Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron".
Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.
Por veredas de sueño y
habitaciones sordas
tus rendidos veranos me acechan con sus cantos
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
Dónde están tu nombre y tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño
si solamente estás donde ya no te busco
Homenaje a 100 años de su nacimiento y 30 de su partida: 26 Agosto 1914 - 12 Febrero 1984 / Homenagem aos 100 anos de seu nascimento e 30 de sua partida: 26 agosto 1914 - 12 fevereiro 1984
“El exilio no
es sólo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos
sino también de enfrentar este hecho con un interior
desbaratado.”
Sola en Buenos Aires, recién llegada de
París desde el exilio, María Esther Gilio buscaba en un diario empleo de
secretaria: había perdido por completo la confianza en su oficio de periodista
después de que Jacobo Timerman rechazara su entrevista a Pablo Neruda. Pero una
analista, varios amigos y la escena de la manteca de Ultimo tango en París
cambiaron la historia. Y ella misma la cuenta.
En
el Río de la Plata
se ha escrito poco sobre el exilio. Siento esto cada vez que hablando sobre el
tema alguien dice: “¡Estar en París y extrañar Montevideo! Sólo un loco”.
El
exilio no es sólo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos sino también de
enfrentar este hecho con un interior desbaratado. Las piezas que conformaban
nuestro aparato psíquico están ahí, ¿pero dónde?, ¿qué hacer para encontrarlas?
De esto quiero hablar. De la fuerza y la confianza que es necesario rescatar
antes que nada, ya que sin ellas en esta maraña en que estamos hundidos no
podremos hacer nada.
Esta pequeña historia que
contaré habla de ese rescate.
Vengo
caminando por Federico Lacroze, en Buenos Aires, en una mañana soleada pero
fría, con la cara empapada en lágrimas. Tantas que no veo a la gente que se
cruza conmigo.
Haroldo abrió los brazos y yo me metí en ese espacio que me ofrecía. “Ay,
Haroldo.”
–¿Qué pasa muchacha, qué pasa?
–Volví hace un mes de París, pero no a Montevideo.
–Pero vos sabías que no volvías a Uruguay.
–Sí, sabía. Pero pensaba que Buenos Aires era lo mismo.
–Escuchame, lo que te pasa es normal. Vas a salir, pero sería bueno que alguien
te ayudara.
–¿Quién?
–Un profesional.
–¿Un psicólogo? No tengo plata.
–Llamame mañana que te doy el número de una psicoanalista que te va a atender.
Ella verá la manera.
Dos días más tarde llamé a
Elba, la psicoanalista que vería la manera.
–¿Quién
dijiste que eras?
–María
Esther Gilio.
–No,
mirá, yo no puedo atenderte. Me gustaría, pero no puedo. Tenemos muchos amigos
en común. Te doy el número de otra profesional que es tan buena como yo.
Llamala.
Llamala
vos, idiota, pensé. Estaba ofendida, disgustada, triste, desconfiada. “Amigos
comunes.” Indiferente, egoísta. No llamaré a tu recomendada ni a ninguna
psicoanalista que viva en este mundo. Habían pasado dos o tres días cuando al
subir del subte, en la calle, me crucé con Aldo Guglielmone.
–¡Aldo!
–¡María Esther! No sabía que estabas acá. ¿Cuándo llegaste? Vení, vamos a tomar
un café.
Sentados
a una mesa de un café de Plaza Italia hablamos de mis sufrimientos y, sobre
todo, de la analista que se había negado a atenderme. Fijate vos que esta
cretina, que se llama Elba no sé qué, no quiere atenderme porque tenemos amigos
comunes. Podía haber inventado otra excusa, algo más creíble.
Aldo
miraba su café en silencio. Lentamente ponía azúcar, cuidando de no llenar la
cucharita y revolvía con igual cuidado. Estaba distraído. “Aldo, no me estás
escuchando.” Me miró, puso su mano sobre la mía y dijo: “Elba Azardui es muy
amiga mía. Te digo más: fue mi mujer hasta hace unos cuantos años, en que nos
separamos”.
Dos
días después llamé a Ema, la recomendada de Elba, quien había dejado de ser
indiferente y egoísta. Ema me citó para el día siguiente y en dos minutos
resolvió el problema del pago. Cuando empezara a trabajar le pagaría. ¿Usted
cree que rápidamente voy a encontrar trabajo? Ema me miró en silencio.
–Bueno,
si usted lo dice. Pero de periodista, no.
–¿Por
qué no?
–Mi
periodismo acá no funciona.
–¿En
qué sentido?
–Jacobo
Timerman, después de leer en su diario la entrevista a Neruda que había
aceptado publicar su director de Cultura, Juan Gelman, me dijo que no sabía
cómo “eso” había llegado al diario.
–¿Cómo
se lo dijo?
–Me
lo dijo al cruzarse conmigo en un corredor de La Opinión. “Che, qué cagada
me encajaste, ¿cómo hiciste para convencer a Juan de que te publicara eso?”.
