la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


La dictadura argentina quiso quitarle la nacionalidad a Julio Cortázar: "Fichado y prohibido: el legajo de Cortázar en la DIPPBA" / Comisión Provincial por la Memoria, La Plata, Argentina, 26/08/2015












El 20 de mayo de 1980 los servicios de inteligencia argentinos pidieron 
quitarle la nacionalidad a Julio Cortázar





El gran escritor argentino Julio Cortázar fue un gran defensor de los derechos humanos, denunciando en foros internacionales los genocidios cometidos por las dictaduras latinoamericanas en los años 70 y 80 del siglo pasado. 

Consecuente entre lo que decía y hacía, donó parte de sus derechos de autor a las víctimas de las dictaduras y su casa en París siempre fue un refugio para las personas que llegaban exiliadas de América Latina, la mayoría personas a quienes Cortázar no conocía pero a quienes el autor de Rayuela recibía como si fueran viejas amistades.  

Su lucha le valió ser amenazado de muerte, perseguido y prohibido por la dictadura argentina, y por las dictaduras latinoamericanas.


A pesar de que Cortázar no vivía en Argentina desde 1951,  eso no fue impedimento para que los servicios de inteligencia argentinos lo investigaran,  lo prohibieran y pidieran  que se le quitara la nacionalidad, según se puede leer en el informe elaborado por el organismo de derechos humanos argentino Comisión Provincial  por la Memoriapresidido por el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, en agosto de 2015, basado en los archivos de la dictadura.  


Julio Cortázar regresó a Argentina en diciembre de 1983, cuando volvió la democracia. No fue invitado a la asunción presidencial del Dr. Raúl Alfonsín (quien se disculparía años más tarde).

Julio Cortázar murió dos meses más tarde en París sin que su gran aporte a los derechos humanos y al regreso de la democracia argentina fuera reconocido, ni agradecido. 


“Moliere nada a tu gloria faltaría,
si entre los defectos que tan bien descubriste,




4 de mayo de  2108









La Plata, Argentina, 26 de Agosto 2015




Julio Cortázar decidió marchar hacia el autoexilio en 1951 y sólo volvió a Argentina ocasionalmente y por poco tiempo; sin embargo, los servicios de inteligencia recogieron información sobre su participación internacional en la denuncia de los crímenes perpetrados por el terrorismo de Estado en América Latina. En el 101 aniversario de su nacimiento, la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) difunde los documentos que la DIPPBA elaboró sobre el escritor.












El 29 de agosto de 1975, la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires registró el legajo N° 3178; la ficha tiene sólo seis datos: apellido, nombre, nación, localidad, profesión y antecedentes sociales. "Cortázar. Julio Florencio (el segundo nombre escrito a mano alzada). Arg. Francia. Escritor. Entidad “Habeas”.


Para ese entonces, Cortázar llevaba 24 años lejos del país –primero por decisión propia, luego por mandato militar–, era ya un escritor consagrado y, en el último tiempo, se había acercado a los movimientos de liberación en América Latina. Ese posicionamiento político había transformado también su literatura. En el poema Ándale (1976) escribe:



Habrá que reunirse 
con los que llegan fugitivos 
de Uruguay y Argentina.




Habeas fue creada por Gabriel García Márquez como una organización destinada a defender a prisioneros políticos. El escritor colombiano había donado cien mil dólares de su regalía para constituir la institución. En los años siguientes, y a medida que el terror militar avanzaba sobre los pueblos latinoamericanos, sumaría nuevas adhesiones, entre ellas la de Julio Cortázar.


Un memorando del 21 de mayo de 1979, con origen en el Batallón de Inteligencia 601 y remitido al Director General de Inteligencia, advierte que el mensuario OPCIÓN (órgano de difusión del Partido Socialista de los Trabajadores) transcribe una carta fechada “México Dic./78”, firmada entre otros por Julio Cortázar. El documento de inteligencia recupera algunos pasajes de esa carta en los que se expone la finalidad de la organización: “poderosa campaña de solidaridad con los pueblos latinoamericanos que padecen la tiranía, la barbarie y la negación de sus esenciales derechos humanos […] Más que poner en evidencia a los verdugos, se procurará, hasta donde sea posible, clarificar la suerte de los desaparecidos y allanar a los exiliados los caminos de regreso a su tierra”.



La rémora del diario 
con las noticias de Santiago mar de sangre, 
con la muerte de Paco en la Argentina, 
con la muerte de Orlando, con la muerte 
y la necesidad de denunciar la muerte 
cuando es la sucia negación, cuando se llama 
Pinochet y López Rega y Henry Kissinger.



Históricamente se ha reconocido la activa participación del exilio latinoamericano en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos –especialmente en el caso argentino. La actividad política de los desterrados permitió visibilizar las atrocidades cometidas por los regímenes militares y los servicios de inteligencia se infiltraron, espiaron y recogieron información sobre esa militancia en el exterior.


En un documento del 20 de enero de 1976, sellado con carácter de “RESERVADO URGENTE”, la SIDE envía un parte a la SIN, SIA, Batallón 601, SID, SIPNA, DIG, DIPBA sobre la celebración del Tribunal Russell y la participación de Cortázar. Este informe da cuenta de otro rasgo esencial de los servicios de inteligencia a partir de 1975: los vínculos entre las agencias de inteligencia (la denominada comunidad informativa) para la persecución política e ideológica.


Durante la investigación, los agentes de la DIPPBA amplían la información y bajo la categoría de actividad subversiva sostienen que la celebración de la sesión del Tribunal Russel “forma parte integrante de la campaña internacional de desprestigio”, que “el escritor JULIO CORTÁZAR, que actuó en calidad de jurado, fue aplaudido por la concurrencia al pedir deponer como testigo, oportunidad en que leyó una carta referida al combate de Monte Chingolo sostenido por el E.R.P. con fuerzas de seguridad durante el mes de diciembre del año ppdo.”, que “al término de las deliberaciones, el Tribunal sentenció con el “GRADO MÁXIMO DE CRIMEN CONTRA LA HUMANIDAD” al gobierno de nuestro país.


