Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

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LA CAMERATA... mi vida en la música antigua / por Jairo Carthy / Caracas, 20 de septiembre de 2026

 

¡Se acabó la ópera! Así, de repente, sin aviso previo y sin ningún finale apoteósico (como los que a mí me gustan). La sorpresa quedó dibujada en el rostro de cada uno de los que formamos parte de aquel sueño de Isabel Palacios y José Ignacio Cabrujas que tantos frutos dio. Durante cinco años, los cantantes venezolanos tuvieron una plataforma donde forjar una carrera; de la noche a la mañana, la incertidumbre, la desolación y ese vacío indescifrable se convirtieron en lo único que teníamos en común.

 

Pero, afortunadamente, a los pocos meses el panorama cambió por completo. Isabel tenía - como siempre - un plan B. Contaba con un grupo de música antigua llamado Camerata - que en aquellos días se definía jocosamente como “una familia de locos que gozan haciendo música antigua” -  y me invitó a trabajar con ella solo algunas mañanas. La idea era darle a ese proyecto una imagen institucional y ver si podíamos lograr grandes cosas, tal como lo habíamos hecho en la ópera.

 

Con el equipaje de aquellos años tan productivos, comencé a trabajar hombro a hombro con ella. Lo hacíamos en la mesa de su comedor: una superficie de roble macizo con bancos a cada lado que se metamorfoseaba cada mediodía para dar paso al almuerzo familiar. Todo lo teníamos dispuesto para esa transición exprés: en cajas especiales guardábamos el material de nuestra pequeña oficina, y una simple mesa con su máquina de escribir bastaba para echar a andar lo que estaba por venir.

 

Cambié entonces a los fieles y admirados amigos que había aprendido a conocer -Verdi, Puccini, Bellini, Donizetti, Bizet, Rossini-  por otros que en ese momento eran tan nuevos para mí como lo fueron aquellos en su momento. Así, Vivaldi, Bach, Monteverdi, Handel, Mozart, Purcell, Schumann y muchos más del período renacentista y barroco pasaron a formar parte de mi cotidianidad.

 

Cuando fuimos a otorgarle presencia jurídica al grupo para abrir una cuenta bancaria y cumplir con los requisitos de ley, nos topamos con que necesitábamos casi un apellido, pues «Camerata», por sí solo, no se podía registrar. Fue así como se le agregó el “de Caracas”, sellando un nombre que llevaríamos con orgullo durante décadas.

 

Había varios frentes: la Camerata Renacentista - que en ocasiones se transformaba en Camerata Medieval - , la Camerata Barroca con un coro de cuarenta voces mixtas, la Orquesta de Cámara Collegium Musicum y el grupo Memoria de Apariencias, encargado de dar vida a las óperas de los períodos que abarcaba la institución. Todo ello bajo la dirección, el talento y la inagotable creatividad de Isabel.

 

Los años fueron pasando y, con el tiempo, la Camerata de Caracas se convirtió en un ejemplo a seguir. Llegamos a tener sede propia y un equipo administrativo de diez y hasta doce personas. Así comenzó «la aventura moderna de la música antigua», como rezaba el eslogan que utilizamos durante años.

 

Este escrito no pretende abarcar toda la trayectoria nacional e internacional de los grupos; necesitaría muchas páginas para resumir lo que durante décadas atestigüé y ayudé a construir desde dentro. Fui parte de cada montaje, de múltiples festivales y de incontables ediciones discográficas, administrando los recursos financieros y manejando una imagen gráfica que siempre estuvo supervisada - y por lo general ideada - por la propia Isabel. Gracias a su valioso asesoramiento fui aprendiendo a recrear cada época: los colores, las texturas y las tipografías adecuadas según el estilo y el compositor. Fue una escuela perfecta cuyos resultados, muchas veces, fueron elogiados por la propia crítica.

 

Durante muchísimo tiempo, Isabel tuvo que demostrarle al gobierno y a la empresa privada que valía la pena invertir en la Camerata. Fueron décadas de grandes acontecimientos, de éxitos memorables, de ausencias inevitables y de un amor desmedido por lo que hacíamos. En las etapas en que estábamos holgados financieramente, todo era celebración; y cuando no era así, apretábamos filas. Jamás en todos esos años me pidió cuentas o me revisó un informe bancario. NUNCA. Lo que yo decía era ley. Esa confianza ciega fue el pilar de un vínculo indestructible y contará por siempre con mi agradecimiento infinito.

