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Comentarios sobre textos casi inéditos de Viviana Marcela Iriart, Dra. Susana D.Castillo, San Diego State University, California, Estados Unidos, octubre 2009


Viviana Marcela Iriart. Buenos Aires, febrero 2012




Desde el estreno de PUERTA ABIERTA AL MAR (2007, Venezuela), la creación literaria de la periodista argentina-venezolana Viviana Marcela  Iriart ha empezado a  darse a conocer de manera edificante. El exitoso montaje de PUERTA...., producido por Benjamín Cohen en el Ateneo de Caracas, resultó un hecho fortuito para poner de relieve la existencia de una serie de textos no sólo teatrales sino también novelísticos y poéticos de Iriart. La publicación de estas obras por una editorial reconocida esta aún por darse pero gracias a la comunicación cibernética, los fragmentos de sus obras y datos específicos sobre su acuciosa y sistemática labor están siendo apreciados  en un círculo internacional cada vez más respetable. Basta incursionar por las secciones de Escritoras Unidas (blogspot) para captar la entrega y compromiso de esta creadora.






De sus textos merece mención aparte su novela LEJOS DE CASA (1983) ya que constituye el trabajo germinal de su producción toda. En ella, una joven estudiante argentina, expatriada por la dictadura militar, proyecta la visión del entorno que abruptamente se le da  al incursionar en otras esferas culturales (primero en Venezuela y luego en Estados Unidos), vivencias estas que dejarán una lacerante huella de resonancias múltiples en la protagonista. Es de anotar que LEJOS...., de apoyatura autobiográfica, está enmarcada dentro de la etapa de álgidas luchas por los derechos civiles que brotaron  irrefrenables en todo el hemisferio.  La marca del exilio, ese desarraigo por el que ya no se está en su sitio en ningún lado, será una constante predominante en las creaciones de Iriart, proyectada en variadas exploraciones estilísticas y diversos géneros que irán desde unos “casi” poemas, como le ha llamado su autora, hasta  su novela UNA CIERTA MIRADA, fluida y transgresora, pasando por una tersa adaptación teatral de una entrevista de la autoría de Truman Capote.

Estos pliegos casi inéditos de Iriart (su publicación privada no ha pasado de cien ejemplares) giran alrededor de los temas de la pérdida, el desencuentro, la represión de regímenes dictatoriales, la violencia institucionalizada y sobretodo, el desconcierto ante los efectos alienantes de la misma en las relaciones humanas. El tema de la pasión, como eje de sus creaciones, surgirá con mayor relevancia más tarde concordando con la actitud renovadora e irreverente que caracteriza la escritura de Iriart.

Dentro de la producción poética, la autora explora con intensidad y con soltura varios registros. Así, se perciben hallazgos metafóricos en los  destellos tiernos y evocativos que afloran en poemas tales como los incluidos en LA CASA LILA (novela, 2002).



Pasan tres niños pequeños montados en un viejo caballo grande.
Pasa la niña que fui yendo a la escuela en sulky.
Los niños ríen, son felices.
También yo lo era, entonces.
Se paran delante de una mora rozagante de frutos
y las manitas revolotean en el aire, desesperadas.
El caballo pasta, tranquilo, indiferente a sus brincos.
La mora baja sus ramas para amamantar
a los niños con su leche negra.



Pero hay también un tono fustigador en expresiones poéticas recientes, como en “Este país,” (2009), donde su lenguaje se torna más directo y su mensaje, grave.

Este país huele a sangre.
Camino sobre sus muertos.
El crujir de sus huesos hiere.
Este país, tan hermoso, huele a muerte.
Este país es mi muerte.

La autora revela en sus artículos periodísticos (y en su blog) las influencias literarias que han hecho mella en su obra creativa así como los íconos de las últimas décadas que han despertado su interés. Ambos aspectos van a fundirse de manera decisiva en su producción literaria. De ahí que no sorprenda que Iriart, quien admira la figura y obra de Truman Capote, elabore (junto a Leonardo Losardo) la recreación teatral de una entrevista de tan controvertido personaje. El texto original en cuestión es “Vueltas nocturnas o sugerencias sexuales de dos gemelos siameses” material incluido en MUSIC FOR CHAMELEONS (1975), dedicado a Tennessee Williams.

