la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


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CUENTOS DE LA GAVETA: SUPLEMENTOS, por Armando Africano / Ilustración: Lisardo Rico Rattia

 




 

En mi época vivida en Barquisimeto, entre los 8 y 12 años, una de mis pocas diversiones era ir a matinée todos los domingos a las 3 de la tarde, a un cine cerca de donde yo vivía, a ver series de aventuras, de vaqueros, de guerra; también vi la de King Kong, aunque al final decía continuará, creo que nunca llegué a enterarme de la historia completa.  

Pero mi cuento en esta oportunidad no tiene que ver con el cine. El asunto era que yo era un gran lector, pero de suplementos, leía muchas comiquitas y las coleccionaba, estaba muy orgulloso de mi colección que tenía muchos y variados suplementos: Porki, Tobi, Archi, Periquita, El Fantasma, El Llanero Solitario, Mikey, Superman. En fin, como ya los había leído varias veces, un día se me ocurrió la idea de salir a vender o intercambiar ejemplares con otros protagonistas y otras historias; cambiarlos, algo así como “toma estos tres, yo me llevo estos tres”, nunca lo había hecho, me había enterado por compañeros del colegio que otros niños lo hacían  yyyy salí muy contento a negociar con una gran cantidad de ejemplares, creo habría como cuarenta, casi ni podía caminar porque los llevaba tipo bandeja. Como ya lo dije, era mi primera vez.  

Después de caminar buscando como ventilador de panadería, y darle la vuelta a varias calles cercanas, me encontré con un muchachito que traía una bolsa transparente, por lo que me di cuenta que estaba llena de suplementos. Le enseñé uno y se interesó por los míos, e inmediatamente comenzó a seleccionar, tipo este me gusta, este no, este lo tengo, este no me gusta, me decía; una vez seleccionados aproximadamente 20 suplementos, que los unió con los que él tenía en su bolsa,  era el momento en que yo comenzaría a seleccionar los que me gustaban de los que él había traído. Comencé a organizar los suplementos que me quedaban, los coloqué  abrazando debajo de uno de los brazos los que tenía cargados tipo bandeja, y en el momento que los estaba acomodando y tratando de comenzar a ver los de él, me quedé petrificado ¡el condenado muchachito salió corriendo y se llevó los de él y los que seleccionó míos! Comencé a correr detrás del delincuente, por supuesto pensando inmediatamente mi estrategia ¿qué hago para alcanzarlo? Yyyy no se me ocurrió otra cosa que llamar a otro muchachito que venía pasando y le dije “ayúdame, aquel muchachito me acaba de robar mis suplementos y tengo que perseguirlo para quitárselos”  yyyy… le entregué “todos” mis suplementos. Y con toda la seguridad de un héroe de película le dije “agárralos, guárdamelos, que ya yo vengo, cuídamelos porque sin ellos corro más rápido”  yyyy arranqué a correr buscando al niñito ladrón, tan ta  taaaa tan tan taaaa tan, como los protagonistas de mis películas de matiné detrás del malhechor…. Corrí, corrí, corrí y el muchachito hampón tenía entre sus antepasados al correcaminos. Corrí, corrí, corrí, busqué, busqué y el muchachito…desaparecido.   

Agotado y muy sudado regresé al lugar de mi genial idea de perseguir al malhechor sin suplementos para hacerlo mucho más rápido. Busqué en una esquina, en la otra,  busqué como pajarito en grama ¿y el otro niño? ¿y mis suplementos?  Cuando realmente me di cuenta que no estaba ni estarían más ni él ni mis suplementos, la reacción que tuve fue como ¿qué pasó? ¡Qué astuto! Corrí más rápido pero… ¿para dónde? 

Con el tiempo y la edad aprendí que eso se llama ¿ingenuidad? ¿inocencia?  ¿primera vez? Con el tiempo pensé en otras expresiones: ¿estupidez? ¿pendejera? ¿mi primera acción y reacción como pendejo?  

A pesar del tiempo y la vida ya vivida, a veces tengo reacciones en las que me doy cuenta que sigo comportándome de la misma manera espontánea de mi infancia. Menos mal que es de vez en cuando y sin querer, muy de vez en cuando, pero eso sí… me entero después.

©Armando Africano

Ilustración Lisardo Rico Rattia

 

 


Carlos Giménez gira europea, 1963-1964: carta manuscrita y fotos

 


José Salas (izquierda), Carlos Giménez (17 años)  y Jorge Arán, 
primera gira de El Juglar



Fuente: Ana Lía Cassina / Carmen Gallardo




José Salas, Jorge Arán y Carlos Giménez en Europa, 1964. 
Fuente: Jorge Arán



Carlos Giménez, José Salas y Jorge Arán. Fuente: Luis Beresovky

Carlos Giménez en Roma, 1964, con Jorge Arán y José Salas. 
Gira europea de El Juglar en el que conoce a Jack Lange, director del Festival de Teatro de Nancy,
Francia, quien lo invita a participar del festival al siguiente año.
 Carlos realizó ese viaje gracias a su hermana Anita, que le pagó el pasaje.
 Foto incluida en el libro "Teatro Rivera Indarte" de Francisco Sarmiento.
Fuente: Luis Beresovky




Carlos  Giménez actuando en Barcelona, España, en el espectáculo "Recital de  Poesía Nueva Latinoamericana y Española", espectáculo dirigido por él, con el que giró por España, Francia e Italia, 1963-64, junto a Jorge Arán y Jorge Salas, grupo El Juglar.












Fuente: Ana Lía Cassina / Carmen Gallardo / 
Jorge Arán / Rajatabla / 







Fragmento de "El año del mono", el nuevo libro de Patti Smith / Página 12, Buenos Aires, 5 de diciembre de 2021

 

Adelanto exclusivo de un volumen que repasa la asunción de Trump y la muerte de Sam Shepard, entre otros eventos.


Portada de la edición en castellano de El año del mono


Durante la última década, desde el exito de Éramos unos niños (2010), sus memorias de Nueva York y su romance con Robert Mapplethorpe, Patti Smith se ha reinventado como escritora, dejando prácticamente en un segundo plano su extraordinario rol como cantante. Con M Train (2015), supo mezclar sus recuerdos con anotaciones de un día a día de viajera trashumante, y luego le llegó el turno a su primera ficción, Devoción (2017), que también funciona como una reflexión sobre el acto creativo. En su nuevo libro, El año del mono, reconstruye sus idas y vueltas durante la asunción de Donald Trump en los Estados Unidos y la muerte de otro de los protagonistas de aquellos tiempos iniciáticos neoyorkinos, Sam Shepard. Este adelanto exclusivo del libro, recién traducido al castellano por la editorial Lumen, recupera uno de sus últimos encuentros. 







Patti Smith y Sam Shepard






Primero de abril, día de los Inocentes en Estados Unidos. Un bromista se peleaba con las riendas de la acción, mientras unas bolas de confusión rodaban hacia nosotros, convertidos en objetivos de unos tiradores de acero, que nos confundían, nos hacían perder el equilibrio. Las noticias palpitaban, la mente se empeñaba en intentar dotar de sentido a la campaña de un candidato que hilvanaba mentiras a tal velocidad que era imposible seguirle el ritmo o romper el hilo. El mundo se retorcía a su antojo, era rociado con una sustancia metálica, el oro de los tontos, que ya empezaba a descascarillarse. Lluvia y más lluvia; en abril, aguas mil, como dice el refrán, que cayeron por todo Estados Unidos, hacia el oeste, sobre el condado de Marin, un testigo melancólico de la lucha de Sandy. Intenté desprenderme de la incomodidad, hacer mi trabajo, rezar mis oraciones, aguardar el momento. Sobre el tragaluz repicó más lluvia, un millar de erráticos cascos de caballo, energías generosas galopando hacia la tierra.

