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Pepe Fernández: "Recuerdos de una amiga: y la malicia no murió" por Alicia Dujovne Ortiz, La Nación, 10 de octubre de 2014


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Siempre afable y risueño, en la Ciudad Luz Pepe Fernández cambió el piano por la cámara fotográfica para hacer de su vida un permanente desfile de retratos




"Aquí está todo, bien guardadito -me dijo martilleando con el dedo sobre unas grandes carpetas- Todas mis fotos, desde el principio hasta hoy." Otro habría dicho "la obra de mi vida", pero Pepe era incapaz de llenarse la boca con la palabra "obra" y quizás -en ese instante que a los dos nos sonaba a un adiós para siempre, disimulado, por cortesía, detrás de las risas- con la palabra "vida".
Imposible imaginarlo con cara de circunstancias, aunque éstas lo habrían justificado. Tras haber vivido tan rodeado y haber fotografiado tantas caras famosas, al punto de que todo él se había convertido por dentro en una galería de retratos, Pepe Fernández pasaba ahora sus últimos años en un departamentito de Saint-Germain des Près, uno de esos inventos parisienses compuestos por varias chambres de bonne [cuartos de servicio] pegadas entre sí, solo. Quinto piso sin ascensor, en el barrio más hermoso del mundo, un verdadero sueño del pibe a condición de serlo, no de tener los años de Pepe, un corazón operado y unos amigos a los que también, para ese entonces, subir a verlo se les hacía muy cuesta arriba.
Riendo, por no perder la costumbre, Pepe me mostró la especie de ropero con puertas corredizas que escondía la ducha. Cuando, días después, me enteré de que el portero del edificio había comprendido que algo allá arriba no andaba bien, porque un hilo de agua bajaba por las escaleras, lo pude imaginar muriéndose acurrucado en el recinto estrecho. ¿Habrá recordado, en un chispazo, otra muerte solitaria que lo tocaba de cerca: la del poeta Rodolfo Wilcock, desaparecido años atrás en su casona de campo, en Italia, donde tampoco a él lo visitaba nadie? Wilcock, que para el Pepe adolescente significó, aquella noche de los años cincuenta, a la salida del Colón, el comienzo de todo.
Pepe había ido a escuchar el concierto junto a su hermana. Lo comentaban con una petulancia que el poeta de veintiocho años encontró deliciosa. Él era fino, cultísimo, y Pepe, de acuerdo con sus propias palabras, "un brutito en todo salvo en música (en ese entonces pensaba dedicarme al piano)". Pero un brutito desopilante que, gracias a su descubridor, se convirtió en el gran amigo de Silvina Ocampo y en el fiel comensal de aquellas comidas que ella presidía, y en las que siempre estaban Bioy Casares, Borges, el otro Pepe (Bianco) y Wilcock. Es de imaginarlo al pibe del barrio de Flores, jugando en el patio de los grandes y adoptado con entusiasmo por una Silvina que se aburría ostensiblemente y que, mientras Borges y Bioy desgranaban sus chistes sonsos ("¿y si el pasto fuera rosa?", ja, ja, "¿y si las nubes fueran verdes?", ja, ja), se inclinaba hacia su protegido y, acercándole a la oreja su gran boca de comisuras amargas, le susurraba con voz de bajo profundo: "¿A vos te divierte Borges?"



 
Astor Piazzolla, a orillas del Sena, un paisaje tan melancólico como su música, en 1980. Foto: Pepe Fernández

