la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


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El artista multimedia venezolano Rolando Peña invitado al Festival Internacional Kerouack de New York, que se realizará del 5 al 8 de mayo

Foto: Jorge Castillo


El multifacético y premiado artista Rolando Peña, bautizado por Andy Warhol como el "Príncipe Negro", fue invitado a  participar en el 5 Festival Internacional KEROUAC de poesía y perfomance, en homenaje al poeta beatnik estadounidense, que se realizará en la ciudad de Nueva York del 5 al 8 de Mayo. 

Rolando Peña se presentará con un performance   el 8 de mayo a las 6 p.m. (hora de Nueva York) en la NYC Art Empire Gallery. Su presentación la hará junto a Jorge Heilpern y Karla Gómez, quien presenta un video realizado por ella con idea y producción de Rolando Peña. El performance será presencial y será la culminación del 5 Festival realizado en homenaje a Kerouac. La cita es en 454 Broadway, NY 10013 y la entrada es libre. ¡No se lo pierdan!




El Festival, que contará con la participación de poetas de diferentes nacionalidades, es dirigido y producido por Vanesa Alvarez y Marcos de la Fuente y tiene sede en España y México.








Invitación a Rolando Peña

FESTIVAL INTERNACIONAL

KEROUAC

POESÍA Y PERFORMANCE


Estimado Artista Multimedia y Conceptual

Rolando Peña

con sede en Doral, FL 33178


Reciba de nuestra parte un cordial saludo. La presente tiene como grata finalidad

extenderle una invitación para participar en el “Festival Internacional Kerouac,

de poesía y performance”, el cual estará realizando su quinta edición en Nueva

York, del 5 al 8 de mayo de 2021.

Será un honor poder contar con su presencia y su gran obra artística dentro de las

actividades contempladas para este evento, que se realizará en las fechas antes

mencionadas en la ciudad de Nueva York en el presente año, y en espacios al aire libre y

con uso de mascarilla debido a la pandemia.

Esperamos una respuesta afirmativa a esta invitación, y poder así contar con su

indispensable participación y homenaje a Jack Kerouac con su performance de imagen y

sonido, en este Festival, con sede en España desde 2010, Nueva York desde 2005 y

Ciudad de México desde 2019.


Atentamente:

Marcos de la Fuente y Vanesa Álvarez

Directores del festival


Calle Pino 132, 4º. 36206 Vigo, Pontevedra. España

+34 687818480 · +34 652044031

info@festivalkerouac.com

www.festivalkerouac.com



Rolando PeñaPágina Oficial / Facebook / You Tube / Entrevista









"La mujer más pequeña del mundo", un cuento de Clarice Lispector/ del libro Todos los Cuentos, de C. Lispector, Ed. Siruela

 






En las profundidades del África Ecuatorial, el explorador francés Marcel Petre, cazador y hombre de mundo, se encontró con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Más sorprendido, pues, quedó al ser informado de que un pueblo de tamaño aún menor existía más allá de florestas y distancias. Entonces, él se adentró aún más.

En el Congo Central descubrió, realmente, a los pigmeos más pequeños del mundo. Y —como una caja dentro de otra caja, dentro de otra caja— entre los pigmeos más pequeños del mundo estaba el más pequeño de ellos, obedeciendo, tal vez, a una necesidad que a veces tiene la naturaleza de excederse a sí misma.

Entre mosquitos y árboles tibios de humedad, entre las hojas ricas de un verde más perezoso, Marcel Petre se topó con una mujer de cuarenta y cinco centímetros, madura, negra, callada. «Oscura como un mono», informaría él a la prensa, y que vivía en la copa de un árbol con su pequeño concubino. Entre los tibios humores silvestres, que temprano redondean los frutos y les dan una casi intolerable dulzura al paladar, ella estaba embarazada.

Allí en pie estaba, pues, la mujer más pequeña del mundo. Por un instante, en el zumbido del calor, fue como si el francés hubiese, inesperadamente, llegado a la conclusión última. Con certeza, solo por no ser loco, es que su alma no desvarió ni perdió los límites. Sintiendo la necesidad inmediata de orden y de dar nombre a lo que existe, la apellidó Pequeña Flor. Y para conseguir clasificarla entre las realidades reconocibles, pasó enseguida a recoger datos relacionados con ella.