“Yo hace 28 años que vivo fuera de la Argentina, pero nunca me consideré un exiliado hasta el golpe de Videla. Nunca me consideré un exiliado, porque para mí el exilio es una cosa compulsiva, y yo vivía en Francia porque me daba la gana. Porque es un país que me gusta, donde me siento bien y donde iba escribiendo mi obra sin dificultades ni problemas. Y de repente, a partir del golpe militar, supe que me había convertido en un verdadero exiliado”, declara en una entrevista con Viviana Marcela Iriart. Por esa misma época, Cortázar mencionará en cada intercambio epistolar que las obligaciones políticas no le dejan tiempo para dedicarse a la literatura.



(Escribiremos otro día el poema, 
vayamos ahora la reunión, juntemos unos pesos,
llegaron compañeros con noticias,
tenés que estar sin falta, viejo)



La última información sobre Cortázar en el archivo de la DIPPBA corresponde a un parte del 20 de mayo de 1980: el estudio en cuestión, a cargo de representantes de las tres Fuerzas Armadas a nivel de secretarios generales, consideraba que “ante la puesta en vigencia de la nueva Ley de Radiodifusión (pronta a salir), debe existir cierta elasticidad en las prohibiciones que emanan de la fórmula en cuestión”.


Aun así, Cortázar fue calificado con un F.4. En ese momento, la calificación F.4 era el máximo grado de prohibición: “registra antecedentes ideológicos marxistas que hacen aconsejable su no ingreso y/o permanencia en la administración pública, no se le proporcione colaboración, sea auspiciado por el Estado, etc”. La calificación significaba, de hecho, la prohibición de presentarse públicamente o difundir su obra. En el anexo 2 del Acta Nº 11, bajo el título: “Actualización lista periodistas – escritores y artistas plásticos (F.4)” aparece el nombre de “CORTÁZAR, Julio Florencio”, con la siguiente referencia: “Por ser ciudadano argentino por opción, nacido en Bélgica, se sugiere retirarle la citada ciudadanía”.




Vendrán y te dirán (ya mismo, en esta página) 
sucio individualista, 
tu obligación es darte sin protestas, 
escribir para el hoy para el mañana 
sin nostalgias de Chaucer o Rig Veda, 
sin darle tiempo a Raymond Chandler o Duke Ellington, 
basta de babosadas de pequeñoburgués 
hay que luchar contra la alienación ya mismo, 
déjate de pavadas, 
elegí entre el trabajo partidario 
o cantarle a Gardel.




Nunca se cumplió con la sugerencia: el gobierno militar no le quitó su ciudadanía; la prohibición que pesaba sobre Cortázar sólo era una prohibición meramente de forma, no fue necesaria su aplicación porque el escritor nunca volvió, ni reclamaría “colaboración” o “auspicio” de un gobierno genocida al que denunció permanentemente en la prensa internacional.









Nota 1 :  La foto de  Julio Cortázar es original de Sara FacioEstá intervenida, no sabemos por quién.

Nota 2: Los links y las negritas son un agregado de este blog.









Dos entrevistas a la gran escritora Laura Alcoba por su nueva novela "La danza de la Araña": "Mi memoria es como una caja de legos: elijo y hago una construcción", entrevista de Natalia Blanc, La Nación, Buenos Aires 2/05/2018 y "Animales de Poder", entrevista de Paula Jiménez España, Página 12, 27/04/2018










Radicada en París desde los 70, es autora de una trilogía de contenido autobiográfico; hoy hablará sobre cómo es escribir en francés de la historia argentina Crédito: Patricio Pidal/AFV




Natalia Blanc 





Con La danza de la araña (Edhasa), Laura Alcoba cierra una trilogía de novelas inspiradas en su historia real como hija de militantes montoneros que incluye infancia en la clandestinidad, exilio en Francia junto con su madre y cartas a la distancia con su padre, detenido en una cárcel de La Plata.



La casa de los conejos, el primero de los títulos, se publicó hace diez años en español y fue reeditado recientemente. En coincidencia con el aniversario, este año llegará a los cines, dirigida por Valeria Selinger y protagonizada por Darío Grandinetti y Miguel Ángel Solá. La joven actriz Mora Iramain García interpreta a la narradora de la historia, que vive encerrada en una casa donde se crían conejos y crece rodeada de secretos. La autora no quiso participar del guion ni del proceso del film: prefirió dejar que crearan su propia obra a partir de la novela. Leyó los guiones hasta el definitivo, pero no vio ni una escena aún; lo hará, asegura, al mismo tiempo que los espectadores.

Radicada en París desde los 70, Alcoba vino al país a presentar su última novela y a participar del Diálogo de Escritores Argentinos en la Feria del Libro, hoy, a las 20.30 (Sala Sarmiento). Hablará de cómo es escribir en francés sobre la historia argentina. "Trabajo mucho la intensidad de los textos en general, hago lectura en voz alta en francés de mis textos y los considero terminados cuando suenan exactamente como quiero que suenen. Para la reedición de La casa de los conejos hice pequeños ajustes a la traducción original de Leopoldo Brizuela. Necesito que alguien me traduzca porque escribo en francés. Volver al texto diez años después fue para mí tan importante como la publicación de La danza de la araña".



Después de los conejos del primer libro y de las abejas del segundo (El azul de las abejas), ¿qué representa la araña y su danza en esta historia?


