la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


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Julio Cortázar y los Derechos Humanos: “Yo creo que es positivo que se denuncien las violaciones de derechos humanos ocurridas en los países socialistas", entrevista (fragmento) de Viviana Marcela Iriart, Revista Semana, Caracas, septiembre de 1979








Yo creo que es positivo que se denuncien las violaciones de derechos humanos ocurridas en los países socialistas, en la medida en que se tenga total seguridad de lo que se denuncia. Porque, cuando se habla de violación de derechos humanos en esos países yo, por principio, examino con mucho cuidado el expediente, porque sé de sobra hasta qué punto la información del imperialismo reforma, cambia y modifica las cosas. 

Yo no olvido que, por ejemplo, siguiendo la última etapa de la revolución nicaragüense en el Herald Tribune, en París, se podía encontrar un análisis de cómo los yankis preparaban al lector norteamericano para que estuviera en contra del triunfo. Hablaban de Somoza como el tirano, el dictador, pero cuando hablaban de las columnas que avanzaban decían: “las columnas marxistas".  Cada ocho o nueve párrafos te soltaban esa palabrita, para que la buena señora que vive en Minesotta o en Detroit diga: “¡Dios mío, los comunistas!” Entonces, cuando se habla del caso de Vietnam, yo estoy esperando encontrarme con García Márquez, que estuvo allí haciendo una gran encuesta, para que él me cuente a mí las cosas. Yo no me fío de los telegramas de prensa. Pero, cuando en Rusia y en los países de la órbita socialista hay flagrantes violaciones de derechos humanos, yo personalmente no me callo.”


© Viviana Marcela Iriart
Fragmento de la entrevista
Revista Semana
Caracas, septiembre de 1979.
Publicada en noviembre de 1979

Entrevista completa: pincha aquí





José Pulido entrevista a Adriano González León: Las novelas no califican forzosamente a un escritor/ El Nacional, Caracas, 17- 07-1981










Un hombre de sombrero mojado, con un saco viejo que alguna vez fue verde y brillante, ubicaba -y asomaba- la cara sin afeitar al nivel de las ventanillas de los carros, que apenas avanzaban unos metros por la Solano; bajo el sudor de su rostro había una advertencia desesperada: “no me humille porque soy capaz de matar”. La cursilería no hacía mella en el hombre, aun cuando apretaba contra su pecho un paquete de rosas rojas y rosadas, envueltas en periódicos; envueltas en Reagan, el Papa, las inundaciones, y las amarguras emanadas del Fondo Monetario Internacional.

Otro hombre más joven, que estaba vendiendo cajitas de toallas suaves, saltaba poseído por la sonriente frustración que enferma a todos los habitantes de la ciudad. Todos sonríen al borde del crimen, del precipicio, de la desesperación. Es como lo único que recuerdan colectivamente de un curso por correspondencia: hay que sonreír para poder vender.

Ese congestionamiento de tránsito, hizo que Adriano González León entrara con retardo al restaurante, donde ipso facto le informaron que ya no había comida. Eso le pareció sin importancia, se quitó el saco y pidió cualquier cosa que quedase por allí. Le sirvieron un plato frío de espárragos, aceitunas negras y sardinas, que apartó para colocar un ejemplar del libro “Del rayo y de la Lluvia”, acabado de salir de la imprenta.

ESCRIBIR SIEMPRE

Del otro lado de la ventana del restaurante, por encima del lomo gris de un Mercedes Benz, se hace visible el hombre que vende rosas sin ofrecerlas. Tiene la vista fija en Adriano, como tratando de recordar dónde ha visto ese rostro rojo, con mandíbula de salamandra, que, sin lentes –acaba de quitárselos- parece desvalido y demasiado tímido.

-¿Qué estás escribiendo ahora? –surge por inercia la pregunta

-Uno siempre está escribiendo un cuento o una novela. Yo pienso que uno es escritor las 24 horas del día, aún sin realizar el fenómeno de la página, es decir, aún sin tapar los blancos... cuando uno mira la ciudad, percibe el ser, aspira y siente un olor, está escribiendo. La escritura, decía Henry Michaux, es reconocerse uno mismo y yo pienso que la escritura es un acto soberano de vida, no un falso profesionalismo para complacer la voracidad de los editores...

El hombre del paquete de rosas tiene la cara pegada al cristal de la ventana y mira detenidamente hacia Adriano, mientras la hilera de carros pasa con lentitud a su espalda.

El escritor enfatiza:

-¿Por qué uno tiene que escribir siempre un libro cada tres meses o cada cuatro años para estar en la actualidad literaria? Uno puede estar en el plano de la actualidad de los silencios... cuando hablo de estas cosas cierta gente pensará que son desplantes de uno, pero yo me arriesgo a asumir mi verdad creadora.

