la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








"No puedo y no voy a cortar mi conciencia para adaptarla a las modas de este año..." Lillian Hellman (1905-1984)



 














(Nueva Orleans, 1905 - Martha's Vineyard, 1984) Comediógrafa y memorialista estadounidense. Su carrera artística está dividida en dos períodos muy distintos uno de otro y muy distanciados en el tiempo. El primer período trascurre desde 1934 hasta 1941, y está dedicado a la producción teatral. El segundo, entre 1969 y 1980, lo dedicó a cuatro libros de memorias. 

Sus años de infancia y adolescencia transcurrieron en Nueva Orleans, en un ambiente social acomodado. Posteriormente, la familia se trasladó a Nueva York, donde Lillian Hellman tomó parte en la vida intelectual y social de la metrópolis, descubrió su identidad judía y se casó con el agente teatral, guionista y comediógrafo Arthur Kober. Gracias a su familia materna, entró en contacto con el mundo de la alta burguesía, cuya condescendencia hacia ella le produjo a la vez fascinación e indignación.


En 1932 se divorció de Kober. Hellman conoció a Dashiell Hammet, comunista y refinado autor de novelas policíacas, y ambos trabajaron juntos en Hollywood como guionistas cinematográficos. Hammet contribuyó a que se afianzaran en ella inquietudes radicales y ambiciones artísticas. El primer trabajo teatral de Hellman, dedicado a Hammet, tuvo un gran éxito: La hora de los niños (1934); la obra representa el escándalo suscitado en una pequeña localidad de provincias norteamericana por las falsas acusaciones de lesbianismo proferidas por una alumna contra dos profesoras; el drama anticipó las delaciones políticas de la era de Mc Carthy, de las que fue víctima el propio Hammet. De ahí que, en 1952, se vuelva a poner en escena La hora de los niños, de la que Hellman destacó en primer plano sus valores políticos. 

Otras obras de gran éxito de Hellman son Crías de raposa (The Little Foxes), despiadada denuncia del mundo de los especuladores sudistas y Watch on the Rhine (1941), que trata de la pasividad norteamericana ante el fascismo. Crías de raposa, así como ya sucedió con La hora de los niños, fue llevada al cine por William Wyler, esta vez con la prestigiosa interpretación de Bette Davis. 

El poco éxito de un par de obras posteriores, y sus obligaciones como enviada especial a diversos países europeos, desvincularon a Hellman del teatro. Después de unos treinta años dedicados a diferentes actividades culturales y ricos en homenajes públicos tras la muerte de Hammet, ocurrida en 1961, el resurgir de las protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam y la administración Nixon reactivaron el antiguo radicalismo de Hellman. 

En 1969 apareció el primer volumen de memorias Una mujer inacabada (An Unfinished Woman); ya sin rastros de su anterior y denso naturalismo melodramático, característico de su producción teatral, Hellman exhibe un estilo fluido y brillante, con un aire hollywoodiense al estilo de los años treinta, evocador de las "parties" del Nueva York literario, los viajes a la Rusia estalinista y la España de la guerra civil. 

Los volúmenes siguientes marcan su retorno a la narrativa: Pentimento (1937), del que surgió la película (Julia) protagonizada por Jane Fonda y Vanessa Redgrave; Scoundrel Time (1976), Juguetes en el desván y Maybe (1980). En este último libro, la autobiografía se tiñe de novela, y el problema de la reconstrucción precisa de los hechos adquiere connotaciones metafísicas. El recuerdo de episodios de la historia política norteamericana -el macartismo sobre todo, y la espinosa cuestión de las relaciones de los intelectuales con el comunismo, estalinista o no- provocó reacciones y acaloradas polémicas: entre ellas, la de una adversaria "histórica" de Hellman, Mary Mc Carthy.


 Fuente: Biografías y Vidas








Lillian Hellman, la mujer que se comió el siglo XX

A los 30 años de su desaparición el nombre de Lillian Hellman sigue ribeteado de acentos míticos. El libro 'Una mujer con atributos' reúne las memorias de la escritora.