-En cierto momento tuve la impresión de que había dejado algo inconcluso. Esa idea se volvió una especie de obsesión. En especial, el hecho de haber dejado al padre de la narradora en la cárcel, al final del segundo título. Entonces, la razón de ser del tercero es sacar al padre de la cárcel. Retomé la lectura de las cartas que mi padre me enviaba desde la prisión en La Plata, que conservo y son la matriz de esta serie, y di con el cuento de la danza de la araña, que vive en reducción lo que va a vivir el padre al final de la historia. La araña baila en espera de la puerta que se abre. Hay una serie de motivos que representan la expectativa de la libertad. Es la liberación en diferentes sentidos; también del grito, del llanto. Para llegar a ese estallido era necesario pasar por El azul de las abejas, que es la integración de otro idioma, salir del silencio y adaptarse a otra cultura.

-La insistencia de la protagonista en tener una araña pollito de mascota hace pensar en un pedido imposible, un deseo fuerte que sabe que no podrá alcanzar: estar con su padre.


-Sí, hay también algo de eso. La mascota imposible y tan deseada va a tener un efecto mágico al final. Es como si hubiese cierta magia alrededor de la araña que conduce a una múltiple apertura final.


-La correspondencia con tu padre es el alimento de buena parte de la trilogía. ¿Cuánto tomaste de lo real y cuánto te permitiste reinventar para tu obra literaria?

-Siempre hay desplazamientos de lo real en la ficción. Es como si mi memoria fuera una caja de legos: voy eligiendo algunos elementos y hago una construcción. Trabajé del mismo modo los tres libros. Con una serie de hilos que son auténticos, sabiendo siempre que hay subjetividad y deformación de la memoria, trato de construir algo donde resuene una serie de ecos poéticos, que nunca subrayo. Son hilos que cuido minuciosamente. Algunos elementos de lo real construyen la trama que funciona como una ficción.


-En el libro incluiste cuentos que los adultos le cuentan a la nena. ¿Por qué?

-En esos cuentos se cristalizan hechos que tienen que ver con la trilogía y con mis obsesiones: en especial, el tema de la supervivencia. Son historias reales que trabajo en la ficción y que están conectadas con el origen de toda mi escritura: ¿quiénes murieron, quiénes no y por qué? Conozco de cerca lo que se llama "síndrome del sobreviviente": la culpa que suele llevar a la locura.


Buenos Aires, 2 de mayo de 2018
Fuente: La Nación








Imagen: Constanza Niscovolos



ENTREVISTA: Laura Alcoba escribe en francés pero piensa en castellano, y en su memoria habita buena parte de nuestra historia no tan reciente pero más dolorosa: la de la dictadura. De ella despliega su mundo de infancia y ahora vino a nuestro –su– país a presentar el último libro de la trilogía que comenzó hace diez años con La casa de los conejos, de la que además acaba de terminar de rodarse un film de próximo estreno.

Animales de poder



Por Paula Jiménez España

Se acaba de publicar el último libro de la trilogía de Laura Alcoba que comenzó hace diez años con La casa de los conejos. Aunque la impresión que se tiene al leerlos es que se trata de una autobiografía en partes, la autora los define como una ficción que arraiga, inicialmente, en estos hechos: en los años 70, ella y su madre –montonera al igual que su padre encarcelado– se mudan a una casa de La Plata que simula ser un criadero de conejos, pero que en verdad oculta una imprenta. Conviven, entre otras personas, con Daniel Mariani, hijo de Chicha, y Diana Teruggi, poco tiempo antes de que diera a luz a la aún desaparecida nieta Clara Anahí. Cuando Laura, tres años después de la masacre que termina con la vida de todxs salvo las de ellas dos, logra reunirse con su madre en París, corre 1979 y tiene diez años. 

Los libros que continúan a este son El azul de las abejas, donde la protagonista mantiene con su padre una relación epistolar en castellano a lo largo de esos años nodales para la incorporación del idioma francés; y La danza de la araña, que oficia como cierre de la infancia y proceso de liberación del padre. Traducida al español por Leopoldo Brizuela, Mirta Rosenberg y Gastón Navarro, Laura retorna con esta trilogía a una lengua de origen impregnada del dolor de aquellos años: 

“Cuando se publicó La casa de los conejos me hicieron muchas preguntas: ¿cómo había escrito en francés una novela en la que yo trabajé a partir de recuerdos grabados en mi mente en castellano? Lo extraño de esto, me llamó la atención acá. Cuando descubrí que habían publicado La casa... en la colección de Edhasa de literatura hispanoamericana, les dije: pero esta es una novela en traducción. Y me respondieron: esta es una novela argentina. Mi lengua de escritura es el francés, mi lengua materna es el castellano. Muchas personas que vinieron a verme me dijeron: viví algo muy cercano y todavía me cuesta hablar. Después pensé que el francés a mí me había ayudado para poder hacerlo. Se sale del silencio en La casa gracias a otro idioma”, dice Laura. 


–Digamos que el francés te permitió distanciarte para contar esa historia…

Una distancia para volver al dolor. Mi recuerdo de chica del castellano es del idioma bajo control, eso tiene que ver con mi vivencia como hija de militante montonero: ¡ojo con lo que decís! Cuando vivís algo así, salir del autocontrol y de la idea de la palabra de más, que puede matar, es difícil. 

–Vos hablás en La casa… de la importancia de saber callar…

Sí. Y de la movida de pata lingüística que puede matar. Algo que yo tenía muy integrado de chica, y creo que es muy difícil salir de ese pacto de silencio. Eso lo hablé con lectores que vivieron historias cercanas y me expresaron las dificultades que tienen todavía. El idioma francés me ayuda a volver a esa historia argentina. Algo que puede parecer paradójico. No dudé en el idioma en que lo iba a escribir y traté de hurgar en la memoria gracias al francés. 