 

Nos unía una complicidad diaria. Teníamos frecuentes ataques de risa incontrolables; una sola mirada bastaba para saber exactamente qué pensaba el otro o qué debíamos hacer. La conocía al milímetro: sabía cuándo era el momento exacto para abordar un problema y cuándo era mejor guardar silencio.

 

Podría estar horas escribiendo sobre mis andanzas con Isabel a lo largo de más de cuarenta años. Desde nuestra juventud, cuando ella era artista exclusiva de Mito Juan Pro-Música y yo apenas me adentraba en el universo clásico, me enseñó a comprender y a querer primero la ópera y luego la música antigua. Recuerdo con entrañable nostalgia los momentos sencillos: ir juntos de compras, perder el sentido dentro de una papelería fascinados por cuadernos, libretas, lápices y bolígrafos, o acompañarla a elegir los vestidos de gala para sus conciertos como solista. Siempre la apoyé para que luciera radiante, porque Isabel poseía una belleza y una simpatía únicas que deslumbraban a todos.

 

En la Camerata no solo me limitaba a administrar, también a escuchar, a remodelar muchas veces la sede y darle vida y color.  Fui psicólogo y cómplice de muchos y muchas aventuras y tuve la oportunidad de resolver y a veces mejorar la vida de quienes trabajaban conmigo, recibiendo por ello no solo el respeto sino el cariño incondicional de cada uno. 

 

“La música que nunca conocimos” fue el eslogan para ofrecer al mundo la música del pasado de América a través de cinco festivales, con la presencia de musicólogos de gran relevancia internacional y agrupaciones que venían de diversos países a mostrar el fruto de sus investigaciones rescatando piezas olvidadas.

 

Muchos proyectos e inventos se hicieron en la Camerata de Caracas. Desde mi posición, vi cómo florecieron las carreras de jóvenes músicos y cantantes que llevaban el sello MADE IN CAMERATA - o lo que era lo mismo: MADE IN ISABEL - , pues ella era el corazón de todo, y el público se lo retribuía con aplausos calurosos en cada montaje. No hay duda: la Camerata es Isabel.

 

Un día, Isabel entró a mi oficina y me dijo:

- Mi amor, te quiero leer algo que escribí.

Cada texto que redactaba contaba con mi opinión, y yo era feliz teniendo la primicia absoluta de sus ideas

- Cuéntame, ¿qué escribiste? - le pregunté.

- Escribí una entrevista a Puccini.

- ¿Cómo así?… ¿Una entrevista?

- Sí, claro. Como si estuviera en esta época y un periodista lo entrevistara. Déjame leerte y luego te explico los detalles.

 

Así comenzó una faceta nueva e impactante: Isabel la dramaturga. Aunque ya había escrito artículos, ensayos e inclusive una obra de teatro llamada Genio y locura sobre la vida de Händel, ahora se arriesgaba a traer a la vida al mismísimo Giacomo Puccini en la época actual, el cual estaría maravillado por el mundo moderno. Mientras leía, interpretaba a ambos personajes: el periodista incisivo y el compositor soñador. Era un espectáculo verla. Con su cultura inagotable y su rigor de investigadora nata, lograba que todo sonara real, auténtico.

 

La felicité efusivamente, y entonces vino la mejor parte

-Te cuento -añadió ella- . La idea es que sea como un programa de televisión, donde el público asistente sea a su vez el público del programa. Mientras transcurre la entrevista, cantantes en vivo acompañados al piano interpretarán las arias más conocidas.

- ¡Qué maravilla, Isabel! - le dije -. ¿Y dónde lo quieres hacer?

Ella, sin saberlo, sembró en mí muchas ilusiones y sueños guardados con la respuesta que salió de su boca

¡- En nuestro teatro! Vamos a hacer un teatrico en la sala de la Camerata. Hablaré con Carlos y veremos qué tenemos para armarlo.

 

¿Un teatro? ¿Un teatro propio?... Mi corazón dio un vuelco. Aquel proyecto lo asumí como algo mío. Durante décadas de conciertos solo asistía a los montajes más apoteósicos - como el Mesías de Händel, Il Festino de Banchieri, la Pasión según San Marcos de Keiser, Fiestas de pasión y gloria o los estrenos de las óperas- ; pero esta vez me involucré en cada detalle. Diseñé una logística impecable para la reserva y venta de entradas numeradas. El público, que siempre agotó las entradas, quedaba maravillado por la organización y la calidez del espacio. Y yo los recibí en cada una de las funciones.

