Al llegar a la casa, me detuvo el conserje del edificio: - Sr. Jairo, ahora tenemos a dos actores en
este edificio. Una colega suya se acaba de mudar al piso 10; es una mujer
espectacular: Cristina Reyes.
No pude ocultar mi asombro. Su llegada era tan inesperada como incómoda.
En aquel entonces, ella representaba toda la frivolidad, superficialidad y
pedantería que se les atribuía a las actrices de televisión. Ojalá las cosas
hayan cambiado, pero eso era lo que el medio les exigía; luego entendí el por qué.
Yo la conocía de verla en alguna telenovela: era dueña de una belleza fuera de
serie, pero siempre encarnaba a la malvada de la historia, a la mujer
acaudalada y triunfadora. Nunca interpretaba a alguien común que debiera
trabajar para ganarse la vida. Esos elementos, sumados a su porte y distinción,
contribuían a la imagen de que era, definitivamente, una diva inalcanzable que
caía pesada.
Un día, sonó el timbre de mi apartamento. Antes de abrir, pregunté: - ¿Quién
es? - Soy yo, Jairo. Cristina , escuché
del otro lado.
No entendía nada. ¿Cristina Reyes? ¿Cómo sabía mi nombre? Al abrir la
puerta, efectivamente era ella, pero una versión que jamás imaginé: sin una
gota de maquillaje, descalza, vistiendo unos shorts rosados, una blusa corta
blanca y el cabello recogido en una sencilla cola. Su aspecto era el polo opuesto
a la imagen que yo guardaba de ella
.
-Tu nombre me lo dio un amigo que tenemos en común - continuó diciendo -.
Me sugirió que viniera, pues siempre es bueno contar con el apoyo de un vecino,
y siendo tú actor, ¿quién mejor para iniciar una amistad?
Alargó su mano y me preguntó: - ¿Amigos? Estaba tan sorprendido que
tardé unos segundos en reaccionar y estrecharla. Allí comenzó no solo una relación de vecinos,
sino una maravillosa amistad y camaradería que ha perdurado siempre.
Ella era decidida. De inmediato me dijo: - Ven, sube a mi casa. Te
invito a tomar café y a probar una torta que acabo de hacer. La seguí de
inmediato. Subimos las escaleras, pues solo un piso nos separaba. Su
apartamento era más pequeño que el mío, pero estaba decorado con muy buen
gusto; se notaba el alma de artista en cada rincón. Me llamó la atención un
detalle: no había ni una sola foto de ella exhibida.
Nuestras tertulias se hicieron frecuentes. Ella se interesaba por mi
carrera y yo por la suya. Pronto descubrimos que las distancias entre el teatro
y la televisión eran abismales. Cristina anhelaba interpretar personajes
reales, como los de las novelas brasileñas que causaban furor entonces; quería
salir sin maquillaje si la escena era al despertar, o hacer cosas cotidianas
como lavarse los dientes o fregar los platos. Nada de eso se permitía en una
telenovela nacional, a menos que fueras la protagonista sufrida; pero la
antagonista, la "villana", jamás podía permitirse tal humanidad.
Me explicó que, por contrato, no podía salir a la calle sin maquillaje:
debía estar siempre impecable, sonriente y "perfecta" para el
público. Por eso, en pantalla, aparecía con dormilonas que parecían trajes de
gala, muy maquillada incluso con pestañas postizas y el cabello como para un comercial
de champú , para una escena que se estaba acabando de levantar por la mañana. Fui descubriendo tantas facetas de ella que me
dio pena mi prejuicio inicial. Era totalmente diferente; de hecho, su sencillez
la hacía ver mucho más bonita y juvenil. Se ganaba a la gente con su autenticidad.
Cuando llegaba de grabar me daba mucha risa; parecía otra persona. Frente a mis
ojos, veía cómo la diva se desvanecía para dar paso a la Cristina que muy pocos
conocían.
De repente, un día volvió a tocar mi puerta con insistencia. Ya yo sabía
que era ella. —¡Mi vido! - así me llamaba -. ¡Vamos a trabajar juntos en una
película! Me acabo de enterar, ¡qué alegría más grande!
Y así fue. Fue una sorpresa. Nos
habían contratado a cada uno por su lado. Tuve el honor de compartir con ella
la aventura llamada “Ana, pasión de dos mundos”, donde, para variar, ella
era la antagonista de Maribel Verdú. Pero, afortunadamente, su personaje, “Clarita”,
era una prostituta de origen humilde que había luchado mucho por salir
adelante. Eso le dio la oportunidad de hacer algo distinto. Trabajamos mucho en
ello y ella logró darle al personaje una dimensión humana que trascendía su
evidente belleza física.
Descubrir su calidad humana fue un regalo. Le encantaba ayudar. Era
invitada de honor en Los Nevados, un pueblo en Mérida, a donde llevaba
juguetes, ropa y medicinas que recolectaba incansablemente entre sus conocidos
y empresas. Se iba a caballo, en Jeep o a pie por esas montañas. Aunque nunca
la acompañé, admiraba profundamente su dedicación y el amor con que la recibían
en esas tierras.
Durante el rodaje de la película, hizo algo increíble. En una secuencia,
mi personaje usaba alpargatas y yo acompañaba a Maribel Verdú, quien conducía
un caballo; Cristina venía en otro detrás de nosotros. Nos detuvimos según las marcas
del director y, de repente, un caballo me pisó el pie. Por profesionalismo, no
dije nada; esperé a que terminara la escena. Al grito de “¡Corten!”, solté un
alarido de dolor. Al quitarme la alpargata, el dedo no paraba de sangrar. Todos
corrieron, pero ella fue la primera. Me limpió la herida y, al ver que la
hemorragia seguía, le dije bromeando: - Si fuera el dedo de la mano sería
perfecto, porque me lo meto en la boca y la saliva corta la sangre. Ella me
miró con esos ojos maravillosos y me dijo: —No te preocupes, mi vido, ya vas a
ver.