Me senté al escritorio y encendí el ordenador, fui vadeando entre una larga cadena de peticiones. Había infinidad de mensajes, casi todos relacionados con el trabajo, y me impuse la tarea de barajar todas las propuestas, aunque me detuve emocionada más o menos por la mitad. Me ofrecían un encargo en Australia, para un año después: varios conciertos en Sidney y Melbourne, además de un festival en Brisbane. Cerré el ordenador, saqué un atlas y localicé un mapa de Australia. Era un buen trecho y todavía faltaba mucho, pero sabía muy bien qué iba a hacer, daría nueve conciertos y después, cuando la banda se marchase a casa, me montaría en un avión lanzadera hasta Alice Springs y contrataría a un chófer que me llevara a Uluru. Contesté al instante. Sí, aceptaba la propuesta, y marqué los días en el calendario de 2017, que estaba vacío por completo. Varias aes a lo largo del marzo siguiente, desde Australia hasta Ayers.

De forma inexplicable, el cartel del Dream Motel había averiguado que yo ansiaba ver Ayers Rock, igual que Ernest. Décadas atrás, mi joven hijo, inspirado por unos dibujos animados australianos que le encantaban y que solíamos ver juntos, dibujó repetidas veces esa montaña con cera de color rojo en uno de mis cuadernos, de modo que tapó las letras escritas debajo. La esperanza de viajar allí con Sam en algún momento se había desvanecido, pero me abriría paso sola y sin duda él me daría su bendición. En el armario me aguardaban mis botas, cuyas suelas estaban curiosamente manchadas con la tierra roja de un lugar que yo nunca había pisado.

Llamé a Sam unos días más tarde, pero todavía no le mencioné el gran monolito rojo. En cambio, hablamos de caballos rojizos.

–Hace unos días fue el cumpleaños de Secretariat.

–Pero ¿cómo puedes acordarte del cumpleaños de un caballo? –me preguntó entre risas él.

–Porque es un caballo al que quieres mucho –contesté.

–Ven a Kentucky. Te contaré la historia de Man o’ War, otro gran rojo. Podemos apostar en el Derby y verlo por la televisión.

–Trato hecho, Sam. Echaré un vistazo a los participantes antes de ir.

El 1 de mayo, me senté en el porche de mi casa en Rockaway. No había nada salvo las flores silvestres que crecían en mi pequeño retazo de tierra, como si el cielo mismo hubiera echado las semillas. Ahí fuera, aunque solo un trayecto en metro nos separa de la ciudad, la cosmovisión desaparece. Lo que queda es una pincelada de mariposas, dos mariquitas y una mantis religiosa. Todo se reduce a mi escritorio con un retrato de estudio de un joven Baudelaire, una secuencia de fotografías de Jane Bowles también joven, un Cristo de marfil sin brazos y una reproducción enmarcada de Alicia conversando con el Dodo. Todo se reduce a una polaroid de Sam y yo, ligeramente borrosa, en el café ’Ino hace unos años, cuando las cosas eran casi normales.

Repasé The Morning Telegraph, igual que había hecho de jovencita para imitar a mi padre, un meditativo calculador de probabilidades en las carreras de caballos. Quizá lo llevara en la sangre, pues en realidad se me daba bastante bien elegir a los caballos, sobre todo para apostar. Aun así, no tuve ninguna intuición al leer cuáles participaban, pero al final me decidí por Gun Runner. Dos días más tarde compré un billete a Cincinnati, pagué a un chófer para que me llevara hasta la frontera del estado, a una gasolinera cerca de Midland, donde me recogerían. Atisbé la camioneta blanca, cada vez más cerca. Sam y su hermana Roxanne. Con una punzada de dolor, advertí que no conducía Sam.

El último día de Acción de Gracias, Sam me había recogido en el aeropuerto en su camioneta, aunque con esfuerzo, conduciendo con ayuda de los codos. Hacía las cosas que podía y, cuando ya no podía, se adaptaba. En aquella época, él estaba corrigiendo las pruebas de Yo por dentro. Nos despertábamos temprano, trabajábamos varias horas, luego nos sentábamos a descansar fuera en sus sillas de madera Adirondack y nos dedicábamos sobre todo a hablar de literatura. Nabokov y Tabucchi y Bruno Schulz. Yo dormía en el sofá de cuero. El sonido de su máquina de oxígeno era un murmullo suave y envolvente. En cuanto se preparaba para irse a la cama, se subía la colcha hasta la barbilla y cruzaba las manos, yo sabía que era el momento de dormir y algo dentro de mí lo aceptaba.

“Todo el mundo muere”, me había dicho aquella vez, bajando la mirada hacia las manos que, poco a poco, iban perdiendo fuerza, “aunque nunca lo vi venir. De todos modos, lo llevo bien. He vivido mi vida como he querido”.

Ahora, como siempre, entramos de inmediato en el modo trabajo. Sam estaba en la recta final de la revisión de Yo por dentro. Físicamente, la tarea de escribir se le hacía cada vez más fatigosa, así que le leía el manuscrito y él valoraba si hacía falta cambiar algo. Sus últimas correcciones requerían más pensamiento que escritura, ya que debía buscar la combinación de palabras deseada. Conforme avanzaba el libro, me vi deslumbrada por el atrevimiento de su lenguaje, una mezcla narrativa de poesía cinemática, imágenes del suroeste, sueños surrealistas y su singular humor negro. Indicios de sus retos actuales emergían aquí y allá, difusos pero innegables. El título procedía de una cita de Bruno Schulz, y cuando surgió el tema de la cubierta, lo solucionó de inmediato: una imagen de la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide que Sam y yo habíamos encajado en la esquina de la ventana de la cocina. Una mujer indígena seri de melena morena y con la falda ondeando al viento en el desierto de Sonoma, que lleva un radiocasete en la mano. La contemplamos mientras tomábamos el café y asentimos con complicidad. Desde la ventana, veíamos los caballos de Sam, que se acercaban a la valla. Caballos que él ya no podría volver a montar. Nunca decía ni una palabra al respecto.

La mañana del Derby hicimos nuestras apuestas. Iba a ser una carrera rápida y ninguno de los dos tenía la corazonada de cuál iba a ganar. Sam me dijo que marcara Gun Runner, pues tendría la garantía de recuperar lo apostado si llegaba tercero, así que lo hice. La carrera estaba prevista para las 6.51 horas del horario de verano del este, la carrera número 142 en Churchill Downs. Mientras nos apiñábamos alrededor del televisor, se me ocurrió que era el cumpleaños de mi difunto suegro, Dewey Smith. Cuando aún vivía mi marido, solíamos reunirnos alrededor del televisor en casa de sus padres para ver el Derby; me pregunté qué caballo habría preferido Dewey. Había nacido en la parte este de Kentucky y su padre era un sheriff que patrullaba el condado a lomos de un caballo, con un rifle con muescas en el costado. Para asombro de Dewey, durante tres años seguidos yo había escogido el caballo que había llegado segundo, pero en esta ocasión mi caballo Gun Runner llegó el tercero.

Después de cenar, salí a sentarme en los escalones delanteros a contemplar el cielo. La luna estaba en cuarto menguante, igual que el tatuaje que Sam llevaba entre el pulgar y el índice. Una especie de magia, susurré, era una súplica más que cualquier otra cosa.

