecho a la libertad de expresión que, todavía, tenemos en casi todo Occidente.
No merece morir porque al terrorismo islámico no le gustó su libro.
Tan inseguros los terroristas islámicos, que no aceptan la más mínima crítica al Islam.
Tan cobardes los terroristas islámicos, que siempre matan por la espalda a quien está desarmado.
Y Ud. no merece, por supuesto que no lo merece, que las “autoridades” de Occidente no la defiendan y mucho menos... ¡que la ataquen por defender a Occidente del Islam!
Ud. es una heroína, Oriana, en un mundo al que sólo le gustan las heroínas en el cine.
Cuando el cineasta holandés Theo Van Gogh fue asesinado por un terrorista islámico, un hijo de inmigrantes por cierto, al que no le gustó su película sobre el Islam, pensé, miré qué ingenuidad la mía: ahora Occidente despertará y le dará las gracias a Oriana.
No fue así.
Pero yo le doy las gracias y junto conmigo millones de personas que entendieron su grito de alerta.
Y esto que voy a escribir ahora no está dirigido a Ud. sino a las personas que la atacan y a las personas que se dejan influenciar por los medios de comunicación social.
Por supuesto que Oriana no es racista.
Porque el Islam no es una raza. Es una religión.
El terrorismo islámico no es una raza. Es un crimen.
Por supuesto que Oriana no es xenófoba.
Porque ella no rechaza a los inmigrantes que respetan las leyes y las culturas del país donde viven.
Rechaza a los inmigrantes islámicos que no respetan las leyes ni la cultura del país donde viven. A los que quieren islamizar Europa por la vía del chantaje sentimental y el miedo.
Y Oriana tiene razón.
Porque si un huésped al que no invité se instala en mi casa y pretende cambiar mi forma de vida y mis reglas, ¿acaso no es mi derecho pedirle que se vaya y haga en su casa lo que le de la gana? Porque si yo voy a un país islámico tengo que respetar todas sus leyes y costumbres, aunque estén en contra de mis principios, y... ¡ay de mí si no lo hago!
Por supuesto que Oriana no ataca en su libro a la homosexualidad masculina.
Ataca a aquellos homosexuales que odian a las mujeres. Y lamentablemente, existen.
Por supuesto que Oriana no ataca al feminismo.
Ataca a aquellas feministas que no defienden a las mujeres islámicas con el argumento de que su esclavitud es un “asunto cultural”. ¡¿Pero desde cuándo la esclavitud es cultura?!
La esclavitud es una violación a los derechos humanos.
Y por supuesto que Oriana Fallaci tiene razón en decir todo lo que dice.
Y soy extranjera. Y soy feminista.
Y el gobierno de Estados Unidos sigue sin gustarme.
Y el terrorismo islámico y el Islam me gustan menos que menos. Pero Oriana Fallaci me gusta cada día más.
Querida Oriana, aquí estoy. Soy su guardaespaldas.
P.D. mi dirección se la envío por un medio más discreto que éste. Porque no me gusta hacerle las cosas fáciles al enemigo.
Caracas, 7 de febrero de 2005.
Nota: Esta carta fue
enviada a su editorial en Buenos Aires, que respondió sin ninguna cortesía,
después de dos reenvíos, que se la harían llegar a su destinataria. Imagino que
no fue así.
En lugar de enviarle flores, mandé imprimir 5000 folletos para el
día de su funeral. Los mandé imprimir con la fotografía que a mí me gusta más,
y con una de sus poesías que me resultan más queridas, y con una frase que se
me ocurrió espontáneamente cuando supe que lo habían matado pero que ahora
repiten todos como un eslogan. La fotografía es la que le sacaron el día que
fue elegido diputado y en la que sonríe, la sonrisa de un niño feliz, y levanta
el puño en señal de victoria. La poesía es la que dice:
"No llores por mí
Que sepas que muero
No puedes ayudarme
Pero mira esa flor
La que se marchita,
te digo:
Riégala"
La frase que ahora todos repiten como un eslogan es ésta:
«En 1968 Alessandro Panagulis fue condenado a muerte porque
buscaba la libertad. En 1976 Alessandro Panagulis murió porque buscaba la
verdad y la había encontrado».