 

Durante el proceso de creación, supervisé de cerca el trabajo de Carlos, un joven talentoso y muy dispuesto. Le fui enseñando los secretos del escenario: la terminología teatral, la magia de las luces, la mística tras bambalinas. Logré sembrar en él esa misma pasión que luego se reflejó en cada temporada de La Entrevista.

 

Después de Puccini vinieron varias entregas dedicadas a Mozart, Monteverdi, Vivaldi y Beethoven, entre otros. Como siempre, disfrutaba del privilegio único de escuchar primero los textos en la voz de su autora. Y debo confesar que, aunque grandes actores interpretaban a los personajes, nadie lo hacía mejor que Isabel. Su encarnación de Beethoven, con el acento alemán que le imprimía y el matiz de su dificultad auditiva, era simplemente insuperable.

 

Ese teatrico despertó en mí algo que nunca se había dormido. A veces, cuando la jornada terminaba y me encontraba totalmente solo en la sede, me subía al escenario. Encendía los reflectores, sentía la madera bajo mis pies y comenzaba a improvisar un cuento, un chiste o una anécdota ante la atenta mirada de mi perra adorada, que vivía allí. En esa soledad comencé a soñar despierto. Planifiqué desde un espectáculo unipersonal - que luego se transformaría en libro - hasta montar una comedia del absurdo junto a Isabel que parecía escrita pensando en los dos. Ese espacio revivió el fuego sagrado de mi verdadera pasión: el teatro.

 

El lugar ganaba renombre, el público llenaba las funciones e incluso un director y dramaturgo reconocido presentó una de sus obras en nuestra sala. Todo fluía con una luz hermosa, hasta que irrumpió algo inesperado cuyos alcances jamás imaginamos: la pandemia del COVID-19.

 

Al principio no entendíamos nada. ¿Un virus? ¿Una cuarentena de unos días? Pronto la realidad nos golpeó. No fueron días, fueron años. El mundo se detuvo, el silencio se apoderó de las calles y los encuentros presenciales quedaron prohibidos. Para el arte vivo, el golpe fue devastador.

 

Y empezó el cambio… el sinsentido. Sin programación ni público, no era factible continuar. Pasaron algunos meses. Sabía lo que teníamos que hacer, pero no era fácil: toda una vida no se desecha ni se olvida así como así; eran muchos, muchísimos años.

 

Un día, recogí mis cosas - que no eran muchas- , bajé las escaleras y llegué al teatro. El escenario estaba a oscuras, las sillas vacías; ese espacio que hasta hacía muy poco contenía toda la vida, los aplausos y los ¡bravos! por lo que allí presentamos. Sentía un dolor profundo y callado, el recordatorio inevitable de que todo ciclo tiene su final. Encendí todas las luces y subí al escenario, sabiendo que era la última vez.

 

Las paredes de esa hermosa casa guardan para siempre incontables risas, momentos gloriosos y también algunas lágrimas. Pero también guardan mis ilusiones: el deseo ardiente de regresar a las tablas. Había llegado, entonces, el momento de hacer mutis.

 

Fui apagando las luces de la escena, poco a poco, lentamente. En el centro quedó encendido un solo reflector cenital, resplandeciendo en la penumbra como una pequeña llama rebelde .  Lo miré por un instante, con el corazón apretado de gratitud y nostalgia por todo. Caminé hacia el interruptor y, suavemente, lo apagué también.

 

La oscuridad abrazó el escenario, dejando a oscuras el espacio, pero guardando intactos, en el silencio de la memoria, mis sueños más queridos y los recuerdos de lo vivido durante tantos años… BLACKOUT…



Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 


 


"VERDAD, LUZ, AMOR", texto e ilustraciones de Dani Leona. Un regalo para el alma

 





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Texto e ilustraciones de Dani Leona. Diseño gráfico de Jairo Carthy. Fotografías de Maximiliano Binder.
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Y ASÍ PASÓ ... COMER, COMER... Y COMER por Jairo Carthy / 13 de Septiembre de 2026

 

Queridos amigos y amigas:

 

Tras la acogida que ha tenido la columna “Y ASÍ PASÓ…” en tantos rincones del mundo, estamos de regreso con mucha emoción. Hoy abrimos una nueva etapa para compartir con ustedes cinco artículos inéditos: relatos nacidos de esa memoria viva, recuerdos que rinden homenaje a una época dorada e inolvidable donde el arte, el teatro y la cultura marcaban el ritmo de nuestras vidas.