Desde ese momento la existencia de Pepe se volvió un desfile. Contaba con amigos maravillosos que iban a verlo a su departamento de Ramón L. Falcón 2172 (tengo motivos para conocer la dirección exacta) y después, a Ramos Mejía. El sentido del humor a sus padres tampoco les faltaba. La primera vez que Wilcock fue invitado a comer, olió la cacerola y dijo: "No me gusta". "En la esquina hay un restaurant -le contestó la madre-. Vaya y vuelva para el café."
En Ramos Mejía, el pequeño pianista conoció a una chica de melenita de oro. Se llamaba María Elena Walsh. Bajo la magnolia del jardín de los Fernández se juntaban Héctor Bianciotti, Ernesto Schoo, Alberto Greco, Sara Reboul, Roberto Sualés, Bernardo Verbitsky. Para ellos, reírse era un imperativo y a la vez una trampa: prohibida la expresión de los sentimientos, bienvenidas las carcajadas que creaban lazos secretos, de tribu, de secta.
El grupo, que también se reunía en La Sombra (un pedazo de campo abierto donde Wilcock plantaba papas y lentejas, con una miserable casilla de techo de zinc y un vecino austríaco y quizás nazi que vivía en una cueva cavada en tierra), se desbandó con la llegada del peronismo. En 1951, la partida de Wilcock fue el puntapié inicial. En lo sucesivo asistirían a una sucesión de adioses en el Puerto que pretendían no ser desgarradores. Tres años más tarde, Wilcock se fue de verdad, junto a Nene Pugliese, a Elsa Secreto, a Alfredo Novelli. Siempre la tribu, risueña y solidaria, ¿imaginaría su futuro aislamiento en la campiña italiana, exclusivamente acompañado por un gato parlante (bilingüe, se comprende, dado que a partir de cierto momento la producción poética de su amo se desarrolló en dos idiomas, italiano y español)?
Ese día de 1954, en el muelle, Silvina temblaba como nunca. Arrebujada en sus famosas pieles de tigre, bastante ajadas, y con los anteojos negros para tapar el brillo de los ojos, le dijo: "A Wilcock lo vas a tener que reemplazar vos". Dicho y hecho, a partir de entonces lo llamó a cualquier hora: "Vení enseguida". Pepe se precipitaba a la estación, llegaba sin aliento, y ella: "¡Es que no te veo desde ayer!". Fue en el Colón, sitio en el que a Pepe acostumbraban cambiarle el rumbo, donde Bioy Casares le entregó un sobre de parte de Silvina: "Para que te compres el pasaje. Nos vamos a Europa".
Se embarcó ese mismo año. En París lo esperaban María Elena con Leda Valladares y también Cortázar, Lalo Schiffrin. A Wilcock viajó a verlo a un pueblito del condado de Kent (el poeta prefería siempre la Sombra, no las luces de la ciudad). Luego volvió a París con el pintor Carlos Courau, probó fortuna en Niza y conoció la experiencia que relata Héctor Bianciotti en su autobiografía, dormir en la calle y comer salteado. Pero tras un regreso a Buenos Aires, en 1963 emigró para siempre. Ya en Buenos Aires, María Elena sintió ese viaje sin regreso como un abandono y escribió la "Zamba para Pepe" donde le dice: "Hace muchos años que te fuiste/ y sin una lágrima te despedí/ [?]. Cuando un amigo se va,/ nadie nos devolverá/ todo el corazón que le prestamos/ tanta compartida soledad".



 
Una carta de María Elena Walsh, datada en 1966, a su amigo de siempre. Foto: Pepe Fernández

En París, Pepe "cambió el sol por la neblina", como también le canta María Elena, y el piano por la fotografía. Pepe fotografiaba con una picardía impertinente que revelaba en sus modelos aspectos impensados. El "instante decisivo" del que hablaba Cartier-Bresson lo iluminó más que nunca cuando fotografió a Borges parado en el vestíbulo de L'Hôtel, sobre unos mosaicos en forma de sol. "Quédese ahí", le pidió, y se subió a una escalera de caracol para tomarlo desde arriba. Esa foto de Borges mirando hacia lo alto, de pie sobre los rayos geométricos, ha dado la vuelta al mundo y fue la elegida por la colección La Pléiade de la editorial Gallimard al publicar sus obras completas.
Pepe, que en realidad se llamaba José María, cosa que siempre ocultó, se dio a conocer en la Argentina a través de una exposición en la Fotogalería del Teatro San Martín organizada por Sara Facio. Fue él quien presentó a Susana Rinaldi y a Bruno Quoquatrix, del Olympia de París. Sus desnudos, sus fotos de Piazzolla, de Jairo, de Monzón, también han dado varias veces la vuelta al mundo.
Cuando en 1991 volvió a Buenos Aires, de paso, quiso ver a Silvina pero Bioy Casares no lo dejó. Ella no estaba bien. Pepe se alojó en casa de Guillermo Vilas y desde sus ventanas se quedaba mirando las de Silvina, justo enfrente. Qué condena más rara, saberla ahí, sola como se está siempre ante la muerte, y no poder hablarle, recordar junto a ella los chistes de su marido y los de Borges, que a ella la hacían bostezar, y despedirse, esta vez sin retorno.
Después, el corazón de Pepe empezó a flaquear. Cuando subí los cinco pisos rumbo a su departamentito chorizo, me dijo lo que tantos argentinos perdidos por el mundo vivimos repitiendo: "Anoche escuché el tango Volver'. Me gustaría pero ¿adónde? ¿Tengo un lugar?". A modo de respuesta le canturreé la zamba de su amiga, aquella de la melenita de oro:

Como el argentino de los tangos
te quedaste solo en París
Hace muchos años que te quiero
y hace muchos más que te olvidas de mí
Te veré una noche por Corrientes
esquina Rivoli.
Todo cambia desde que te fuiste,
ya los argentinos no somos así.
Estamos mirándonos por dentro
y olvidándonos de París.
Quedan pocos de los que decían
que en este país no se puede vivir.

Una declaración de cariño que incluye una certera patadita muy de las suyas, comenté. Pepe estalló en una de esas carcajadas que desde los tiempos de la tribu le servían de máscara y, en ese momento lo entendí, también de país. Cuando a Gardel, exasperados por la incertidumbre que él mismo propiciaba, le preguntaron de dónde era, si de Toulouse o de Tacuarembó, contestó con sobriedad: "Mi patria es el tango". La de Pepe Fernández era la risa. Pero debe de ser difícil reírse solo cuando se ha vivido de manera constante junto a los otros, descubriendo sus rostros y lo que éstos ocultaban; difícil resumir el catálogo, la enumeración de nombres que fue su vida, a uno solo, el suyo.



 
Una imagen de la poeta y cantautora en la Place Saint-Sulpice (1974). Foto: Pepe Fernández


¿Por qué digo que tengo motivos para conocer su dirección exacta, en el barrio de Flores? En 1978, cuando llegué a París, me apresuré a llamarlo por teléfono. Jamás lo había visto, o eso creía, pero Pepe representaba para los argentinos un papel de embajador. Imposible instalarse en esta ciudad sin apelar al inspirador de la famosa zamba. De haber existido Manuelita, la tortuga, a ella también la habría llamado. Su respuesta me dejó muda:
-¡Alicia! -exclamó- ¡No te imaginás la importancia que has tenido en mi vida!
Al observar mi silencio, Pepe agregó:
-A ver, cerrá los ojos y tratá de recordar quién fue tu primer profesor de piano.
Obedecí, cerré los ojos y volvió a mi memoria un corredor oscuro, largo. Al final se abría una puerta en cuyo vano se erguía un joven de elevada estatura. Yo vivía en el departamento B, tenía seis años y caminaba por el corredor hacia el departamento del fondo, para ir a recibir mi primera lección de piano.
-¿Ese muchacho alto eras vos? -me sorprendí, mientras Pepe se reía encantado, ante todo para festejar que el recuerdo no se hubiera perdido, y también porque aquel petisito de quince años, que a mí me parecía enorme, no había crecido mucho desde entonces.
-Yo con vos me moría de miedo -confesó-. Fuiste mi primera alumnita.
Un periodista argentino, Jorge Forbes, se contó entre los pocos que se animaron con los cinco pisos de Saint-Germain para subir a verlo. Pero Pepe, esa vez, me había asegurado, mientras martilleaba con el dedo sus carpetas llenas de fotos: "Esto no se pierde, hay amigos que lo saben y que harán algo".

Años más tarde la predicción se cumple. La exposición de las obras de Pepe Fernández en Buenos Aires demuestra que el título de la nota que publiqué a su muerte, "Una malicia que no debe morir" (nota de la que transcribo en ésta bastantes párrafos, ¿acaso entre tanto he vuelto a tener noticias suyas como no sea en sueños?), osciló entre la premonición y el estímulo. No, esa malicia no debía morir, y no lo ha hecho, por suerte para todos. Conmueve, alivia y reconforta comprobar que las obras sobreviven a un episodio tan fútil como caerse muerto.