Tú sabes de qué verdad estoy hablando. En Grecia él la
encontró sobre todo a raíz del Esay
de las responsabilidades en la invasión de Chipre. Me lo contó enseguida, con los
ojos que le reían de alegría juvenil. En Roma, creo. «Mucho mejor que el
informe Pike, mucho mejor que el informe Church», me dijo. Eran documentos
autógrafos, firmados por los mismos responsables. «¿Pero cómo los usarás?». Respondió:
«Publicaré una revista semanal. El primer número tendrá en portada la carta
autógrafa del personaje más comprometido. Con el segundo número me detendrán,
quizás. Pero ya habré dado a conocer lo esencial». Durante un mes no hablamos
de otra cosa. Se dio cuenta bien pronto de que nunca habría encontrado ese
dinero, o no lo suficientemente rápido, y así se decidió a entregar algunos
documentos a Ta Nea, un diario de Atenas.
Eran los documentos menos impactantes, los “hors d’uvre” . Pero
igualmente suscitaron un infierno, y en la sexta entrega Averoff intervino: la
magistratura prohibió continuar con las publicaciones. Averoff: el ministro de
Defensa. Su enemigo. Alekos (Panagulis, ndr) se encontraba en Italia mientras
la publicación se llevaba a cabo. Al llegar me había dicho que había venido
para escribir un libro. Pero enseguida me di cuenta de que la razón era otra,
que necesitaba estar algunas semanas lejos de Grecia donde se sentía en
peligro. No le pedí confirmación porque sabía que no le gustaba hacerme
partícipe de ciertas preocupaciones y angustiarme. Vivía en mi casa, por
supuesto. Y siempre estaba tan inquieto. Tenía que regresar a Grecia a los
30 días. El día 30 dijo: "Puedo posponer 24 horas la
salida". El día 31 dijo: "En el fondo también puedo posponerla
48". El día 32 dijo: "Podría posponerla también una
semana". Y entonces fue cuando estuve segura de que en Grecia estaba
realmente arriesgando la vida. Pero no le rogué que se quedara en Italia. Era
una de esas criaturas a las que hay que dejar morir si han decidido
morir. Porque, si lo han decidido, quiere decir que eso es lo justo.
Una dura lección que había aprendido cuando estaba en el exilio
en Italia, en 1973 y en 1974, y luchaba contra los coroneles. De vez en
cuando desaparecía. Se iba a Grecia, gracias a un pasaporte falso. Bajaba
al aeropuerto de Atenas, con ese bigote y esa pipa que lo hacían reconocible
entre miles, y con gran orgullo pasaba entre los chalecos de la policía, bajo
las miradas de aquéllos que querían matarlo. Cuando le acompañaba al aeropuerto,
nunca me preguntaba si alguna vez regresaría. Me limitaba a esperar que
regresase. Siempre regresaba, riendo. No, en algunas ocasiones
también llorando. Como la vez que se encontró todas las puertas
cerradas. Los amigos que ahora se definen como tales y lloran lágrimas de
cocodrilo sacando provecho de su muerte (como ese Papandreu que él no
respetaba) no le abrían diciendo: "Tengo familia". Regresó también
de España, a donde había ido con otro pasaporte falso para ayudar a la
resistencia contra Franco. Regresaba siempre. Y esta vez no ha
regresado. Teníamos que vernos en Roma el mismo día que tendrá lugar su
funeral.
Perché Panagulis è stato ucciso / Oriana Fallaci, 1976
Invece di mandargli i fiori, ho fatto stampare
5mila manifesti per il giorno del suo funerale. Li ho fatti stampare con la
fotografia che a me piace di più, e con una delle sue poesie che a me sono più
care, e con una frase che mi venne spontanea quando seppi che lo avevano
ammazzato ma ora la ripetono tutti come uno slogan. La fotografia è quella che
gli scattarono il giorno in cui fu eletto deputato, e sorride il sorriso di un bambino
felice, e alza il pugno in segno di vittoria.
La poesia è quella che
dice: «Non piangere per me / Sappi che muoio / Non puoi aiutarmi / Ma guarda
quel fiore / quello che appassisce ti dico / Annaffialo» . La frase che ora
tutti ripetono come uno slogan è questa: «Nel 1968 Alessandro Panagulis fu
condannato a morte perché cercava la libertà. Nel 1976 Alessandro Panagulis è
morto perché cercava la verità e l’aveva trovata». Tu sai di quale verità sto
parlando.
