Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

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Y ASÍ PASÓ ... MEMORIAS DE UN VIERNES NEGRO por Jairo Carthy / Caracas, 1 de Febrero de 2026

 


Dentro de la programación académica del Taller Permanente de la Ópera de Caracas, se impartían regularmente Clases Magistrales. Estas clases estaban a cargo de importantes maestros de canto de destacada trayectoria y reconocimiento mundial, quienes venían a compartir sus conocimientos con los jóvenes más avanzados del Taller, seleccionados tras una minuciosa audición.

 

En una ocasión, tuvimos el honor de invitar a Venezuela a una reconocida maestra de canto: Madame Vera Rozsa. De origen húngaro (nacida en Budapest) y residenciada en Londres, Inglaterra, fue profesora de destacadas cantantes internacionales como Kiri Te Kanawa, Ileana Cotubras, y Teresa Stratas, entre muchas otras que le deben a la maestra Vera la excelencia y el alto nivel musical de sus carreras.

 

Contar con una celebridad de su talla era motivo de gran emoción y, a la vez, de un enorme compromiso. Debíamos velar por su bienestar durante las cuatro semanas que duraba su visita. Ella era una persona ya mayor, cercana a los 70 años, y su apariencia recordaba a la Reina Isabel de Inglaterra: cabello blanco y corto, y una sonrisa que siempre la acompañaba. No hablaba absolutamente nada de español, por lo que se disponía de un traductor durante sus clases en caso de ser necesario.

 

El lugar donde funcionaba el Taller y donde se impartirían estas Clases Magistrales era el Museo del Teclado, ubicado en Parque Central. Todo marchaba muy bien, y el Museo se llenaba de alumnos que, aun como oyentes, aprendían de las valiosas indicaciones de la profesora.

 

Sin embargo, algo inesperado y trascendental para todo el país estaba por ocurrir. La mañana del viernes 18 de febrero de 1983, durante el gobierno del presidente Luis Herrera Campins, se produjo una devaluación abrupta del bolívar, un evento conocido históricamente como el “Viernes Negro”. La tasa de cambio pasó de 4,30 Bs por dólar (una tasa que se había mantenido por muchos años) a 7,50 Bs por dólar.

 

El caos fue tremendo. Todas las operaciones de cambio y comerciales se suspendieron, y fue necesario recalcular todos los costos. Los honorarios profesionales de la profesora Vera, que ascendían a 10.000 dólares, ya habían sido tramitados por Fundarte (nuestro organismo patrocinador) mediante un cheque en bolívares por el equivalente anterior: 43.000,oo bolivares.

 

Ahora, el desafío era cambiar ese cheque y convertir la suma en divisas con la nueva realidad. Un allegado de la Junta Directiva de la Ópera consiguió un contacto que podía vender los dólares a 7 bolívares, pero para ello, debíamos llevar el dinero en efectivo.

 

La situación se tornaba complicada: la suma era muy grande para la época, y por ser una cantidad tan elevada, el cobro del cheque debía hacerlo la profesora en persona, en la sede principal del Banco emisor, ubicada en el Centro de Caracas.

 

Tras planificar la logística, acordamos que yo iría con la maestra en mi carro para acompañarla. Armando Africano, quien trabajaba para la Ópera de Caracas, nos acompañaría en esta delicada diligencia.

 

El lunes, hacia el mediodía, saldríamos con la maestra después de su tanda de alumnos, para luego reiniciar las clases a las 3 de la tarde. Los tres nos fuimos en mi carro. Ella iba a mi lado, y yo intentaba conversar con ella lo que mi limitado inglés me permitía.

 

Llegamos al banco. En la puerta, Armando se bajó, y ayudó a la maestra a bajar, me abrió la puerta, yo salí y él ocupó mi lugar en el volante. Le di la instrucción: - Ya sabes Armando, solo cuando nos veas a través del vidrio que estamos a punto de salir, te estacionas para que salgamos de inmediato. No sé qué volumen tendrá un paquete de 43.000 bolívares, pero debe ser grande.  Armando asintió y salió a dar vueltas por las cuadras adyacentes.

