la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


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(Re) Descubriendo a Lillian Hellman: fragmentos de Julia (Pentimento), Tiempo de Canallas y de Una Mujer Inacabada /biografía, entrevistas, artículos













"He tenido mucho tiempo para pensar en el amor 
que sentía por Julia, demasiado fuerte y demasiado complicado para 
definirlo sólo como los anhelos sexuales
 de una muchacha por otra"



La pintura vieja en un lienzo, a medida que envejece, a veces se vuelve transparente. Cuando eso ocurre, es posible, en algunas imágenes, ver las líneas originales: un árbol se mostrará a través de un vestido de mujer, un niño deja paso a un perro, un barco grande ya no está en mar abierto. Eso se llama pentimento porque el pintor, "arrepentido", cambió de idea. Tal vez sería bueno decir que la vieja concepción, reemplazada por una elección más adelante, es una manera de ver y luego ver de nuevo. Eso es todo lo que quiero decir sobre la gente en este libro. La pintura ha envejecido y yo quería ver lo que estaba allí para mí,  qué hay para mí ahora.

Siempre sé por lo que toca a mi memoria: sé cuando puedo confiar en ella y cuando algún sueño o fantasía entró en la vida; y el sueño, la necesidad del sueño, distorsiona lo que aconteció... Pero confío absolutamente en lo que recuerdo de Julia.

He tenido mucho tiempo para pensar en el amor que sentía por Julia, demasiado fuerte y demasiado complicado para definirlo sólo como los anhelos sexuales de una muchacha por otra. Y, no obstante, existían con toda seguridad.


Jane Fonda y Vanessa Redgrave en Julia, versión de Pentimento.



No tengo notas de mi diario de aquel viaje, sino sólo el recuerdo de estar viendo una cara reconstruida que no ocultaba la herida de cuchillo que discurría por el lado izquierdo. El hombre de la funeraria me explicó que había estado intentando cubrir la cuchillada de la cara, pero que yo debía ver la heridas del cuerpo si quería ver un revoltijo que no se podía disimular. Abandoné el lugar y me quedé en la calle durante un rato.


© Lillian Hellman
Pentimento















"La verdad lo convertía a uno en traidor, 

como a menudo sucede en tiempos de canallas"


No tengo claro el año en que yo, que siempre había sido una especie de rebelde sin causa -no sólo en el sentido en que lo fue gran parte de mi generación, sino por haber visto a la familia de mi madre enriquecerse y solidificar su fortuna a costa de los negros pobres- me di cuenta de que en mi rebeldía había algunas tiernas raíces políticas. Creo que todo comenzó con mi descubrimiento del nacional-socialismo, durante mi estadía en Bonn, Alemania, tratando de inscribirme en la universidad. Necesité meses para comprender lo que estaba escuchando. Entonces, por primera vez en mi vida, reflexioné sobre el hecho de ser judía. Pero no era únicamente el anti-semitismo lo que me impresionaba. Era escuchar, en boca de gente de mi propia edad, los alardes de conquistadores confiados, los redobles de la guerra.


(...)


Innumerables vidas estaban siendo arruinadas, y pocas voces se levantaron en su defensa. ¿Desde cuándo era necesario estar de acuerdo con alguien para defenderlo de la injusticia? Nadie en su sano juicio hubiese pensado que los sinólogos, por ejemplo, acusados y despedidos de sus puestos en el Departamento de Estado, hicieron algo más que darse cuenta de que Chiang Kai-shek estaba perdiendo la guerra. La verdad lo convertía a uno en traidor, como a menudo sucede en tiempos de canallas.


© Lillian Hellman

Tiempo de Canallas








LILLIAN HELLMAN



Nueva Orleans, 1905 - Martha's Vineyard, 1984.

Una de las grandes dramaturgas  y escritoras del siglo XX de Estados Unidos, fue también una destacada y comprometida activista contra el racismo, el fascismo, el nazismo, la guerra de Vietnam.  

Alguna de sus obras más conocidas y exitosas:  Pentimento (1973) , novela autobiográfica llevada al cine con el nombre de Julia e interpretada por Jane Fonda y Vanessa Redgrave, que ganó 3 Oscars en 1977; Tiempo de Canallas (1976) , texto autobiográfico sobre la persecución del macartismo; The Children's Hours (1934) , obra de teatro, la historia de dos profesoras acusadas de lesbianismo, estrenada con gran éxito en el teatro el mismo año y llevada al cine dos veces: en 1936, interpretada por Miriam Hopkins y Merle Oberon, y la segunda de 1962, con Audrey Hepburn y Shirley McLaine de protagonistas.  The Little Foxes (1939),  un descarnado retrato de la hipocresía de una familia clase media, estrenada en teatro  y llevada al cine en 1941, con la actuación de Bette Davis,  y   Watch on the Rhine (1941), obra de teatro,  una denuncia del nazismo, estrenada en 1941 y también llevada al cine un año después con el mismo nombre e interpretada por Bette Davis. También escribió las obras autobiográficas: An Unfinished Woman: A Memoir  (Una mujer incompleta) (1969);  Maybe  (Quizá) (1980) y Three  (memorias) (1980), entre otros textos.

Estudió en la Universidad de Columbia y en la Universidad de Nueva York.  En 1936 quiso estudiar en la universidad de Berlín, pero se lo impidió el antisemitismo generado por el nazismo.

En 1937 viaja a España a apoyar a los republicanos y junto con Ernest Hemingway y John Dos Passos escribe el guión de The Spanish Earth, uno de los más estremecedores documentales sobre la Guerra Civil Española, que presenta  la lucha de los milicianos y de los movimientos campesinos.

En 1939, en plena explosión del nazismo, viaja a Viena  y arriesga su vida para salvar la vida de personas judías  (ella era judía por parte de padre): lleva dinero en forma clandestina, que comprará la vida de esas personas. El dinero es de su amiga Julia, luchadora contra el nazismo, quien la recibe en esa ciudad y es asesinada poco tiempo después.  Lillian Helllman cuenta esta historia en Pentimento, llevada al cine como Julia en 1977.  Lillian Hellman  fue ovacionada de pie en la entrega de los oscars.

En 1952 fue perseguida por el macartismo y como se negó a testificar en contra de sus colegas, el gobierno de Estados Unidos le congeló sus bienes y  la incluyó en la lista negra que le impedía trabajar.  Lillian Hellman tuvo entonces que trabajar como empleada en una tienda para poder sobrevivir.  Hellman cuenta esa historia en Tiempo de Canallas.

En 1956 el músico Leonard Bernstein le pide que escriba el libreto de la opereta Candide, cuya música estaba componiendo. La obra se estrena con gran éxito en 1957.

Lillian Hellman enseñó en Harvard y Yale y recibió el New York Drama Critics Circle Award, la Medalla de Oro de la Academy of Arts and Letters for Distinguished Achievement in the Theater y el 
National Book Award.

Fue guionista, agente publicitario y crítica literario. Se casó una vez, se divorció y  en 1930 empieza una relación amorosa (y a veces laboral)  con el escritor Dashiell Hammett, que dura 30 años, hasta la muerte de éste.

