la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


Elisa Lerner: "La señorita que amaba por teléfono" (novela) / artículos de Alberto Márquez, Carlos Sandoval, Alicia Freilich; fotos de Roberto Mata, Beatriz González y Efrén Hernández / El Nacional, 9 de abril y 16 de diciembre de 2017; Ideas de Babel, 4 de marzo de 2017; Nuevo Mundo Israelita, 12 de mayo de 2017






Elisa Lerner: una vela encendida

Palabras pronunciadas con motivo de la presentación de la última novela de la cronista, La señorita que amaba por teléfono, editada por Fundavag en el 2016. La presentación estuvo a cargo de Alberto Márquez



Elisa Lerner. Foto Roberto Mata




Por Alberto Márquez
09 de abril de 2017

Leyendo, pues, a Lerner, celebramos las sucesivas muertes de un país. Ella tiene esa cualidad: nos induce al goce por la vía del descuartizamiento. No por nada se la ha llamado Sádica Elisa.
Milagros Socorro


La buena escritura tiene un ingrediente soñoliento que no siempre manejan los más espabilados: un misterio rápido como el vuelo de una mariposa inesperada y bella.Elisa Lerner


Les pido que no se vayan a asustar si comienzo por leerles las últimas líneas de La señorita que amaba por teléfono. Les aseguro no revelar nada que pudiera precipitar un desenlace, cuyo ocultamiento fuera capaz de arrebatarles parte del gozo de leerla. No es como esas películas trabajadas de tal manera que se prestan a la revelación de un acertijo que, de saberlo de antemano, acaban con el hechizo que nos mantiene pegados a la trama para saber qué va a ocurrir. Es como si le dijéramos a alguien que se acerca a una obra de Armando Reverón que el tema de un cuadro es, por ejemplo, digamos por caso, un cocotero. Ni siquiera si fuéramos más allá para decir que trata sobre la luz, la luz del trópico. En nada estaríamos perjudicando su acercamiento. Pero se me hace, en cambio, que tal vez pueda servir de ayuda al lector de esta novela entregar algunas claves que nos acompañen para no perdernos, aunque extraviarse un poco en su lectura también es un estímulo. Así termina este libro, la segunda novela de Elisa Lerner:


“Desde mi pequeña terraza —esperanzada— miro caer las hojas de un árbol catedralicio en el techo de zinc del edificio de enfrente como dulce llamarada de otoño tropical. Solo me inquieta la harina ignota, desconocida, que se apodera de la montaña cercana cuando comienza a llover. Temo que la montaña blanca oculte los recuerdos más íntimos del país”.


Este pequeño párrafo, de hecho las últimas líneas de la novela, tal vez sería suficiente material no solo para penetrar en el mundo que habita en estas páginas, sino también en la obra toda de Elisa. Hay escritores que parecieran haber nacido con una misión y que van tras ella contra todas las adversidades; con tonos diferentes, en géneros y modulaciones distintos, festivos o melancólicos. Ya lo escribió Truman Capote en el prefacio de Música para camaleones: «Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». La tarea de Elisa, la que tal vez desde su primera juventud se le impuso, fue la de hacer memoria. No es poca cosa en un país al que siempre se ha caracterizado justo por lo contrario: desmemoriado, olvidadizo, de pasiones pasajeras y efímeras. Y esta íntima, casi obsesiva necesidad, proviene del temor fundamentado de que se vayan perdiendo, irremediablemente, los recuerdos del país, es decir, su memoria, es decir, su alma. Incluso aunque no forme parte directa de la trama de su novela o asunto de su crónica hay una presencia, una vela encendida, el faro que ilumina eso que sin saberlo bien a ciencia cierta uno llama «lo venezolano». Y, por desgracia —para darle continuidad al párrafo que nos ocupa— somos un país tropical al que cíclicamente nos inundan las lluvias. Hemos conocido muchos períodos de oscuridad y ahora mismo pasamos por uno que ya se hace demasiado largo.

Este que hoy se presenta es, en verdad, un libro importante; para recordarnos lo que somos, para enfrentarnos con esos vicios evidentes u ocultos que no queremos ver de nosotros mismos. Armando Rojas Guardia, recientemente incorporado como individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, abordó en su discurso de incorporación las relaciones entre el centro y la periferia, argumentado su adscripción a una línea espiritual y literaria marginal y periférica que en Venezuela encara ese sentimiento de fracaso que, por muchas razones, entre ellas, la incapacidad para haber construido una institucionalidad moderna, encara sin subterfugios, de manera directa esa incompletud a la que estamos expuestos y, entre muchos ejemplos, pone a Rafael Cadenas y sus grandes poemas «Derrota» y «Fracaso» como paradigmas. Estas son sus palabras:

“Hay un sentimiento soterrado, y a veces muy explícito, en nosotros los venezolanos. Más que una conceptualización es eso, una suerte de sensación, un sentimiento: la sensación y el sentimiento del fracaso. Algo profundo en nuestro sentir colectivo se relaciona orgánicamente con lo fallido, lo truncado, lo abortado, lo desgarrado, lo desviado, lo extraviado (como una flecha que no logra dar en el blanco)”.

La obra de Elisa es igualmente paradigmática en este sentido. Pocos como ella en la crónica, el relato corto, el teatro y la novela se han enfrentado con eso que nos sobra y nos falta. Para decirlo con un verso de Juan Sánchez Peláez, a quien también convoco aquí por gran amigo de Elisa: «Prueba la taza sin sopa / ya no hay sopa / solloza hermano / prueba el traje / bien hecho a tu medida / te cuelga / te sobra por la solapa / nos falta sopa».