La adaptación de Iriart y Losardo, “Truman” (1997), recoge con fidelidad las reflexiones y dudas del impredecible escritor en una entrevista que éste se hiciera a si mismo. Se dice que Andy Warhol, quien entonces dirigía la revista “Interview,” le propuso a Capote el realizar una serie de entrevistas a las grandes figuras del momento en un afán de motivar la productividad de éste. “Vueltas...” es una de esas entrevistas. Sin pensarlo dos veces, Capote se entrevistó a si mismo porque tenía conciencia del sitial que su figura había llegado a adquirir dentro del núcleo social e intelectual del momento.

El aporte de Iriart y Losardo en “Truman” consiste en la hábil construcción de un tercer personaje: Truman, a los sesenta años, encarando el fin de su asombrosa trayectoria vital. Así, a este tercer personaje se le adjudican los parlamentos más complejos e incisivos, más sagaces y esclarecedores. Bien se ha señalado que la vida del autor norteamericano estuvo llena de éxitos, notoriedad y escándalos (causados por sus adicciones y su abierta homosexualidad) con los que Truman trataba tal vez de compensar su abandono infantil, causado por el suicidio de su madre, circunstancia que lo corroía sin tregua. A esto se añadiría  un  sentido de culpabilidad que surgiría en relación con la obtención y uso del material medular de A SANGRE FRIA, obra que logró  su consagración literaria definitiva. En efecto. la crítica considera su “novela de no ficción” IN COLD BLOOD, una obra transformativa de la concepción del reportaje. Bien anuncia la contratapa del libro que su prosa es “de un gran brío estilístico” asociado sólo con las grandes ficciones. De hecho, la reciente película realizada en Hollywood sobre la atormentada y genial vida de Truman Capote registra el autocuestionamiento del autor al utilizar las  confidencias de dos reos involucrados en un sonado crimen. Los acusados fueron  ejecutados seis años más tarde de sus conversaciones con Capote, lapso de tiempo que el autor debió esperar para publicar dicho material como parte innovadora de su reportaje. Es de suponer que esto contribuyó a que los últimos años de su vida se convirtieran en entradas y salidas de hospitales y programas de rehabilitación. Iriart y Losardo, conscientes de las resonancias explosivas recogidas en  “Vueltas nocturnas....”, insertan la adaptación teatral al final de la travesía de Capote logrando con ello agregar dinamismo al conflicto del texto original. La obra cierra con un tango en la voz de Susana Rinaldi, otro ícono que Iriart atesora.

La pasión como tema central del texto se da claramente en UNA CIERTA MIRADA (1994) donde la autora disecta el misterio de una atracción irrefrenable entre sus dos personajes centrales. De manera más que oportuna, Iriart nos relata, paso a paso y desde las páginas tomadas de los diarios de la pareja, los altibajos por los que atraviesan ambos personajes hasta cerciorarse de la correspondencia emotiva. El recurso de exponer los dos diarios, en forma alterna, elimina la necesidad de un narrador formal para el relato y lo que es más importante, produce un tono de inmediatez e intimidad entre el texto y  los lectores cómplices. 

Es fácil advertir la admiración de Viviana Marcela Iriart por la obra de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi cuya producción ha circulado exitosamente después de la etapa literaria del boom. Y esta afinidad no es casual. Sus preferencias creativas las acercan como en el caso específico de UNA CIERTA MIRADA. Con ella comparte, en gran medida, su escogencia temática del amor obsesivo. Con ella además  coincide en la utilización de los géneros literarios sin rigidez, en la expresión de un erotismo franco y disfrutable, en sus ideales por la igualdad de la mujer. Es de señalar que en su trayectoria vital, ambas escritoras han sido afectadas de raíz por dictaduras represivas y llevan con ellas la ruptura del exilio. 

La trama de la novela consiste en la interacción de dos mujeres, Gal y Francesca, quienes se resistirán inicialmente a una relación sentimental  por la extrañeza que produce en Gal una interacción lesbiana y por el temor de ambas ante la reacción prejuiciada del entorno social. El texto es corto, ligero, ágil y aun lúdico, proyectado en trazos impresionistas. Hay pinceladas luminosas de ternura y de libido mezcladas con tonos grises de pesadillas, vestigios de violencia que se han quedado ancladas en la memoria, y de la confrontación con los preceptos religiosos y sociales de ese presente. El lenguaje se mantiene fluido de principio a fin y se hace uso de las metáforas de tipo sensorial en profusión  para proyectar el clima de erotismo que irradian sus personajes.