Sus obras

Teatro



Cine



Novelas y Textos biográficos




Editora



Algunos de sus libros en español (compra): aquí


























UNA MUJER CON ATRIBUTOS
(An Unfinished Woman)
Lillian Hellman 



Fragmento y prólogo




A Hannah, Dick y Mike

1

Nací en Nueva Orleans; mi madre, Julia Newhouse, de Demopolis, Alabama, se enamoró, y continuó enamorada, de Max Hellman, cuyos padres habían llegado a Nueva Orleans con la inmigración alemana de los años 1845-1848 y allí tuvieron a sus hijos: mi padre y sus dos hermanas. Mucho antes de nacer yo, la familia de mi madre se trasladó de Demopolis a Cincinnati y luego a Nueva Orleans, ambas ciudades convenientes, supongo, para tres muchachas casaderas.
Pero mi primer recuerdo los sitúa en un gran apartamento de Nueva York: mis dos tías jóvenes y muy guapas; su taciturno hermano de rostro adusto, y la mujer callada, poderosa, severa, que era su madre, Sophie Newhouse, mi abuela. Sus hijos, sus criados, todos sus parientes, a excepción de su hermano Jake, la temían, y otro tanto me ocurría a mí. Ya de pequeña me disgustaba sentir ese miedo y fanfarroneaba para protegerme de él.
El apartamento de los Newhouse poseía, en la calidad de los objetos y en la actitud de las personas, ese talante de la clase media alta que nunca llega a tener verdadero estilo. Un ambiente pesado pendía sobre las preciosas habitaciones ovaladas. Ciertamente, había fiestas para mis tías, pero las fiestas, a juicio de una niña que atisbaba desde el cuarto de los criados, resultaban tan calladas que durante mucho tiempo estuve convencida de que en las ocasiones especiales los adultos movían los labios sin emitir ningún sonido. Los días posteriores a la fiesta se oían anécdotas emocionantes sobre los nuevos pretendientes, pero estos no eran nunca lo bastante buenos y las fiestas, sin duda, no eran lo suficientemente buenas para quienes podrían haberlo sido. Por otra parte estaba la comida de los domingos, a veces con la asistencia de tíos y tías abuelos, llenas de manifiesta maledicencia sobre quién tenía más dinero, o quién lo gastaba con excesiva prodigalidad, quién heredaría qué, quién había comprado una alfombra que duraría eternamente, quién una joya de la que más le valdría haber prescindido. Eran reuniones corporativas, en las que mi abuela ocupaba el inesperado puesto de vicepresidenta. El presidente era su hermano Jake, el único ser humano ante el que la vi ceder. Al principio pensé que eso se debía a que él era más rico y se encargaba de lo que llamaban administrar el dinero de ella. Pero se trataba de una explicación demasiado sencilla: era un hombre con una gran fuerza, proclive, al igual que ella, a doblegar el espíritu de la gente por el mero placer de ejercitarse. Pero también era ingenioso, tenía bastante mundo y consideraba que sus maquinaciones financieras eran naturales no solo para su propio provecho, sino también para el del país, lo cual le parecía cómico. (Solo una vez tuve verdadero contacto con mi tío Jake: cuando a los quince años acabé el colegio, me regaló un anillo que llevé a una casa de empeños de la calle Cincuenta y nueve, me dieron veinticinco dólares y me compré libros. De inmediato fui a decírselo, pues ese día, creo, decidí que alguna vez debía producirse la ruptura. Se me quedó mirando y al cabo de un rato se rió y pronunció las palabras que más tarde usé en The Little Foxes: «Veo que a pesar de todo tienes carácter. Casi todos los demás están hechos de almíbar».)
Pero aquel apartamento de Nueva York que visitábamos varias veces por semana, la casa de veraneo adonde acudíamos una vez al año en calidad de hija y nieta pobres, me convirtió en una niña airada y me provocó para siempre una desenfrenada prodigalidad mezclada con respeto hacia el dinero y quienes lo poseen. Las épocas de respeto estuvieron cargadas de autodesprecio y siempre cometí mis peores errores durante esos períodos. Sin embargo, una vez escrita y sepultada The Little Foxes, ese conflicto perdió importancia, de la misma manera que la imagen de la familia de mi madre se iría desdibujando hasta casi desvanecerse.
No dejaba de ser natural que mi primer afecto se dirigiera hacia la familia de mi padre. Él y sus dos hermanas eran libres, generosos, divertidos. Pero, del mismo modo que yo pintaba a toda la familia materna de un solo color, consideraba excesivamente extraordinaria a la familia de mi padre, y más tarde volví ambos juicios extremos contra mi madre.
En realidad mi madre era una excéntrica de carácter dulce, la única mujer de clase media que he conocido que no rechazó la clase media —eso habría constituido un acto de voluntad—, sino que la esquivó de todas todas. Le gustaban la vida sencilla y las gentes sencillas, y habría sido más feliz, creo, de haber permanecido en la atrasada zona rural de Alabama, cabalgando a sus anchas los caballos de los que hablaba tan a menudo, en lugar de añorar toda su vida a los hombres y las mujeres negros que le enseñaron la única religión que conoció. Yo ignoraba qué decía cuando movía los labios en una iglesia baptista, en una catedral católica o, más raras veces, en una sinagoga, pero estaba claro que era posible hallar a Dios en todas partes, pues varias veces a la semana nos deteníamos en una iglesia, la que fuera, y al parecer se sentía a gusto en todas.
Pero las naturalezas simples también pueden ser complejas, y eso crea problemas a los niños, que desean que todos los adultos sean nítidamente una cosa u otra. Me desconcertaba e irritaba la pasividad de mi madre porque se combinaba con una inquebrantable obstinación. (Mi padre no fue considerado un marido adecuado para una muchacha rica y guapa, pero el profundo temor que mi madre sentía hacia la suya no logró vencer su profundo amor por mi padre, si bien debido a ese mismo temor mis tías no se casaron nunca y mi tío no contrajo matrimonio hasta que murió su madre.)
Daba la impresión de que mamá solo hacía lo que quería mi padre y, sin embargo, vivíamos tal como ella quería que viviésemos. Deseaba fervientemente retenerlo y complacerlo, pero las protestas de mi padre no lograban alterar las extrañas manías ya identificadas por Freud. La hechizaban las ventanas, las puertas y las estufas, y muchas veces se pasaba hasta media hora ante ellas, o al salir de casa se empeñaba en volver mientras la esperábamos en la calle hiciera el tiempo que hiciese. Y traía a casa tristes señoras de mediana edad que conocía por casualidad en un banco del parque, para que llenaran de miserias la sala de estar: relatos sencillos de enfermedades, de pobreza o de soledad a lo largo de la tarde acababan a menudo con una invitación a cenar, con gran fastidio por parte de mi padre.
Recuerdo una ocasión en que pintaron nuestro apartamento y la semana que en principio debía durar el trabajo se alargó hasta convertirse en tres porque uno de los dos pintores, un hombre bajito y enfermizo con acento italiano, no tardó en descubrir que mi madre era una oyente comprensiva. Cumpliendo con su deber, se subía a la escalera a las nueve de la mañana, pero a las once ya estaba sentado en el sofá con el cuento de la joven esposa que murió de parto, el niño que se había quedado en Italia, la madre enferma y medio muerta de hambre que vivía en la Toscana, las noches en Nueva York, donde no conocía a nadie con quien comer o charlar. Después del almuerzo, que preparaba nuestra malhumorada cocinera irlandesa y que servía mi madre para ocultar el malhumor de la otra, el pintor se encaramaba otra vez a la escalera y pintaba durante un par de horas, mientras mi madre le instaba a que dejara de trabajar y saliera a disfrutar de un día agradable al sol. Una vez, hacia el final de la larga tarea —el otro pintor no volvió después de los primeros días—, regresé a casa con varios libros de la biblioteca y me molestó encontrar al pintor instalado en mi silla preferida. Me detuve en el umbral y, mientras miraba enfadada a mi madre, el pintor le preguntó:
—Su hija. ¿Cuántos años?
—Quince —respondió mi madre.
—En Italia, quince no es joven. ¿Está sana?
—Muy sana —afirmó mi madre—. Los de su generación tienen los pies más grandes que nosotros.
—Lo pensaré —dijo el pintor—. Ya le diré algo.
Advertí que mi madre no entendía a qué se refería, pues sonrió y asintió con la cabeza como hacía siempre que sus pensamientos estaban en otra parte, pero yo me enfurecí y se lo conté a mi padre durante la cena. Él se rió y yo me levanté de la mesa, aunque después le dijo a mi madre que el pintor no debía volver por casa. Unos años después, cuando llevé a cenar a un joven apuesto y despreocupado que se emborrachó como una cuba e insistió en descender por el muro del edificio desde nuestro apartamento del octavo piso, mi padre, que lo miraba desde la ventana, comentó: «Tal vez deberíamos intentar localizar a ese pintor de paredes italiano». Mi madre llevaba cinco años muerta cuando comprendí que yo la había querido muchísimo.
Mi parto había sido peligrosamente mal llevado por un elegante doctor de Nueva Orleans y a ella le quedó el permanente temor a volver a pasar por el trance, de modo que fui hija única. (Veintiún años después, estando yo casada y encinta, sintió el mismo temor por mí y no ocultó su satisfacción cuando perdí al bebé.) Yo tenía treinta y cuatro años, había estrenado dos obras con éxito y llevaba catorce o quince años bebiendo mucho aun teniendo un cuerpo que se llevaba mal con la anarquía, cuando un médico me habló de los problemas que afectaban a los hijos únicos durante toda su vida. Ciertamente necesitaba que un médico me revelara la violencia y el desorden de mi vida, si bien siempre supe qué poderes tenía una hija única. No fui más mala ni menos generosa ni más desagradable que otros niños, pero no acababa de encontrar el equilibrio en un mundo en el que sabía cuán importante era para otras dos personas que sin duda me amaban por lo que era, pero que también disfrutaban utilizándome para atacarse mutuamente. Creo que no lo hacían de manera consciente, en general se trataba de bromas afectuosas, aunque pronto descubrí que las chanzas de mi padre sobre lo mucho que le gustaba el dinero a la familia de mi madre, sobre cómo mi abuela materna había cortado las alas a sus hijos, sobre su deseo de considerarnos —a él y a mí— unos vagabundos ajenos a la familia y sin valor en el mercado, eran más que simple choteo. Deseaba conquistarme para que me pusiera de su lado, y lo consiguió. Era un hombre atractivo, ocurrente, irascible, orgulloso, y —como intuí muy joven pero no supe con certeza hasta mucho después— en su vida hubo otras mujeres. Por lo tanto sus ataques a la familia de mamá no obedecían siempre a los motivos invocados.
Cuando yo tenía unos seis años, mi padre perdió la importante dote de mi madre. Nos mudamos a Nueva York y fuimos pobres de solemnidad hasta que por fin él comenzó a ganarse bien la vida como viajante de comercio. Durante aquel tiempo regresamos cada año a Nueva Orleans para pasar seis meses con sus hermanas. Por lo tanto me trasladaban de la escuela de Nueva York a la de Nueva Orleans sin prestar atención a la época del año o la calidad del colegio. Esta constante necesidad de adaptarme a dos mundos muy distintos convirtió mi formación académica en una especie de frenético partido de tenis, unas veces contra niños que golpeaban con fuerza y brillantez, otras contra niños que apenas sabían sostener la raqueta. Este es posiblemente el motivo por el que nunca destaqué en la escuela ni en la universidad y la razón de que deseara que me dejaran en paz para poder leer a solas. Descubrí a muy temprana edad que ante cualquier otra prueba que no fuera la lectura conseguía saltar con gracia y facilidad el primer obstáculo, pero caía de bruces al correr hacia el siguiente.