In Grecia lui la trovò
soprattutto a proposito dell’Esa e delle responsabilità sulla invasione di
Cipro. Me ne parlò subito, con gli occhi che gli ridevano di gioia
fanciullesca. A Roma, mi pare. «Altro che rapporto Pike, altro che rapporto
Church», mi disse. Erano documenti autografi, firmati dagli stessi
responsabili. «Ma come li userai?». Rispose: «Pubblicherò un settimanale. Il
primo numero avrà in copertina la lettera autografa del personaggio più
compromesso. Al secondo numero mi fermeranno, forse. Ma ormai avrò fatto sapere
l’essenziale». Per un mese non discutemmo d’altro. Si accorse ben presto che
non avrebbe mai trovato quei soldi, o non abbastanza in tempo, e così si decise
a dare alcuni documenti a Ta Nea, un quotidiano di Atene.
Erano i documenti meno
sensazionali, gli hors d’uvre. Suscitarono lo stesso un inferno, e alla sesta
puntata Averoff intervenne: la magistratura proibì di continuare le
pubblicazioni. Averoff: il ministro della Difesa. Il suo nemico. Mentre la
pubblicazione avveniva, Alekos (Panagulis, ndr) era in Italia. Arrivando mi
aveva detto d’esser venuto per scrivere un libro. Ma io avevo capito subito che
la ragione era un’altra, che aveva bisogno di stare qualche settimana lontano
dalla Grecia dove si sentiva in pericolo. Non gliene chiesi conferma perché
sapevo che non gli piaceva farmi partecipe di certe preoccupazioni e
angosciarmi. Abitava a casa mia, naturalmente. Ed era sempre così inquieto.
Doveva tornare in Grecia dopo 30 giorni. Al trentesimo giorno disse: «Posso
rimandare la partenza di 24 ore». Al trentunesimo giorno disse: «In fondo posso
rimandarla anche di 48». Al trentaduesimo giorno disse: «Potrei rimandarla
anche d’una settimana». E allora fui certa che in Grecia stava rischiando
davvero la vita. Ma non lo pregai di restare in Italia. Era una di quelle
creature che bisogna lasciar morire se hanno deciso di morire. Perché, se
l’hanno deciso, vuol dire che è giusto così.
Una dura lezione che
avevo imparato quand’era in esilio in Italia, nel 1973 e nel 1974, e lottava
contro i colonnelli. Ogni tanto spariva. Andava in Grecia, grazie a un
passaporto falso. Scendeva all’aeroporto di Atene, con quei baffi e con quella
pipa che lo facevano riconoscere tra mille, e fieramente passava tra le maglie
della polizia, sotto gli sguardi di coloro che volevano ammazzarlo. Quando lo
accompagnavo all’aeroporto, non mi chiedevo mai se sarebbe tornato. Mi limitavo
a sperare che tornasse. Tornava sempre, ridendo. No, in certi casi anche
piangendo. Come la volta in cui aveva trovato tutte le porte chiuse. Gli amici
che ora si definiscono tali e piangono lacrime di coccodrillo sfruttando la sua
morte (come quel Papandreu che egli non rispettava) non gli aprivano dicendo:
«Ho famiglia». Tornò anche dalla Spagna, dov’era andato con un altro passaporto
falso per aiutare la resistenza contro Franco. Tornava sempre. E questa volta
non è tornato. Dovevamo vederci a Roma lo stesso giorno in cui avverranno i
suoi funerali.
"Defiendo su derecho a existir, a defenderse, a que no sean
exterminados
por segunda vez"
“Europa, en el mejor de los
casos, no es una comunidad de estados,
sino un pozo de Poncio Pilatos.”
Me
parece vergonzoso que en Italia se haga una manifestación en la que unos
individuos, vestidos de kamikazes, corean injurias infames contra Israel, levantan
fotos de líderes israelíes en cuyas
frenteshan dibujado la esvástica, incitan al pueblo a odiar a los
judíos. Y que con tal de ver a los judíos en los campos de exterminio, en las
cámaras de gas, en los hornos crematorios de Dachau y de Mathausen y de
Buchenwald y de Bergen-Belsen, etcétera, venderían a su propia madre a un
harem.
Me
parece vergonzoso que la
Iglesia Católica permita que un obispo que vive en el
Vaticano, un hombre piadoso que fue encontrado en Jerusalén con armas y explosivos escondidos en el
compartimiento secreto de su sagrado
Mercedes Benz, participe en esa manifestación y se ponga delante de un
micrófono para dar las gracias, en nombre de Dios, a los kamikazes que masacran judíos en las pizzerías y en los
supermercados. Llamándolos "mártires que van a la muerte como quien va
a una fiesta".
