Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

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SONIDO...CÁMARA...ACCIÓN... MI PRIMERA VEZ por Jairo Carthy /. Caracas, 5 de Abril de 2026

 

Cuando regresamos de España, luego de participar en dos Festivales Internacionales de Teatro y cumplir una temporada en Madrid, teníamos el reto de volver a montar la obra que llevamos de nuevo en Caracas, nada menos que en el prestigioso Nuevo Grupo.

 

En el elenco original de hacía ocho años, el personaje de Isabel (o Elvira, como en la ópera) fue interpretado por la gran Tania Sarabia. Para esta reposición y la posterior gira a Europa, ella no estaba disponible; tenía otros compromisos ineludibles de teatro y televisión. Fue el único personaje que cambió; de resto, éramos los mismos actores originales que le dábamos vida a esa versión del dramaturgo brasileño Guilherme Figueiredo llamada "DON JUAN".

 

Ese cambio de actriz vino acompañado de un ángel que llegó a mi vida para transformar muchas cosas y hacer realidad sueños que, en ese momento, yo creía imposibles. Su nombre - y así, con letras mayúsculas- : PERLA VONASEK.

 

Aparte de su innegable talento, capacidad, cultura y experiencia, Perla era una mujer sumamente divertida, de una sensibilidad y un corazón enorme. Tenía muchísimas cosas que contar y yo tenía todo por aprender de ella. Ella era la pareja de otro ser grandioso, Santiago San Miguel, productor y director de cine español. Ambos vivían en España y, por suerte para mí, estaban pasando una larga temporada en Venezuela.

 

Comenzamos la temporada de la obra y todo estaba saliendo muy bien. Teníamos bastante público y, de nuevo, la crítica y los comentarios nos favorecían. Una noche, justo antes de empezar la función, Perla se me acercó con complicidad: - Jairo, mi amor, esta noche te tienes que botar. Santiago viene a ver de nuevo la función y trae a un amigo de él que en estos momentos está en la pre-producción de una película.

 

Yo estaba feliz de ver a Santiago y, por supuesto, seguí el consejo de Perla: salí a "botarme". La sala estaba llena, y ese calor del público es el combustible que te impulsa a darlo todo. Al terminar, entre los aplausos y el desfile de gente asomándose a los camerinos, Perla me susurró: - Jairo, Santiago te espera afuera, quiere saludarte.

 

Me arreglé a toda prisa y salí al jardín del teatro. Allí estaba él, recibiéndome con un abrazo fraterno. - Te felicito, Jairo, estuviste excelente como siempre. Nos has hecho reír muchísimo. Mira, te presento al señor Luis Correa. Él va a dirigir una película y está interesado en conocerte.

 

Volteé a verle y allí estaba Luis. Con su aspecto que parecía un estilizado Papa Noel, con su pelo y barba blanca prematuras -pues era un hombre bastante joven- y unos penetrantes ojos azules que intimidaban bastante. Lo saludé muy respetuosamente y me dijo: - Aquí tienes mi tarjeta, me gustaría que me llamaras mañana, pues me gustaría que conversáramos a ver si estarías interesado en trabajar en mi película.

 

Casi me echo a reír. Parecía una escena de una película americana en la que al protagonista lo contratan y se convierte en superestrella. Perla se sumó al grupo y me guiñó el ojo; ella ya sabía lo que Santiago buscaba al llevar a este personaje a ver la obra.

 

Yo estaba muy impresionado por este encuentro. Cuando llegué a la casa le conté emocionado a mi Mamá y ella, quien, como siempre, irradiaba felicidad por mis logros.. Pero, todavía no tenía ningún detalle sobre el papel que me ofrecían, ni de qué trataba la película... absolutamente nada. Por supuesto, pasé toda la noche casi sin dormir, pensando y pensando, hasta que por fin llegó el día y, con él, la entrevista.

 

La oficina quedaba cerca de mi casa, así que pude ir a pie. Al llegar había un montón de personas y un gran letrero que decía: TIEMPO CERO FILMS. Me anunciaron y de inmediato me pasaron a la oficina. Afortunadamente Santiago estaba también allí; él era el productor de la película y también tenía cosas que decirme.

 

Luis Correa me explicó que la película se llamaría, en principio, “LA ENCRUCIJADA”, aunque ese sería el nombre que para todo se utilizaría públicamente, pues el verdadero nombre sería otro. Como la película estaba basada en hechos de la vida real, era muy peligroso que saliera a la luz pública la verdadera trama. 