UN REGALO SOÑADO

Unos cuantos días después de volver a casa, recibí un paquetito junto con una nota de parte de la hermana de Sam. Él había querido mandarme su navaja de bolsillo a la vez que mis ganancias, todo envuelto en papel de periódico. Coloqué la navaja en una vitrina de cristal, cerca de la taza de café de mi padre. Los días que siguieron me sentí cansada e insegura, con un ánimo muy distinto del habitual. Supuse que era simplemente un bajón, o quizá estaba incubando un resfriado, así que decidí no hacer nada.

El día 13 de mayo era la festividad de Juana de Arco, tradicionalmente un día de forzoso optimismo. Todavía me sentía tristona y la tos iba en aumento, y sin embargo, tenía la impresión de que algo borboteaba por debajo, algo estaba a punto de ocurrir, como el nacimiento de un poema o la erupción de un volcán pequeño. Esa noche tuve el sueño, uno que parecía más un regalo que una ensoñación, medicinal y puro como un arroyo ártico inmaculado.

En el sueño, estábamos solos en la cocina y Sam me hablaba del calor en el centro de Australia y del brillo color rubí de Ayers Rock y de cómo en aquella época (en aquellos tiempos, como decía él), antes de que hubiera complejos turísticos en la zona, había ido en solitario y sin guía, en jeep, y lo había visitado por su cuenta. Un carrete de recuerdos, como una película casera granulada, fue desvelándose ante mí y observamos cómo bajaba del jeep y empezaba el ascenso prohibido. Recogió las lágrimas de los aborígenes. Eran negras, no rojas, y se las guardó en una bolsita de cuero gastada, como la bolsa del talismán que se cayó del bolsillo de Tom Horn cuando lo ahorcaron por Dios sabe qué motivo.

Miré a Sam, sentado e inmóvil en su silla de ruedas eléctrica, aparcada delante de la mesa de la cocina. Su cabeza se había convertido en un diamante inmenso que giraba despacio, cuyos ojos incrustados emitían rayos de luz. Entonces todavía quedaba esperanza, pese a que todo era muy complicado. La habitación se contraía y expandía como un pulmón o como el fuelle de una gaita. Me apresuré a cumplir sus órdenes y desenchufé el oxígeno.

–¿Estás preparada? –me preguntó en el sueño.
–Pero ¿cómo vas a respirar así?
–Ya no lo necesito –contestó.
Viajamos hasta que Sam encontró el punto exacto que buscaba, entonces nos sentamos en unas cajas de madera, a esperar sin más. Apareció una mujer, que se puso manos a la obra y colocó una mesa baja de madera ante nosotros. Otra llegó con dos cuencos sin cubiertos y una tercera transportó un caldero de sopa humeante. El feto de un pollo negro flotaba en un caldo de dieciocho hierbas medicinales, junto con nueve yemas de huevo que formaban una corona alrededor de su diminuta cabeza. Un sistema solar de yema, un arco perfecto que iba de un pequeño hombro al otro.

–Es una receta antiquísima –me explicó Sam–, este caldo procede del sol. Bébetelo todo, es un regalo.

Tras ofrecerme un cucharón, las tres mujeres se retiraron. Me angustié al ver que estaba obligada a ser la que destruyera la imagen que flotaba y que ya había adquirido el aspecto de una estampa bordada.

–Tendrás que hacerlo –dijo, mirándose las manos.

Yo estaba convencida de que me provocaría náuseas, pero él me guiñó un ojo, así que bebí y al cabo de un instante apareció un camino, un camino de polvo de estrellas. Ambos nos incorporamos, pero me di la vuelta, confundida. Entonces Sam empezó a hablar, me contó la historia de Man o’ War, el mejor caballo de carreras de la historia. Y me contó que era posible amar tanto a un caballo como a un ser humano.

–Sueño con caballos –me susurró–. Llevo toda la vida soñando con ellos.

Continuamos el viaje y al final me mareé, como me había temido. Tres días más tarde, todavía sudaba y vomitaba. Me sentía seca y deshidratada, así que tuvimos que ir parando en todos los arroyos imaginables para que pudiera beber. El cuarto día, vi que Sam recogía el agua entre sus propias manos.

–¿Cómo es posible? –pensé.

–El brebaje está funcionando –me dijo, leyéndome el pensamiento.

Y, sin embargo, él tampoco hablaba. Estaba de pie al borde de un tremendo desfiladero, más grande que el Gran Cañón, más grande que el cráter de diamantes de Siberia, masticando el extremo muerto de una brizna de paja. Me senté sin mover ni un músculo. Sam escuchaba una solitaria estampida, como si saliera de la respiración de un sueño letal. Y entonces, a través de su ojo de la mente, vi el mejor caballo de carreras de la historia, con una estrella blanca en la frente y el lomo rojizo y reluciente igual que las ascuas en la oscuridad. 

©Patti Smith

El año del mono

Fuente: Página 12

Dónde comprarlo: Lumen

Patti Smith: web oficial


HAPPY NEW YEAR poema de Julio Cortázar / Fotos Sara Facio

 








Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, 
urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones
el canto de los gallos, el amor de los hombres.-

Julio Cortázar


Fotos y Fuente: Sara Facio

Clarice Lispector, 100 anos: amigas relembram intuições, dramas e diferenças geracionais/ por Bolívar Torres, 5

 

Clarice Lispector. Foto: Fotógrafo não identificado /
Acervo Clarice Lispector / Instituto Moreira Salles


RIO — Na próxima quinta-feira, Clarice Lispector completaria 100 anos. Traduzida para 32 idiomas, publicada em 40 países e tema de muitas homenagens, como os quatro painéis dedicados a ela na 1ª Bienal Virtual do Livro de São Paulo, que acontece entre os dias 7 e 13, a autora de “A paixão segundo G.H.” e “A hora da estrela”, entre tantas obras memoráveis, continua mais presente do que nunca. Quarenta e três anos após sua morte, porém, é também uma ausência sentida por quem conviveu com ela de perto.

Três amigas íntimas de Clarice — a artista Maria Bonomi, 85 anos, e as escritoras Nélida Piñon e Marina Colasanti, ambas com 83 — conversaram com o GLOBO sobre os laços criados com a escritora. Elas trazem experiências, pintam retratos às vezes até contraditórios da autora, mas também lembram os pontos de aproximação.

Acima de tudo, são três vidas marcadas pela passagem meteórica da Estrela Clarice.

— Clarice deixou marcas infinitas em mim e em todo mundo que se aproximou dela — afirma Maria Bonomi. — E hoje é uma grande lacuna, porque ninguém ocupou o espaço que ela deixou.

A escritora Clarice Lispector. Livro “Todas as cartas”, lançado pela editora Rocco, reúne cartas escritas pela autora a editores, jornalistas, amigos, familiares e colegas de escrita em diferentes fases de sua vida Foto.


‘Sua alma peregrina vagava’, diz Nélida Piñon

Em uma missiva a Lygia Fagundes Telles, de 1977, Clarice Lispector criticou a ABL pela falta de mulheres em seu quadro e profetizou: “Se Nélida Pinõn estivesse na Academia, esta sofreria uma modificação revolucionária”. Publicada pela primeira vez este ano no livro “Todas as cartas” (Rocco), o texto mostra, em primeiro lugar, a intuição certeira da autora. Nélida, de fato, ingressaria na ABL em 1989 e seria a primeira mulher a presidir a instituição (entre 1996 e 1997). Mas a carta também confirma outra coisa: uma Clarice apoiadora das mulheres que admirava.