Me
parece vergonzoso que en Francia, la
Francia de la Libertad- Igualdad- Fraternidad, quemen sinagogas,
aterrorizan a los judíos, profanen sus
cementerios. Encuentro vergonzoso que en Holanda y en Alemania y en Dinamarca,
etcétera, los jóvenes hagan alarde del kaffiah igual que la avant gard de Mussolini lo hacía con la
porra y su insignia fascista. Encuentro vergonzoso que, en casi todas las
universidades europeas, los estudiantes palestinos patrocinen y alimenten el antisemitismo. Que en Suecia pidieran
que el Premio Nobel de la Paz otorgado a Shimon Peres en
1994 le sea retirado y conferido a la paloma
de la paz con el ramo de olivo en el pico, es decir a Arafat. Me parece vergonzoso que distinguidos miembros
del Comité, un Comité que (al parecer ) premia el color político en lugar del mérito,
hayan tomado en consideración la demanda y piensen llevarla a cabo. Al infierno
el Premio Nobel y honor a quien no lo recibe.
Me
parece vergonzoso (estamos otra vez en Italia) que los canales de televisión
del estado contribuyan al resurgimiento del antisemitismo, llorando sólo a los muertos palestinos,
silenciando los muertos israelíes, hablando de una forma veloz y muy a
menudo con un tono distraído de ellos. Encuentro vergonzoso que en los debates
acojan con mucho respeto a canallas con turbante o con el kaffiah que ayer festejaban
la matanza de Nueva York y que hoy
festejan las de Jerusalén, Haifa,
Netanya, Tel Aviv.
Me
parece vergonzoso que la prensa haga lo mismo, que estén indignados porque en
Belén los tanques israelíes rodeen la iglesia de la Natividad y que no estén
indignados porque en la misma iglesia 200 terroristas palestinos bien armados con
proyectiles y explosivos (y entre ellos varios jefes de Hamas y Al-Aqsa) sean
indeseados huéspedes de los curas (que luego aceptan de los militares de los
tanques botellas de agua mineral y tarros de miel). Me parece vergonzoso que al dar el número de muertos judíos desde el inicio de la Segunda Intifada,
(412), un conocido diario consideró
apropiado poner en letras mayúsculas que habían muerto más personas en accidentes de tránsito ( 600 por año).
Me
parece vergonzoso que el "Osservatore Romano", el diario del Papa, un Papa que hace poco dejó en el Muro de los Lamentos una carta de
perdón a los judíos, acuse de extermino
a un pueblo que fue exterminado por millones por cristianos. Por europeos. Me
parece vergonzoso que este diario le
niegue a los sobrevivientes de ese pueblo, sobrevivientes que todavía tienen tatuados los números en sus brazos, el derecho de reaccionar, de defenderse, de
no ser nuevamente exterminados. Me parece vergonzoso que en nombre de Jesucristo
(un judío sin el cual todos ellos
estarían seguramente desempleados) los curas de nuestras parroquias o centros
sociales, o lo que sean, estén de amores con los asesinos de aquellos que, en
Jerusalén, no puede ir a comer pizza o a comprar huevos sin ser víctimas de una
explosión. Me parece vergonzoso que
estén del lado de los mismos que inauguraron el terrorismomatándonos en
los aviones, en los aeropuertos, en las Olimpiadas y que hoy se divierten matando periodistas
occidentales fusilándolos, secuestrándolos, cortándoles la
garganta, decapitándolos. (Hay
alguien en Italia que, después de la publicación de "La Rabia y el Orgullo", quiere hacer lo mismo conmigo. Citando los
versos del Corán anima a sus "hermanos" en las mezquitas y en la Comunidad Islámica, a castigarme en nombre de Alá. A matarme. O
mejor, a morir conmigo. Y como es un tipo que conoce muy bien el inglés, en inglés le contesto:"Fuck you" ).
Me parece vergonzoso que casi toda la
izquierda, esa izquierda que hace
veinte años permitió que una de sus manifestaciones pusiera un ataúd (cual
advertencia mafiosa) delante de la sinagoga de Roma, se olvida de la contribución hecha
por los judíos en la lucha antifascista.