Adriano González León está poseído por una manera de inventar espontáneamente, que brota sin esfuerzo y sin control. A veces se descubre a sí mismo y escribe lo que se le ocurre en un instante. En otras ocasiones todo se queda en una mesa de cualquier lugar.

- Se dice que pierdes tiempo en charlas de café.

- No todos nuestros actos están destinados a la eternidad, puede que su eternidad consista en no durar sino una noche, al lado de los amigos que conversan o a la espera en cualquier aeropuerto de una mujer desconocida –responde.

-Te salió un poema.
          
-Fundamentalmente uno es poeta: ya Rubén Darío lo decía: “¿Quién que es no es romántico?”.

González León explica que los textos de su nuevo libro, publicados antes en El Nacional, son un esfuerzo del lenguaje por convertir en transcendentes muchos acontecimientos, aparentemente banales.

- Nada de los que se escribe es banal; yo he pensado siempre que no hay límites entre el ejercicio periodístico y el ejercicio académico. Una noticia puede construir un mundo y ser tan importante como “Las mil y una noches”.

- Pero este libro “Del rayo y de la Lluvia” no es poesía y no es novela ¿cómo lo calificarías? 

-Yo quise hacer y no sé si lo he logrado, un libro que contuviera todas las presencias, un libro donde fundamentalmente las palabras y las asociaciones construyeran el centro del discurso. No me importaron la anécdotas coherentes ni las tramas: ello es propio de los bestsellers y es lo que hace aborrecible aún a las novelas más serias.

El hombre de las rosas entra al restaurante y se recuesta de la puerta para observar mejor a Adriano González León. Una rosa se queda aplastada contra la cerradura de la puerta: parece a punto de gritar, pero el hombre no se da cuenta de ello.
-¿Por qué no has vuelto a publicar novelas?

-Las novelas no califican forzosamente a un escritor. Valery decía que él se negaba rotundamente a escribir “La condesa salió a las cinco y treinta”. Bretón se caracteriza por ser anti género por excelencia; sus libros no son poemas, ni relatos, ni ensayos, sino como él mismo decía: “un estallido, un sálvese quien pueda”. ¿Y Borges? el más grande escritor vivo de la lengua ¡no ha escrito jamás una novela!

Adriano González León se exalta por momentos pero se relaja y sonríe cuando surge una pregunta que debería alterarlo:

-Algunos críticos han dicho que usufructúas una novela, que tu nombre vive de una novela.

-Y soy abusivo -dice- Hay alguien como Jorge Manrique que usufructúa 400 años un solo poema... también critican mi vida con amigos en los bares y creo que todo eso ha sido mi más grande enseñanza y mi más grande afecto; cada vez que escribo, cada vez que se me ocurre alguna frase extraña, pienso ¿qué dirán mis amigos de Sabana Grande?

“Yo me nutro del permanente espectáculo que es existir, correr los riegos, provocar, recibir imágenes y transformarlas”, susurra recogiendo su saco dispuesto a irse en dirección a la Universidad.

Adriano pasa al lado del hombre que abraza al paquete de rosas y se interpone entre los vehículos que apenas avanzan por la Solano. El vendedor de las toallitas ha rematado su mercancía y va de aquí para allá agitando la única mano que tiene.

El vendedor de las rosas, con un raro desespero en la cara sudorosa, pregunta:

-¿Ese no es un artista de televisión?

Nadie responde, pero él con la boca abierta parece meditar algo, perseguir un frase en el laberinto de su mente, hasta que hace el comentario que tenía en la punta de la lengua:

-Yo creo que ese artista me debe unas rosas desde la otra madrugada... ¿o me las pagó?



El Nacional, 17- 07-1981






Foto de Gabriela Pulido

Nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.Vive en Génova, Italia.

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Pre
mio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. 
Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este correo: jipulido777@gmail.com


Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras.

Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en Salamanca. En el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova.

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores












Julio Cortázar on life: "A day in my life is always a beautiful thing, because I am very happy to be alive", interview (fragment) by Viviana Marcela Iriart, Semana Magazine, Caracas, September 1979






"A day in my life is always a beautiful thing, because I am very happy to be alive. I have no intention of dying, I have the impression that I am immortal. I know I'm not, but the idea of death does not bother me, nor does it scare me. I deny its existence, so that helps me to live in a way ... how do I put it? Under the sun, sunny.