Acto seguido, se metió mi dedo del pie en su boca para detener la
sangre. Yo no podía creerlo. Fue una muestra de humildad y calidad humana que
dejó paralizados a técnicos y actores. Lo cierto es que surtió efecto: la
sangre se detuvo y pudo curarme debidamente.
Durante las semanas del rodaje de la película, nos invitaba casi a
diario a su habitación a comer panquecas, ella las cocinaba en una cocinita
pequeñita de camping y tenía todos los implementos para hacerlo. Pasabamos ratos muy agradables compartiendo
con los actores españoles y eso podía ser a cualquier hora, desde la hora del
desayuno hasta medianoche. Sus panquecas
se hicieron famosas.
Esa es solo una de las tantas vivencias donde su bondad y optimismo salían
a flote. Un día, llegué a mi oficina y Yelitza, una gran amiga de muchos años y
cómplice en muchas de mis locuras, me cuenta: - Ayer, en la carretera de La
Victoria, vi a una mujer desde lejos que se cayó de un parapente. ¡Parece loca!
. Sabrá Dios que le habrá pasado.
Horas más tarde, Cristina me llamó con un hilo de voz: - Mi vido, no te
asustes, pero estoy hospitalizada. Ayer me caí de un parapente y me rompí la
columna. Era la misma historia de Yelitza. Así era ella: audaz, intrépida y
amante de los deportes extremos, todo lo contrario a mis gustos. Fui a la
clínica de inmediato y la encontré enyesada desde el cuello hasta los glúteos,
con los brazos en posición de abrazo. Era una estampa dolorosa, pero ella
mantenía el humor y se reía de lo sucedido.
Faltaba una semana para el estreno de una obra de teatro llamada “El
Chingo”, de Edilio Peña, era un proyecto muy importante para mí carrera. Le
dije que no se preocupara, que ya veríamos cómo llevarla a una función más
adelante. Pero ella sentenció: - Yo voy igual, mi vido. Ese estreno no me lo
pierdo; es tu noche y quiero estar allí.
Y cumplió. Primero llegó al teatro un ramo de 72 rosas rojas de tallo
largo, tan inmenso que no cabía por la puerta y tuvo que quedarse en el lobby.
Luego llegó ella, una hora antes de la función. La producción tomó previsiones
para sentarla en primera fila y que estuviera visible lo menos posible, no
quería llamar la atención. Le dediqué la función y ella, como no podía aplaudir
por el yeso, gritaba con toda su alma: “¡Bravo, bravo!”. Fue una noche mágica.
A veces, comparando nuestras carreras, ella me decía: - Quisiera tener
tu experiencia y tu currículum haciendo teatro y creando personajes. Y yo le
respondía entre risas: - Y yo quisiera ganar lo que tú ganas en televisión,
aunque sea por un mes. Mi sueldo en la cultura era modesto y el de ella, con
horas extras, era astronómico. Pero ella era generosa y disfrutaba compartiendo
cada éxito con sus amigos.
Podría escribir horas sobre nuestras anécdotas. Aprendí que, aunque
viniéramos de medios distintos, ella de la fama y la popularidad, yo del rigor
y la satisfacción del aplauso en vivo, en el fondo buscábamos lo mismo: un
canal para expresarnos y brillar a través del trabajo.
Uno de sus últimos trabajos antes de irse al Tíbet a un retiro
espiritual fue en una novela de Cabrujas. Era un papel corto, moriría en el
capítulo 25, pero le permitía hacer algo diferente. Mi consejo, muy extraño por
tratarse de mi, fue: - Cristina, no actúes. Sé simplemente tú, con esa alegría
y bondad que tienes. No interpretes; deja que el público conozca a la mujer
maravillosa que vive en ti.
Y así lo hizo. El personaje lo permitía.
Apareció natural, casi sin maquillaje y vestida sin lujos. Sus diálogos
tenían una naturalidad que emocionaban a los espectadores, era un papel corto
pero muy bien escrito. Fue un éxito
rotundo y recibió críticas excelentes. Yo fui muy feliz de verla triunfar y
cumplir ese sueño.
Eramos inseparables, amigos por siempre. Al final del día, nuestras
charlas me enseñaron que el teatro y la televisión no son mundos antagónicos,
sino dos espejos que reflejan la misma búsqueda humana. Yo, desde las tablas,
perseguía la verdad a través del rigor y el sudor del aplauso inmediato; ella,
desde la pantalla, luchaba por encontrar esa misma verdad detrás de las capas
de maquillaje y los contratos de perfección.
Aprendí que no importa si el escenario es de madera o de píxeles: el
talento real, como el de Cristina, consiste en saber despojarse de los
artificios. Ella fue mi mejor lección de que el éxito no está en la cuenta
bancaria ni en el vestuario de gala, sino en la capacidad de meterse en el
barro - o en la boca, si el dedo de un amigo sangra - para demostrar que lo más valioso que podemos
interpretar es nuestra propia humanidad.
Hoy, cuando recuerdo a la “villana” que resultó ser un ángel, sonrío.
Porque aunque ella anhelaba la libertad del teatro y yo la solvencia de la
televisión, ambos descubrimos que en el arte, y en la vida, lo único que
realmente perdura es la autenticidad con la que tocamos el alma de los demás.
Y así pasó…
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com
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