La
contribución de Carlo y Nello Rosselli, por ejemplo; de Leone Ginzburg, de Umberto
Terracini, de Leo Valiani, de Emilio Sereni; de mujeres como mi amiga Anna María Enriques
Agnoletti, que fue fusilada en Florencia
el 12 de junio de 1944. Se olvide de la
contribución de 75 de las 335 personas
asesinadas en la Fosas Ardeatinas;
de la cantidad infinita de muertos bajo tortura, en combate o delante de los pelotones
de fusilamiento. (Mis compañeros, mis
maestros de infancia y de mi primera juventud).
Me parece vergonzoso que también por
culpa de la izquierda, o mejor dicho
sobretodo por culpa de la izquierda (piensen en la izquierda que inaugura sus congresos
aplaudiendo al representante de la
OLP, líder en Italia de los palestinos que quieren la destrucción
de Israel) los judíos en las ciudades italianas tengan, otra vez, miedo.
Y en las ciudades francesas y holandesas y danesas y alemanas, etc., es lo
mismo. Me parece vergonzoso que los judíos tiemblen de miedo cuando pasan los
canallas vestidos de kamikaze, igual que
temblaban en Berlín la Noche de
los Cristales Rotos, es decir,
la noche en la que Hitler declaró
“temporada abierta” para la caza del judío.
Me
parece vergonzoso que, obedeciendo a la estúpida, ruin, deshonesta y para ellos
ventajosa moda de lo Políticamente
Correcto, los oportunistas de siempre, mejor dicho los parásitos de
siempre, exploten la palabra “paz”. Que
en el nombre de la palabra “paz”, ahora más pervertida que las palabras "amor” y “humanidad",
absuelvan a un sola parte del odio y la bestialidad. Que en nombre del pacifismo (léase
conformismo) permitan a los grillos cantores y a los bufones que antes lamían los pies de
Pol Pot, incitar a la gente ingenua, confundida o intimidada. Que la engañen, la corrompan, la lleven medio siglo atrás, a los tiempos de la estrella
amarilla en el abrigo. Estos charlatanes
que se preocupan por los palestinos lo
mismo que yo me preocupo por los charlatanes. Es decir, nada.
Me parece vergonzoso que tantos
italianos y tantos europeos hayan elegido como su abanderado al señor (por
decirlo cortésmente) Arafat. Este don nadie
que gracias al dinero de la Familia
Real Saudita juega a
ser Mussolini a perpetuidad y que, en su
megalomanía, cree que pasará a la historia como el George Washington de
Palestina. Este inculto que cuando lo entrevisté ni siquiera fue capaz de armar
una frase completa, de sostener una conversación articulada. Al transcribir la entrevista para su
publicación tuve que hacer un esfuerzo tan grande que llegué a la conclusión de
que, comparado con él, hasta Gadafi sonaba
como Leonardo da Vinci. Este falso
guerrero que anda siempre en uniforme como Pinochet, que nunca se pone un traje
civil, y que en toda su vida nunca participó en una batalla. La guerra la manda a hacer, siempre la ha mandado a hacer, a los demás. A los pobres idiotas que creen en él. Este pomposo
incompetente que, actuando como si fuera un jefe de estado, ha hecho naufragar los
acuerdos de Camp David, la mediación de Clinton: “No- no- Jerusalén-la-quiero-toda-para-mí.” Este eterno mentiroso que sólo tiene un destello de sinceridad cuando (en privado) niega siempre el derecho
de Israel a existir, y que, como digo en mi libro, se contradice
cada cinco segundos. Siempre está engañando, miente incluso cuando le preguntas
qué hora es, así que nunca puedes confiar en él. ¡Nunca! Con él acabas sistemáticamente
traicionado. Este eterno terrorista que sólo sabe ser un terrorista (eso sí, sin arriesgar su pellejo) y que cuando tenía
cerca de setenta años, es decir cuando
lo entrevisté, todavía entrenaba a
los terroristas de la Baader-Meinhof.Con ellos, niños de diez
años de edad. Pobres niños. (Ahora los entrena para convertirlos en atacantes suicidas. Cien niños-kamikazes
están entrenándose para morir: ¡cien!) Este canalla que mantiene a su esposa en Paris, atendida y reverenciada como una reina, y mantiene su pueblo en la mierda. Lo
saca de la mierda sólo para mandarlo a morir, para matar o para
morir. Como las chicas de 18 años que, para tener igualdad con los hombres, tienen que amarrarse explosivos y
desintegrarse con sus victimas. Este
presunto revolucionario que, a su propio pueblo, nunca le ha dado una pizca de
democracia. No hablo de la verdadera democracia que disfrutan los
israelíes. Quiero decir ni una diminuta pizca de democracia. Y sin embargo
muchos italianos lo aman, sí. Exactamente como amaban a Mussolini. Y muchos otros
europeos también.