 

Entramos al banco. Ella se apoyaba de mi brazo, y realizamos todos los trámites necesarios. En un pequeño bolso, la maestra llevaba su pasaporte y un espectacular bolígrafo bañado en oro, una pieza que conservaba desde hacía muchísimos años, además de unos pocos dólares en efectivo para sus gastos personales. Durante nuestro insólito diálogo, motivado por mi falta de vocabulario, ella notó la cadena de oro que yo usaba, de la cual colgaba un dije con la letra “J”. Me dijo que le parecía muy bonita, pensando que la J era una cruz; realmente parecía una cruz, pues el palito que lleva arriba en cualquier jota, en este caso lo tenía casi en la mitad,por eso era facil confundirla, no le aclaré el punto pues no era importante.

 

Pasamos un buen rato esperando, hasta que por fin trajeron el paquete. No solo contenía billetes de 100, sino también otras denominaciones inferiores, lo cual aumentaba significativamente su volumen. Me preguntaron si deseaba contarlo. Le pregunté a la maestra, y ella, abriendo sus ojos azules por el asombro ante el fajo de billetes, me dijo que no, que no hacía falta.

 

Fuimos a la puerta a esperar a Armando. Él nos divisó después de varias vueltas. Repetimos la maniobra de entrada: ella se sentó de nuevo a mi lado y Armando ocupó el asiento trasero. De inmediato, salimos rumbo al Museo, pues ya se estaba haciendo tarde. Cuando íbamos llegando, Armando me dice: - A mí déjame por aquí, voy a la ferretería a comprar unas poleas para la escenografía de una ópera de una amiga a la que estoy ayudando.

 

Me estacioné, él se despidió – Nos vemos ahora, y se bajó del carro. Yo tenía una tarjeta que debía canjear por un ticket de estacionamiento normal al entrar a Parque Central.

 

Había una bajada donde estaba la taquilla. Hice el canje y comencé a descender la rampa. De repente, vi por el espejo retrovisor a tres motorizados, con pasamontañas en el rostro. En segundos, uno de ellos estaba a mi lado, y con una destreza increíble, metió la mano por la ventana, apagó el carro y arrojó las llaves lejos. Me obligó a bajarme a punta de jaloneos, a lo que yo me resistía. En ese forcejeo, aproveché el momento: el paquete de dinero, que había envuelto en un suéter que había llevado, lo tiré al piso del carro y, con el pie, lo fui empujando discretamente debajo del asiento.

 

De pronto, volteo a ver a la maestra. Otro de los delincuentes la tenía agarrada, halándole el cabello, con una afilada navaja en su garganta. Por supuesto, la adorable maestra estaba petrificada.

 

Finalmente, me sacó del carro. Preferí no seguir poniendo resistencia. Lo único que me preguntaban era: -¿Dónde está el dinero? ¿Dónde?, ¿Dónde". Yo respondía: -¿Cuál dinero? Yo no tengo nada.

 

La paciencia del que me apuntaba se estaba acabando. Con la culata de la pistola, me dio un golpe muy fuerte en la cabeza, lo cual produjo una herida de la que la sangre corrió de inmediato. - Te pregunté que ¿Dónde está el dinero? volvio a preguntar. Yo, a pesar de la amenaza, seguía negando: - No sé de cuál dinero me hablas.

 

Todo esto pasaba ante los ojos de mucha gente, pero nadie hizo nada. Solo estaba yo para defenderme y defender a la maestra Vera. El tipo me siguió dando golpes, hasta que el que amenazaba a la maestra le dice a los otros: -¡Seguro que el tipo que se bajó se lo llevó, vámonos de aquí!.