 

Se trataba de la guerra a muerte en Santa Bárbara del Zulia entre dos familias: los Semprún y los Melía. Un odio visceral que los llevaba a exterminarse uno a uno por el poder absoluto sobre las tierras y los negocios. En la ficción, los nombres cambiarían. Mi familia serían "Los Araujo" y mi personaje: Antonio Araujo, mejor conocido como "El Chingo Araujo".

 

Era un asesino temido, un matón que trabajaba para la familia rival y que cargaba con el rechazo de los suyos por su conducta sanguinaria.

 

En ese momento mi mente volaba: ¿Un asesino? ¿Un matón? ¿Un delincuente terrible? ¿Eso era lo que el Señor Correa esperaba de mí? ¿Y cómo, después de verme actuando en una obra donde, aparte de interpretar a un libidinoso criado como Leporello, el cual tenía grandes momentos de comicidad que la obra exigía, de dónde creía él que yo podía hacer un papel así? ¡Y en cine! Donde no hay el “desde lejos del teatro” u otros trucos para alcanzar una caracterización. Pues sí, él creía que yo lo podía dar. Y como él creía en mí, yo también me arriesgaría. Mi mayor reto sería lograrlo para no defraudar la confianza depositada en mi persona.

 

Por supuesto acepté sin haber leído el libreto. Los honorarios que me ofrecían superaban cualquier monto que yo había ganado antes en teatro. Solo había un inconveniente: según el plan de rodaje, la película arrancaría una semana antes de que la obra bajara de cartelera. Luego de eso, yo estaría totalmente libre de fechas y horarios. Santiago, como el gran productor que era, me dijo: - No te preocupes, Jairo. Salimos casi todo el elenco a Maracaibo en avión el lunes a primera hora y el miércoles al mediodía ya estarás rumbo de nuevo a Caracas para hacer tu obra. Nosotros seguimos unos días más por allá y luego nos instalaremos en Calabozo, donde se rodará gran parte de la película. Es lo más parecido que hemos encontrado a Santa Bárbara del Zulia por lo que ya te explicamos.

 

Los tres celebramos mi incorporación a este proyecto y quedamos en que me llamarían para la firma del contrato, las pruebas de vestuario y demás formalidades. La verdad, no podía creer que algo así me estaba pasando a mí. Iba a trabajar en una película... pero, ¿cómo sería el papel? ¿Será corto? ¿Será largo?

 

Al llegar a mi casa, y luego de contarle con detalles todo a mi ansiada Mamá, me puse a leer el libreto. Acostumbrado a los libretos de teatro, este tenía como tres veces más de grosor, y la manera en que se escribe un guion es muy diferente. Leyendo y leyendo, estaba horrorizado y fascinado a la vez: ¡era el más malo de la película! Asesinaba al que se me pusiera por delante, hacía muchas fechorías, inclusive incendiaba a un tipo vivo. Era un loco desquiciado; por eso era uno de los primeros de la familia a los que matan, y allí se desencadena una ola de crímenes y venganzas de parte y parte.

 

Llegó el ansiado día. Ya había ido a buscar el vestuario que utilizaría: un traje gris para la escena del cementerio en el entierro del padre de la familia, y de resto un look como de vaquero con jeans, camisa a cuadros, sombrero y, por supuesto, botas que ayudaban a esa imagen de virilidad y poderío.

 

Días previos a este viaje, había terminado de leer las “Memorias” de Laurence Olivier, uno de los grandes actores de todos los tiempos. Él explicaba que, para poder interpretar un personaje en una película (la cual no se haría en orden cronológico), él había descubierto que lo mejor era que durante ese tiempo de rodaje el actor viviera como el personaje. Así no habría posibilidad de no tener claro cómo encarar cada escena.

 

El Maestro Olivier afortunadamente practicaba el “Método” (el sistema de actuación creado por Constantin Stanislavski), el cual consistía en buscar la verdad y el sentimiento. Yo también creía en ese método para componer. Por ello, ya le había creado la voz, la manera de caminar y de moverse a ese asesino llamado “El Chingo Araujo”, que distaba mucho de parecerse a mí.

