la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








Un Hombre: Alejandro Panagulis / entrevista de Oriana Fallaci, Atenas 1973


Panagulis y Oriana durante la entrevista, Atenas 1973


Aquel día tenía el rostro de un Cristo crucificado diez veces y parecía tener mucho más de treinta y cuatro años. Sobre sus pálidas mejillas se marcaban ya algunas arrugas, entre sus negros cabellos asomaban ya mechones blancos y sus ojos eran dos pozos de melancolía. ¿O de rabia? Incluso cuando reía, no creía en su risa. Por lo demás, era una risa forzada que duraba poco, como el estallido de un disparo. Inmediatamente sus labios volvían a cerrarse en una mueca amarga y en aquella mueca buscaba en vano el recuerdo de la salud y de la juventud. La salud la había perdido, junto con la juventud, el día en que lo ataron por primera vez al potro del tormento y le dijeron: "Ahora sufrirás tanto que te arrepentirás de haber nacido». Pero te dabas cuenta en seguida de que no se arrepentía de haber nacido, de que no se había arrepentido nunca y de que no se arrepentiría jamás. En seguida te dabas cuenta de que es uno de esos hombres para quienes hasta morir se convierte en una manera de vivir, por la manera como supieron gastar la vida. Ni los tormentos más atroces, ni la condena a muerte, ni tres noches transcurridas en espera del fusilamiento, ni la cárcel más inhumana, cinco años en una celda de cemento de un metro y medio por tres, le habían doblegado. Dos días antes, saliendo de Boiati con la gracia que Papadopoulos había concedido junto a la amnistía para trescientos presos políticos, no había dicho una sola palabra que sirviese para que le dejaran en paz. Y había declarado despectivamente: «Yo no he pedido la gracia. Me la han impuesto ellos. Estoy dispuesto a volver a la cárcel incluso inmediatamente». El que le apreciaba temía por su seguridad mucho más que antes. Fuera de la cárcel era demasiado incómodo para los coroneles. Los tigres en libertad siempre resultan incómodos. A los tigres en libertad se les dispara. O se les tiende una trampa para devolverlos a la jaula. ¿Cuánto tiempo permanecería al aire libre? Esto es lo primero que pensé aquel jueves, 23 de agosto de 1973, viendo a Alejandro Panagulis.



 
Alejandro Panagulis. Alekos para los amigos y para la policía. Nacido en 1939 en Atenas, hijo de Atena y de Basilio Panagulis, coronel del ejército y pluricondecorado en la guerra de los Balcanes, en la primera guerra mundial, en la guerra contra los turcos en Asia Menor, en la guerra civil hasta 1950. Alekos, segundogénito de tres hermanos extraordinarios, demócratas y antifascistas. Fundador y jefe de la Resistencia griega, el movimiento que los coroneles nunca consiguieron destruir. Autor del atentado que, por un pelo, el 13 de agosto de 1967, no le costó la vida a Papadopoulos y a la Junta. A raíz de esto lo detuvieron, lo torturaron y lo condenaron a muerte, pena que él mismo había solicitado en una apología que durante dos horas mantuvo sin aliento a los jueces: «Sois los representantes de la tiranía y sé que me enviaréis ante el pelotón de ejecución. Pero también sé que el canto del cisne de todo verdadero combatiente es el último sollozo ante el pelotón de ejecución». Un proceso inolvidable. Nunca se había visto a un acusado convertirse en acusador de esta manera. Se dirigía a toda la sala con las manos esposadas a la espalda, los policías le quitaron las esposas y lo retenían con fuerza ciega, por la espalda, por los brazos. Peto él seguía igualmente en pie, con el índice tieso, gritando su desprecio. No lo ajusticiaron para no convertirlo en héroe. Pero ni que decir tiene que lo fue igualmente porque morir, a veces, es más fácil que vivir como vivía él. Lo llevaban de una cárcel a otra diciendo: «El pelotón de ejecución te espera». Entraban en su celda y lo deshacían a patadas. Y durante once meses lo tuvieron esposado, día y noche, a pesar de que tenía ya las muñecas putrefactas. Durante largos  períodos, le prohibían fumar, leer, tener un papel o un lápiz para escribir sus poesías. Y él escribía igual, en minúsculos trozos de cartulina, utilizando su sangre como tinta.

«Una cerilla por pluma
sangre derramada en el suelo como tinta,
como papel la envoltura de una venda olvidada
pero ¿qué escribo?
tal vez no tenga tiempo más que para mi dirección
¡qué raro!, la tinta se ha coagulado,
os escribo desde una cárcel
de Grecia.»


 Alexos durante su juicio

 
Conseguía incluso mandar fuera sus poesías escritas con sangre. Su primer libro había ganado el premio Viareggio y ahora era un poeta reconocido. Pero más que poeta era un símbolo. El símbolo del valor, de la dignidad, del amor por la libertad. Y todo esto me turbaba ahora que lo tenía delante. ¿Cómo se saluda a un hombre que acaba de salir de una tumba? ¿Cómo se le habla a un símbolo? Y me mordía las uñas nerviosamente, lo recuerdo muy bien. Y lo recuerdo bien porque de aquel jueves, 23 de agosto, lo recuerdo todo. El anunciar mi llegada. La búsqueda de la calle Aristófanes, en el barrio de Glifada, donde estaba su casa. El taxista que finalmente dio con la casa y se puso a gritar haciendo la señal de la cruz. La tarde calurosa, los vestidos pegados al cuerpo. La multitud de visitantes que llenaba el jardín, la terraza, cada rincón de la casa. Los demás periodistas, los operadores de televisión, las voces, los empujones.  Y él, sentado en medio del caos con aquel rostro de Cristo.

Tenía un aire muy cansado, casi exhausto. Pero apenas me vio se levantó, con la agilidad de gato, y corrió a abrazarme como si me conociese  de siempre. Si no me conocía de siempre, por lo demás nos conocíamos ya.  En la temporada en que le dejaban leer algún periódico, me había dicho, yo le había hecho compañía con mis artículos. Y él me había dado valor por el simple hecho de existir, de ser lo que era. Y se desvaneció la preocupación de tener que afrontar un símbolo en lugar de un hombre. Devolví el abrazo diciendo «ciao». Él replicó «ciao» y no hubo otras palabras dé bienvenida o felicitación. Me limité a decir: «Tengo veinticuatro horas para estar en Atenas y preparar la entrevista. Inmediatamente después debo salir para Bonn. ¿Hay un rincón donde se pueda trabajar con tranquilidad?» Asintió en silencio y, sorteando a la multitud de visitantes, me llevó a una habitación donde había muchos ejemplares de un librito mío, en griego. Además, había un ramo de rosas rojas que me había enviado al aeropuerto y que luego habían devuelto porque el amigo encargado de recibirme no logró encontrarme. Conmovida, le di las gracias bruscamente. Pero él comprendió el tono brusco porque, durante un instante, la melancolía le desapareció de los ojos y pasó por sus pupilas un relámpago de diversión que me turbó de nuevo. Era un relámpago que hacía intuir una selva de ternuras y furores en contraste. ¿Lograría comprender a aquel hombre?





Comenzamos la entrevista. Y de repente me impresionó su voz seductora, de timbre  profundo, casi gutural. Una voz para convencer a la gente. El tono era autorizado, tranquilo: el tono de quien está muy seguro de sí mismo y no admite réplica porque no tiene la menor duda de lo que dice. Hablaba como un líder. Y mientras hablaba, fumaba una pipa que, prácticamente, no se quitaba de la boca. Se hubiera dicho que su atención estaba mucho más centrada en aquella pipa que en mí, y esto le confería cierta dureza que intimidaba, porque no se trataba de una dureza reciente, es decir, madurada en los sufrimientos físicos y morales, sino de una dureza nacida con él, gracias a la cual había podido superar los sufrimientos físicos y morales. Al mismo tiempo era atento, amable, y quedaba como perdido cuando, en un viraje imprevisto, como gira un fuera borda lanzado en línea recta y que de repente da la vuelta para volver atrás, aquella dureza se transformaba en dulzura: cautivadora como la sonrisa de un niño. La manera como te servía la cerveza, por ejemplo. El modo en que te rozaba la mano para agradecerte una observación. Esto le alteraba los rasgos del rostro que, más que doloroso, se volvía indefenso. Su rostro no era bello: con aquellos ojos pequeños y extraños, aquella boca grande y aún más extraña, el mentón corto, y las cicatrices que lo ajaban todo. En los labios, en los pómulos. Pero en seguida te parecía hermoso, de una belleza absurda, paradójica, e independiente de su hermosa alma. No, tal vez nunca le comprendería. En aquella primera entrevista decidí que el hombre era un pozo de contradicciones, sorpresas, egoísmos, generosidades y faltas de lógica, que siempre había encerrado un misterio. Pero era también una fuente infinita de posibilidades y un personaje cuyo valor iba más allá del estricto valor del personaje político. Tal vez la política era sólo un momento de su vida, sólo una parte de su talento. Tal vez si no lo mataban pronto, si no lo encerraban de nuevo, un día oiríamos hablar de él por Dios sabe qué otras cosas. 



¿Cuántas  horas estuvimos con los libros y las flores hablando en la habitación? Es el único detalle que no recuerdo. Escuchándolo a él, no te dabas cuenta de que pasaba el tiempo. La historia de las torturas, sobre todo, el origen de sus cicatrices. Las tenía por todas partes, me dijo. Me mostró las de las manos, las muñecas, los brazos, los pies, el costado. Éstas se hallaban exactamente donde estaban las heridas de Cristo, a la altura del corazón. Se las habían hecho en presencia de Constantino Papadopoulos, el hermano de Papadopoulos, con una plegadera despuntada, Pero me las mostraba con indiferencia, sin ninguna autoconmiseración: lo insensibilizaba un excepcional y casi cruel dominio de sí mismo. Tanto más cruel cuanto más te dabas cuenta de que sus nervios no habían quedado intactos después de cinco años de infierno. Y esto lo contaban sus dientes cuando mordía la pipa, lo contaban sus ojos cuando relucían con llamaradas de odio o de mudo desprecio. Pronunciando el nombre de sus torturadores, se aislaba en pausas impenetrables y no contestaba ni siquiera a su madre que entraba preguntando si quería otra cerveza o un café. Su madre entraba a menudo. Era vieja, vestida de negro como las viudas que en Grecia no abandonan el negro, y su rostro era una telaraña de arrugas profundas como sus dolores. El marido muerto de un ataque al corazón mientras Alekos estaba en la cárcel. El hijo mayor desaparecido. El tercer hijo en la cárcel. También ella había estado en la cárcel durante cuatro meses y medio. Pero ni siquiera a ella habían conseguido doblegarla. Ni con amenazas ni con chantajes. En una carta a un periódico de Londres, había escrito una vez de sus hijos: «Los árboles mueren de pie». Los árboles eran sus hijos. Uno de aquellos árboles había muerto casi seis años antes: Jorge.

 Desde hacía casi seis años, nadie había vuelto a saber nada de Jorge, el hermano mayor que había seguido la carrera del padre y alcanzado el grado de capitán. En agosto de 1967, Jorge se había negado a permanecer en el  ejército griego y, como Alekos, había desertado. A través del río Euros había huido a Turquía y llegado a Estambul para buscar asilo en la embajada italiana. Para nuestra vergüenza, la embajada italiana se lo negó, tergiversando la necesidad de informar al gobierno turco, después al gobierno italiano, y después Dios sabe a quién. Jorge huyó de nuevo, esta vez, a Siria , y en Damasco volvió a la embajada italiana que lo recibió de la misma manera. Pero una embajada más digna, una embajada escandinava, lo acogió y en ella se quedó durante un mes, hasta el día en que salió a la calle y la policía siria lo sorprendió sin pasaporte. Huyendo de la policía siria, llegó al Líbano. En el Líbano quiso embarcarse para Italia, pero no lo hizo porque los países árabes reconocían a la Grecia de los coroneles. Prefirió entrar en Israel, un país que no tenía con ellos relaciones diplomáticas, para ir a Italia embarcando en Haifa. Y en Haifa, sin embargo, los israelíes lo detuvieron. Jorge confió en ellos, les dijo quién era y lo detuvieron: para entregarlo al gobierno griego. Ni siquiera le dedicaron un proceso. Simplemente, lo embarcaron en un barco griego que hacía el trayecto Haifa-El Pireo: el  "Anna María». Y en este momento se perdía su rastro. Parecía  que estaba aún en el camarote antes de que la nave entrase en el tramo comprendido entre Egira y El Pireo. Pero cuando el barco se acercó al puerto el camarote estaba vacío. ¿Huyó saltando por el ojo de buey? ¿Lo empujó alguien por el, ojo de buey? Su cuerpo no se encontró jamás. De vez en cuando el mar devolvía un cadáver, las autoridades llamaban a Atena para que lo reconociese, Atena contestaba: «No, no es mi hijo Jorge».