Los personajes de esta novela, en su mayoría, desembocan en destinos truncos, en lo individual, lo familiar y lo social, hombres y mujeres que terminan desviando el camino al que parecían apuntar, a veces desgastados prematuramente.

Sin embargo, como buena mujer de teatro, hay otros elementos que siempre enriquecen su escritura y que en La señorita que amaba por teléfono también disfrutamos con verdadera fruición: la grandeza de su lenguaje, sus largas frases llenas de vivacidad, la ironía que despierta todo lo que toca, la inteligencia y la gracia de sus metáforas, la modernidad —que es al mismo tiempo de conciencia y de palabra, la conjunción de lo grave y lo liviano, del peso y la levedad.

Creo que ningún otro escritor venezolano se hubiera atrevido a ponerle este título a un libro, más propio de telenovela. Solo Elisa, que se ha desplazado a su antojo y con audacia en la cultura popular, el cine y la televisión es capaz de hacerlo. Ese título es un gancho y un engaño. Ella sabe hacer que los lectores caigamos en sus redes. Se me antoja que esa señorita se parece mucho al país que nos da el gentilicio. Pero no me atrevo a afirmarlo. El libro que pronto tendrán en sus manos está hecho para ser releído. Su peligro: nos seduce con facilidad, pero no nos entrega tan fácilmente sus misterios. Mientras se avanza, cuando despertamos del magnetismo de su escritura nos asalta la pregunta: ¿hacia dónde vamos?, ¿en qué dirección? ¿Es novela, es teatro, es cuento, es crónica? Es todo eso y más: caja de resonancia, juego de espejos, concierto de voces, ensayo, en el sentido literario y teatral. Mejor aún, musical, a la manera de Fellini, donde todo se junta: realidad y ficción.

Ayer, mientras terminaba esta pequeña presentación y teniendo en mente las palabras de Elisa cuando dice que la literatura es un acto de resistencia, pensaba en la carga de verdad que tienen sus palabras y acompañan mucho en el momento que vivimos. La literatura y el arte en general como el sistema inmunológico del organismo social. Cuando vemos la aparición conjunta de libros tan buenos como este en un rango de edades y generaciones tan distintas, tenemos la certeza de los anticuerpos saludablemente activados en nuestro organismo. Ya vendrá el momento de hacer balances, pero estoy seguro de que en materia de creación pasamos por un etapa de esplendor. Ya se verá.

Quiero terminar con una anécdota graciosa y conmovedora que Elisa varias veces ha contado. La primera vez la leí en una aguda entrevista que le hiciera Milagros Socorro, amiga, gran escritora y excelente periodista.

“A esa edad (once años) mi padre me regaló unos zapatos muy lindos, abiertos en la punta y adornados con una trenza que remataba en un lazo. Me pareció que aquéllos eran zapatos de escritora y así se lo dije a mi padre: «Papá», le dije, «estos son zapatos de escritora. Ya estoy armada para ser una escritora”.

Hasta leer La señorita que amaba por teléfono no terminé de entender este cuento tan bello. Me parecía curioso que para el destino de una escritora los zapatos pudieran ser tan importantes. Pero es verdad, Elisa. Seguramente ya tu papá sabía que estabas armada para ser una escritora, una gran escritora, que a tantos nos has acompañado haciéndonos más amable y comprensible este trayecto, largo, para el que evidentemente no es suficiente con el lápiz. Hay que tener zapatos.


Alberto Márquez

9 de abril de 2017

Fuente: El Nacional




Elisa Lerner. Foto Efrén Hernández


Escolio sobre “La señorita que amaba por teléfono”

“Lerner maneja una compleja tesitura expresiva donde abundan las frases axiomáticas que cortan el ritmo de la dicción sin ralentizar las acciones, lo cual obliga al lector a detenerse para reflexionar sobre lo que se le cuenta o, mejor todavía, sobre el país representado”
Por Carlos Sandoval
16 de diciembre de 2017

Desde fines de los años cincuenta del siglo XX Elisa Lerner se ha ido labrando una prestigiosa reputación como cronista. A partir de los sesenta sumaría a esta carrera su vocación de dramaturga con dos piezas memorables y trascendentes: En el vasto silencio de Manhattan (1961) y Vida con mamá (1976). No obstante, Lerner se desenvuelve también con soltura en la narrativa: su primera novela, De muerte lenta, aparece bajo los sellos de la Fundación Bigott y Equinoccio en 2006; ahora Fundavag nos entrega La señorita que amaba por teléfono (2016), suerte de respuesta al clásico de la literatura venezolana del año 1924: Ifigenia, aquella otra señorita que escribía porque se fastidiaba. (Como dato, no deben olvidarse los textos narrativos de Lerner que integran Homenaje a la estrella, 2002).

Construida al ritmo de uno de esos deliciosos textos costumbristas que poblaron el imaginario de los lectores de fines del siglo XIX y de las primeras décadas del veinte, pero sin descuidar su estatuto ficcional (el costumbrismo, por el contrario, anudaba sus argumentos en hechos veraces de su momento), La señorita… reconstruye parte de la Caracas de los años 40 y 50 sobre la base de los valores de cierta clase media que en ocasiones perdía fuelle aproximándose a estratos sociales más bajos. La narradora relata pormenores de su infancia y juventud, y las vinculaciones que para su desarrollo físico tuvo el trato con personas de variada edad y condición. Por ejemplo, la novela se inicia con un pasaje relativo a una típica lección escolar de castellano muy valorada por la protagonista, pero no tanto por el conocimiento allí impartido, sino por la figura de la maestra: una dama rolliza de treinta años, apasionada por la palabra y la literatura, sin duda, pero también amante de los pasteles que elaboraban en una famosa panadería.