Dése cuenta. Si hay algo que no puedo hacer es periodismo.
Ahí hubo dos opiniones. Una de Juan Gelman, otra de Jacobo Timerman.
–Confía
más en Jacobo Timerman...
–No,
no sé.
–Creo
que sí.
–Sí,
tal vez.
A
partir de ese día, fundamentada mi decisión de no hacer periodismo, empecé
realmente a buscar trabajo. Todos los días abría Clarín en “Trabajos se ofrece” y revisaba, con un bolígrafo en la
mano, “secretaria se precisa”. Pero qué lejos estaba de ser una secretaria
medianamente aceptable. Mala en la máquina, que escribía con alguna rapidez,
pero con dos dedos; mala en idiomas, porque si bien podía revolverme en tres o
cuatro, sólo español hablaba y escribía fluidamente.
Hacía
casi un mes que buscaba cuando Tomás Eloy Martínez, que me conocía de tiempo
atrás, me llamó desde La Opinión. “¿No
querrías hacer unas entrevistas sobre El
último tango en París, que acaba de ser prohibida?”
–No, no sé...
–¿Cómo que no sabés? Esta es una nota para vos.
–¿Puedo contestarte mañana?
Llamé
a Ema, quien me citó para esa misma noche a las 9 y media. Fui serena. Es
verdad que precisaba trabajo, pero no quería hacer periodismo y por más que Ema
se lo propusiera, no me convencería.
–Vamos a suponer que acepta
hacer la nota. ¿Qué puede pasar?
–Puede pasar que no sirva.
–En ese caso, ¿usted se daría cuenta?
–Apenas entrevistados el juez y el fiscal ya sabría si el material conseguido
era el indicado.
–¿El indicado para qué?
–Para reflejar el espíritu provincial y reaccionario de estas dos personas que
aprueban la prohibición del film.
–Es decir que tiene claro cuál es el objetivo de las entrevistas.
–No sé qué quiere Tomás. Yo aspiraría a eso.
–Tal vez él quiere conocer los argumentos que llevaron a esas personas a tomar
la decisión.
–Pienso que si fuera sólo eso, habrían encargado el trabajo a cualquier chico o
chica de “Vida cotidiana” o de “Espectáculos”.
Ema quedó en silencio
mirándome.
–Usted no es cualquier chica
de “Vida cotidiana”.
–No.
–¿No?
–Creo que no.
–¿Entonces?
–No sé –dije.
Por
un largo rato ambas quedamos en silencio. Yo, mirando un bolígrafo que había
hecho girar entre las manos durante toda la sesión. Ema, mirándome a mí.
–Bueno –dijo ella
finalmente–. La espero el martes a las 3, como siempre.
¿Qué
había pasado? ¿Yo le había prometido que haría el trabajo? ¿Ella pensaba que lo
haría? ¿Debería hacerlo para complacerla? Bajé del ascensor y miré el reloj.
Faltaba un rato para las 10 y veinte. La sesión había sido quince minutos más
corta. Me senté en el escalón, contra la pared, un lugar oscuro desde donde
veía la calle Córdoba, a esa hora todavía tapada de autos que se deslizaban
veloces hacia el norte. ¿Qué fue lo que hablamos? ¿Qué fue? No sé. Yo dije que
no era una aprendiza, o algo así. ¿Qué quise decir? ¿Que puedo hacer bien mi
trabajo? ¿Eso quise decir? Sí, eso fue lo que quise decir. ¿Por qué, si no
quiero volver al periodismo? Porque es verdad. Lo dije porque es verdad. Sin
embargo, no siempre es verdad. En Uruguay es verdad. Aquí también, para Tomás
Eloy y para Juan Gelman. ¿Qué pensé antes de la sesión, cuando todavía estaba
en casa? “Ema no me convencerá.” Sin embargo, estoy dudando. ¿Qué dijo para
hacerme dudar? Veamos. Debo repasar la conversación con calma. Prolijamente. En
algún momento dijo: “Usted puede”. No sé cuándo, pero seguramente lo dijo. ¿O
no? No, eso no lo dijo nunca. Y si lo dijo, no lo recuerdo. No recuerdo esas
palabras. Algo tiene que haber dicho, sin embargo. Ya me voy a acordar. Tengo
que esperar. Tranquilizarme y esperar.
Salí
a la calle y empecé a caminar hacia el sur. Eran más de las 12 cuando metí la
llave en la puerta del edificio donde vivía, en Cochabamba y Defensa. Había
caminado más de cuatro kilómetros. Me sentía excitada, cansada, con la cabeza
llena de niebla y confusión. Cuando abrí los ojos a las 8 del día siguiente, me
levanté rápido pues debía preparar las preguntas para la entrevista. “Si
fracaso, la culpa es de Ema”, me dije, y reí en voz alta sin saber por qué. A
las 12 bajé al bar de los gallegos para telefonear a Tomás, quien se mostró
contento de que hubiera aceptado. “Pensaba que ni siquiera te molestarías en
llamar”, dijo y me pasó la dirección y la hora de las citas ya combinadas por
el diario. Una sería esa tarde a las 5; la otra al día siguiente entre 12 y 2.