 

Pero eso no es todo… Queremos celebrar este camino compartido con un regalo muy especial.

 

Al culminar la publicación de estos nuevos artículos, pondremos a su disposición, de manera completamente GRATUITA, el libro digital “Y ASÍ PASÓ…”.

 

En esta obra hemos reunido minuciosamente cada uno de los relatos y anécdotas que semana tras semana han formado parte de esta columna. Será una edición muy especial para que puedan conservarla, volver a leerla y disfrutar sin costo alguno de este viaje lleno de afectos, nostalgias, humor y vivencias imborrables.

 

Los invito a acompañarnos en estas próximas entregas y a estar atentos para descargar su ejemplar. ¡Gracias por leer, por recordar conmigo y por ser parte de este recorrido!

 

Jairo Carthy

 

 
  

En mi trayectoria artística, hubo una pausa de un par de años en los que decidí cambiar los escenarios por los itinerarios. Había estudiado turismo y, tras mucho insistir, logré entrar en la OTI (Organización Turística Internacional). Era una agencia de viajes que contaba con una extensa clientela la mayoría judíos y de excelente posición, y acudían a nosotros, ya que los dueños de esta Empresa también eran judíos.

 

Mi jefa era una peruana espectacular: ojos azules que intimidaban, cabello negro azabache y un temple de acero para los negocios. Como ella sabía que yo era actor, no solo me apoyaba en mis ensayos y funciones, sino que se divertía mucho con mis historias. Éramos, en esencia, cómplices.

 

Todo marchaba bien hasta que, una mañana después de Navidad, ella me soltó la pregunta del millón: - Jairo, ¿te gusta la comida peruana? Como buen hijo de mi madre, respondí con honestidad: - Solo conozco el ceviche de camarones de mi mamá. Nada más. Sus ojos brillaron. - Entonces hoy vas a graduarte. Vamos a un sitio especial, es muy sencillo, pero se come la verdadera comida peruana.

 

Mi Jefa estaba embarazada como de 6 meses.  A pesar de su voluminoso vientre seguía manejando, llegamos al Restaurante donde, en cuestión de minutos, la mesa se convirtió en un campo de batalla de sabores: Ceviche de Mero, Papas a la Huancaína, un Cau Cau (delicioso), Anticuchos, Causa rellena, Ají de Gallina... y para cerrar, el postre era Mazamorra Morada con Pisco Sour y refrescos Inca Kola. Yo estaba al borde del colapso gástrico, pero, ¿cómo decirle que no a mi jefa, que estaba ahí, embarazada y feliz, iniciándome en los secretos de su tierra?

 

De pronto, el teléfono interrumpió el almuerzo. Era su marido. Celoso, controlador y - para mi desgracia- alguien con quien yo me llevaba muy bien. - Sí, mi amor, surgió un inconveniente, ya vamos para allá. Estoy con Jairo, no te preocupes, le dijo ella, con una calma increíble.

 

Rápidamente, pedimos la cuenta y salimos apurados.  Yo no entendía nada, ¿para qué íbamos a su casa? Llegamos al maravilloso Pent House de ellos, donde se divisaba toda Caracas. Nos abrió la puerta el mayordomo de guantes blancos, yo estaba sorprendido, no sabía que existía ese nivel de sofisticación en esa pareja tan joven.  El marido me recibió con una sonrisa: - ¡Bienvenido, Jairo! Qué placer que nos acompañes a almorzar.

¿Qué dijo? ¿A ALMORZAR?. Mi jefa, notando que estaba a punto de meter la pata, se adelantó: —¡Sí! Le dije a Jairo que nos esperabas. Vamos, siéntate.

 

Lo que siguió fue un guion de terror: de más está decir que el buen gusto imperaba en la mesa, la vajilla, los cubiertos, las copas, todo era de primera, y por supuesto me ofrecen vino: - Quieres una copa de vino blanco? Tu no puedes tomar mi amor, solo Jairo y yo. Por supuesto no quería vino ni nada, y traen el primer plato. Sirvieron una crema. Yo intentaba comerla con mucha lentitud mientras rezaba por un milagro. De repente, mi jefa se levantó: - Disculpen, me siento mal. Cosas del embarazo... y salió disparada al baño a "vomitar".