Tanto en la creación poética como en la concepción de sus obras teatrales y su producción novelística, Viviana Marcela Iriart viene definiendo cada vez con mayor rigor la temática y el lenguaje idóneo para sus válidas exploraciones literarias. Es de esperar que estos textos tengan pronta acogida en las casas editoriales comerciales para lograr la difusión amplia que ameritan.


San Diego State University,
San Diego, California,
octubre 2009



ENTREVISTAS, Vol. II, de Viviana Marcela Iriart: Carlos Giménez, Luisa Richter, Mariana Rondón, Beatriz Iriart, Dinapiera Di Donato, Roland Streuli, María Lamadrid, Sonia Zilzer, Ediciones Choroní, abril 2026

 

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"Este segundo volumen de ENTREVISTAS reúne a un grupo excepcional de creadoras y creadores cuyas vidas son un legado de coherencia y talento.

Desde la inmortal genialidad teatral de Carlos Giménez hasta la palabra inspirada de Beatriz Iriart y Dinapiera Di Donato; desde la luz venezolana captada
por Luisa Richter hasta las narrativas visuales de Roland Streuli y Mariana Rondón.

En estas páginas también vibra el coraje de María Lamadrid frente a la adversidad por no tener su merecido lugar en la sociedad solo por su color, y la custodia de la memoria histórica de Sonia Zilzer ante los testimonios de sobrevivientes del Holocausto. Aunque algunos de ellos ya no nos acompañan físicamente, sus voces permanecen intáctas. Les invitamos a redescubrirlos a través de sus propias reflexiones, el único puente capaz de mantener vivo y vigente su mensaje". Jairo Carthy, escritor.



Dos nuevos libros de José Pulido, Premio Internacional de Excelencia 'Ciudad del Galateo - Antonio De Ferraris', Italia, 2024: quien no lo leyó no conoce a la POESÍA, Ediciones Choroní, 2026

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Dos libros de Beatriz Iriart: "Te he soñado tanto LIBERTAD" y " LA MUERTE QUIERE...": si no los lees no sabes lo que es Poesía

 

SIEMPRE SE ESCUCHARÁN SUS PASOS EN LA ESCENA, por José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis”, Italia 2024: prólogo del libro "CARLOS GIMÉNEZ MEMORY biografía" de Viviana Marcela Iriart

 






El Soneto 6 de William Shakespeare podría recitarse hoy en la tumba de Carlos Giménez, de Carlitos, como lo llamábamos y lo seguiremos llamando quienes tuvimos su amistad y el privilegio de verlo trabajando una obra de teatro, oficio que realizaba con la misma pasión que pusieron en boga los hombres y las mujeres que amaron el teatro y lo convirtieron en una magistral expresión del alma.

 

SONETO 6 DE SHAKESPEARE

 

No dejes que la cruda mano invernal estrague

ese verano tuyo sin que antes se destile:

conserva tu esencia en un precioso envase,

antes de que el tesoro más bello se aniquile.

 

No es vedada usura usar así la vida,

y alegra a quien paga la renta de buen grado;

hacer de ti una copia lo mismo supondría,

y si son diez por una, diez veces contentado.

 

Y más feliz diez veces aún te sentirías

si en otros diez iguales diez veces te copiases:

¿Entonces, al marcharte, la muerte qué haría

si a ti como heredero viviente te dejases?

 

No seas obstinado, que toda tu excelencia

ni Muerte ni gusanos obtengan por herencia

 

 

LA CONDICIÓN HUMANA

 

La condición humana, la sinceridad plena respecto a la condición humana. Lo que la gente no había advertido en su diario vivir. Eso le interesaba sobremanera a Carlos Giménez y lo expresaba en el teatro que organizaba y creaba sobre el escenario.

Él era un panorama humano, un destello de vida que no se apagaba. Y el fenómeno creador que lo acompañó desde siempre no resultaba fácil de descubrir pero cuando se avizoraba su fortaleza para dirigir, su magia para conmover era imposible dejar de admirar y querer lo que hacía.

El mundo podría estar encerrado en un frasco y Carlos lo miraría desde afuera y Carlos lo recorrería desde adentro y todo el cristal que el frasco usaba como envoltorio desaparecería cuando Carlos invocara la visión teatral.