La novela, entonces, funciona como un Bildungsroman: el personaje cuenta y describe pormenores, pero al mismo tiempo fija experiencias que luego le servirán como equipaje simbólico para enfrentar diversas situaciones: el amor, la posible vida en pareja, los anhelos literarios. Así pues, esta señorita resulta, debo insistir, un estereotipo de la forma de ser de ciertas mujeres de aquella época, pero más aún de las caraqueñas de un contexto social específico.

Asimismo, deben destacarse en esta novela de aprendizaje los entresijos asociados al cumplimiento de una vocación literaria. La narradora detalla su entrada al mundo de las letras de una manera casi accidental y hasta jocosa, pero sin abandonar el sentido profundo de lo que esto significa: hacerse escritora en un medio por lo general refractario a esta actividad, más aún cuando es ejercida por una mujer.

Hay otros elementos interesantes; el más ostensible: el uso del lenguaje. Lerner maneja una compleja tesitura expresiva donde abundan las frases axiomáticas que cortan el ritmo de la dicción sin ralentizar las acciones, lo cual obliga al lector a detenerse para reflexionar sobre lo que se le cuenta o, mejor todavía, sobre el país representado.

Como se sabe, Elisa Lerner es una de las primeras escritoras venezolanas que incorpora enseres y materiales sígnicos de la cultura pop como base temática de sus crónicas. En esta novela esa estrategia resulta, por igual, sobresaliente. Y es que, tratándose de los aspectos simbólicos que rigen el imaginario del país, es difícil abstraer el peso que la cultura popular tiene entre nosotros. En los años que sirven de anclaje para las peripecias de esta simpática señorita el cine, la música, los comentarios de la prensa diaria y hasta los valores literarios tienen peso importante en su estructuración mental. Por analogía, son los mismos ideologemas del contexto, cristalizaciones, en fin, de rasgos identitarios.

Por otra parte, La señorita que amaba por teléfono tiene a Caracas como un personaje más de la trama. La novela evidencia los cambios físicos de la ciudad en un amplio arco temporal. En virtud de que los espacios nos construyen también como sujetos, la protagonista forja su personalidad en la medida en que se producen modificaciones en su ambiente. Esto imprime cierto dejo de nostalgia a la obra y aproxima el texto a ciertos territorios muy frecuentados por Lerner: la crónica.

De modo pues que la pieza deviene testimonio de un personaje, de una ciudad y de un país. Al mismo tiempo La señorita… es una novela que cuestiona el papel de la mujer en una comunidad marcada por idealizaciones masculinas y por torpes creencias sociales un tanto primitivas y, sin duda, provincianas. Una apasionante y apasionada travesía por la memoria.

Carlos Sandoval

16 de diciembre de 2017

Fuente: El Nacional






La señorita que amaba por teléfono FILMEMORIAL DE ELISA LERNER

por Alicia Freilich



Elisa Lerner. Foto Beatriz González




La obra de esta importante pensadora venezolana, contenida en crónicas, dramaturgia, ensayos, novela y cotidiana prosa oral, se sustenta en recuerdos que se tornan presente y futuro.

Quizá, esta recién publicada La señorita que amaba por teléfono (Fundavag Ediciones, Caracas, 2016) es su más directa, memoriosa y memorable autoficción en lo referido al cine que marca su vida y la de al menos dos generaciones. Porque al fondo de su secuencia revivida como ensueño personal están auténticos y ficticios episodios de un país con trasfondo histórico dictatorial de casi cien años, donde la voz crítica era íntima, secreta, confesada desde leves frases, medias palabras o metáforas, en cautelosos y súbitos silencios, recuento infinito de logros y derrotas proyectados en la adicción a películas de moda, con sus odios y amores de celuloide. Una sociedad que resolvía su mudez pública en el confesionario casero de los antiguos teléfonos. Es el tema de casi toda su prosa onírica tan original.

Este libro fílmico debe leerse casi en penumbras pues el foco luminoso emana de sus propias páginas que son sucesivas pantallas de imagen verbal. Elisa Lerner se convierte así en guionista, productora y camarógrafa de una cinta literaria para restaurar en tenues blanco, negro y color cepia bastante gris, a la Caracas aldeana que a veces huyó, encarnada en Teresa de la Parra y en algún trágico actor capaz de lograr escenas en Hollywood. Y también al contrario, a la ciudad parroquiana luego petrolizada que albergó sin reservas al sabio, artista o perseguido en su lar europeo, latinoamericano y cualquier lugar persecutorio, en urgencia por hallar cálido, amistoso refugio. Por paradoja, en sus casas coloniales, calles pueblerinas, habitantes pobres pero honrados y su élite de familias mantuanas, su radio elemental, dos salas de teatro, un hotel Majestic de breve existencia y en especial desde sus cines centrales y de barrio, en pleno primitivo gomecismo y luego en su fachada moderna perezjimenista, la capital fundó en su base, una urbe paralela cosmopolita capaz de absorber hasta la médula el sentido de otredad libre, un intercambio de exilios mentales que alivió la soledad opresiva ordenada por el entorno.

Todo esto y más allá de personajes y tramas autobiográficos o inventados, está en el fino sarcasmo reflexivo que recorre todo el texto, como remedo de una larga cuita telefónica, conversa prohibida por los rifles y la hipócrita moralina social.

Este filme para lectores detallistas, de perfecta escritura con su múltiple imaginario, puede explicar entonces por qué sumida en el tormento infernal del espionaje venecubano, con políticas mayormente fracasadas en todos los bandos, aún la nación venezolana puede irradiar contra la barbarie militarista, un sufrido pero muy heroico sector tan libertario y brillante como es el forjado por la creativa labor cultural opositora de nuestros días. Adentro y afuera.