2

En la parte del jardín donde la casa hacía esquina se alzaba una gran higuera que tres encinas situadas delante de ella y a los lados impedían ver desde la pensión de mis tías. Supongo que no descubrí los placeres de la higuera hasta los ocho o nueve años y, aunque después he vivido en muchas casas, algunas de ellas construidas para mí, todavía la considero mi primer y más querido hogar.
En aquella extraña vida mitad en Nueva York y mitad en Nueva Orleans, no tardé en advertir que a mis profesores de Nueva Orleans les incomodaba porque iba adelantada respecto a mis compañeros de clase, y que a mis profesores de Nueva York les irritaba porque iba demasiado atrasada. Pero en Nueva Orleans encontré una solución: hacía novillos al menos una vez a la semana, y con frecuencia dos veces, a sabiendas de que nadie se preocuparía ni se molestaría en dar cuenta de mi ausencia. Aquellos días salía muy arreglada hacia la escuela, con los zapatos de hebilla bien lustrados y un elegante sombrero para protegerme de lo que llamaban «el clima», con mis libros y una cestita llena de deliciosos manjares que mi tía Jenny y Carrie, la cocinera, me preparaban para el almuerzo. Doblaba en la bocacalle, seguía hasta Saint Charles Avenue y me quedaba sentada en un banco como si esperase un tranvía, hasta que los huéspedes de la pensión y los vecinos se habían ido a trabajar o retirado para el descanso que todas las señoras del Sur consideraban necesario después del desayuno. Entonces corría hacia la higuera, ocultándome detrás de los arbustos para asegurarme de que no me amenazaba ningún peligro en la casa. La higuera era grande, sólida, acogedora, y con el tiempo llegué a convencerme de que me quería, me echaba de menos cuando yo no estaba y aprobaba todos los aparejos que había dispuesto para los días felices que pasaba en sus brazos: tenía un columpio para dejar los libros de texto, una cuerda para izar la cesta del almuerzo, un agujero para guardar la botella de refresco que tomaba por la tarde, una caña de pescar y una maloliente bolsita de carnada añeja, una almohada bordada con el retrato de Henry Clay montado a caballo que le había robado a la señora Stillman, huésped de mis tías, y un colgador de verdad para dejar el vestido y los zapatos y tenerlos limpios cuando regresara a casa.
En aquel árbol aprendí a leer, inundada de las pasiones que solo experimentan los amantes de los libros, ávida, muy joven, desconcertada por casi todo lo que leía, sudando para tratar de entender un mundo de adultos del que huía en la vida real pero al que deseaba desesperadamente incorporarme en los libros. (No relacionaba los hombres y las mujeres adultos de la literatura con los que veía a mi alrededor. Constituían una especie distinta para mí.)
En la higuera descubrí que me entusiasmaban todos los seres que vivían en el agua. Cierto es que el agua era agua de alcantarilla y que la pesca difícilmente podía llamarse así; a veces las cosas que flotaban en las acequias de Nueva Orleans no eran bonitas, pero yo no sabía qué era bonito y todas me gustaban. Después del almuerzo —los huéspedes varones regresaban a la pensión para una buena comida y una siesta— la calle volvía a ser un lugar seguro, con solo el ruido de Carrie y sus ayudantes en la cocina, y tenía la certeza de que jamás pasarían del porche trasero o del gallinero. Entonces bajaba de mi árbol para sentarme junto a la acequia con mi caña y la carnada. Con frecuencia atrapaba algún cangrejo que había subido desde el golfo, más a menudo pescaba mi presa preferida, la langosta, y a esa hora segura a veces conseguía al menos seis para mi cesta. Hacia las dos y media, cuando la casa y la calle empezaban a animarse de nuevo, regresaba a mi árbol y durante otro par de horas leía, dormitaba o pasaba lo que yo llamaba la hora enferma. Ha transcurrido demasiado tiempo y ya no recuerdo por qué consideraba «enferma» esa hora, pero desde luego no me refería a un malestar físico. Creo que pensaba en un atisbo de tristeza, un primer reconocimiento de que había tanto que entender que tal vez nunca se llegaba a encontrar el camino, y los primeros indicios, quizá, de que ese camino no sería fácil para un carácter como el mío. No estoy segura de que sintiera todo eso entonces, pero sé con seguridad que estaba subida en la higuera cuando, unos años más tarde, me sorprendió por primera vez el conflicto que me perseguiría, me perjudicaría y me beneficiaría durante el resto de mi vida: simplemente, el deseo obstinado, incesante, imperioso de estar sola y el encontronazo con el deseo de no estar sola cuando no quería estarlo. Ya intuía que los demás no lo tolerarían, aunque, siendo hija única, durante el resto de mi vida actué como si a mí me lo toleraran y debieran tolerármelo.
Me gustaba mucho más la temporada en Nueva Orleans que los seis meses que vivíamos en el apartamento de Nueva York. La vida en la pensión de mis tías me parecía extraordinariamente sustanciosa. Y qué curioso conjunto formaba mi familia. Mis dos tías, Jenny y Hannah, hermanas de mi padre, eran mujeres altas y corpulentas, divertidas y generosas, hijas de una tradición alemana culta y refinada, que se habían visto en la necesidad de ganarse la vida y se la ganaban sin quejarse, si bien Jenny, la más guapa y enrevesada, tenía frecuentes arranques de un mal genio interesante. Era raro, pensaba yo entonces, que trataran a mi madre, quien tan a menudo me irritaba, como si fuera una valiosa pieza de loza china llegada de un mundo desconocido para ellas. Y en cierto sentido así era: mi madre procedía de una familia rica, era menuda, de cuerpo delicado y encantadora —en realidad era una mujer fuerte y valerosa, pero tardé años en averiguarlo—, y puesto que mis tías querían mucho a mi padre, se portaban bien con ella y la protegían de los huéspedes de cuna más humilde. Dudo que comprendieran —yo sí lo entendía en virtud de cierta malicia infantil— que disfrutaba con los inquilinos y los escuchaba con la simpatía que Jenny no podía permitirse. Supongo que ninguno de ellos ofrecía gran interés, pero me fascinaba lo que imaginaba que ocurría tras sus puertas.
Advertía que el señor Stillman, un hombre corpulento, desenvuelto y bien parecido, flirteaba con mi madre y desafinaba al cantar. Sabía que un huésped llamado Collie, un hombre demasiado delgado y triste de edad indefinida, trabajaba en el banco de su tío y se emborrachaba todas las noches. Era el preferido de las huéspedes de la pensión, pues creían que no viviría mucho. (Se equivocaban: más de veinte años después, cierta vez que fui a visitar a mis tías ya jubiladas, me lo encontré en el restaurante Galatoire y tenía exactamente el mismo aspecto.) Y había dos hermanas ajadas, sensuales y risueñas que se llamaban Fizzy y Sarah y decían querer a los niños y a todos los árboles. Una vez oí una pelea entre mi madre y mi padre en la que ella dijo que a él le gustaba Sarah. Me pareció indigno de mi madre y me alegré cuando mi padre rechazó riendo la acusación. Decía la verdad por lo que respectaba a Sarah: la que le gustaba era Fizzy, y el día que los vi reunirse delante de un restaurante de Jackson Avenue y subir a un taxi no se borró de mi memoria durante muchos años. Me sentí invadida por una ira ciega, por unas ganas de llorar que no sabía explicar, por la compasión y el desprecio hacia mi madre, por un deseo intenso de seguirles para ver lo que quiera que fueran a hacer y matarles. Al cabo de una hora me arrojé desde la copa de la higuera y me rompí la nariz, aunque no me di cuenta de que me había roto un hueso y solo sentí un dolor espantoso.
Corrí de inmediato en busca de Sophronia, que había sido mi niñera cuando yo era pequeña, antes de que nos mudáramos, o medio mudáramos, a Nueva York. Trabajaba para una familia que vivía en una casa grande a la que había que ir en tranvía desde la nuestra y cuidaba a dos chiquillos pelirrojos a quienes yo detestaba, regocijándome en mis perversos celos. Sophronia fue el primer y más inequívoco amor de mi vida. (Años más tarde, cuando era una muchacha peligrosamente rebelde, mi padre solía decir que, si hubiera podido seguir pagando a Sophronia durante todos esos años, yo habría estado sometida al único control que había llegado a aceptar.) Era una mujer alta, guapa, de tez ligeramente morena —todavía conservo muchas fotos de su rostro meditabundo—, y para mí, como para tantos otros niños blancos del Sur, fue el único anclaje seguro, tan necesario en los primeros años y tan olvidado después. (No ocurrió así en nuestro caso: nos escribimos y nos vimos tan a menudo como fue posible hasta que murió, cuando yo tenía veintitantos años, y la primera paga que gané en mi vida me la devolvió convertida en una cadena de oro.) Mis visitas a Sophronia no eran del agrado de la madre de los dos niños pelirrojos y por eso siempre llamaba a la puerta trasera.
Pero Sophronia no estaba en casa el día que me caí. Me senté en el umbral de la cocina y lloré con la cara entre las manos hasta que la cocinera envió a la doncella a buscarla a Audubon Park. Sophronia acudió, corriendo, creo que por primera vez en su vida de majestuosos movimientos, y se deshizo de los dos pelirrojos. Me llevó a su habitación y me lavó la cara, me palpó la nariz y me tapó la boca cuando grité. Comentó que debíamos ir a ver inmediatamente al doctor Fenner, pero cuando le dije que me había tirado del árbol dejó de hablar del médico, me vendó la cara, me dio una pastilla, me acostó en su cama y se tendió a mi lado. Le conté lo de mi padre y Fizzy y me dormí. Cuando desperté, me dijo que me acompañaría a casa. Por el camino me ordenó que no le contara a nadie lo de Fizzy y que, si al cabo de un par de días todavía me dolía la nariz, me limitara a decir que me había caído en la calle y me negara a responder a cualquier pregunta sobre cómo había sido la caída. A una manzana de la casa de mis tías, nos sentamos en el portal de la iglesia baptista. Sophronia parecía triste y comprendí que la había disgustado. Le acaricié la cara, gesto que siempre había sido mi manera de indicar que le pedía perdón.
—No vayas por la vida creando problemas a la gente —me dijo.
—Si te digo que no contaré lo de Fizzy, es que no lo contaré.
—Corre a casa. Adiós.
Sería un adiós para todo un año, pues había olvidado que regresábamos a Nueva York al cabo de dos días y, cuando telefoneé para decírselo, la mujer para la que trabajaba Sophronia me prohibió que volviera a llamarla. El caso es que pronto olvidé lo de Fizzy y cuando me quitaron la venda de la nariz —se veía distinta pero no muy distinta— nuestro médico de Nueva York dijo que se curaría sola, o cualquier otra tontería aceptada entonces en lo tocante a narices rotas.
Regresamos a Nueva Orleans el año siguiente y en los años sucesivos hasta que cumplí los dieciséis, y esos fueron siempre los mejores períodos de mi vida. La tía Hannah me llevaba cada sábado al cine y después al Barrio Francés, donde comprábamos malolientes libros viejos encuadernados en cuero y ella me contaba cómo era todo aquello en su niñez; me hablaba de mi abuela —yo la recordaba—, una mujer muy alta de rostro severo y arrugado y carácter amable; de mi abuelo, fallecido antes de nacer yo, quien en el retrato que había sobre la chimenea tenía un aspecto demasiado serio y distinguido. Era evidente que, en un mundo de clase media, habían sido una pareja poco corriente, pues siguieron su camino sin pensar demasiado en la posición social ni el dinero, amados y respetados por sus hijos. «Tu abuelo solía decir» era una forma habitual de iniciar una frase y, a pesar de que su palabra había sido ley, permitió, en una época y un lugar poco afectos a los excéntricos, las muchas excentricidades de mi padre y mis tías, hasta el punto de que ninguno de sus hijos supo nunca que eran distintos de los demás. Por ejemplo, un día Hannah se enfadó —fue la única ocasión en que la vi dar muestras de mal genio— porque mi madre insistió en que me terminara la cena; mi tía se levantó, dio un manotazo en la mesa y le dijo a mi madre y a los sorprendidos huéspedes que a los doce años había decidido no volver a comer con otras personas y, en consecuencia, se sentaba en las escaleras del porche delantero, adonde durante dos años mi abuela le llevó la comida en una bandeja, sin hacer ningún comentario; y así las cosas, ¿qué tenía de malo que una vez yo no quisiera acabarme la cena?
Creo que tanto Hannah como Jenny eran vírgenes pero, en tal caso, no parecían en absoluto unas solteronas. Hablaban con simpatía de las personas casadas, eran generosas con los niños y el sexo era algo para pasar un buen rato. Jenny había sido consejera de muchas jóvenes del barrio en vísperas de su noche de bodas o de la noche con su primer amante. Entre ellas había una tontuela rica que Jenny consideraba irritante y desagradable. Cuando tenía dieciséis años, me las encontré enfrascadas en una conversación muy seria en el jardín, y luego Jenny me dijo que la muchacha había ido a consultarle cómo podía evitar quedarse encinta.
—¿Qué le has dicho?
—Le he dicho que tomara un vaso de agua helada justo antes del acto sagrado y tres sorbos durante el mismo.
Cuando acabamos de reír, comenté:
—Pero se quedará encinta.
—Él se casa por dinero y la dejará cuando lo haya conseguido. De esa forma tal vez a ella le queden al menos unas cuantas criaturas.
Cuatro años más tarde, cuando escribí a mis tías que iba a casarme, recibí un telegrama: OLVÍDATE DEL VASO DE AGUA HELADA. LOS TIEMPOS HAN CAMBIADO.
Creo que en esa casa aprendí a reír y a hacer punto, a bordar, a coser los dobladillos rectos y a cocinar. Los domingos me tocaba limpiar las langostas para la fantástica sopa de mariscos, y Jenny y Carrie, la cocinera, me enseñaron a hacer sopa de tortuga y a matar pollos sin quejas de señorita sobre el horror de dispensar la muerte, y a desplumar y cocinar los patos silvestres que los vendedores ambulantes pregonaban en nuestra calle los domingos por la mañana. También aprendí que hay que dar sin compasión ni jactancia. Una de las normas de mi abuelo, cuando mi padre y mis tías eran niños, era que jamás había que rechazar a ningún pobre que pidiera algo, y sus hijos cumplían el precepto. Nueva Orleans era una ciudad con muchos pobres, sobre todo de raza negra, y después de la cena la mayor parte de las noches la cocina de la pensión se convertía en un lugar muy agradable: con frecuencia hasta ocho o diez personas blancas y negras, casi siempre muy viejas o muy jóvenes, se sentaban a la mesa del porche de la cocina y Carrie nos ordenaba a las sirvientas y a mí que les lleváramos fuentes y cafeteras humeantes.
Una de esas noches vi por primera vez a Leah, una muchacha de tez morena clara, de unos quince años, pelirroja y con pecas, cara fea y aplastada y una gran barriga. Supongo que yo tendría unos catorce años, pero la recuerdo muy bien porque me miró fijamente mientras comía hambrienta. Volvió alrededor de una semana más tarde y Carrie la llevó aparte y le susurró algo, pero creo que la chica no le contestó, pues Carrie se encogió de hombros y se alejó. A la mañana siguiente Hannah, que siempre se levantaba a las seis para ayudar a Jenny antes de irse a trabajar a la oficina, soltó un grito junto a la ventana de mi dormitorio. Al asomarme vi que señalaba debajo de la casa mientras decía en voz baja:
—Sal de ahí.
La chica morena y pelirroja salió arrastrándose despacio.
—No debes meterte ahí —dijo Hannah—. Hay mucha humedad. Entra, niña, y sécate.
A partir de ese día Leah vivió en algún lugar de la casa y al cabo de unos meses dio a luz en el hospital municipal. Por consejo de Sophronia, el bebé fue entregado en adopción con una pequeña propina que dio mi madre. Nunca supe qué hacía Leah en la casa, pues cuando ayudaba a lavar los platos Carrie perdía los estribos, y cuando se ponía a hacer las camas Jenny le pedía que lo dejara, y una vez que estaba rastrillando las hojas del césped el jardinero le gritó: «Tú no estás bien de la cabeza», de modo que al final optó por seguirme a todas partes.
Yo, según me decían, me estaba convirtiendo en una criatura difícil. La señora Stillman decía que era rebelde, el señor Stillman comentaba que sin duda haría sufrir a mi madre y a mi padre, y Fizzy decía que era lisa y llanamente de una perversidad detestable. Había tenido un mes malo. Una noche me quedé dormida en la higuera y al bajar por la mañana me negué a decirle a mi madre dónde había estado. James Denery III me golpeó muy fuerte cuando jugábamos a tirar de la cuerda y esperé hasta el día siguiente para atizarle en la cabeza con una cafetera de porcelana y después su madre se quejó a la mía. También me negué a volver a las clases de danza.
Y por aquel entonces pasaba la mayor parte del tiempo con un grupo de un orfanato que había en nuestra misma manzana. Supongo que el grupo de huérfanos no era más atractivo que cualquier otro, pero ser huérfano me parecía algo deseable y una forma de independencia a la medida. El caso es que los huérfanos me interesaban más que mis compañeros de colegio y, aunque sus juegos eran más rudos, se quejaban menos. Frances, una belleza morena de mi edad, se comportaba como si reinara sobre los otros porque a su padre lo había asesinado la mafia. Miriam, pequeña y nervuda, me robaba regularmente el dinero del bolso rojo que me había regalado mi tía, y me dio una tunda la única vez que protesté. Louis Calda era religioso y me hablaba de eso. Pancho era moreno, triste y, a mis ojos, un poeta, porque una vez me dijo en español: «Te amo». No pude dormir ni una noche entera después de esa declaración y debido a eso en adelante sentí siempre una mezcla de compasión e irritación respecto a las primeras inquietudes sexuales de las niñas, tan encubiertas, tan complejas, tan absurdas en comparación con el sexo de los niños. Louis Calda nos llevó a Pancho y a mí a una misa católica que pudo transformarme en una conversa de catorce años. Pero Louis aclaró que no me consideraba digna y Pancho, para atajar mis lágrimas, se cortó un mechón con una navaja, me lo dio como si fuera un regalo de la realeza y me tiró de un empujón a la acequia. No sé por qué lo consideré un acto afectuoso, pero así fue, y al llegar a casa abrí la tapa del reloj de pulsera nuevo que me había regalado mi padre por mi cumpleaños y metí el mechón en la caja. Cuando el reloj se paró al día siguiente, mi padre insistió en que se lo diera en el acto y declaró que el relojero no era digno de confianza.
Esa fue la noche que desaparecí y esa noche Fizzy dijo que yo era de una perversidad detestable y el señor Stillman dijo que haría sufrir siempre a mi madre y a mi padre, y mi padre se encaró con los dos y les dijo que los asuntos de su familia los resolvía él solo, sin comentarios de extraños. Pero lo dijo demasiado tarde. Había regresado a casa muy enfadado conmigo: el relojero, al quejarse mi padre de que no era digno de confianza, había descubierto el mechón de cabello en la caja del reloj. La reprimenda de mi padre empezó siendo suave pero se volvió airada cuando me negué a explicar el origen del mechón. (Con frecuencia se enfadaba cuando más me parecía a él.) Estaba tan enojado que no advirtió que me estaba atacando delante de los Stillman, de mi antigua rival Fizzy y de la complacida señora Dreyfus, una huésped nueva y rica, que esa misma tarde se había quejado de mis malos modales. Mi madre salió de la habitación cuando mi padre se enfureció conmigo. Hannah, que pasaba por allí, levantó la mano como si ...