Periodista y escritora
La Nación, 10 de octubre de 2014

Fuente: La Nación

Silvina Ocampo & Adolfo Bioy Casares: extraña pareja / Alicia Dujovne Ortiz, La Nación 6 de febrero de 2005


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Desde la muerte de Marta, su mujer, el padre de Adolfito vive con ellos. Cada día, al regresar de su bufete de abogado, se cambia de arriba abajo para pasar al comedor, se sienta ceremoniosamente en el lugar indicado y come mirando el plato, esquivándole a ella la mirada y sin sumarse a las risas de Adolfito y de Borges: Georgie. Por suerte para ella vendrán los Pepes; Pepe Bianco, el escritor, y Pepe Fernández, el muchachito risueño que toca el piano, el amigo de Wilcock. A los Pepes y a Johnny (para ellos Wilcock siempre será Johnny) los hace venir para alivianar el aire, para no estar aislada; su suegro por su lado, Adolfito con Georgie por el suyo, y ella, sola.
Siempre tiene frío. Esta noche, para sen-tarse a la mes­a se volverá a envolver en su tapado de piel de tigre. Ha mandado encender la calefacción, pero no demasiado. Para qué andar gastando; cuanto menos tenga que abrir las bolsas de plástico llenas de plata guardadas en el ropero, mejor será.
Nada ha cambiado desde que era la hermana feúcha, la menorcita aplastada bajo el peso de las otras: Victoria, la brillante; Rosa, Pancha y Angélica, con su fama de ser la más inteligente de las cinco (la sexta ha muerto hace tiempo). Salvo Victoria, que reina majestuosa en San Isidro, sus hermanas siguen viviendo cerca, cada una en su piso, y ella arrinconada en el suyo. La calle Posadas prolonga la casa natal de la calle Viamonte. A falta de lugar en la banda poderosa de sus hermanas, Silvina siempre ha andado escabulléndose por los rincones, espiando, curioseando a los pobres, a los raros.
Ahora podría compartir las rarezas de Georgie y Adolfito, pero algo en ella se resiste a divertirse igual. Sus rarezas no son las mismas. Anoche se han reído juntos los dos durante toda la comida, imaginando colores cambiados. "¿Y si el cielo fuera verde?", decía Georgie. Ja, ja. "¿Y si el pasto fuera violeta?", decía Adolfito. Ja, ja, ja. En ese momento, hasta la seriedad inabordable del suegro le ha resultado más afín que esos chistes de nenes genios.
El suegro a ella no la quiere. Primero no la quiso por su amistad con Marta, demasiado íntima para su gusto. Pero el colmo para él fue asistir impotente al casamiento de su hijo, bellísimo, talentosísimo, riquísimo, con la feaza de los Ocampo, que tenía tanta plata como él, pero que le llevaba sus buenos años (las respectivas fechas de nacimiento, 1903, 1914, aún le suenan a insulto). Silvina no podrá hacerlo abuelo. La concentrada y oscura bronca ni siquiera se le calmará cuando Adolfito y Silvina viajen a Pau, Francia, para buscar a Marta, la hija.
Se estremece sin pausa, tal vez de miedo. Esa tarde ha visto a Alejandra, la poeta. Alejandra Pizarnik. Con Alejandra se ríe, pero comparte sobre todo el temblor. Ella también es una criatura feíta y abandonada. Por eso la ama: otra nena genial, pero habitante de una región profunda que no acepta risitas de niños bien. No es que Alejandra sea compungida ni solemne, es que sus enigmas no son un juego. Los de ella tampoco. Enigmas espeluznantes de verdad, porque rozan la muerte: ¿qué son los cuentos de Silvina sino pequeños sepulcros adornados con plumas y piedritas, ritualesÛ de niña mala que ha matado un insecto y le rinde honores?
La primera vez que lo vio, en 1933, en casa de Marta, Adolfito llevaba una raqueta de tenis. Su belleza le resultó una puñalada. A ella le bastó verlo para sentirse desesperada de celos. Pero algo había en él peor que su hermosura: sus ojos hundidos bajo unas cejas despeinadas por un viento invisible revelaban su desamparo. Silvina en eso no era diferente de cualquier otra mujer: podía resistirse a la salud, a la fuerza; al desamparo no. Por lo demás, en ese rostro tan fino se anunciaba un rasgo futuro, al que tampoco se resiste ninguna mujer: con el tiempo, a ambos lados de la boca, los músculos se le dibujarán con nitidez, labrándole dos surcos que no aludirán a vejez, sino a virilidad. Poco tiempo después, el muchacho estatuario publicaba La invención de Morel.
Le propuso casamiento siete años más tarde. Ella se preguntó por qué razón la elegía, elegante, graciosa, creativa y Ocampo, pero madura, nada linda y de una sexualidad incierta. Sospechó que la elegía por razones literarias y, más oscuramente, para acercarse a su madre por caminos oblicuos. Después ya no se preguntó más nada: Adolfito y Silvina se convirtieron en ese monstruo de dos cabezas llamado pareja. Aunque cada uno de los dos existió por separado -él con su guirnalda de amores, ella también enguirnaldada pero menos, apartada y secreta, jugando a las escondidas, como siempre-, los dos existieron en conjunto. En la pareja de Silvina y Adolfito cabían muchos. No por eso dejaban de ser la criatura bifronte denominada los Bioy.