 Oriana, Atena y Alexos


A determinada hora de la noche interrumpimos la entrevista. La multitud de visitantes se había dispersado y Atena me ofreció hospitalidad para la noche. También había preparado una cena, presentada sobre su mejor mantel. Alekos estaba menos tenso, menos solemne, y pronto abrió una de las puertas de sus infinitas sorpresas: se dejó llevar hacia una conversación divertida. Por ejemplo, definía su celda como «mi villa de Boiati», y la describía como una villa lujosísima, con piscina cubierta y descubierta, campo de golf, cine privado, salones resplandecientes y un chef que encargaba el caviar fresco de Irán, y odaliscas que danzaban y daban brillo a las manillas. En este paraíso una vez hizo huelga de hambre «porque el caviar no era fresco ni gris». O bien ilustraba su «archiconocida amistad» con Onassis, Niarkos, Rockefeller y Henry Kissinger, describía sus jet personales «o el yate que el día anterior había prestado a Ana de Inglaterra». Y yo no daba crédito a mis ojos, a mis oídos. Parecía imposible que en la tumba de cemento hubiera conseguido salvar su humor, la capacidad de reír. Era posible, incluso indiscutible. Pero cuando volvimos a hablar para la entrevista, Alekos volvió a ponerse serio y a morder nerviosamente la pipa. Esta vez hablamos hasta las tres de la madrugada y a las tres y media caía exhausta en la cama que me habían preparado en el salón. Sobre la cama había una fotografía de Basilio, en uniforme
de coronel, y del marco pendían medallas de oro, de plata y de bronce, testimonios de las diversas campañas en las que había tomado parte hasta 1950. Había, en cambio, junto al lecho, una fotografía de Alekos cuando era estudiante de ingeniería en el Politécnico y miembro del Comité Central de la Federación Juvenil del Partido «Unión de Centro». Un rostro inteligentísimo y agudo, en aquel tiempo sin bigote, que no me ayudaba a penetrar un misterio. Entonces recordé haber visto, en la habitación contigua, las fotografías de los dos hermanos cuando eran niños. Me levanté y las estudié. La de Jorge hablaba de un niño elegante y compungido, correctamente sentado en un almohadón rojo. En cambio, la de Alekos mostraba un tigrecillo de ceño enfurecido y que, erguido sobre el almohadón rojo, en un anuncio de independencia anárquica, parecía decir: «¡No y no! ¡Yo no estoy sobre esto!» El trajecillo de punto le caía sin gracia como para demostrar que le importaba un bledo su aspecto y que le tenía sin cuidado que mamá le regañase y le suplicara; hacía lo que le daba la gana. Y como para demostrar su rechazo de los consejos, órdenes e intervenciones ajenas, la manita derecha se apoyaba, orgullosa y provocativamente en la cintura, y la izquierda sostenía los pantalones en el lugar donde había perdido un botón. ¿Cuánto tiempo permanecí estudiando aquellas fotografías? Esto, realmente, no lo recuerdo. Pero me acuerdo de que en determinado instante otra cosa me atrajo la atención: un objeto rectangular y cubierto de polvo. Lo cogí con la sensación de penetrar un secreto y descubrí que era una Biblia del siglo XVII, con un documento que atribuía su propiedad a Alekos Panagulis. Pero era un documento de hacía trescientos años y aquel Alekos era su bisabuelo que había luchado como guerrillero contra los turcos. Más tarde supe que, del siglo XVII a 1925, la familia Panagulis no había dado más que héroes. Y algunos se llamaban Jorgos, es decir, Jorge, como aquel joven Jorgos que había muerto en la batalla de Faliero en 1823. Pero casi todos se llamaban Alekos.




Al día siguiente partí para Bonn. Ya se comprende que no era una marcha definitiva. Cuando me acompañaba al aeropuerto, Alekos me hizo prometer que volvería y, pocos días después, cuando él estaba en el hospital, volví, y descubrí cosas que ayudaban un poco a desvelar los secretos de aquella inaprehensible personalidad suya. Ante todo aquella poesía que me había dedicado. Se titulaba «Viaje» y hablaba de una nave que partía hacia un viaje sin escala, una nave que no cedía nunca a la tentación o a la necesidad de atracar en un puerto, de acercarse a una orilla: de echar el ancla. La tripulación lo reclamaba, a veces lo imploraba, pero el comandante les resistía como a la tempestad y continuaba siguiendo a una luz. La nave era él; Alekos. Y también el comandante era él, y también la tripulación. El viaje era su vida. Un viaje que se terminaría con la muerte porque nunca se echaría el ancla. Ni el ancla de los afectos, ni el ancla de los deseos, ni el ancla de un merecido reposo. Y ningún razonamiento, ningún halago, ninguna amenaza podrían inducirle a hacer lo contrario. De este modo, si creías en  esa nave, si esa nave te importaba, no debías intentar detenerla, detenerla con el espejismo de orillas verdes, paraísos terrestres. Había que dejarla emprender el insensato viaje que se había elegido y que, en la selva de sus contradicciones, era el punto final de una coherencia absoluta. «También Ulises al fin descansa. Llega a Ítaca y descansa», observé después de haber leído el poema. Y él me respondió: «¡Pobre Ulises!» Luego me envió otra poesía que empezaba así:

«Cuando desembarcaste en Ítaca
qué infelicidad experimentarías Ulises
Si otra vida tenías por delante
¿Por qué llegar tan pronto?»  

Creo que aquel día llegué a ser verdaderamente amiga suya, escuchándolo en el hospital. En efecto, varias veces fui a Atenas y qué le vamos a hacer si, en cada ocasión, las autoridades griegas estaban menos contentas. Con todo y no atreverse a negarme el permiso de entrada, la policía fronteriza llenaba para mí papeles que no llenaba nunca para nadie, y, durante mi estancia en Atenas, se ocupaba escrupulosamente de mi persona. Cosa nada difícil, porque yo vivía en la casa de la calle Aristófanes donde el teléfono estaba controlado y cuatro policías de uniforme y quién sabe cuántos de paisano vigilaban cada puerta, cada ventana, la misma calle, a lo largo de las veinticuatro horas.



 
Psicológicamente, era como si Alekos estuviera todavía en la cárcel y yo estuviese con él. Una vez me acompañó a Creta, durante cinco días. Y durante cinco días fuimos constantemente seguidos, espiados, provocados. En Heraclion, adonde había ido para ver Cnossos, los automóviles de la policía nos salían al encuentro a medio metro de distancia. Entrábamos en un restaurante a comer y ellos se instalaban también allí, esperándonos. Entrábamos en un museo y ellos también se instalaban allí, esperándonos. A menudo los veíamos llegar a nuestro encuentro en dirección contraria porque tenían radio y se turnaban en la vigilancia. Una pesadilla. En el aeropuerto de Xania fui insultada por un agente vestido de paisano. En el avión que nos llevaba a Atenas fuimos relegados a los dos últimos asientos y sometidos a control todo el viaje. De nuevo en Atenas no podíamos permitirnos el placer de una cena en El Pirco sin que en seguida nos alcanzase un policía que nos iba pisando los talones. Nos atormentaron incluso en los funerales de un ministro democrático muerto de un infarto de miocardio, y, naturalmente, Papadopoulos no me concedió nunca la entrevista que, según la embajada griega en Roma, parecía dispuesto a concederme. Lástima. Hubiera sido divertido preguntarle al señor Papadopoulos qué entendía por democracia. Y también por amnistía. Y aún hubiera sido más divertido decide que, por donde quiera que fuese, Alekos era recibido como un héroe nacional. La gente lo paraba por la calle, lo abrazaba y a veces intentaba besarle la mano. Los taxistas le hacían subir al coche incluso en las zonas prohibidas. Los automovilistas paraban el tráfico para saludarle. Y no era raro que, en los bares, no quisieran que pagase la cuenta. Estaban todos por él y con él. Sólo quien estaba al servicio de los coroneles estaba contra él. Y yo seguía el extraordinario fenómeno comprendiendo finalmente un poco a la difícil criatura objeto de ello. Intuyendo mejor, por ejemplo, los disgustos y la infelicidad, la sed de una paz que jamás se alcanzaría y que se manifestaba través de exposiciones de cólera  desesperada y desesperante, o inútiles audacias, o rabiosas llamadas telefónicas al hombre fuerte del régimen, Joannidis, para desafiarlo a que lo detuviera de nuevo. O bien, siguiendo las astucias de Ulises, las fulminantes intuiciones de Ulises a quien se parecía cada vez más en todos los sentidos. Y las lágrimas que le llenaban los ojos cuando miraba la Acrópolis, símbolo, para él de todo aquello en que creía. Y sus sombríos silencios. Y los impulsos de alegría que lo sacudían por entero en una juventud reencontrada por unas horas, por unos minutos. Y las repentinas risas de muchacho, las imprevisibles bromas canceladas pronto por sus cambios de humor. Y el pudor exagerado, más bien puritano, que oponía a las mujeres cuando se le ofrecían con cartas amorosas, francas invitaciones y zorrunas estratagemas. Por lo demás, tanto si se trataba de sus pasadas aventuras como de sus sentimientos actuales no confiaba nunca en nadie: «Un hombre serio no lo hace». Tímido, terco, orgulloso, era mil  personas dentro de una sola persona que nunca podía renunciar a absolver. Qué alegría oírle decir a propósito de su atentado: «Yo no quería matar a un hombre. Yo no soy capaz de matar a un hombre. Yo quería matar a un tirano».

 Homenaje en Italia

Mientras tanto, él había pedido el pasaporte. Pero ni siquiera obtener los documentos necesarios para la petición le había sido fácil. En cualquier oficina a la que se dirigiese encontraba obstáculos sordos, kafkianos. En el ayuntamiento de Glifada, por ejemplo, no constaba que hubiese nacido. De pronto su nombre faltaba en el registro. Estaba el de Atena, pero el suyo no. Él se reía de ello con mal disimulada amargura: «No he nacido, ya ves. Nunca he nacido». Pero una mañana volvió saltando de alegría: «¡He nacido! ¡He nacido!» No se sabe por qué habían cambiado de idea. Siete días más tarde, un lunes, le dieron el pasaporte: válido para un solo viaje de ida y vuelta. Y tres horas más tarde partimos, en un avión de Alitalia, en dirección a Roma. Ni siquiera nuestra marcha fue una marcha civilizada. Pasada la aduana, la policía de fronteras, el registro, bajamos a la sala de espera e inmediatamente nos rodeó una nube de policías de paisano con aire eminentemente provocador. Llamaron el vuelo y nos dirigimos a la puerta número 2. Exhibimos nuestras tarjetas de embarque. Nos empujaron hacia atrás. «¿Por qué?», preguntó Alekos. Silencio. «Tenemos un pasaporte en regla y una tarjeta de embarque en regla. Y hemos cumplido todas las formalidades.»  Silencio. Los demás pasajeros ya habían pasado, subido al autobús, bajado del autobús y subido a bordo del avión. El avión no esperaba más que a nosotros. Y nosotros no podíamos acercarnos ni siquiera a la escalerilla. Lo peor es que nadie nos daba ninguna explicación ni tampoco a los empleados de Alitalia que nos escoltaban como si fuéramos VIP. Diez minutos, quince, veinte, veinticinco, treinta...Aún no he comprendido por qué, transcurridos treinta minutos, nos permitieron subir a bordo. Tal vez habían telefoneado al jefe de Seguridad. Tal vez éste había informado a Papadópoulos y Papadopoulos había decidido que no convenía, ni siquiera internacionalmente, cometer el error de impedirle la salida en el último momento. Tampoco comprendí otra cosa: no he comprendido por qué, cerradas las puertas, el avión estuvo bloqueado en la pista cuarenta minutos. Aquel día no había problemas con la torre de control. Sólo había una gran incomodidad a bordo. Incomodidad que desapareció, sin embargo, cuando estuvimos en el cielo. El cielo más azul del mundo.



Lo que sucedió a continuación constituye otro libro, ya que Alekos se convirtió en el compañero de mi vida,  ya que un gran amor nos unió hasta el día de su muerte, que se produjo la noche del Primero de Mayo de 1976, al morir él en un simulado accidente automovilístico que el Poder se apresuró a calificar hipócritamente de desgracia fortuita. Ello no obstante, es de utilidad, para mejor comprender la entrevista siguiente -que a él le resultaba muy cara-, conocer los principales acontecimientos que integran la osamenta de su existencia entre  el momento en que aquel avión llegó a Roma y el de su asesinato. Son como sigue.