Es porque su semilla resistente sigue milagrosamente sana y crece sin tregua en las claves de luz que desde un denso pasado entrega el arte memorioso, profundo, único de la Lerner.

Alicia Freilich

4 de marzo de 2017

Fuente: Ideas de Babel






Publicada por Fundavag Ediciones

Elisa Lerner presenta su segunda novela


Bautizada formalmente en marzo pasado en la Librería Kalathos del Centro Cultural los Galpones, y también en la Feria del Libro del Caribe (Filcar) realizada en la isla de Margarita, La señorita que amaba por teléfono está destinada, desde ya, a convertirse en un clásico de las letras contemporáneas nacionales

por Redacción NMI

Para nadie es un secreto que la de Elisa Lerner es una de las prosas de más altos quilates de la literatura venezolana, y más allá, como se comprueba en Así que pasen cien años, grueso tomo de más de 800 páginas que contiene todas las crónicas de la Lerner y que fue publicado el año pasado (ver NMI Nº 2011 enhttp://bit.ly/2q6DnP1 ). Es por ello que la aparición de su segunda novela no puede sino ser recibida con alegría, en un contexto que poco de esa emoción nos brinda últimamente. Y es una alegría que viene muy a propósito, pues esta novela rescata del olvido la memoria histórica del país.

Según palabras de Alberto Márquez, en la presentación de la novela en marzo pasado, “la tarea de Elisa, la que tal vez desde su primera juventud se le impuso, fue la de hacer memoria. No es poca cosa en un país al que siempre se ha caracterizado justo por lo contrario: desmemoriado, olvidadizo, de pasiones pasajeras y efímeras. Y esta íntima, casi obsesiva necesidad, proviene del temor fundamentado de que se vayan perdiendo, irremediablemente, los recuerdos del país, es decir, su memoria, es decir, su alma”.

Esta segunda novela de Elisa Lerner nos trae un espejo en el cual vernos como sociedad, con todos nuestros vicios y virtudes, que tanto nos cuesta reconocer. Por eso sus personajes suelen tener vidas truncas, destinos errados, que se hacen llevaderos gracias a una prosa cincelada en piedra de tan sólida y permanente, la cual mezcla sin fisuras los diálogos teatrales, las reflexiones ensayísticas, el lenguaje de altos vuelos poéticos y la rica tesitura de la novela.

Bienvenida, pues, esta nueva novela de Elisa Lerner con la que ganamos todos como país. Y si no, recordemos sus propias palabras: “¿No es la literatura ese país distinto al que se acude cuando la soledad de la historia hace casi inexistente ese otro donde se nace?”.



Redacción NMI

12 de mayo de 2017

Fuente: Nuevo Mundo Israelita










Donde comprar la novela: 












SINOPSIS

El retorno de la gran narradora que nunca se ha ido, la escritora que es también cronista de los tiempos y dramaturga de la intimidad. 
Un estilo proverbial que ya escasea, unas frases largamente descantadas. 
Una observadora de la escena social con ojo único, tan penetrante como revelador. 
Una figura intelectual hermanada con los albores de la democracia que irrumpe en 1958. 
Los personajes de ahora y de siempre, que ha urdido con profunda sensibilidad, retratos andantes de lo que somos: nuestras aspiraciones, si, pero también nuestras derrotas. 
Esa capacidad para desgranar la cotidianidad, para ver lo que pocos ven. 
Nadie piensa que en el gesto anónimo se nos va la vida, las creencias, los juicios. 
Nos hacen falta los retratos familiares, las apetencias amorosas, las voluntades que se apagan. 
Nuestra épica mínima, que tanto dice de nosotros, opuesta a los grandes fastos que nos aplastan. 
Mas y mas subjetividad. Mas y mas introspección. 
Los demonios, antes de entrar en la escena pública, los vamos alimentando con nuestras propias desgracias. 
Pero también los sentimientos que nos ennoblecen como cultura. 
Una narradora que ha venido para descubrirnos lo que nosotros mismo nos ocultamos, ya sea por vergüenza, ignorancia o cobardía. 
Nuestro espejo podría ser el de una señorita que hablaba por teléfono.
Fuente: Amazon



Biografía de Elisa Lerner en: Out of the Wings

Algunos libros de Elisa Lerner en : Goodreads








CINE: “ACIERTOS 2017” por Luis Sedgwick Báez, Caracas, 13 de diciembre de 2017









A Jeanne Moreau, la mítica Catherine de “Jules et Jim”y su “vendaval de la vida”, en recuerdo de aquél día feliz, de afinidad compartida, por los lados de Washington D.C.

In Memoriam






2017 fue un año nefasto. La Naturaleza, amoral, con la furia de sus cuatro elementos devastó vidas, lugares. Lo más tenebroso del ser humano salió a relucir en actos de violencia extrema, terrorismo y matanzas a mansalva amén de gente desaparecida, desplazada. Y el cine? Muy bien, gracias! Los films los he visto por aquí, por allá. No los he visto todos, uno quisiera (incluso varios venezolanos) que, de haberlo hecho, quizás estuvieran en la lista. Que el 2018 nos sea más amable y nos acerque un poco más de tranquilidad, una palabra lugar común, mil y una veces elusiva como inasible.


 1)    La forma del agua” (EEUU) de Guillermo del Toro

Una muda (Sally Hawkins) se enamora de un “monstruo” descubierto en el Amazonas y cuya reciprocidad en las lides al amor es mutua. Este personaje es objeto de investigación  en un laboratorio de Baltimore y donde los rusos (estamos en la Guerra Fría) también quieren una tajada de la torta científica. Un film magnífico, con una extraordinaria puesta en escena, una sutil crítica social (estamos en los 1960), un film donde el amor todo lo vence, siguiendo la máxima de Virgilio “Omnia vincit amor”. León de Oro, Venecia.



