Luego de las intensas escenas que filmamos en el
cementerio, el rodaje continuó con secuencias en las que yo no participaba. Sin
embargo, no podía regresar a Caracas; el plan de trabajo marcaba la muerte de
mi personaje para el miércoles.
La locación estaba en las afueras de Maracaibo, en
unos caminos áridos y polvorientos que recordaban la soledad de Santa Bárbara
del Zulia. Mientras tanto, en mi mente resonaba el compromiso en la capital:
estaba en la semana final de la obra de teatro que les comenté anteriormente.
Mi contrato era estricto: podía filmar solo hasta el mediodía de ese miércoles
porque debía volar para la función de esa noche. A partir del lunes siguiente,
ya sin funciones de teatro, mi tiempo sería totalmente de la producción por
siete semanas.
Hasta ahí, el plan parecía perfecto. El detalle
-ese que siempre aparece en el cine- es que eran casi las tres de la tarde y el
último vuelo a Caracas salía a las cuatro. Estábamos lejos del aeropuerto y la
escena que faltaba era de una complejidad técnica agotadora: la muerte del
famoso "Chingo Araujo", el temido asesino al que el público ansiaba
ver caer en pantalla bajo una lluvia de plomo. Bueno, en realidad la sangre
corrió durante toda la película, pues mataban a casi todo el elenco, ¡y a mí me
tocó ser de los primeros!
El maquillador de efectos especiales, un español
sumamente meticuloso, fue el encargado de darme ese aspecto aterrador. Entre
tantos trucos, introdujo con cuidado en mi cuero cabelludo un producto con
textura de gel, parecido a un chicle negro. El diseño era ingenioso: con el
calor del ambiente, el producto se derretiría poco a poco, logrando un efecto
de sangre muy natural que chorrearía por mis sienes, mis ojos y mi cuello.
La acción era pura adrenalina: el Chingo viaja en
un carro conducido por su hermano; de pronto, una camioneta se adelanta, una
lona se levanta y unos sicarios con ametralladoras acaban con su vida. El
hermano sobrevive al ataque (en la vida real este hombre recibió 17 tiros en su
cuerpo y quedó vivo), perdemos el control y nos estrellamos contra un árbol.
Por lo complicado, filmamos por partes, pero lo urgente era mi
"muerte".
Finalmente terminamos. Los asistentes ya me
esperaban con toallas y agua, pero no había mucho tiempo. Allí mismo, en medio
de la calle, me desmaquillé como pude, me cambié de ropa a la velocidad del
rayo y salté a un taxi rumbo al aeropuerto "La Chinita". Íbamos a más
de 120 km/h por esos caminos desérticos mientras yo intentaba terminar de acomodarme
la camisa. Parecía una escena de Rápido
y Furioso, pero con más estrés y menos presupuesto.
Al llegar, corrí como un loco hacia el mostrador.
El empleado me miró con una expresión de absoluto terror. -¡El vuelo está a
punto de despegar! - me informó casi sin aliento. Yo no entendía por qué me
miraba así, pero mi única obsesión era subir. Me señaló las rampas de acceso y
arranqué. Parecía un patinador, deslizándome por esas rampas para ganar
velocidad hasta que al llegar casi a la puerta había unos Guardias Nacionales
que me detuvieron en seco. Me miraban con espanto. - ¡Disculpen, pero tengo que
tomar ese vuelo, es de vida o muerte! - les grité. Uno de ellos asintió con una
mirada de lástima profunda y se comunicó por radio con la torre: Detengan el
avión. Me gritaron: - ¡Corra, que lo están esperando!
Bajo el calor agobiante de Maracaibo y el estrés,
yo era una fuente de sudor. Allí estaba el avión, una aeronave pequeña con
entrada por la parte trasera (sí, por el "culito" del avión). La
aeromoza, asomada por la compuerta y con los ojos como platos, me gritaba:
-¡Suba, suba ya! -¿Y por dónde, mija? - pensé yo, viendo que no había escalera.
Al final bajaron un peldaño que quedaba altísimo. Como un primate en pleno
escape, me trepé y me desplomé en el primer asiento libre.
El avión despegó entre las miradas de pánico de
todos los pasajeros. La aeromoza se acercó con una amabilidad sospechosa: -
¿Quiere algo? ¿Un calmante? Se ve muy mal… - Agua, por favor - respondí.