Su raza está, poco a poco, siendo exterminada. Pocos ejemplares humanos restan de esa especie que, si no fuera por el disimulado peligro de África, sería un pueblo muy numeroso. A más de la enfermedad, el infectado hálito de aguas, la comida deficiente y las fieras que rondan, el gran riesgo para los escasos likoualas está en los salvajes bantúes, amenaza que los rodea en silencioso aire como en madrugada de batalla. Los bantúes los cazan con redes, como lo hacen con los monos. Y los comen. Así, tal como se oye: los cazan con redes y los comen. La pequeña raza de gente, siempre retrocediendo y retrocediendo, terminó acuartelándose en el corazón del África, donde el afortunado explorador la descubriría. Por defensa estratégica, habitan en los árboles más altos. De allí descienden las mujeres para cocinar maíz, moler mandioca y cosechar verduras; los hombres, para cazar. Cuando un hijo nace, se le da libertad casi inmediatamente. Es verdad que, muchas veces, la criatura no aprovechará por mucho tiempo de esa libertad entre fieras. Pero también es verdad que, por lo menos, no lamentará que, para tan corta vida, largo haya sido el trabajo. Incluso el lenguaje que la criatura aprende es breve y simple, apenas esencial. Los likoualas usan pocos nombres, llaman a las cosas por gestos y sonidos animales. Como avance espiritual, tienen un tambor. Mientras bailan al son del tambor, mantienen una pequeña hacha de guardia contra los bantúes, que aparecerán no se sabe de dónde.

Fue así, pues, que el explorador descubrió, toda en pie y a sus pies, la cosa humana más pequeña que existe. Su corazón latió, porque esmeralda ninguna es tan rara. Ni las enseñanzas de los sabios de la India son tan raras. Ni el hombre más rico del mundo puso ya sus ojos sobre tan extraña gracia. Allí estaba una mujer que la golosina del más fino sueño jamás pudiera imaginar. Fue entonces que el explorador, tímidamente, y con una delicadeza de sentimientos de la que su esposa jamás lo juzgaría capaz, dijo:

—Tú eres Pequeña Flor.

En ese instante, Pequeña Flor se rascó donde una persona no se rasca. El explorador —como si estuviese recibiendo el más alto premio de castidad al que un hombre, siempre tan idealista, osara aspirar—, tan vivido, desvió los ojos.

La fotografía de Pequeña Flor fue publicada en el suplemento a colores de los diarios del domingo, donde cupo en tamaño natural. Envuelta en un paño, con la barriga en estado adelantada, la nariz chata, la cara negra, los ojos hondos, los pies planos. Parecía un perro.

En ese domingo, en un departamento, una mujer, al mirar en el diario abierto el retrato de Pequeña Flor, no quiso mirarlo una segunda vez «porque me da aflicción».

En otro departamento, una señora sintió tan perversa ternura por la pequeñez de la mujer africana que —siendo mucho mejor prevenir que remediar— jamás se debería dejar a Pequeña Flor a solas con la ternura de aquella señora. ¡Quién sabe a qué oscuridad de amor puede llegar el cariño! La señora pasó el día perturbada, se diría que poseída por la nostalgia. A propósito, era primavera, una bondad peligrosa rondaba en el aire.

En otra casa, una niña de cinco años, viendo el retrato y escuchando los comentarios, quedó espantada. En aquella casa de adultos, esa niña había sido hasta ahora el más pequeño de los seres humanos. Y si eso era fuente de las mejores caricias, era también fuente de este primer miedo al amor tirano. La existencia de Pequeña Flor llevó a la niña a sentir —con una vaguedad que solo años y años después, por motivos bien distintos, habría de concretarse en pensamiento—, en una primera sabiduría, que «la desgracia no tiene límites».

En otra casa, en la consagración de la primavera, una joven novia tuvo un éxtasis de piedad:

—¡Mamá, mira el retratito de ella, pobrecita!, ¡mira como ella es tristecita!

—Pero —dijo la madre, dura, derrotada y orgullosa—, pero es tristeza de bicho, no es tristeza humana.

—¡Oh, mamá! —dijo la joven desanimada.

En otra casa, un niño muy despierto tuvo una idea inteligente:

—Mamá, ¿y si yo colocara esa mujercita africana en la cama de Pablito mientras él está durmiendo? Cuando despierte, qué susto, ¿eh? ¡Qué griterío, viéndola sentada en su cama! Y nosotros, entonces, podríamos jugar tanto con ella, haríamos de ella nuestro juguete, ¿sí?