 

Para no irse con las manos vacías, me arrancaron la cadena de oro y el reloj que llevaba. A la profesora le quitaron el bolígrafo y los dólares en efectivo, tirando el pasaporte a la calle. El tercer motorizado, que estaba vigilando, les dio una señal, y los tres salieron a toda velocidad en sus motos.

 

Mi aspecto era terrible: la camisa llena de sangre y adolorido por la cantidad de golpes. Ahora, tenía que buscar las llaves. Recogí el pasaporte del piso y le pregunté a Vera Rozsa cómo estaba. Ella solo asentía con la cabeza, llorando desconsoladamente, pues no entendía nada de lo que acababa de suceder.

 

Como pude, me agaché debajo de unos carros, llenándome de grasa y tierra. Nadie me ayudaba; la gente me veía desde lejos, compadeciéndose de mi situación, hasta que por fin di con las llaves. Corrí al carro, lo encendí y me dirigí a mi puesto de estacionamiento.

 

Los nervios me tenían destrozado. Lo único que acertaba a decirle a la maestra era: “I’m sorry, please forgive me, I’m so sorry”... perdón, perdóneme, lo siento mucho. Repetí esa frase docenas de veces. Sentía tanta vergüenza por lo que habíamos pasado. En mi mente, tenía la idea fija de la imagen que se llevaría de nuestro país.

 

Ella abrió la guantera de mi carro, encontró un trapo que siempre llevaba por si acaso, y con una dulzura extrema, comenzó a limpiarme la cara y a quitar el exceso de sangre. Mientras, me decía muy bajito muchas cosas que no entendí, pero que traduje como: "No te preocupes, ya estamos bien...".

 

Llegamos al Museo. Todos nos estaban esperando en la puerta, pues Armando ya había llegado y, al ver que nos habíamos demorado, había dado la alarma. Por supuesto, me ayudaron, me buscaron una franela limpia, y me lavé la cara, el cabello, las manos, todo, lo más que pude en el baño. De la noche a la mañana, me había convertido en un héroe: había salvado el dinero de los honorarios de Vera Rozsa.

 

Con el paso de los días, yo mismo no podía creer mi reacción y lo que había pasado. Creo que si eso pasara en esta época, como mínimo me hubieran pegado un tiro por la frustración del ladrón de no encontrar el dinero. Es obvio que estaban en combinación con alguien del banco; en esa época no existían celulares, pero igual se las arreglaron para dar aviso y perseguirnos. A pesar de que han pasado muchos años, siempre tengo el vidrio del carro arriba, y cuando se acerca una moto, revivo de inmediato lo que pasó. Verdaderamente fue terrible.

 

Cuando la profesora terminó el curso, se organizó una celebración de despedida. Para mi sorpresa, la maestra me tenía de regalo una cadena de oro con una cruz, también de oro. Me pareció un gesto muy bonito y todavía la conservo. Nunca me la puse. Yo, por mi parte, le entregué en nombre de todos, un bolígrafo muy parecido al que le robaron, también bañado en oro, producto de una colecta entre todos los que participaron en esas Clases Magistrales.

 

Hay muchas anécdotas de esos tiempos. Afortunadamente, esta, a pesar de todo, tuvo un final feliz.

 

Y así pasó...

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

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Y ASÍ PASÓ... DORIS WELLS , MAS ALLÁ DE ANA / por Jairo Carthy - Caracas 25 de Enero de 2026

 

La película Ana, Pasión de Dos Mundos marcó un hito inolvidable en mi carrera. Fue una oportunidad de compartir escena con grandes figuras del cine. Por el lado español, el talento y la presencia de Juan Luis Galiardo y una joven adolescente que ya brillaba como estrella: Maribel Verdú. Y, representando a mi amada Venezuela, nada menos que la primera actriz Doris Wells, junto a otras actrices y actores de inmensa trayectoria.