 

Yo la miraba con horror. ¿Qué haces?, pensaba. ¡Nos vas a matar a los dos con este teatro!

Ella regresó, me picó el ojo ¡qué descaro! Y pidió un té mientras yo seguía atrapado en la mesa con el marido, que, ignorante de mi agonía, llamaba al mayordomo para que me sirviera más crema. "No, de verdad... es suficiente", intentaba yo, pero la campanilla ya había sonado. Mi ración de crema se multiplicó como por arte de magia.

 

Y ahora venía el plato principal.  Cuando llegaron los canelones de espinaca y ricota, mi cuerpo dijo basta. - Disculpen, necesito un momento, dije, y corrí al baño, que afortunadamente estaba cerca.

 

Al entrar al baño me di cuenta de que estaba lo suficientemente cerca del comedor, así que mi plan de provocarme el vómito para desalojar algo de mi estómago debía ser rápido y lo más silencioso que pudiera.  No se imaginan lo difícil que fue, por más que hacía esfuerzos con todas las técnicas que uno se imagina poner en práctica no se devolvía nada.  Y lo peor era el tiempo de no sobrepasar el estimado en orinar un momento, lavarse las manos y salir.

 

Por fin logré que algo saliera, pero ahora me ardía la garganta, arreglé todo y salí.

 

-¿Te sientes bien?, me preguntaron. -Todo si muy bien (medio afónico). Hubiera querido decirles claro que NOOOO, me acabo de comer como diez platos de la gastronomía peruana, postre, refrescos, y me he tenido que tomar casi dos platos de crema que ni siquiera sé de qué es y me falta una generosa ración de canelones rellenos y ¿quieren que esté bien?

 

Por fin a duras penas medio me comí los canelones, de verdad estaban exquisitos, pero no podía más.  Cuando llegó la hora del postre allí si dije que estaba full y que no podía comer más, además que no me gustaba el dulce (eso nadie se lo creyó) y mi Jefa tranquila, degustando su tacita de té y disfrutando el horror que yo sufrí.

 

Y así pasó… 

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com 

 

 


 



 

 

Comentarios sobre textos casi inéditos de Viviana Marcela Iriart, Dra. Susana D.Castillo, San Diego State University, California, Estados Unidos, octubre 2009


Viviana Marcela Iriart. Buenos Aires, febrero 2012




Desde el estreno de PUERTA ABIERTA AL MAR (2007, Venezuela), la creación literaria de la periodista argentina-venezolana Viviana Marcela  Iriart ha empezado a  darse a conocer de manera edificante. El exitoso montaje de PUERTA...., producido por Benjamín Cohen en el Ateneo de Caracas, resultó un hecho fortuito para poner de relieve la existencia de una serie de textos no sólo teatrales sino también novelísticos y poéticos de Iriart. La publicación de estas obras por una editorial reconocida esta aún por darse pero gracias a la comunicación cibernética, los fragmentos de sus obras y datos específicos sobre su acuciosa y sistemática labor están siendo apreciados  en un círculo internacional cada vez más respetable. Basta incursionar por las secciones de Escritoras Unidas (blogspot) para captar la entrega y compromiso de esta creadora.






De sus textos merece mención aparte su novela LEJOS DE CASA (1983) ya que constituye el trabajo germinal de su producción toda. En ella, una joven estudiante argentina, expatriada por la dictadura militar, proyecta la visión del entorno que abruptamente se le da  al incursionar en otras esferas culturales (primero en Venezuela y luego en Estados Unidos), vivencias estas que dejarán una lacerante huella de resonancias múltiples en la protagonista. Es de anotar que LEJOS...., de apoyatura autobiográfica, está enmarcada dentro de la etapa de álgidas luchas por los derechos civiles que brotaron  irrefrenables en todo el hemisferio.  La marca del exilio, ese desarraigo por el que ya no se está en su sitio en ningún lado, será una constante predominante en las creaciones de Iriart, proyectada en variadas exploraciones estilísticas y diversos géneros que irán desde unos “casi” poemas, como le ha llamado su autora, hasta  su novela UNA CIERTA MIRADA, fluida y transgresora, pasando por una tersa adaptación teatral de una entrevista de la autoría de Truman Capote.