© Lillian Hellman
Una Mujer con Atributos



Prólogo de Ángeles González-Sinde
ex ministra de Cultura, directora y guionista española.

Dicen que su voz era a la vez furibunda, divertida, triste, afectuosa, áspera y sutilmente femenina. Dicen que se reía a menudo como para suavizar la seguridad con la que soltaba algunas de sus aseveraciones. Cuando habla de sí misma de joven, me gusta imaginarla como una Rosalind Russell en la película Luna nueva: ácida, brillante y provocadora, poniendo en tela de juicio cada palabra que suelta un Cary Grant perplejo que no logra seguir su ritmo. El relato de su vida tiene el poderoso imán de esa voz, la de una mujer sin domesticar que jamás vivió en cautiverio, aunque tuviera que pagar un precio por ello, sin ir más lejos, ese largo pleito en su vejez contra la también escritora Mary McCarthy, a la que denunció por difamación.
Lillian Hellman fue una mujer con carácter, como se decía antes, de convicciones firmes defendidas hasta la terquedad. Nada de relativismos morales. En 1952, ante el Comité de Actividades Anti-Americanas, declaró sin dudarlo: «No puedo recortar mi conciencia para ajustarla a la moda de este año». Me gusta el símil, tan femenino, de modista. Si Hellman podía trivializar lo serio es porque se tomaba muy en serio lo cotidiano. ¿Quizá fuera eso más fácil cuando ella se formó, en los años veinte y treinta del siglo pasado, que en 2014? Esta es una de las preguntas que sugiere la lectura de sus memorias. Parece que entonces fuera más sencillo ignorar las convenciones puesto que eran tan claras, saltarse los límites puesto que eran tantos, sorprender puesto que tantas cosas eran nuevas. Sin embargo no es el sabor de lo añejo lo que nos deparan sus memorias, sino una sorprendente vigencia. Hellman vivió tiempos convulsos, de cambios sociales, económicos y políticos, cambios en los valores y las costumbres no muy distintos de los de ahora. Tuvo una profesión, la de guionista y dramaturga, marcada por la incertidumbre, donde la continuidad dependía estrictamente de su propia fuerza e inventiva, como les ocurre hoy a tantos profesionales, pertenezcan o no a sectores creativos.

