la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


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CUENTOS DE LA GAVETA: HOY… ME ALBOROTARON LA CULPA, por Armando Africano, Caracas, agosto de 2017/ Ilustración: Lisardo Rico Rattia





Me sucedió porque hoy hice algo fuera de mi ruta normal de precaución (casa – casa – casa), rompí mi rutina de vida repetida y salí a la superficie y me resultó: angustiante, alarmante, atormentante. 

 

Y no es que viva en una cueva, en un caserío lejano, en el pueblo de nunca jamás, o en un sótano súper secreto: yo vivo en un apartamento en el piso 40 de Parque Central yyyy comenzaré mi cuento por…

 

Había una vez un náufrago capitalino que se atrevió a romper su rutina “a la sombra” que vive a diario, decidí hacerlo porque ya como que olía a guardao y salí a refrescarme, a ver gente personalmente y fui directamente a montarme en el metro. En el trayecto al metro encuentro muchos vendedores ambulantes gritando su mercancía, algunos con mesitas, algunos paqueticos de mercancía, y unas hojas-letreros pegadas con teipe con el precio en dólares y oferta en mayúsculas, traté de comprar algo y no aceptan moneda nacional, bolívares, solo verdes, aparentemente nuevos, sin escritos ni marcas, ni arrugas. “Ya me fui pa otra cosa”. Paso a contar mi episodio en el metro. Bajé las necesarias escaleras y “logré” por suerte entrar de inmediato, aunque realmente no fue normal mi entrada, más bien dicho, me entraron a empujones… obviamente, me guindé como gancho de ropa y arranca mi aventura…

 

 Al cerrar las puertas del vagón, comienzan a acercarse pedidores de oficio: algunos te muestran una carpeta llena de radiografías, facturas, etc. -que por supuesto no se te ocurre querer ver-,contándonos de su problema médico (ya empiezas a sentirte mal por el pobre señor); del lado contrario salen a escena personajes haciendo: dúos, tríos, solistas con o sin instrumentos -dependiendo del vagón al que por azar entraste- que te cantagritan caminando por los vagones. Una pareja se nos acerca muy despacio pidiendo para su niño enfermo, pero, más enfermos se veían ellos, o era el aspecto que querían dar -ya me siento culpable de comentar esto- y aplico toda mi rudeza, diciéndome mentalmente  –no se le debe dar, nada, porque “esos” no tienen a nadie enfermo- “que comentario tan pesado”, metí mi mano derecha en el bolsillito y saqué un billetico todo arrugado de 10 bolívares y se los di y vuelvo a sentirme culpable ¿Será que he debido darles más? ¡Pobre muchachito! 


Pero la cruel memoria me trajo de inmediato a mi complicada mente el recuerdo de una pareja que utilizaba ese mismo truco (perdón, me vino la culpa ¿era truco lo del metro?) hace un tiempo, a la entrada del teatro Teresa Carreño. Una señora treintona muy angustiada era la que llevaba la voz cantante y un hombre cincuentón, muy flaco y alto, que se movía como perrito de taxi, afirmando todo y por momentos lloraba… nos hicieron una escena… muy bien montada por cierto, queríamos aplaudirlos, pero como ya nos habíamos salido del carro y estábamos a punto de seguir al Café Rajatabla, nos conformamos con sonreírles y casi que nos abrazamos a ellos de la angustia y preocupación que nos produjo la situación de su hermoso niñito, y todos nos miramos las caras y comenzamos a buscar dinero en todas partes: bolsillos, ceniceros, bolsos, carteras y les entregamos, “cual atraco”, con mucha pena “por no tener más”, y en ese acto bondadosísimo caímos los 5, le entregamos tooodooo, billetes, monedas y hasta consejos.

 

Cuando lentamente salía de escena la versátil pareja (siempre en su papel), una de las muchachas gritó:

 

-     - ¿Se van a pie? No, no, no, no, yo tengo que tener algún billete escondido (buscó desesperada en el bolso), aquí me queda este billetico, váyanse en taxi, el pobre niño no puede estar solo.

 

Y debido a la hemorragia de solidaridad, recuerdo que como la enfermedad del niño era ataque de asma, decidimos todos montarnos en el carro y acercarnos al lugar que dijeron estaba el pequeño -el Hospital de Niños- y llegamos cual película de drama. Una de las muchachas, la de la idea del taxi, salió corriendo a entrevistar a una enfermera, la que al ver la angustia y preocupación le informó que, en más de 15 días, no tenían ningún niño con ataque de asma.