 

Llegamos a Maracaibo. Nos instalaron en un hotel que, dado que la ciudad es una de las más calurosas del país, el aire acondicionado era central y no se podía regular la temperatura individualmente. Así que pasé otra noche casi en vela, muriéndome de frío y con los nervios de punta por esa primera vez ante una cámara de cine.

 

El llamado era a las siete de la mañana en el lobby. Y allí aparecí, para asombro de muchos, vestido como el personaje, con el traje gris,  su sombrero, con su actitud sombría y una cojera que le había agregado como consecuencia de algún tiro que alguna vez le alcanzó una pierna. Todos me miraban. Yo no hablaba con nadie; me subí al autobús que nos llevaría a la locación en total silencio, pensando solo en la muerte de “mi padre” y lo mucho que lo hice sufrir.

 

Rodamos la escena: la madre con sus siete hijos varones ante la tumba del patriarca de la familia. Mucha tristeza, mucho dolor... y entre ellos, allí estaba yo. Sentía que la cámara se acercaba, estaba conmigo, pero no podía ni siquiera mirar de reojo. Todos los consejos del libro de Olivier los estaba poniendo en práctica: “Siente, no actúes, no es teatro… la cámara es el público que te verá cientos de veces aumentado, y el más mínimo gesto lo multiplicará. Solo siente, cree en lo que haces y hazlo con toda la verdad posible”.

 

Y así lo hice. Cuando a mi regreso a Caracas me encontré con Perla en el Teatro, me dijo emocionadísima: - ¡Jairo! Santiago me dijo que anoche estuvieron viendo los Rushes (que son las tomas diarias en bruto) y me dijo que están impresionados contigo. Que en la escena del cementerio estuviste conmovedor, pero al mismo tiempo dejas ver esa maldad y ese desequilibrio de tu personaje. ¡Te felicito, mi amor! Santiago y Luis sabían que lo podías lograr... ¡y eso que todavía no has filmado ni una de tus maldades!

 

Con la emoción de saber esos comentarios, me di cuenta de que los trasnochos y los nervios habían dado sus frutos. Ahora sí iría con todo para continuar filmando. Gracias a Luis Correa por ver más allá de lo que yo mismo pensaba, por creer en mí y por darme esa oportunidad.

 

Pero este viaje no termina aquí... la próxima semana viene la continuación de este relato con todo lo que pasó en las filmaciones y la escena de la muerte de mi personaje.

 

Y así pasó...


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Más artículos en: Y ASÍ PASÓ 


SIEMPRE SE ESCUCHARÁN SUS PASOS EN LA ESCENA, por José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis”, Italia 2024: prólogo del libro "CARLOS GIMÉNEZ MEMORY biografía" de Viviana Marcela Iriart

 






El Soneto 6 de William Shakespeare podría recitarse hoy en la tumba de Carlos Giménez, de Carlitos, como lo llamábamos y lo seguiremos llamando quienes tuvimos su amistad y el privilegio de verlo trabajando una obra de teatro, oficio que realizaba con la misma pasión que pusieron en boga los hombres y las mujeres que amaron el teatro y lo convirtieron en una magistral expresión del alma.

 

SONETO 6 DE SHAKESPEARE

 

No dejes que la cruda mano invernal estrague

ese verano tuyo sin que antes se destile:

conserva tu esencia en un precioso envase,

antes de que el tesoro más bello se aniquile.

 

No es vedada usura usar así la vida,

y alegra a quien paga la renta de buen grado;

hacer de ti una copia lo mismo supondría,

y si son diez por una, diez veces contentado.

 

Y más feliz diez veces aún te sentirías

si en otros diez iguales diez veces te copiases:

¿Entonces, al marcharte, la muerte qué haría

si a ti como heredero viviente te dejases?

 

No seas obstinado, que toda tu excelencia

ni Muerte ni gusanos obtengan por herencia

 

 

LA CONDICIÓN HUMANA

 

La condición humana, la sinceridad plena respecto a la condición humana. Lo que la gente no había advertido en su diario vivir. Eso le interesaba sobremanera a Carlos Giménez y lo expresaba en el teatro que organizaba y creaba sobre el escenario.

Él era un panorama humano, un destello de vida que no se apagaba. Y el fenómeno creador que lo acompañó desde siempre no resultaba fácil de descubrir pero cuando se avizoraba su fortaleza para dirigir, su magia para conmover era imposible dejar de admirar y querer lo que hacía.