— Ela agiu em meu favor sem eu nunca ter dito a ela que desejava entrar na Academia, que na época era mesmo muito fechada às mulheres — conta Nélida. — Eu nem pensava nisso. Ela tinha alta percepção da vida, uma intuição extraordinária, uma sabedoria dos povos antigos.

Clarice Lispector (ao centro), com Nélida Piñon (à direita) e Marina Colasanti no II Encontro Nacional de Professores de Literatura, em 1975 Foto: Divulgação


Essa mesma perspicácia está na origem da amizade entre as duas escritoras. Clarice aceitou ler os originais de “Guia-mapa de Gabriel Arcanjo” (1961), que viria a ser o primeiro livro de Nélida. Mesmo sem saber nada sobre a moça 20 anos mais jovem, teve o vislumbre de uma grande amizade. No momento em que Clarice morreu, em 9 de dezembro de 1977, Nélida segurava a mão esquerda da amiga. Olga Borelli, a assistente de Clarice, segurava a mão direita.

Quando começaram os preparativos para o enterro, Olga contou a Nélida que Clarice não poderia ser enterrada como judia, pois havia se convertido ao cristianismo. Mas, como a autora não havia deixado o desejo por escrito, guardaram segredo. Era mais um desses mistérios de Clarice.

— Sua alma peregrina vagava, e havia nela a nostalgia de um deus — diz. — Embora amasse o Brasil, não se situava em nenhum lugar. A sua tristeza vinha de longe.

Para Nélida, a amiga estaria “assustadíssima” com seu próprio sucesso de hoje:

— Sua obra criou uma sensibilidade compatível com os movimentos libertários e cobrou novas maneiras de definir o mundo. Clarice falou muito às mulheres que estavam crescendo por conta do feminismo, mesmo sendo discreta nas questões sociais. Porque ia mais fundo do que isso, ela ia na alma.

Para Marina Colasanti, ‘a obra revela mais do que amizade’

As mãos de Clarice foram o que mais chamaram a atenção de Marina Colasanti quando a conheceu pessoalmente. Levada ao apartamento da escritora no Leme por um colega do “Jornal do Brasil” no início dos anos 1960, a então jovem repórter ficou muda. Afinal, desde criança comprava a revista “Senhor” para ler os contos da autora. Apenas escutou impactada a conversa entre aquela mulher sofisticada e seu interlocutor. Dois anos depois, ao saber que as queimaduras provocadas por um incêndio na mesma residência poderiam resultar na amputação da mão direita de Clarice (o que não aconteceu), Marina estremeceu.

— Mandei duas dúzias de rosas para o hospital — lembra ela, que coescreveu, com o marido Affonso Romano de Sant’Anna, o livro “Com Clarice” (Unesp, 2013), um documento sobre amizade entre o casal e a autora. — Sabia que ela provavelmente nem receberia ou nem saberia de quem eram, mas quis contribuir de alguma maneira.

A escritora Clarice Lispector, em 1964 Fotos: Arquivo / Agência O Globo


Em 1967, Clarice virou cronista no “Jornal do Brasil” e Marina ficou encarregada de auxiliá-la, cuidando inclusive dos seus textos. Ela apresentou à escritora a cartomante que aparece em “A hora da estrela”, e com quem Clarice passou a se consultar o resto da vida. Apesar do laço fortalecido ano após ano, Marina não foi influenciada em nada pela amiga: nem como feminista, nem como artista. Desmente, inclusive, a ideia de que Clarice quebrou barreiras ao frequentar ambientes predominantemente masculinos.

— Quando cheguei no jornal, em 1963, já havia mulheres em todos os setores, menos na fotografia — lembra Marina. — Clarice esteve à frente do seu tempo na escrita, não em comportamento. Mas quem se inspira na sua escrita está ferrado. Porque ela é tão pessoal, tão única, que a influência transparece de imediato.

Conviver com Clarice Lispector, lembra Marina, era um “privilégio”, mas não necessariamente uma entrada para seus segredos. As conversas em geral rodavam por questões como comida e mapas astrais de amigos.

— A obra revela muito mais dela do que a convivência pessoal — diz Marina. — Nela, Clarice entregava tudo: seus desejos, seus temores, e até parte da sua biografia.

Com Maria Bonomi, a troca através das artes plásticas

A artista Maria Bonomi é testemunha-chave de um aspecto que costuma ficar em segundo plano na biografia de Clarice: a sua relação com as artes plásticas.

As duas se aproximaram em 1958, quando Clarice, que certa vez questionou se escrevia “por não saber pintar”, ainda morava nos Estados Unidos.

A autora fazia observações que chegaram a alterar decisivamente o trabalho de Bonomi, especialmente depois que ela passou para a xilogravura, nos anos 1970. A técnica, que se utiliza de uma matriz em madeira para criar um desenho por meio de sulcos, fascinava a escritora.

Quadro de Clarice Lispector comprado por Nélida Piñon em um leilão, em 2019, por R$ 200 mil Foto: Reprodução


— Ela me disse que meu trabalho a ajudou muito na escrita — conta Bonomi. — Clarice ficou encantada com a questão da matriz, que é a busca da imagem pela escavação, pelo trabalho de corte. A matriz é onde fica a energia, o sentimento. A xilogravura é um trabalho muito direto, de apropriação imediata, que não tem o pincel no meio criando uma distância. Clarice o comparava com as burilagens da palavra. Ela mergulhou fundo nas imagens, pois não era “uma pessoa que ficava na superfície”.

Em parte graças às trocas com a amiga, a própria autora acabaria produzindo 22 quadros, sendo 19 sobre madeira (ambas tinham o mesmo apego pelo material). A experiência com a pintura influenciou na escritura complexa de seu romance “Água viva” (1973). Para além das relações entre palavra e imagem, a xilogravura levou as duas mulheres a refletirem sobre o que é o “original” em uma obra. No âmbito pessoal, também conversavam sobre suas diferenças geracionais.

— Clarice alargou os horizontes das indagações da mulher, do significado do que era ser mulher, e preconizou uma forma de percepção feminina — acredita Bonomi. — Por eu ser (quinze anos) mais jovem, me fazia muitas perguntas sobre minhas experiências íntimas. E queria saber com detalhes. Creio que vivia essa outra dimensão da vida através de mim. Tanto que houve um momento em que me dirigi para uma forma de vida homossexual, que vivo até  hoje, e ela quis acompanhar tudo, saber de tudo.

Fonte: O Globo / Fundaçao Schmidt

Por: Bolívar Torres


 

CUENTOS DE LA GAVETA: LOS OTROS JODEDORES, por Armando Africano, Caracas, 1 de diciembre de 2021/ Ilustración: Lisardo Rico Rattia

 




Aunque ya son como de la familia, pero de la parte de los miembros que joden…

Desde que me enteré que existían, me han estado haciendo acoso psicológico, sobre todo cuando se instalan cómodamente en mi habitación y se toman su tiempo haciendo una especie de danza contemporánea para desubicarte y, después que seleccionan el lugar más apetecible, que siempre son las peores partes léase, los pies, manos, el cuello, la parte de la espalda que se salió de la sabana, adonde por supuesto no llego para rascarme, los zancudos me pican exactamente cuando ya estoy colocado en pose para dormir, y al sentir la picazón viene la arrech… que va seguida inmediatamente de un intento —por lo general fallido— de acabar con ellos a manotazos y entonces comienza mi danza mata zancudos, hasta que me convierto en bailarín de plamenco (palmero con flamenco).