 

En su época, esta fue la producción más costosa jamás filmada en Venezuela, una ambiciosa coproducción entre España, Venezuela y también Colombia, de este último país se sumaron dos actores de gran prestigio al elenco principal.

 

La historia nos transportaba a la fascinante década de los años veinte. Esto significó que cada pieza de vestuario, maquillaje y decoración fue confeccionada con un rigor histórico impresionante. Podría escribir páginas enteras sobre la magnitud de esta experiencia, pero hoy quiero centrarme en un suceso que lo transformó todo, cambiando mi perspectiva sobre muchas cosas.

 

El filme comienza en España, en una majestuosa casa que funge como prostíbulo. Allí reside Charo (Doris Wells), la Madame que regenta el negocio, y Ana (Maribel Verdú), la favorita de muchos clientes, incluido un rico hacendado que vive en Venezuela, Fabián (Juan Luis Galiardo). Como una de las muchas exigencias de Ana para viajar a Venezuela, es que Fabián le construya una réplica exacta de la casa española, y tenía que viajar con ella todas sus compañeras de “trabajo”.  Y así se hizo en la vida real, la producción de la pelicula la construyó en las afueras de Calabozo.  La fidelidad era tal que el equipo español, que semanas antes había rodado algunas escenas en la locación original, no podían creerlo. La casa era la protagonista, aunque en mi historia personal, la verdadera protagonista estaba por revelarse.

 

Cuando leí el guion, me sorprendió que Doris Wells aceptara el rol de Charo. Era un papel protagónico, sí, pero muy diferente a todo lo que había hecho en su extensa y respetada carrera. La trama nos lleva a Venezuela, donde las prostitutas y su Madame se aventuran a probar el “negocio más antiguo del mundo” en los llanos venezolanos.

 

La escena de la llegada era monumental. Nuestros personajes arribaban en barco al puerto de La Guaira, recreando fielmente el ambiente de los años veinte. Un bote nos llevaba a tierra firme, donde Charo y Ana desembarcaban. Allí estaba yo, interpretando a Felipe, el fiel sirviente de Don Fabián, cuya misión era convertirse en la sombra, protector y cuidador de Ana. Cien extras vestidos de época, un mercado reconstruido con minucioso detalle... todo era color y bullicio que asombraba a las recién llegadas al trópico.

 

Todo se ensayó a la perfección. Filmamos tomas secundarias y llegó el momento de la escena principal: mi encuentro con las "Damas", la bienvenida y el diálogo entre Ana y Felipe  el cual observa Charo.

- ¡Acción!

Aunque ya había filmado otras escenas, la verdad es que estaba embargado por el nerviosismo y la ansiedad de que todo saliera impecable. Marchaba bien. Doris y Maribel, se acercaban a mi y Ana me preguntaba: - ¿Y tú eres Felipe? ¿Dónde está Fabián?. Yo respondía:- ¡Ah! Usted debe ser Ana, la señorita Ana, quiero decir...

 

De repente, - ¡Corten!

 

Todo se paralizó. No entendía lo que pasaba, pero había que repetirla. Esto significaba volver a colocar a todos los extras, a las actrices en el barco... ¡empezar de cero! De nuevo, - ¡Corten! Y así, una y otra vez.

 

Con cada repetición, el nerviosismo aumentaba, y la espontaneidad inicial se desvanecía. El ambiente se tensó; era la hora del almuerzo, el calor era asfixiante bajo esos trajes y el maquillaje. La desesperación crecía al no avanzar. Cerca de la décima repetición, justo antes de dar la acción, el camarógrafo se acercó a mí y, casi gritando frente a todos, me dijo:

- Jairo, no te muevas. Di todo lo que tengas que decir aquí. Yo moveré la cámara y todo saldrá bien.

Mi rostro debió ser de total incredulidad. Él se apresuró a explicar: - La Señora te está tapando (refiriéndose a Doris Wells). No sé por qué se mueve, pero te tapa totalmente. Hagámoslo como te digo, aunque ella te tape, yo me moveré con la cámara y la escena saldrá.

