la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








Leyenda serrana: "La vaca, la vibora y los hombres" cuento de Rodolfo Dominguez




Enero de 1915. En las Sierras Grandes el maravilloso sol cae a pleno sobre las lomas blancas de flores de paja brava, todo es abundante, los durazneros se quiebran por el peso de los perfumados frutos. De las parras trepadas a los molles y talas cuelgan racimos de uvas verdinegras entre un zumbido de abejas.
El arroyo de Los Amargos baja apurado saltando en cristalinas cascadas por entre las cortaderas de cimbreantes plumeros, a la orilla entre el verdor de los sauces y mimbres las higueras negrean de higos y zorzales.
Las grandes majadas de cabra pastan estornudando bajo los montes de espinillos mientras los cabritos saltan de piedra en piedra alegres como niños.
Por el sendero trepa que trepa, al trote va la vaca colorada mugiendo de vez en cuando. A caballo y a prudente distancia la siguen don León y su sobrino Silverio. A esta vaca van tres años que se le mueren los terneros pero siempre tiene leche.
Entonces ayer decidieron encerrarla para ver hoy a donde los lleva.  Ajena a todo esto dicha vaca apura cada vez más el trote, mugiendo más fuerte y seguido.  Baja al arroyo, lo cruza y vuelve a subir, despeñando piedritas a su paso. Cuando llega al rodeo tramontana comienza a hurgar nerviosa con su hocico entre los fragantes matorrales de peperina pispa, desde donde comienza a asomar primero la cabeza y luego reptando lentamente todo el cuerpo una enorme víbora tan gruesa como el brazo de un hombre.
León y Silverio, que han dejado sus cabalgaduras han llegado a pie; no pueden creer lo que ven, la serpiente enroscada en las patas traseras de la vaca mama golosa mientras ésta la lame amorosamente entre suaves mugidos.
Luego de saciarse,  la víbora se desenrosca dispuesta a tomar un poco de sol para después volver a su escondite, pero los paisanos que salen bruscamente de su asombro la atacan violentamente a pedradras: una, dos, cinco, diez, hasta que el reptil deja de moverse.
A todo esto la vaca desesperada se acerca y se aleja sin saber que hacer,  los hombres jadeantes por el esfuerzo examinan a la víbora: de las heridas le sale leche a borbotones, al darla vuelta con un palo ven que en el lomo tiene pelos duros como cerdas.
Después de un largo rato deciden volver a sus caballos.
El sol ha comenzado a bajar hacia las lomas del río de Los Sauces, las sombras comienzan a trepar las sierras para bajar al día siguiente y en el arroyo de Los Amargos se oyen retumbar los balidos lastimeros de la vaca colorada.

Rodolfo Dominguez


Este cuento está basado en una leyenda serrana y también tiene su moraleja: la intolerancia por lo diferente. Una víbora no debe mamar de una vaca, por eso la matan, imagino que debe ser muy fuerte ver mamar una víbora de una vaca. La serpiente simboliza el mal. Eso es edénico, pero en realidad es un bicho como cualquier otro. ¿Entonces por qué no puede tener un vínculo con una vaca?

RD







Carlitos sin olvido, por José Pulido, Caracas febrero 2016, prólogo del libro "¡Bravo, Carlos Giménez!": entrevistas de viviana marcela iriart, textos de Carlos Giménez / fotografía portada Marta Mikulan-Martin













Hace poco tiempo Carlos Giménez estremecía y emocionaba los escenarios montando obras  de teatro que se convertían en acontecimientos de la cultura latinoamericana. Quienes fueron espectadores de aquella época teatral sienten que eso fue ayer nomás. Pero en realidad, los años pasaron como una angustiosa tromba, tan aprisa, que hoy, cuando se menciona el nombre de Carlos Giménez, muy pocos individuos de las nuevas generaciones saben de quién se está hablando y por qué. El olvido es una injusticia.

Sin embargo, la memoria que envuelve como una matriz a Carlos Giménez, está allí, consolidándose en hemerotecas y bibliotecas, en la historia del teatro mundial y latinoamericano. Y siempre habrá alguien transitando los ámbitos de los archivos y los recuerdos. Alguien que perennemente se encontrará con Carlitos y sus hazañas en el arte y lo mencionará y lo hará renacer.

Con su trabajo elaborado en un nivel que suscitaba admiración y asombro, Carlos Giménez  logró que resultara imposible olvidar su obra y su carismática persona. El día que captó la atención de una creadora llamada Viviana Marcela Iriart, se puso en marcha la maravilla de incorporar la palabra del espectador al proceso mágico y emocional del teatro.