 








 Su figura adquiere tintes legendarios cuando se repasa su biografía a lo largo del siglo XX. Lillian Hellman (1905-1984) escritora, autora teatral de éxito, periodista de primera línea, le tocó vivir un presente convulso y en primera persona algunos de los grandes acontecimientos históricos del pasado siglo: de la Guerra Civil española a los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial, de la eclosión del Hollywood dorado de los años treinta a la lucha por los derechos civiles; un itinerario vital recogido ahora en el libro Una mujer con atributos (Lumen) que reúne sus dos primeros libros de memorias, Una mujer inacabada (1969) y Pentimento (1973) y que cerrará con Tiempo de canallas (1973).

Cuando en 1977 el director Fred Zinnemann llevó a la pantalla las memorias de la escritora en la película Julia el rostro de la autora teatral quedó para siempre unido al de la actriz Jane Fonda, una traslación que sin duda mejoraba sustancialmente el físico original. El rostro de Hellman, raíces familiares sureñas y judías centroeuropeas, se hallaba bastante alejado de las armoniosas facciones de la actriz americana y más cerca de sus antepasados germánicos. La película recogía, entre otros episodios, una de las etapas más significativas de la escritora, su relación con el escritor y maestro de la novela negra, Dashiell Hammet –aquí interpretado por Jason Robards– y con el que viviría una larga relación sentimental con intervalos de separación (a causa principalmente del alcoholismo del escritor) hasta la muerte de Hammet en 1961.




Jane Fonda como Lillian Hellman en ‘Julia’.

 





Lillian Hellman y Dashiell Hammet formarán una de las parejas más brillantes y deseadas a caballo entre los escenarios de Hollywood y los bares de moda de Nueva York de los años treinta y cuarenta. Novelas como El halcón maltés, La llave de cristal y Cosecha roja convierten a Hammet en un escritor de éxito mientras su libro El hombre delgado adaptado para la pantalla y protagonizado por la pareja de detectives Nick y Nora Charles –en el cine William Powell y Mirna Loy– y la fox-terrier Asta da lugar a una popular saga cinematográfica inventando de paso un nuevo género entre la comedia sofisticada y el cine negro. Y todo ello regado por generosos Martinis Dry y diálogos chispeantes. El personaje de Nora, la sofisticada e independiente compañera del detective guardaba bastantes similitudes con Hellman y su relación Hammet. Como recuerda la escritora en sus memoria: “Era bonito ser Nora, casada con Nick Charles, tal vez uno de los pocos matrimonios de la literatura moderna en que el hombre y la mujer se cae bien y se divierten estando juntos”.

Nacida en Nueva Orleans, Lillian Hellman vivirá el ambiente familiar de la alta burguesía sudista que más tarde retratará implacablemente en la obra teatral The Little Foxes o La Loba (William Wyler, 1941) en su adaptación para la pantalla y donde la autora ajustaba cuentas con su linaje materno. Una herencia familiar (burguesía de Nueva Orleans, por parte materna, y judíos liberales emigrados a los Estados Unidos, por la paterna) que ha quedado desvelada en las memorias entre la mirada curiosa y a la vez crítica de una niña en tránsito hacia la adolescencia. Mucho más emotivos son sus apuntes biográficos sobre ese mundo de criadas y niñeras negras que velarán el hogar familiar a lo largo de su vida.

Junto a los abundantes retratos familiares Una mujer con atributos recoge sus encuentros  –y también desencuentros– con personajes como Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, el magnate del cine, Samuel Goldwyn o la escritora Dorothy Parker, una de las plumas más ingeniosas y ácidas de la literatura americana de entreguerras. Compañeras en el Hollywood de los años treinta, Parker y Hellman compartirán ideales progresistas, literatura y buenas dosis de alcohol. Entre los recuerdos, Hellman relata una divertida anécdota protagonizada por Dorothy Parker durante el funeral de su marido, Alan Campbell. En el velatorio una señora se le acerca a la escritora y ahora viuda: “Querida, dígame si puedo hacer algo por usted”. A lo que la Parker le responde: "Búsqueme otro marido”. Ante la cara ofendida de la señora, Parker, mirándola dulcemente le apostilla: “Perdone, entonces tráigame un pan de centeno con queso y jamón y díganles que se guarden la mayonesa”.