El mundo podría estar encerrado en un frasco y Carlos lo miraría desde afuera y Carlos lo recorrería desde adentro y todo el cristal que el frasco usaba como envoltorio desaparecería cuando Carlos invocara la visión teatral.

Ese es uno de los puntos esenciales de lo que él sabía realizar: invocar la visión teatral y conseguir que la más alta expresión humana funcionara en un escenario y trascendiera hacia todos los senderos del alma.

Creo que Viviana Marcela Iriart fue una de sus amigas más observadoras, una de las más acuciosas y apasionadas a la hora de valorar lo que él lograba en la escena. Ella pudo mirar más profundamente en él, ella lo analizó como quien estudia las emanaciones del lenguaje que jamás deja de brillar.

Viviana Marcela ha logrado establecer una memoria sólida, irreductible, con su escritura y su noble deseo de que el olvido nunca toque la obra de Carlos Giménez. Ella es la muestra más clara y justa de lo que en última instancia anhela un creador en el arte: que alguien sea intensamente impresionado por la obra y haga posible que su recuerdo no desaparezca.

Porque en el teatro los escenarios se vacían y se vuelve a llenar con piezas, actores, escenografías, directores y dramaturgos, pero siempre hacen eso: se vacían y el público también va, viene y cambia: a veces para retroceder porque cada público debe comenzar de cero, desde el principio.

Viviana Marcela Iriart consigue que los nuevos públicos se empapen con las virtudes y la peculiaridad de Carlos Giménez, un hombre de teatro que se entregó tanto a esa pasión como cualquiera de los grandes teatreros que existieron transformaron en gran voz universal el lenguaje de las tablas.

No solo fulguraba en el oficio de hacer teatro, sino también en la propuesta existencial de amar el teatro. Hablando de pronto sobre el ángulo de una obra, Carlos Giménez podía extraer de sus sensaciones y conocimientos frases enriquecedoras que clarificaban cualquier niebla, que desenredaban cualquier madeja. Sus palabras salidas del hondo conocimiento de la escena, hacían más visible el alma de cualquier dramaturgo, de cualquier creador. Convertía en seres cotidianos a Shakespeare, Ibsen, Chejov, Ionesco, a cualquiera.

 

La biografía que ha realizado Marcela Viviana Iriart es una puerta amplia por donde es posible entrar al mundo de Carlos Giménez y amar más el teatro junto con él. Inclusive, hasta quienes no lo conocieron sabrán en algún momento que Carlos Giménez forma parte sustancial del teatro porque siempre se escucharán sus pasos en la escena.

 

© José Pulido

Diseño de portada del libroJairo Carthy

Próximamente publicado por Ediciones Choroní

 


Texto inédito de José Ignacio Cabrujas sobre Rolando Peña para la presentación del libro Mene Digital, Caracas, 6 de mayo de 1993.

 



 

Esta noche tengo regocijo en la memoria, tal vez porque recordar es un estupendo placer de la inteligencia. Sobre todo recordar a quien ha sido buen compañero de vida, gente de trecho en trecho, como debería ser la gente.

Treinta años me separan hoy de una noche en la Plaza Carabobo. Román Chalbaud y yo, saliendo de un fracasado ensayo en un fracasado teatro, elucubrando una fracasada película. Y allí, frente a la Policía Técnica Judicial, como se verá, un pésimo sitio, estaba Rolando Peña a golpe de una de la mañana, recitando a todo lo que le daba la memoria un deprimente monólogo de Antón Chejov que para nada le iba a quien en ese momento me pareció apenas un mocetón atarantado. Era “El Canto del Cisne”, no el de Rolando, sino el de un viejo actor ruso harto precisamente de su fracaso.

Así lo vi, tenso y, sobre todo, intenso, pronunciando a manera de conjuro, invocando el anhelo de Stanislavsky, unas palabras a mitad de escena y totalmente absurdas en la aspereza de la Plaza Carabobo: “Este hueco, negro, ay Misha, se ha tragado los mejores años de mi vida, mi juventud, mis ilusiones”. Se refería Chejov a la oscura platea de un gran teatro, sin espectadores ni testigos. Pero dicho por Rolando, frente a la Petejota, no pude menos que renovar en mi vida, el sentido de ese hueco que en ese instante sonaba a país agujero, a Caracas agujero y, sobre todo, a lo que nos aguardaba pero que aún no éramos capaces de medir en barriles, sino en vulgares hoyos.