 2)    “Dunkerke “(Gran Bretaña) de Christopher Nolan

 Un hecho histórico, un tanto relegado en el pasado pero últimamente sacado a relucir,  el concerniente a la evacuación de británicos atrapados y rodeados de alemanes en las costas de Francia en 1940 por parte de botes civiles. El film se centra en la evacuación desde tres perspectivas: por tierra, mar y aire. Los oficiales británicos al principio rechazaron la evacuación de los franceses, sus aliados, pero luego Winston Churchill insistió que también se les evacuaran. Un film de poco diálogo (los rostros denotan sus estados de ánimo), admirablemente dirigida y con efectos especiales de consumada experticia. Un gran montaje como quería y pregonaba Sergei Einsestein. El mejor film de Nolan hasta la fecha y uno de los mejores films de guerra.



 3)    “Zama” (Argentina) de Lucrecia Martel

 En un poblado desolado de la corona española, Diego de Zama (Daniel González Cacho) es el corregidor que aguarda del Rey el traslado a otro paraje lejos del tedio y la enfermedad. El film, basado en la novela culto de Antonio de Benedetto, es un estudio de una espera que nunca llega a través del espacio temporal plagado de crueldad y de los vicios inherentes a las personas. Con una puesta en escena de atmósfera opresiva y asfixiante, entre la selva y el llano, dirigida con aplomo  lejos de los vericuetos del cine convencional, y actuada acorde. Un film mayor.



 4)    ”Detroit” (EEUU) de Kathryn Bigelow

50 años después del incidente  ocurrido en el motel Algiers de Detroit en 1967, el film asoma de una actualidad alucinante. Durante los disturbios raciales ocurridos en esa ciudad, el líder vocal del grupo “The Dramatics” y un amigo deciden refugiarse en un motel donde conocen a dos chicas blancas que a su vez les presentan a dos afroamericanos. Los disturbios continúan en la calle y la policía irrumpe en el motel sometiendo a los presentes con torturas sicológicas y físicas causando la muerte de algunos de ellos. Narrada con el brío habitual de Bigelow  (“En tierra hostil”,  “Zero dark 30”) y con un guión altamente plausible.




 5)    “Caras, lugares” (Francia) de Agnés Varda

Junto con J.R. (un conocido fotógrafo), ambos recorren puntos únicos de una Francia rural, entrevistando a los lugareños con sus respectivas fotografías ampliadas en grandísimo formato cubriendo con ellas paredes, fábricas, objetos. El documental (con reminiscencias de su ”Daguerreotipo” de 1976) está  impregnado de una nostalgia sensible, aguda inteligencia y premonición del final de la vida, es la mirada de una cineasta, vanguardista a ultranza,  que, a sus 89 años,  proyecta su gran arte a través de la imagen, su musa incondicional. Ovacionada en Cannes donde obtuvo el “Ojo de oro”” al mejor documental.



 6)     “El cuadrado” (Suecia)  de Ruben Ostlund
 

Una sátira al mundo cultural, a sus integrantes y a sus financistas que no tienen la menor idea de lo que representa una obra de arte sino que buscan su inversión final. El director de un museo en Estocolmo (Claes Bang) se inclina por exhibir obras eclécticas contemporáneas. Con una vida privada caótica, una serie de malos pasos involuntarios le producen un clímax emocional y profesional, ambos nefastos. Una mirada lúcida a nuestro mundo convulsivo con escenas estrambóticas propias de Buñuel.



 7)    “Foxtrot” (Israel) de Samuel Maoz

La historia gira alrededor de las consecuencias ocurridas a una familia cuando le anuncian, equivocadamente, que su hijo falleció en la guerra. Una mirada furtiva sobre las relaciones familiares y amicales  vis-á-vis al perenne entorno latente de una guerra con sus vecinos árabes y cómo un solo hecho puede alterar, para siempre, la vida de los involucrados. El film produjo polémica en Israel donde la prensa local arremetió contra el film al mostrar hechos que el ejército no quería divulgar. León de Plata, Venecia.



 8)    En la playa de Chesil” (Gran Bretaña)  de Dominique Cooke

Las novelas de Ian McEwan se prestan para ser trasladadas a la pantalla, por su trama, por su observación del comportamiento humano y muchas han seguido ese camino En el día de su matrimonio, una pareja (Saorsie Ronan, Billy Howle) festejan el acontecimiento en un hotel frente a la playa. Momentos antes de consumar el acto sexual la tragedia irrumpe. En escenas a través del tiempo sabemos de sus vidas. Saorsie Ronan es la frígida e insegura novia con aspiraciones a crear un cuarteto de música clásica, exuda en todo momento sensibilidad y una presencia, por siempre luminosa.



 9) “El peor hombre el mundo”  (Venezuela) de Edgar Rocca

Al comienzo de la treintena, un joven (Alex da Silva) se replantea su vida y pondera su avenir recurriendo a su alter ego, un chino argentino y a su siquiatra para resolver sus ditirambos amorosos  con las mujeres. Provista de un guión inteligente, esta comedia con tintes autobiográficos y  con reminiscencias de Woody Allen es también un homenaje a los grandes nombres del celuloide (actores, directores) que revela un conocimiento de la historia del cine. Opera prima y un éxito de taquilla.