I am very glad to be alive, and there is a thing that few people think of: It is a wonderful miracle that we all are human beings, that we are in the top of the zoological scale, by purely genetic chance. Because you did not choose who you are. We come from a very long genetic chain and when I see a chicken or a fly also born of the same genetic chain, I marvel at being a man and not a chicken. I am a man, with all the good and bad that means. And I'm glad I have had a conscience, seeing with it as much as a conscience can see of the planet. And I won't say more to you."


He uttered those word after more than half an hour with us, telling us anecdotes and smiling, sometimes like a child. Yes, he is a human being like you and me, to speak he needs to move the mouth in the same way as you and I do. But he is Julio Cortazar .


© Viviana Marcela Iriart
Caracas, September 1979.
Published in November 1979
Semana magazine, Caracas

Translation:©Julio Emilio Moliné


Full interview: click here



La sala principal del Teatro Real es bautizada con el nombre de Carlos Giménez, Córdoba, 8 abril de 1994.








"El Secretario de Cultura, Lic. Samuel Schapiro, tiene el agrado de invitar a Ud. al acto de Homenaje a Carlos Giménez donde se impondrá su nombre a la Sala... en el Teatro Real..."


Sala Carlos Giménez



Fuente: Ana Lía Cassina, Carmen Gallardo, Mariana Llanos














Lo de Jacobo Borges es vivir sin artificio, entrevista de José Pulido






Hay tres Jacobo Borges en el cuadro que ocupa medio apartamento. En los ojos azules o verdes de Diana Carvallo se reflejan nítidamente. Uno de ellos pinta, el otro descascara una mandarina que suelta un chorrito al aire, y el niño observa un paisaje.

Un tintineo japonés o chino anuncia que entra viento por el ventanal abierto. El “anuncia espíritus” se mueve y su sonido se une a Bach que fluye desde alguna parte del apartamento, donde hay ajos colgando, frutas, cuadros, maniquíes, muñecos de trapos desgonzados en los rincones, un molino de trigo, bustos de mirada blanca y un permanente olor a óleo.

El Jacobo Borges niño habla recordando cosas que le impresionaron y que hoy influyen en el trabajo del artista.

 “Recuerdo un caballo que se cayó en un pantano y que no había nadie que lo sacara... es muy posible que fuera un caballo viejo y lo hubiesen abandonado: lo cierto es que duró agonizando dos o tres días... uno dormía y oía al caballo ¿Cómo es que se dice cuando el caballo? El perro ladra, el caballo ¿qué es lo que hace? ajá, ajá, relincha... se oía increíble, terrible, el caballo relinchando y su sonido atravesaba las paredes, el piso, la paja, toda vaina. Esa fue una de las primeras veces que yo tuve ese sentimiento de impotencia, un sentimiento que me ha acompañado toda la vida... tú lo veías ahí y no podías hacer nada por él ni siquiera llegarte hasta donde estaba. Yo hice algunas cosas, con un palito, todas esas cosas que no conducen a nada, sino que son esfuerzos más bien cómicos o ingenuos, dramáticos".

Uno de los dos Jacobo Borges adultos, dice que también se le grabó para siempre, cuando un muchachito rubio que pedaleaba una bicicleta nueva le preguntó ¿qué te trajo el Niño Jesús? y él, frustrado, con las alpargatas atascadas en el barro del camino, le respondió al ciclista: “el Niño Jesús no existe”. Y en ese momento salía la madre del muchacho gritándole a Jacobo: “eres un niño malo”.

 “Yo creí que era malo, me sentí un muchacho malo, pero me dieron ganas de reír, porque al niño aquel se le convirtió en bicicleta lo que hasta ese momento pedaleaba como si fuese algo mágico. Desde entonces repito esa maldad en mis cuadros... cuando los he terminado siento deseos de agregar algo, algo que soy yo... a veces un enchufe detrás de los pies de la novia”.

—Fundamentalmente, a Jacobo Borges parece preocuparle el sistema, la ciudad, el ser humano ¿qué buscas?

Uno de los dos adultos va a responder, quizás el de la mandarina.

-Uno da direcciones sobre cosas que no existen: yo vivo donde estaba aquella estación de gasolina ¿Te acuerdas dónde estaba la casa de las telas? porque la ciudad todos los días es derribada, está en movimiento, ríos que desaparecen, cerros que están hoy y mañana ya no se ven... sólo el Ávila es la única cosa que te hace sentir que todo es tiempo. Sólo hay fotos. Por eso es tan difícil atrapar en la pintura esta realidad, la realidad nuestra es el movimiento... hay un lenguaje hasta esotérico: Parque Central, Plaza las Américas: no son ni un parque, ni una plaza.

Jacobo Borges con el cabello como Einstein cuando lo tenía negro, busca de pronto palabras ¿cuál es la palabra? pregunta para continuar hablando.