Tras haber salido de Grecia en mi compañía, Alekos escogió Italia como base política y geográfica de su lucha. En Roma ocupábamos la casa que hubiésemos mantenido durante largos años, de donde partía para sus viajes a Francia, a Alemania, a Suecia y también a su patria, adonde regresara varias a  veces durante el exilio, clandestinamente, sin que la policía de Joannidis lo localizase jamás. La revuelta del Politécnico y la matanza de estudiantes provocaron, en 1973, un golpe dentro del golpe: Joannidis había desautorizado a Papadopoulos sometiéndolo a arrestos y autoeligiéndose amo indiscutido de Grecia. El primer enemigo de Alekos había pasado a ser, pues, Joannidis, y era a Joannidis a quien ahora desafiaba con audacia suicida apenas ponía  el pie, provisto de un pasaporte falso, en el aeropuerto de Atenas. Joannidis estaba al corriente de sus movimientos y le buscaba sistemáticamente, pero siempre en vano. Cual un Pimpinela Escarlata, Alekos conseguía colarse por entre las redes de la policía, y previo a su marcha del país se daba incluso el gusto de enviarle una tarjeta colmada de saludos burlescos. En Atenas, por lo demás, se detenía poco; entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas, el tiempo necesario para organizar a los camaradas o hacer estallar alguna bomba demostrativa. Había reconstruido la organización Resistencia Helénica dando particular importancia al grupo denominado Laos, Pueblo. Con él llevaba a cabo las acciones más peligrosas, atento, sin embargo, a no vertir la sangre de los inocentes: ninguna bomba causó jamás una víctima. En Europa, en cambio, actuaba a través de los emigrantes, de los partidos demócratas, de la prensa, de la radio, de la televisión y de las relaciones con los partidos socialistas, a los que estaba obviamente vinculado. Eso duró hasta 1974, cuando la Junta cayó arrastrada por sus errores y su incapacidad. Papadopoulos se había mostrado un dictador astuto, no exento de sentido político. Joannidis era un soldado ignorante que de política sabía bien poco. La vana ilusión de anexionar Chipre a Grecia le llevó a derrocar a Makarios, quien huyó por puro milagro de la isla, hecho que dio lugar a su invasión por los turcos. Más adelante, y según Grecia se encontraba a punto de entrar en guerra con Turquía, Joannidis convenció a la Junta para que abdicase y, con decisión a un tiempo desesperada y paradójica, entregó el gobierno a los mismos opositores a quienes Papadopoulos había derrocado en 1967. Karamanlis regresó a Atenas para formar un gobierno de emergencia. La democracia quedó formalmente restablecida.

En aquellos once meses que pasé con Alekos no dejé de preguntarme cómo reaccionaría él de caer la dictadura y suponiendo que no lo matasen antes. A mi forma de ver, la política, a decir verdad, no era más que un aspecto de su extraordinario talento y de su arrolladora personalidad. En él se daban, es cierto, los distintivos del tribuno y del líder, y no era fácil que renunciase a ellos. Según mi criterio, sin embargo, su valor nacía de una vocación literaria, su auténtico temperamento era el temperamento poético. No en vano gustaba de repetir: «La política es un deber, la poesía es una necesidad». Pensaba yo, en suma, que sus dotes de tribuno y de líder, que encontraba cabal expresión en las situaciones excepcionales, la hallarían menos cumplida en la normalidad democrática. Y también a él debió de asaltarle una duda semejante porque, para mi sorpresa, no regresó a Grecia inmediatamente después del retorno de Karamanlis. Sólo se decidió a hacerlo el 13 de agosto, aniversario de su atentado contra Papadopoulos. El regreso lo restituyó a su destino de combatiente y lo exilió de la literatura. En Atenas se preparaban  las elecciones políticas. El Partido de la Unión del Centro se apresuró a ofrecerle una candidatura. Él aceptó y, por esa mágica coincidencia de fechas que siempre había acompañado los grandes hitos de su vida -incluido el de su muerte-, salió elegido el 17 de noviembre, aniversario de su condena al fusilamiento, a la que había escapado en 1968. Y ni  que decir tiene que la victoria lo exaltó poquísimo: una semana más tarde se encontraba ya en Italia, adonde habría de regresar una y otra vez con frecuencia obstinada, fiel. Había llegado a considerar Italia su segunda patria. Hablaba el italiano con gran corrección. Lo escribía casi sin faltas. Se vestía y comía a la italiana. Con muebles italianos puso su apartamento en Atenas, haciendo de él una réplica exacta de nuestra casa de Florencia.

En el Parlamento no tardó  Alekos en mostrarse el más contestatario de los diputados. No daba cuartel a nadie, y menos todavía al ministro de Defensa, Evanghdis Tositsas Averoff,  hombre que bajo el régimen anterior había tenido relaciones turbias.
La potencia de Averoff superaba a la de Karamanlis porque se apoyaba en el ejército y porque de éste procedía el peligro de un nuevo golpe de Estado. Alekos le consideraba una amenaza para el país, y cuando pedía la palabra era siempre para acusarle en tales términos. Conocía, en realidad, la existencia de documentos que demostraban el ex  colaboracionismo de Averoff y los motivos que le habían llevado a no depurar en ningún momento a los generales, coroneles y capitanes que habían ostentado el mando durante la tiranía. Aquellos documentos se encontraban en custodia en los archivos del EAT-ESA, la policía militar misteriosamente desaparecida con la caída de  la Junta. Durante todo 1975, la actividad principal de Alekos, sin que nadie lo supiese, consistió en la búsqueda de esos archivos. Y los juicios contra Papadopoulos, Makarezos, Pattakos, Joannidis y los demás representantes de la Junta, amén de los que luego se siguieron contra verdugos como Theoftiloyannakos y Hazizikis, le ayudaron, en cierto modo, a guardar el secreto, ya que distrajeron la atención general. Durante aquellos meses sólo se habló de Alekos para mencionar su noble actitud hacia los encausados. Luchó verdaderamente a fin de que Papadopoulos y los demás no fuesen condenados a muerte: «En época de dictadura el tiranicidio es un deber, en época de democracia el perdón es una necesidad. La justicia no se obtiene abriendo tumbas.”

Fue muy generoso cuando declaró contra Theofiloyannakos, que con tanta crueldad lo había maltratado físicamente: su testimonio duró apenas cuarenta minutos y en él se refirió sólo a los episodios más graves, que expuso con frialdad y  desapasionamiento. Llegó a declarar que en aquel momento sus enemigos no eran los ex esbirros encadenados sino los dudosos representantes del nuevo poder.




En los primeros meses de 1976 Alekos consiguió hacerse con los archivos del ESA y, en particular  con los documentos que buscaba. Entre ellos  los encontró, incluso, comprometedores para un diputado que militaba en su partido, Demetrio Tzatzos. Eso contribuyó a su decisión de abandonar la Unión del Centro y de permanecer en el Parlamento como independiente de izquierdas. Pero la orgullosa soledad en que se envolvió a partir de ese momento centuplicó los peligros que en todo instante se habían cernido sobre él. Se había convertido en el hombre más incómodo de Grecia. Sabía demasiadas cosas acerca de los amos de una democracia falsa y vacilante. Y, como suele suceder, era demasiado valeroso para dejarse intimidar. Su sentencia estaba firmada.  Lo eliminaron la víspera del día en que había de entregar los archivos al Parlamento. Instigada por Avcroff, la Magistratura había prohibido su publicación. Y, por ese motivo, no le quedaba a Alekos más salida que entregárselos a Karamanlis, en el Parlamento, en un gesto que produjo una sacudida. El acto debía producirse la mañana del 3 de mayo. La noche del viernes al sábado del primero de mayo, y cuando se dirigía a Glifada, para dormir en casa de su madre, dos automóviles comenzaron a seguirle. En la calle Vouliagmeni uno de ellos le dio alcance a gran velocidad y, mediante una hábil maniobra de morro-trasera, lo empujó fuera de la calzada. Murió casi en el acto. A sus funerales acudió un millón y medio de personas.

Pero, como he dicho antes, eso constituye otro libro. Un libro que venga a esclarecer exclusivamente los hitos más importantes de su vida tras la entrevista. Una entrevista que va mucho más allá del autorretrato del hombre a quien amé, a quien amo y que me amó. A cuatro años de distancia no puedo menos que considerarla,  verdaderamente, una especie de testamento espiritual, una exposición de lo que Alekos buscó siempre en vano. Porque lo que él buscó siempre, lo que toda criatura digna de haber nacido debe buscar,  no existe. Es un sueño que se llama libertad, que se llama justicia. Y llorando, blasfemando y sufriendo podemos sólo alcanzarlo diciéndonos a  nosotros mismos que cuando una cosa no existe se inventa. ¿No hemos hecho lo mismo con Dios? ¿Acaso el destino de los seres humanos no es inventar lo que no existe y pelear por un sueño?


Oriana en el funeral de Alexos

 
ORIANA FALLACI:  No tienes un aire  feliz  Alekos. ¿Cómo  es eso? ¿Estás finalmente fuera de aquel infierno y no eres feliz?

ALEJANDRO PANAGULIS.  No, no lo soy. Sé que no me creerás, sé que esto te parecerá imposible, absurdo, pero yo me siento más indignado que feliz, más triste que feliz. Me siento como el domingo pasado cuando oí aquellas vivas que salían de la celda de los otros detenidos, e ignoraba el porqué de los vivas, y pensé: «Debe tratarse de alguna amnistía. Papadopoulos está haciendo su proclama y prepara el espectáculo con una amnistía capaz de impresionar a los ingenuos. Ahora puede permitirse el lujo de tener menos miedo. Más bien de fingir que tiene menos miedo. Tanto, que le cuesta sacamos de aquí a algunos de nosotros». Pensé: «Algunos de nosotros» porque no creía que me liberase también a mí. Y cuando lo supe, el lunes por la mañana, no experimenté ninguna alegría. Ninguna. Me dije: si ha decidido que le conviene ponerme en libertad también a mí, significa que su designio es más ambicioso; significa que piensa realmente legalizar la Junta en el ámbito de la Constitución y buscar el reconocimiento de los antiguos adversarios. Entrando en la celda, el comandante de la cárcel me había anunciado la gracia: «Panagulis, has obtenido la gracia». Le contesté: «¿Qué gracia? Yo no he pedido gracia a nadie». Luego añadí: «En seguida os daréis cuenta de que meterme aquí dentro es fácil, pero echarme es difícil. Antes de llegar a Eritrea, me habréis encarcelado otra vez». Eritrea es un arrabal de Atenas.

¿Les has dicho esto?

Claro. ¿Qué otra cosa podía decirles? ¿Acaso tenía que decirles gracias, muy amable, transmita mis saludos al señor Papadopoulos? Además, el martes fue peor. No sé si sabes que hay un procedimiento especial para leerle al condenado el decreto de amnistía, una especie de ceremonia con el pelotón que presenta armas, los otros en posición de firmes, etcétera. De manera que, hacia el mediodía, llega el procurador Nicolodimus para la ceremonia y me hacen salir de la celda para llevarme a las estancias del comandante donde están todos de pie, etcétera. Yo veo una silla e, inmediatamente, me siento. Extrañeza, sorpresa, y: «¡Panagulis! iDe pie !», ordena Nicolodimus. «¿Por qué? -pregunto- ¿por qué tiene que leer un papel que llaman decreto presidencial, pero que para mí es sólo el papel de un coronel...? No, no me levanto. iNo!» Y sigo sentado. Los demás de pie y yo sentado. No me habría levantado de la silla ni que me hubieran hecho pedazos. Tuvieron que celebrar la ceremonia mientras yo estaba así, cómodamente sentado. Nunca he dejado de provocarles. Cuando el teniente coronel fue a buscarme, hacia las dos de la tarde, también le provoqué a él... "Panagulis, eres libre. Recoge tus cosas.» "Yo no recojo nada, recójalo usted. Yo no he pedido que me dejasen salir.»

¿Y él qué dijo?

Oh, él repitió la frase de los otros: «En cuanto estés fuera ya no lo dirás. Descubrirás la "dolce vita" y cambiarás de idea. Luego cogieron mis bolsas y las llevaron hasta la verja, como maleteros. Fue divertido porque dentro de una de las bolsas que me llevaban como maleteros yo había escondido las últimas poesías que he escrito y las pequeñas sierras que utilizaba para cortar los barrotes. Son sierras minúsculas, mira. Pero funcionan. Diecisiete veces encontraron estas sierras, pero siempre conseguí procurarme otras y, cuando salí de Boiati, tenía una docena. Las tengo aquí, ¿ves? Y la próxima vez... Yo  siempre espero que vuelvan a prenderme y que me lleven allí. IY quieres que sea feliz!

Pero, cuando estuviste fuera, cuando viste  el sol y  a tu madre, debió ser muy hermoso.

Ni siquiera fue hermoso. Fue como si me quedara ciego. Hacía tantos años  que no salía de aquella tumba de cemento, hacía tantos años que no veía el espacio y el sol. Me había olvidado de cómo era el sol y fuera hacía un sol intenso. Guando lo vi de cerca, tuve que cerrar los ojos. Luego los abrí un poco, pero sólo un poco, y con los ojos semicerrados empecé a andar. Y andando empecé a descubrir el espacio. Ya no me acordaba de cómo era el espacio. Mi celda tenía un metro y medio por tres y caminando sólo podía dar dos pasos y medio. Descubrir el espacio me dio vértigo.. Y lo sentí rodar a mi alrededor como un tiovivo, y me mareé, y estuve a punto de caer. Ahora, si camino más de cien metros, me siento cansado y desorientado. No, no fue hermoso. Y si no lo crees no me importa. O sí me importa y me aguanto. Hacía un esfuerzo terrible para andar con todo aquel sol, con todo aquel espacio. Y luego, de repente, en todo aquel sol, en todo aquel espacio, descubrí una mancha. Y la mancha era un grupo de gente. Y de aquel grupo de gente se destacó una figura negra. Y me salió al encuentro y, de repente, se convirtió en mi madre. Y detrás de mi madre se destacó otra figura. Y se convirtió en la señora Mandilaras, la viuda de Nikoforos Mandilaras, asesinado por los coroneles. Y yo abracé a mi madre, abracé a la señora Mandilaras y después...