‘Una mujer con atributos’ recoge sus encuentros y desencuentros con personajes como Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Samuel Goldwyn o Dorothy Parker. Cortesía de Lumen






Lillian Hellman conocerá su primer gran éxito teatral con la obra The Children’s Hour (1934) donde trata algunos temas bastante insólitos para la época como la intolerancia, el lesbianismo o el ejercicio de una moral represora. La obra vence todos los obstáculos de la censura y es adaptada para la pantalla con el titulo de Esos tres (William Wyler, 1936). El mismo Wyler se encargara veinticinco años después de volverla a trasladar a la pantalla, ahora sin tantas cortapisas ni restricciones con Audrey Hepburn y Shirley McLaine en el papel de las dos profesoras que ven su mundo afectivo, social y profesional derrumbarse a partir de la falsa acusación de una alumna.

Prototipo de la escritora independiente e ideología radical, Hellman se comprometerá a lo largo de su vida con las diferentes causas y defensas libertarias que se cruzan en su camino. La Guerra Civil española, como ocurre con otros escritores y personajes de la cultura americana, acabará señalando su vida. Hellman viaja a un país en guerra para dar testimonio de los hombres y mujeres que luchan por defender la República y los ideales democráticos frente al fascismo. La mujer sofisticada que deslumbraba a la hija de Dashiell Hammet con su armario solo para guardar zapatos, convive durante meses con soldados y brigadistas internacionales compartiendo su comida y sus heridas.

Como su compañero, Dashiell Hammet, abrazará los ideales de la América progresista de los años treinta aunque sin llegar a militar como otros escritores en el Partido Comunista. Una adhesión ideológica que pagará con la famosa 'Caza de brujas' que desencadena el senador McCarthy en los años cincuenta contra todo el movimiento intelectual izquierdista. Hellman pasará a formar parte de la lista negra y como otros guionistas de Hollywood su nombre queda vetado. Ante el Comité de Actividades Anti-Americanas declara: ”No puedo recortar mi conciencia para ajustarla a la moda de este año”. Peor suerte correrá Dashiell Hammet que acabará en la cárcel por negarse a delatar a sus compañeros en el Comité de investigación. ”No permito que ni los policías ni los jueces me digan qué creo yo que es la democracia”, le confiesa a su compañera antes de entrar en la cárcel.






 Lillian Hellman y el director de cine William Wyler







La vida de Hellman no estará exenta de polémicas como el largo contencioso judicial que mantendrá con la también escritora Mary McCarthy, la autora de El grupo. Una dolorosa polémica entre las dos escritoras que se inicia cuando McCarthy en un popular programa de televisión afirma que “todo lo que escribe Hellman, incluido la “y” y el “el” es mentira”. La querella entre las dos escritoras dará lugar décadas después a la comedia musical Imaginary Friends que pasa con más pena que gloria por Broadway.

Luces y sombras sobre un personaje como las trazadas por la hija de Dashiell Hammet en la biografía sobre su padre cuando escribe: “Mi actitud hacia Lillian oscilaba entre la admiración y la indignación. Cada vez que pensaba en la Lillian manipuladora, mentirosa e irascible, recordaba también a la Lillian graciosa, generosa”. Para Jo Hammet “la única solución es pensar en Lillian como en el colesterol, hay colesterol bueno y colesterol malo, a menudo no concuerdan, pero están en el mismo cuerpo”.

En su primera entrega de memorias, Lillian Hellman se identificó como “una mujer inacabada”, para la segunda entrega buscó el símil del término artístico Pentimento para rescatar esos recuerdos y vivencias que han quedado desvelados, fragmentos de la intensa y sin duda extraordinaria vida de una mujer que defendió su independencia y compromiso por encima de todo. Unos pocos meses antes de morir el escritor Dashiell Hammet, Lillian Hellman le comenta: “Nos ha ido muy bien, ¿no crees?”. A lo que Hammet responde: “Muy bien es una expresión excesiva para mí. ¿Porque no decimos simplemente que nos ha ido mejor que a la mayoría?”.







Jo Hammet comparó a Lillian con el colesterol: “Hay colesterol bueno y colesterol malo, a menudo no concuerdan, pero están en el mismo cuerpo”.