El otro Jacobo Borges interrumpe y dice:

— La gente anda sin rumbo: los viernes parecen el último día de la tierra, la televisión es como un bunker, ver televisión es la realidad, porque la realidad no existe, es un decorado, como el desarrollo y todas esas cosas. La gente pone nombres como Parque Central porque esas cosas ya no existen, sólo los nombres, el decorado... por eso cuando me preguntan qué es lo más importante para mí, yo digo que vivir, que vivir es lo más importante y pintar es parte de la vida. No me siento un profesional de la pintura, no soy pintor por oficio.

Jacobo Borges está encadenado a una dinámica que le exige no retroceder: cada día se plantean cosas más difíciles, trabaja de seis de la mañana a una de la madrugada haciendo de todo, pintando, creando, pensando, escribiendo, en la política, pero todo en una sola cosa: vivir. Dice que solo siente que la vida sea tan breve.

 “En realidad, aunque parezca contradictorio porque siempre estoy trabajando, soy un contemplativo, desde niño siempre he preferido contemplar. Uno debería tener tiempo para hacer todas las cosas que se propone y tiempo para no hacer nada”, expresa.

El Borges de la mandarina descascara otra y le cede la palabra al Borges  salpicado y manchado de pintura.
         

UN COLAPSO

 “Todo el mundo sabe que este sistema industrializado ha colapsado, pero no hay ninguna audiencia para cambiar el rumbo de ese modelo. La izquierda proyecta una alternativa que no va más allá de la estructura económica, pero no es un real modelo alternativo, no se coloca frente a los problemas que forman parte de la crisis energética, por ejemplo, que vive el mundo. La calidad de vida se deteriora, el futuro es que todos tengan la bazofia de hoy, comida industrial que enferma y degenera”.

Voy a poner un ejemplo —dice el otro Borges— hay más consumidores que productores, entonces la industrialización le quita al trigo el alimento vital y la gente consume almidón. Las proteínas vegetales son lanzadas a los animales. Con el maíz pasa igual. La solución tendría que ser, en vez de grandes molinos y silos, molinos pequeños para cada barrio, que permita a la población consumir el alimento que necesita en el día, con poder alimenticio. El trigo y el maíz, al ser molidos, mueren por un proceso de oxidación. Cuando el venezolano se enferma el médico le recomienda que coma lo que la industrialización le ha quitado".

La calidad de la vida sólo puede comenzar dando al ser humano una alimentación vital, en vez de una alimentación residual. Cualquier sistema social se plantea el problema de la producción masiva y cae en los terrenos de la industrialización, de esa separación de lo vital y lo residual. Jacobo Borges se lo plantea así y también dice que la ciudad es como el vientre materno, donde está todo centralizado, donde el ser humano sólo tiene un sueño: comprar y es débil: no puede faltar la energía eléctrica porque se queda dentro de un ascensor y cosas así.

El último cuadro que Jacobo Borges retoca para su exposición en la GAN, denominada “La Comunión”, ocupa mucho espacio en el apartamento. Desde ese cuadro hablan de repente los tres Jacobo y sus conversaciones se ligan con el tintineo oriental y Bach.
         

FRANKESTEIN

—Yo nací en el Cementerio –comenta de improviso Jacobo, el niño,
queriendo decir que nació cerca del Cementerio.

Las carrozas fúnebres pasaban y eran muy lujosas... yo tenía la impresión de que vivía en un barrio muy importante, la muerte era como una fiesta, —añade.

Jacobo Borges compara lo que ha sucedido en el mundo, en el sistema socioeconómico, con lo que pasó cuando el doctor Frankestein fabricó su monstruo y lo abandonó irresponsablemente, horrorizado.

Hasta se han separado el trabajo y el placer. El niño se acostumbra a que el afecto se le brinde a determinada hora, las parejas tienen su relación sexual tal día o tales días sin importar cuándo se necesite el afecto, el amor, la relación. Todo este sentimiento lo pinta Jacobo. “Estamos en un vientre, si hay un apagón se detiene todo y no puedes hacer nada: algo más allá de ti detiene las cosas". Al sistema se la ha ido la tecnología de la mano, se actúa fragmentariamente... “un Frankestein” murmura alguien.

—Volver cuadros los cuadros es mi intención, como cuando volví bicicleta aquella bicicleta que le trajo el Niño Jesús a un muchacho rubio... –habla el otro Jacobo.

Dice también que se siente pintor cuando no piensa en nada, cuando está pintando y no se da cuenta de lo que está haciendo, cuando todo es una sola cosa.

 “Como en el acto del amor, cuando desaparecen los dos seres y siguen siendo dos seres, uno solo, cada uno siendo el mismo, pero en el otro”.