 

Creo que lo del Teresa Carreño me dejó un poco enredado en relación a “creer o no creer, es la pregunta”, porque casi siempre reaccionamos cual prismacolor -por creyones-. “Los 5 cazados” del cuento del niño enfermo prometimos no darle dinero a más nadie, más nunca, cosa que por lo menos yo no cumplí, por eso de… “todos no son iguales” o “qué sabes tú si lo que te están contando es verdad”. 

 

Ya me desvié otra vez, me fui de lo que quería contar sobre mi culpa. Sigo guindado en el metro. Se nos acercó uno que, al entrar al metro, dio, mejor dicho gritó los buenos días y comenzó por regañar a los que no le contestaron su saludo, y de inmediato se lanzó un gran discurso acalorado -casi sin respirar- de su reciente salida de la cárcel y que necesitaba ayuda para poder regenerarse y que pertenecía a una asociación que cura a los adictos y, rasantemente, enseña un papel sellado con sus estampillas y firmas, contándonos que era su oficial salida de la cárcel ese mismo día, nadie le dio nada y se fue alejando hasta que el siguiente personaje que irrumpió en nuestro vagón fue un sordo mudo, con unos cuadritos de papel fotocopiado (volantes) en el que nos pedía ayuda, que nos daba la Feliz Navidad, en agosto, las navidades son muy emotivas, y… me volvió la culpa y saqué otro billetico, se lo entregué bajo sospecha.


Llegué al centro comercial a donde tenía destinado ir y caminé por los dos primeros pisos, había muchísima gente haciendo lo mismo que yo, curioseando y viendo cosas que no podía comprar e, inmediatamente, decidí devolverme pero en camionetica. Me coloqué en la parada y llegó mi esperado transporte público, con la suerte que logré entrar, y me enteré después que no me podía bajar, que el chofer que me tocó era la versión criolla de Fangio, nos llevaba como si todos los pasajeros, al entrar, como en la películas, le hubiéramos dicho a coro “vamos rápido, siga ese carro”. Me volví a guindar cual gancho de ropa y respiré varias veces tratando de relajarme un poco, hasta que sentí un desagradable olor, alguien se le ocurrió lanzar una ventosidad, obviamente sin sonido, pero con mucho olor,  hediondísimo, y todos comenzamos a mirarnos con caras de angustia, desesperación y sobre todo de sospecha, porque no pudimos seguir las huellas del espontáneo peorro, parecía que todos resolvimos culparnos con la mirada unos a otros y tratando todos a la vez de acercarnos a la ventanilla, pero era imposible por el gentío; sentí algunas risas nerviosas y unas señoras gritando y contrapunteando cochinos, asquerosos, sucios, para ellas fue un hombre el donador, y con una mano apretando la nariz como gancho de ropa,  llegué a mi destino, con el olor pegado de la nariz y con el corazón y los riñones en el cuello.

  

Me volví a perder en mi cuento de culpabilidad. Acotación: por supuesto que tuvimos una gran variedad de “comerciantes” vendiendo caramelos, chocolates, agua, etc. que lograban asomarse y anunciar su mercancía. Este chofer no dejaba entrar a los pedigüeños por necesidad, los sacaba cuando se daba cuenta, “nada de pedigüeños aquí” y tampoco tenían espacio para realizar su performance (me volvió la culpa al sentirme solidario con el chofer). 

 

Logré bajarme y me dirigí a mi casa atravesando por el pasillo debajo de la avenida Bolívar y me encontré con un señor que es ciego, ¿será ciego?, siempre que lo veía me hacía la misma pregunta (qué malpensado y retorcido soy). Este señor se para todos los días en una escalera muy angosta al final de ese pasillo, y se coloca en la mitad obstruyendo media escalera, porque estira tanto el brazo con su latica que a la gente solo le queda una vía, ya que es salida y entrada. Obviamente es doble vía, que es ida y vuelta para todos, pero tratar de pasar por ahí se vuelve un semáforo fuera de servicio con una sola vía, y tú pasas renegando del señor atravesado porque tienes que hacer cola para pasar y, y, y, y, y, y  vuelve la culpa, la misma o parecida a la que comencé a contar al principio… pobre señor… es ciego. 