Me
parece vergonzoso. ¡Sí! Y
veo en todo esto el surgimiento de un nuevo fascismo, un nuevo nazismo.
Un fascismo, un nazismo, más siniestro y
despreciable porque está dirigido y
alimentado por aquellos que, hipócritamente, posan como bienhechores, progresistas, comunistas, pacifistas, católicos, mejor dicho cristianos, y que tienen el coraje de
etiquetar como belicista a cualquiera que, como yo, grita la verdad. Que como yo siempre gritaron
contra la guerra. Tanto como ellos jamás podrían hacerlo. Veo la aparición de un nuevo
demonio. Sí. Y digo lo siguiente.
Nunca
he sido tierna con la trágica y shakesperiana
figura de Sharon. “Se que ha venido a agregar
un nuevo cuero cabelludo a su collar”, murmuró
casi con tristeza cuando fui a
entrevistarle en 1982. Frecuentemente tuve desacuerdos con los
israelíes, horribles, y en el pasado he defendido
mucho a los palestinos. Tal vez más de lo que se merecían.
Pero estoy con Israel, estoy con los
judíos. Lo estoy como lo estuve
cuando era joven, durante el tiempo que luché con ellos, cuando Anna María murió fusilada Defiendo su derecho a existir, a defenderse, a que no sean
exterminados por segunda vez. Y disgustada por el antisemitismo de
tantos italianos, de tantos europeos, me averguenzo de esta vergüenza que
deshonra a mi país y a Europa. En el mejor de los casos, Europa no es una
Comunidad de Estados, sino un pozo de Poncios Pilatos.
Y
aunque todos los habitantes de este
planeta pensaran de otra manera, yo seguiré pensando así.
Io
trovo vergognoso che in Italia si faccia un corteo di individui che vestiti da
kamikaze berciano infami ingiurie a Israele, alzano fotografie di capi
israeliani sulla cui fronte hanno disegnato una svastica, incitano il popolo a
odiare gli ebrei. E che pur di rivedere gli ebrei nei campi di sterminio, nelle
camere a gas, nei forni crematori, venderebbero ad un harem la propria madre.
Io trovo vergognoso che la
Chiesa Cattolica permetta a un vescovo, peraltro alloggiato
in Vaticano, uno stinco di santo che a Gerusalemme venne trovato con un
arsenale di armi ed esplosivi nascosti in speciali scomparti della sua sacra
Mercedes, di partecipare a quel corteo e piazzarsi a un microfono per
ringraziare in nome di Dio i kamikaze che massacrano gli ebrei nelle pizzerie e
nei supermarket. Chiamarli «martiri che vanno alla morte come a una festa».
Io trovo vergognoso che in Francia, la Francia del Liberté-Egalité-Franternité, si
bruciano le sinagoghe, si terrorizzino gli ebrei, si profanino i loro cimiteri.
Trovo vergognoso che in Olanda e in Germania e in Danimarca i giovani sfoggiano
il keffiah come gli avanguardisti di Mussolini sfoggiavano il bastone e il distintivo
fascista. Trovo vergognoso che in quasi tutte le università europee gli
studenti palestinesi spadroneggino e alimentino l’antisemitismo. Che in Svezia
abbiano chiesto di ritirare il Premio Nobel per la Pace concesso a Shimon Peres
nel 1994, e concentrarlo sulla colomba col ramoscello d’olivo in bocca cioè su
Arafat. Trovo vergognoso che gli esimi membri del Comitato, un Comitato che (a
quanto pare) anziché il merito premia il colore politico, abbiano preso in
considerazione la richiesta e pensino di esaudirla. All’inferno il Premio Nobel
e onore a chi non lo riceve.