Estos pliegos casi inéditos de Iriart (su publicación privada no ha pasado de cien ejemplares) giran alrededor de los temas de la pérdida, el desencuentro, la represión de regímenes dictatoriales, la violencia institucionalizada y sobretodo, el desconcierto ante los efectos alienantes de la misma en las relaciones humanas. El tema de la pasión, como eje de sus creaciones, surgirá con mayor relevancia más tarde concordando con la actitud renovadora e irreverente que caracteriza la escritura de Iriart.

Dentro de la producción poética, la autora explora con intensidad y con soltura varios registros. Así, se perciben hallazgos metafóricos en los  destellos tiernos y evocativos que afloran en poemas tales como los incluidos en LA CASA LILA (novela, 2002).



Pasan tres niños pequeños montados en un viejo caballo grande.
Pasa la niña que fui yendo a la escuela en sulky.
Los niños ríen, son felices.
También yo lo era, entonces.
Se paran delante de una mora rozagante de frutos
y las manitas revolotean en el aire, desesperadas.
El caballo pasta, tranquilo, indiferente a sus brincos.
La mora baja sus ramas para amamantar
a los niños con su leche negra.



Pero hay también un tono fustigador en expresiones poéticas recientes, como en “Este país,” (2009), donde su lenguaje se torna más directo y su mensaje, grave.

Este país huele a sangre.
Camino sobre sus muertos.
El crujir de sus huesos hiere.
Este país, tan hermoso, huele a muerte.
Este país es mi muerte.

La autora revela en sus artículos periodísticos (y en su blog) las influencias literarias que han hecho mella en su obra creativa así como los íconos de las últimas décadas que han despertado su interés. Ambos aspectos van a fundirse de manera decisiva en su producción literaria. De ahí que no sorprenda que Iriart, quien admira la figura y obra de Truman Capote, elabore (junto a Leonardo Losardo) la recreación teatral de una entrevista de tan controvertido personaje. El texto original en cuestión es “Vueltas nocturnas o sugerencias sexuales de dos gemelos siameses” material incluido en MUSIC FOR CHAMELEONS (1975), dedicado a Tennessee Williams.

La adaptación de Iriart y Losardo, “Truman” (1997), recoge con fidelidad las reflexiones y dudas del impredecible escritor en una entrevista que éste se hiciera a si mismo. Se dice que Andy Warhol, quien entonces dirigía la revista “Interview,” le propuso a Capote el realizar una serie de entrevistas a las grandes figuras del momento en un afán de motivar la productividad de éste. “Vueltas...” es una de esas entrevistas. Sin pensarlo dos veces, Capote se entrevistó a si mismo porque tenía conciencia del sitial que su figura había llegado a adquirir dentro del núcleo social e intelectual del momento.

El aporte de Iriart y Losardo en “Truman” consiste en la hábil construcción de un tercer personaje: Truman, a los sesenta años, encarando el fin de su asombrosa trayectoria vital. Así, a este tercer personaje se le adjudican los parlamentos más complejos e incisivos, más sagaces y esclarecedores. Bien se ha señalado que la vida del autor norteamericano estuvo llena de éxitos, notoriedad y escándalos (causados por sus adicciones y su abierta homosexualidad) con los que Truman trataba tal vez de compensar su abandono infantil, causado por el suicidio de su madre, circunstancia que lo corroía sin tregua. A esto se añadiría  un  sentido de culpabilidad que surgiría en relación con la obtención y uso del material medular de A SANGRE FRIA, obra que logró  su consagración literaria definitiva. En efecto. la crítica considera su “novela de no ficción” IN COLD BLOOD, una obra transformativa de la concepción del reportaje. Bien anuncia la contratapa del libro que su prosa es “de un gran brío estilístico” asociado sólo con las grandes ficciones. De hecho, la reciente película realizada en Hollywood sobre la atormentada y genial vida de Truman Capote registra el autocuestionamiento del autor al utilizar las  confidencias de dos reos involucrados en un sonado crimen. Los acusados fueron  ejecutados seis años más tarde de sus conversaciones con Capote, lapso de tiempo que el autor debió esperar para publicar dicho material como parte innovadora de su reportaje. Es de suponer que esto contribuyó a que los últimos años de su vida se convirtieran en entradas y salidas de hospitales y programas de rehabilitación. Iriart y Losardo, conscientes de las resonancias explosivas recogidas en  “Vueltas nocturnas....”, insertan la adaptación teatral al final de la travesía de Capote logrando con ello agregar dinamismo al conflicto del texto original. La obra cierra con un tango en la voz de Susana Rinaldi, otro ícono que Iriart atesora.