 

Volviendo a mi salida no habitual, que fue realmente o es siempre turismo de aventura, hoy me llené de culpa una vez más y juro que no soy culpable y además no quiero tener la culpa, además ¿DE QUÉ? El asunto es que cuando vuelva a salir a la superficie, ¿salgo con gríngolas? o me autocensuro. (Viene el auto regaño). ¿Pero qué te pasa? ¿Qué te piensas? ¿Que eres hermano y vivías con Alicia, la del país de las maravillas? ¿O que nací y viví siempre en la Isla de la Fantasía? Mijitico, ¿dónde vives tú? O será que al querer tratar de ayudar y no saber cómo, ¿me desubico? 

 

Tengo tanto tiempo “guardado sin ser semilla” que, definitivamente, estoy desubicado, ¿será genético? ¿por qué pienso eso? Creo que es genético, debo pensar y asimilar que soy un desubicado y que me desubiqué a propósito… para no sentir culpa… porque ¡¡¡SOY INOCENTE!!! 

 

©Armando Africano

Caracas, agosto de 2017

Ilustración: Lisardo Rico Rattia





 

 

TODOS LLORAMOS EN LA FOGOSA PRIMAVERA, poema de José Pulido


 Esto lo escribí cuando murieron tantos jóvenes nuestros en las protestas de Caracas y de todo el país. 





Después de temblar
rasguñando la cueva de las súplicas
y sus estacas de hielo
es bueno que enciendan la caldera de los días
con sus resplandores de topacio
y dejen que el viento se ocupe
de saludar y agasajar a las pequeñas flores

Siempre gustarán la playa y las peleas
en el coso poético de la primavera
broncearse o morir:
ella insistía en que su corazón escogiera

La rabia del frio te despelleja
a mucha gente le gusta pelear contra el sistema
los sistemas no escuchan,
finanzas, matemáticas, credos, ideologías

Hundiré mi espada en tu belleza
antes que llegue junio
murmuró el sol de abril

En el mayo francés murieron dos obreros:
Bernard Beylot y Henri Blanchet
En el mayo francés pereció un estudiante: Gilles Tautin
Lanzaron bombas de cloro
hacia la piscina del cielo
que estuvo por caer en un desmayo

Solo tres muertos y un costal de heridos,
pero el famoso mayo llenó el mundo de frases
que se siguen usando para matar el tiempo
¿cuántos aburrimientos han muerto hasta la fecha?

Los muertos de Tlatelolco
después que contaban miles
sumaron cuarenta y cuatro
treinta y cuatro con carnet
y diez que nadie conoce
tranquilo güey ya sabrán

Hubo tantos testigos observando el desangre
las astillas de huesos clavándose en el barro
¿Qué se hicieron los muertos, manito, qué se hicieron?
¿Quiénes retornaron a sus casas
y quienes no tocaron más la puerta?
ocurrió en la Plaza de las Tres Culturas
en 1968, segundo día de octubre por la tarde
¿Cuántos cuerpos se volvieron polvo en esa reunión?
Cuando las horas desaparecieron
todo reloj se convirtió en espanto

En Tiananmen hubo quinientos muertos
eso ocurrió en Pekín comenzando junio
en la primavera de 1989
los obreros que participaron en la protesta
fueron ejecutados y algunos estudiantes también
se salvaron los hijos del poder
menos el que se paró sin decir nada
frente a los tanques de morboso estruendo
ese fue fusilado por ser tan evidente

Desde 1948 hasta la fecha
han muerto en su guerra poco santa
más de cincuenta mil israelíes y palestinos,
con mayoría de árabes en el sepulcro
En 1947 las Naciones Unidas
con la resolución 181
otorgaron espacio al perseguido pueblo de Israel
y desde entonces han estado matándose ambas tribus
Lo que no pudo hacer ningún demonio con el 666

Entre el 1999 y el 2015, dieciséis años apenas,
Venezuela quintuplicó los muertos
Chinos, judíos, palestinos, franceses, mexicanos
y en el 2017 anotamos 26.616 asesinatos
ese mismo año entre abril y julio
las fuerzas armadas militares y civiles
causaron ciento veinte muertes
entre los jóvenes que gritaban
“queremos vida”

Diré sinceramente que aquello me dolió
con mucho desafuero varios meses después
una bala pasó destrozando la frase
de una franela azul