–En El azul de las abejas la protagonista quiere esconder el acento argentino…

El acento es algo particular, revela inmediatamente, basta con abrir la boca. Borrarlo es fundirse en el contexto de los otros y no llevar siempre a cuestas de donde venís y la historia que viene detrás. No tener acento te protege, después contás o no. No tener acento te neutraliza. Vas desnuda con el acento y perderlo es ponerse algo encima que protege.

–Podría pensarse que escribir es para vos una forma de reafirmar tu vínculo con tu padre, con quien te carteabas a distancia. O incluso con Diana Teruggi, que también escribía. ¿La escritura funciona como una herramienta para hacer algo con lo ausente?

Existe la relación por escrito y en el espacio que abren los libros. Sobre todo en El azul de las abejas. En La casa de los conejos, los conejos son reales. Y en los otros dos no, son animales que no están, de los que se habla. En esos animales se encuentran la nena y el padre. Todo el espacio que abre la dimensión epistolar crea el encuentro en la imaginación, las historias que se cuentan. La escritura es el espacio del encuentro. 

–La imprenta de La casa de los conejos es la primera marca literaria que aparece en tu historia, ¿verdad?

Sí. Y todo el resto está para cubrir eso. Para ocultar la razón de ser de esa casa, que está en el “embute” (un cuarto hecho detrás de paredes falsas). Una palabra de la jerga de los ‘70, que fue la primera que se me vino a la cabeza: tenía que sacar todo eso del embute de mi memoria. 

–El personaje del ingeniero, que es quien los delata, ¿es real que te trataba mal?

Sí, pero también hay mucha ambigüedad en ese personaje que es probable que se haya quebrado bajo la tortura. 

–¿Por qué, una vez en el exilio, a la nena no le cae bien Amalia, la amiga de la madre que vive con ellas? ¿Celos? 

Sí. Es un encuentro con la madre que no se termina de hacer porque hay una persona más. Pero en La danza de la araña, Amalia tiene otro papel. Se enferma y lleva en su cuerpo una serie de historias, el quiebre. En ese mismo momento el personaje de la nena vive de manera personal sus cambios corporales, y de manera violenta hacia el afuera con la aparición de un exhibicionista. Violencia de salir de la infancia y lo que viene con esto. Esa escena es para mí una violación visual. 

–De la que se libera gritando…

Hay un momento en el que sale el grito, pero hay un momento anterior en que no. Una escena suspendida, helada. Cuando grita, lo hace por toda su historia y ve ese pene como una muñeca calva que llora. Hay algo que vuelve desde La casa de los conejos en La danza…: el grito que no se da en ese primer libro aparece en este último con esta escena. 

–Se acaba de filmar La casa de los conejos. ¿Qué pensás que sea justo en esta época?

La directora, Valeria Selinger, la terminó de rodar en diciembre y creo que tuvo dificultades para filmarla. Contó con el apoyo del INCAA en el gobierno anterior. Fue bastante caótico, pero lo logró. Sé que la está montando en París. Entran en la producción Argentina, España, Alemania y Francia. 


Por Paula Jiménez España
Buenos Aires, 27 de abril de 2018
Página 12
Fuente: Página 12















La danza de la araña

  • Autora: Laura Alcoba
  • Editor: Edhasa
  • Colección: Edhasa Literaria
  • $ 250.00
    Código de ISBN:
    Tipo de tapa:
    Rústica c/solapas
    Cantidad de páginas:
    160 páginas
     
    Dimensiones:
    140 x 225 mm


En su primera novela, La casa de los conejos, Laura Alcoba narraba la historia de una niña, ella misma, en los comienzos de la dictadura argentina. Viviendo en una casa de La Plata donde se imprimía el periódico Evita Montonera, y con su padre en la cárcel. Unos años después publicó El azul de las abejas, donde esa misma niña reencuentra a su madre en Francia, y comienza una nueva vida, en una nueva lengua. La danza de la araña es el eslabón final de la trilogía. La niña ya mira de cerca la adolescencia y quizás más que nunca está entre dos mundos: el que está construyendo junto a su madre en otro país, con las incertidumbres, los súbitos deseos y los temores de la edad; el de su primera infancia, presente en recuerdos cada vez más lejanos, en los relatos que circulan en su departamento en las afueras de París y en las cartas que cruza con su padre, todavía encarcelado en la Argentina.
En el centro de la narración hay una tarántula que baila en su jaula cuando el dueño de casa regresa. Y el dueño la deja salir, para que brevemente aproveche la libertad. La danza de la araña está pautada por esa música y ese contrapunto: la del encierro y la apertura, la de la cárcel y las cartas, la de una Buenos Aires de muerte y París y el francés que prometen un extraño renacimiento. Con una escritura primorosa, con emotividad arrebatada, Laura Alcoba teje la red de una memoria marcada por el dolor y la pérdida que se espeja en un presente palpitante, el que anticipa el vértigo de la juventud y el definitivo fin de la infancia.





Laura Alcoba
Vivió hasta los diez años en Argentina antes de radicarse en París. Se licenció en letras en l’Ecole Normale Supérieure, es profesora universitaria, editora y traductora en Francia. Ha escrito las novelas La casa de los conejos (Edhasa, 2008), Jardín blanco (Edhasa, 2010), Los pasajeros del Anna C. (Edhasa, 2012) y El azul de las abejas (2015), las cuatro fueron publicadas originalmente en francés por Gallimard, al igual que La danza de la araña, novela por la que recibió el Premio Marcel Pagnol 2017. Su obra se tradujo al alemán, el inglés, el serbio, el italiano y el catalán.