Después lloraste.

¡No! ¡No lloré! Ni siquiera mi madre lloró. Nosotros somos gente que no llora. Y si acaso se llora, nunca se hace delante de los demás. En estos años lloré sólo dos veces: cuando asesinaron a Georghatyz y cuando me dijeron que mi padre! había muerto. Pero nadie me vio llorar ; estaba en mi celda. Y luego... luego nada. Vine a casa con mi madre, la señora Mandilaras y el abogado. Y en casa encontré a muchos  amigos. Estuve con los amigos hasta las seis de la mañana, y luego me fui a la cama, a mi cama, y no me preguntes si me ha conmovido  dormir en mi cama, porque no me ha conmovido.     Oh, no soy insensible, sabes!  iNo lo soy! Pero me he endurecido. Me he endurecido mucho, y ¿qué otra cosa hay que esperar de un hombre que durante cinco años ha estado enterrado vivo en una tumba de cemento, sin otro contacto con el exterior que los que le golpeaban, le insultaban  le torturaban, o intentaban asesinarlo? No me han ajusticiado después de haber dictado la condena de muerte, es cierto. Pero me han sepultado igual: vivo en lugar de muerto. Y por esto los desprecio. Estaban en su derecho de matarme porque había cometido un atentado. Pero no tenían derecho a enterrarme vivo en lugar de muerto. He aquí por qué no siento más que rabia hacia esos payasos que ahora me permiten dormir en mi lecho.

Alekos, no digas esto. ¿Quieres volver a la cárcel?

Si tuviésemos que mirar las cosas con lógica, tendría que haber vuelto allí antes de llegar a Eritrea. Yo estoy dispuesto a volver a la cárcel en cualquier momento. Desde este momento. Desde ayer, desde anteayer, desde el instante en que me cegó el sol. Te diré más: si es útil que yo esté en la cárcel, estaré contento de volver a la cárcel. Porque ¿a consecuencia de qué tendrían que mandarme otra vez a la cárcel? ¿A consecuencia de lo que digo a los demás o a ti? Pero decir lo que pienso ¿no es acaso uno de mis derechos en un régimen democrático, y no sostiene Papadopoulos que Grecia es una democracia? Papadopoulos está muy interesado en mantenerme fuera y demostrar al mundo que no le importa en absoluto lo que yo diga. Y, si quiere hacerme daño con inteligencia, tendrá que hacerme caer en alguna trampa. Y esto ya lo ha intentado. El día después de mi salida de la cárcel vino aquí un muchacho que decía ser estudiante aunque, hasta por el corte de pelo, se veía en seguida que pertenecía a la policía militar. Me contó que hacía algún tiempo había matado a un norteamericano tomado como rehén para liberar a Panagulis, y luego me pidió algunas metralletas. Lo eché a gritos y telefoneé inmediatamente a la policía militar. Pregunté por el jefe, uno de los que me torturaban. No estaba y le dije al telefonista: «Dile que si me manda a otro de sus agentes provocadores, lo mataré a puntapiés». No han conseguido doblegarme en la cárcel, figúrate si van a hacerlo ahora.

Alekos, ¿no tienes miedo de que te maten?

iBah! Dado que quieren aparecer como liberales, como demócratas, no les conviene matarme; por lo menos en este momento. Pero podría ocurrírseles. En marzo de 1970, inmediatamente después del asesinato de Policarpos  Georghatzis, el héroe de la guerra de liberación de Chipre y ministro del arzobispo Makarios, lo intentaron. Eran casi las siete de la tarde y yo estaba en el quinto día de una nueva huelga de hambre. De repente oí un silbido y el jergón se incendió. Me tiré al suelo, grité: asesinos, bastardos, bestias, abridme la puerta. Pero pasó más de una hora antes de que me sacasen de allí, antes de que me abriesen la puerta. Una hora durante la cual el jergón se iba quemando, quemando... Ya no veía, ya no podía respirar. Cuando llegó el médico de la cárcel, un joven subteniente, estaba en coma. Como supe más tarde, les dijo qué me llevasen en seguida al hospital. Los hombres de la Junta se mostraron del todo indiferentes. A menudo me desmayaba y no podía hablar porque el tórax me dolía e incluso respirar me producía dolores. Después de cuarenta y ocho horas, el joven subteniente consiguió que me visitasen oficiales médicos de más edad y, cuando éstos vieron las condiciones en que me hallaba, se indignaron. El jefe de los oficiales médicos dijo que era un crimen tenerme en la celda y telefoneó a sus superiores para protestar. Si es cierto lo que supe más tarde, telefoneó incluso al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas que ahora es vicepresidente de la seudodemocracia, Odisseo Angelis. Le dijo que su negativa a trasladarme al hospital era un acto delictivo y que lo denunciaría. Y gracias a él finalmente accedieron. En el hospital me encontraron en la sangre un noventa y dos por ciento de anhídrido carbónico. No hubiera resistido más de dos horas, y aunque hubiese superado las dos horas, tampoco hubiera sobrevivido. Pero... ¿tú sabes por qué liberaron a Teodorakis?

¿A Teodorakis? No.

Porque yo estaba a punto de morir. Y estaba aquel francés en Atenas: Servan Schreiber. Y parecía que había venido para llevarme con él. No me hubieran entregado a Servan Schreiber ni aunque hubiera estado bien, naturalmente. Y, además, estaba en estado de coma debido a la tentativa de asesinarme. De manera que, en previsión del escándalo qué estallaría con mi muerte, le regalaron a Teodorakis. Divertido ¿no? No quiero decir con esto que no me sintiera feliz por la liberación de Teodorakis. Había sufrido mucho en la cárcel. Pero la historia sigue siendo divertida. 

Interesante. Pero ¿cómo te las arreglaste para tener pruebas de que habían intentado asesinarte?

Algunos días antes del hecho se habían llevado el jergón para “quitarle el polvo». Sucedía muy raramente, cada tres o cuatro meses. Y, cuando lo devolvieron a la celda, el centinela se me acercó. El centinela era un amigo. Me preguntó: «Alekos, ¿habías escondido algo dentro del jergón?» No. Nada. ¿Por qué?, pregunté. “Porque he visto al cabo Karakaxas que maniobraba en su interior como si buscase alguna cosa.» No le di importancia al hecho entonces, pero lo primero que pensé cuando el jergón se empezó a quemar es que habían metido fósforo, o plástico o algo por el estilo. Y el primer nombre que me vino a la cabeza fue el de Karakaxas. Naturalmente me acusaron de haberlo incendiado yo mismo. Pero cuando les recordé que desde hacia seis días me habían quitado hasta los cigarrillos y las cerillas, comprendieron que la cosa iba mal. Vino a verme el mayor Kutras, de la policía militar, y me dijo: «Si no le cuentas a nadie lo que ha sucedido, te doy mi palabra de honor de que te dejaremos libre para ir al extranjero». Y como me negué incluso a discutir tal oferta, al cabo de diez días me devolvieron a la celda y, desde aquel momento, me prohibieron hasta las visitas de mi madre. En cuanto a mi abogado, en cinco años no lo he visto nunca. Nunca he recibido sus cartas y él nunca ha recibido las mías. Y también esto demuestra el comportamiento ilegal y criminal respecto a mí. Evidentemente, tenían miedo de que yo revelase el intento de asesinato y por tanto toda mi correspondencia acababa en la mesa del director de la cárcel. Hasta las cartas que le escribía a Papadopoulos. Le escribía a Papadopoulos como jefe moral de la Junta, para expresarle mi disgusto y mi desprecio. Debiera haber tenido el valor de publicar aquellas cartas, o por lo menos de hacerlas publicar. Le he enviado tantas y a tantas direcciones... Y también escribía al presidente del Areópago, el Tribunal constitucional. Le enviaba telegramas para denunciar lo que había hecho conmigo y para decirle que me encontraba mal. Pero tampoco él recibió nunca mis telegramas y...

Y ahora ¿cómo te encuentras Alekos?

Menos bien de lo que parece. Mi salud no marcha. Me siento siempre débil, agotado. A veces me dan colapsos. Ayer tuve uno y tuve otro apenas salí de la cárcel. No consigo andar ni un rato: tres pasos y me siento. Y, aparte de esto, hay un montón de cosas que no funcionan: el hígado, los pulmones, los riñones. Me han llevado a la clínica y los primeros exámenes no han sido tranquilizadores; el lunes tengo que volver para que me hagan otros. Todas aquellas huelgas de hambre, por ejemplo, me han, debilitado. Me dirás: ¿por qué infligirte además aquellas huelgas de hambre? Porque en los interrogatorios la huelga de hambre es un medio para hacerles frente. Les demuestras que no pueden quitártelo todo porque tienes el valor de rechazarlo todo. Me explicaré méjor. Si rehúsas comer y les atacas, ellos se ponen nerviosos y el hecho de estar nerviosos no les permite aplicar una forma sistemática de interrogatorio. Durante las torturas, por ejemplo, si el torturado mantiene una actitud provocadora y agresiva, el interrogatorio sistemático se convierte  en una lucha personal del propio torturado. ¿Comprendes? Quiero decir que, con la huelga del hambre  el cuerpo se debilita, lo que no permite que continúe el interrogatorio porque es inútil interrogar y torturar a alguien que pierde el conocimiento. Estas condiciones se producen al cabo de tres o cuatro días sin comida ni agua, sobre todo si pierdes sangre por las heridas producidas por las torturas. De esta manera se ven obligados a trasladarte al hospital y... Oh, también mis recuerdos del hospital son dolorosos. Intentaban alimentarme con un tubo de plástico que me introducían en la nariz. Sufría mucho, aunque tenía la sensación de ganar tiempo. Y luego...

¿Y luego?

Luego, del hospital me llevaban otra vez a la sala de torturas y continuaban torturándome. Entonces yo hacía otra huelga de hambre, les provocaba otra vez, y otra vez me mostraba despreciativo y agresivo. Y su sistema fallaba  de nuevo. Y de nuevo se veían obligados a llevarme al hospital donde, de nuevo, intentaban alimentarme con la sonda en la nariz. También el comportamiento de algunos médicos era desagradable. En el hospital, mis torturadores continuaban el interrogatorio, pero de manera menos consistente porque allí no podían usar sus métodos, por supuesto. Ganaba tiempo, repito, y esto era sumamente importante para mí. En pocas palabras: me hubiera resultado imposible renunciar a la huelga de hambre. Era un arma absolutamente indispensable.

Durante los interrogatorios lo comprendo... Pero después, Alekos, en la cárcel...

En la cárcel no tenía un medio más eficaz para expresar mi disgusto,  mi desprecio, y para demostrarles que no podían doblegarme. Ni  aunque fuera un detenido. Rebelándome a través de la  huelga de hambre  tenía la sensación de no estar solo y ofrecer algo a la causa de Grecia. Pensaba que si mantenía una actitud firme, valerosa, los soldados, los guardias y los mismos oficiales comprenderían que yo estaba allí representando a un pueblo decidido a vencer. Además, muchas de las huelgas de hambre que hice en la cárcel estaban provocadas por el comportamiento de que hacían gala respecto a mí. Me negaban hasta un periódico, un libro, un lápiz, un cigarrillo. Y para conseguir un periódico, un libro, un lápiz, un cigarrillo, rechazaba la comida. Durante días y días. Hice una huelga que duró cuarenta y siete días, otra que duró cuarenta y cuatro, otra cuarenta, otra treinta y siete, dos de treinta y dos, una de treinta, cinco entre veinticinco y treinta días... Hice muchas. Y, pese a ello, nunca dejaron de pegarme. Nunca. Recibí muchos golpes en aquella celda. Las costillas que me rompieron cuando me pegaban con barras de hierro apenas están curadas.

¿Cuándo te pegaron por última vez..?

Si hablas de palizas serias, el 25 de octubre de 1972: al trigésimo quinto día de una huelga de hambre. Vino Nicholas Zakarakis, el director de la cárcel de Boiati, y yo estaba tendido en el jergón. Ya no tenía fuerzas y casi no podía respirar. De todas maneras, empezó á insultarme y a decir que me habían pagado por el atentado a Papadopoulos y que había colocado el dinero en Suiza. Y no me dio la gana de callar. Reuní la escasa voz que me quedaba y le grité: «Malacas! Puerco Malakas!» Malakas, en griego, es una palabra fea. Zakarakis reaccionó con tal lluvia de golpes que aún me molesta recordarlo. Habitualmente, yo me defendía. Pero aquel día no podía mover un dedo y... También el 18 de marzo me propinaron otra paliza. Me habían atado a la cama y me golpearon durante hora y media. Cuando el doctor Zografos levantó la sábana y vio mi cuerpo, cerró los ojos horrorizado. Era un cuerpo negro como la tinta, de la cabeza hasta los pies. Me habían golpeado sobre todo sobre los pulmones y los riñones, y durante dos semanas escupí sangre y oriné sangre. ¿Cómo quieres que me encuentre bien ahora? Además, lo de orinar sangre se debe a otra cosa que me hicieron durante el interrogatorio.