De todas maneras era un mal augurio y una blasfemia contemplar a un joven, declamando sobre el fracaso de un anciano. Ese día, Rolando estuvo a punto de ofrecerme unos cuantos carajazos al intuir que yo ponía en duda su talento histriónico. Pero la cosa no pasó a mayores tal vez por la cercana presencia del Poder Judicial.

Román lo conocía. Tanto, que había sido actor en una de sus primeras películas: me refiero a “Cuentos para Mayores” donde Peña aparecía de muchachón moderno y despreocupado caminando por las calles de un Petare colonial medianamente exótico. Entonces usaba franelita y exhibía los bíceps a lo West Side Story. Pero nada de Leonard Berstein. Puro Chelique Sarabia y sobre todo puro Héctor Cabrera, puro “Rosario”, luz del día o del cielo y el impudor de Román transformando todo aquello en serenata de postigo y calle empedrada, como Guanajuato o San Miguel Allende.

Entonaba Cabrera, Rosario, dispuesto a cortejar a una chica casadera, y Rolando hacía de bulto en segundo plano, de acompañante del galán como en las viejas películas mexicanas cuando Negrete, acompañado de unos cuantos Peñas sindicalizados, proclamaba su amor por la sin par Gloria Marín. Insólito comienzo para quien esta noche se nos presenta como legítimo artista de vanguardia. ¿Qué otro artista plástico del mundo o de este agobiado continente debutó de sombra, de relleno de imagen, de miembro anónimo de un combo telúrico?

Esa noche, superada la antipatía, Rolando nos llevó a una de sus casas que eran múltiples y dependientes de las compañías femeninas. En esa oportunidad se trataba de la residencia de una ciudadana argentina, vestida de satén, y dispuesta a ofrecernos, cosa que hizo, lo juro, una infusión de yerba mate servida en su correspondiente cazuelita. Yo estaba asombrado, no sólo porque era la primera vez que consumía yerba alguna, sino por la conducta estrafalaria de éste a quien después se le conoció como El Príncipe Negro, paseándose por aquel apartamento convertido en estancia pampera, donde de un momento a otro podía irrumpir algún gaucho de boleadoras, sin mayor asombro.

Siempre he tenido por norma que conocer a una persona es preguntarle qué hace, puesto que en Latinoamérica no existe ninguna otra posibilidad de definir a un ser humano. Rolando me aseguró que era actor accidental, pero sobre todo bailarín contemporáneo y cuando traté de imaginarlo alado, príncipe de Giselle, consorte del Hada de Azúcar o Espectro de la Rosa, procedió a decirme que lo suyo era la vanguardia y que por esa razón pertenecía al polémico grupo de Grishka Holguin, bailarines de pies sucios, enemigos de cualquier zapatilla y de ésos que ensayan en mono y se arrastran por el piso elevando el torso cada vez que se refieren al infinito, o a la soledad, o a la bomba de hidrógeno o a la polución o a la mala vida.

Así lo conocí y años más tarde o tal vez meses más tarde, puesto que soy incapaz de recordar fechas, volví a topármelo, esta vez en la Universidad Central de Venezuela, ahora de malla y toalla atravesada. Ese día me propuso un espectáculo llamando Testimonio. Según su propia ocurrencia, íbamos a compartir el formidable escenario de la Facultad de Arquitectura, él con una coreografía sobre muerte, violencia y guerrilla, obligación de los sesenta, y yo, con un monólogo aún inédito denominado Terrible Situación de un Necrófago. Y así se hizo, más por su pasión, que por mi escepticismo. Así me obligó al punto de amenazarme con unos cuantos coñazos de fallar yo en mi escritura o en mi capacidad de memoria.

La coreografía de Rolando según pude enterarme en el último ensayo, consistía en unos pasos y revolcones febriles, aunque, dicho en su honor, casi siempre verticales y en la proyección Kodak de unas diapositivas con manchas y explosiones de sangre y muertos, reflejadas en su pecho, en su espalda, su cabeza y hasta en su culo, como si todo él fuese un depósito de violencia, de Fidel Castro, de Sierra Maestra y hasta la victoria siempre.

Aquello fue un delirio consagrante a los ojos del cenáculo vanguardista de la Facultad de Arquitectura, Vaticano de las audacias. A punto estuvimos de salir en hombros de fanáticos que ese día nos proclamaron como auténticos reyes de un sonido nunca escuchado, de un cuerpo nunca visto, de una palabra nunca dicha.