La pasión como tema central del texto se da claramente en UNA CIERTA MIRADA (1994) donde la autora disecta el misterio de una atracción irrefrenable entre sus dos personajes centrales. De manera más que oportuna, Iriart nos relata, paso a paso y desde las páginas tomadas de los diarios de la pareja, los altibajos por los que atraviesan ambos personajes hasta cerciorarse de la correspondencia emotiva. El recurso de exponer los dos diarios, en forma alterna, elimina la necesidad de un narrador formal para el relato y lo que es más importante, produce un tono de inmediatez e intimidad entre el texto y  los lectores cómplices. 

Es fácil advertir la admiración de Viviana Marcela Iriart por la obra de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi cuya producción ha circulado exitosamente después de la etapa literaria del boom. Y esta afinidad no es casual. Sus preferencias creativas las acercan como en el caso específico de UNA CIERTA MIRADA. Con ella comparte, en gran medida, su escogencia temática del amor obsesivo. Con ella además  coincide en la utilización de los géneros literarios sin rigidez, en la expresión de un erotismo franco y disfrutable, en sus ideales por la igualdad de la mujer. Es de señalar que en su trayectoria vital, ambas escritoras han sido afectadas de raíz por dictaduras represivas y llevan con ellas la ruptura del exilio. 

La trama de la novela consiste en la interacción de dos mujeres, Gal y Francesca, quienes se resistirán inicialmente a una relación sentimental  por la extrañeza que produce en Gal una interacción lesbiana y por el temor de ambas ante la reacción prejuiciada del entorno social. El texto es corto, ligero, ágil y aun lúdico, proyectado en trazos impresionistas. Hay pinceladas luminosas de ternura y de libido mezcladas con tonos grises de pesadillas, vestigios de violencia que se han quedado ancladas en la memoria, y de la confrontación con los preceptos religiosos y sociales de ese presente. El lenguaje se mantiene fluido de principio a fin y se hace uso de las metáforas de tipo sensorial en profusión  para proyectar el clima de erotismo que irradian sus personajes.

Tanto en la creación poética como en la concepción de sus obras teatrales y su producción novelística, Viviana Marcela Iriart viene definiendo cada vez con mayor rigor la temática y el lenguaje idóneo para sus válidas exploraciones literarias. Es de esperar que estos textos tengan pronta acogida en las casas editoriales comerciales para lograr la difusión amplia que ameritan.


San Diego State University,
San Diego, California,
octubre 2009



HOMENAJE A WILLIAM ALVARADO: Y ASÍ PASÓ ... / FUERA DE LIBRETO por Jairo Carthy. / Caracas, 11 de enero de 2026

 


En los montajes de la Ópera de Caracas, había un barítono que era la sensación del momento. No solo tenía una espectacular voz, sino una simpatía que desarmaba al más serio. Su nombre: William Alvarado, el eterno buen humor hecho persona.

 

Dos óperas quedaron grabadas en la memoria de la compañía: “El Elixir de amor” de Donizetti y “Don Giovanni” de Mozart. Y, claro, William tenía papeles protagónicos en ambas.

 

El maestro José Ignacio Cabrujas, el director de estas aventuras, decidió darle una sacudida moderna a “El Elixir”: ¡la ambientó en una estación de gasolina! El escenario tenía un árbol gigante y multicolor que parecía sacado de un cuento psicodélico.

 

Fui a un ensayo y vi mi oportunidad. William interpretaba a "Belcore", un policía pedante y fanfarrón que llegaba en moto. En el clímax de su confrontación con el tenor (Nemorino) por la chica (Adina), William se daba golpes en el pecho como un gorila en celo para mostrar su machismo. ¡Era divertidísimo!

 

Y ahí, ¡Zas!, se encendió el bombillo de la genialidad (o de la travesura). Como la ópera era cómica y se prestaba para el desparpajo, le propuse a William una idea de oro:

- Mira, William, ¿por qué no le metemos picante? En vez de los golpes de gorila, nos inventamos una franela con la "S" de Superman. Te abres la camisa de policía como si fuera tu identidad secreta. ¡El público va a enloquecer!