La madre de este niño estaba en ese instante enrollando sus cabellos frente al espejo del baño y recordó lo que una cocinera le contara de su tiempo de orfanato. Al no tener una muñeca con qué jugar, y ya la maternidad pulsando terrible en el corazón de las huérfanas, las niñas más despiertas habían escondido de la monja la muerte de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que salió la monja, y jugaron con la niña muerta, le dieron baños y comiditas, le impusieron un castigo solamente para después poder besarla, consolándola. De eso se acordó la madre en el baño y dejó caer las manos, llenas de horquillas. Y consideró la cruel necesidad de amar. Consideró la malignidad de nuestro deseo de ser felices. Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y el número de veces en que habremos de matar por amor. Entonces, miró al hijo sagaz como si mirase a un peligroso desconocido. Y sintió horror de su propia alma que, más que su cuerpo, había engendrado a aquel ser apto para la vida y para la felicidad. Así fue que miró ella, con mucha atención y un orgullo incómodo, a aquel niño que ya estaba sin los dos dientes de adelante: la evolución, la evolución haciéndose diente que cae para que nazca otro, el que muerda mejor. «Voy a comprar una ropa nueva para él», resolvió, mirándolo, absorta. Obstinadamente adornaba al hijo desdentado con ropas finas, obstinadamente lo quería bien limpio, como si la limpieza diera énfasis a una superficialidad tranquilizadora, obstinadamente perfeccionando el lado cortés de la belleza. Obstinadamente apartándose y apartándolo de algo que debía ser «oscuro como un mono». Entonces, mirando al espejo del baño, la madre sonrió intencionadamente fina y pulida, colocando entre aquel su rostro de líneas abstractas y la cruda cara de Pequeña Flor, la distancia insuperable de milenios. Pero, con años de práctica, sabía que este sería un domingo en el que tendría que disfrazar de sí misma la ansiedad, el sueño y los milenios perdidos.

En otra casa, junto a una pared, se dieron al trabajo alborotado de calcular, con cinta métrica, los cuarenta y cinco centímetros de Pequeña Flor. Y fue allí mismo donde, deleitados, se espantaron: ella era aún más pequeña de lo que el más agudo en imaginación la inventaría. En el corazón de cada uno de los miembros de la familia nació, nostálgico, el deseo de tener para sí aquella cosa menuda e indomable, aquella cosa salvada de ser comida, aquella fuente permanente de caridad. El alma ávida de la familia quería consagrarse. Y, entonces, ¿quién ya no deseó poseer un ser humano solo para sí? Lo que es verdad no siempre sería cómodo, hay horas en que no se quiere tener sentimientos:

—Apuesto a que si ella viviera aquí, terminaba en pelea —dijo el padre sentado en la poltrona, virando definitivamente la página del diario—. En esta casa todo termina en pelea.

—Tú, José, siempre pesimista —dijo la madre.

—¿Ya has pensado, mamá, de qué tamaño será el bebé de ella? —dijo ardiente la hija mayor, de trece años.

El padre se movió detrás del diario.

—Debe ser el bebé negro más pequeño del mundo —contestó la madre, derritiéndose de gusto—. ¡Imaginadla a ella sirviendo a la mesa aquí en casa! ¡Y con la barriguita grande!

—¡Basta de esas conversaciones! —dijo confusamente el padre.

—Tú has de concordar —dijo la madre inesperadamente ofendida— que se trata de una cosa rara. Tú eres el insensible.

¿Y la propia cosa rara?

Mientras tanto, en África, la propia cosa rara tenía en el corazón —quién sabe si también negro, pues en una naturaleza que se equivocó una vez ya no se puede confiar más—, algo más raro todavía, algo como el secreto del propio secreto: un hijo mínimo. Metódicamente, el explorador examinó, con la mirada, la barriguita madura del más pequeño ser humano. Fue en ese instante que el explorador, por primera vez desde que la conoció, en lugar de sentir curiosidad o exaltación o victoria o espíritu científico, sintió malestar.

Es que la mujer más pequeña del mundo estaba riendo.

Estaba riéndose, cálida, cálida. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba teniendo la inefable sensación de no haber sido comida todavía. No haber sido comida era algo que, en otras horas, le daba a ella el ágil impulso de saltar de rama en rama.