Diana refleja a los tres Jacobo Borges, al niño y los dos adultos, pero un tanto extrañada. Acaricia la hoja de un bambú y luego sopla suavemente una planta de hojas diminutas, como deseando aclarar algo.

Jacobo Borges señala que su lucha es la de cada quien y “quizás la única virtud que uno tiene es que intenta abrirse paso en ese sentido”. Busca la naturalidad, el reencuentro con el conocimiento y las verdades necesarias del ser humano.

En su apartamento y su vida no hay cosas artificiales, no hay decorado, no hay mandarinas de plástico, ni pinos con nieve, ni ideas inhumanas. De pronto la cinta de Bach se termina y Diana dice que Jacobo Borges espera por la entrevista.

La pregunta es lógica:

—¿Uno de los que ha estado hablando no es él? ¿todos no son él? Diana dice que no con la cabeza, para luego expresar, en el mismo instante que Bach recomienza y el tintineo del aire repite su función en la ventana abierta:

— Jacobo Borges eres tú, tonto, y deja de estar bromeando con ese cuadro, que en la puerta están ya los periodistas esperando por ti... ¿abres la puerta tú o lo hago yo?




©José Pulido

Foto de Gabriela Pulido



Nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.Vive en Génova, Italia.

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. 
Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este correo: jipulido777@gmail.com


Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras.

Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en Salamanca. En el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova.

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores





















Así que pasen cinco años, obra de Federico García Lorca (fragmento)









(Se oye otro trueno. La luz desciende y una luminosidad azulada de tormenta invade la escena. Los tres personajes se ocultarán detrás de un biombo negro bordado con estrellas. Por la puerta de la izquierda aparece el Niño muerto con el Gato. El Niño viene vestido de blanco primera comunión, con una corona de rosas blancas en la cabeza. Sobre su rostro, pintado de cera, resaltan sus ojos y sus labios de lirio seco. Trae un cirio rizado en la mano y el gran lazo con flecos de oro.
El Gato, de azul, con dos enormes manchas rojas de sangre en el pechito gris y en la cabeza. Avanzan hacia el público. El Niño trae al Gato cogido de una pata.)


GATO
Miau.



NIÑO
Chissssss...



GATO
 Miauuu.


NIÑO
Toma mi pañuelo blanco.
Toma mi corona blanca.
No llores más.


GATO
Me duelen las heridas
que los niños me hicieron en la espalda.


NIÑO
También a mí me duele el corazón.


GATO
¿Por qué te duele, niño, di?


NIÑO
Porque no anda.
 Ayer se me paró muy despacito,
ruiseñor de mi cama.
Mucho ruido, ¡si vieras!... Me pusieron
 con estas rosas frente a la ventana.


GATO
¿Y qué sentías tú?



NIÑO
Pues yo sentía
surtidores y abejas por la sala.
Me ataron las dos manos, ¡muy mal hecho!
 Los niños por los vidrios me miraban
 y un hombre con martillo iba clavando
estrellas de papel sobre mi caja.

(Cruzando las manos.)

No vinieron los ángeles. No, Gato.


GATO
No me digas más gato.


NIÑO
¿No?


GATO
Soy gata.


NIÑO
 ¿Eres gata?


GATO (Mimosa.)
 Debiste conocerlo.


NIÑO
¿Por qué?


GATO
Por mi voz de plata.


NIÑO  (Galante.)
¿No te quieres sentar?


GATO
Sí. Tengo hambre.


NIÑO
Voy a ver si te encuentro alguna rata.

(Se pone a mirar debajo de las sillas. El Gato, sentado en un taburete, tiembla.)

No la comas entera. Una patita
porque estás muy enferma.


GATO
Diez pedradas me tiraron los niños.



NIÑO
Pesan como las rosas
que oprimieron anoche mi garganta.
¿Quieres una?

(Se arranca una rosa de la cabeza.)


GATO. (Alegre.)
Sí, quiero.



NIÑO
Con tus manchas de cera, rosa blanca,
 ojo de luna rota me pareces,
gacela entre los vidrios desmayada.

(Se la pone.)



GATO
¿Tú qué hacías?


NIÑO
Jugar. ¿Y tú?


GATO
 ¡Jugar!
Iba por el tejado, gata chata,
naricilla de hojadelata.
En la mañana
 iba a coger los peces por el agua
y al mediodía
bajo el rosal del muro me dormía.


NIÑO
¿Y por la noche?

GATA (Enfática.)
 Me iba sola.



NIÑO
¿Sin nadie?


GATA
Por el bosque.