Donde comprar sus libros: Edhasa
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Ándale, poema de Julio Cortázar, 1976







1)


Como una carretilla de pedruscos
cayéndole en la espalda, vomitándole
su peso insoportable,
así le cae el tiempo a cada despertar.
Se quedó atrás, seguro, ya no puede
            equiparar las cosas y los días,
            cuando consigue contestar las cartas
            y alarga el brazo hacia ese libro o ese disco,
                  suena el teléfono: a las nueve esta noche,
                  llegaron compañeros con noticias,
                  tenés que estar sin falta, viejo,
o es Claudine que reclama su salida o su almohada,
o Roberto con depre, hay que ayudarlo,
o simplemente las camisas sucias
amontonándose en la bañadera
como los diarios, las revistas, y ese
                  ensayo de Foucault, y la novela
                  de Erica Jong y esos poemas
           de Sigifredo sin hablar de mil
           trescientos grosso modo libros discos y películas,
más el deseo subrepticio de releer Tristram Shandy,
ZamaLa vida breveEl QuijoteSandokán,
                  y escuchar otra vez todo Mahler o Delius
                  todo Chopin todo Alban Berg,
                  y en la cinemateca MetrópolisKing Kong,
                  La barquera MaríaLa edad de oro 
Carajo,
la carretilla de la vida
con carga para cinco décadas, con sed
de viñedos enteros, con amores
que inevitablemente superponen
tres, cinco, siete mundos
que debieran latir consecutivos
y en cambio se combaten simultáneos
en lo que llaman poligamia y que tan sólo
es el miedo a perder tantas ventanas
sobre tantos paisajes, la esperanza
de un horizonte entero.



2)

Hablo de mí, cualquiera se da cuenta,
pero ya llevo tiempo (siempre tiempo)
sabiendo que en el mí estás vos también,
y entonces:
                    No nos alcanza el tiempo,
                    o nosotros a él,
                    nos quedamos atrás por correr demasiado,
                    ya no nos basta el día
                    para vivir apenas media hora.



3)
El futuro se escinde, Maquiavelo:
el más lejano tiene un nombre, muerte,
y el otro, el inmediato, carretilla.
            ¿Cómo puede vivirse en un presente
            apedreado de lejos? No te queda
            más que fingir capacidad de aguante:
            agenda hora por hora, la memoria
            almacenando en marzo los pagarés de junio,
            la conferencia prometida,
            el viaje a Costa Rica, la planilla de impuestos,
Laura que llega el doce,
  un hotel para Ernesto,
    no olvidarse de ver al oftalmólogo,
      se acabó el detergente,
        habrá que reunirse
          con los que llegan fugitivos
            de Uruguay y Argentina,
darle una mano a esa chiquita
  que no conoce a nadie en Amsterdam,
    buscarle algún laburo a Pedro Sáenz,
      escucharle su historia a Paula Flores
        que necesita repetir y repetir
          cómo acabaron con su hijo en Santa Fe.
Así se te va el hoy
en nombre de mañana o de pasado,
así perdés el centro
en una despiadada excentración
a veces útil, claro,
útil para algún otro, y está bien.
                  Pero vos, de este lado de tu tiempo,
                  ¿cómo vivís, poeta?,
                  ¿cuánta nafta te queda para el viaje
                  que querías tan lleno de gaviotas?


4)
No se me queje, amigo,
las cosas son así y no hay vuelta.
Métale a este poema tan prosaico
que unos comprenderán y otros tu abuela,
dése al menos el gusto
de la sinceridad y al mismo tiempo
                  conteste esa llamada, sí, de acuerdo,
                  el jueves a las cuatro,
                  de acuerdo, amigo Ariel,
                  hay que hacer algo por los refugiados.



5)
Pero pasa que el tipo es un poeta
y un cronopio a sus horas,
que a cada vuelta de la esquina
le salta encima el tigre azul,
un nuevo laberinto que reclama
ser relato o novela o viaje a Islandia,
(ha de ser tan traslúcida la alborada en Islandia,
se dice el pobre punto en un café de barrio)


         Le debe cartas necesarias a Ana Svensson,
         le debe un cuarto de hora a Eduardo, y un paseo
         a Cristina, como el otro
         murió debiéndole a Esculapio un gallo,
         como Chénier en la guillotina,
         tanta vida esperándolo, y el tiempo
         de un triángulo de fierro solamente
         y ya la nada. Así, el absurdo
         de que el deseo se adelante
         sin que puedas seguirlo, pies de plomo,
         la recurrente pesadilla diurna
         del que quiere avanzar y lo detiene
         el pegajoso cazamoscas del deber.
la rémora del diario
con las noticias de Santiago mar de sangre,
con la muerte de Paco en la Argentina,
con la muerte de Orlando, con la muerte
y la necesidad de denunciar la muerte
cuando es la sucia negación, cuando se llama
Pinochet y López Rega y Henry Kissinger.


         (Escribiremos otro día el poema,
         vayamos ahora a la reunión, juntemos unos pesos,
         llegaron compañeros con noticias,
         tenés que estar sin falta, viejo.)




6)
Vendrán y te dirán (ya mismo, en esta página)
sucio individualista,
tu obligación es darte sin protestas,
escribir para el hoy para el mañana
sin nostalgias de Chaucer o Rig Veda,
sin darle tiempo a Raymond Chandler o Duke Ellington,
basta de babosadas de pequeñoburgués,
hay que luchar contra la alienación ya mismo,
dejate de pavadas,
elegí entre el trabajo partidario
o cantarle a Gardel.