Fuente: El Pais








Lillian Hellman: el respeto por la dignidad humana


Fred Zinneman contó en cierta ocasión que, cuando trabajaba en el guión de Julia, basado en un capítulo de Pentimento, de Lillian Hellman, dudó sobre la posible relación carnal entre las dos protagonistas, la autora del libro y su gran amiga, Julia. Se lo preguntó a la escritora y ésta, tras permanecer un buen rato ensimismada, le replicó que no se acordaba del detalle, pero que en cualquier caso aquello no modificaba en nada los sentimientos hacia su amiga.En la reciente edición en castellano de Mujer inacabada, la Hellman cuenta -entre otras cosas- su estancia en España durante la guerra civil. Joven americana, autora de teatro, famosa y progresista llega a la España desolada. En su diario hay una fecha importante para comprender su talante: el 17 de octubre de 1937. Conoce a Pasionaria, personaje mítico, a Álvarez del Vayo, a la plana mayor de las fuerzas progresistas. Pues bien, el relato más minucioso lo realiza sobre una pareja que encuentra en una plaza recoleta, ella a medio camino entre la vocación religiosa y la condición de enfermera y él, un hombre maduro, triste y de comportamiento infantil.





Mujer inacabada, de Lillian Hellman


Editorial Argos Vergara. 302 páginas. Barcelona, 1978. 

 





Son dos anécdotas que describen un mismo carácter, una misma personalidad, la de una mujer fascinada por el ser humano. Lillian ama el recuerdo de Julia y se siente atraída con más intensidad por unos personajes insólitos que por quienes representan en vida los ideales políticos. Mujer inacabada, relato autobiográfico de la escritora, rezuma amor, ternura y fascinación por el individuo. Es un mensaje del humanismo más puro de cuantos se conocen.

Si el baremo por el que la autora mide las calidades humanas no es otro que el de sus cualidades en tanto que individuos (política, fama y veleidades públicas al margen), no puede extrañar el que los personajes secundarios alcancen parcelas de protagonistas en los recuerdos de la Hellman. Entre sus amistades surge con frecuencia la constelación mitológica de la literatura norteamericana del siglo XX: allí están Scott Fitzgerald, William Faulkner, un Ernest Hemingway, evidentemente despreciado por la autora, Norman Mailer y, naturalmente, Dashiell Hammet, con quien compartió buena parte de treinta años de existencia. Sin embargo, las historias y aventuras inolvidables surgen en las descripciones de los ocupantes de un hotel moscovita, en plena guerra mundial: japoneses desconcertantes, mercaderes enigmáticos de pieles, prostitutas de la rusia revolucionaria, o en los lugareños de un pueblo castellano durante la guerra.

La lista de conflictos sociales vividos por la Hellman complacerían a buen número de progresistas de todo el mundo, no le falta detalle: desde las ya citadas guerras de España y mundial, a la solidaridad con los judíos, el profundo desprecio por la caza de brujas del senador McCarthy o la defensa apasionada de las minorías raciales norteamericanas. Una lista de afinidades ideológica que firmarían sin dudar desde Fidel Castro a Dubcek, pasando por Enver Hoxa, Willy Brandt o Deng Xiaoping. Lo que ninguno de ellos firmaría -y aquí comienza la auténtica grandeza de la escritora- es la visión que describe la Hellman en este libro.

Un joven fanático o un burócrata de la revolución -que de todo hay en la viña del Señor- calificaría estas memorias de «decadencia pequeñoburguesa», pues contienen las dosis suficientes de sensibilidad y sentimentalismo como para perturbar un espíritu dogmático. Personalmente creo que esa es su gran virtud, la de aproximarse a unos fenómenos colectivos desde el relato de lo anecdótico, o si se prefiere, de lo particular a lo particular, puesto que la suma de las particularidades daría lo general. 

La experiencia histórica da siempre la razón a los humanistas. Para nadie es un secreto que el recuerdo de la guerra civil española ha sido frecuentemente manipulado por las dos partes de la contienda (ahí están los oscuros sucesos de Casas Viejas, la comuna asturiana, la represión contra el POUM o las luchas entre socialistas, anarquistas y comunistas, por citar ejemplos de una parte. La lista de ejemplos de la otra parte sería interminable), quizá por ello se agradezca más la visión de una extraña que cuenta la vida cotidiana. Sobre, el triunfo de la revolución bolchevique se ha escrito mucho y de manera excesivamente fluctuante, según avanzara el proceso de desestalinización del régimen.

Lillian Hellman pasa por la vida y por los acontecimientos sociales traumáticos con un cierto escepticismo y desencanto (¿será una precursora más de lo que los herederos de la épica colectiva llaman «pasotismo»?). En cualquier caso ese escepticismo y desencanto conlleva en su caso un enorme respeto por la dignidad humana. Esa mezcla produjo un libro que se publicó en Estados Unidos en 1969. Ahora se acaba de editar en España: merece la pena leerlo.