Silvina sabe todo, acepta todo y se calla, pero tiembla sin pausa. Tiene terror de las noches en las que él tarda en llegar. Para espiarlo, pone una silla delante de la puerta. El correrá la silla al abrir, y ella al oír el ruido se volverá a la cama a hacerse la dormida. Sentirse ridícula no disminuye la quemazón de la rabia.
Quizá Georgie tenga razón cuando dice: "Yo sospecho que para Silvina Ocampo, Silvina Ocampo es una de las tantas personas con las que tiene que alternar durante su residencia en la Tierra". Nadie podrá afirmar nunca cómo es Silvina; a lo sumo podrán preguntar: ¿cuál de ellas? Algunas Silvinas, por desgracia, se reconocen entre sí: la que al ver a Adolfo Bioy Casares con su raqueta de tenis sintióque su belleza la apuñalaba es la misma que por las noches espera su regreso, temiendo que alguien esta vez consiga retenerlo y ella lo pierda.
Su cuarto está caldeado, pero se estremece como nunca. Puede entenderlo todo, hasta que Adolfito la traicione con su propia sobrina. Pero no hay adivino que no tiemble, y Silvina adivina lo que vendrá. Como si ya intuyera el peligro que representará para ella el amor de Adolfito por Elena Garro. La mujer de Octavio Paz, excelente autora de cuentos fantásticos, escribirá una novela titulada Recuerdos del porvenir. Silvina siempre ha tenido recuerdos del porvenir. Ahora cree recordar un futuro en el que Adolfito se habrá ido con la escritora mexicana, y entonces mete la cabeza entre sus pieles de fiera frágil.
Si por lo menos Adolfito y ella hubieran continuado escribiendo de a dos. Si ella le hubiera demostrado que su guirnalda podía ser de mujeres, pero jamás de escritoras. Si ambos se hubieran convertido en otro monstruo de dos cabezas, pero esta vez literario: un Bustos Domecq formado por ambos Bioy. Al principio lo ha intentado: en 1946, Silvina ha escrito con Adolfito una novela policial de título elocuente, Los que aman odian. Ha sido una parodia, porque está escrita en broma, y porque Silvina se ha esforzado en adaptarse a los misterios de Bioy, que se resuelven gracias a una trama rigurosamente controlada, mientras que los de Silvina quedan flotando. Imposible competir con Georgie en ese terreno; la complicidad literaria ya no ha sido con ella, sino con él. ¿Pero entonces a ella qué terreno le queda, salvo escribir lo suyo en soledad? 
Esa noche de 1954, Silvina entra en el comedor envuelta en sus tigres, como una actriz adulada que en el fondo se muere de timidez. El suegro, Georgie, los Pepes y Adolfito la esperan desde hace rato. Se levantan, corteses. El cocinero de toca y el maître d'hôtel de guante blanco que presenta la bandeja se han esmerado: el soufflé está en su punto, la comida transcurre como siempre, ritual inamovible en el que Georgie y Adolfito comparten ese sentido del humor que a ella la cansa. Como siempre también, después del último bocado el suegro se despide y Adolfito se retira con Georgie al salón del café. Los Pepes la rodean inquietos. Son los únicos que se han dado cuenta de su inusual palidez. Silvina cae desvanecida. Hay corridas y gritos; Adolfito se asoma con la cara desencajada. Se la llevan alzada, llaman a un médico que diagnostica meningitis. Abrazado a sus amigos, Adolfito llora como un chico repitiendo: "Pero yo qué voy a hacer si Silvina se va, qué voy a hacer sin Silvina". Ella no puede oírlo. Si lo oyera entendería que su marido nunca se irá, porque sencillamente la adora.
Poco tiempo después viajaron a Pau para buscar a la nena, Marta, nacida tres meses antes. Un viaje del que Silvina regresaría convertida en madre legal. Cosa inesperada, la hija de Adolfito con esa presunta costurera que cumplió con su pacto de hacer mutis por el foro, a Silvina se le metió en el alma. (Cuando con el tiempo lleguen los nietos, Florencio, Lucila y Victoria, se mostrará igual de cariñosa). Nadie la había creído capaz de sentimientos maternales, ni siquiera ella misma, y sin embargo sí, los tuvo. Al principio lo hizo por Adolfito: él deseaba hijos y le rogó que hiciera de madre de este bebé. Después lo hizo porque Martita le cayó bien. Descubrió el placer de celebrarle los cumpleaños, de llevarla al Zoológico. Y se rió durante años del día en que enfrentó a la beba por primera vez. Estaba colorada hasta las orejas y, de puro nerviosa, dijo la primera zoncera que se le ocurrió: "Qué naricita más chica tiene, ¿no será homosexual?" "No -le contestó Adolfito, muy serio, como si la pregunta le pareciera de lo más atinada-; es que es ñatita".
Extraña Silvina. Extraña relación de pareja que no se pareció a ninguna, pero que lejos de ser una tranquila amistad fue un agitado amor.