Transcurrieron los años sin ese teatrero portentoso y siguen transcurriendo con ese vacío, pero ahora Viviana se ha dedicado a buscar la opinión de muchos latinoamericanos sobre lo realizado por Carlos Giménez en el teatro, y muy particularmente en la escena venezolana.

Ella ha logrado que mucha gente saque a relucir sus recuerdos, sus vivencias con Giménez y eso enriquece esta memoria y ahuyenta el olvido. Porque cada persona escogida conoció a Carlitos, lo trató, lo vivió como una temporada dinámica, transformadora y muy especial del arte escénico.

Leonardo Azpárren Jiménez dijo algo tan auténtico y sincero que vale la pena reproducirlo aquí:

 "La muerte de Carlos Giménez significó para el teatro la pérdida de su dirigente más importante y más temido, incluso por las instancias gubernamentales. Porque más allá de su labor como director, que fue sumamente importante porque nadie pudo ser y nadie podrá ser indiferente a sus criterios sobre la puesta en escena y sobre la forma como él construía sus espectáculos, supo ser un gran dirigente con una marcada influencia social. De tal manera que el teatro venezolano no ha vuelto a tener una persona como él. Yo, que lo critiqué duro y que la gente en el mundo del teatro sabía que no había una sintonía buena entre nosotros dos, reconozco que su ausencia es una de las peores cosas que le ha ocurrido al teatro venezolano”.

En medio de sus reflexiones honestas y certeras, Marta Candia dijo “Hola Carlitos, no estoy recordándote porque siempre estás en el tiempo que pasa tan rápido...”. Y por su parte, Sonia Martin también le habló al hombre y su recuerdo: “Viniste a este mundo a hacer lo que tenías que hacer y lo has hecho perfecto. Te puedes ir con tranquilidad y los honores te los pondremos nosotros, los que te admiramos”.

Cada persona motivada por Viviana Marcela Iriart, fue haciendo un retrato de Giménez, un perfil revelador y eso se verá, más temprano que tarde, como un álbum valioso de la familia latinoamericana. No hay alabanzas inmerecidas ni descripciones exageradas: sólo reconocimientos de un espíritu y de una obra colocados en la justa balanza del arte.

Pilar Romero,  una de las mejores amigas y compañeras de teatro de Carlos Giménez en Venezuela expresó: “Es el gran ausente de la escena venezolana. En la época de los festivales internacionales estaba en Caracas –sin muchos recursos- el mejor teatro del mundo y Carlos siempre con su voz de mando decía ¡Puerta libre!  Era teatro del primer mundo sin tener que costearnos caros pasajes a tierras lejanas. Fueron banquetes artísticos…Tenía una generosidad que se perdía de vista”.

La actriz Norma Aleandro, cuyo talento es recordado siempre en Venezuela, comentó lo siguiente sobre Carlos Giménez:
“Es imposible no sentir la ausencia de un ser semejante, que ha dejado una huella imborrable en la cultura de un país y del mundo”. 

 Carlos era un ser humano tan individual que brillaba en cualquier oscuridad y bajo las luminarias del más intenso encandilar. Pero sabía unir a las personas en torno a una idea sin que se convirtiesen en masa amorfa, porque nada le gustaba más que la libertad de pensar por sí mismo.

Carlos Giménez hablaba con el sonido fascinante de la verdad, que en teatro se vuelve poesía y termina invocando al espíritu de Shakespeare. Su tono alcanzaba en los corazones la potencia y la belleza de una trompeta idónea para el juicio final.

 Nadie podría explicar con certera justicia por qué Carlos Giménez era tan creativo, inteligente y  carismático, aunque la lectura constante y profunda tuvo mucho que ver. Pero ese modo de ser que no se detenía en obstáculos y que lograba despertar lo mejor de cada quién será siempre una virtud misteriosa.

Cuando falleció tenía 46 años de edad y una trayectoria inimaginable: había estremecido los escenarios de varios continentes con el grupo Rajatabla del Ateneo de Caracas. Se dirá, con mucha razón, que un año de Carlos Giménez equivalía a una década. Pero esa sensación solo persiste en el ánimo de quienes tuvieron el privilegio de ver las obras que él dirigía. 


En una entrevista con Viviana Marcela Iriart, Carlos Giménez dijo:

 “…Invariablemente hay temas que me preocupan como el aspecto de la intemporalidad: el teatro no es un video, no es una película, sino algo absolutamente transitorio en su esencia. Sabemos que cuando baja el telón hemos visto una función que no volverá a repetirse nunca jamás”.