Me da la sensación que se burlan de mí y comienzo a planificar la gran venganza -como buen escorpión. Vienen a mi mente los muchísimos insecticidas que cada día son menos efectivos y por consejos de los amigos ya picados, me unto menjurjes que me regalan o me dan la receta. He llegado a incendiar cartones de huevos como si estuviera esparciendo incienso por todos lados y he terminado totalmente ahogado y tosiendo como carro sin tubo de escape; he probado con las pastillas anti zancudos llamadas plagatox, raid, etc… son muchísimas. Me he inyectado y tomado pastillas de vitamina B… según dicen los ahuyentan porque -ique- detestan el olor de la vitamina: me imagino a los zancudos escupiendo la vitamina B,  sacándome la lengua mientras continúan alimentándose de mí, de mi sangre… pero igual creo que instalaré una ducha con vitamina B diluida en agua para ver si logro ahuyentarlos y que me dejen en paz.

Menos mal que hay algo a favor de mis zancudos visitantes, ninguno está infectado, gracias a Dios son zancudos sanos. 

Detalle asqueroso: los muy cochinos nos inyectan saliva con agentes anticoagulantes  mientras se alimentan,  te inyectan saliva en la piel porque les facilita la succión de la sangre y pueden bebérsela como refresco y no como atol, y para joder aún más, la saliva es la que ocasiona la comezón. Además,  a medida que van succionando la sangre, eliminan el exceso de sangre por detrás y cuando te escogen, ¡los hijos de la gran zancuda!, te rondan y te cantan algo conocido como zumbido, lanzándose una serenata desesperante completa y exactamente en el oído. Como si fuera poco, no zumban para avisar a sus víctimas sino para llamar la atención de otros compañeros dispuestos a aparearse, ósea, toda una gran rumba alrededor de tu cabeza y la música montada en tu oído, porque están eufóricos reunidos en el hotel seleccionado y en su restaurant favorito con la comida servida. Pienso que están siempre celebrando que existen cerca de 3500 especies de estos pequeños vampiros, picando a todo el mundo, y que  cuando hay luna llena pueden incrementar su actividad en un 500 por ciento. 

Son unos insectos clasistas, porque no todos los pertenecientes a esta plaga voladora nos ven como a una comida deliciosa. Ellos son selectivos, nos escogen, son atraídos más por la química corporal de unas personas que por las de otras. Ciertas sustancias químicas como el dióxido de carbono, que se emite al exhalar, y el ácido láctico, un elemento presente en el sudor, nos hace muy apetitosos, y nuestro problema comienza cuando el animalito te elige como objetivo prioritario de su alimentación.  

Tu vida se complica después de que te pican porque las recomendaciones son: ponerte hielo en la picada, muy difícil porque lo simpáticos animalitos no cenan en el mismo lugar, debe ser que tenemos distribuidos nuestros sabores y les gusta hacer un tour por todo tu cuerpo (quedó muy sexy este comentario) o sea, pegarnos el hielo en donde te llame la picazón; también puedes untarte con aloe vera, miel o alguna crema, pomada o medicamento, distribuirte el menjurje, aquí sí, aquí no, aquí también o tal vez optar por la recomendación -tipo regaño- ¡la próxima vez evitar vestirnos de negro, porque a los mosquitos les encanta ese color, vístase con ropa clara porque los chupasangre enanos detestan la ropa oscura! (sabio consejo).  

Los muy asquerosos hacen la diferencia en la cantidad de picadas porque les apetecen más las personas sudadas, hedionditas, que contienen una mayor diversidad de microbios y de olores en la piel, que las que tiene la costumbre de oler bien. 

Esta especie de engendros tiene sus trapos sucios, sólo las hembras pican y se alimentan de sangre porque necesitan inmunoglobulina para terminar la fecundación de sus huevos; los machos, por su lado, degustan flores y sacan néctar para tener energía y así reproducirse con la mayor cantidad posible de hembras.  

Son unos indeseables, pero aman nuestro olor, nuestra transpiración, nuestra respiración y llevan nuestra sangre… “son mi familia”.  

 ©Armando Africano

Ilustración Lisardo Rico Rattia

 

Otros cuentos de Armando Africano: click  aquí

 

 

 

 

Entrevista con Fran Lebowitz: “Si no te gusta lo que digo, no lo escuches, no lo leas, no lo mires. No va a tener efecto alguno en tu vida”, entrevista de Gabriela Esquivada, Infobae, Buenos Aires, 12 de agosto de 2021

 Su rechazo a los antivacunas, los dispositivos de rastreo y los extremos tontos de la corrección política son algunos de los temas que la humorista estadounidense, cuya obra acaba de ser reeditada en castellano como “Un día cualquiera en Nueva York”, recorrió en una conversación hilarante con Infobae Cultura. Por supuesto, también habló de su biblioteca: “Cuando veo un libro en la basura, para mí es como si viera que han tirado a una persona”


Acaban de reeditar en castellano los dos libros de Lebowitz, Metropolitan Life y Social Studies, unificados bajo el título "Un día cualquiera en Nueva York".

Había una vez un aparato que se llamaba teléfono fijo. Servía para que las personas hablaran. Algunas personas se quejaban de llamar mucho a otras y no poder encontrarlas porque no se hallaban donde permanecía, fijo, el teléfono. Cuando se inventó la contestadora telefónica —otro aparato, que se conectaba con cables y atendía las llamadas al tercer ring— se sintieron contentas por poder dejar un mensaje en el que pedían que las llamaran a su vez. Para hablar.

Ese aparato también hizo felices a otras personas, aquellas que querían elegir con quién hablaban y evitar las conversaciones indeseadas. Se quedaban al lado del dispositivo, que transmitía en voz alta el mensaje que dejaba quien llamaba, y escuchaban por ejemplo:

—Buenas tardes, señora Lebowitz, habla Gabriela…

—Hola —alzaban el auricular y respondían, en el caso de que quisieran atender, como respondió Fran Lebowitz a la llamada de Infobae Cultura al telefóno fijo, con contestadora, que posee en su apartamento de Manhattan.


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La voz de Fran Lebowitz, en la entrevista con Infobae.

Acaban de reeditarse en castellano sus dos libros, Metropolitan Life y Social Studies, unificados bajo el título Un día cualquiera en Nueva York, con una foto de tapa en la que se la ve echada sobre la cama, precisamente hablando por teléfono. En sus más de 360 páginas, el volumen revive esos textos de la década de 1970 como un bonus track de la miniserie Supongamos que Nueva York es una ciudad, de Martin Scorsese. Cada página brilla con el mismo humor, el mismo ingenio y ese vasto universo de referencias sociales y culturales.

Lebowitz ha tenido una relación muy especial con la literatura desde que aprendió a leer antes de ir a la escuela. Probablemente ella misma esté hecha de lo que ha leído tanto como de células humanas —uno de sus epigramas más conocidos sintetiza: “Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar”— y las páginas de ficción, poesía o ensayo sean su medio de transporte por el mundo. Pero a la hora de producir sus propios textos ha bregado contra el bloqueo, hasta que por fin cambió la palabra escrita por las conferencias y presentaciones.

Ella se burla de sí misma en la última postal de Un día cualquiera en Nueva York, cuando cuenta que el agente literario de un escritor comercial exitoso le había conseguido un contrato por su libro siguiente aún no escrito y otro por los derechos cinematográficos, cada uno por una suma millonaria. Al enterarse, ella llamó a su agente: “Está claro que he planteado mi carrera de forma equivocada. Resulta que no escribir no solo es divertido, sino enormemente rentable”, le dijo, y la instruyó para que vendiera 10 títulos —”juguemos fuerte”— inexistentes.