Con esa sensación de desconcierto y duda, filmamos la toma.

- ¡Corten! ¡Listo, queda esa toma! - anunció el productor - ¡Corte de comida!

Yo miraba a Doris Wells; ella solo sonreía. Maribel me miraba, como diciendo: ¿Qué acaba de pasar?.

 

 

 

 La polémica escena de la película

 

 

Fui directo a hablar con el director, Santiago San Miguel. Le agradecí la oportunidad, pero fui tajante: - Ha sido maravilloso trabajar para ti, pero con esa señora no sigo. Tenemos demasiada relación como personajes, y no voy a vivir el infierno que acabo de pasar por su culpa

 .

Una muy querida amiga, quien tenía uno de los personajes pincipales y era la esposa del Director , Perla Vonasek, me tomó del brazo: - Ven acá, mi amor, cálmate. Tienes toda la razón, pero vamos a conversar y a relajarnos. Este calor es insoportable. ¿Nos tomamos una cerveza bien fría?

 

Y me convenció. No quería perjudicar la producción, pues sustituir mi personaje implicaría repetir muchas escenas. El siguiente llamado era para el día siguiente, la continuación de la llegada de las "Damas"a Venezuela.

 

Llegué a la Casa Guipuzcoana, en La Guaira, el punto de reunión, bastante nervioso. Tenía que enfrentar a Doris Wells, y sabía que no sería fácil. Apenas me vio, se acercó: -Hola, mi amor, te estaba esperando. Ven, siéntate aquí conmigo, en mis piernas, como cuando eras niño.

 

En ese instante comprendí que Perla y Santiago habían hablado con ella. Intenté excusarme, sintiendo la mirada de todo el mundo: - Disculpe, pero no me parece, no entiendo…

 

- Ven, no te dé pena. Pena me debería dar a mí por lo que pasó ayer. De verdad, no sé qué me pasó, la repetidera me parecía divertida, pero ven, siéntate.

 

Me senté en sus rodillas, para no contradecirla, y poco a poco me fui rodando hasta que quedamos compartiendo la silla.

 

- Ya sé que eres el hijo de Ramón Carthy. Me recordé que él te llevaba muchas veces a Radio Caracas Televisión cuando eras niño y siempre te sentabas en mis piernas, y conversábamos los dos. Han pasado muchos años, y ahora estamos juntos en este proyecto. Te prometo que nada parecido volverá a pasar. Lo que pueda hacer por ti, solo pídemelo y lo tendrás.

 

Y así fue. A partir de ese momento, fuimos inseparables.

 

Nos fuimos varias semanas a Calabozo para rodar en el famoso set de la casa. La  mayoría del elenco era citado a las 5 de la mañana, ella, por su nombre y trayectoria, llegaba a las 7 a.m., y yo con ella, pues mi preparación era sencilla. El trayecto hasta la locación, de una hora, se convirtió en el escenario de nuestra gran amistad. Yo le repasaba los parlamentos; ella, ¡imagínense!, me pedía consejos sobre su personaje. Durante la filmación, yo estaba atento a su bienestar. Descubrí a una mujer increíblemente divertida, de una belleza deslumbrante y con un glamour y una clase poco comunes. Era fascinante verla transformarse al actuar, encarnando a esa Madame interesada en el dinero, capaz de vender a las jóvenes al mejor postor.

 

Aprendí muchísimo a su lado. Hicimos planes, muchísimos planes. Ella soñaba hacer  una miniserie junto a Marina Baura y Carlos Mata, la que sería su despedida como actriz, y yo trabajaría con ella en la producción. Aunque siempre le recordaba: - Acuérdate que lo mío es actuar.