7)
Dirás, ya sé, que es lamentarse al cuete
y tendrás la razón más objetiva.
Pero no es para vos que escribo este prosema,
lo hago pensando en el que arrima el hombro
mientras se acuerda de Rubén Darío
o silba un blues de Big Bill Broonzy.
            Así era Roque Dalton, que ojalá
            me mirara escribir por sobre el hombro
            con su sonrisa pajarera,
            sus gestos de cachorro, la segura
            bella inseguridad del que ha elegido
            guardar la fuerza para la ternura
            y tiernamente gobernar su fuerza.
            Así era el Che con sus poemas de bolsillo,
            su Jack London llenándole el vivac
            de buscadores de oro y esquimales,
            y eran también así
            los muchachos nocturnos que en La Habana
            me pidieron hablar, Marcia Leiseca
            llevándome en la sombra hasta un balcón
            donde dos o tres manos apretaron la mía
            y bocas invisibles me dijeron amigo,
            cuando allá donde estamos nos dan tregua,
            nos hacen bien tus cuentos de cronopios,
            nomás queríamos decírtelo, hasta pronto.




8)
Esto va derivando hacia otra cosa,
es tiempo de ajustarse el cinturón:
zona de turbulencia.



Julio Cortázar

Nairobi, 1976
                                                                                            

Entrevista a Sara Facio sobre la Fundación María Elena Walsh y su exposición de fotos sobre Perón: “No quise exponer antes mis fotos sobre Perón porque sabía que se iban a utilizar de forma política” / entrevista de Juan Batalla, Infobae, 4/03/2018



Foto Sara Facio

La gran fotógrafa argentina inaugura una mega muestra en el Malba sobre el período que comprendió el regreso de Juan Domingo Perón del exilio hasta su muerte, a través de 115 imágenes. Además, dialogó con Infobae Cultura sobre la apertura de la Fundación María Elena Walsh y recorrió los hitos de su carrera artística y profesional 



Por Juan Batalla Infobae, 4/03/2108
jbatalla@infobae.com





La gran fotógrafa argentina recorrió su carrera y dialogó sobre sus próximas proyectos (Martín Rosenzveig)



Fueron 591 días desde el 17 de noviembre de 1972, el día del regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina tras su exilio en Madrid, hasta el 1 de julio de 1974, fecha de su muerte. 591 días que se traducen en 115 fotografías en Sara Facio. Perón, la muestra que abrirá sus puertas en el Malba a partir del 8 de marzo. 




Muerte de Perón. Foto Sara Facio



Aquel día de noviembre, se había levantado con la esperanza de vivir un momento histórico y lo fue. Aunque no como ella -o como la gran mayoría- lo esperaba. Los dramáticos hechos de Ezeiza convirtieron aquel retorno en una fecha aciaga.      



Ezeiza. Foto Sara Facio

                                              

"A mí me interesaba más que nada todo lo que estaba pasando porque yo lo veía como un acontecimiento histórico. Para Europa era la cosa del momento, a mí me parecía que era algo muy importante en nuestro país que un personaje después de 18 años de exilio volviera, que había una multitud, que más de un millón de personas fueron a recibirlo", explica Sara Facio a Infobae Cultura en su estudio, allí donde durante años funcionó La Azotea Editorial Fotográfica, única en su tiempo en América latina, dedicada exclusivamente a la especialidad.


Cuando Facio partió junto a un grupo de colegas en un Fiat 600 a cubrir la vuelta de Perón al país, tras 18 años de exilio, ya se había hecho un nombre en el mundo de la fotografía, pero a la fotografía todavía le faltaba tiempo para ser considerada un arte, por lo menos en esta parte del mundo.


"Fue un trabajo encargado por una agencia de Francia, Sipa press, que mandó a una colaboradora, Cristina Orive, para que cubriera toda la parte de América de Sur, Montevideo, Buenos Aires y Santiago de Chile, en 1972. En Montevideo había un movimiento muy fuerte con los tupamaros, en Buenos Aires estaban todas las organizaciones guerrilleras y en Chile estaba por producirse lo que después fue el triunfo de Salvador Allende".



Muerte de Perón (Crédito: Sara Facio)



Muerte de Perón (Crédito: Sara Facio)

Asunción de Cámpora. Foto Sara Facio







"Cristina tuvo que bifurcarse y como no le alcanzó el físico trabó conocimiento conmigo, a través de Tomás Eloy Martínez, que era compañero de ella en París. Con Alicia D'amico creamos como una pequeña agencia junto a dos o tres reporteros gráficos", recordó.


"Me interesaba tomar todo lo que se producía alrededor, la gente, el contexto, el merchandising, los afiches, Buenos Aires se llenó de arte gráfico, unas cosas muy originales, divertidas. Sacaba a todo eso porque me gustaba".



La gran muestra, además, posee imágenes de otros eventos sociales y políticos muy importantes de aquellos primeros años de los '70: "Después fue la asunción de Cámpora, que fue muy importante, cuando liberaron a los presos políticos y luego cuando asumió Perón, cuando echó a los montoneros de la plaza, y cuando finalmente murió en el 74".


Hasta la fecha, Sara Facio solo había mostrado unas pocas fotos de aquellos años: "Tenía registrado todo eso pero nunca lo había exhibido. A mí me interesó mucho la muerte de Perón, hice alguna que otra exposición en Buenos Aires, una retrospectiva en OSDE y la Fundación Klemm, fueron en total 10 ó 12 fotos. Fueron las únicas veces que se vieron".





"Ahora, Ataúlfo Pérez Aznar, un fotógrafo amigo, se interesó hace dos o tres años. Yo no quería que se hiciera nada por el contexto que estábamos viviendo: sabía que se iba a utilizar de una forma política. Y a mí lo que me interesaba en el momento de la producción es que era un registro histórico. No solo documental, también testimonial. Hay una mirada mía que fue puntual, las figuras principales tipo retrato y después sacar a la gente y al entorno", explicó la reportera gráfica.