El libro funciona como un bonus track a la miniserie "Supongamos que Nueva York es una ciudad", de Martin Scorsese, con el mismo humor, el mismo ingenio y el vasto universo de referencias sociales y culturales de Lebowitz.
El libro funciona como un bonus track a la miniserie "Supongamos que Nueva York es una ciudad", de Martin Scorsese, con el mismo humor, el mismo ingenio y el vasto universo de referencias sociales y culturales de Lebowitz.


Lo cierto es que lo poco que escribió es tan bueno que le ganó admiradores como Pedro Almodóvar, que alguna vez diseñó a su alter ego, Patty Diphusa, basado en ella. Lebowitz lo conoció en un Festival de Cine de Nueva York: “Siempre he soñado con escribir como Fran Lebowitz”, le dijo el cineasta. “Yo también”, se le escurrió ella del elogio.

Para ser alguien tan lleno de opiniones —trabaja de eso, aunque no en las redes sociales, válgale el cielo: nada de la tecnología habitual del millennial promedio invade su vida— es llamativamente reacia al elogio de sí misma. Ella y Toni Morrison fueron grandes amigas, y es capaz de hablar horas de todo lo bueno que tenía la autora de Beloved (”Toni tan humana, tan comprensiva… En sus libros se ve que tenía comprensión incluso para los personajes malvados”), pero basta con preguntarle qué admiraba la premio Nobel de ella para que se escape:

—Lamentablemente no le podemos preguntar. Ayer fue el aniversario de su muerte, un día realmente deprimente para mí —dijo el 6 de agosto, día de esta entrevista—. Dado que Toni tenía esa enorme presencia pública, siempre me resultó difícil que la gente me creyera que era divertidísima. Toni y yo nos la pasábamos riéndonos, todo el tiempo. Toni era realmente divertida.

—¿Pero qué le gustaba a ella de usted?

—Que nos divertíamos juntas, creo.


Políticamente incorrecta

Lo poco que escribió Lebowitz es tan bueno que le ganó admiradores como Pedro Almodóvar, que alguna vez diseñó a su alter ego, Patty Diphusa, basado en ella. (Brigitte Lacombe)
Lo poco que escribió Lebowitz es tan bueno que le ganó admiradores como Pedro Almodóvar, que alguna vez diseñó a su alter ego, Patty Diphusa, basado en ella. (Brigitte Lacombe)

Como buena neoyorquina, Lebowitz nació en otra parte (Morristown, Nueva Jersey) y se adoptó mutuamente con la ciudad de la que es una emblema hace ya 50 años. Algunas de sus crónicas, tan delirantes como observadoras, surgen de su relación con Nueva York; otras tienen una irreverencia mordaz y misantrópica por la que la han comparado con Dorothy Parker, y por la que acaso podría sonar estridente en la actualidad.

El artículo “Banca especializada” bromea sobre un “Primer Banco de la Mujer” que “cierra durante dos o tres días al mes” y en el cual se aplica la “intuición femenina”; también sobre un “Primer Banco Nacional de las Locas” que ofrecerá cheques “con la letra de ‘Somewhere Over the Rainbow’”. En una “¡Guía Fran Lebowitz para un mayor conocimiento de sí mismo mediante cambios de color!” (que se burla sobre un comercial de pulseras que interpretan el ánimo de las personas) el color beige rojizo interpreta “es usted un indio norteamericano que se aburre” y el color mulato, que “uno de sus padres se está volviendo negro; si sus padres ya son negros, uno se está volviendo blanco”.


—¿Cómo cree que se leen hoy sus textos tan indiferentes a la corrección política?

—Tú has podido leerlos. Pero sí, hoy la gente se ofende, no se da cuenta de que uno puede hacer bromas sobre muchas cosas. ¡Aun en el momento en que escribí algunas de esas cosas la gente se enojó! No sé muy bien qué decir, ya que no son más que mis opiniones humorísticas. No son acciones. Hay una diferencia entre decir algo y hacer algo, en primer lugar. Y como siempre digo —y a nadie le importa— yo no tengo poder. Si no te gusta lo que digo, no lo escuches, no lo leas, no lo mires. No va a tener efecto alguno en tu vida. No soy la alcaldesa de Nueva York, no soy la presidenta de los Estados Unidos, no escribo las leyes. Si no estás de acuerdo conmigo, pues no estés de acuerdo.


La miniserie "Supongamos que Nueva York es una ciudad", de Martin Scorsese, ha tenido gran éxito sobre todo entre el público joven.
La miniserie "Supongamos que Nueva York es una ciudad", de Martin Scorsese, ha tenido gran éxito sobre todo entre el público joven.

—¿Disentir es más difícil ahora?

Este es un momento de tremenda intolerancia. Para mí lo realmente malo del exceso de corrección política es que algunas de esas cosas son tan tontas que hace que quienes lo objetan puedan actuar como si las cuestiones de fondo no existieran. Si la gente se vuelve delirantemente sensible sobre los tipos de peinados, por decir algo, entonces la gente puede quedarse eso y actuar como si no existiera algo llamado racismo. Que existe. Esta clase de cosas permiten que el sector opuesto, que para mí es la derecha, se burle de algo que, en esencia, es importante.

Metropolitan Life Social Studies fueron publicados hace más de 40 años: ¿cómo los ve hoy?

—Y muchos de los artículos que incluyen fueron escritos en 1971, 72, 73… ¡Es casi un libro escrito hace 1.000 años! Obviamente hay muchos detalles que no tienen sentido para la gente. Traté, sobre todo en la edición británica, de eliminar algunas de estas referencias. Pero lo cierto es que lo que nunca cambia es la naturaleza humana. Y es siempre mala. Por eso es que los libros perduran. Incluso en las grandes novelas de Jane Austen, por caso, los detalles han cambiado pero la gente sigue siendo igual.


Ella misma sigue teniendo las mismas necesidades y deseos que en los setentas, según escribió: “Fumar cigarrillos y tramar venganzas”. Lo contó en la serie de Scorsese, con quien también realizó un documental similar hace 11 años (Public Speaking) y en cuya película El lobo de Wall Street hizo un cameo como jueza. En aquellos años ella se movía de noche entre Studio 54, los conciertos de glam rock de los New York Dolls y los de su amigo contrabajista y pianista de jazz Charles Mingus, mientras escribía en Interview —la revista de Andy Warhol—, Mademoiselle y el Vogue británico.



Contra los dispositivos de rastreo llamados smartphones

"Para mí lo realmente malo del exceso de corrección política es que algunas de esas cosas son tan tontas que hace que quienes lo objetan puedan actuar como si las cuestiones de fondo no existieran", advirtió Lebowitz.
"Para mí lo realmente malo del exceso de corrección política es que algunas de esas cosas son tan tontas que hace que quienes lo objetan puedan actuar como si las cuestiones de fondo no existieran", advirtió Lebowitz.

Su público, sin embargo, conoció una Nueva York bien distinta; incluso creció a la sombra ausente de las Torres Gemelas, porque está hecho principalmente de gente joven, centennials y millennials.


—¿Cómo cree que funciona esta fuerte conexión con esas generaciones?

—La verdad es que no lo sé, pero ha sido así siempre. Marty [Scorsese, quien es su amigo] hizo un documental sobre mí hace unos 10 años, Public Speaking, y cuando se estrenó en HBO, me dijeron que la mayoría de la gente que lo miraba estaba en la universidad. No sé por qué pero tengo una intuición, y es que existe un interés tremendo —y viene existiendo hace ya bastante tiempo— en cómo era Nueva York en los setenta. La gente joven me para en la calle todo el tiempo: ‘Ah, ojalá hubiera vivido yo en Nueva York en los setenta, me parece tan genial’. Así que quizá la razón es que yo era joven en Nueva York en los setenta.