Caracas, febrero 2016




Ad Papam Franciscus epistolam, por Laureano Márquez, 4 de noviembre de 2016, Página oficial LM





Pater Sancte:
Qui dicit, est humili filius comoedum, indignos vos. Primo gratias ad cura tui in nobis (mejor sigo en español, S. S., no vaya a ser que las autoridades piensen que ando conspirando, porque acá, le cuento, todo acto de discrepancia es conspiración; toda disidencia, fascismo y toda protesta legítima, intento terrorista de golpe de Estado).
Su Santidad, el modelo político que actualmente vive Venezuela surgió enfrentando las fallas, carencias y olvidos de la democracia venezolana que tanto trabajo costó construir. Primero lo hizo a través de la violencia del golpismo y luego por la vía electoral. Ofreció mayor democracia y libertad; ofreció recuperar la dignidad ciudadana con avance y progreso para los olvidados y excluidos, pero terminó -como dice el refrán- siendo peor el remedio que la enfermedad.
Los venezolanos llevamos dieciocho años viviendo en el fracaso; nos hemos acostumbrado a vivir así. No es nuestro primer tiempo de decadencia; la hemos vivido antes, como usted sabe, conocedor de Latinoamérica como es; hemos tenido dictaduras más crueles, guerras civiles y la terrible guerra de Independencia, que fue cruenta y casi nos acaba. Sin embargo, nunca habíamos tenido un rumbo tan desatinado y peligroso, tan estudiadamente intolerante, tan pobre de ideas, valores y principios y, sobre todo, tan corrupto como el que padecemos los venezolanos hoy. Los indicadores que miden la felicidad ciudadana —que, según Bolívar, era el propósito de los gobiernos— están en el suelo: salud, seguridad, libertad de expresión, acceso a alimentación y servicios. En fin, Santo Padre, la calamidad se apodera progresivamente de Venezuela.
El concepto de derrota no es democrático, S.S. porque se supone que en democracia todos ganamos. Aquí llevamos dieciocho años viviendo en la derrota. Hemos aprendido a convivir con ella en todas sus formas. Para nuestro régimen, sus victorias no son parte de la coexistencia democrática; son operaciones militares en las que se humilla al vencido y que son usadas para cambiar las reglas de juego durante el juego. Aquí, desde hace dieciocho años, el que pierde lo pierde todo, incluso la condición de ciudadano y hasta de humano, para convertirse en apátrida, fascista y gusano.
Somos un pueblo de dura cerviz —como el israelita que adoró al becerro de oro frente al Sinaí— lentos en el aprender, con poca internalización de los valores democráticos en el espíritu. Aprendimos a vivir en la derrota, en la destrucción, pero hemos cambiado de opinión: hemos decidido no seguir suicidándonos —que también es un pecado el suicidio político—. Según todas las encuestas, alrededor del 80% de la población está muy cansada del sistema que padece. Pero resulta que, para nuestro gobierno, oponerse a él es terrorismo, recoger firmas es un delito, y solicitar el referéndum que la Constitución establece es imposible. Queremos ejercer nuestra “dignidad ciudadana” pero todos los caminos se cierran; marchamos “como corderos en medio de lobos”. Se dicen amantes del pueblo, pero en el fondo lo desprecian, sobre todo cuando éste cambia de opinión.
Como comprenderá, Santo Padre, una nación con tales padecimientos tiene desconfianza en el diálogo con quien ni siquiera cumple lo que establecen las leyes, que concentra todos los poderes y que se acostumbró al desafuero. Santo Padre: estamos dialogando, no para pedir nada que la Constitución no establezca. Por exigirlo, los ciudadanos son reprimidos, encarcelados en lugares horribles llamados “la tumba”, asesinados y encima cínicamente acusados de los crímenes de los que son víctimas. Y lo único que pedimos es votar.
Su Santidad: gracias por sus buenos oficios. Su paisano Borges amaba las etimologías. Diálogo viene del latín y en este —tomada a su vez del griego—, dicha palabra significa: dia “a través” y logos “palabra o razón”. A través de la razón que expresan las palabras, dos personas hablan y acuerdan cosas. Para ello es indispensable considerar “persona” al otro. Creo que ahí esta el quid del asunto: los venezolanos queremos ser personas nuevamente.
Servus eius,
LM


Página oficial de Laureano Márquez: LM

Foto del Papa: selección de este blog. 



POCIÒN SUTIL, poema de Beatriz Iriart



                                    A Sonia M.Martin






Hechicera perfecta
de la palabra certera.
Tus zapatillas rojas
etéreas
mágicas
depositan la calma
en el mar impetuoso
de los interrogantes que me acosan 
ya sin palabras
ni huellas.












A NUESTRO PESAR, poema de Beatriz Iriart, obra de Susy Dembo











Caen las hojas del almanaque 

  y se desprenden íntegramente

los artificios de la humanidad. 

Las tenebrosas identidades

emergen
  
anexadas a la soledad
  
que se adueña de las quimeras.
  
Una vez más.



  








Obra: Susy Dembo