Ese es uno de los puntos esenciales de lo que él sabía realizar: invocar la visión teatral y conseguir que la más alta expresión humana funcionara en un escenario y trascendiera hacia todos los senderos del alma.

Creo que Viviana Marcela Iriart fue una de sus amigas más observadoras, una de las más acuciosas y apasionadas a la hora de valorar lo que él lograba en la escena. Ella pudo mirar más profundamente en él, ella lo analizó como quien estudia las emanaciones del lenguaje que jamás deja de brillar.

Viviana Marcela ha logrado establecer una memoria sólida, irreductible, con su escritura y su noble deseo de que el olvido nunca toque la obra de Carlos Giménez. Ella es la muestra más clara y justa de lo que en última instancia anhela un creador en el arte: que alguien sea intensamente impresionado por la obra y haga posible que su recuerdo no desaparezca.

Porque en el teatro los escenarios se vacían y se vuelve a llenar con piezas, actores, escenografías, directores y dramaturgos, pero siempre hacen eso: se vacían y el público también va, viene y cambia: a veces para retroceder porque cada público debe comenzar de cero, desde el principio.

Viviana Marcela Iriart consigue que los nuevos públicos se empapen con las virtudes y la peculiaridad de Carlos Giménez, un hombre de teatro que se entregó tanto a esa pasión como cualquiera de los grandes teatreros que existieron transformaron en gran voz universal el lenguaje de las tablas.

No solo fulguraba en el oficio de hacer teatro, sino también en la propuesta existencial de amar el teatro. Hablando de pronto sobre el ángulo de una obra, Carlos Giménez podía extraer de sus sensaciones y conocimientos frases enriquecedoras que clarificaban cualquier niebla, que desenredaban cualquier madeja. Sus palabras salidas del hondo conocimiento de la escena, hacían más visible el alma de cualquier dramaturgo, de cualquier creador. Convertía en seres cotidianos a Shakespeare, Ibsen, Chejov, Ionesco, a cualquiera.

 

La biografía que ha realizado Marcela Viviana Iriart es una puerta amplia por donde es posible entrar al mundo de Carlos Giménez y amar más el teatro junto con él. Inclusive, hasta quienes no lo conocieron sabrán en algún momento que Carlos Giménez forma parte sustancial del teatro porque siempre se escucharán sus pasos en la escena.

 

© José Pulido

Diseño de portada del libro: Jairo Carthy

Próximamente publicado por Ediciones Choroní

 


Texto inédito de José Ignacio Cabrujas sobre Rolando Peña para la presentación del libro Mene Digital, Caracas, 6 de mayo de 1993.

 



 

Esta noche tengo regocijo en la memoria, tal vez porque recordar es un estupendo placer de la inteligencia. Sobre todo recordar a quien ha sido buen compañero de vida, gente de trecho en trecho, como debería ser la gente.

Treinta años me separan hoy de una noche en la Plaza Carabobo. Román Chalbaud y yo, saliendo de un fracasado ensayo en un fracasado teatro, elucubrando una fracasada película. Y allí, frente a la Policía Técnica Judicial, como se verá, un pésimo sitio, estaba Rolando Peña a golpe de una de la mañana, recitando a todo lo que le daba la memoria un deprimente monólogo de Antón Chejov que para nada le iba a quien en ese momento me pareció apenas un mocetón atarantado. Era “El Canto del Cisne”, no el de Rolando, sino el de un viejo actor ruso harto precisamente de su fracaso.

Así lo vi, tenso y, sobre todo, intenso, pronunciando a manera de conjuro, invocando el anhelo de Stanislavsky, unas palabras a mitad de escena y totalmente absurdas en la aspereza de la Plaza Carabobo: “Este hueco, negro, ay Misha, se ha tragado los mejores años de mi vida, mi juventud, mis ilusiones”. Se refería Chejov a la oscura platea de un gran teatro, sin espectadores ni testigos. Pero dicho por Rolando, frente a la Petejota, no pude menos que renovar en mi vida, el sentido de ese hueco que en ese instante sonaba a país agujero, a Caracas agujero y, sobre todo, a lo que nos aguardaba pero que aún no éramos capaces de medir en barriles, sino en vulgares hoyos.