En lo personal, he de confesar que enfrentarme a las memorias de esta gran mujer me ha llevado a enfrentarme casi sin querer a mi propia biografía. Viéndome con el ejemplar de Pentimento en la mano, mi madre me recordó que mi padre había conocido personalmente a Lillian Hellman. Yo no lo recordaba, pero claro, apenas debía de ser una adolescente entonces. Sí recordaba el entusiasmo que mi padre, el productor, guionista y director de cine José María González Sinde, tenía por la obra y la vida de Hellmann. Hasta 1979 no se publicaron sus memorias en España, aunque Mujer inacabada es de 1969, y Pentimento, de 1973, pues se dice que ella tenía prohibido publicar o representar sus obras mientras viviese Franco y en España hubiese una dictadura. Mi padre corrió a comprarlas y se las regaló a mi madre exactamente en el día de San Valentín, con el jocoso ruego en la dedicatoria de que no se tomase lo de «mujer inacabada» personalmente. Que no iba con segundas, vamos.
Debió de ser entonces, en los primeros ochenta (Hellman murió en junio de 1984), cuando mi padre atravesó los previsibles obstáculos hasta llegar a una artista célebre y logró entrevistarla. Él era español, lo cual supongo que para la señora Hellman era ya una buena carta de presentación, pero nada vinculaba a mi padre con el mundo personal o profesional de la gran autora, salvo que él también era un hombre de izquierdas y también trabajaba en el cine. Pertenecían a generaciones muy distintas (mi padre nació en el año 1941, ella en 1905), pero ambos compartían una sensibilidad social o, digamos, una afinidad electiva que en el caso de mi padre le llevó a la militancia comunista en la clandestinidad, y a ella a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas, que la incluyó en la lista negra de guionistas no contratables, provocó su ruina económica, le hizo perder su casa de campo y mandó a la cárcel a su pareja, Dashiell Hammett, escritor de novela negra.
En 1969, cuando Mujer inacabada se publicó, Hellman contaba sesenta y cuatro años y hacía ocho que su pareja, Hammett, quince años mayor que ella, había muerto. Para entonces ella había ido dejando poco a poco el cine y el teatro, y pasó a dar clases en la universidad. Con Mujer inacabada ganó el National Book Award. Pentimento, que es un complemento perfecto del primer libro, llegó en 1973. En 1976 Hellman publicó su tercer volumen de memorias, Scoundrel Time, en castellano Tiempo de canallas, no incluido en este volumen, pues versa exclusivamente sobre la persecución política a la que ella y Hammett, junto a muchos otros, fueron sometidos en los años cincuenta. Mi padre compró la edición mexicana. Quizá era ese el período con el que, junto con las andanzas de Hellman en la Guerra Civil española, más se identificaba. Había una mezcla de admiración y agradecimiento hacia los intelectuales extranjeros que defendieron la República, pero especialmente hacia los norteamericanos que décadas después sufrirían una nueva persecución por esas ideas izquierdistas. En los sesenta, mi padre también estuvo en prisión por sus convicciones políticas, como Dashiell Hammett, y también creía, como en cierto modo lo hacía la señora Hellman, que el cine, el teatro y la literatura podían y debían contener visiones de la realidad que contribuyeran a transformar la sociedad o al menos a advertir de cuanto en ella no funciona.
Al recordarme mi madre algo que yo había olvidado por completo, que mi padre había pasado quizá una tarde, o incluso más tiempo con Hellman en su casa de Martha’s Vineyard, sentí una enorme alegría. Poca introducción iba a tener que redactar. Con transcribir el texto de mi padre, trabajo hecho. ¿Quién mejor que la propia autora respondiendo de viva voz a las preguntas de un español para presentarla a los lectores y lectoras contemporáneos? ¡Una entrevista exclusiva e inédita! Frotándome las manos, empecé a abrir cajas y archivadores. Removí cielo y tierra, maleteros y trasteros, pero mi padre murió en 1992 y desde entonces el tiempo ha hecho su propio trabajo: hoy, varias mudanzas después, la carpeta con la etiqueta «LILLIAN HELLMAN» ha desaparecido. De aquella tarde, quizá de ese lunch regado con algún martini, no ha quedado rastro.
A cambio de esas palabras de primera mano perdidas que posiblemente afloren algún día (yo nunca tiro la toalla), puedo contar que la vida me ha concedido otras pistas y otras herramientas para comprender a Hellman. También yo he terminado siendo guionista de cine, cosa que no imaginaba cuando con dieciocho o diecinueve años leí sus libros y sus obras de teatro (mi padre quería montar La loba y un verano estuvimos haciendo una versión en castellano mano a mano). También yo he vivido en el sur de los Estados Unidos, conocí Nueva Orleans en 1982, cuando estudiaba en Jackson, capital del estado de Mississippi, y puedo asegurar que ese paisaje geográfico y humano era tan mágico, extraño y misterioso como se desprende del recuento de Hellman, y tan lleno de conflictos, tensiones y contradicciones en las relaciones personales, sea por las diferencias de clase o de raza, como ella dibuja en su intenso y peculiar afecto por su cocinera negra Helen o por el haya que la crió, Sofronia. Por otra parte, también yo he acabado por embarullarme públicamente en política y también, como la señora Hellman, he padecido algún desencanto.
Aunque Hellman no se detiene en ello, pues las mujeres de su generación, aunque se tuvieran por feministas, no veían necesario hacer bandera de sus convicciones y hubieran encontrado humillante que alguien señalara para bien y para mal su condición de escritoras; ser mujer y escribir profesionalmente en los años treinta o cuarenta no era frecuente. Puede dar la impresión de que sí lo fuera, porque algunas escritoras como ella o su íntima amiga Dorothy Parker tuvieron mucho éxito, pero es una percepción distorsionada. Eran pocas y no era fácil que las tomaran en serio. No es que desde entonces hayamos avanzado mucho; las artes siguen siendo uno de los sectores más reacios a la igualdad. El del cine es un gremio duro, como también lo es el del teatro; hay mucho riesgo y mucho dinero en juego, y aunque el trabajo en equipo en el que todos dependemos de todos favorezca la camaradería, también hay que tener los pies muy bien asentados en la tierra para que los éxitos y los fracasos te pillen entera. Lillian Hellman se hundió más de una vez, como nos confiesa sin tapujos, pero tenía el instinto y la inteligencia para recuperarse y volver a sentarse ante la máquina de escribir. Ese era su secreto: trabajar, trabajar y trabajar. Trabajando es cómo logró ganarse el respeto de pesos pesados de la industria, como el productor Samuel Goldwyn o el director William Wyler. Y además pronunciando frases como «no hay nada en mi vida de lo que me avergüence», palabras con las que dejaba a todos planchados, sobre todo, porque las creía, las defendía y las practicaba.
Hellman, además de crear personajes de ficción para doce obras de teatro y once películas, se convirtió en personaje ella misma. Empezó Dashiell Hammett, de quien se dice que la usó como modelo para Nora Charles, la leal e inteligente esposa del detective Nick Charles, protagonista de El hombre delgado, la novela policíaca y luego película protagonizada por William Powell y Myrna Loy. Después llegó la película Julia, en 1977, dirigida por Fred Zinnemann, protagonizada por Jane Fonda en el papel de Hellman y Vanessa Redgrave en el de su amiga Julia, y basada en uno de los capítulos de Pentimento, un capítulo, por cierto, no exento de polémica, pues años después una mujer acusó a Hellman de haberse apropiado de su historia personal para el libro.
Como los enemigos acérrimos, las polémicas y los enfrentamientos abundaron en la vida de Hellman, tras su muerte siguió la fascinación por ella; se continuaron publicando extensas biografías y se escribieron nuevas obras de teatro, como Cakewalk, de 1993, del escritor Peter Feibleman, uno de sus últimos amigos o amantes. Y hay más: en 1999, Kathy Bates dirigió una película para televisión, Dash and Lilly, y en 2002 Nora Ephron estrenó una obra de teatro titulada Imaginary friends basada en enfrentamiento en los tribunales de Hellman y May McCarthy. Basten estos ejemplos como ilustración, porque la lista es larga, como también es larga y constante la lista de reposiciones de sus obras.
Si hoy, cuando se cumplen treinta años de su muerte, la personalidad de Lillian Hellman y el modo en que vivió su vida siguen generando preguntas, reflexiones y el deseo de conocerla y seguirle el rastro, no es solo porque sus experiencias contengan alguna clase de lección de los tiempos pasados que resulta útil para las nuevas generaciones; es que esa voz furibunda, divertida, triste, afectuosa, áspera y sutilmente femenina que encontrarán ustedes en estas páginas sigue viva y nos sigue apresando.