Fuente: El Pais






Dashiell Hammett & Lillian Hellman







El autor de El Halcón maltés y la exitosa escritora pelirroja cultivaron durante 30 años una turbulenta relación plena de amor, pero también de sordidez e infidelidades.
Con el tiempo, como sucede a veces con hechos históricos entreverados de mitología, hubo que acordar una fecha convencional para celebrar el día en que comenzó todo. Para ellos fue el amor o lo que fuera que los atravesó de madrugada y con todo el alcohol en favor o en contra: 25 de noviembre de 1930, acordaron después, porque les convenía. 

Fue en Nueva York, en una de esas fiestas rutinarias y excesivas a las que la depresión no solía ser invitada todavía. Esa noche se encontraron el famoso escritor Dashiell Hammett -de 36 años, flaco, alto, elegante y ganador con las mujeres, con un pasado de detective en la Agencia Pinkerton en San Francisco, un vistoso Halcón maltés recién editado en el hombro y un vaso eterno en la mano- y la todavía no escritora Lillian Hellman, una aceleradísima petisa pelirroja de 24, no demasiado bonita pero culta, liberal, incisiva e inteligente, y con un vaso similar. Ambos estaban casados, pero en otra parte y con otra gente que no contaba ni estaba ahí. 








La leyenda sabiamente cultivada por ella en volúmenes de creativas memorias que escribiría medio siglo después -Una mujer inacabada, Pentimento, Tiempo de canallas- asegura que esa noche hablaron largo de T. S. Eliot y que después se fueron del ruido para seguir charlando durante horas afuera, en el coche. De algún modo nunca pararon de hacerlo: con amor y sordidez, con interrupciones, convivencias, peleas, cortocircuitos y epifanías siguieron así, yendo y viniendo durante treinta años. Hasta que Hammett murió, en los primeros días de 1961. 








A fines de 1930, Samuel Dashiell Hammett ya era el escritor que, desde las baratas revistas de misterio -los llamados pulps y, sobre todo, la legendaria Black Mask-, revolucionó el estilo y el universo de la narrativa policial con un puñado de cuentos perfectos, dos detectives inolvidables -el anónimo gordo de la agencia Continental y el Sam Spade al que puso cara Humphrey Bogart- y cinco novelas llenas de cadáveres, inteligencia, ambigüedad y algo de la mejor literatura del siglo. Cosecha roja, La maldición de los Dain, El halcón maltés y La llave de cristal, violentas, sucesivas y contundentes como una ráfaga de ametralladora Thompson de la época, aparecieron entre 1927 y 1931 y le dieron fama, prestigio y dinero, que reventaría veloz y literalmente en excesos de amistad, alcohol casi puro y mujeres mucho menos. Pero, entre los fogonazos y las luces de un próximo Hollywood, Hammett no podía saber que había tocado techo o fondo: estaba literariamente acabado. Terminó a duras penas y publicó El hombre flaco en 1934 -dedicado A Lillian- y, salvo guiones y algunos cuentos cortos, no pudo escribir nunca más. 

Ella sí: como en una carrera de postas, ese año precisamente, la semianónima joven pelirroja se convirtió en Lillian Hellman para la historia del teatro norteamericano. A instancias de Hammett, que le tiró la idea, estrenó con éxito su primera obra -La hora de los niños- y ya no se detuvo: Los zorritos, Otra parte del bosque, Alerta en el Rin, Los días por venir, El jardín de otoño... Una serie de piezas -curiosamente no estrenadas en estas latitudes- y otros tantos guiones cinematográficos que la convirtieron en una celebridad contestataria. 

Ese fue otro aspecto y no menor de la pareja. Paseantes free lance por la izquierda intelectual de los años treinta -antifascismo, solidaridad republicana en la Guerra Civil Española, coqueteos de ida y vuelta con la URSS y el PC, militancia sindical en Hollywood-, Hammett y Hellman fueron por esos años consecuentemente desprejuiciados, ricos, famosos y transgresores. Lo que era arrebato en ella resultaba en Hammett -un escéptico marxista sin partido- la consecuencia del cultivo de una indefinible dignidad. Todo aquello fue bueno y excitante mientras duró. Pero lo pagarían, se lo harían pagar -sobre todo a Hammett- caro y con intereses.