La multitud gritaba ante el ataque militar
humo encebollado, sangre y vómitos
aquella masacre representó el sacrificio absurdo
de vivir o morir ante los trajes verdes
y sus armaduras de la guerra de las galaxias

Perdigones en los párpados, en los ojos, en el pecho,
perdigones
no pichones
de perdices
ni perdidos
Granos de plomo en los muslos en el cuero cabelludo
así encontré a una muchacha que estudiaba medicina
se veía delicada y tan delgada
parecía una adolescente bondadosa
quería manifestar en contra de la violencia
lo dijo como quien pide helado de chocolate
habló de su descontento, de niños muriendo de hambre
¿cómo podía ser igual su bendito descontento
al de las demás mujeres que no tenían ni jabón?

Su descontento de niña propietaria de la luz
me hirió posteriormente
porque conocí a su madre abrazada de su padre
y me preguntaban tanto sobre lo que había ocurrido
que lo describí incompleto
porque el horror tiene muchas caras

gente que saltaba al río nuestra torrentosa cloaca
gente que retrocedía aplastándose y gritando
el humo envolviendo, ahogando,
perdigones y balazos
no perdices, no baladas
la sostuve en el espacio cuando la noté cayendo
Y me asustó tanto ver
que una bala reventaba
en su frente el alabastro
el pensamiento insumiso estrellado arremetido
y otra bala enrojecía
la frase color naranja que llevaba en su camisa
y entonces aquel mensaje se me grabó para siempre:
“Salvemos a las abejas” 


José Pulido

Fuente: José Pulido

Brit Bennett: “La identidad no cabe en palabras, es más compleja que el lenguaje”/ Anatxu Zabalbeascoa, El País, España, 23 de marzo de 2021

 

La escritora Brit Bennett, en Brooklyn, el distrito de Nueva York donde vive.DANIEL DORSA (THE NEW YORK TIMES / CONTACTO) (EPS)

Escribe sobre negros que quieren ser blancos y hombres a los que les duele un aborto. Con 26 años publicó ‘Las madres’ y vendió más de un millón de ejemplares. Su nueva novela, ‘La mitad evanescente’, ha sido durante semanas el libro más vendido en la lista de ‘The New York Times’. HBO acaba de pagar una cifra millonaria para convertirla en serie. Su éxito no le parece nada extraordinario comparado con que sus padres, nacidos en tiempos de la segregación, llegaran a la universidad.








En una puja sin precedentes entre 17 productoras, HBO ha comprado los derechos para convertir en serie la historia de Stella y Desirée, las dos gemelas de La mitad evanescente (traducida por Random House al castellano y por Periscopi al catalán) que se separan cuando una decide ser blanca y la otra negra. Brit Bennett (Oceanside, California, 1990) escribe rompiendo estereotipos: un hombre que no consigue superar el aborto de su novia u otro que, con trabajos ilegales, da seguridad a una familia. Su primera novela, Las madres (Océano, Hotel de las Letras), recrea la claustrofobia de un pueblo californiano en época de teléfonos inteligentes. La segunda, La mitad evanescente, atraviesa tres décadas de racismo: del más violento al que, por cercano y acostumbrado, más cuesta ver. Hace un año que se mudó a Brooklyn, en Nueva York, para dar clases de literatura. Tras un confinamiento en solitario, regresó a Los Ángeles para ver a sus padres y a sus hermanas mayores. Desde la casa de una de ellas —que es bibliotecaria— atiende por Zoom vestida con una camiseta que lleva estampada una caricatura de Stanley, el pícaro directivo de la serie The Office.


La mitad evanescente describe el racismo entre los negros.


Quería hablar de cómo la gente oprimida termina con frecuencia oprimiendo a otros. Y, queriendo o no, perpetuando las heridas que ha sufrido.


Habla de negros que se enorgullecen de ser menos negros.


La jerarquía que se forma con el grado de color dentro de una raza es un efecto colateral de la supremacía blanca. Mis personajes han sufrido racismo y, a pesar de eso, se consideran un grupo aparte de los negros. Su pueblo está organizado en torno a ese miedo, una jerarquía absurda en la que muchas veces participamos, incluso sin darnos cuenta.


“Ser blanco es vivir más seguro”.