-Claro, Jairo, eso lo sé. Ya verás la cantidad de cosas que vamos a hacer, eres muy talentoso y con esa voz, todas las puertas se te abrirán.

 

Pero no fue así. Ninguna de esas puertas se pudo abrir.  El destino había trazado un final precipitado con una enfermedad incurable que la estaba consumiendo y no lo sabíamos.

 

Una mañana, mientras esperábamos el taxi en el lobby del hotel para nuestro encuentro diario, me dijo: - No sé qué me pasa, tengo un dolor terrible en el pecho. Seguro que dormí mal . Fui de inmediato a la cocina y pedí que le prepararan un té de anís estrellado. - Tómate esto, Doris, seguro que son gases, te va a aliviar . Y, en efecto, la alivió… por unas horas.

 

Le tocaban las escenas más fuertes de su personaje, justo cuando todo en la trama comenzaba a desmoronarse. Y el mismo drama se replicaba en la vida real, donde la enfermedad iba destruyendo lentamente a este maravilloso ser que en apenas una semanas nos habiamos hecho inseparables.  Repasábamos la letra; yo veía que por momentos le costaba respirar, pero al pararse en el set y enfrentarse a Fabián, la adrenalina hacía su magia, y la fuerza y el coraje de Charo brotaban con intensidad. ¡Cómo la admiraba! Era increíble verla, aunque por dentro, sabía que cada vez estaba peor.

 

Este texto es un humilde homenaje a un ser maravilloso, lleno de alegría, de vida, y de planes y proyectos que, con el tiempo, se volvieron sueños truncados. Un homenaje a la gran actriz, a la gran mujer. Conocí aspectos suyos que nadie sabía. Al regresar al hotel, siempre poníamos en el taxi a Wilfrido Vargas y, junto a Cristina Reyes, otra excelente actriz y amiga valiosísima, ibamos moviendonos al ritmo del merengue todo el camino.

 

Recuerdo que le alegró mucho saber que mi padre vendría ese Diciembre e hicimos planes para que se encontraran de nuevo y ver juntos la pelicula.  Pero nada de eso sucedió. Yo tenía que regresar a Caracas tres días antes de que finalizara las filmaciones.  De repente, cambiaron el plan de rodaje: un avión vino a buscarla. No quiso volver a ver a nadie.   Se fue apagando, poco a poco.  No llegó a ver su película y yo, nunca más la volvi a ver.

 

Esta no es solo una anécdota de cine; es la memoria de cómo una de las figuras más grandes de nuestra pantalla se detuvo, me miró y me tomó de la mano. Ese gesto en la silla, ese abrazo sutil después del conflicto, no fue solo un acto de disculpa, sino el inicio de una amistad genuina que me regaló las lecciones más valiosas sobre el arte, la humanidad y la fragilidad de la vida. Aún resuena en mí su voz llena de promesas y fe en mi talento. 

 

Aunque el destino le impidió concretar esos sueños, Doris Wells me abrió una puerta mucho más importante que cualquier oportunidad profesional: la puerta de la confianza y el afecto incondicional. La recuerdo con el ritmo alegre de Wilfrido Vargas, con su belleza imponente y con esa promesa de un futuro que hoy, sin ella, se convierte en el recuerdo más dulce y emotivo de un set de filmación que ya es eterno.

 

 

Y así pasó …

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

 

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Y ASÍ PASÓ... EL SILENCIO DE ADINA por Jairo Carthy / Caracas, 18 de enero de 2026

 

Les prometí contarles el dramático episodio que se vivió durante una de las funciones de "El elixir de amor" de Donizetti. Por razones profundamente personales y obvias, el nombre de la protagonista permanecerá en el anonimato. Pronto comprenderán el por qué de esta reserva.

 

El montaje en el Teatro Nacional de Caracas fue una producción especial de tres funciones. El rol protagónico de Adina se repartió entre tres sopranos distintas, una para cada noche. Para el personaje del tenor, tuvimos el honor de contar en dos funciones con el famosísimo Maestro Luigi Alva, invitado estelar, mientras que una función recayó en el talento de nuestro tenor venezolano, Eduardo Calcaño.