Silvina Ocampo murió en 1994. Veinte días después de su muerte, su hija Marta murió atropellada por un automóvil. Bioy Casares las sobrevivió cinco años. Finalmente, había sido Silvina la que lo había abandonado a él. Cuando se hizo evidente que ella se tropezaba con las cosas, con las ideas, él contrató a unas cuidadoras encargadas de vigilarla. De creerle a su mucama Jovita, testigo de una de las Silvinas que compusieron a Silvina, la anciana señora no se lo perdonó. Nunca más volvió a hablarle. Arrodillado ante ella, el viejo señor le suplicaba llorando como un chico, igual que en 1954: "Silvinita, por favor, contestame, dame un beso, Silvinita, no me dejes aquí". Ella le daba vuelta la cara, por una vez de viaje sin él.

Periodista y escritora  
La Nación,  6 de febrero de 2005
Fuente: La Nación



Obama cantado por Joan Baez, por Alicia Dujovne Ortiz, La Nación, agosto 2008






Joan Baez, en el centro, participa en toda marcha
contra las guerras entabladas por Estados Unidos;
ya ho había hecho en el caso de Vietnam


PARIS

Las fotografías de la gira mundial del candidato mestizo (y no negro, como suele decirse) a la presidencia de los Estados Unidos hablan por sí solas. Fascinadas multitudes alzan los blancos brazos hacia él, sobre todo en Berlín, donde se quedó unos días y donde dijo, ante 200.000 personas, que ansiaba derrumbar todos los muros del planeta. Pequeñas pero igualmente fascinadas concentraciones en Londres y en París, donde se quedó menos (para no aparecer como un sofisticado ante la Norteamérica profunda que quizá vote a Mc Cain). Y encuentros personales exitosos con los dirigentes alemanes, franceses, ingleses, iraquíes, afganos, palestinos, israelíes. Si en los Estados Unidos el fútbol representara lo mismo que para nosotros, calificarían la gira de gol de media cancha. Algún gol deportivo, de todos modos, hizo Barack, al alzarse apenas sobre la puntita de los pies para introducir con gracia la pelota en un cesto de básquet como si nada, ni lo físico ni lo intelectual, le costara trabajo.
Sí, esas fotografias decididamente lo favorecen. Su soltura, su simplicidad y la calma de sus ademanes contrastan con los gestos crispados de un Nicolas Sarkozy, el espesor algo palurdo de un Gordon Brown, el batir de palmas candoroso y alborozado de una Angela Merkel. El, digno y mesurado, se limita a sonreír, y la sonrisa también le sale sin esfuerzo.