De todas maneras era un mal augurio y una blasfemia contemplar a un joven, declamando sobre el fracaso de un anciano. Ese día, Rolando estuvo a punto de ofrecerme unos cuantos carajazos al intuir que yo ponía en duda su talento histriónico. Pero la cosa no pasó a mayores tal vez por la cercana presencia del Poder Judicial.

Román lo conocía. Tanto, que había sido actor en una de sus primeras películas: me refiero a “Cuentos para Mayores” donde Peña aparecía de muchachón moderno y despreocupado caminando por las calles de un Petare colonial medianamente exótico. Entonces usaba franelita y exhibía los bíceps a lo West Side Story. Pero nada de Leonard Berstein. Puro Chelique Sarabia y sobre todo puro Héctor Cabrera, puro “Rosario”, luz del día o del cielo y el impudor de Román transformando todo aquello en serenata de postigo y calle empedrada, como Guanajuato o San Miguel Allende.

Entonaba Cabrera, Rosario, dispuesto a cortejar a una chica casadera, y Rolando hacía de bulto en segundo plano, de acompañante del galán como en las viejas películas mexicanas cuando Negrete, acompañado de unos cuantos Peñas sindicalizados, proclamaba su amor por la sin par Gloria Marín. Insólito comienzo para quien esta noche se nos presenta como legítimo artista de vanguardia. ¿Qué otro artista plástico del mundo o de este agobiado continente debutó de sombra, de relleno de imagen, de miembro anónimo de un combo telúrico?

Esa noche, superada la antipatía, Rolando nos llevó a una de sus casas que eran múltiples y dependientes de las compañías femeninas. En esa oportunidad se trataba de la residencia de una ciudadana argentina, vestida de satén, y dispuesta a ofrecernos, cosa que hizo, lo juro, una infusión de yerba mate servida en su correspondiente cazuelita. Yo estaba asombrado, no sólo porque era la primera vez que consumía yerba alguna, sino por la conducta estrafalaria de éste a quien después se le conoció como El Príncipe Negro, paseándose por aquel apartamento convertido en estancia pampera, donde de un momento a otro podía irrumpir algún gaucho de boleadoras, sin mayor asombro.

Siempre he tenido por norma que conocer a una persona es preguntarle qué hace, puesto que en Latinoamérica no existe ninguna otra posibilidad de definir a un ser humano. Rolando me aseguró que era actor accidental, pero sobre todo bailarín contemporáneo y cuando traté de imaginarlo alado, príncipe de Giselle, consorte del Hada de Azúcar o Espectro de la Rosa, procedió a decirme que lo suyo era la vanguardia y que por esa razón pertenecía al polémico grupo de Grishka Holguin, bailarines de pies sucios, enemigos de cualquier zapatilla y de ésos que ensayan en mono y se arrastran por el piso elevando el torso cada vez que se refieren al infinito, o a la soledad, o a la bomba de hidrógeno o a la polución o a la mala vida.

Así lo conocí y años más tarde o tal vez meses más tarde, puesto que soy incapaz de recordar fechas, volví a topármelo, esta vez en la Universidad Central de Venezuela, ahora de malla y toalla atravesada. Ese día me propuso un espectáculo llamando Testimonio. Según su propia ocurrencia, íbamos a compartir el formidable escenario de la Facultad de Arquitectura, él con una coreografía sobre muerte, violencia y guerrilla, obligación de los sesenta, y yo, con un monólogo aún inédito denominado Terrible Situación de un Necrófago. Y así se hizo, más por su pasión, que por mi escepticismo. Así me obligó al punto de amenazarme con unos cuantos coñazos de fallar yo en mi escritura o en mi capacidad de memoria.

La coreografía de Rolando según pude enterarme en el último ensayo, consistía en unos pasos y revolcones febriles, aunque, dicho en su honor, casi siempre verticales y en la proyección Kodak de unas diapositivas con manchas y explosiones de sangre y muertos, reflejadas en su pecho, en su espalda, su cabeza y hasta en su culo, como si todo él fuese un depósito de violencia, de Fidel Castro, de Sierra Maestra y hasta la victoria siempre.

Aquello fue un delirio consagrante a los ojos del cenáculo vanguardista de la Facultad de Arquitectura, Vaticano de las audacias. A punto estuvimos de salir en hombros de fanáticos que ese día nos proclamaron como auténticos reyes de un sonido nunca escuchado, de un cuerpo nunca visto, de una palabra nunca dicha.