Pero, en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso a una acción —y el impulso se había concentrado todo en la propia pequeñez de la propia cosa rara—. Y entonces ella se reía. Era una risa de quien no habla pero ríe. El explorador incómodo no consiguió clasificar esa risa, y ella continuó disfrutando de su propia risa apacible, ella que no estaba siendo devorada. No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. En tanto ella no estaba siendo comida, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría. El explorador estaba perturbado.

En segundo lugar, si la propia cosa rara estaba riendo era porque, dentro de su pequeñez, una gran oscuridad se había puesto en movimiento.

Es que la propia cosa rara sentía el pecho tibio de aquello que se puede llamar Amor. Ella amaba a aquel explorador amarillo. Si supiera hablar y le dijese que lo amaba, él se inflaría de vanidad. Vanidad que disminuiría cuando ella añadiera que también amaba mucho el anillo del explorador y que amaba mucho la bota del explorador. Y cuando este se sintiera desinflado, Pequeña Flor no entendería por qué. Pues, ni de lejos, su amor por el explorador —puédese incluso decir su «profundo amor», porque, no teniendo otros recursos, ella estaba reducida a la profundidad—, habría de quedarse desvalorizado por el hecho de que ella también amaba su bota. Hay un viejo equívoco sobre la palabra amor y, si muchos hijos nacen de ese equívoco, muchos otros perdieron la única posibilidad de nacer solamente por causa de una susceptibilidad que exige que sea de mí, ¡de mí!, que el otro guste. Pero en la humedad de la floresta no existen esos refinamientos crueles y amor es no ser comido, amor es hallar bonita una bota, amor es gustar del color raro de un hombre que no es negro, amor es reír del amor a un anillo que brilla. Pequeña Flor guiñaba sus ojos de amor y rió, cálida, pequeña, grávida, cálida.

El explorador intentó sonreírle en retribución, sin saber exactamente a qué abismo su sonrisa contestaba, y entonces se perturbó como solamente un hombre de tamaño grande se perturba. Disfrazó, acomodando mejor su sombrero de explorador, y enrojeció púdico. Se tornó de un color lindo, el suyo, de un rosa-verdoso, como el de un limón de madrugada. Él debía de ser agrio.

Fue, probablemente, al acomodar el casco simbólico cuando el explorador se llamó al orden, recuperó con severidad la disciplina de trabajo y recomenzó a hacer anotaciones. Había aprendido a entender algunas de las pocas palabras articuladas de la tribu y a interpretar sus señales. Ya lograba hacer preguntas.

Pequeña Flor le respondió que «sí». Que era muy bueno tener un árbol para vivir, suyo, suyo mismo. Pues —y eso ella no lo dijo, pero sus ojos se tornaron tan oscuros que ellos lo dijeron—, es bueno poseer, es bueno poseer, es bueno poseer. El explorador pestañeó varias veces.

Marcel Petre tuvo varios momentos difíciles consigo mismo. Pero, al menos, pudo ocuparse de tomar notas. Quien no tomó notas, tuvo que arreglarse como pudo:

—Pues mire —declaró de repente una vieja cerrando con decisión el diario—, yo solo le digo una cosa: Dios sabe lo que hace.


Clarice Lispector

Escritora brasilera.

Todos los cuentos

 Editorial Siruela. 

Traductora: Elena Losada.


Links relacionados:

Clarice Lispector: entrevistas
Clarice Lispector: web oficial


¡El ARTE SI SALVA! Ponencia con el artista Rolando Peña “El principe negro” / ARCADIA, sábado 24 de abril de 2021

 