Al releer lo que precede, me doy cuenta de que, vade retro , este retrato podría pasar por el de un líder carismático de los que apuntan a las entrañas del pueblo con un discurso visceral, echando arena en los ojos para encauzar el descontento popular en provecho propio; vale decir, ese líder que no desearíamos ver reproducido en ningún país. Lo extraordinario es que aquí se trate justamente de otra cosa. El discurso de Barack se dirige al sentimiento, sí, pero a un sentimiento (" I have a dream ", decía Martin Luther King) depurado, tamizado, elaborado por la razón. En esas condiciones, y aunque conquiste a su pueblo y a varios otros, Barack no es un seductor, si entendemos por eso el que suscita el sentimiento sin experimentarlo en carne propia, el que pone en escena los deseos del otro para servirse de él. Un seductor con un sueño razonado que va al cerebro y no a las tripas no es un tiranuelo en potencia, ni un Burlador de Sevilla, es alguien en quien creer.

Lo importante es que esto último lo diga alguien con la trayectoria justa como para que su afirmación cobre sentido. Me refiero a Joan Baez. En una entrevista concedida a Raphaëlle Bacqué y a Annick Cojean para Le Monde , la diva folk , la de los años de peace and love , la que se opuso a la Guerra de Vietnam y cantó en Hanoi bajo las bombas, la que siempre acompañó las luchas de su tiempo con esa voz de una pureza perfecta, confiesa su propio sueño, similar al del pastor King, del que fue ardiente seguidora: "Sueño con que Obama, presidente, reúna y unifique un país dividido desde hace demasiado tiempo", y encima agrega: "Yo también, como Michelle, por fin estoy orgullosa de ser norteamericana".

Recordemos que la declaración de la mujer de Obama había levantado olas, y que la rubia y compuestita señora Mc Cain había aprovechado la ocasión para clamar a los cuatro vientos un patriotismo impoluto: "Yo siempre he estado orgullosa de serlo". Nada tiene de raro, si se me permite la observación, dados los itinerarios de las dos esposas: para una, surgida de un gueto negro, un diploma de honor y una brillante carrera de abogada; para la otra, un imperio cervecero recibido como herencia. (Y pido disculpas por incurrir yo misma en la aberración de llamar simplemente Michelle a esa mujer inteligente, valerosa, centrada y, como ella misma declara con una gran carcajada, menos tarambana que su marido. En general, rehúyo la costumbre de dejar a las esposas sin identidad propia, como si hubieran nacido el día de su casamiento. Lo cierto es que no conozco el apellido de Michelle; también es cierto que desconocer el de la señora Mc Cain me preocupa menos).

"Pasa algo único entre nosotros -se entusiasma Joan Baez, que, feminista sesentista, siempre se preció de no ser señora de nadie-; algo luminoso que nunca habría imaginado dentro de la negrura y el sopor que se han apoderado de nuestro país durante siete años. Algo que moviliza, motiva, reanima. Toda la vida me he negado a comprometerme con la politiquería, pero lo que hoy ocurre es demasiado entusiasmante como para no reaccionar: masas de norteamericanos están dispuestos a tener un presidente negro. Es la cosa más sana que se haya producido aquí desde hace mucho".