Io trovo oltraggioso (siamo di nuovo in Italia) che le Televisioni di Stato
contribuiscano al risorto antisemitismo piangendo solo sui morti palestinesi,
facendo la tara ai morti israeliani, parlando in modo sbrigativo e spesso in
tono svogliato di loro. Trovo vergognoso che nei loro dibattiti ospitino con
tanta deferenza i mascalzoni col turbante o col keffiah che ieri inneggiavano
alla strage di New York e oggi inneggiano alle stragi di Gerusalemme, di Haifa,
di Netanya, di Tel Aviv. Trovo vergognoso che la stampa scritta faccia lo
stesso, che si indigni perché a Betlemme i carri armati israeliani circondano la Chiesa della Natività, che
non si indigni perché nella medesima chiesa duecento terroristi palestinesi ben
forniti di mitra e munizioni ed esplosivi (tra loro vari capi di Hamas e
Al-Aqsa) siano non sgraditi ospiti dei frati (che poi dai militari dei carri
armati accettano le bottiglie d’acqua minerale e il cestino di mele). Trovo
vergognoso che dando il numero degli israeliani morti dall’inizio delle Seconda
Intifada, (quattrocentododici), un noto quotidiano abbia ritenuto giusto
sottolineare a gran lettere che nei loro incidenti stradali ne muoiono di più.
(Seicento all’anno).
Io trovo vergognoso che l’Osservatore
Romano cioè il giornale del Papa, un Papa che non molto tempo fa
lasciò nel Muro del Pianto una lettera di scuse per gli ebrei, accusi di
sterminio un popolo sterminato a milioni dai cristiani. Dagli europei. Trovo
vergognoso che ai sopravvissuti di quel popolo (gente che ha ancora il numero
tatuato sul braccio) quel giornale neghi il diritto di reagire, difendersi, non
farsi sterminare di nuovo. Trovo vergognoso che in nome di Gesù Cristo (un
ebreo senza il quale oggi sarebbero tutti disoccupati) i preti delle nostre
parrocchie o Centri Sociali o quel che sono amoreggino con gli assassini di chi
a Gerusalemme non può recarsi a mangiar la pizza o a comprar le uova senza
saltare in aria. Trovo vergognoso che essi stiano dalla parte dei medesimi che
inaugurano il terrorismo ammazzandoci sugli aerei, negli aeroporti, alle
Olimpiadi, e che oggi si divertono ad ammazzare i giornalisti occidentali. A
fucilarli, a rapirli, a tagliarli la gola, a decapitarli. (Dopo l’uscita de La Rabbia e l’Orgoglio qualcuno in Italia vorrebbe
farlo anche a me. Citando versi dal Corano esorta i suoi «fratelli» delle
moschee e delle Comunità Islamiche a castigarmi in nome di Allah. A uccidermi.
Anzi a morire con me. Poiché è un tipo che conosce bene l’inglese, in inglese
gli rispondo: «Fuck you»).
Io trovo vergognoso che quasi tutta la sinistra, quella sinistra che venti anni
fa permise a un suo corteo di deporre una bara (quale mafioso avvertimento)
dinanzi alla sinagoga di Roma, dimentichi il contributo dato dagli ebrei alla
lotta antifascista. Da Carlo e Nello Rosselli, per esempio, da Leone Ginzburg,
da Umberto Terracini, da Leo Valiani, da Emilio Sereni, dalle donne come la mia
amica Anna Maria Enriques Agnoletti fucilata a Firenze il 12 giugno 1944, dai
settantacinque dei trecentotrentacinque uccisi alle Fosse Ardeatine, dagli
infinti altri morti sotto le torture o in combattimento o dinanzi ai plotoni
d’esecuzione. (I compagni, i maestri, della mia infanzia e della mia prima
giovinezza). Trovo vergognoso che anche per colpa della sinistra anzi
soprattutto per colpa della sinistra (pensa alla sinistra che inaugura i suoi
congressi applaudendo il rappresentante dell’OLP, in Italia il capo dei
palestinesi che vogliono la distruzione di Israele) gli ebrei delle città
italiane abbiano di nuovo paura. E nelle città francesi e olandesi e danesi e
tedesche, lo stesso. Trovo vergognoso che al passaggio dei mascalzoni vestiti
da kamikaze tremino come a Berlino tremavano la Notte dei Cristalli cioè la
notte in cui Hitler avviò la
Caccia all’Ebreo.