¡El ARTE SI SALVA!
Ponencia con el artista Rolando Peña “El principe negro” @rolandoart.work
Ya tenemos fecha para la ponencia con Rolando Peña
Fecha: Sábado 24 de Abril 2021
Hora: 15:00h 🇦🇷 🇺🇾 🇨🇱
2:00 pm 🇻🇪 🇺🇸 (Miami)
1:00 pm 🇵🇦 🇨🇴
19:00h 🇪🇸
Evento gratuito, enlace de la ponencia ⬇️
Sobre el artista:
Rolando Peña es un artista conceptual de las Américas. Ha desarrollado un extenso material de trabajo dentro del Teatro, danza, cine, escultura y multimedia a través de la unión del arte, la tecnología y la ciencia. Peña ha colaborado con destacados escritores de teatro, intelectuales, curadores y astrofísicos tales como Andy Warhol, Allen Ginsberg, Pierre Restany, José Ignacio Cabrujas y Claudio Mendoza entre otros.
Desde los años 80 hasta el presente, Peña ha trabajado una monumental obra sobre el petróleo, que se ha convertido en un icono del arte contemporáneo. Su trabajo, asociado con el conceptualismo, se ha convertido en una crítica de la sociedad de consumo, y especialmente, a la explotación del petróleo. Ha vivido en Nueva York, París y Caracas, ciudades en donde ha mostrado su trabajo en varias exposiciones individuales y colectivas, con experiencias de performance, de instalaciones y de arte en lugares públicos.
Peña ha participado en exposiciones internacionales, bienales (como la Bienal de Venecia) y museos en grandes ciudades de todo el mundo donde ha recibido honores y premios. En 1982, Peña recibió el CAPS, una beca de NYC. En 2009, The Guggenheim Foundation lo honró con una beca para su proyecto Make Oil Green.
En 2017, Peña ha sido reconocido en Estados Unidos como uno de los precursores del cine experimental de América Latina. Ism Ism Ism: Los Angeles Filmforum: Cine Experimental en América Latina es el nombre del primer festival de este tipo y donde se presentaron dos de sus películas: La Cotorra No. 2 y Diálogos con Che. Esta última fue dirigida por José Rodríguez Soltero y presentada en los Festivales de Cine de Cannes y de Berlín en el año 1969.

Pilu Velver: "La otra mitad"

 





"Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar" 





Gracias a Cecilia Bellorín y a Armando Africano por haberme enviado el afiche y el video.


Ana Cacopardo presenta en Spotify "Alerta que camina": entrevistas a feministas y transfeministas de las tres Américas, marzo 2021

 



Ya se pueden escuchar y descargar los primeros nueve episodios del ciclo de podcast “Alerta que camina” de Ana Cacopardo, con entrevistas a activistas feministas y transfeministas de Chile, Bolivia, México y Guatemala. Disponibles en Spotify: http://bit.ly/AlertaPodcast.

No se los pierdan. Siempre es un aprendizaje escuchar a Ana Cacopardo y a sus entrevistadas.



Ana Cacopardo es una periodista, presentadora, realizadora audiovisual, guionista y documentalista, nacida en Argentina, donde vive y conduce el ciclo de televisión "Historias Debidas" en el Canal Encuentro, que también les recomendamos ver. Ha ganado varios premios.






Fuente: Ana Cacoparo y Wikipedia

La editorial Arte & Presencia lanza el libro "Clown Gestalt, el viaje del antihéroe" de Néstor Muzo el próximo 8 de marzo de 2021

 



LAS PRESENTACIONES PRESENCIALES SERÁN EN:
  • MéxicoJueves 25 de Marzo, 19 horas (CAE Puebla, Puebla de Zaragoza)
  • MadridLunes 12 de Abril, 18 horas. Con la presencia de Paco Peñarrubia (Sede de la SGAE, Sala Manuel de Falla) *reserva ya tu invitación!
  • ArgentinaSábado 22 de Mayo (Ciudad de Córdoba)
Este libro no deja de ser una carta de navegación para dirigirnos a nuestra esencia, utilizando el lenguaje del payas@ como medio artístico y la terapia gestalt como herramienta facilitadora, para incursionar en un proceso personal al que denomino “el viaje del antihéroe”.
Si estás o perteneces al ámbito de las artes, la salud, la educación... o sencillamente eres alguien que siente curiosidad por ampliar su manera de ver y estar en el mundo,
esta publicación te puede servir de inspiración y guía.
Aquí puedes adquirir tu ejemplar
o en la Librería de Gestalt, calle Arenal 22 3º izq. - Madrid.  
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Vida con Mamá, de Elisa Lerner, con Aura Rivas y Mimí Sills, dirección Ibrahim Guerra, producción general Carlos Giménez, Caracas, 1990

 



Todas las obras que presentaba Rajatabla bajo la dirección de otro director o directora que no fuera Carlos Giménez, estaban producidas por él aunque él no apareciera en los créditos. 

Aura Rivas, de pie, y Mimí Sills. Foto Miguel Gracia










Todas las fotos: Miguel Gracia




Fuente:

Ed. Monte Avila 1991-Presidencia de la República

Pablo Cassina

Viviana Marcela Iriart