—Esas generaciones, además, nacieron digitales, un universo tecnológico al que usted se niega. ¿Qué piensa sobre eso?


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Fran Leboviz, en audio de la entrevista con Infobae.

—Verdaderamente no puedo creer que a la gente no le importe su privacidad. Es claro que no les importa. A mí me importa, y siempre me importó. Aquí hace más de 20 años inventaron el sistema de peaje electrónico, EZ Pass. Yo no lo puse, y tengo un auto. La gente me decía: ‘¿Por qué no lo compras? Si no, tendrás que hacer la fila para pagar con dinero’. Y les respondí: ‘Porque no quiero que sepan todo el tiempo dónde estoy’. Me decían: ‘¿Quiénes son ‘ellos’? ¿Qué te importa?’. Y yo: ‘No lo sé. Pero siento que tendría que poder ir a Connecticut sin servicio de vigilancia’.


Lebowitz detesta las cámaras en las calles —”¡Me resultan increíbles! Tendría que ser algo ilegal”— y piensa mucho en lo que significa para las libertades individuales el hecho de que gobiernos y corporaciones conozcan la ubicación de la ciudadanía todo el tiempo. “La gente camina —toda la gente menos yo— con un dispositivo de rastreo en el bolsillo”, definió. “No puedo creer que digan que vale la pena a cambio de que les envíen algo a la casa en cinco minutos”.

—Sin embargo, la contestadora telefónica es un dispositivo tecnológico. ¿Hubo un tiempo en que usted aceptaba nuevas tecnologías y en algún momento dijo “Basta, ya es suficiente”?


Como buena neoyorquina, Lebowitz nació en otra parte (Morristown, Nueva Jersey) y se adoptó mutuamente con la ciudad hace ya 50 años.
Como buena neoyorquina, Lebowitz nació en otra parte (Morristown, Nueva Jersey) y se adoptó mutuamente con la ciudad hace ya 50 años.

—Es verdad. Pero cuando inventaron la contestadora telefónica, pensé que era el mejor invento de la historia. Porque yo solía decir: “¿No sería genial que cuando el teléfono suena uno supiera quién es? Así no tienes que contestar si no quieres hablar con la persona”. Eso es lo que me encanta de la contestadora telefónica. Cuando inventaron por primera vez la clase de computadoras que se pueden tener en la casa, que llamaban ‘procesador de palabras’, una amiga, que era guionista, se compró una y le encantó; me dijo ‘Tienes que venir a mi apartamento y ver esto’. Y cuando la fui a mirar le dije: ‘Bueno, es una especie de máquina de escribir muy veloz’. Que, en aquel momento, era exactamente eso.

—¿Eso no le interesó?

—Yo no tenía una máquina de escribir. No sé escribir a máquina, no la necesitaba. ¡No tenía la máquina vieja, siquiera! No es que odie la tecnología. Soy una de esas personas que odian cuando una máquina se rompe. Desde luego, no sabía que el mundo entero se volcaría a estas máquinas. Ahora es demasiado tarde.


No tiene computadora, desde luego, ni conexión a internet, ni televisor con cuentas para streaming, ni asistente de voz; ni siquiera ha usado el microondas que encontró en el apartamento al mudarse, el primero que tuvo en su vida. Escribió, y escribe, a mano, con una lapicera.



Supongamos que Nueva York es una ciudad

“La gente camina —toda la gente menos yo— con un dispositivo de rastreo en el bolsillo. No puedo creer que digan que vale la pena a cambio de que les envíen algo a la casa en cinco minutos”, dijo Lebowitz. (Brigitte Lacombe)
“La gente camina —toda la gente menos yo— con un dispositivo de rastreo en el bolsillo. No puedo creer que digan que vale la pena a cambio de que les envíen algo a la casa en cinco minutos”, dijo Lebowitz. (Brigitte Lacombe)


Como se nota en el libro, y como dijo en la serie de Scorsese, para Lebowitz Nueva York sigue representando el sentimiento de una época como en otros momentos lo hicieron París o Florencia.

Debido a la internet, la geografía se vuelve menos importante para la gente. Por ejemplo, me han llamado de Dubai para contarme que han visto la serie en Netflix. Pero a la vez tiene que haber algo todavía con respecto a estar en un lugar específico, porque la gente sigue queriendo ir a ciertos lugares. Así que tengo la esperanza de que quede algo de realidad en el mundo. Pero para mí, sí, todavía existe la realidad, y Nueva York todavía se siente así.

—En su libro se repite “Pasar 72 meses en Los Ángeles” como penalidad para algunas contravenciones. ¿En qué se oponen Nueva York y Los Ángeles?

—Bueno, Nueva York es una ciudad. Los Ángeles, no. Es un lugar, desde luego, pero no es una ciudad. En Los Ángeles la gente maneja de un lugar a otro: una ciudad, en cambio, es un lugar donde se puede ir caminando a los lugares; una ciudad tiene metro, una ciudad tiene taxis que se pueden parar. No conozco las estadísticas así que no estoy haciendo una declaración factual, pero la mayoría de la gente que vive en Los Ángeles vive en casas, no en apartamentos. Eso es una gran diferencia, hace que todo esté muy extendido. No digo que no sea agradable para vivir, la gente lo encuentra muy agradable. Sólo estoy diciendo que yo no quiero hacerlo.

—¿Cómo fue su experiencia como flâneuse durante la crisis del COVID que golpeó tanto la la ciudad de Nueva York?


En la Nueva York de los setenta Lebowitz se movía de noche entre Studio 54 y los conciertos de New York Dolls y Charles Mingus, mientras escribía en Interview, la revista de Andy Warhol (en la foto).
En la Nueva York de los setenta Lebowitz se movía de noche entre Studio 54 y los conciertos de New York Dolls y Charles Mingus, mientras escribía en Interview, la revista de Andy Warhol (en la foto).


—En el pico de la pandemia en muchos países la gente tenía prohibido circular por las calles, pero eso no se puede hacer en este país. No es posible decirle a la gente que no puede andar por la calle, ni hacer que muestren documentos: es inconstitucional. Así que caminé mucho, sola, incluso en lo peor del confinamiento, y la ciudad estaba vacía. Y quiero decir eso exactamente: vacía. En pleno día, en Times Square, podía escuchar mis pisadas. Nunca se puede escuchar las pisadas en Nueva York, es demasiado ruidosa. Fue algo conmocionante.

—¿Cambió con la vacuna?

—Por supuesto, todo está más abierto. Hasta hace una semana se sentía que esto podía terminar, pero hay gente que no acepta las vacunas. Así que, por ejemplo, en el edificio donde vivo volvieron a poner la indicación de llevar cubrebocas si uno está en los pasillos o en el elevador o en el lobby, por la variante Delta. Broadway va a volver a abrir y no se puede entrar a los teatros sin prueba de vacunación y una máscara. Nueva York hace esto, pero hay zonas enteras en el país donde no sólo no lo hacen, sino que algunos gobernadores, como los de Florida y Texas, dicen que es ilegal que se exija el uso de cubreboca o de vacunas. Mientras la gente siga sin vacunarse, esto va a seguir.

Y agregó:

—Mi sugerencia sería que Jeff Bezos se llevara al espacio a toda la gente que no se vacunó y los dejara allí.



Multimillonarios y antivacunas en el espacio

"Así que caminé mucho, sola, incluso en lo peor del confinamiento, y la ciudad estaba vacía", contó. "En pleno día, en Times Square, podía escuchar mis pisadas".
"Así que caminé mucho, sola, incluso en lo peor del confinamiento, y la ciudad estaba vacía", contó. "En pleno día, en Times Square, podía escuchar mis pisadas".