El padre de las protagonistas es asesinado y cada una toma una decisión opuesta sobre cómo seguir viviendo, que en realidad es una decisión sobre cómo lidiar con el racismo. Una de ellas cree que da igual el tono de la piel y la otra piensa que ser poco negra no es suficiente, hay que ser blanco para estar seguro. Las dos tienen razón y las dos no la tienen. Ambas buscan una vida más segura.


En sus novelas hay relaciones interraciales. Pero describe el racismo como una espiral infinita.


Se supone que las relaciones interraciales construyeron América, las hubo incluso durante la esclavitud. Pero eso no acabará con el racismo porque no es cierto que la gente no hiera a quien más le atrae. A los estadounidenses nos gusta pensar que en unos años el país será más oscuro, como si quisiéramos que un problema como este se solucionara de manera natural. Pero la historia y el mundo están llenos de lugares en los que una minoría blanca ha mandado y mantiene el poder. Mis novelas muestran cambios innegables sin ocultar la dureza. Mi realidad y las de mis padres no tienen nada que ver.


¿Cuáles han sido los grandes cambios?


Mi madre creció en Luisiana, en una escuela segregada. Como la de mi padre en Los Ángeles. Yo tuve amigos de todas las razas. Mis padres fueron la primera generación de sus familias que fue a la universidad. En tres generaciones ha habido cambios monumentales, pero el racismo sigue de manera más perversa.


¿Más psicológica?


Sí. Los linchamientos físicos han sido sustituidos por asuntos como complicarles la vida a los negros si deciden integrarse en un barrio blanco. No son insultos ni segregación forzada, pero es el mismo aparato de poder.


¿Obama ayudó a erradicar el racismo?


No me considero comentarista política. Soy escritora de ficción.


Pero usted es una mujer negra que escribe sobre racismo.


Creo que es demasiado pronto para saberlo.


¿George Floyd murió o lo mataron?


Le robaron la vida violentamente.


Tras su asesinato, la urgencia de manifestarse contra el racismo hizo que mucha gente rompiera el primer confinamiento.


Ver las imágenes de su violenta muerte cuando estábamos encerrados para proteger la vida fue grotesco. Hemos visto cómo mataban a mucha gente negra, no hay nada nuevo en eso, pero que sucediera en un momento de máximo cuidado mutuo colmó el vaso. No solo en Estados Unidos. Las injusticias unen.


El coste por pertenecer a un grupo resulta muy caro en lo que escribe. ¿Le ha sucedido?


No tanto. Oceanside es un lugar mayor que lo que yo cuento. Tiene más de 150.000 habitantes, por eso centré a mis personajes en torno a una iglesia para fomentar la sensación de claustrofobia. Me fascinan los escenarios pequeños. Leer a Toni Morrison me enseñó que es una buena fuente de conflicto que la gente viva muy pegada.


¿Buena?


Para un escritor. Eso es lo que me interesa contar.


Describe racismo en la Universidad de California (UCLA).


Existe la tentación de creer que el racismo se circunscribe al sur y a comunidades sin acceso a una educación superior. Nunca ha sido ni es verdad. Los Ángeles es una ciudad muy segregada, como el resto del país.


¿Ha experimentado racismo?


Claro. Todos los negros lo hemos sentido. No tiene que ver con los lugares, tiene que ver con las personas.


¿Su trayectoria prueba que algo está cambiando o es la excepción que confirma la regla?


Mis padres fueron pobres. Les costó llegar a la universidad y darnos oportunidades a mí y a mis hermanas. Lo consiguieron. Pero hay gente tan lista y voluntariosa como ellos que no lo consiguió. La excepción son ellos. No hay nada excepcional en lo que yo he hecho.


No todos los días se vende una historia a HBO por una cifra millonaria.


Pero el esfuerzo fue el de ellos. No debería ser excepcional que alguien negro consiga cierto éxito.


Ha podido elegir más que sus padres. ¿Eso no es ser más libre?


Poder elegir es un gran privilegio. Y saber aceptar la libertad del otro, un signo de inteligencia y un acto de amor. Mis padres querían que estudiara Derecho.


Pero escribía en secreto.


Ellos no sabían que escribía, pero la libertad para hacerlo me la dieron ellos. Sabía que, en el peor de los casos, podría volver a casa y tener un lugar para vivir. Eso no es algo habitual entre la gente que conozco. Muchos de mis amigos mantienen económicamente a sus padres.


No describe el mundo en términos de opuestos, sino de diversos.


Exacto.