NIÑO (Con alegría.)
Yo también iba, ¡ay, gata chata, barata,
 naricillas de hojadelata!,
a comer zarzamoras y manzanas.
Y después a la iglesia con los niños
 a jugar a la cabra.


GATA
 ¿Qué es la cabra?



NIÑO
 Era mamar los clavos de la puerta.


GATA
 ¿Y eran buenos?



NIÑO
No, gata.
Como chupar moneda

 (Trueno lejano.)

 ¡Ay! ¡Espera! ¿No vienen? Tengo miedo.
¿Sabes? Me escapé de casa.

 (Lloroso.)

Yo no quiero que me entierren.
Agremanes y vidrios adornan mi caja;
pero es mejor que me duerma
entre los juncos del agua.
Yo no quiero que me entierren. ¡Vamos pronto! 

Le tira de la pata.)


GATA
 ¿Y nos van a enterrar? ¿Cuándo?



NIÑO
Mañana,
en unos hoyos oscuros.
 Todos lloran, todos callan.
Pero se van. Yo lo vi.
Y luego, ¿sabes?


GATA
¿Qué pasa?



NIÑO
 Vienen a comernos.


GATA
¿Quién?



NIÑO
El lagarto y la lagarta,
con sus hijitos pequeños,
que son muchos.


GATA
¿Y qué nos comen?



NIÑO
La cara,
con los dedos
(Bajando la voz.)
y la cuca.


GATA (Ofendida.)
Yo no tengo cuca.


NIÑO  (Enérgico.)
¡Gata!:
 te comerán las patitas y el bigote.

(Trueno lejanisimo.)

 Vámonos; de casa en casa
llegaremos donde pacen
 los caballitos del agua.
No es el cielo. Es tierra dura
con muchos grillos que cantan,
con hierbas que se menean,
con nubes que se levantan,
con hondas que lanzan piedras
 y el viento como una espada.
 ¡Yo quiero ser niño, un niño!

 (Se dirige a la puerta de la derecha.)


GATA
Está la puerta cerrada.
Vámonos por la escalera.



NIÑO
Por la escalera nos verán.


GATA
Aguarda.



NIÑO
¡Ya vienen para enterrarnos!


GATA
Vámonos por la ventana.



NIÑO
Nunca veremos la luz,
ni las nubes que se levantan,
 ni los grillos en la hierba,
ni el viento como una espada.

(Cruzando las manos.)

 ¡Ay girasol!
 ¡Ay girasol de fuego!
¡Ay girasol!


GATA
¡Ay clavellina del sol!


NIÑO
Apagado va por el cielo.
 Sólo mares y montes de carbón,
y una paloma muerta por la arena
con las alas tronchadas y en el pico una flor.

 (Canta.)

Y en la flor una oliva,
y en la oliva un limón...
 ¿Cómo sigue?... No lo sé, ¿cómo sigue?



GATA
¡Ay girasol!
 ¡Ay girasol de la mañanita!



NIÑO
 ¡Ay clavellina del sol!

(La luz es tenue. El Niño y el Gato, separados, andan a tientas.)


GATA
No hay luz. ¿Dónde estás?


NIÑO
 ¡Calla!


GATA
¿Vendrán ya los lagartos, niño?


NIÑO
No.


GATA
 ¿Encontraste salida?

(La Gata se acerca a la puerta de la derecha y sale una mano que la empuja hacia dentro.)

 (Dentro.)


¡Niño! ¡Niño!


(Con angustia.)

 ¡Niño, niño!


(El Niño avanza con terror, deteniéndose a cada paso.)



NIÑO  (En voz baja.)
Se hundió.
Lo ha cogido una mano.
Debe ser la de Dios.
¡No me entierres! Espera unos minutos...
¡Mientras deshojo esta flor!

(Se arranca una flor de la cabeza y la deshoja.)

 Yo iré solo, muy despacio,
 después me dejarás mirar al sol...
Muy poco, con un rayo me contento.

 (Deshojando.)
Sí, no, sí, no, sí.


VOZ.
 No. ¡¡No!!


NIÑO
 ¡Siempre dije que no!


(Una mano asoma y entra al Niño, que se desmaya...)


Así que pasen cinco años
©Federico García Lorca
1931


Obra completa: pincha aquí

Federico García Lorca: página web



Walewska Pérez: “La burla, la impunidad, me han llevado a la desesperación”, entrevista de Milagros Socorro, La Gran Aldea, Caracas, 2 de julio de 2020



Habla la viuda de Rafael Acosta Arévalo




A un año de la muerte del capitán Rafael Acosta Arévalo, fallecido mientras se encontraba detenido por la DGCIM, su esposa enfrenta las secuelas traumáticas de sus hijos, así como su desasosiego por los detalles que ha ido conociendo y la falta de justicia ante este crimen. “A veces pienso que a nadie le importa lo que estamos padeciendo los venezolanos”.