 10) “Ex libris” (EEUU)  de Frederick Wiseman

Haciendo honor a su apellido, “hombre sabio” y después de 50 años en el mundo del documental y tal vez su último debido a su edad y donde culminaría con broche de oro su ilustre trayectoria, Wiseman enfoca su lente en la Librería Pública de Nueva York: su gerencia cultural e interactuando con los usuarios, su labor social, filantrópica,  a través de sus varias dependencias. Las palabras tienen su vida secreta como diría Isabel Coixet y los libros ahora son digitalizados. Un film imprescindible para los que aún tienen capacidad para reflexionar, crear, imaginar. Premio Fipresci, Venecia.



 11) “Las guardianas”  (Francia) de Xavier Beauvois

Con la Primera Guerra Mundial como marco de referencia histórica, una joven campesina (Laura Smet) encuentra trabajo con una familia liderizada por una matriarca (Nathalie Baye) que todo lo tapa para proyectar una familia rural respetable. Los hombres se van a la guerra y las mujeres quedan y las intrigas aumentan. Un film sobrio y con una narrativa que nunca decae.




 12) “Desaparición“ (Irán) de Ali Asgari
 

Una joven pareja, ella tiene su primera experiencia sexual con contratiempos en su cuerpo y él, que la acompaña de hospital en hospital con argucias para no revelar que no son casados, encontrando obstáculos burocráticos, sociales y culturales  con la presencia siempre ominosa de una sociedad pletórica de tabúes hacia la mujer en el Irán contemporáneo. Un film valiente.





Mejor director: Christopher Nolan por “Dunkerke”














Mejor actriz: Helena Bonham- Carter por “55 pasos”  (EEUU) de Bille August.














Mejor actor: ex aequo Gary Oldman por “La hora más oscura”  (Gran Bretaña) de  Joe Wright  




















y Louis Garrel por “Le Rédoutable”  (Francia) de Michel Hazanavicius.




       














Caracas
13 de diciembre de 2017




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Herencia salvaje de Carlos Giménez, por E.A.Moreno Uribe, El Universal, 7 de diciembre de 2017



 




Si el Sida no lo hubiese quitado del camino, ahora tendría 71 años y habría materializado muchos de sus proyectos artísticos y personales los cuales coincidían en uno solo: el definitivo desarrollo del teatro venezolano, el cual por ahora tiene que esperar unos años más. Pero de aquel  Juan Carlos Giménez Gallardo solo nos quedan millones de recuerdos en las memorias de quienes lo conocimos y aplaudimos sus experimentaciones teatrales, sin desechar algunos pocos textos sobre su innegable y valioso periplo existencial, además de la contundente huella física de unos valientes seguidores al no salir o huir del provisional edificio que el Ministerio de Obras Públicas (MOP) construyó como galpón para el Ateneo de Caracas, en una parcela ubicada en el lado norte del Teatro Teresa Carreño.
Ahí, en esos tres pisos de un pequeño edificio de ladrillos rojos, está la sala y la sede administrativa del que fuera el grupo teatral más importante de finales del siglo XX, Rajatabla, muy venido a menos ahora tras la desaparición de su fundador, en 1993, y la muerte del inolvidable gerente general, Francisco Alfaro, en 2011.  En el edificio Rajatabla, como se le conoce desde 1983 –con un busto metálico de Carlos Giménez en la plazoleta de entrada a la edificación– se realizan, desde 1984, unos intensos y hasta originales talleres para la formación actoral, los cuales han servido para el debut de centenares de actores y actrices. Toda la gloria artística de los montajes de Rajatabla se habrá perdido o sustituido, pero esa cantera de preparación artística ha permanecido, en medio de las más difíciles circunstancias, de las cuales hemos sido testigos, porque la formación del recurso humano del teatro venezolano no cesa, es como el relámpago del Catatumbo pero en lo teatral, bajo la mirada oportuna de William (José Rosario) López, el relevo en las lides administrativas.
Y es por todo esos trabajos colectivos que en estos días se presenta el espectáculo de grado de la promoción XXVII del Taller Nacional de Teatro  (TNT 2016-2017) de la Fundación Rajatabla, en honor al actor Antonio Delli. Se trata del montaje Salvajes, cuyo texto está basado en la obra contemporánea de teatro chileno En la oscuridad de Marcelo Arcos, y en la novela Detectives salvajes de Roberto Bolaño Roberto (Santiago de Chile 1953/Barcelona 2003), bajo la adaptación y dirección general de Luis Domingo González. Las actuaciones están a cargo de los egresados del TNT 2016-2017: Luis Bolívar, Howard Madrid, Bárbara Ordóñez, Lady Villamizar, Nelly Sosa, Edison Mejías, Joel Madrid, Carlos Gallardo, Estefanote Ramos y Samelis Zabala.
En Salvajes –muy apropiado el  titulo para lo que enseñan los 90 minutos de la acción escénica– se plasma la cruda historia de dos hermanos a quienes la vida les impidió amar y aprendieron las peores formas para hacerlo; terminando perdidos en el laberinto de una sociedad devastada y fragmentada en innumerables trozos de vidrios rotos,  que nadie se atreve a recoger,  sin poder gritar con furia sus sentimientos; ellos encuentran en la muerte su único medio de liberación para amar, como explica, muy didácticamente, el director y versionista  González, el mismo que acaba de realizar un arqueológico trabajo escénico con el  sainete El rompimiento, de Rafael Guinand, para la Compañía Nacional de Teatro.
Ante una sociedad venezolana que juzga con todos sus cánones, esta pieza teatral Salvajes plantea como es imposible la posibilidad eterna de amar y como lo que más parece unir a dos personas es lo que termina separándolos trágicamente. Así mismo propone cómo la memoria y los sufrimientos del ayer parecen ser un vago recuerdo del pasado; cuando en realidad siguen latentes en el presente, ya que sólo se cuenta con una esperanza futura que es abrumadora, difusa, y hablamos de la Venezuela que nos atormenta, reitera González, cuyo espectáculo fue iluminado por David Blanco y producido por Rajatabla.
El montaje, que se desarrolla en un espacio escénico en negro y a la italiana, únicamente tiene como dispositivo escenográfico una docena de sillas cubiertas por bolsas plásticas negras, esas que se utilizan para recoger basura o restos humanos. Ahí posible ponderar el vigor físico de ese grupo de muchachas y muchachos que martillan los oídos y las conciencias de los espectadores con sus textos desgarrados y desgarradores, ya que aunque el lenguaje es poético y hasta rudimentario, la incesante movilidad de los interpretes recrean imágenes que no dejan nada a la imaginación por la truculencia de las mismas y por la veracidad de sus contenidos.
Es innegable el trabajo físico y artístico de este elenco de graduados, quienes además demuestran un compromiso sociopolítico poco frecuente. No hay duda que han utilizado muy bien las líneas que les dejó Bolaños y que además Arcos les aportó. El director González es, pues, el artífice de ese experimento artístico que merece ser visto, aplaudido y comentado .No todo se ha perdido y el teatro no se detiene.
Recomendación 
Este grupete de jóvenes egresados –sus edades promedio no superan los 23 años– deben asociarse y continuar trabajando juntos, porque si se dispersan se les hará imposible reagruparse.
Hace 24 años de la desaparición física de Carlos Giménez, pero resulta que él dejó uno de los proyectos pedagógicos más importantes en la historia del teatro en Venezuela, hasta ahora. El Taller Nacional de Teatro desde su creación hasta la fecha ha formado más de un centenar de actores y actrices. Hay que  hacer estudios sobre ese TNT, hacerle promoción y el valor que se merece debido a la calidad de enseñanza que reciben los alumnos, por fomentar la idea de la actuación como una profesión y por colaborar con el desarrollo de las artes escénicas en nuestro país, como comenta una ex alumna.
La falta de instituciones privadas en las tareas formativas es lamentable, pero ahora se gesta un experimento que puede ser histórico, tal es el proyecto de Escénicas, en la Montaña Creativa, donde Gerardo Blanco lleva la batuta, acompañado de José Tomás Angola Heredia y Matilde Corral, entre otros. En el teatro venezolano se sueña y se construye otro país, y en ese colectivo participamos muchos.
 emorenouribe@gmail.com
@EAMORENOURIBE
 7 de diciembre de 2017