No te lo preguntare, Alekos.

¿Por qué no? Es una cosa que también conté en el proceso y de la que informé a la Cruz Roja Internacional. Me la hacía Babalis, uno de mis torturadores. Mientras yacía desnudo, atado a aquella cama de hierro, me introducía en la uretra un hilo de hierro. Una especie de aguja. Luego, mientras los otros gritaban obscenidades, con el encendedor calentaban el trozo de hierro que quedaba fuera. Una cosa tremenda. Preguntarás: «Pero ¿no te hicieron el electrochoc?» No, no lo saben hacer. Pero me hicieron esto y, cuando  se habla de torturas, ¿cómo se hace para determinar cuál es la peor? ¿Estar diez  meses esposado, diez meses digo, día y noche, no es acaso una tortura? Diez meses, día y noche. Sólo a partir del noveno mes, me liberaron las muñecas durante algunas horas. Dos o tres horas por la mañana, ante la insistencia del médico de la prisión. Tenía las manos hinchadas, las muñecas me sangraban y en muchos puntos mostraban llagas purulentas... Conseguí informar a mi madre que presentó al procurador general una acusación oficial, escrita. Y aquella acusación es una prueba porque, si mi madre hubiese escrito una falsedad, ellos la habrían incriminado; ¿sí o no? ¿Acaso no incriminaron a la señora Manganis cuando reveló que su marido, Giorgio Manganis, había sido torturado? Metieron en la cárcel a esta gran señora, aunque había dicho la verdad. Pudieron permitírselo porque, en su caso, habría sido difícil probar la acusación. Pero en mi caso no. No podían encarcelar a mi madre: las pruebas existían. Y evidentes. Eran las heridas y las cicatrices que llevaba por todo el cuerpo. Si tuviera que hacer la lista de las torturas... Mira estas tres cicatrices en la parte del corazón. Me las hicieron el día  que me rompieron el pie izquierdo con la «falanga». Naturalmente, me hacían siempre la «falanga», que consiste en golpearte las plantas de los pies con un palo hasta que el dolor te llega al cerebro y te desmayas. Yo la soportaba bastante bien. Pero aquel día, Babalis golpeó con tal fuerza que me rompió el pie izquierdo. Cinco minutos después, llegó Constantino Papadopoulos, el hermano de Papadopoulos. Me puso la pistola en la sien y gritó: «¡Ahora te mato, ahora te mato !», y me golpeaba. Mientras él me golpeaba, Theofiloyannakos me pinchaba sobre el corazón con una plegadera de hierro, despuntada: «¡Te la clavo en el corazón, te la clavo en el corazón!» Son estas tres cicatrices.

¿Y estas cicatrices de las muñecas?

 Estas me las hicieron cuando fingían cortarme las venas. Nada grave. Sólo me hacían cortes superficiales. Además, ¿sabes?, tengo cicatrices por todo el cuerpo. De vez en cuando, descubro una y me digo: y ésta, ¿cuándo me la hicieron? A la tercera semana de torturas  ya no les hacía caso. Sentía que la sangre me corría por un lado, que la carne se abría por otro, y sólo pensaba: «Otra vez». Empezaban las torturas habituales azotándome con un cable. Lo hacía Theofiloyannakos. O me colgaban del techo por las muñecas y me dejaban así durante horas. Es duro porque la parte superior del cuerpo, al cabo de poco rato, queda como paralizada. Quiero decir que no sientes ni los brazos ni la espalda. No puedes respirar, no puedes gritar, no puedes rebelarte de ninguna manera y... Ellos sabían todo esto, naturalmente, y cuando llegaba a este punto me pegaban bastonazos en los riñones. ¿Sabes a lo que no me acostumbré nunca? A la sofocación. También me la hacía Theofiloyannakos, tapándome con ambas manos la nariz y la boca. Era lo peor de todo. iDe todo! Me tapaba la nariz y la boca durante un minuto, mirando el reloj, y sólo me dejaba tomar aliento cuando me ponía morado. Dejó de hacerlo con las manos cuando le mordí. Un mordisco que casi le arranco un dedo. Pero entonces empleó un cobertor y... Otra cosa que soportaba mal eran los insultos. Nunca me torturaban en silencio. Nunca. Gritaban, gritaban... Con voces que no eran voces sino aullidos... y luego los cigarrillos encendidos en los testículos... Oye, ¿por qué quieres saber estas cosas sólo de mí? No es justo. No me las han hecho sólo a mí. Ve al hospital militar 401, si te parece, y pregunta por el mayor Mustaklis. A él, durante el interrogatorio, le hicieron el aloni. ¿Sabes qué es el aloni? Los torturadores se ponen en círculo, te lanzan al centro y te golpean todos a la vez. A él le golpearon sobre todo en la columna vertebral y en la nuca. Quedó completamente paralítico. Yace en un lecho como un vegetal, y los médicos le definen «clínicamente muerto».

Quisiera preguntarte una cosa, Alekos. Antes de que sucediese esto, ¿soportabas bien el dolor físico?

¡Oh, no! No. El mínimo dolor de muelas me hacía sufrir mucho y no soportaba la vista de la sangre. Sufría incluso viendo sufrir a la gente y miraba con incredulidad a las personas capaces de soportar el dolor físico. Pero el hombre es una criatura extraordinaria, llena de sorpresas: Es increíble cómo puede cambiar un hombre, y es maravilloso cómo un hombre puede revelarse capaz de soportar lo insoportable. Aquel retórico proverbio de «el acero se templa con el fuego» es absolutamente cierto, ¿sabes? Yo, cuanto más me atormentaban, más duro me volvía. Cuanto más me atormentaban, más resistía. Algunos dicen que en las torturas  se invoca la muerte como una liberación. No es cierto. Al menos para mí. Mentiría si dijese que nunca tuve miedo, pero también mentiría si dijese que deseaba morir. Es la última idea que me hubiera pasado por la cabeza: morir. Pensaba sólo en no ceder, en no hablar, en rebelarme. ¡Si supieras cuántas veces les he golpeado también yo! Si no estaba atado a la cama de hierro, la emprendía a patadas, a mordiscos, a puntapiés. Era utilísimo porque entonces se enfurecían más y me golpeaban aún más fuerte y yo me desmayaba. Siempre quería desmayarme, porque es como reposar. Luego volvían a empezar, pero...

Disculpa, Alekos. Tengo una curiosidad. ¿Tú sabias que el mundo entero se estaba ocupando de ti y protestaba por ti?

No. Me enteré el día en que ellos entraron en mi celda enarbolando los periódicos y gritando: «Los tanques rusos han entrado en Checoslovaquia. Ahora ya nadie tendrá tiempo ni ganas de ocuparse de ti». Y luego lo comprendí cuando me mostraron a los periodistas después de mi primera tentativa de fuga. Eran muchos, de muchos países. Y yo me dije: «Entonces, lo saben». Y sentí como una caricia en el corazón. Y me pareció que estaba menos solo. Porque la cosa peor, ¿sabes?,  no es sufrir. Es sufrir solo.

Continúa tu relato, Alekos.

Decía que cuando me insultaban diciéndome «criminal, bastardo, traidor» y otras vulgaridades irrepetibles, yo les insultaba a ellos. Les chillaba cosas espantosas. Por ejemplo: « ¡Me tiraré a tu hija!» Pero fríamente, sin perder la cabeza, ¿me explico? Yo, que soy tan pasional, con la rabia me vuelvo frío. Un día me enviaron a un oficial proclive al interrogatorio psicológico. Uno de aquellos que dicen: «Querido, es-mejor-que-hables». Puesto que era tan amable, le pedí un vaso de agua. Me lo hizo traer, presuroso. Pero cuando tuve el vaso en la mano, en lugar de beber el agua, lo rompí. Después, con el vaso roto, me lancé contra aquellos bandidos. Herí  a dos o tres antes de que se me echasen encima y me derribaran al suelo, sobre los trozos de vidrio, uno de los cuales me cortó casi por la mitad el meñique derecho. Hasta me cortó el tendón, mira... No puedo mover este dedo. Es un dedo muerto. Y, ¿sabes qué hizo aquel bestia de Babalis? Llamó al doctor y, sin desatarme las manos que llevaba atadas a la espalda, me hizo coser el meñique. Así, sin anestesia. ¡Espantoso! Aquel día grité. Grité como un loco.

Oye, Alekos, ¿nunca sentiste intenciones de hablar?

¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca! Nunca dije nada. Nunca. Jamás comprometí a nadie. Jamás. Puesto que había asumido toda la responsabilidad del atentado, ellos querían saber quién habría asumido la responsabilidad del gobierno si el atentado hubiera tenido éxito. Pero de mi boca no salió ni media palabra. Un día que estaba  tendido en la cama de hierro y ya no podía más, me trajeron un griego que se llama Brindisi. Había hablado y lloraba. Y llorando decía: «Basta, Alekos. No sirve de nada. Habla, Alekos». Pero yo pregunté: «¿Quién es este Brindisi? No conozco más Brindisi que un puerto italiano». El mismo día me trajeron a Avramis. Avramis era un miembro de la Resistencia griega, y era ex oficial de policía, un hombre valeroso, honesto. Negué que lo conociera y negué que perteneciera a la Resistencia griega. Theofiloyannakos gritaba: «Como ves, él te conoce. Ya lo ha admitido. Reconócelo tú también y acabaremos para siempre con este asunto». Yo le contesté: «Escucha,  Theofiloyannakos. Si te tuviera durante una hora en mis manos, te haría confesar cualquier cosa. Incluso que has violado a tu madre. No conozco a este hombre. Lo habéis torturado y ahora dice lo que vosotros queréis». Y Theofiloyannakos: «Tanto da si hablas como si no, nosotros diremos que has hablado». Escúchame: ni siquiera bajo las torturas más atroces he traicionado a nadie. A nadie. Y ésta es una cosa que hasta estas bestias respetan. La dirección de mis torturas estaba confiada al jefe de policía, el entonces teniente coronel y ahora general Joannidis. Una noche, viéndome escupir sangre, sacudió la cabeza y dijo: «No hay nada que hacer. Es inútil insistir. Sucede una vez entre cien mil que alguien no hable. Pero aquí tenemos un caso. Es demasiado duro este Panagulis. No hablará». Joannidis ha dicho siempre: «El único grupo que no estamos seguros de haber diezmado es el de Panagulis. Ese tigre rompía las esposas». Bueno, tal vez no está bien que te lo cuente. A lo mejor crees que soy un vanidoso y escribes que me gusta hablar de mí. Pero te lo digo porque es una gran satisfacción. ¿No es justo?

Si. Lo es. Y ahora quisiera saber otra cosa, Alekos. Ésta: después de tanto sufrir, ¿eres aún capaz de amar a los seres humanos?

¿Amarles aún? ¡Amarles más, querrás decir! ¿Cómo se te ha podido ocurrir semejante pregunta? ¿No creerás que identifico a la humanidad con las bestias de la policía militar griega? ¡Pero se trata de un puñado de hombres! ¿No te dice nada que en todos estos años hayan sido siempre los mismos? ¡Siempre los mismos! Mira: los malos son una minoría. Y por cada malo hay mil, diez mil buenos: sus víctimas. Aquellos por quienes hay que luchar. ¡No se puede, no se debe ver todo tan negro! ¡He encontrado tanta gente buena en estos cinco años incluso entre los policías. ¡Sí, sí! ¡Piensa en los soldaditos que arriesgaban la piel para llevar mis cartas, mis poesías, fuera de la prisión! ¡Piensa en todos los que me han ayudado en las tentativas de fuga! Piensa en los médicos que me hicieron llevar al hospital y ordenaban a los guardias que no me ataran por los tobillos a la cama. «No puedo hacerlo», respondían los guardias. Y los médicos: «¡Esto no es una cárcel! ¡Esto es un hospitaaal!» ¿Y el tal Panayotidis que participaba en las torturas y me escupía siempre encima? Un día se acercó a mí muy confuso y me dijo: “Alekos, lo siento. He hecho lo que me mandaban hacer. Lo hubiera hecho aunque se hubiese tratado de mi padre.  No tengo el valor de negarme. Perdóname, Alekos». Oh, el Hombre...

¿Quieres decir que el Hombre es fundamentalmente bueno, que el Hombre nace bueno?

No. Quiero decir que el Hombre nace para ser bueno y que más a menudo es bueno que malo. Y mira: a mí, para aceptar a los hombres, me basta aquello que me sucedió cuando estaba en el hospital después de la tentativa de asesinarme con el jergón en llamas. Había en aquella sala una anciana asistenta. Una de esas viejas que friegan los suelos y limpian los lavabos. Un día se me acercó, me acarició la frente y me dijo: “¡Pobre Alekos! ¡Estás siempre solo! ¡Nunca hablas con nadie! Esta tarde vengo aquí, me siento a tu lado, y me cuentas cosas, ¿eh?» Luego se dirigió a la puerta y allí la  detuvieron los guardias que se la llevaron. No vino aquella tarde. Yo la esperé, pero no vino. No la vi más. Nunca he sabido qué le hicieron y....