Sobre la Fundación María Elena Walsh

Sara Facio y María Elena Walsh




La Fundación María Elena Walsh es ya casi una realidad. La sede será en Paraguay al 1400, pegado al estudio de Sara y si bien la preparación de la sala principal está todavía atravesando reparaciones, ni bien se ingresa al espacio puede sentirse la presencia de la compositora, poeta, música y dramaturga argentina a través de cientos y cientos de libros que formaron su biblioteca personal, prolijamente ordenados en tantas bibliotecas que se encuentran distribuidas aquí y allá. "Varias veces me quisieron comprar su biblioteca, pero mientras yo esté viva, de acá no se mueven", confesó con determinación a Infobae Cultura.


Sara Facio y María Elena Walsh fueron conocidas, amigas y pareja, pero fueron sobre todos grandes compañeras. Convivieron alrededor de 30 años, compartieron arte, humanidad y miles de historias, aunque no se las solía ver en público. Cada una entendía su vida profesional como un tesoro personal, como ese espacio que les pertenecía, y por eso se mostraban juntas cuando querían, sin dar explicaciones al resto. Mujeres independientes, tanto con sus carreras como con sus amigos. Mujeres de hoy, ayer. 


María Elena Walsh fotografiada por Sara Facio, posando ante la foto. Crédito: Martín Rosenzveig


Cuando María Elena escribió en su autobiografía Fantasmas en el parque que Sara era "ese amor que no se desgasta, sino que se transforma en perfecta compañía" fue la primera vez que abrieron su amor al público. Sara también dio su respuesta en papel, en su libro María Elena Walsh: Retrato(s) de una artista libre, cuando aseguró: "Ella es más que una parte de mi vida. Todo en ella es poesía, hasta cuando habla es poesía, es de una ocurrencia sin parangón. Como artista creo que es un ser único".


En uno de los espacios ya habilitados de la Fundación pueden verse una pintura que Guillermo Roux le regaló a María Elena. "Es una historia muy linda. -relata Facio- A ella le encantaba festejar el 25 de Mayo, venían a casa amigos, escritores, pintores, muchísima gente. Era un momento que disfrutábamos, comíamos, reíamos. Un día llegó Guillermo con un cuadro envuelto, ella no sabía nada y cuando lo abrió se le iluminaron los ojos".



El regalo de Roux para María Elena Walsh será una de las piezas de la Fundación. Foto: Martín Rosenzveig






Sobre la proximidad de la apertura del espacio, Facio, comentó: "Es un proceso bastante largo porque hay muchas barreras legales. Hace como dos años que estamos luchando con la burocracia. Estamos trabajando internamente muchísimo. Haciendo todos los archivos: vamos a digitalizar toda su obra, los discos, los libros, toda la producción, incluso desde el periodismo. Desde que empezó a los 15 años en la revista El hogar hasta que murió, siempre había notas de María Elena".



El objetivo no es solo exponer la obra enorme de María Elena, sino también hacerla accesible para todos aquellos que se interesen. "Mi idea es que una vez que esté digitalizado todo eso, donarlo a la Biblioteca Nacional y al Congreso de la Nación para que tenga una difusión absolutamente pública. Para que la gente no tenga que 'morir' en la Fundación, sino en ámbitos mucho más abiertos. Hoy día con la proliferación digital es mucho más fácil acceder".


Otro de los fines de la Fundación es el de convertirse en un puente para aquellas personas que están interesadas en realizar bienes culturales, pero que -por diferente razones- no pueden hacerlo: "Queremos ayudar a la gente creativa, en tres facetas. En la parte literaria, en la parte musical y hacer tipo becas, una ayuda para que puedan hacer un curso, o si alguien necesita comprarse un instrumento. Tanto María Elena como yo pudimos de muy jóvenes acceder a cierta cultura por ayuda de la gente que nos dio becas".





María Elena Walsh. Foto Sara Facio



Una vida plena de clicks



Hay situaciones que se definen por un click. Una idea, estar en el momento y lugar adecuado, un giro fortuito del destino que produce un cambio radical. La vida de Sara Facio está repleta de clicks, pero no solo de los que disparó con su cámara Leica a lo largo de su carrera. De hecho, el encuentro con aquella cámara, que se convertiría en su aliada para siempre, fue una cuestión azarosa.


Sara, graduada en la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1953, recibió una beca del Gobierno de Francia en 1955. Viajó a Europa junto a Alicia D'Amico "para tener material y ver museos y obras en vivo", para producir un libro de la historia del arte. El destino tenía otro objetivo para su vocación artística.



La foto más emblemática del gran Julio Cortázar. Crédito: Sara Facio



"Allá nos encontramos con la posguerra de los años 50, que empezaban a funcionar nuevamente las cámaras, la Leica, la Voigtländer, todas las máquinas alemanas tradicionalmente eran importantes. Las vendían como hoy lo hacen con un celular, a precios irrisorios para que la gente joven, como nosotros, pudiéramos comprarlas", recordó.


"En principio fue como un hobby, como un juego, pero cuando volvimos a Buenos Aires, el padre de Alicia, que era fotógrafo profesional, vio que teníamos mucha habilidad para sacar fotos, nos comenzó a dar trabajo. En ese momento estaban muy de moda las "fotos a domicilio", entonces empezamos a hacer eso y con esas fotos empezamos a agarrar dinero, entonces nos dimos cuentas que era una profesión, no solamente era un gusto. Al año nos compramos un coche, estábamos muy embaladas".


Las primeras postales de la editorial La Azotea dan la bienvenida a los visitantes del atelier fotográfico de Sara Facio. Foto Martín Rosenzveig






-¿Cómo fue el cambio al fotoperiodismo?