Baez no puede ignorar que Obama, de padre keniano y madre norteamericana blanca, no puede ser considerado negro sino, lo repetiré hasta el hartazgo, mestizo. Ella lo sabe como nadie, puesto que, con su padre mexicano y su madre escocesa, en los Estados Unidos también lo es. Quizá lo llame negro para poner de relieve la refrescante novedad del fenómeno que, en efecto, merece ser recalcada y proclamada con bombo y platillo. En todo caso, tanto una como el otro poseen la apertura de quien, al sentirse doble, no cabe dentro de los límites de una sola nación. Baez le escribió a Obama y recibió una respuesta "dentro del espíritu de la no violencia" (es interesante enterarse de que el candidato presidencial tiene la foto de Gandhi en su oficina). Para los dos, decir "pacifismo" es también hablar de una solidaridad que trasciende fronteras y derrumba muros vergonzosos.
Por eso mismo, no tiene nada de sorprendente que la cantante siempre se haya opuesto a saludar la bandera norteamericana con la mano en el pecho, "recitando burradas" como ella misma dice. Ciudadana del mundo, cuando los obreros mexicanos a los que defendía le preguntaron encantados si se sentía latina, ella les echó un jarro de agua helada: "No, ni tampoco escocesa". Nunca se ha cansado de reivindicar lo que ella llama "mi colorcito"; pero eso no le parece motivo para embanderarse en una causa que no sea de todos.

Conocer la historia de la familia Baez permite comprender ese tonito un tanto puritano, de mujer de principios, que siempre caracterizó sus actuaciones y que alguna vez, en tiempos pasados (y mejores) nos pudo hacer sonreír. Hijo de un pastor metodista que había decidido compartir la vida de los desheredados, curiosamente no en su país sino en el de más al Norte, su padre llegó a los Estados Unidos a los dos años de edad. El se volcó a la ciencia, pero terminó volviéndose cuáquero, junto a su mujer escocesa, también hija de pastor. Aunque a Baez la educación austera que recibió de chica le resultara triste, es evidente que sus ideales vienen de allí y de sus viajes: durante su infancia vivió en un montón de países, entre ellos Irak. Por sus orígenes y por su historia, la chica de piel bronceada que conoció en su país la discriminación étnica no podía ser otra cosa que partidaria de Barack Obama.

Joan Baez tampoco puede ignorar que su adhesión es todo un símbolo. La mujer de pelo cortito y canoso que sigue cantando en todos los escenarios del mundo, y participando en todas las batallas, muy en particular contra la tortura y la pena de muerte, no es ningún fantasma. Se la puede ver y escuchar. Nadie la ha olvidado. Por otra parte, sus principios siguen siendo lo que siempre fueron, cosa que esta época, que ya no los tiene, o que los tiene menos, es muy de agradecer. Suerte que haya tenido la tozudez necesaria como para haberlos guardado intactos, sin polvo ni verdín.


Pero además de ser ella misma, y de serlo hasta hoy, Joan Baez representa un ardor y una efervescencia que parecían desaparecidos bajo una gruesa capa de "negrura y sopor". Al cabo del tiempo, las bromas que nos permitíamos acerca de los hippies con sus florones y sus pelos y sus dedos en V y sus resbaladas por el barro de Woodstock han perdido toda validez. Con los collares y las vinchas y la mística de la naturaleza y del amor, no la guerra, o sin ellos, aquélla fue una época en la que creíamos poder elegir; cuando todo nos parecía posible; cuando pensábamos estar inventando el mundo. Una época en la que la imagen de los Estados Unidos significaba, además de la Guerra de Vietnam, cierto modelo de "progreso" y de consumo a resistir, que no se ha vuelto a dar con semejante fuerza. Tanto tiempo después, Michelle y Joan pueden estar orgullosas de ser norteamericanas, y muchos de nosotros quizá podamos reconciliarnos con esa idea de país.
Obama no pretende revivir la utopía de los sesenta en ninguna de sus formas. No sólo nunca manifestó el deseo, sino que sus posiciones, frente a la realidad electoral, se le han corrido al centro. Sin embargo, es el descendiente directo de una década en que la gente estaba viva. Joan Baez lo ha entendido. Si el padre espiritual de Barack Obama es el pastor King, ella, que cantó junto a él, ha resuelto simbolizar a la madre de este new dream . ¿Con qué mejor familia se podía contar?


©  Alicia Dujovne Ortiz
Escritora y periodista
La Nación, Argentina
Agosto 2008