Está peor. Puede decirse que, a un año del asesinato de su esposo, la maestra de preescolar Walewska Pérez, está más desolada y ansiosa que el 29 de junio de 2019, cuando le confirmaron que el capitán de Fragata (retirado) Rafael Acosta Arévalo había muerto. Ese día, aunque ya tenía una semana casi sin dormir, abismada ante las informaciones que le llegaban, según las cuales su marido estaba siendo sometido a crueldades difíciles de concebir, ella se veía muy triste, pero a la vez firme y decidida. Esto lo sabemos por la entrevista que le hizo Idania Chirinos, a escasas horas de confirmado el asesinato.
Doce meses después, Walewska Pérez difundió una carta pública donde recordaba los pormenores del secuestro y asesinato de su esposo, la retención por doce días del cadáver, la inhumación controlada, el “juicio” donde condenaron a dos funcionarios de la DGCIM (Dirección General de Contrainteligencia Militar), por “homicidio preterintencional”, esto, que lo mataron sin querer; y concluía pidiendo justicia para el crimen del capitán Acosta Arévalo y para “los más de 420 presos políticos, militares y civiles que aún están siendo torturados en manos del narcorrégimen”.
El comunicado es duro, pero al comentarlo con ella por teléfono, aunque repite los datos, su voz evidencia un gran agotamiento y un dolor que no ha hecho sino crecer.
-He envejecido mucho -dice Walewska Pérez-. He perdido peso y sé que no tengo brillo en los ojos. No puedo sonreír, no me sale. Casi no duermo. Me levanto de la cama a medianoche y camino sin hacer ruido, para no despertar a mis hijos ni causarles más traumas. Vienen a mi mente las escenas más pavorosas. Mis abogados me lo dijeron, porque yo les pedí que lo hicieran. Y luego leí el informe de la autopsia que salió en la prensa. Lo llevaron a una casa de torturas que tiene la dictadura en Miranda, lo desnudaron y lo colgaron de un árbol; le disparaban cerca de los oídos para reventarle los tímpanos; le pusieron una carpeta con tirro alrededor de los ojos; lo golpearon con tablas en todo el cuerpo; lo metían en un cuarto helado y le echaban agua helada; le daban latigazos; le ponían bolsas en la cabeza; le metían la cabeza en tobos; le hicieron cortaduras en las plantas de los pies; le metieron electricidad en los testículos,… Participaban muchos, me dijeron, porque el método de ellos es no dejar descansar a la víctima. Cuando quedaba inconsciente, lo reanimaban. Le tomaban fotos. Alguien tiene las fotos de mi esposo siendo martirizado. Trato de no pensar en eso, pero no puedo.

Iríamos a Egipto

Nacida en Maracayestado Aragua, en 1977, Walewska Eleanor es la mayor de dos hermanas. Su padre emigró de TenerifeIslas Canarias, a Venezuela cuando era un niño y aún menor de edad empezó a trabajar en diversos empleos hasta que ingresó a Philips de Venezuela, donde progresó hasta ser gerente. No puede decirse que haya dejado la compañía ni que se jubiló, porque el hecho es que la empresa tuvo que irse del país. “Le pegó mucho el cierre de la empresa”, dice Walewska. Y su madre, proveniente de familia muy humilde, es una docente que se desempeñó en el aula hasta que tuvo a su primera hija. Fue ella quien le puso su nombre. “A mi mamá le gusta la historia de Napoleón. Convencida de que su primogénito sería un varón, cuando se encontró con que no era así, me puso el primer nombre que se le vino a la mente, el de la aristócrata polaca que fue amante del emperador”.
Walewska conoció a Acosta Arévalo cuando ella tenía 17 años y él 25, y ya era un oficial de la Armada. “Al principio lo vi poco, porque él estaba en la frontera. A pesar de su juventud, ya era el hombre serio y reservado que siempre fue. Era muy ordenado y pulcro, tanto en su trabajo como en su vida personal. Participó mucho en la crianza de los dos niños. En las primeras semanas, si los bebés lloraban durante la noche, él los cargaba, los cambiaba, les daba los teteros. Cuando crecieron, los llevaba al deporte. Era muy afectuoso, no con palabras, sino con hechos. No era hombre de ponerse bravo, su manera de resolver los conflictos era conversar. Jamás fue hombre violento. Leía mucho. Le gustaba la historia de la Antigüedad, sobre todo la de Egipto. Solía pedirle a Dios que pudiéramos ir a conocer Egipto”.
Al preguntarle por su propia infancia, Walewska dice, siempre con voz mustia, que nunca les faltó nada. “Fuimos a colegios privados. Nunca fuimos caprichosas. Mi mamá nos enseño a hacer méritos para ganar lo que queríamos”. Se graduó de licenciada en Educación Preescolar en la UPEL, en Maracay.