¿Lloras, Alekos? ¿¿¡¿Tú?!?

No lloro. Yo no lloro. Yo me conmuevo. La amabilidad me conmueve. La bondad me conmueve. Y ahora estoy conmovido. ¿Comprendes?

Comprendo. ¿Eres religioso Alekos?

¿Yo? No. Quiero decir que no creo en Dios. Si me hablas de Dios, te daré la respuesta de Einstein: creo en el Dios de Spinoza. Llámalo panteísmo, llámalo como te parezca. Y si me hablas de Jesucristo, te diré que me parece bien porque no lo considero hijo de Dios sino hijo de los hombres. El solo hecho de que su vida haya estado inspirada por la voluntad de aliviar el dolor humano, el solo hecho de que haya sufrido y muerto por los hombres y no por la gloria de Dios, me basta para considerarlo grande. El más grande de todos los dioses inventados por el Hombre. Verás, el hombre no puede prescindir de la idea del amor porque no puede vivir sin amor. Yo he recibido mucho odio en la vida, pero también he recibido mucho amor. De niño, por ejemplo. Fui un niño feliz porque crecí en una familia en que nos amamos mucho. Pero no era solo una cuestión de familia. Era una cuestión... ¿como decirlo? De descubrimientos. Por ejemplo, durante la ocupación  italiana nos habíamos refugiado en la isla de Leucade donde había muchos soldados italianos. Me llamaban siempre: «¡Pequeño, pequeño, pequeño!»,y me regalaban algo: una chocolatina, una galleta. Mi padre, oficial del ejército, no quería que lo aceptase y pretendía que tirase aquellos regalos. Mi madre, en cambio, no: «Cógela y da las gracias». Mi madre sabía que no lo hacían para insultarme sino para ser amables. Sabía que no eran soldados malos sino hombres buenos. He sido menos feliz luego, de mayor. No es fácil sentirse completamente feliz cuando te das cuenta de que a los demás no siempre les importan las mismas cosas que te importan a ti. Y cuando veía a mis coetáneos indiferentes a los problemas de la vida, yo...  bueno, no era capaz de ser feliz. Como hoy.

Es curioso, Alekos,  hablas como un hombre que ni siquiera puede concebir la idea de un atentado, la idea de matar.

Yo, antes del 21 de abril, o sea, antes del advenimiento de los coroneles, ni siquiera concebía la idea de matar. No hubiera podido hacer daño ni a mi peor enemigo. Aun hoy, la idea de matar me repugna. No soy un fanático. Quisiera que todo cambiase en Grecia sin una gota de sangre. No creo en la justicia aplicada de modo personal. Y creo mucho menos en la palabra venganza. Ni siquiera para quienes me han torturado concibo la palabra venganza. Uso la palabra castigo y pienso únicamente en un proceso. Me bastaría que les condenasen a un solo día de cárcel donde yo he estado cinco años. Creo demasiado en la ley, en el derecho, en el deber. De hecho, nunca le he discutido a Papadopoulos el derecho a procesarme y condenarme. Siempre he protestado por el  modo como cumplían sus ordenes, por las palizas que me daban, por las crueldades  que me infligían, por la tumba de cemento en la que me tenían prohibiéndome  incluso leer o escribir. Pero cuando uno hace lo que yo hice, un atentado quiero decir, no va contra la ley. Porque actúa en un país sin ley. Y  a la no-ley, se responde con la no-ley. ¿Me explico? Mira, si tú vas por la calle y no molestas a nadie, y yo la emprendo a bofetadas contigo y tú no puedes denunciarme porque la ley no te protege, ¿qué piensas?¿Qué haces? Fíjate: he hablado de bofetadas, de nada más. Una bofetada ni siquiera hace daño, es sólo un insulto. ¡Pero incluso siendo así, tiene que existir una ley que me prohíba emprenderla a bofetadas contigo! ¡Una ley que me prohíba incluso darte un beso si tú no quieres! Y si esta ley no existe, ¿qué haces tú? ¿No tienes acaso el derecho de  reaccionar y tal vez de matarme para que no te moleste más? ¡Tomarte la justicia por tu mano se convierte en una necesidad! Más bien en un deber. ¿Sí o no?

Sí.

No me da miedo decírtelo: también conozco el odio. Amo mucho al amor y estoy lleno de odio hacia los que matan la libertad, hacia los que la han matado en Grecia, por ejemplo. Es difícil decir ciertas cosas sin parecer retórico, pero…  Hay una frase que se encuentra a menudo en la literatura griega: «Feliz de ser libre y libre de ser feliz». De modo que cuando un tirano muere de muerte natural en su cama, yo... ¿Qué quieres que le haga? Me siento trastornado por la rabia. Me siento lleno de odio. Según mi opinión, es un honor para los italianos que Mussolini haya tenido el fin que tuvo y es una vergüenza para los portugueses que Salazar haya muerto en su cama. No se puede aceptar que toda una nación se convierta en un rebaño. Y escucha: yo no sueño una utopía. Sé muy bien que la justicia absoluta no existe, que no existirá nunca. Pero sé que existen países donde se aplica un proceso de justicia. Y lo que yo sueño es un país en el que si eres agredido, insultado, privado de tus derechos, puedas pedir justicia a un tribunal. ¿Es mucho pretender? ¡Bah! A mí me parece que es lo mínimo que puede pedir un hombre. He aquí por qué la emprendo contra los cobardes que no se rebelan cuando sus derechos fundamentales son violados. En las paredes de mi celda escribí: «Odio a los tiranos y me dan náuseas los cobardes».

Es una pregunta difícil. ¿Qué sentiste cuando te condenaron a muerte?

De momento, nada. Nada. Lo esperaba. Estaba preparado y por tanto no sentí nada, salvo la consciencia de contribuir con mi muerte a una lucha que se continuaría a través  de otros.

¿Y estabas seguro de que te fusilarían?

Sí. Absolutamente seguro.

Alekos... ésta es una pregunta aún más difícil.  No sé si querrás contestarla. ¿Qué piensa un hombre que está a punto de ser fusilado?

También me lo he preguntado yo. Muchas veces. y he intentado decirlo en una poesía que escribí mentalmente la mañana en que vinieron a preguntarme si pedía el indulto y contesté que no... Es una poesía que expresa bien la idea de lo que pensaba en aquel momento:

«Como las ramas de los árboles escuchan
los primeros golpes del hacha
así
aquella  mañana
llegaban las ordenes
a mis oídos.
En el mismo momento
antiguos recuerdos
que creía muertos
inundaban mi pensamiento
como sollozos
sollozos lacerantes del pasado
por un mañana que no llegaría.
La voluntad
aquella mañana
era sólo deseo.
La esperanza
también se perdía,
pero ni siquiera
un momento me arrepentí
 de que el pelotón esperase».

Y mira, que yo sepa, hay tres escritores que lo han contado de un modo muy parecido. Uno es Dostoviesky en El Idiota. Otro Camus en El Extranjero.  Y el tercero es Kazantzakis en el libro en que  cuenta la muerte de Cristo.  Lo que decía Dostoievsky, lo sabía; había leído El idiota. Pero El extranjero no lo había leído y cuando lo leí mucho tiempo después, en Boiati, me impresionó descubrir que había experimentado las mismas cosas mientras esperaba la hora de la ejecución. Me refiero a todas las cosas que uno querría hacer si no estuvieran a punto de cortarle la cabeza. Escribir una poesía, por ejemplo, o una carta. Leer un libro, crearse una pequeña vida en aquella pequeña celda. Una vida igualmente maravillosa por ser vida... Pero sobre todo me impresionó leer la versión de Kazantzakis sobre la muerte de Cristo. En aquel libro, Cristo en la cruz, cierra los ojos y duerme. Y sueña un sueño que es un sueño de vida. Sueña que... Pero no quiero hablar de eso. No es hermoso hablar de esto.

No importa, de todas maneras he comprendido que soñaste que hacías el amor con una mujer. En el libro de Kazantzakis, Cristo sueña que ama a Marta y María, las hermanas de Lázaro. Ya... diez minutos de sueño para soñar la vida... es justo, es hermoso. El resto de la noche ¿cómo lo pasaste?

La celda era una celda desnuda, sin ni siquiera un catre. Me habían puesto una manta en el suelo. Estaba esposado. Siempre esposado. Durante un rato estuve así esposado, tumbado en el suelo. Luego me levanté y me puse a hablar con los guardianes. Mis guardianes eran tres suboficiales jóvenes, sobre los veintiún años. Tenían el aspecto de buenos chicos y no me demostraban ninguna hostilidad, más bien parecían tristes por mí, abatidos por la idea de que dentro de poco me fusilarían. Para darles ánimos me puse a discutir de política. Me dirigía a ellos como si me dirigiera a los estudiantes en una manifestación. Les explicaba que no debían permanecer inertes, que tenían que combatir por la libertad. Y ellos me escuchaban con respeto. Incluso les recité una poesía que había escrito: Los primeros muertos. Aquella sobre la que Tedorakis ha compuesto una canción. Mientras la recitaba, ellos escribían los versos sobre los paquetes de cigarrillos. Luego, con el cambio de guardia llegaron otros tres, y tras éstos otros, entre los cuales había uno que cantaba en el coro de una iglesia. Me dejé arrastrar a un juego cruel. Le pedí que me cantase lo  que cantan en las misas fúnebres. Me lo cantó. Y yo, siempre bromeando, le dije: «Hay algunas palabras que no me gustan. Cuando cantes para mí en la misa de funeral, no digas estas palabras. Por ejemplo, no me llames siervo-del- Señor. Nadie es siervo de nadie. Ningún hombre debe ser siervo de nadie. Ni siquiera del Señor».Y él prometió que no cantaría para mí, aquellas palabras, que no me llamaría siervo-del-Señor. Luego abandonamos aquel juego cruel y pasamos a cantar algunas canciones de Teodorakis.

Alekos... ¿qué siente un hombre cuando le dicen que ya no le fusilarán?

Nunca me dijeron que se había suspendido la pena de muerte. Durante tres años no me lo dijeron. Y la pena de muerte, en Grecia, es válida por tres años. En cualquier momento, durante aquellos tres largos años, hubieran podido abrir la puerta de mi celda y decir: «Vamos, Panagulis. El pelotón de ejecución te espera». La primera mañana, yo esperaba que me fusilasen hacia las cinco o las cinco y media. Hasta la fosa estaba preparada. Cuando vi que pasaban las cinco y media, y las seis, y las seis y media, las siete, empecé a sospechar que había algo de nuevo. Pero no pensé que hubieran suspendido la ejecución; pensé que la habrían retrasado algunas horas. Tal vez el helicóptero había sufrido un retraso, tal vez el procurador se había encontrado con algún obstáculo burocrático... Luego, hacia las ocho, vino un pelotón a la puerta de mi celda. Y me dije: «Ya estamos», pero alguien dio una orden y el pelotón se alejó. En seguida me dijeron que aquella mañana no me fusilarían porque era la fiesta de la Presentación de la Virgen y, por tanto, no había ejecuciones. Me fusilarían al día siguiente, el 22 de noviembre. Volvió la espera del amanecer, y la segunda noche fue como la primera, y al amanecer estaba de nuevo dispuesto. Llegó  un oficial y  me dijo: «Firma la petición de gracia y no te fusilarán». Rehusé y, en el mismo momento en que rehusaba, oí a otro oficial que, secamente, daba una orden a los soldados: fuera. Y pensé: «Ahora sí que ya está. Ahora va en serio». Pero no sucedió nada y por la tarde me sacaron de la cárcel de Egina. Me llevaron al puerto militar y allí, con la motonave P21, me llevaron al despacho de la policía militar. Al de los interrogatorios. Allí había un oficial que me dijo: "Panagulis, los periódicos han anunciado ya tu fusilamiento. Ahora podremos interrogarte como nos gusta a nosotros. Te haremos decir todo lo que queremos y morirás bajo las torturas. Y nadie lo sabrá, porque todos creen que ya te han fusilado». Era sólo una perversa amenaza; aquel día no me torturaron. Al amanecer del 23 de noviembre, me hicieron subir a un automóvil y me dijeron: «Panagulis, las bromas han terminado. Te llevamos a la ejecución».Pero me llevaron a Boiati.

Alekos, me pregunto cómo te las has arreglado para mantener una mente lúcida después de haber pasado cinco años solo y sepultado en una caja de cemento un poco mayor que un lecho. ¿Como lo has conseguido?