Yo decidía. Pensé en la ropa. Pantalón beige, camisa blanca, y el blazer
escocés, gris, beige y blanco. No debía mostrar a mis entrevistados que
aceptaba la película ni que la rechazaba, pero de mi aspecto debía surgir que
pertenecía al sector de los que se sentían agredidos por la grosería de las
escenas en cuestión.
Mientras
subía las escalinatas del edificio, donde encontraría al fiscal, recordé las
palabras con que las leyes uruguayas aludían al acto sexual que había provocado
el escándalo y decidido la prohibición: “Acto sexual que se realiza por vaso
indebido”. ¿También las leyes argentinas lo designarían de esta manera?
Un
portero me condujo al despacho del fiscal, un hombre de rostro afable y clase
social tan definida que no era necesario recurrir a su apellido que daba nombre
a una calle para saber que pertenecía al grupo de los privilegiados. No
recuerdo qué dije, luego de presentarme, pero sí recuerdo que ante una pregunta
mía sobre su apellido –Beruti– se metió con placer evidente, pero también con
mesura, en el tema de sus antepasados. “Veo que esto le interesa”, dijo
finalmente. “Sí, me interesa esto que cuenta”, dije con mi sonrisa más juiciosa
mientras sacaba mi libreta de la cartera. Ya sabía, en ese momento, que mi
entrevistado había bajado sus defensas y se disponía a hablar con su indudable
honradez y sin tomar ningún cuidado por ocultar sus convicciones decimonónicas.
Así lo escuché atacar con inesperada vehemencia esas escenas que “agredían de
manera inexcusable al pudor público medio” y luego, cuando yo aludí a las
dificultades que la elucidación de este concepto presentaba en la práctica, vi
cómo trataba, con una sonrisa, de borrar el fastidio que dominaba su rostro.
Siempre con ese fastidio en su cara y aquel proyecto de sonrisa, que procuraba
ocultarlo, habló de los novios “que van a ver la vista, y después, vaya uno a
saber a dónde van. Usted puede imaginarlo”, dijo mirándome a los ojos. Yo dije
que no sabía, ante lo cual él abrió los brazos y miró hacia el techo en un
gesto que tal vez significaba “¡Pero mi Dios, a quién me mandaron!”.
Después
de unos diez o quince minutos di por terminada la entrevista, guardé mis cosas
y saludé al fiscal, quien se empeñó en acompañarme hasta la escalera con
actitud tan paternal que me llenó de culpa cuando más tarde me dispuse a
escribir la nota.
El
otro juez –Arnaldo Correa–, a quien entrevisté al día siguiente, se tiró a
explicarme, sin esperar mis preguntas, el artículo 128 que prohíbe la
“exhibición, publicación y reproducción de imágenes obscenas”. Respondió
velozmente a alguna pregunta con apariencia inocente como: “¿Y por qué cree
usted que va tanta gente a ver el film?”. Y pasó luego a atacar duramente a
Bernardo Bertolucci, quien había colocado como protagonista a un pervertido, al
tiempo que había exaltado hasta límites inaceptables el acto sexual. Pero
además, me dijo, levantando la voz de manera inesperada, ¡los chicos del
secundario!
–¿Qué pasa con los chicos
del secundario?
–Dicen Dánica.
¿Qué es Dánica? –pregunté con
inevitable aire de inocencia o bobería.
–¡Cómo qué es! ¡Manteca! Dánica para
untar, dicen. ¡Señora! ¿Usted recuerda el uso que da el protagonista a la
manteca en el film?
De pie con los brazos en alto era difícil saber si quería matarme por perversa
o echarme a la calle por idiota.
–Soy uruguaya –dije simulando aire asustado–. No sabía.
–Sólo
así se explica –dijo sentándose de un golpe y poniendo la cabeza entre las
manos–. ¿Se da cuenta? Dánica,
manteca para untar –repitió en voz inesperadamente baja y melancólica, abrumado
tal vez por la dureza de la vida que no ofrecía las armas que harían posible la
protección de la inocencia. Cuando salía, me saludó poniéndose apenas de pie.
Era evidente que estaba cansado y un poco deprimido.
La
entrevista que apareció en la contratapa de La
Opinión movió a muchos lectores a preguntar al diario de
quién era esa nota sin firma. Daniel Divinsky supuso que era mía y me llamó.
“¿Qué pasó que no firmaste?”, dijo.
Dos
días después, sentada frente a Ema, trataba de adivinar si sabía que ese
trabajo era mío. Pero, claro, no podía esperar que ella lo dijera. Esas cosas
razonables no son las que hacen los analistas. Callada, inescrutable, me miraba
esperando que yo empezara. