Poemas de este libro han sido leídos, publicados e inspirado obras musicales en Conmemoraciones del Holocausto en Europa y América
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Ediciones Choroní edita una versión económica para América Latina del poemario de Beatriz Iriart "Te he soñado tanto LIBERTAD-I have dreamed of you so much FREEDOM", dedicado a las víctimas de la Shoa, en versión bilingüe español-inglés
Poemas de este libro han sido leídos, publicados e inspirado obras musicales en Conmemoraciones del Holocausto en Europa y América
Y ASÍ PASÓ... DORIS WELLS , MAS ALLÁ DE ANA / por Jairo Carthy - Caracas 25 de Enero de 2026
La película Ana, Pasión de Dos Mundos marcó un hito inolvidable en mi carrera. Fue una oportunidad de compartir escena con grandes figuras del cine. Por el lado español, el talento y la presencia de Juan Luis Galiardo y una joven adolescente que ya brillaba como estrella: Maribel Verdú. Y, representando a mi amada Venezuela, nada menos que la primera actriz Doris Wells, junto a otras actrices y actores de inmensa trayectoria.
En su época, esta fue la producción más costosa jamás filmada en Venezuela, una ambiciosa coproducción entre España, Venezuela y también Colombia, de este último país se sumaron dos actores de gran prestigio al elenco principal.
La historia nos transportaba a la fascinante década de los años veinte. Esto significó que cada pieza de vestuario, maquillaje y decoración fue confeccionada con un rigor histórico impresionante. Podría escribir páginas enteras sobre la magnitud de esta experiencia, pero hoy quiero centrarme en un suceso que lo transformó todo, cambiando mi perspectiva sobre muchas cosas.
El filme comienza en España, en una majestuosa casa que funge como prostíbulo. Allí reside Charo (Doris Wells), la Madame que regenta el negocio, y Ana (Maribel Verdú), la favorita de muchos clientes, incluido un rico hacendado que vive en Venezuela, Fabián (Juan Luis Galiardo). Como una de las muchas exigencias de Ana para viajar a Venezuela, es que Fabián le construya una réplica exacta de la casa española, y tenía que viajar con ella todas sus compañeras de “trabajo”. Y así se hizo en la vida real, la producción de la pelicula la construyó en las afueras de Calabozo. La fidelidad era tal que el equipo español, que semanas antes había rodado algunas escenas en la locación original, no podían creerlo. La casa era la protagonista, aunque en mi historia personal, la verdadera protagonista estaba por revelarse.
Cuando leí el guion, me sorprendió que Doris Wells aceptara el rol de Charo. Era un papel protagónico, sí, pero muy diferente a todo lo que había hecho en su extensa y respetada carrera. La trama nos lleva a Venezuela, donde las prostitutas y su Madame se aventuran a probar el “negocio más antiguo del mundo” en los llanos venezolanos.
La escena de la llegada era monumental. Nuestros personajes arribaban en barco al puerto de La Guaira, recreando fielmente el ambiente de los años veinte. Un bote nos llevaba a tierra firme, donde Charo y Ana desembarcaban. Allí estaba yo, interpretando a Felipe, el fiel sirviente de Don Fabián, cuya misión era convertirse en la sombra, protector y cuidador de Ana. Cien extras vestidos de época, un mercado reconstruido con minucioso detalle... todo era color y bullicio que asombraba a las recién llegadas al trópico.
Todo se ensayó a la perfección. Filmamos tomas secundarias y llegó el momento de la escena principal: mi encuentro con las "Damas", la bienvenida y el diálogo entre Ana y Felipe el cual observa Charo.
- ¡Acción!
Aunque ya había filmado otras escenas, la verdad es que estaba embargado por el nerviosismo y la ansiedad de que todo saliera impecable. Marchaba bien. Doris y Maribel, se acercaban a mi y Ana me preguntaba: - ¿Y tú eres Felipe? ¿Dónde está Fabián?. Yo respondía:- ¡Ah! Usted debe ser Ana, la señorita Ana, quiero decir...
De repente, - ¡Corten!
Todo se paralizó. No entendía lo que pasaba, pero había que repetirla. Esto significaba volver a colocar a todos los extras, a las actrices en el barco... ¡empezar de cero! De nuevo, - ¡Corten! Y así, una y otra vez.
Con cada repetición, el nerviosismo aumentaba, y la espontaneidad inicial se desvanecía. El ambiente se tensó; era la hora del almuerzo, el calor era asfixiante bajo esos trajes y el maquillaje. La desesperación crecía al no avanzar. Cerca de la décima repetición, justo antes de dar la acción, el camarógrafo se acercó a mí y, casi gritando frente a todos, me dijo:
- Jairo, no te muevas. Di todo lo que tengas que decir aquí. Yo moveré la cámara y todo saldrá bien.
Mi rostro debió ser de total incredulidad. Él se apresuró a explicar: - La Señora te está tapando (refiriéndose a Doris Wells). No sé por qué se mueve, pero te tapa totalmente. Hagámoslo como te digo, aunque ella te tape, yo me moveré con la cámara y la escena saldrá.
Con esa sensación de desconcierto y duda, filmamos la toma.
- ¡Corten! ¡Listo, queda esa toma! - anunció el productor - ¡Corte de comida!
Yo miraba a Doris Wells; ella solo sonreía. Maribel me miraba, como diciendo: ¿Qué acaba de pasar?.
La polémica escena de la película
Fui directo a hablar con el director, Santiago San Miguel. Le agradecí la oportunidad, pero fui tajante: - Ha sido maravilloso trabajar para ti, pero con esa señora no sigo. Tenemos demasiada relación como personajes, y no voy a vivir el infierno que acabo de pasar por su culpa
.
Una muy querida amiga, quien tenía uno de los personajes pincipales y era la esposa del Director , Perla Vonasek, me tomó del brazo: - Ven acá, mi amor, cálmate. Tienes toda la razón, pero vamos a conversar y a relajarnos. Este calor es insoportable. ¿Nos tomamos una cerveza bien fría?
Y me convenció. No quería perjudicar la producción, pues sustituir mi personaje implicaría repetir muchas escenas. El siguiente llamado era para el día siguiente, la continuación de la llegada de las "Damas"a Venezuela.
Llegué a la Casa Guipuzcoana, en La Guaira, el punto de reunión, bastante nervioso. Tenía que enfrentar a Doris Wells, y sabía que no sería fácil. Apenas me vio, se acercó: -Hola, mi amor, te estaba esperando. Ven, siéntate aquí conmigo, en mis piernas, como cuando eras niño.
En ese instante comprendí que Perla y Santiago habían hablado con ella. Intenté excusarme, sintiendo la mirada de todo el mundo: - Disculpe, pero no me parece, no entiendo…
- Ven, no te dé pena. Pena me debería dar a mí por lo que pasó ayer. De verdad, no sé qué me pasó, la repetidera me parecía divertida, pero ven, siéntate.
Me senté en sus rodillas, para no contradecirla, y poco a poco me fui rodando hasta que quedamos compartiendo la silla.
- Ya sé que eres el hijo de Ramón Carthy. Me recordé que él te llevaba muchas veces a Radio Caracas Televisión cuando eras niño y siempre te sentabas en mis piernas, y conversábamos los dos. Han pasado muchos años, y ahora estamos juntos en este proyecto. Te prometo que nada parecido volverá a pasar. Lo que pueda hacer por ti, solo pídemelo y lo tendrás.
Y así fue. A partir de ese momento, fuimos inseparables.
Nos fuimos varias semanas a Calabozo para rodar en el famoso set de la casa. La mayoría del elenco era citado a las 5 de la mañana, ella, por su nombre y trayectoria, llegaba a las 7 a.m., y yo con ella, pues mi preparación era sencilla. El trayecto hasta la locación, de una hora, se convirtió en el escenario de nuestra gran amistad. Yo le repasaba los parlamentos; ella, ¡imagínense!, me pedía consejos sobre su personaje. Durante la filmación, yo estaba atento a su bienestar. Descubrí a una mujer increíblemente divertida, de una belleza deslumbrante y con un glamour y una clase poco comunes. Era fascinante verla transformarse al actuar, encarnando a esa Madame interesada en el dinero, capaz de vender a las jóvenes al mejor postor.
Aprendí muchísimo a su lado. Hicimos planes, muchísimos planes. Ella soñaba hacer una miniserie junto a Marina Baura y Carlos Mata, la que sería su despedida como actriz, y yo trabajaría con ella en la producción. Aunque siempre le recordaba: - Acuérdate que lo mío es actuar.