Io trovo vergognoso che obbedendo alla stupida, vile, disonesta, e per loro
vantaggiosissima moda del Politically Correct i soliti opportunisti anzi i
soliti parassiti sfruttino la parola Pace. Che in nome della parola Pace, ormai
più sputtanata delle parole Amore e Umanità, assolvano da una parte sola l’odio
e la bestialità. Che in nome d’un pacifismo (leggi conformismo) delegato ai
grilli canterini e ai giullari che prima leccavano i piedi al Pol Pot aizzino
la gente confusa o ingenua o intimidita. Che la imbroglino, la corrompano, la
riportino indietro di mezzo secolo cioè alla stella gialla sul cappotto. Questi
ciarlatani ai quali dei palestinesi importa quanto a me importa di loro. Cioè
nulla.
Io trovo vergognoso che tanti italiani e tanti europei abbiano scelto come
vessillo il signor (si fa così per dire) Arafat. Questa nullità che grazie ai
soldi della Famiglia Reale Saudita fa il Mussolini ad perpetuum e che nella sua
megalomania credi di passare alla Storia come il Gorge Washington della
Palestina. Questo sgrammaticato che quando lo intervisti non riesce nemmeno a
compilare una frase completa, un discorso articolato. Sicché per ricomporre il
tutto, scriverlo, pubblicarlo, duri una fatica tremenda e concludi che
paragonato a lui perfino Gheddafi diventa Leonardo da Vinci. Questo falso
guerriero che va sempre in uniforme come Pinochet, mai che indossi un abito
civile, e che tuttavia non ha mia partecipato ad una battaglia. La guerra la fa
fare, l’ha sempre fatta fare, agli altri. Cioè ai poveracci che credono in lui.
Questo pomposo incapace che recitando la parte del Capo di Stato ha fatto
fallire i negoziati di Camp David, la mediazione di Clinton.
No-no-Gerusalemme-la-voglio-tutta-per-me, Questo eterno bugiardo che ha uno
sprazzo di sincerità soltanto quando (en privè) nega a Israele il diritto di
esistere, e che come dico nel mio libro si smentisce ogni cinque secondi. Fa
sempre il doppio gioco, mente perfino se gli chiedi che ora è, sicché di lui
non puoi fidarti mai. Mai! Da lui finisci sistematicamente tradito. Questo
eterno terrorista che sa fare solo il terrorista (stando al sicuro) e che negli
Anni Settanta cioè quando lo intervistai addestrava pure i terroristi della
Baader-Meinhof. Con loro, i bambini di dieci anni. Poveri bambini. (Ora li
addestra per farne kamikaze. Cento baby-kamikaze sono in cantiere: cento!).
Questa banderuola che la moglie la tiene a Parigi, servita e riverita come una
regina, e che il suo popolo lo tiene nella merda. Dalla merda lo toglie
soltanto per mandarlo a morire, a uccidere e a morire, come le diciottenni che
per meritarsi l’uguaglianza con gli uomini devono imbottirsi d’esplosivo e
disintegrarsi con le loro vittime. Eppure tanti italiani lo amano, si. Proprio
come amavano Mussolini. Tanti altri europei, lo stesso.
Lo trovo vergognoso e vedo in tutto ciò il sorgere d’un nuovo fascismo, d’un
nuovo nazismo. Un fascismo, un nazismo, tanto più bieco e ributtante in quanto
condotto e nutrito da quelli che ipocritamente fanno i buonisti, i
progressisti, i comunisti, i pacifisti, i cattolici anzi i cristiani, e che
hanno la sfacciataggine di chiamare guerrafondaio chi come me grida la verità.
Lo vedo, sì, e dico ciò che segue. Io col tragico e shakespeariano Sharon non
sono mai stata tenera («Lo so che è venuta ad aggiungere uno scalpo alla sua
collana» mormorò quasi con tristezza quando andai ad intervistarlo nel 1982).
Con gli israeliani ho litigato spesso, di brutto, e in passato i palestinesi li
ho difesi parecchio. Forse più di quanto meritassero. Però sto con Israele, con
gli altri ebrei. Ci sto come ci stavo da ragazzina cioè al tempo in cui
combattevo con loro, e le Anna Marie morivano fucilate. Difendo il loro diritto
ad esistere, a difendersi, a non farsi sterminare una seconda volta. E
disgustata dall’antisemitismo di tanti italiani, di tanti europei, mi vergogno
di questa vergogna che disonora il mio Paese e l’Europa. Nel migliore dei casi,
non una comunità di Stati ma un pozzo di Ponzi Pilato. Ed anche se tutti gli
abitanti di questo pianeta la pensassero in modo diverso, io continuerò a
pensarla così.