Sencillamente, rechazando la idea de haber sido derrotado. Nunca me sentí derrotado. Por esto no dejaban de golpearme. Cada día era una nueva batalla. Porque quería que cada día fuese una nueva batalla. Nunca me he permitido a mí mismo caer en la inercia. Pensaba en mi pueblo oprimido y mi rabia se convertía en energía. Esta energía que me ayudaba a imaginar siempre nuevos medios para escapar. No quería huir por el simple hecho de huir, para no estar ya más en la cárcel. Quería huir para continuar mi lucha, para estar de nuevo con mis compañeros. Había entrado en la lucha decidido a darlo todo de mí, y la desesperación nacía de la certeza de haber dado demasiado poco, de haber hecho demasiado poco. Cuando Grecia fue trastornada por la dictadura, yo dije a mis amigos: «Mi única ambición es la de dar mi vida para poner fin a esta dictadura, mi único deseo es el de ser el último muerto de esta batalla. No para vivir más que los demás, sino para dar más que los demás». Y hoy, con toda sinceridad, puedo decir lo mismo a mis amigos y no me importa que nuestros enemigos lo sepan. Lo prefiero. No me hago en absoluto ilusiones de estar vivo el día en que se celebre la victoria, pero creo de todo corazón que llegará a celebrarse este día. Más para que esto suceda, tengo que seguir luchando. Y esta idea, junto a la idea de huir, me ayudó a no volverme loco.

Pero ¿cómo querías escaparte aquella tumba?

De las formas más increíbles. Ante todo, pensaba en la manera de enviar mensajes a mis compañeros... Aun sabiendo que había poquísimas probabilidades de que la fuga tuviera éxito, la idea no me abandonaba  nunca. Nunca. Mi principio era el de hoy: fallar es mejor que abandonarse a la inercia. Ahora te voy a contar dos tentativas que fallaron, pero que me parecen divertidas. Una tarde, los guardias abrieron la puerta de mi celda, a la hora de siempre, y no me encontraron dentro. Como había previsto, aquellos mentecatos se dejaron ganar por el pánico y empezaron a gritar, a resoplar, el acusarse recíprocamente, a buscarme en las paredes, en el techo y no pensaron en mirar en el único lugar donde hubiera podido esconderme: debajo del catre. Estaba bajo el catre y me divertía mucho escuchándoles: "Eres tú quien ha entrado en la celda esta mañana». Y el otro: «¡Eres tú el que tiene las llaves!» «¡Basta, no nos peleemos! Pensemos más bien en encontrarlo.» Y corrió, fuera de la celda,  a dar la alarma: dejando la puerta abierta. Me lancé afuera y corrí, en la oscuridad, unos cincuenta metros. Me escondí tras un árbol. De este árbol pasé a otro, luego a la sombra de la cocina y de allí a la muralla. El campamento era un único grito: «¡Alarma, alarma!» También yo gritaba, pero diciendo: «¡Cesó la alarma!» Esperaba que alguien me oyese y lo creyera. Sólo me faltaba saltar el muro. Estaba a punto de hacerlo cuando un soldado me vio y me detuvo.

¿Cómo te sentiste cuando te detuvieron?

No muy feliz, claro. Pero no me enfurecí y pensé: no importa, la próxima vez irá mejor. La próxima vez fue con una pistola de jabón. Me la había hecho yo, usando miga de pan y jabón, y luego la había pintado de negro con la punta de las cerillas usadas. ¿Sabes? una cerilla cada vez, como si fuese una plumilla. El cañón lo  había hecho con el papel de un paquete de cigarrillos y parecía totalmente un cañón de metal. Una tarde entraron como de costumbre en la celda para traerme la comida y... les apunté con mi pistola. Eran tres. Se asustaron tanto que el que llevaba la bandeja, la dejó caer. En cambio los otros dos parecieron paralizados. Todo era tan cómico que no pude continuar: el impulso de reír era demasiado fuerte. No me creerás, pero si no hubiera sido por aquellas ganas de reír tal vez hubiera conseguido escapar. Pero me quedó el consuelo de haberme divertido. Que no es poco.

Pero ¿cuántas veces has intentado escapar, Alekos?

Muchas veces. Una vez, por ejemplo, excavando la pared de la celda con una cuchara. Era en octubre de 1969 y, en aquel tiempo, había logrado que me pusieran un water-closet en la celda. Y luego, con una huelga de hambre, conseguí también que me pusieran una cortina delante del water-closet. Elegí aquel lugar para hacer el agujero: la cortina me servía de parapeto. Trabajé por lo menos quince días y el 18 de octubre el agujero estaba hecho. Me introduje en él, pero no conseguí pasar al otro lado porque llevaba demasiadas ropas encima. Tuve que quitármelas, tirarlas fuera del agujero y meterme otra vez dentro. Esto me perdió. En efecto, pasó un guardia , vio los vestidos y dio la alarma. Inmediatamente cayeron sobre mí. El interrogatorio empezó en seguida. No querían creer que hubiese excavado la pared sólo con una cuchara. Me torturaron para saber cómo lo había hecho. ¡Oh, no puedes imaginar cómo me torturaron! Después de las torturas, me devolvieron a la celda y me quitaron hasta el camastro. Volví a dormir en el suelo, sobre una manta y esposado. Dos días más tarde reapareció Theofiloyannakos: «¿Cómo lo hiciste?» «Con una cuchara, ya lo sabes.» «¡No es posible! ¡No es cierto!» «¡Ya mí qué me importa si lo crees o no, Theofiloyannakos!» Y fue el principio de otros puñetazos, de otros puntapiés. Quince días más tarde, vino incluso un general, Fedón Ghizikis. Muy amable, muy educado. «No puedes quejarte, Alekos, si te tienen esposado. Después de todo has hecho un agujero en la pared con una cuchara.» Y yo: «¿No creerá usted a esos imbéciles? ¿No tomará en serio la historia de la cuchara? ¿Qué? ¿Acaso una pared es como un flan?» Le sentó mal. Y por aquello tuve que recurrir otra vez a la huelga de hambre. No querían devolverme el camastro ni quitarme las esposas. Por último me las quitaron y me devolvieron el catre, después de cuarenta y siete días de alimentarme sólo con algunas gotas de café. Escribí una poesía.

¿Cuál?

La que se titula «Quiero»:

Quiero rezar
de la misma manera que quiero blasfemar.
Quiero castigar
con la misma fuerza con que quiero perdonar.
Quiero dar
con la misma fuerza con que lo quería al principio.
Quiero vencer,
puesto que no puedo ser vencido.

Pero ahora te contaré otra tentativa. La de finales de febrero de 1970. En enero me habían trasladado al Centro de Adiestramiento de la policía militar en Gudí y entre los guardias había un amigo. Planeé en seguida una nueva fuga. Mi celda estaba cerrada con dos candados. Le pedí a mi amigo que comprara en  el mercado todos los candados que pudiese, parecidos a aquellos dos. Y junto a los candados, las llaves. Me trajo un centenar. Las probamos una por una y una de ellas era la que buscábamos. Pero abría sólo un candado, evidentemente. Había que encontrar la segunda. Le dije que volviera al mercado y que comprase más candados. Lo hizo y, dos días después, el 18 de febrero, estaba él de guardia: de las ocho a las once de la mañana, de las diez a la medianoche más tarde. Empleamos la mañana probando los nuevos candados y encontramos la llave que abría el segundo candado. Me volví loco de alegría: escaparía aquella noche. Más bien nos escaparíamos porque él no podía quedarse allí después de la fuga. Todo estaba preparado. Parecía imposible ningún fallo. Y, sin embargo... Dos horas después, hacia las once de la mañana, fueron a buscarme y me llevaron de nuevo a Boiati, donde me habían construido una celda especial. De cemento armado. El traslado a Gudí, ahora lo comprendía, había sido sólo mientras me construían la nueva celda. Una celda segura, de cemento armado.

¿La celda en que estuviste  hasta el otro día?

Sí. Y me encerraron allí. También de esta celda intenté huir. La primera vez, el 2 de junio de 1971. Entonces me trasladaron de nuevo al Centro de la policía militar, pero también aquí intenté la fuga: el 30 de agosto. Fue la fuga que tuvo más publicidad porque estaba implicada Lady Fleming y siguió todo aquel proceso. Mira, el secreto es no resignarse, no sentirse nunca una víctima, no comportarse como una víctima. Yo nunca me he hecho la víctima, ni siquiera cuando me  consumía por las huelgas de hambre. Siempre he imaginado nuevas soluciones para escapar y siempre me he mostrado de buen humor o agresivo. Aunque reventara de tristeza. La tristeza... La soledad... La que he contado en aquel libro de poesía que ganó el premio Viareggio. Mira: a la soledad se la vence con la fantasía. Cuántas vidas he parido en mi mente intentando vencer la soledad. Y cuán intensamente he vivido cada vida a través de la fantasía.

Alekos, una vez conseguiste escapar, ¿no?

Sí, con Jorge Morakis, que por culpa mía ha sido condenado a dieciséis años de cárcel y ni siquiera se beneficia de esta amnistía porque está condenado como desertor. Jorge Morakis era un joven suboficial y me ofreció espontáneamente su ayuda. Oh, fue muy divertida mi fuga con Morakis. Yo iba vestido de cabo y llevaba en la mano el manojo de llaves de todas las celdas. Cuando llegamos a la última puerta, tiré las llaves al soldadito de guardia y le dije: «Abre la puerta, quinto». El soldadito no me reconoció. Abrió, y hasta le ordené que no diera los «quién vive» en caso de que volviéramos atrás. Comprende, siempre había la posibilidad de que algo no marchara y de tener que regresar a la chita callando a la cárcel en caso de no poder saltar  el muro. La última puerta nos llevaba dentro del  campamento militar; para salir de allí no había más que saltar el muro. Aunque el muro era muy alto y rematado por  alambre espinoso. Me incliné, Morakis subió sobre mis espaldas y saltó el muro. Luego Morakis me tendió los brazos y ¡fuera! A pasear por Atenas. ¡Lástima que nos cogieran cuatro días después! Me detuvieron en casa de un traidor, Takis Patitsas. Este Patitsas tenía relaciones con la Resistencia griega desde 1967. Trabajaba en una agencia de viajes y nos había proporcionado algunos pasaportes robados. En los interrogatorios me habían también torturado para saber algo de él y, naturalmente, no hablé. De hecho, a Patitsas no le habían detenido nunca. Después de la fuga fui a su casa absolutamente confiado. Pensaba quedarme sólo algunos días. El tiempo de obtener información y contactos con mis compañeros de la Resistencia griega. Me recibió con besos y abrazos, pero al día siguiente abandonó la casa donde me hospedada y no volvió hasta pasadas cuarenta y ocho horas. Hablamos, comimos juntos, y a la mañana siguiente salió diciendo que iba a trabajar. Pero no fue a trabajar. Fue a la comisaría y entregó las llaves. Y me detuvieron así: abriendo la puerta con las llaves de Patitsas. Como compensación recibió una tajada de quinientas mil dracmas. Unos diez millones de liras. Hablemos de otra cosa por favor.

SI, hablemos de otra cosa. Hablemos de Papadopoulos.

Mira, yo no puedo tomarme en serio al tal Papadopoulos. Es un tipo al que sólo se puede comprender analizando su historia. Una historia que demuestra en seguida lo deshonesto, mentalmente enfermo y mentiroso que es. Durante seis años no ha dicho más que mentiras,  ¡y cuántas veces se lo he escrito para vomitar mi disgusto! Sabes, aquellas cartas que le daba al director de la cárcel. En cada una le llamaba cómico, payaso, ridículo, bufón, criminal y enfermo mental. No creas que estoy exagerando o que me deje llevar por la ira. Todas estas cosas resaltan abundantemente en su biografía. Es el capitán que participó en el golpe de Estado, fallido, de 1951, con los bergantines “Cristeas” y  “Tabularis”. El que, como teniente coronel, fue secretario de la comisión que preparó el famoso Plan Pericles con el que intentaron falsear los resultados de las elecciones de 1961. Cuando el gobierno democrático ordenó una investigación sobre el Plan Pericles, aquel cretino contestó que no conocía la sintaxis griega y por tanto no podía ser el responsable. Encontrarás esta noticia en los documentos oficiales, y publicada en todos los periódicos griegos de entonces. Fue él quien, a principios de 1965, llevó a cabo un sabotaje en su sección y luego torturó personalmente a algunos de sus soldados para que confesasen que se trataba de un sabotaje comunista. Estaba al frente de la oficina de propaganda y de guerra psicológica y todos saben que fue él el inductor del episodio en el que intentaron asesinarme en la cárcel. Que, por lo demás, es un hombre ridículo, lo  puede hasta demostrar el hecho de que ha hecho extensiva la amnistía a los torturadores. ¿Acaso esto no significa admitir que la tortura existía? ¿Y no equivale acaso a alentar otras torturas?

Si, pero esto no le impide estar en el poder y permanecer en él.