¿Qué nos lleva a clasificar racial, sexual, social o culturalmente a las personas?


Nuestra identidad no cabe en las palabras, es mucho más compleja que nuestra lengua. La mayoría vivimos en un espacio fluido entre definiciones: no somos ni pobres ni ricos, ni altos ni bajos, ni cultos ni incultos, ni vagos ni diligentes. Y eso se puede aplicar a la raza o el sexo. Por eso una persona te puede ver de una manera y otra de otra. Siempre ha sido así. Existe un deseo de encajar a las personas en tipos, pero somos más complejos de lo que estamos dispuestos a pensar.


¿Por qué buscamos similitudes en vez de singularidades?


Un profesor nos dijo que cuando conocemos a alguien las primeras tres cosas que vemos son su raza, su género y su edad. Con esa información comenzamos a categorizar. Sin embargo, en el 90% de los casos, nada de eso importa. No importa la edad que tengamos tú y yo para tener esta conversación. Tal vez importa cuando hablas con un niño, ¿pero el resto del tiempo? El profesor decía que si alguno de esos datos no queda claro a primera vista, nos sentimos incómodos y nos alejamos, aunque no sea algo importante. Si vas a comprar fruta, qué demonios te importa la raza o el género del frutero. No he dejado de pensar en eso desde que tomé el curso. Y trato de frenarme cuando me sorprendo categorizando a la gente.


¿Qué nos molesta de la indefinición?


Que no tenemos datos para clasificar a las personas en las jerarquías. ¿Quién será el poderoso y a quién le costará acceder al poder? La pregunta no debería ser quién tiene el poder y quién no. La pregunta debería ser por qué tenemos esas jerarquías.


En sus novelas convive la diversidad que ha aireado el mundo contemporáneo: hay lesbianismo, transexualidad…


Lo que me interesa de la transexualidad es la idea paradójica de tener que cambiar para poder ser uno mismo. La utilicé para contrastar con otro personaje que, negando su raza, está cambiando para lo contrario, para dejar de ser quien es.


¿Qué es más importante para la normalización de las preferencias sexuales y de género, describir caracteres o salir públicamente del armario?


Las dos cosas.


¿Tienen la misma fuerza? La novela es ficción…


Muchos lectores me han dicho que nunca se habían encontrado con un personaje transexual. Eso es chocante y no refleja el mundo real. Hay gente que todavía relaciona la transexualidad con la prostitución y la explotación. No creo que haya fórmulas para solucionar todos los problemas del mundo, pero leer sobre la convivencia con una persona transexual puede generar normalidad y un espejo. Para todos es importante vernos reflejados en un libro. Pero está claro que el gran trabajo en este campo lo están haciendo los activistas: la gente que arriesga su forma de vida para defender la libertad de los demás.


¿Es más valiente como escritora que como persona?


No me considero valiente, pero lo que me gusta de la ficción es la posibilidad de arriesgar, de describir personajes que hacen cosas que yo nunca haría. Escribir te permite explorar de una manera segura. Creo que uno escribe ficción porque quiere esconderse, no exponerse.


Creí que la mayoría de autores escribían para que los quisieran.


Uno se cuela en sus libros inconscientemente. Pero no siempre aflora donde querría verse. Yo me siento mucho más expuesta cuando escribo un artículo de opinión que cuando construyo una novela.


¿Por qué escribe?


Es una forma de estar en el mundo, de tratar de comprender. También un gran acto de egocentrismo, de exhibicionismo emocional, claro.


¿No ha dicho que se ocultaba?


Sí, exploro desde la distancia.


Describe acoso o falta de entendimiento entre padres e hijos. ¿Cómo mira el mundo para ponerse en la piel de tantos?


Investigo, leo, escucho, y mi madre me ha contado cosas de su vida. Creció en una época en la que los cines tenían zona de blancos y zona de negros. Pero mucho es imaginación.


¿Teme que sus amigos dejen de contarle cosas?


No. Valoro la amistad por encima de mis libros.


¿Tiene más amigos de la infancia o de la universidad?


De la universidad.


¿La educación crea otra forma de segregación?


Puede que sí. Al final son afinidades lo que nos junta.


Se define como una persona introvertida.


Solo hablo cuando siento que tengo algo que decir. El resto del tiempo prefiero escuchar. Miro el mundo.


¿Y qué ve?


Lo mucho que escapamos a cualquier clasificación.