-Claro, Jairo, eso lo sé. Ya verás la cantidad de cosas que vamos a hacer, eres muy talentoso y con esa voz, todas las puertas se te abrirán.
Pero no fue así. Ninguna de esas puertas se pudo abrir. El destino había trazado un final precipitado con una enfermedad incurable que la estaba consumiendo y no lo sabíamos.
Una mañana, mientras esperábamos el taxi en el lobby del hotel para nuestro encuentro diario, me dijo: - No sé qué me pasa, tengo un dolor terrible en el pecho. Seguro que dormí mal . Fui de inmediato a la cocina y pedí que le prepararan un té de anís estrellado. - Tómate esto, Doris, seguro que son gases, te va a aliviar . Y, en efecto, la alivió… por unas horas.
Le tocaban las escenas más fuertes de su personaje, justo cuando todo en la trama comenzaba a desmoronarse. Y el mismo drama se replicaba en la vida real, donde la enfermedad iba destruyendo lentamente a este maravilloso ser que en apenas una semanas nos habiamos hecho inseparables. Repasábamos la letra; yo veía que por momentos le costaba respirar, pero al pararse en el set y enfrentarse a Fabián, la adrenalina hacía su magia, y la fuerza y el coraje de Charo brotaban con intensidad. ¡Cómo la admiraba! Era increíble verla, aunque por dentro, sabía que cada vez estaba peor.
Este texto es un humilde homenaje a un ser maravilloso, lleno de alegría, de vida, y de planes y proyectos que, con el tiempo, se volvieron sueños truncados. Un homenaje a la gran actriz, a la gran mujer. Conocí aspectos suyos que nadie sabía. Al regresar al hotel, siempre poníamos en el taxi a Wilfrido Vargas y, junto a Cristina Reyes, otra excelente actriz y amiga valiosísima, ibamos moviendonos al ritmo del merengue todo el camino.
Recuerdo que le alegró mucho saber que mi padre vendría ese Diciembre e hicimos planes para que se encontraran de nuevo y ver juntos la pelicula. Pero nada de eso sucedió. Yo tenía que regresar a Caracas tres días antes de que finalizara las filmaciones. De repente, cambiaron el plan de rodaje: un avión vino a buscarla. No quiso volver a ver a nadie. Se fue apagando, poco a poco. No llegó a ver su película y yo, nunca más la volvi a ver.
Esta no es solo una anécdota de cine; es la memoria de cómo una de las figuras más grandes de nuestra pantalla se detuvo, me miró y me tomó de la mano. Ese gesto en la silla, ese abrazo sutil después del conflicto, no fue solo un acto de disculpa, sino el inicio de una amistad genuina que me regaló las lecciones más valiosas sobre el arte, la humanidad y la fragilidad de la vida. Aún resuena en mí su voz llena de promesas y fe en mi talento.
Aunque el destino le impidió concretar esos sueños, Doris Wells me abrió una puerta mucho más importante que cualquier oportunidad profesional: la puerta de la confianza y el afecto incondicional. La recuerdo con el ritmo alegre de Wilfrido Vargas, con su belleza imponente y con esa promesa de un futuro que hoy, sin ella, se convierte en el recuerdo más dulce y emotivo de un set de filmación que ya es eterno.
Y así pasó …
Jairo Carthy
Y ASÍ PASÓ ... "TARA, POESÍA DEL MUSEO", por Jairo Carthy / Caracas, 4 de Enero de 2026
Trabajar en la Ópera de Caracas era una aventura, pero estar en el Museo del Teclado con el equipo de la Dirección de Música de Fundarte era, literalmente, vivir una comedia constante.
¿Recuerdan la anécdota de “La Escuelita”? Pues con ese mismo combo protagonizamos una de las experiencias más delirantes que he vivido. Todo empezó el día en que al Museo , ese lugar solemne que solía estar más solo que la una (porque nadie iba a ver la colección de pianos), le llegó un cargamento misterioso.
Consistía en un montón de cajas y una estructura metálica giratoria, enorme y pesada. Parecía un artefacto de la NASA. Cuando abrimos las cajas, ¡sorpresa!: eran las ediciones de poesía de Fundarte. La estructura era un exhibidor para que el público (ese que no iba) pudiera girarlo y elegir un libro.