– Tuvimos la suerte de conocer a Annemarie Heinrich, y ella estaba muy entusiasmada de ver a dos chicas jóvenes con tanta vocación, tantas ganas y se convirtió en nuestra maestra. Lo primero que hizo fue aconsejarnos que nos uniéramos a un fotoclub, que estaban de moda. En los fotoclubes se hacían fotos que tenían que ser muy perfectas técnicamente y con mucha composición, con mucho sentido. Se hacían concursos mensuales y se ganaban premios, empezamos a competir en eso, y a ganar premios que ya no sabíamos donde ponerlos. A raíz de eso empezamos a salir en los diarios, en La Nación y La Prensa: tenían suplementos de domingo con fotos y empezó a llamarnos otro tipo de agente, como artistas, sobre todos pintores, como veníamos del Bellas Artes. Hacíamos fotos de las obras de Antonio Berni o Gyula Kosice, estaban todos felices, lo hacíamos con gusto y bien.



-¿Cómo era en ese momento el espacio que se les daba a las mujeres?, ¿había que ganárselo a fuerza de talento o ya había una apertura?


-No había ninguna apertura. Nosotras entramos porque llevábamos las fotos que nos pedían para publicarlas. No las pagaban, porque eran premios. De entrada había un poquito de respeto, no era que ibas a ofrecer trabajo de la nada, sino que ya era una cosa que estaba aceptada. A raíz de eso logramos, conversando de fotografía con escritores y periodistas, que nos ofrecieran una página para escribir en La Nación los días martes que fue pionera.


Autorretrato de Annemarie Heinrich



En 1979, Facio fue miembro fundadora del Consejo Argentino de Fotografía. Aunque para ella el momento en que las fotos comenzaron a ser más consideradas como una expresión artística fue cuando dirigió la Fotogalería del Teatro San Martín de Buenos Aires – entre 1985 y 1998 -, donde presentó incontables exposiciones de maestros del mundo y principiantes que hoy son referentes: "Primero fue la fotogalería del teatro San Martín, que creó toda una corriente de interés del público por la foto. Ahí presenté más de 200 exposiciones durante 15 años".


Luego, Sara estuvo al frente de la primera colección fotográfica, la fundacional, del Museo Nacional de Bellas Artes: "Después, cuando Jorge Glusberg estaba en el Museo Nacional de Bellas Artes, y en la entonces Secretaría de Cultura estaba Pacho O'Donell. Eran gente de cultura y sabían de qué se trataba. Hay mucha gente que está en el mundo de la cultura, pero no considera que la fotografía tenga esa jerarquía". El proceso culminó con la creación de la Colección Fotográfica del Museo Nacional de Bellas Artes, Patrimonio Nacional, que comenzó con una donación de su propio archivo, con instantáneas de ellas como de otros grandes fotógrafos. Allí dirigió y curó exposiciones entre 1995 y 2010.




Aquellos famosos retratos de escritores


Hace alguno años, relata Sara, caminaba por Alemania, cuando en la vidriera de una librería observó una foto gigante de Julio Cortázar, una foto que ella conocía mejor que nadie. Ingresó al negocio, el dueño nada sabía del origen de la captura, solo le dijo que la colocaba en ese tamaño allí porque la "expresión de Cortázar era una invitación a la lectura".


Aquella foto, sacada en un encuentro en París, en la sede de la Unesco, donde el autor de Rayuela trabajaba como traductor, se convirtió en icónica, algo que Cortázar supo reconocer rápido cuando la eligió como "foto oficial" y traspasó fronteras apenas salió publicada en Retratos y autorretratos.




Sara junto a la “foto oficial” de Julio Cortázar en su estudio (Martín Rosenzveig)


-Los escritores ponen mucho de sí en sus obras, pero ellos eligen qué exponer y qué no. En este caso, en el que eran abordados por una artista, ¿cómo reaccionaban ante la situación de ser 'expuestos' sin tener posibilidad de intervención?


-Justamente a partir de eso comenzamos a hacer lo que hoy se llama "ensayo fotográfico", en ese momento no tenía nombre. Una serie de retratos de escritores, con la idea de que Alicia y yo les tomábamos la fotos, les dábamos una serie de 8, 10, no más, y los escritores escribieran un autorretrato a partir de esas imágenes. El resultado fue un libro, "Retratos y autorretratos". Por un lado, cómo lo veíamos nosotras después de haberlo leído. Esos escritores estaban elegidos por nosotras, no nos mandó un diario o una editorial, ni una revista. Los elegimos porque nos gustaban.



Gabriel García Márquez






–Tuvieron un ojo excelente, varios premios Nobel y otros autores que si bien no lo ganaron, podrían haberlo hecho.


-Como lectora fue un ojo muy bueno tanto Vargas Llosa, como García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, que después de las fotos obtuvieron el Nobel, no antes.




Sara Facio y las selfies

Sara Facio: autoretrato.




-Hoy en día, a través de los celulares y de las redes sociales cualquiera tiene acceso a la fotografía. ¿Cree que el interés por la fotografía actual tiene que ver con una cuestión de accesibilidad o con una necesidad artística, de expresarse y quizá a través de la industria, de estas cámaras, es la manera más sencilla de hacerlo?


– No creo para nada que tengan una intención artística, ni pensar que son fotógrafos. Creo que es una cuestión de relación humana, una forma de conectarse, participar con el otro, de hermanarse de alguna forma. Eso me parece maravilloso, sacar algo interno y siempre va a haber alguna foto que va a ser muy buena.


-¿Alguna vez se sacó una selfie?

– Todo el tiempo. No tanto por verme, sino porque cuando tomaba fotos había rollos y cuando me quedaban fotos sin tomar después de un trabajo me daba pena desperdiciarlas, entonces me ponía delante de un espejo y me sacaba fotos a mí misma. Tengo miles de fotos, autorretratos.



*Sara Facio. Perón, en el Malba a partir del 8 de marzo. Av. Figueroa Alcorta 3415, Buenos Aires.



Fuente: Infobae




Sara Facio





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