Ángeles González-Sinde
junio de 2014
Fuente: Me gusta leer





Lillian Hellman, Playwright, Author and Rebel, 
died at 79
July 4, 1984



Lillian Hellman, one of the most important playwrights of the American theater, died of cardiac arrest yesterday at Martha's Vineyard (Mass.) Hospital near her summer home. She was 77 years old and also lived in Manhattan.
The playwright had been taken to the hospital by ambulance from her home at Vineyard Haven. Isidore Englander, her lawyer and one of her executors, said that Miss Hellman had suffered from a weak heart for several years.
Among Miss Hellman's plays that have entered the modern repertory are ''The Children's Hour,'' ''The Little Foxes'' and ''Watch on the Rhine.''
Wrote for Motion Pictures
She was also one of the most successful motion-picture scenarists, and the three volumes of her memoirs were both critical and popular successes - and even more controversial than her plays.
Yet the Hellman line that is probably most quoted came from none of these, but from a letter she wrote in 1952 to the House Committee on Un-American Activities when it was investigating links between American leftists and the Communist Party in this country and abroad.
''I cannot and will not cut my conscience to fit this year's fashions,'' Miss Hellman wrote.
She offered to testify about her own opinions and actions, but not about those of others, because ''to hurt innocent people whom I knew many years ago in order to save myself is, to me, inhuman and dishonorable.''
For this, she risked imprisonment for contempt of Congress, was blacklisted and saw her income drop from $150,000 a year to virtually nothing.
Although she had participated with Communists in many causes, she was not a Communist. ''Rebels seldom make good revolutionaries,'' she explained.
And Lillian Hellman was a rebel, possessing a headstrong, argumentative, stubborn - some said arrogant - streak that seldom enabled her to admit she could have been wrong. She also found it difficult to admit that viewpoints that conflicted with her own might possess some merit, a trait that in her late years embroiled her in public disputes with the authors Diana Trilling and Mary McCarthy. She rebelled first against her family, especially the wealthier branch of her mother, the former Julia Newhouse. They were Southern merchants of German-Jewish origin, who had settled in Alabama, then New Orleans, where she was born on June 20, 1907.
Her father, Max, moved to New York after a business reversal and began a successful career as a salesman. An only child, Miss Hellmann spent her girlhood shuttling between upper West End Avenue and the genteel boardinghouse kept by two maiden aunts in New Orleans.
Her memoirs, which are less an autobiography than a montage of the people who meant most to her, portray relations of love and tension between the girl and her wet nurse, her aunts, a cousin who was a ''lost lady'' and other extraordinary kinfolk and friends. A loner, disaffected from family and school, she took refuge in books.
Revealing Anecdotes
After a scolding, she ran away at the age of 14. Received with love on her return two days later, she recounted that she learned something ''useful and dangerous - if you're willing to take the punishment, you are halfway through the battle.'' She added, ''That the issue may be trivial, the battle ugly, is another point.''
In another revealing anecdote, she said she pawned a ring given her on her 15th birthday by her maternal uncle, Jake Newhouse, and bought books with the money.
''I went immediately to tell him what I'd done,'' she said, ''deciding, I think, that day that the break had to come. . . . He laughed and said the words I later used in 'The Little Foxes': 'So you've got spirit after all. Most of the rest of them are made of sugar water.' ''
After graduation from Wadleigh High School, Miss Hellman was enrolled at the Washington Square campus of New York University for three years and later studied journalism at Columbia University. But, she said, she often cut classes to explore Bohemian Greenwich Village. This led in 1924 to her first job, reading manuscripts at the venturesome new publishing house of Boni & Liveright.
She left the next year and married the writer Arthur Kober. The marriage ended in a friendly Hollywood divorce in 1932. In between she did book reviews, wrote short stories that she said she did not like, visited France and Germany and read scripts for Metro- Goldwyn-Mayer.
Met Dashiell Hammett
It was a period, as she recalled it, of frequent idleness, discontent and drinking. It terminated when she met Dashiell Hammett, with whom she would live off and on for 31 years. Mr. Hammett told her that she was the model for Nora Charles, the cool and witty wife in his book ''The Thin Man'' - but was also the model for his villainous women as well.
Miss Hellman wrote a play, a comedy, with Louis Kronenberger. She said it amused them both enormously, but nobody else found it funny, and it was never performed. Thereafter, each of her plays were written in several drafts, after long research and under harsh coaching by Mr. Hammett.
The next, ''The Children's Hour,'' was suggested by a book about a lawsuit in Scotland. It is the story of a vicious girl destroying the lives of two teachers by falsely accusing them of having a lesbian affair. Miss Hellman, who was then reading scripts for the producer Herman Shumlin, took it to him and sat in a corner while he read it.
After the first act, she recounted, he said ''Swell!'' After the second, ''I hope it keeps up.'' After the third, ''I'll produce it.''
It opened in 1934, and was an immediate hit. Although it was banned in Boston, Chicago and other cities, and in Britain, Miss Hellman earned $125,000 from its first run, and a $50,000 contract from Samuel Goldwyn to turn it into a movie.
A Play About Slander
It was a period, as she recalled, when a film could not show a man on a couch with a girl unless at least one foot was touching the floor. But with what would become her legendary skill, she revised her tale of slander to one involving jealousy and a love triangle, rather than lesbianism. The picture, called ''These Three,'' was considered daring enough in that age of Pollyanna films, and it was a success.
Speaking of ''The Children's Hour,'' Miss Hellman said, ''I never see characters as monstrously as audiences do.'' For her, it was a play not about a vicious child but about the evil power of a slander, and to some degree anticipated the political investigations of the left that were to come.
By 1935, she was able to dictate terms for an occasional scenario for Hollywood (''The Dark Angel,'' ''Dead End''), and was one of the country's highest-paid writers. Yet she drew closer to the left.
She wrote a drama about a strike, ''Days to Come,'' which appeared in late 1936 and was unsuccessful. She then went to Spain, helped write Joris Ivens's film, ''The Spanish Earth,'' and came home to campaign for aid to the Loyalists fighting the Franco forces in the Spanish Civil War.
Meanwhile, she was working hard on a play about a Southern family obsessed with money and power - the play, she later said, that got out of her system her own resentment toward her mother's family. Her close friend Dorothy Parker suggested the title: ''The Little Foxes.''
Frightened by Success
It was a great hit on stage and in the screen version, which Miss Hellman also wrote. She fled New York after the Broadway opening; she explained that she was frightened by success and what it did to people.
With her earnings, she bought an estate in Westchester County and converted it into a working farm. For 13 years, she lived there and helped run it, while writing plays, books and magazine articles and carrying on an active social life.
Interviewers, conditioned by the toughness of her writing, were surprised to find her intensely feminine, fond of clothes and cooking, a short, attractive person with reddish hair and an aquiline nose. Late in life her face was generously lined and her voice was raspy, a condition she attributed to nearly a lifetime of chain-smoking.
While conceding the taut excitement of her work, some critics complained that her plots were melodramatic. She replied: ''If you believe, as the Greeks did, that man is at the mercy of the gods, then you write tragedy. The end is inevitable from the beginning. But if you believe that man can solve his own problems and is at nobody's mercy, then you will probably write melodrama.''
Deeply engaged with the fate of Spain and what she foresaw as the coming war with Nazism, Miss Hellman was widely attacked as a Communist. But when her anti-Nazi play, ''Watch on the Rhine,'' opened in early 1941, the Communist press criticized her for supporting the Allies in what it then called the ''phony war.'' Inspired by Childhood Friend
The play, named the best of the year by the New York Drama Critics Circle, describes a tragic encounter between a German foe of the Nazis and a cynical Rumanian in the home of a cultivated, liberal American family. The hero's American wife seems to have been inspired by a girlhood friend of Miss Hellman's who joined the anti-Nazi underground and was killed.
One of the Hellman memoirs, ''Pentimento,'' tells the story of ''Julia,'' and recounts that Miss Hellman once smuggled $50,000 to her to be used in bribing Nazi guards to free prisoners.
Last year, Yale University Press published a memoir by Muriel Gardiner, a psychoanalyst who was active in the Austrian underground in World War II, and suggested that Dr. Gardiner's experience was the model for the Hellman story. Since the Hellman story ends with her bringing Julia's body back to the United States, some critics raised questions about the authenticity of the Hellman story.
Miss Hellman responded that Miss Gardiner ''may have been the model for somebody else's Julia, but she was certainly not the model for my Julia.'' Two War Movies
During the war, Miss Hellman wrote a scenario for a movie about the Eastern front called ''The North Star,'' extolling the bravery of the people of the Soviet Union, by then an American ally. After heavy rewriting, it emerged as a simplistic affair and she deplored it, although it was well received.
She also wrote a play, later a movie, ''The Searching Wind,'' about an American diplomat and prewar appeasement of Hitler, and visited the Eastern front outside Warsaw as a guest of the Soviet Government.
Then came ''Another Part of the Forest'' (1946) and ''The Autumn Garden'' (1951), both returning to the theme of bitter strife over money and power in genteel Southern settings. Both were successes.
Never Denounced Stalinism
Miss Hellman was attacked by a number of critics for never denouncing the excesses of Stalinism, as others on the left did.
Mr. Hammett was jailed in 1951 for refusing to submit a list of contributors to what the Federal Bureau of Investigation had branded a Communist front, the Civil Rights Congress, of which he was a trustee. He emerged with his health shattered. Miss Hellman received her summons the next year.
She formally offered to testify about herself but not about others. Further, she refused to let her lawyers cite the fact that she had been criticized by the Communists. She said that to use this ''would amount to my attacking them at a time when they were being persecuted.'' Balmain Costume for Courage
Wearing a new Balmain costume to give her courage, she said later, Miss Hellman appeared before the House committee, repeated her offer to testify about herself, then invoked the Fifth Amendment on questions about others. The committee did not choose to cite her for contempt. But she suddenly became an untouchable in the movies and the theater.
Her income dropped from $150,000 the year before to a pittance. She had to sell her farm. She worked briefly in Italy on a scenario that was stillborn, and briefly as a salesclerk in a department store, under an assumed name. Not until ''Toys in the Attic'' appeared in 1960 did her financial straits end. This play again won the drama critics' award, but the Pulitzer prize board rejected the recommendation of its drama jury that it receive that honor as well.
In ''Scoundrel Time,'' a memoir that was a best seller in 1976, Miss Hellman recalled that era with bitterness - not so much for those hunting Communists as for the former leftists who named names, and for those liberals who remained silent or who participated in anti-Communist efforts that she said were subsidized by the Central Intelligence Agency. These events, she said, led directly to Vietnam and the Watergate affair.
''Such people would have a right to say that I, and many like me, took too long to see what was going on in the Soviet Union,'' she wrote. ''But whatever our mistakes, I do not believe we did our country any harm. And I think they did.'' Twice Planned to Marry
Mr. Hammett died in Jan. 1960. In an introduction to a collection of his short stories, Miss Hellman said of his last years with her, ''It was an unspoken pleasure, that having come together so many years, ruined so much and repaired a little, we had endured.''
In an interview in 1973, she shed a bit more light on that relationship, troubled by his drinking, their tempers and a ''modern'' attitude toward marriage.
''We did have two periods of planning to be married,'' she said. ''The first time, he disappeared with another lady. That's not really fair - I was disappearing too. . . . We were both of that nutty time that believed that alliances could stand up against other people. I should have known better, because I had a jealous nature.''
During the decade when she was blacklisted by Hollywood, Miss Hellman wrote four adaptations for the stage: ''Montserrat,'' based on a novel by Emmanuel Robles; ''The Lark,'' from Jean Anouilh's play about Jeanne d'Arc; the book for ''Candide,'' an operetta, with music by Leonard Bernstein, and ''My Mother, My Father, and Me,'' based on a novel by Burt Blechman.
All of the later plays got mixed reviews, but are occasionally revived. ''The Lark,'' which Miss Hellman also directed, was described as much better than a Christopher Fry version staged in London. The critics' judgments of some of these shows, as with the Hellman plays that were smash hits, have improved as time passed. ''The Little Foxes'' was revived in 1980 as a vehicle for Elizabeth Taylor and had a successful run on Broadway and a national tour. Her Last Play
By the end of the 1950's, motion-picture offers were coming in again, but Miss Hellman was no longer interested. She explained that she did not want to work in a medium where directors were free to revise a writer's work at will.
''Toys in the Attic,'' still another drama about a doomed Southern family, was hailed as perhaps her finest play. It was also her last.
''I do not like the theater at all,'' she said in a lecture in 1966. ''I get restless.''
Elsewhere, she quoted Mr. Hammett as telling her, ''The truth is you don't like the theater except the times when you're in a room by yourself putting the play on paper.''
But she was not idle. Occasionally, she taught classes in writing at Harvard, Yale and the City University of New York. She edited the letters of Chekhov and the Hammett stories and worked on her memoirs: ''An Unfinished Woman'' (1969), ''Pentimento'' (1974) and ''Scoundrel Time.'' In her town house on the Upper East Side and her cottage on Martha's Vineyard, she held court for a circle of younger writers. 'Julia' Story Filmed
Miss Hellman at first turned down an offer of more than $500,000 for the movie rights to these books, on the ground that they involved living persons who might be hurt. But she later sold movie rights to the ''Julia,'' story and it was made into a film in which Miss Hellman was played by Jane Fonda.
She herself had criticized her friends Lionel and Diana Trilling, among others, for their writings on the cold war. But when Miss Hellman's publisher, Little, Brown & Company, rejected a book by Mrs. Trilling because it responded to Miss Hellman, the latter commented, ''My goodness, what difference would that make?''
Mrs. Trilling had to find another publisher, however, and the feud between the two women continued, at one point, in 1981, coming down to battle-by-interview in which they exchanged sharp words.
Mrs. Trilling said that on Martha's Vineyard ''anyone who entertains me is never again invited to Lillian Hellman's house.'' Miss Hellman issued a formal statement in which she acidly denied the charge. Mary McCarthy Feud
The playwright also, in 1979, plunged into a headlong feud with the novelist Mary McCarthy after Miss McCarthy, in a television interview, characterized Miss Hellman as ''a dishonest writer'' whose every word, ''including 'and' and 'the,' '' was a ''lie.'' Miss Hellman sued Miss McCarthy, the Educational Television Corporation and the interviewer, Dick Cavett, for damages of $1.75 million for ''mental pain and anguish.''
Last May 10, Miss Hellman won a preliminary round in the lawsuit when Justice Harold Baer Jr. of State Supreme Court denied Miss McCarthy's motion to dismiss the suit. While Miss McCarthy had argued that her statements were expressions of opinion about a public figure, Judge Baer said that the strong statements seemed to fall ''on the actionable side of the line - outside what has come to be known as the 'marketplace of ideas.' ''
Many of her admirers and other observers were apprehensive about the fact that Miss Hellman had become obsessed with the action and that she might squander a great deal of her energy and wealth on the lawsuit. They also feared that she might erode the freedom of critics like herself to comment.
It was ironic, some said, that despite Miss Hellman's lifelong championing of civil rights, a victory in the case might seriously erode First Amendment protections. Mr. Englander said yesterday that he did not know what impact Miss Hellman's death would have on the lawsuit.
Miss Hellman's veracity also came under attack in 1980 by Martha Gellhorn, a writer once married to Ernest Hemingway. Miss Gellhorn accused Miss Hellman of having passed off fiction for fact in ''An Unfinished Woman'' when she wrote about Mr. Hemingway. Sued for Nixon Tapes
Throughout her life Miss Hellman continued to raise her voice for such causes as civil rights and peace, and with others filed a suit that won a court ruling that the Nixon White House tapes were public property. She also signed petitions seeking the release of Soviet dissidents.
In ''Scoundrel Time,'' she commented on her disillusionment: ''My belief in liberalism was mostly gone. I think I have substituted for it something private called, for want of something that should be more accurate, decency. . . . but it is painful for a nature that can no longer accept liberalism not to be able to accept radicalism.''
For many reviewers, Miss Hellman's position and her dramatic art were best expressed in the wistful closing lines of ''An Unfinished Woman'':
''I do regret that I have spent much of my life trying to find what I called 'sense.' I never knew what I meant by truth, never made the sense I hoped for. All I mean is that I left too much of me unfinished because I wasted too much time.''