 

Como era tradición en la Ópera de Caracas, el elenco, a excepción del Maestro Alva, fue el resultado de rigurosas audiciones. Este montaje en particular brilló bajo la dirección escénica del maestro José Ignacio Cabrujas y la dirección musical del maestro Carlos Riazuelo.

 

Al ser una ópera bufa, ambientada en la época actual y rebosante de color y alegría, esta producción prometía momentos inolvidables y divertidos, como aquella famosa anécdota de la franela de Superman. Mi labor en la producción era doble: además de mis responsabilidades habituales, me encargaba del maquillaje de los protagonistas, una destreza que adquirí en mi carrera como actor. Me apasionaba la capacidad de embellecer, transformar y dar nueva vida a cada cantante o actor a través del maquillaje.

 

En la segunda función, Adina fue interpretada por una soprano de una dulzura inusual. Su cabello corto, por arte de la magia del postizo, se convirtió en una hermosa cabellera que complementaba su aura. Poseía una voz preciosa y un talento innegable, que la había hecho triunfar en la audición. Aunque no era una muchacha, sino una mujer de unos 32 años, su carisma la hacía perfecta para la Adina de Cabrujas.

 

El día del estreno de su función, la emoción era palpable. El éxito de la noche anterior había sido glorioso, y las entradas para esta y la última función estaban agotadas. El compromiso con la excelencia artística se sentía en el ambiente.

 

El primer acto transcurrió en perfecta armonía. Las risas y los aplausos del público atestiguaban el buen ritmo. Llegó el intermedio, de tan solo quince minutos para una transformación frenética: convertir a Adina en la anfitriona bellísima de una gran fiesta popular. El camerino se convirtió en un torbellino. María de las Casas, nuestra extraordinaria diseñadora de vestuario, se encargaba del traje y el peinado, mientras yo esperaba mi turno para los retoques de maquillaje.

 

De repente, la puerta se abrió de golpe. Apareció una figura casi espectral, como sacada de una película de terror de época. Una mujer de tez morena, con una peluca rubia ceniza y un traje ridículamente ajustado, dos tallas menos, rematado con un tapado de piel y ¡guantes! Era una aparición verdaderamente inoportuna. Con una furia contenida, se abalanzó sobre Adina y le gritó, casi al oído:

-¿Y, entonces? ¡¿Qué te pasa?! ¿Por qué estás cantando así? ¿Dónde están esos agudos maravillosos que te he enseñado? ¡Estás haciendo el ridículo, una mujer profesional como tú!

María y yo nos miramos, pasmados por la violencia de la escena. Al ver el rostro roto de nuestra soprano, María reaccionó inmediatamente: - Lo siento, señora, pero aquí no puede estar. Le ruego que salga del camerino. La mujer, fuera de sí, gritó: - ¡Yo soy su maestra de canto! ¡Vine para que reaccione, ella puede cantar mucho mejor!.

Las lágrimas de Adina brotaban sin control. Entre sollozos entrecortados, apenas pudo musitar: - Discúlpeme, Maestra... estoy muy nerviosa... es la primera vez que hago esto... de verdad lo siento...

 

Me sumé a la defensa de María: - Señora, usted podrá ser su maestra, su madre o su abuela, pero está prohibido que esté aquí.  No sé cómo ha llegado. Llamaré a los vigilantes para que la saquen.

-¡A mí no me saca nadie!, bramó la mujer. - Ya me voy, pero voy a estar pendiente a ver si a partir de ahora sacas ese papel. ¡Quiero oír esos agudos, quiero volumen, pasión, todo lo que te enseñé!.