Mira, si me respondes que todo esto no excluye su capacidad para mantenerse en el poder, te replico con una observación. Cuando estuve en Roma vi una película en que aparecía Mussolini hablando a la multitud desde el Palazzo Venezia. Y me pregunté, asombrado, cómo había sido posible que los italianos hubieran dado crédito durante tantos años a un hombre tan ridículo y que hablaba de manera tan ridícula. Y Mussolini era un dictador poderoso y, a su modo, capaz. ¿Robar el poder y mantenerlo impide acaso ser ridículo? La diferencia entre Papadopoulos y Mussolini es que, buena o mala, Mussolini tenía una base popular. Papadopoulos, en cambio, no la tiene. Su poder se basa sólo en la Junta, o sea, en diez oficiales que controlan a todo el ejército. Es el pequeño líder de una pequeña pandilla. Y, además, va de mala fe. Se presenta hablando de revolución y, por si fuera poco, de democracia. ¡Democracia! ¿Pero qué tipo de democracia es una democracia donde uno se presenta a las elecciones solo, sin tener siquiera el pudor de inventarse un adversario y una oposición? Y dirás: pero tú estás fuera por la amnistía de Papadopoulos. Pero ¿no te das cuenta que se trata de un engaño, de una burla? ¿No comprendes que detrás de esta actuación se esconde una estratagema para prolongar la tiranía?

¿Que  piensas de Constantino, Alekos?

Siempre he sido un republicano, naturalmente, y no seré precisamente yo quien llore por Constantino. Además, creó las condiciones para ser expulsado del país cuando forzó a Papandreu a dimitir, en julio de 1965. No me interesa subrayar si Constantino me gusta o no. Me interesa saber si Constantino es útil en la lucha contra la Junta. Quizá sí. Porque tal vez Constantino tiene todavía influencia en algunas secciones del ejército; entre los oficiales sobre todo. Hoy por hoy no lo podemos ignorar. Y tampoco podemos plantear su problema. Ahora es un enemigo de la Junta y no tiene otra salida que la de continuar siendo un enemigo de la Junta.

Alekos, ¿crees que Papadopoulos os haya sacado para derrocarlo?

No. Él cree que no se está en condiciones de derrocarlo. Y aquí está su error, porque la resistencia en Grecia es una realidad. La gente participa en ella aunque por ahora sea de forma pasiva. Participa, por ejemplo, rechazando la dictadura por unanimidad. El compromiso asumido por todo el mundo político griego es el de seguir la voluntad popular. Y tal Compromiso se manifiesta no ayudando a Papadopoulos a legalizar su régimen. Estoy seguro que ningún político respetable, en Grecia, participará en la mascarada de las elecciones. Debe comprender que podemos derrocarlo. Papadopoulos no ha salido de una guerra civil como Franco; salió de un golpe de Estado. Cuando Franco llegó al poder sus opositores habían sido derrotados. Aquí es distinto. Aquí no ha sido derrotado nadie. Y, para que la dictadura termine, basta que el pueblo griego no se duerma como se durmió el pueblo italiano. El pueblo tiende siempre a dormirse, a resignarse, a aceptar. Pero basta muy poco para despertarlo. Tal vez me falte realismo, información, e incluso lógica. Pero si se habla de lógica, respondo: ¿desde cuándo la lógica ha hecho la historia? Si la lógica hiciese la historia, los italianos no se hubieran dejado fascinar por Mussolini, y Hitler no hubiera existido, y Papadopoulos no habría acabado en el poder. Sólo controlaba algunas unidades militares en Ática y algunas en Macedonia.

¿Cuál es tu ideología política, Alekos?

No soy comunista, si es esto lo que quieres saber. Nunca podría serio, puesto que rechazo los dogmas. Donde hay dogma no hay libertad, y, además, a mí los dogmas no me van. Ni los dogmas religiosos ni los político-sociales. Y aclarado esto, me es difícil colocarme un distintivo y decir que pertenezco a ésta o a aquella ideología. Sólo puedo decirte que soy un socialista; en nuestra época es normal, yo diría que inevitable, ser socialista. Pero cuando hablo de socialismo, hablo de un socialismo aplicado en régimen de libertad total. La justicia social no puede existir si no existe la libertad. En mi opinión, son dos conceptos inseparables. Y ésta es la política que me gustaría hacer si en Grecia tuviésemos una democracia. Esta es la política que me ha seducido siempre. Si perteneciese a un país democrático, creo incluso que me hubiera dedicado a la política; porque lo que ahora hago o lo que he hecho hasta ahora no es política: es sólo un flirt con la política. Y a mí me gusta flirtear, sí, pero el amor me gusta mucho más. Hacer política en una democracia se convierte en algo tan bello como hacer el amor con amor. Y ésta es mi desgracia. Mira, hay hombres capaces de hacer política sólo en tiempo de guerra, es decir, en circunstancias dramáticas, y hay hombres capaces de hacer política sólo en tiempo de paz, es decir, en circunstancias normales. Paradójicamente, yo pertenezco a los segundos. En resumen, entre Garibaldi y Cavour, prefiero a Cavour. Pero hay que comprender que desde el momento en que la Junta se hizo con el poder ni yo ni mis compañeros habíamos hecho política. Ni la haremos hasta que sea derrocada. No debemos ni podemos hacer política a menos que contemos con  una fuerza operante. Y esta fuerza operante es la resistencia, es decir, la lucha.

Alekos, tú dices que paradójicamente eres cavouriano. Desde luego, paradójicamente, puesto que como personaje político te has hecho famoso por un atentado más bien garibaldino. Alekos, ¿alguna vez has maldecido el día en que cometiste aquel atentado?

Nunca. Y por las mismas razones por las que nunca me he arrepentido de ello. Mira, me hubiera bastado decir en el proceso que estaba arrepentido y no me hubieran condenado a muerte. Pero no lo dije, como no lo digo ahora, porque nunca he cambiado de idea. Y pienso que tampoco cambiaré en el futuro. Papadopoulos es culpable de alta traición y de otros muchos crímenes que en mi país se castigan con la pena de muerte. No he actuado como un loco fanático y no soy un loco fanático. Yo y mis compañeros hemos actuado como instrumentos de la justicia. Cuando a un pueblo se le impone la tiranía, el deber de cada ciudadano es matar al tirano. No hay que arrepentirse y nuestra lucha continuará hasta que la justicia y la libertad sean restablecidas en Grecia. Hemos tomado un camino del que no se vuelve atrás.

Lo sé. Háblame del atentado, Alekos.

Era un atentado muy bien preparado, hasta los mínimos detalles. Lo había previsto todo. Tenía que abrir el contacto eléctrico de las dos minas a una distancia aproximada de doscientos metros. Las dos minas estaban bien colocadas. Las había fabricado yo. Eran dos buenas minas. Cada una contenía cinco kilos de TNT y un kilo y medio de otro material explosivo, el C3. Las había colocado a una profundidad de un metro a los dos lados del pequeño puente que el automóvil de Papadopoulos tenía que cruzar siguiendo la carretera que costea el mar de Sunio a Atenas. La explosión debía alcanzar una extensión de  cuarenta y cinco grados y abrir una fosa circular de aproximadamente dos metros de diámetro. Bastaría una sola explosión, la explosión de una sola mina, para dar en el blanco si el automóvil pasaba en el momento justo. Pero, por un error del compañero que la había colocado en el portaequipajes del automóvil, la mecha estaba anudada y enredada de tal manera que no se podía aprovechar más que unos cuarenta metros. El hecho es que no era posible abrir el contacto a aquella distancia porque no hubiera tenido ningún lugar donde esconderme. El único lugar donde podía esconderme estaba entre ocho y diez metros del puente. De todas maneras tenía que intentado. Comprendí inmediatamente los inconvenientes y los peligros de tal situación. Lo más grave es que no podía ver bien la carretera. Había hecho muchas pruebas, antes del atentado, y había elegido la posición a doscientos metros porque había notado que, cuando el automóvil quedaba entre el puente y yo, lo veía semioculto por una señal indicadora. Y aquél era el momento de hacer funcionar el contacto. En cambio, en la nueva situación, no tenía una buena panorámica de la carretera y, por tanto, no podía distinguir el automóvil en el momento en que hubiera debido encender la mecha. El otro inconveniente de mi nueva posición era que escapar de allí resultaría casi imposible. A lo largo de la carretera, cada cincuenta o cien metros había un guardia, y un poco más lejos, muchos coches policiales. Uno de ellos a no más de diez metros.

¿Y desde allí tenías que saltar al mar?

Exacto. Y una veloz gasolinera me esperaba, escondida, a unos trescientos metros. En seguida me di cuenta que escapar no era casi imposible, sino imposible, pero decidí hacerlo igualmente. Abrí el contacto y salté inmediatamente al agua. Nadé bajo el agua durante veinte o treinta metros. Luego saqué la cabeza para respirar y en seguida me di cuenta que no me habían visto arrojarme al mar. Los policías acudían desde todas partes hacia el punto de la explosión. Nadé un poco más y luego salí del agua para llegar a la gasolinera con más rapidez, avanzando por las rocas. Corría muy agachado, con la cabeza baja. Y de golpe vi que la gasolinera se alejaba, El plan preveía que me esperase cinco minutos, no más. Pero no me desesperé. El plan tenía una alternativa: si la gasolinera no hubiera podido venir o tuviese que partir antes de recogerme, yo me escondería en una roca hasta que fuera noche cerrada. Había muchos automóviles que me esperarían en diversos lugares y, saliendo de mi refugio, en la oscuridad, llegaría a uno de estos automóviles. Estaría incómodo porque no llevaría encima más que el traje de baño, pero esto no constituía un problema excesivo. Me escondí en una pequeña caverna y allí estuve dos horas. Dos horas durante las cuales la policía costera y la policía militar me buscaron sin descanso. Y durante aquellas dos horas  empecé a sentirme optimista: si no me habían encontrado hasta entonces, no me encontrarían nunca. Luego sucedió aquello que sólo se puede definir como fatalidad. Precisamente sobre la caverna donde estaba escondido había un oficial de la gendarmería. Oí que decía: «No está aquí, echemos una ojeada detrás de aquellas matas y busquémosle por la otra parte». Pero cuando iba a dirigirse hacia la otra parte cayó hacia atrás y... fue a parar precisamente delante de mí. Me vio en seguida. En una fracción de segundo cayeron todos sobre mí, golpeándome y preguntándome: «¿Quién eres? ¿dónde están los demás? ¿Quién ha escapado en la gasolinera? ¡Habla, habla!» Y golpes y más golpes cayeron sobre mí... Fingí ser mudo y no contesté a ninguna de sus preguntas. Entonces me cogieron y me metieron dentro de un automóvil y…

No continúes si no quieres. Ya es suficiente.

¿Por qué? Iba a decir que en el automóvil estaban el ministro de la Seguridad Pública, general Zevelekos, y el coronel Ladas. Un policía que me conocía desde hace tiempo exclamó: «¡Es Panagulis!», y los oficiales creyeron que era mi hermano Jorge. El capitán Jorge Panagulis al que buscaban desde agosto de 1967. Se pusieron a gritar: «¡Te hemos cogido, capitán. ¡Te costará la piel!» Necesitaron treinta horas para comprender el equivoco. Durante aquellas treinta horas me aplicaron los métodos de interrogatorio más brutales, más infames. Me decían: «Hemos arrestado a Alejandro, en Salónica. Y Alejandro sufre aún más que tú en estos momentos!» Me preguntaban también sobre oficiales que, naturalmente, no conocía. Me preguntaron, por ejemplo, por el general Anghelis, que era en aquel tiempo comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Querían saber si estaba implicado en el atentado y me torturaban para saberlo. Estaban aterrorizados y me hacían cosas terribles y me interrogaban de cualquier manera menos sistemáticamente: con histeria. Cuando por último comprendieron que yo no era Jorge sino Alejandro, se enfurecieron hasta tal punto que redoblaron las torturas.

No pienses más en ello, Alekos. Tal vez resulte atroz decirlo, pero todo ha ido como tenia que ir. Porque hoy eres un símbolo al que hasta los enemigos miran con admiración y respeto.

Te pareces a esos que dicen: «Alekos, ¡eres un héroe!» No soy un héroe y no me siento un héroe. No soy un símbolo y no me siento un símbolo. No soy un líder y no quiero ser un líder. Y esta popularidad me cohíbe, me turba. Ya te lo he dicho: no soy el único griego que ha sufrido en la cárcel. Yo, te lo juro, sólo consigo soportar esta popularidad cuando pienso que sirve lo mismo que hubiera servido mi condena a muerte. Pero, aun planteada así, es una popularidad muy incómoda y antipática. Yo, cuando me preguntáis «que-harás-Alekos», me siento desmayar. ¿Qué tengo que hacer para no decepcionaros? ¡Tengo tanto miedo de decepcionaros a los que veis tantas cosas en mí! ¡Oh, si consiguieseis no verme como un héroe! ¡Si consiguieseis ver en mí sólo a un hombre!

Alekos, ¿qué significa ser un hombre?

Significa tener valor, tener dignidad. Significa creer en la humanidad. Significa amar sin permitir que un amor se convierta en un ancla. Y significa luchar. Y vencer. Mira, más o menos lo que dice Kipling en aquella poesía titulada «Si». Y para ti, ¿qué es un hombre?

Diría que un hombre es lo que tú eres, Alekos.



Atenas, septiembre1973
“Entrevista con la Historia”
Editorial Noguer

Fuente: Daniel Gang