Nunca hubo papeles entre ellos. Papeles legales, quiero decir, porque sobraron de los otros. Se amaron entre libros y manuscritos, y se quisieron escritores pero no por eso. Aunque alguna vez se divorciaron de sus respectivos, quedaron libres y se amenazaron recíprocamente con proponerse en matrimonio, nunca lo hicieron. No hubo hijos tampoco; Hammett ya tenía dos distantes niñas que no dejaron nunca de aparecer -Josephine, la menor, publicó un libro sobre su padre en los años noventa. Ella ha sido pudorosa en los detalles, aunque apuntó que las borracheras y la promiscuidad indiscriminada del Hammett en sus peores momentos la ahuyentaron de su lado-. Alguna reciente biografía de la pareja no escatima sordideces; sin embargo, nadie se atreve a tocar el amor: hubo infidelidades, portazos, rencor y violencia inclusive, y más amistad que sexo en los últimos veinte años, pero siempre lealtad. 

Es difícil calcular cuántos años convivieron: aunque la sureña Hellman tuvo por más de diez años una granja donde pasaron algunas de las más largas y mejores temporadas, no solían estar quietos y habitualmente rebotaban de costa a costa, de Nueva York a Hollywood, llevados por el trabajo y los contratos, pero no necesariamente al mismo ritmo. Además, Hellman solía irse a España, París, Rusia, Berlín, Viena, Londres, llevada por invitaciones oficiales, ideología extraoficial o estreno de sus obras. Hammett, que mientras quiso, pudo o estuvo en estado vivía en hoteles o departamentos que solía abandonar sin aviso, sólo pensó en dejar Estados Unidos para ir a la guerra o sus alrededores, llevado por cierta poderosa coherencia interior que nunca lo abandonaría: la tuberculosis que arrastraba de la primera no le impidió, ya veterano, alistarse con 48 años para la segunda. Su estada en las Aleutianas editando el periódico de los soldados fue probablemente la última vez que fue feliz frente a la máquina de escribir. 

La historia de la pareja -que es la de su tumultuoso país en el corazón del siglo pasado- se convirtió en pesadilla a fines de los años cuarenta. Tras la guerra, Hammett volvió a beber descontroladamente y entonces ella se alejó, no pudo soportarlo. En 1948, él tuvo un episodio de delirium tremens que lo dejó al borde de la muerte. Hellman estuvo a su lado. Fue entonces que Hammett prometió dejar de beber. Y contra todos los pronósticos no volvió a hacerlo: "Lo he prometido", explicó como si bastara. 

Con igual y ejemplar consecuencia obró ante la comisión del Congreso que, con el tristemente célebre senador McCarthy a la cabeza, lo incriminó durante la caza de brujas contra la infiltración roja en Hollywood. Un soberbio Hammett -más flaco que nunca, viejo y enfermo, pero erguido- dio una lección de coraje y coherencia en ese oscuro tiempo de canallas que no vacilaron en delatar, mentir y arrepentirse ante la infamia y las ominosas listas negras. 

Hammett fue a la cárcel seis meses y no se le escuchó una queja: siempre se hizo cargo de sus actos, ideas y convicciones. Ella también debió comparecer ante el tribunal en 1952, vendió la granja para asumir deudas salvajes y los siguientes años fueron duros. Quebrado en salud, Hammett se quedó sin recursos cuando el fisco le embargó todos sus derechos de autor por impuestos impagos mientras la censura política sacaba sus libros de circulación: terminó viviendo de prestado en la propiedad de unos amigos en
Katonah, cerca de Nueva York. 

La crónica de esos últimos años -las temporadas de verano compartidas en Martha's Vineyard y el tramo final en el departamento neoyorquino de ella, cuando Hammett ya no pudo bastarse solo- está registrado amorosa, sabiamente, en el memorable capítulo final de Mujer inacabada.
La última. Los que han visto Julia, la película de Fred Zinnemann basada en el seudobiográfico relato de la Hellman que aparece en Pentimento, asociarán a Lillian y a Dash con los intérpretes. Las películas, como la historia, suelen hacerlas los sobrevivientes. Ella no era tan linda como Jane Fonda, pero él tenía más pinta que Jason Robards.



Fuente: LaNaciòn