Todo iba sobre ruedas hasta que Ana Cecilia Abreu soltó la bomba:
—¿Pero ustedes ya vieron cómo son estas "poesías"?
Corina Michelena, con su honestidad de siempre, respondió:
—Ni idea, a mí no me gusta la poesía.
Pero Armando Africano, que aunque era de la Ópera estaba pendiente, agarró un libro, lo hojeó y casi se va de espaldas:
—¡No puede ser que esto sea poesía!
Nelly Zerpa se acercó intrigada:
—¿Qué pasa, Armando? ¿Tienen errores?
—¡Peor! — respondió él—. ¡Es que cada página tiene una sola frase!
Yo no lo podía creer. Agarré otro ejemplar pensando que era un error de imprenta, pero qué va... una página decía una frase, la siguiente tenía tres palabras y la otra estaba casi en blanco.
- ¡Qué loquera! - exclamé -. Si esto es ser poeta, nosotros somos los próximos candidatos al Premio Nacional de Literatura.
Y ahí fue cuando la genialidad de Armando lanzó el plan maestro:
- ¿Y por qué no escribimos nuestro propio libro de poemas? Si ellos cobran por esto, nosotros también podemos.
-¿Pero quién nos va a patrocinar? - preguntó Ana Cecilia.
- ¡Eso es lo de menos! - dijo Armando. Primero la obra, después la fama.
Nos fuimos cada uno a su escritorio con una concentración sospechosa. Si alguien hubiera entrado en ese momento, habría pensado: "¡Caramba, qué eficiente es este equipo!".
Pero la realidad era que estábamos pariendo versos absurdos entre carcajadas contenidas.
Uno de los nuestros, Luis Salmerón (un fotógrafo guapo y talentoso), no participaba pero nos veía desde la barrera. Luis era un torbellino: iba de Parque Central al Ballet, del teatro a la oficina, nunca se quedaba quieto. Armando decía que parecía una "Tara" (ese saltamontes inquieto que nadie puede atrapar).
¡Y listo! Ya teníamos título para nuestra obra cumbre: "¡TARA!". Y como subtítulo le pusimos la frase más intensa e incongruente que se nos ocurrió: “He visto temblar la alegría”.
Nuestra musa involuntaria terminó siendo Isabel Palacios. Ella estaba en Nueva York y, como siempre, al volver nos reunió para contarnos sus andanzas. Nos habló emocionada de haber escuchado a Kiri Te Kanawa y de cómo, al salir del teatro con un frío de muerte, se encontró unos guantes negros de cuero en el taxi, que le salvaron la vida.
Mientras ella hablaba, nosotros nos cruzábamos miradas cómplices. Cada detalle de su viaje terminaba convertido en un "poema" de nuestro libro:
“Como gotas de rocío… cayeron guantes pal frío”.
“Kiri Te Kanawa, la loca de Tacagua. La karateca loca ataca”.
“La niña enferma… de prístinos paisajes”.
“Y aquello parecía…”.
Cualquier frase, mientras más incoherente fuera, mejor quedaba en nuestro poemario. Eran muchísimos, pero lamentablemente el manuscrito original está perdido entre uno de los baúles de recuerdos de Armando, pero todos daban mucha risa y lo mejor es que fue un trabajo colectivo del grupo.
Cuando terminamos sacamos una copia para cada uno; no pusimos un poema en cada página como era la diagramación de los libros a la venta, pues no teníamos mucho presupuesto para estas travesuras, y se lo dimos a leer a cada persona de nuestro entorno: cantantes, profesores, pianistas, alumnos, que se morían de la risa. Fue algo muy divertido.
Quiero hacer un paréntesis necesario: siento un profundo respeto por el arte de escribir y por mis amigos poetas, esos arquitectos del alma que logran conmovernos con la palabra exacta. Disfruto muchísimo de la buena poesía, la que tiene profundidad y sentido. Nuestra aventura no era una crítica al oficio, sino una reacción llena de
asombro ante lo incomprensible: no podíamos entender cómo una frase aislada y vacía de significado pretendía ser un poema.
Isabel Palacios, cuando descubrió el libro no lo podía creer, terminó aceptando con una sonrisa que nuestra creatividad no tenía límites… ni sentido común.
Al final, entre versos locos y risas, nosotros también vimos temblar la alegría.
Y así pasó…
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