 

María de las Casas, una mujer de carácter implacable, respetada por su trayectoria, talento e incluso por haber sido Miss Venezuela, tomó a la intrusa del brazo y la empujó hacia la salida.  - ¡Fuera de aquí! No venga a hacer daño con sus comentarios malsanos.

 

Al fin, la pesadilla se fue. Adina lloraba con una impotencia desoladora. - No le hagas caso a esa mujer, la consolaba María. - Lo estás haciendo excelente, ¿verdad, Jairo?.  --¡Claro que sí, es la verdad, y estás preciosa!, confirmé. - Ahora, por favor, cálmate y deja de llorar, porque así no puedo maquillarte.

 

Salí corriendo en busca de Isabel Palacios. Como músico y cantante, ella podría brindarle el apoyo emocional que yo, solo con palabras de ánimo, no podía darle. Le conté la tragedia mientras volvíamos corriendo al camerino. Isabel abrazó a Adina y le dijo con firmeza: - No le hagas caso a esa mujer, que no es ni maestra ni nada. Estás cantando precioso. Y esos agudos que ella te pide ni siquiera están en la partitura. Estás cantando exactamente como debe ser.

 

La logró tranquilizar. Pude, entonces, comenzar la difícil tarea de disimular sus ojos congestionados, mientras María le ajustaba un tocado. A pesar del retraso, Adina quedó bellísima. Salimos al segundo acto, donde ella y el tenor encabezaban la escena. 

 

Desde el público, yo la observaba con el corazón encogido. Se notaba su tensión, pero afortunadamente, todo iba fluyendo. Las risas y los aplausos volvieron, y la ópera se acercaba a su final. Donizetti creó un dueto sublime en la culminación, un momento para el lucimiento absoluto de la soprano y el tenor.

 

De repente, Adina comenzó a cantar su parte del dueto ¡tres tonos por encima de lo indicado! La partitura pide un crescendo emotivo y cada vez más agudo, pero ella ya lo llevaba al límite. Al intentar forzar su voz a tales alturas, perdió el control, se quedó sin aire, y en un instante de dolorosa vulnerabilidad, se detuvo. Se hizo el silencio. 

 

Carlos Riazuelo, el director, paró la orquesta. El silencio se volvió aterrador. El rostro de Adina era la imagen de la desesperación, sus ojos implorando perdón al público, a los palcos, a los balcones. La confusión del tenor era inmensa. Él le tomó las manos.

 

En ese silencio que lo abarcaba todo, se escuchó la voz de Riazuelo. Una voz dulce, tierna, amable y serena:

-¡Vamos, tú puedes! Tranquila. Yo sé que lo puedes hacer. Has cantado como nunca, y ahora terminemos como solo tú sabes, como lo hicimos en los ensayos.

 

La soprano asintió con la cabeza, el tenor la abrazó. Riazuelo dio la indicación a la orquesta, marcando el tono para evitar otro descontrol. Retomaron el dueto. Cuando llegó el hermoso agudo final, que Donizetti pide con dulzura, nitidez y volumen, Adina lo dio. Fue perfecto.

 

Al terminar, la reacción fue indescriptible. Una ovación increíble. La gente se puso de pie, aplaudía y gritaba "¡Bravo!". Adina, con una venia, agradeció la solidaridad y el apoyo de su público. Muchas personas lloraban, incluyéndome. Era imposible no emocionarse tras presenciar un acto tan profundo de apoyo humano y fragilidad. 

 

Nadie nunca más volvió a saber de esta cantante. Cuando fuimos al camerino ya no estaba. Solo estaba el traje y su partitura. No regresó nunca más a un escenario. Desapareció... como si se la hubiera tragado la tierra. No pudo superar lo que vivió esa noche.

 

Y es una lástima inmensa, porque estoy seguro de que habría tenido una carrera brillante. Por la dignidad de su recuerdo y por la pena de su adiós silencioso, es que prefiero, aún hoy, omitir su nombre.

 

Y así pasó...

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

  

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