Fuente: El Universal





Nota: Los enlaces fueron agregados por este blog

Carlos Giménez: web

Agradecemos profundamente a la escritora Elisa Lerner 
por habernos enviado este artículo.






Mario Vargas Llosa defiende a las mujeres: "Eufemismos que esconden el abuso sexual" / Washington,20 de noviembre de 2017, La Nación , El País


 

No alcanza con hablar de "conductas impropias" cuando se habla de hechos aberrantes que hoy comprometen a célebres figuras del espectáculo y la política


Depredadores sexuales


"A lo largo de muchos siglos, las mujeres 
han sido víctimas por el simple hecho de 
ser mujeres (...)  Por fin las cosas 
comienzan a cambiar."



Víctimas de depredadores sexuales




Washington D.C.- Desde que llegué a Estados Unidos hace una semana veo en los diarios y los programas de noticias en la televisión usar el delicado eufemismo "conducta impropia" para los abusos sexuales de todo orden cometidos por productores, artistas, políticos, a quienes el testimonio de sus víctimas está llevando a la ruina económica, el desprestigio social y podría incluso sepultar en la cárcel.
Inició esta estampida el caso de Harvey Weinstein, eminente y multimillonario productor de cine, ganador de todos los premios habidos y por haber, a quien cerca de medio centenar de mujeres, muchas de ellas jóvenes actrices que trataban de abrirse camino en Hollywood, han acusado de aprovecharse de su poderío en esta industria para violarlas o someterlas a prácticas indignas. Cuando algunas de sus víctimas lo amenazaban con denunciarlo, el magnate libidinoso usaba a sus abogados para aplacarlas con sumas de dinero a veces muy elevadas. Ahora, Weinstein se ha refugiado en una clínica de Escocia para seguir un tratamiento destinado a enflaquecerle la desmedida libido, pero la policía y los fiscales de Nueva York han anunciado que a su vuelta será detenido y juzgado. Entre tanto lo han expulsado de sinnúmero de asociaciones, le han pedido que devuelva muchos premios y, según la prensa, su ruina económica es ya un hecho
Parecida desventura ha vivido el actor Kevin Spacey, el malvado presidente de House of Cards, Frank Underwood, y ex director del Old Vic de Londres, que acosaba y manoseaba a los muchachos que se ponían a su alcance. Más de diez denuncias de actores o colaboradores de sus montajes teatrales, a quienes abusó, lo han puesto en la picota. Netflix ha cancelado aquella exitosa serie, lo han expulsado de sindicatos y colegios profesionales, le han retirado premios, anulado contratos y se cierne sobre su cabeza una lluvia de denuncias judiciales que podrían arruinarlo económicamente. Él también, como Weinstein, está ahora en aquella clínica escocesa que sosiega las libidos desorbitadas. Otros actores famosos, como Dustin Hoffman, asoman en estos días entre los famosos de "conducta impropia".





Un interesante debate ha surgido con motivo de estas denuncias y revelaciones auspiciadas por muchas asociaciones feministas y defensoras de derechos humanos. ¿La celebridad es atenuante o agravante de la falta cometida? Se cita el caso de Roman Polanski, el gran director de cine polaco que, hace varias decenas de años, drogó y violó a una niña de trece años en una casa de Hollywood -que le prestó otro famoso actor, Jack Nicholson-, a la que había citado allí con el pretexto de fotografiarla para una película. Descubierto, huyó a Francia -que no tiene acuerdo de extradición con los Estados Unidos-, donde ha proseguido una muy exitosa carrera de director de cine, coronada por muchos premios y celebrada por los críticos, muchos de los cuales censuran a la justicia norteamericana por perseguir con su vindicta, después de años, a tan celebérrimo creador.