Guardo en mi memoria la noche de Testimonio como el mejor regalo que he recibido de este artista.

Después fue escucharle sus coreografías teóricas en el rebelde Cafetín de la Facultad de Ingeniería. Como por ejemplo aquel día que el Príncipe me relató una idea para ser realizada en el Aula Magna con la música de El Lago de los Cisnes. Quería Rolando inspirarse en los movimientos de Petipa y reproducir nada menos que los cuatro o cinco actos de tan singular partitura, solo que danzada, en lugar de balletistas, nada menos que por Adriano González León en el rol de El Príncipe, por Elisa Lerner caracterizada de El Cisne Negro y por Salvador Garmendia resolviendo los complicados fuetes del Embajador de China. Deseaba allí, Rolando, traer al Aula Magna una buena parte de los mendigos y locos de la ciudad, encabezados por el hermosísimo y rubicundo Luis Lucsick, interpretando el papel de Brujo Malvado que tanto daño le hace al amor.

 Pretendía mi amigo que yo me desempeñase en el rol de El Bufón y que el actual Ministro de Relaciones Interiores, Jesús Carmona, hiciese el papel de El Chambelán. Como es natural, el espectáculo no encontró ni acogida ni mucho menos financiamiento, pero a los pocos días, este hermoso amigo a quien siempre conseguí con un proyecto, me propuso algo más cercano. Era el tiempo de Henry Miller y esas horribles traducciones argentinas donde el órgano sexual masculino suele llamarse “picha”, miseria cultural de aquel momento. Así, en la Sala de Conciertos de la UCV, presentamos el aguerrido Peña y este servidor, un espectáculo de danza y palabra denominado Homenaje a Henry Miller, donde Rolando, torso desnudo, mallas negras y este servidor, vestido de lo que era, es decir, de intelectual resentido, interpretábamos las infinitas y jactanciosas sexualidades parisinas del gringo renegado.

No había música. Rolando bailaba y yo leía. Rolando bailaba al filo de la palabra, bailaba lo que decidía, sin proyecto, sin idea, a lo que diera, pero sobre todo, a lo que sucediera. Treinta y tantos solidarios, casi siempre arquitectos, nos saludaron con vítores en un espectáculo que jamás logró llenar las butacas de la Sala de Conciertos, pero que fue calificado de intransigente y osado.


Desde allí fue la vida. Cada vez que Rolando ha tenido a bien decirme que es pintor o artista plástico o como se le quiera llamar, tiendo a no creer del todo en esa cédula. Me cuesta trabajo reducirlo. Rolando es artista, simplemente. Ni plástico, ni de goma. ni de madera, sino de temperamento, por no decir de rabia. Sin él, no podríamos explicarnos o, lo que es peor, no podríamos relatarnos. Rolando es un provocador en el más riguroso sentido de la palabra, es decir, aquel que estimula, aquel que molesta. Aquel que no se resigna. Rolando supo mantenerse como atractivo de una aldea frente a la cual se convirtió en disonancia. Verlo, o mejor dicho, presenciarlo, es creer en un espectáculo, no sé si de arte, no me importa, pero sí del ser humano, que sí me importa.

Están aquí, ahora cuando lo celebramos, los barriles que somos, la simple y sensata reducción que alguien ha hecho de nuestra vida. Barril que es tosco como somos y dorados como se nos dice. Barril adorno, y barril cuenta.

No habrá pájaros ni árboles ni mares en el arte de este excepcional ciudadano. Nadie los busque. Sólo el relato, casi frío, casi austero de lo que nos permite existir a pesar de nosotros mismos. La historia de un país que desde 1922 se cuenta por barriles, es decir, por recipientes.

Viéndolos aquí, apilonados, vuelvo a repetirme la misma pregunta: ¿Qué hay adentro ahora que Rolando los ha convertido en fachada? ¿Qué es ese líquido allí guardado? ¿Qué parte de nosotros mismos contienen?

Testimonio y homenaje: allí vivimos, allí nos hierven, nos procesan, nos refinan, nos exportan.

Pero Rolando ha tenido el decoro de no mostrar el contenido. Tan solo la fachada.

 

 

 

José Ignacio Cabrujas

Centro Cultural Consolidado

Caracas 6 – 5 – 1993


Fuente: Mene Digital-Rolando Peña