Ya había rozado el tema de los multimillonarios que construían cohetes cuando se hizo el documental de Scorsese; pocos días antes de esta entrevista, tanto Richard Branson como el dueño de Amazon habían realizado sus paseos por el espacio.

—Jeff Bezos no tendría que estar construyendo cohetes —argumentó Lebowitz—. Ya existe algo para construir cohetes: la NASA. El gobierno tendría que estar haciendo esto. Y el gobierno obtiene el dinero mediante los impuestos. Así que en lugar de pagar sus impuestos, él se construyó su propio cohete. Es ridículo. Y el sombrero de cowboy. Realmente me hizo reír.

—¿Por qué?

—Cuando yo era niña, en los cincuenta, fue el gran momento de las películas y las series sobre cowboys. Los niñitos se vestían como cowboys todo el tiempo. Todos los niños de mi cuadra tenían un sombrero de cowboy. Vi a Bezos y pensé: ‘Es un multimillonario de siete años’. El sombrero de cowboy fue, para mí, de lo más revelador. También revela que en su vida no hay nadie que le diga: ‘¿Sabes qué? No te pongas el sombrero de cowboy’”.


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Lebowitz habló de las conocidas condiciones laborales en Amazon y de la paradoja que alcanza aun a las personas que se consideran a sí mismas preocupadas por la humanidad: “Dicen: ‘Sí, sé que la gente en los depósitos de Amazon gana dos centavos y además hace un trabajo físicamente peligroso, pero ¡mira, recibí estos duraznos en una hora!’. Eso es lo único que les importa”.

—En Supongamos que Nueva York es una ciudad usted recordó lo “espantoso” que fue haber trabajado como taxista: ¿cómo ve la irrupción de Uber y otras tecnológicas, el surgimiento de la gig economy?

—¡Es horrible! El problema, a diferencia de cuestiones como el racismo o el género, es que unas 30 personas son las dueñas de todo el dinero del mundo. El problema es que tendría que haber más equidad en lo que respecta al dinero. El problema es que no tendrían que existir los multimillonarios. Es una cantidad ridícula de dinero para que esté en manos de una sola persona. Y no tendrían todo ese dinero si pagaran los impuestos. Muchos años he pagado —y esto es un dato factual— más impuestos que los multimillonarios. No un porcentaje mayor, sino realmente más dinero.


"Mi sugerencia sería que Jeff Bezos se llevara al espacio a toda la gente que no se vacunó y los dejara allí", bromeó, sobre la pandemia y la variante Delta.
"Mi sugerencia sería que Jeff Bezos se llevara al espacio a toda la gente que no se vacunó y los dejara allí", bromeó, sobre la pandemia y la variante Delta.

—¿Cómo influyó, en su vida y en su humor, el haber sido criada por gente que creció durante la Gran Depresión?

—No sé si en mis libros, pero en mi vida sí hay una conexión. La gente me pregunta: ‘¿Por qué apagas la luz cada vez que sales de una habitación?’. Y eso es porque mi padre, que era un niño durante la Gran Depresión, de una familia extremadamente pobre, nos mataba si dejábamos la luz encendida en un lugar donde no había nadie. Estabas derrochando el dinero. Tengo un montón de hábitos de alguien que creció durante la Gran Depresión aun si ni siquiera había nacido entonces.


Un hogar para 10.000 libros


También tiene otros hábitos que difícilmente provengan de eso, excepto como compensación: sweaters de cashmere; sacos hechos a medida en la boutique de Anderson & Sheppard en Savile Row, Londres, cuya única clienta anterior —sólo crean ropa de hombre— fue Marlene Dietrich; un apartamento en el edificio Chelsea Mercantile, donde un viaje en ascensor equivale al tour de casas de celebrities por Beverly Hills. En Supongamos que Nueva York es una ciudad Lebowitz bromeó —y no tanto— sobre el absurdo valor de la propiedad inmobiliaria por el cual debió hipotecarse para poner en algún lugar su biblioteca de más de 10.000 libros.

—¿Cómo guarda sus libros? ¿En orden por género, o por autor, o según otro criterio? ¿Tal como caen en el piso?

—No, no no. Mis libros están completamente organizados —se jactó—. Primero por categoría, y ficción es desde luego la más sencilla de organizar porque sigue el orden alfabético. Luego hay muchas otras: algunas, las comunes; otras, las que el hombre que organizó la biblioteca llamó ‘tus libros locos’, así que quedó una sección de Libros Locos. Pero más allá de esta categoría, la biblioteca está bastante organizada. La cuestión es que, desde luego, compro libros todo el tiempo, y la gente me manda libros, y otros llegan de las editoriales. Así que cuando no hay un virus mortal contagioso, cada tanto reviso mis libros y saco aquellos que no quiero conservar y los vendo a The Strand.


En Supongamos que Nueva York es una ciudad Lebowitz habló del absurdo valor de la propiedad inmobiliaria por el cual debió hipotecarse para poner en algún lugar su biblioteca de más de 10.000 libros.
En Supongamos que Nueva York es una ciudad Lebowitz habló del absurdo valor de la propiedad inmobiliaria por el cual debió hipotecarse para poner en algún lugar su biblioteca de más de 10.000 libros.

Es fácil imaginarla caminando, con sus botas de siempre, desde la Séptima Avenida por la Calle 24 hacia el este, hasta Broadway, y por allí recto hasta la esquina en la 12, donde está la famosa librería, pasando Union Square, unos 20 minutos de paseo, con su bolsa de libros. Porque nunca, jamás en su vida Fran Lebowitz ha tirado un libro.

Estoy totalmente, 100% segura de que no podría tirar un libro. No sólo no podría tirar un libro: cuando veo un libro en la basura, para mí es como si viera que han tirado a una persona. No se debe tirar libros. Si tengo un libro con el que no me quiero quedar, paso una cantidad enorme de tiempo pensando quién lo podría querer. Quiero darle un hogar a ese libro, aunque no quiera que ese hogar sea el mío.

—En la serie usted dijo: “No esperábamos que un libro fuera un espejo, esperábamos que fuera una puerta”. ¿Por qué la gente quiere verse a sí misma en lo que lee?

—En los últimos 20 años, quizá más, ha existido esta idea de que sobre todo los niños, pero no solamente los niños, deberían leer libros en los cuales se vean a sí mismos. Creo que en el origen de esto está Oprah Winfrey. Ella hizo algo genial: lograr que los estadounidenses volvieran a leer libros. Pero también hizo algo malo, que fue hablar de esta manera: “Me encantó este libro, me veo reflejada”. Cuando yo era pequeña y leí Heidi, por ejemplo, un libro del siglo XIX, nunca pensé “¿Por qué no soy Heidi? ¿Por qué en lugar de Heidi no tienen a Fran?”. Los libros sirven para que nuestro mundo se vuelva más grande, no más pequeño. Yo vivía en una localidad pequeña, y apenas aprendí a leer comencé a vivir en el mundo entero.

—¿Recuerda algunos títulos que hayan sido puertas importantes?

—No recuerdo que haya habido un libro en particular que me diera la sensación de abrirme el mundo; sí recuerdo el hecho de aprender a leer. Recuerdo cuando pude leer un libro realmente por mí misma, tenía unos cinco años. Supe, aun siendo tan pequeña, que así iba a tener el mundo entero.


Gabriela Esquivada

gesquivada@infobae.com

 Infobae, Buenos Aires,  12 de agosto de 2021

Fuente: Infobae