Miss Hellman left no survivors. A private graveside ceremony will be held at 2:30 P.M. Tuesday at Abel's Hill Cemetery on Martha's Vineyard. A memorial service in New York City will be held at a date still to be determined.
Fuente: The New York Times





Friend offers Tributes to Lillian Hellman at a Service
The New The New York Times,  July 4,  1984




Jules Feiffer, Patricia Neal, John Hersey and other literary and theatrical colleagues gathered today in the tiny town of Chilmark on the island of Martha's Vineyard to pay tribute to Lillian Hellman.
Miss Hellman, one of the most important playwrights of the American theater, died of cardiac arrest on Saturday at the age of 79 in the Martha's Vineyard Hospital, near her summer home in Vineyard Haven.
Nearly 200 people gathered for a graveside service on a gentle slope beneath a group of pitch pines to say goodbye to Miss Hellman. Many of her friends from literary circles, the movies, theater, television and journalism attended the ceremony at Abel's Hill Cemetery.
Peter Feibleman, an author and Miss Hellman's friend, said: ''I talked to her on Friday. I was to come here on the 15th to go over some galleys and I was trying to put it off for a few days. She wouldn't have any of that. She said, 'I want to work, I want to work, I want to work.' That was about six hours before she died.''
The cartoonist and writer Jules Feiffer remembered Miss Hellman's voice, as he heard it on National Public Radio on the night of her death. ''Oh my God, that voice!'' Mr. Feiffer said. ''It had been awhile since I heard Lil's voice in full-throated rasp.''
Fuente: The New York Times

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Lillian Hellman: el respeto por la dignidad humana


Fred Zinneman contó en cierta ocasión que, cuando trabajaba en el guión de Julia, basado en un capítulo de Pentimento, de Lillian Hellman, dudó sobre la posible relación carnal entre las dos protagonistas, la autora del libro y su gran amiga, Julia. Se lo preguntó a la escritora y ésta, tras permanecer un buen rato ensimismada, le replicó que no se acordaba del detalle, pero que en cualquier caso aquello no modificaba en nada los sentimientos hacia su amiga. En la reciente edición en castellano de Mujer inacabada, la Hellman cuenta -entre otras cosas- su estancia en España durante la guerra civil. Joven americana, autora de teatro, famosa y progresista llega a la España desolada. En su diario hay una fecha importante para comprender su talante: el 17 de octubre de 1937. Conoce a Pasionaria, personaje mítico, a Álvarez del Vayo, a la plana mayor de las fuerzas progresistas. Pues bien, el relato más minucioso lo realiza sobre una pareja que encuentra en una plaza recoleta, ella a medio camino entre la vocación religiosa y la condición de enfermera y él, un hombre maduro, triste y de comportamiento infantil.


Son dos anécdotas que describen un mismo carácter, una misma personalidad, la de una mujer fascinada por el ser humano. Lillian ama el recuerdo de Julia y se siente atraída con más intensidad por unos personajes insólitos que por quienes representan en vida los ideales políticos. Mujer inacabada, relato autobiográfico de la escritora, rezuma amor, ternura y fascinación por el individuo. Es un mensaje del humanismo más puro de cuantos se conocen.

Si el barometro por el que la autora mide las calidades humanas no es otro que el de sus cualidades en tanto que individuos (política, fama y veleidades públicas al margen), no puede extrañar el que los personajes secundarios alcancen parcelas de protagonistas en los recuerdos de la Hellman. Entre sus amistades surge con frecuencia la constelación mitológica de la literatura norteamericana del siglo XX: allí están Scott Fitzgerald, William Faulkner, un Ernest Hemingway, evidentemente despreciado por la autora, Norman Mailer y, naturalmente, Dashiell Hammett, con quien compartió buena parte de treinta años de existencia. Sin embargo, las historias y aventuras inolvidables surgen en las descripciones de los ocupantes de un hotel moscovita, en plena guerra mundial: japoneses desconcertantes, mercaderes enigmáticos de pieles, prostitutas de la rusia revolucionaria, o en los lugareños de un pueblo castellano durante la guerra.

La lista de conflictos sociales vividos por la Hellman complacerían a buen número de progresistas de todo el mundo, no le falta detalle: desde las ya citadas guerras de España y mundial, a la solidaridad con los judíos, el profundo desprecio por la caza de brujas del senador McCarthy o la defensa apasionada de las minorías raciales norteamericanas. Una lista de afinidades ideológica que firmarían sin dudar desde Fidel Castro a Dubcek, pasando por Enver Hoxha, Willy Brandt o Deng Xiaoping. Lo que ninguno de ellos firmaría -y aquí comienza la auténtica grandeza de la escritora- es la visión que describe la Hellman en este libro.

Un joven fanático o un burócrata de la revolución -que de todo hay en la viña del Señor- calificaría estas memorias de «decadencia pequeñoburguesa», pues contienen las dosis suficientes de sensibilidad y sentimentalismo como para perturbar un espíritu dogmático. Personalmente creo que esa es su gran virtud, la de aproximarse a unos fenómenos colectivos desde el relato de lo anecdótico, o si se prefiere, de lo particular a lo particular, puesto que la suma de las particularidades daría lo general. 

La experiencia histórica da siempre la razón a los humanistas. Para nadie es un secreto que el recuerdo de la guerra civil española ha sido frecuentemente manipulado por las dos partes de la contienda (ahí están los oscuros sucesos de Casas Viejas, la comuna asturiana, la represión contra el POUM o las luchas entre socialistas, anarquistas y comunistas, por citar ejemplos de una parte. La lista de ejemplos de la otra parte sería interminable), quizá por ello se agradezca más la visión de una extraña que cuenta la vida cotidiana. Sobre, el triunfo de la revolución bolchevique se ha escrito mucho y de manera excesivamente fluctuante, según avanzara el proceso de desestalinización del régimen.

Lillian Hellman pasa por la vida y por los acontecimientos sociales traumáticos con un cierto escepticismo y desencanto (¿será una precursora más de lo que los herederos de la épica colectiva llaman «pasotismo»?). En cualquier caso ese escepticismo y desencanto conlleva en su caso un enorme respeto por la dignidad humana. Esa mezcla produjo un libro que se publicó en Estados Unidos en 1969. Ahora se acaba de editar en España: merece la pena leerlo.


Fuente: El Pais






TIEMPO DE CANALLAS
Federico Campbell, 5 julio 1980



Empecé a oír hablar de Lillian Hellman muchos años después de haberla conocido. Una mañana particularmente oscura y helada de 1967 —en ese entonces intentaba yo trabajar como reportero en The Hartford Courant, de Hartford, Connecticut— un periodista amigo, que se llama Malcolm y que hasta entonces tenía como vocación frustrada el teatro, me invitó a que lo acompañara a New Haven, un poco hacia el sur, pues tenía que entrevistar a una profesora que dirigía en Yale un taller de arte dramático.



Sin mucho qué hacer en una ciudad como Hartford, donde el 90 por ciento de la gente trabaja en compañías de seguros, me atrajo de inmediato la idea de conocer cuando menos el campus de la Universidad de Yale, comprar algunos libros y echarme por ahí un café mientras Malcolm cumplía con su misión periodística


Algo me dijo Malcolm en el camino: que se trataba de una señora muy interesante, muy conocida y seguramente me dio otros datos, pero no le presté mayor atención Yo nunca había oído hablar de Lillian Hellman.


La nevada de la víspera hizo que, por lo resbaloso de la autopista, nuestro trayecto fuera necesariamente lento y llegamos un poco tarde a Yale. No hubo tiempo, pues, de que Malcolm se demorara en explicarme qué lugares debía visitar yo y así me vi de pronto, junto con él, entre los alumnos de una clase de arte dramático que prestaban atención al ejercicio de una compañera al frente del salón. La maestra la miraba desde el escritorio: era una señora de unos 60 años, delgada, con un vestido de seda ocre oscuro que se le untaba discretamente al cuerpo y que fumaba. Súbitamente interrumpió a la alumna e hizo ella misma el ejercicio de entrar en un cuarto y sentarse en una silla. Elaboró toda una explicación en torno al lenguaje gestual, no lingüístico, de los actores; habló sobre el sentido del ritmo, del espacio, sobre el valor del silencio en la escena, la pausa, la imposibilidad de componer una pieza de teatro a manera de las secuencias cinematográficas, y concluyó con un gesto un poco demasiado “teatral” que al tiempo en que “cerraba” su parlamento le permitía ironizar sobre sí misma, con una gran elegancia “Ahora se pueden ir al carajo”, dijo (algo así como Now you can all get the hell out of here!) y se dio media vuelta hacia su escritorio.



Los jóvenes aspirantes a actores abandonaron el aula y Malcolm se acercó a la maestra. Empezó a interrogarla. Ella le contó que vivía en Manhattan, como siempre, y que iba a Yale en tren dos veces por semana a dar su clase.



No recuerdo más. Salí a recorrer la Universidad y más tarde regresamos a Hartford. Por supuesto, ni idea tuve acerca de la persona con quien había estado conversando Malcolm. Sólo me quedó la impresión de que había hablado con alguien muy importante “en Broadway” y supuse que era una de tantas gentes que yo no conocía.



Años después, cuando vi una foto de Lillian Hellman en un número de aniversario de la revista Esquire, tuve la extraña sensación de que la había visto antes, pero no pude asociar su rostro con su nombre. Estaba retratada junto a una chimenea, llevaba un vestido blanco de satín, muy elegante, fumando, y adelantaba unas páginas de sus memorias (más tarde me percaté de que se trataba de An Unfinished Woman, Una mujer inacabada, el primer tomo de su recuento más o menos autobiográfico, el que precedió a Pentimento y el capítulo sobre Julia y la película y todo lo demás).

Empezaba a atraerme como escritora: por su claridad, por su contundencia, por su digamos, carácter. Saber que había sido durante más de treinta años compañera de Dashiell Hammett contribuyó a mi interés por ella. Poco a poco fui componiendo mi personaje: era sureña, había nacido y crecido en Nueva Orleans, había estado en la Unión Soviética, era amiga de Tennessee Williams, había escrito el guión de una película con Shirley MacLaine y Audrey Hepburn (aparentemente basado en su obra La hora de las niñas) y había puesto en su lugar, como absolutamente nadie lo había hecho, al senador Joseph McCarthy.

Y, claro, luego vino Julia, Jane Fonda, Vanessa Redgrave, y todas las informaciones colaterales.