En 1959 Douglas Sirk filmó el problema que recrea La mitad evanescente. Todos lloramos cuando Sarah Jane se avergüenza de su madre negra y se hace pasar por blanca en Imitación a la vida. ¿Ha visto esa película?


Sí, cuando era niña. Creo que fue la primera vez que fui consciente de ese cruce racial que te lleva a negar tu identidad. De modo que puedo considerarla los cimientos de mi novela junto a otros libros de Toni Morrison.


Su novela arranca también en los cincuenta.


Pero atraviesa décadas de grandes cambios para dejar constancia de que queda mucho por solucionar.


¿Qué hacer con la buena gente blanca?


Escribí un artículo con ese título porque quería saber qué hacer con la gente que no tiene mala intención, pero aun así te hace daño. ¿De qué sirve ser consciente del racismo si el resultado final es que sigue haciendo daño?


¿Desconfiar genéricamente de los blancos no es otra forma de racismo?


No. La desconfianza no es lo mismo que el racismo. Por desgracia, las comunidades negras tienen muchas razones para vivir preocupadas y desconfiadas. Debemos dejar de pensar en el racismo como una opción individual. Opera desde instituciones. Por eso para mí ese es el gran reto. No tanto cambiar la mentalidad individual de las personas como modificar el sistema y las instituciones.


Las madres describe cómo algunas decisiones pueden afectar el resto de la vida. ¿Qué decisiones han transformado la suya?


Soy prudente. Cada vez que tomo una imagino cómo cambiaría mi vida decidirme por otra opción. Pero, claro, es imposible saberlo. Mis padres querían que estudiara Derecho. Igual hubiera sido una gran abogada. Tal vez más feliz. ¿Cómo saberlo? Uno puede tener la sensación de tomar la decisión adecuada y, aun así, preguntarse qué hubiera ocurrido de haberse decidido por otra opción. En la vida hay muchas cosas que nunca llegaremos a saber ni entender. La mayoría de la gente que se suicida no deja una nota dando explicaciones. Eso siembra una duda con la que también la literatura debe ser capaz de vivir. No quiero darles a mis lectores una historia masticada. Debemos aceptar que no se puede saber todo. Me interesa comunicar que uno puede ser feliz a pesar de haberse equivocado. O infeliz habiendo tomado la decisión correcta.


Mirar desde otro ángulo la ha llevado a hablar del dolor de los hombres ante un aborto.


Como mujer nunca me lo había planteado. Pensaba que era un derecho de la mujer sobre su cuerpo y su vida. Pero decidí permitirme la duda y empecé a leer y a meterme en foros. Encontré, claro, a los radicales anti­abor­tistas, pero también a hombres que apoyaban a sus parejas y a hombres genuinos que hablaban de la dureza de sentir que perdían a un hijo porque no formaba parte de su cuerpo. Busco eso, espacios para poder pensar.


Describe a hombres negros apalancados dominados por mujeres.


Y he conocido a otros que consideran que la hombría se demuestra dominando a una mujer. Todo el mundo cree que la generación que llega es peor que la suya.


¿Por qué?


Porque en lugar de hablar para intentar entender, hablamos para callar al otro.


¿La amistad ofrece más verdad y libertad que la familia?


Mis amigos y mis hermanas son las relaciones cruciales de mi vida, quiero decir las más íntimas, y por eso las que pueden ser más traumáticas o caóticas. Para mí una discusión con un amigo puede ser más dolorosa que el fin de una relación romántica.


¿Mantiene en secreto su vida privada?


No estoy casada.


¿Y?

El resto es privado.


“Tienes que ser suave en el amor, el amor duro no dura”. ¿De dónde lo saca?


De hablar con madres, tías y abuelas.


¿Cuántos podemos ser sin dejar de ser reales?


Esa es la gran pregunta que quiero contestar con mis novelas. Yo también he querido ser alguien diferente a quien era por lo menos en algún aspecto. El reto de escribir es reconciliar todas las personas que has sido para sacar de eso algo coherente.


Habla de rescatarse a sí misma en lugar de esperar a que alguien te rescate. ¿Ha sido su caso?


Confiar en mi manera de ver las cosas es lo que más me ha costado en la vida. Con frecuencia uno tiene que alejarse de los suyos para saber quién quiere ser.


Anatxu Zabalbeascoa

El País,España, 23 de marzo de 2021

Fuente: El País



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