Guardo en mi memoria la noche de Testimonio como el mejor regalo que he recibido de este artista.

Después fue escucharle sus coreografías teóricas en el rebelde Cafetín de la Facultad de Ingeniería. Como por ejemplo aquel día que el Príncipe me relató una idea para ser realizada en el Aula Magna con la música de El Lago de los Cisnes. Quería Rolando inspirarse en los movimientos de Petipa y reproducir nada menos que los cuatro o cinco actos de tan singular partitura, solo que danzada, en lugar de balletistas, nada menos que por Adriano González León en el rol de El Príncipe, por Elisa Lerner caracterizada de El Cisne Negro y por Salvador Garmendia resolviendo los complicados fuetes del Embajador de China. Deseaba allí, Rolando, traer al Aula Magna una buena parte de los mendigos y locos de la ciudad, encabezados por el hermosísimo y rubicundo Luis Lucsick, interpretando el papel de Brujo Malvado que tanto daño le hace al amor.

 Pretendía mi amigo que yo me desempeñase en el rol de El Bufón y que el actual Ministro de Relaciones Interiores, Jesús Carmona, hiciese el papel de El Chambelán. Como es natural, el espectáculo no encontró ni acogida ni mucho menos financiamiento, pero a los pocos días, este hermoso amigo a quien siempre conseguí con un proyecto, me propuso algo más cercano. Era el tiempo de Henry Miller y esas horribles traducciones argentinas donde el órgano sexual masculino suele llamarse “picha”, miseria cultural de aquel momento. Así, en la Sala de Conciertos de la UCV, presentamos el aguerrido Peña y este servidor, un espectáculo de danza y palabra denominado Homenaje a Henry Miller, donde Rolando, torso desnudo, mallas negras y este servidor, vestido de lo que era, es decir, de intelectual resentido, interpretábamos las infinitas y jactanciosas sexualidades parisinas del gringo renegado.

No había música. Rolando bailaba y yo leía. Rolando bailaba al filo de la palabra, bailaba lo que decidía, sin proyecto, sin idea, a lo que diera, pero sobre todo, a lo que sucediera. Treinta y tantos solidarios, casi siempre arquitectos, nos saludaron con vítores en un espectáculo que jamás logró llenar las butacas de la Sala de Conciertos, pero que fue calificado de intransigente y osado.


Desde allí fue la vida. Cada vez que Rolando ha tenido a bien decirme que es pintor o artista plástico o como se le quiera llamar, tiendo a no creer del todo en esa cédula. Me cuesta trabajo reducirlo. Rolando es artista, simplemente. Ni plástico, ni de goma. ni de madera, sino de temperamento, por no decir de rabia. Sin él, no podríamos explicarnos o, lo que es peor, no podríamos relatarnos. Rolando es un provocador en el más riguroso sentido de la palabra, es decir, aquel que estimula, aquel que molesta. Aquel que no se resigna. Rolando supo mantenerse como atractivo de una aldea frente a la cual se convirtió en disonancia. Verlo, o mejor dicho, presenciarlo, es creer en un espectáculo, no sé si de arte, no me importa, pero sí del ser humano, que sí me importa.

Están aquí, ahora cuando lo celebramos, los barriles que somos, la simple y sensata reducción que alguien ha hecho de nuestra vida. Barril que es tosco como somos y dorados como se nos dice. Barril adorno, y barril cuenta.

No habrá pájaros ni árboles ni mares en el arte de este excepcional ciudadano. Nadie los busque. Sólo el relato, casi frío, casi austero de lo que nos permite existir a pesar de nosotros mismos. La historia de un país que desde 1922 se cuenta por barriles, es decir, por recipientes.

Viéndolos aquí, apilonados, vuelvo a repetirme la misma pregunta: ¿Qué hay adentro ahora que Rolando los ha convertido en fachada? ¿Qué es ese líquido allí guardado? ¿Qué parte de nosotros mismos contienen?

Testimonio y homenaje: allí vivimos, allí nos hierven, nos procesan, nos refinan, nos exportan.

Pero Rolando ha tenido el decoro de no mostrar el contenido. Tan solo la fachada.

 

 

 

José Ignacio Cabrujas

Centro Cultural Consolidado

Caracas 6 – 5 – 1993


Fuente: Mene Digital-Rolando Peña