Más o menos en las mismas fechas (¿1976, 1977?) me molestó ver en la portada de una revista derechista, The National Review, que dirige William Buckley, la reproducción de una fotografía de Lillian Hellman en la que anunciaba un abrigo de mink. Tranquila, fumando, la señora miraba a la cámara y daba la impresión por la ausencia de collares o de mascada en el cuello, de que debajo del abrigo estaba desnuda. Tampoco entonces la relacioné con la maestra de Yale. Bueno, me dije, no es de extrañar que la chotee una revista anticomunista. Al fin y al cabo, para la gente de Nueva York, tan vecina naturalmente y desde siempre a Madison Avenue, la publicidad es algo cotidiano y normal .¿Qué de extraño podía tener que Lillian Hellman hubiera decidido posar en el anuncio que con tan mala fe reproducían sus enemigos? Y hasta allí mi memoria, digamos gráfica, de la autora de Tiempo de canallas: su tercer libro autobiográfico (que no el último: Maybe se titula el más reciente de sólo 90 páginas) que acaba de publicar el Fondo de Cultura Económica en traducción de Rosario Ferré.

Leí Tiempo de canallas en 1977, cuando salió en libro de bolsillo, y una vez más me encantó el coraje, el sentido de, digamos, el honor, de la gran dramaturga, de la gran mujer que se enfrentó en Washington al Comité senatorial de Actividades Antinorteamericanas a principios de los años 50.

Recuerdo lo que allí relata: su encuentro, su elusión de Elia Kazan en el hotel Plaza de Nueva York (recuérdese que a Kazan se le atribuyó haber hecho algunas delaciones), su retrato de Gary Cooper, acobardado o como un niño asustado el legendario vaquero ante los senadores, etcétera. Es difícil olvidar también la ternura, la solidaridad, el respeto fundamental y recíproco que conoció junto a Dashiell Hammett, sobre todo cuando el autor de Cosecha roja lo detienen y encarcelan dos años por negarse a declarar ante los macartistas entre los que insidiaba Richard Nixon (que se ganó así el mote de Tricky Dicky).

Luego de coordinarse con su abogado, Lillian Hellman propuso en una carta un trato a los senadores: estaba dispuesta a decir de sí misma todo lo que quisieran, pero no iba a mencionar ni a inculpar a nadie. Si no aceptaban su proposición, se acogería a la quinta enmienda de la Constitución (por la que un ciudadano puede negarse a declarar). No eran tiempos fáciles. Se podía caer en la cárcel por tener ideas socialistas o por haber militado en la izquierda. La clase media entera señalaba con dedito admonitorio a los “traidores”. Agarraba vuelo la guerra fría en el mundo. El día de su comparecencia y sólo en cierto momento (cuando pidió que su proposición quedara asentada en actas), su abogado empezó a distribuir entre los reporteros copias de la carta. Transcurrieron varios minutos. Hubo un gran silencio y uno de los senadores anunció que no la interrogarían y que su “caso” quedaba “cerrado”.

De esa anécdota proviene en buena parte un prestigio que Lillian Hellman no necesitaba. En 1934 había estrenado en el Maxine Elliot’s Theatre de Nueva York, y con enorme éxito, The Children’s Hour (La hora de las niñas), donde muestra la situación de dos maestras rurales acusadas de ser lesbianas por una niña; luego en 1935, y en el Vanderbilt Theatre, Days to come (Los próximos días), y posteriormente: The Little Foxes (Las zorritas), en 1939; Watch on the Rhin (Mirada sobre el Rhin), en 1941; Another Part of the Forest (En otro lugar del bosque), en 1946; The Autumn Garden (El jardín del otoño), en 1949. Suyas también son The Searching Wind y Toys in the Attic (Los juguetes en el ático).

Sin embargo, el hecho biográfico, su actitud pública, ha incomodado a algunos de sus contemporáneos, y no precisamente de The National Review. Hay quienes han visto en ella un deseo de no verse asociada con los comunistas norteamericanos de los años 30 y 40. A alguien más le ha irritado su “sentido del honor”, su decisión de asumirse como implacable crítica de personas a quienes conoció, “personalizando” además. No le perdonan que “exhiba” su entereza moral. Recientemente, hace unos meses Mary McCarthy la acusó públicamente de “deshonesta”. Lillian Hellman la demandó judicialmente por difamación. Terció Norman Mailer en The New York Times Books Review solicitando que Lillian Hellman retirara su demanda y aseverando que “todos los escritores somos deshonestos, para qué nos hacemos tontos”.

Últimamente, la prensa nos da noticia del más reciente libro de Lillian Hellman: Maybe, en el que todo lo pone en entredicho: no la relación de los hechos, no lo que escribió o aseguró en algún momento. No: más bien todo lo que sentimos y vemos y creemos que es la realidad, nuestros sentimientos, la vida, nuestra creencia en el amor, la fe “irreflexiva” de los niños. Todo queda en interrogantes. No en afirmaciones.

Y hace todavía muy poco, unos cuantos meses yo diría, me encontré en la biblioteca de una amiga, mientras revisaba por curiosidad los estantes, un libro acerca de los diez o doce mejores dramaturgos norteamericanos de las últimas décadas: O’Neill, Anderson, Albee, Williams. Cada uno de los ensayos estaba precedido por la fotografía del autor analizado. Bajo la foto de una señora de rostro alegre y entero, de oscuro vestido de seda que se le untaba discretamente, se leía: Lillian Hellman, en el invierno de 1967, durante su clase de composición dramática, en Yale.

Lillian Hellman: Tiempo de canallas: Fondo de Cultura Económica; México 1980











Fallece la escritora Lillian Hellman, una heroína del pensamiento liberal norteamericano


Un fallo cardiaco acabó ayer con la vida de Lillian Hellman, escritora, dramaturga, una heroína para los norteamericanos de pensamiento liberal y un personaje literario en sí misma. Tenía 79 años. Falleció en un hospital de Boston (Estados Unidos), adonde había sido trasladada cuando se le produjo el ataque cardiaco. La leyenda viva de Lillian HelIman no creció sólo de sus libros, sino de su actitud vital, especialmente vigorosa en la época del macartismo, cuando ello defendió sus ideas frente al famoso cazador de brujas.
La célebre escritora y dramaturga norteamericana Lillian Hellman falleció ayer en Boston (Massachusetts) a los 79 años. La autora de Pentimento murió en el hospital de Martha's Vineyard, isla situada junto a Cape Cod donde tenía su residencia de verano, dijo un portavoz del centro médico. Lillian Hellman, conocida en España sobre todo por el libro citado, a partir del cual se elaboró la película Julia, publicó su primera obra teatral, The children´s hour en 1934.

Frente al 'macartismo'

Luchadora tenaz en tiempos del macartismo, denunció a través de sus obras distintas caras de las injusticias y horrores del tiempo que le tocó vivir. La más reciente traducción al castellano de una de sus novelas autobiográficas, La mujer inacabada, relata su experiencia en la España de la guerra civil. 
Lillian Hellman fue una superviviente de la caza de brujas del macartismo en los años de 1950 a 1956. Fue juzgada y perseguida por sus supuestas actividades antinorteamericanas, acusación a la que contestó con una frase que ha sido citada tantas veces que se ha convertido en tópico: "No puedo ni quiero sacrificar mi conciencia a las exigencias de la moda de este año". Una frase que resume bien el carácter de esta escritora que a través de sus obras y de las luchas que emprendió en distintos frentes legó un ejemplo de integridad.  A raíz de su negativa a denunciar, el gobierno de Estados Unidos congeló sus bienes y los de su pareja, el escritor Dashiell Hammett, quien también se negó a denunciar y estaba gravemente enfermo. Sin dinero y prohibida, Lillian Hellman tiene que trabajar con empleada en una tienda de ropa para poder mantenerse y costear la enfermedad de Hammett. Tenía entonces 45 años y la persecución duró 6 años, hasta el fin del macartismo en 1956. Esa etapa de su vida es contada magistralmente en su novela corta Tiempo de Canallas.
Ya en 1934 Lillian Hellman había sido víctima de censura cuando se estrena su primer gran éxito teatral, The Children's hours, en el que aborda un tema prohibido para la época: el amor lésbico. La obra fue adaptada con gran éxito para el cine.  La primera versión se adaptó en 1936 con el título These three y luego en una nueva versión con el mismo título en 1962,  con  Audrey Hepburn y Shirley Maclaine, teniendo un gran éxito en ambos casos.
Lillian Hellman vivió la guerra civil española, la segunda guerra mundial, y en su país expresó su rechazo por los abusos del macartismo, su solidaridad con los judíos y las minorías raciales norteamericanas. Sin embargo, en su obra los personajes son seres algo insólitos que no reflejan esta gran inquietud política.
Durante la entrega de los Oscars en 1976, cuando la película Julia  con Jane Fonda y Vanessa Redgrave, versión de su novela Pentimento,  ganó 3 Oscars, las ovaciones del público no se dirigían a los actores y directores convocados para esa ocasión. Lillian Hellman subió al escenario ante los aplausos que los asistentes le dedicaron, puestos en pie, en señal de aprecio por esta prestigiosa luchadora liberal norteamericana.
Mal conocida en España, Lillian Hellman empezó quizá a captar mayor interés en este país a raíz del estreno de la película Julia, adaptada por Fred Zinneman. Varias de sus obras han sido llevadas al cine.Ella misma fue autora de algunos guiones cinematográficos, además de doce obras teatrales y tres obras autobiográficas.

La biografía española

Lillian Hellman nació en Nueva Orleans en 1905. A los 19 años encuentra su primer trabajo como lectora en una editorial, la de Horace Liveright, que había dado a conocer a celebridades como William Faulkner, Eugene O'Neill y Sherwood Anderson, entre otros. No le va muy bien. Más tarde se casa con Arthur Koeber, agente teatral y periodista, de quien se divorcia pocos años después. Para entonces había conocido al escritor Dashiell Hammett, con quien entabla una importantísima relación amorosa que se prolonga hasta la muerte de Hammet en 1961. 
 Los tres volúmenes de su obra autobiográfica PentimentoLa mujer inacabada Tiempo de canallas reúnen una larga lista de anécdotas y retratos de personajes larga lista de anécdotas y retratos de personajes de su época que los convierten en importantes documentos.
La relación de Lillian Hellman con España no se limitó a describirla en la ficción de una de sus novelas. En 1931 colaboró con Hemingway y el realizador Joris Ivens en el guión de la película The Spanish Earth (La tierra española) que recientemente se exhibió en Madrid de forma excepcional. Esta película se realizó para reunir fondos para la causa republicana durante la guerra civil. Esta joven norteamericana llegó a España movida por sus intereses políticos y fue una de las seducidas por las causas que entonces defendió.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de julio de 1984

Fuente: El País



























Lillian Hellman: At 66, She's Still Restless