 

A William le pareció una idea épica. El único problema: mantener el secreto de Estado hasta la noche del estreno. Solo se revelaría el día de la función. Manos a la obra. Compré la franela azul, y yo mismo, con toda la destreza de un artesano clandestino, dibujé, recorté y pegué el logotipo. Quedó perfecta y escandalosamente vistosa.

 

Llegó el gran día. En el camerino, le puse con mucho cuidado la franela a William. ¡Se veía espectacular! El tipo era fuerte y tenía unos pectorales que hacían justicia a la "S".

 

Mi cómplice, Armando Africano, el Coordinador de la Opera de Caracas, era el único otro ser humano al tanto de la conspiración. Nos sentamos en el público con una sonrisa de niños traviesos a esperar nuestro momento de gloria.

 

Y sí, amigos, el plan funcionó a la perfección.

 

Cuando William se enfrenta a Nemorino y se abre la camisa... ¡BOOM! Superman en la estación de gasolina. El teatro estalló. Gritos, risas histéricas y un vendaval de carcajadas que casi ahogan la música. Nadie, absolutamente nadie, lo vio venir.

 

En el intermedio, yo estaba flotando de la emoción, sintiéndome el genio del humor. Pero la alegría me duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Cabrujas me estaba esperando.

Me soltó un sermón que aún recuerdo:

- Eres muy creativo, Jairo, y sí, fue un chiste barato que gustó. Pero escúchame bien: YO SOY EL DIRECTOR. Esta puesta en escena, con sus virtudes y sus defectos, es MÍA. Lo tuyo fue una falta de respeto y de ética imperdonable para un profesional como tú. Si querías "inventar", me lo hubieras consultado. ¡Tenía razón! Me quedé hecho polvo. El público estaba encantado y lo felicitaba a él por la sorpresa y su genialidad.

 

(No todo fue risa. En ese mismo montaje, pasó algo más... algo terrible. Próximamente, en otra entrega.)

 

Pero las advertencias de Cabrujas son como las dietas de Año Nuevo: duran poco.

William sabía que, años atrás, yo había tenido un éxito arrollador interpretando a "Leporello" en una versión moderna de “Don Juan” (los detalles de ese montaje están en mi libro “Como soportar la vida con humor, Confesiones de un actor.”)

Y vino con la súplica:

— Jairo, necesito tu ayuda. Quiero que me crees mi propio Leporello, con ese toque de locura que tú le diste. ¡Quiero robarme el show como tú lo hiciste!

Pensé: Ese personaje me dio críticas extraordinarias, y ¿por qué no repetir la dosis?

 

Así que, de nuevo, empezamos la conspiración, esta vez silenciosa y técnica. Le di instrucciones a William a espaldas de Cabrujas: "Debes cojear, debes tener un defecto físico, un caminar diferente, un brazo mas corto que el otro". Al llegar a los ensayos generales, ya estaba transformado, y con el maquillaje! Le dimos un aire libidinoso y repulsivo, y William le agregó el toque maestro de la falta de algunos dientes.

 

El resultado fue EXTRAORDINARIO. William se convirtió en un Leporello único y se robó el show cada noche, justo como me había pasado a mí.

 

Pero lo que yo no podía saber y ni siquiera sospechar era el giro del destino (porque estas cosas casi nunca suceden) y es que luego de ocho años, la obra de teatro “Don Juan” donde yo formaba parte, se volvería a montar para participar en un Festival en España, con funciones en Madrid y reponerla de regreso de nuevo en Caracas.

 

Cuando hicimos la temporada, solo había pasado un año de haberse presentado la ópera “Don Giovanni”. El día del estreno William estaba en primera fila. La gente que había visto la ópera me felicitaba por mi actuación con un comentario que me hacía soltar una carcajada interna:

- ¡Jairo, te felicito! Se nota que te inspiraste en la creación del "Leporello" de William. ¡Son casi idénticos!

 

Nunca aclaré la verdad,  tanto William como yo disfrutamos dándole vida cada uno en su mundo a Leporello. En esta ocasión, el maestro Cabrujas jamás sospechó mi "dirección escondida". Me aseguré de que William hiciera que todo pareciera espontáneo.

 

 

Y así pasó.

Jairo Carthy

Jcarthyc@gmail.com

  

 
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