Alguien lo traicionó

Rafael Acosta Arévalo pidió la baja en 2006, “porque no estaba de acuerdo con lo que estaba sucediendo”. Estaba residenciado en Colombia con su esposa e hijos; y decidió viajar a Venezuela, según dice su viuda, “para renovar los pasaportes y hacer otras diligencias. Había cumplido 50 años el 17 de junio y el 21 de ese mes fue detenido, sin orden judicial, en Guatireestado Miranda.
-Él no tenía miedo -dice Walewska-. Decía que todos nacemos para morir. De hecho, mientras estuvo activo, le explotó una granada en la pierna y tuvo un accidente de buceo en la Base Naval de Turiamo, de donde lo sacaron inconsciente en helicóptero. Estaba acostumbrado al peligro. Y, de seguro, jamás pensó que un compañero podría traicionarlo. A él lo vendió un “amigo”, que lo envió a una muerte terrible por congraciarse con el régimen y obtener quién sabe qué…
Al preguntarle si ella estaba al tanto de las actividades conspirativas en las que Acosta Arévalo podría haber estado involucrado, ella asegura que jamás oyó nada que le hiciera pensar en eso. “De todas formas”, -dice Walewska-, “después de su asesinato, yo me aislé porque no quería perjudicar a nadie”.

Mami, yo vi la cara del asesino

Las últimas palabras de Acosta Arévalo en su agonía fue una sola: ‘Auxilio’. Lo habían secuestrado el 21 de junio y lo mantuvieron en la cámara de tortura durante una semana, al cabo de la cual fue trasladado por una comisión del DGCIM a la sede del tribunal militar para su audiencia de presentación. Era un guiñapo. Incapaz de tenerse en pie, lo llevaron en silla de ruedas. Mostraba signos de desorientación, sangre en las uñas, la nariz fracturada y escoriaciones en los brazos, que era lo que se le veía. Los funcionarios de la DGCIM no lo dejaron hablar en privado con sus abogados, otra crueldad innecesaria, puesto que el reo apenas si pudo rogarle ayuda a su representante legal. Al verlo en semejante estado, el juez le preguntó si había sido torturado, a lo que el capitán asintió con la cabeza, y ordenó que lo llevaran al hospital, donde murió en la madrugada del 29 de junio.
-Mi hijo está muy afectado. Perdió interés en los deportes, bajó las calificaciones escolares. Ya tiene 13 años. Me resulta imposible impedir que vea en Internet los detalles del secuestro y muerte de su padre. Hace poco me dijo que había soñado con su papá. Que lo tenían amarrado en una silla y lo estaban electrocutando; que, aunque tenía la boca tapada, se oían sus gritos. “Mamá”, me dijo, “yo le vi la cara a quienes lo estaban torturando. Estaban vestidos de militar. Vamos a meternos en Internet para enseñarte quién lo mató, porque yo tengo su cara aquí, en mi cabeza”.
La viuda llora su congoja y la de la familia. “Mis suegros se deprimieron muchísimo. A mis padres los han estado intimidando. Mi hijo pequeño pregunta mucho por su papá. Pregunta que si su papá no le ha enviado un mensaje de voz, “porque él se llevó su teléfono”. Rezo para que nunca se le olvide la cara de su papá, la voz”.
-Yo sé que nada me lo va a devolver, pero es muy importante para mí que se haga justicia. La burla, la impunidad, me han llevado a la desesperación. La señora Bachelet estaba en Caracas cuando a él lo mataron, por qué no lo impidió… A veces pienso que a nadie le importa lo que estamos padeciendo los venezolanos. Pero, ni siquiera en mis momentos de mayor rabia, le he reprochado por qué se fue a Venezuelapor qué marchó a la muerte. Todos cometemos errores. Cómo voy a pelear, ni siquiera en mi mente, con un hombre tan generoso.


©Milagros Socorro

Caracas, 2 de julio de 2020
La Gran Aldea



Fuente: La Gran Aldea





The Seven Vanishing Points, obra de Rolando Peña: video









 "Andy Warhol escribió en el catálogo de mi exposición: 
“Los Siete Puntos de Fuga (The Seven Vanishing Points)  
es mucho, mucho, mucho mejor que Studio 54”.
Rolando Peña




The Seven Vanishing Points 
obra y dirección de Rolando Peña
 Karla Goméz: Dirección de Arte y Animación






Karla Gómez