Protesta contra los abusos sexuales en un homenaje reciente a
Polanski en París.  FOTO: GETTY

Yo, por mi parte, creo que no hay que mezclar el agua con el aceite y que uno puede aplaudir y gozar de las buenas películas del cineasta polaco y desear al mismo tiempo que la justicia de Estados Unidos persiga al prófugo que, además de cometer un delito horrendo como fue drogar y violar a una niña abusando del prestigio y poder que le había ganado su talento, huyó cobardemente de su responsabilidad, como si hacer buenas películas le concediera un estatuto especial y le permitiera los desafueros por los que se sanciona a todos los demás, esos seres anónimos sin cara y sin gloria que es el resto de la humanidad. Se puede ser un gran creador, como Louis-Ferdinand Céline o como el marqués de Sade, o como el propio Polanski, y una inmundicia humana que atropella y maltrata al prójimo creyendo que su talento lo exonera de respetar las leyes y la conducta que se exige a la "gente del común". Pero también es verdad que, a veces, el ser muy conocido y figurar mucho en la prensa despierta un curioso rencor, un resentimiento envidioso que puede llevar a ciertos jueces o policías a encarnizarse particularmente contra aquellos a los que, pillados en falta, se puede humillar y castigar con más dureza que al común de los mortales.

Uno puede aplaudir las películas de Polanski y desear al mismo tiempo que la justicia le persiga

Por eso mismo, el talento y/o la celebridad, que, no está de más recordarlo, no van siempre juntas, debería exigir una prudencia mucho mayor en la conducta de aquellos que, con justicia o sin ella, merecen o simplemente han logrado ser ensalzados y admirados por la opinión pública. Es un asunto delicado y difícil porque la popularidad ciega muy rápidamente a aquellos a quienes favorece -la vanidad humana, ya sabemos, no tiene límites- y les hace creer que de este privilegio se derivan también otros, como una moral y unas leyes que no le conciernen ni deben aplicársele del mismo modo que a esa colectividad anónima, hecha de bultos más que de seres humanos específicos, que los admira y quiere y debería por lo tanto perdonarles los excesos. La verdad es que ocurre lo contrario. Esos seres semidivinos, adorados ayer, mañana están por las patas de los caballos y la gente los desprecia con el mismo apasionamiento con que la víspera los envidiaba y adoraba.

Hace unas pocas horas escuché, en la televisión, a una señora que hace 40 años, cuando tenía l4 años, era camarera en un pueblecito de Alabama. Un cliente, que era juez y tenía 34 años -se llama Roy Moore-, se ofreció a llevarla a su casa en su auto. Ella aceptó. En el vehículo, el amable caballero se volvió una bestia, cogió la mano de la niña y la obligó a masturbarlo, explicándole que, si se atrevía luego a protestar y a denunciarlo, nadie le creería, precisamente porque él era un juez y un ciudadano muy respetado en la localidad. La jovencita nunca se atrevió a contar aquella historia, hasta ahora; pero no la olvidó y decía, sin atreverse a levantar los ojos, que había sido como un gusano que día y noche había vivido con ella royéndole la vida. Ahora, aquel juez es nada menos que el candidato a senador por el Partido Republicano en Alabama y por lo menos cinco mujeres han ido a la televisión a recordar abusos parecidos que padecieron en su juventud o niñez de aquel desaforado juez. Por lo menos en este caso parece que aquellos delitos no quedarán impunes. El propio Partido Republicano le ha pedido al ex juez que renuncie a su candidatura y, si no lo hace, las encuestas pronostican que perdería la elección.


En muchas partes del mundo la condición de la mujer
sigue siendo muy inferior
a la del hombre

A lo largo de muchos siglos, las mujeres, prácticamente en todas las culturas, han sido víctimas por el simple hecho de ser mujeres, un sexo que, en algunos casos, por cuestiones religiosas, y, en otros, por su debilidad física frente al hombre, eran las víctimas naturales de la discriminación, la marginación y la "conducta impropia" de los hombres, sobre todo en materia sexual. Por fin las cosas comienzan a cambiar, sobre todo en el mundo occidental, aunque en muchas partes de él, como América latina, la condición de la mujer siga siendo todavía, por el machismo reinante, muy inferior a la del hombre. En otros mundos, por ejemplo en el musulmán o el africano más primitivo, las mujeres siguen siendo ciudadanos de segunda clase, objetos u animales más que seres humanos, a los que se puede encerrar en un harén o someter a mutilaciones rituales para garantizar que tendrán una conducta sexual "apropiada". Un horror que tarda siglos de siglos en desaparecer.

20 de noviembre de 2017
Fuente: La Nación / El País



Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura en 2010. Nacido en Arequipa (Perú) en 1936, es periodista, escritor y político. Estudió Letras y Derecho y colaboró en varias publicaciones, siendo editor, entre otras, de la revista Literatura. Al mudarse a París, se incorporó en la Agencia France Press y también trabajó en la Radio Televisión Francesa. En tierras peruanas, Vargas Llosa entró en la escena televisiva y en el mundo de la política, siendo derrotado por Alberto Fujimori en las presidenciales de 1990. Su colaboración con EL PAÍS, siendo una de las firmas más reconocibles del periódico en el panorama internacional, se inicia en 1993. Nombrado miembro de la Real Academia Española en 1994, su obra ha sido traducida a más de 30 idiomas.






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