Mi vecino de asiento, al verme de cerca, pegó un
grito: -¡Señor, por Dios! ¿Qué le pasó? Fue entonces cuando me pasé la mano por
la cara para secarme el sudor y lo que vi fue sangre. El "chicle"
negro del maquillaje había hecho su función a la perfección: con el sudor y el
calor, se había derretido por completo, y yo iba chorreando líquido rojo de
manera "muy natural". Lo increíble es que me dejaron subir así, sin
pedirme ni el boleto, pensando que era un herido de gravedad.
Por cierto, el muchacho del grito era nada más y
nada menos que Amílcar Boscán, el solista del grupo musical “Guaco”. Al final, llegué al teatro a mi función,
aunque la escena no sirvió y tuvimos que repetirla semanas después en Calabozo,
donde pude "morir" con toda la calma del mundo.
Hacer cine es un arte de contrastes. Pocos días
después, me citaron para la escena de la muerte de "nuestro padre".
Yo estaba muy nervioso, no solo por la dificultad del papel, sino porque
actuaría frente al primer actor Carlos Márquez, una figura de trayectoria
impecable. Debía pedirle perdón en su lecho de muerte por haberle destruido la
vida a él y a toda la familia.
El director Luis Correa me dio una instrucción que
me dejó petrificado: - Jairo, no quiero melodrama. Quiero que sea
increíblemente conmovedora, que se sienta un arrepentimiento sincero en tu voz,
pero no quiero que llores. Un tipo como el que interpretas no lloraría, pero
quiero que el público vea esas lágrimas ahí, a punto de desbordarse. Quiero
que, por única vez, sientan compasión por ti.
Respiré hondo. Recordé las lecciones del libro de
Laurence Olivier: en el cine, tu rostro se verá cien veces más grande. El
público verá tu alma a través del lente, con un acercamiento así tu cara ocupará la
pantalla, solo siente, cree en lo que dices, habla con el corazón, con el
sentimiento.
Filmamos primero las escenas con toda la familia:
la madre sufrida, los hermanos llorando, el dolor colectivo. Yo me mantuve
inmóvil, agarrándome la cabeza en un gesto de "no puede ser". Todo
salió natural y fluido.
Pero entonces, llegó el truco del cine. Me preparé
para mi escena íntima con Carlos, me senté en su cama, observaba como respiraba
con dificultad, le tomé la mano y... -- ¡Corten! - gritó Luis. Carlos Márquez
se levantó, se quitó la pijama de enfermo y apareció vestido de civil,
impecable. - Encantado de conocerte, Jairo. Muy bien todo, me dijo con una
sonrisa antes de marcharse. Nos vemos en otras escenas.
Me quedé asombrado. De repente, los técnicos
desarmaron la cama donde él había estado acostado. En el lugar donde estaba
Carlos, pusieron la cámara en un trípode pequeño. Me sentí desolado. ¿A una
cámara le pediría perdón? Me hacía falta su mirada, sentir su mano fría, su
presencia. Luis Correa pidió silencio absoluto.
– Mira Jairo no anunciaré ni cámara ni acción. Me dijo: - Tómate tu tiempo,
mira el lente y hazlo cuando lo sientas.
Me quedé solo con la cámara. Recordé las lecciones
de Laurence Olivier: en un primer plano, tu rostro es gigante; el público verá
cada poro, cada intención. No puedes fingir. Cerré los ojos, invoqué todas las
culpas del personaje, me imaginaba a mi padre, respirando con dificultad,
estaba muriendo… y con el dolor más grande que podía sentir, dije mi única línea viendo fijamente al lente:
- Perdóname, papá.
Lo dije con la voz rota, con las venas de las
sienes latiendo y ese brillo en los ojos que Luis me había pedido. Cuidando que
las lágrimas no cayeran. El silencio en
el set era absoluto. Pasaron los segundos que parecieron horas hasta que
escuché el "¡Corten!", seguido de un aplauso cerrado. ¡La toma había
quedado! Luis me abrazó y me dijo: -
Sabía que no me equivocaría contigo. Eres grande y llegarás muy lejos.
Sus palabras nunca las olvido, así como su fe y su
confianza en que yo podía hacer todo lo que el guion exigía. Cuando vi esa escena en la película es
realmente conmovedora, y claro luego de estar editada es perfecta, con la
reacción del padre cuando escucha ese perdón de su hijo antes de morir.
Este artículo, con estas anécdotas tan variadas
quiero que sirva como homenaje a quienes me dieron la oportunidad, a quienes
creyeron en mí y a quienes siempre me trataron con un respeto infinito dándome
un lugar importante y destacado durante todo el rodaje. A Luis Correa, a Santiago San Miguel y a Juan
Andrés Valladares en la fotografía, fue maravilloso contar con ustedes en esta
aventura novedosa para mí…
Y así pasó…
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com
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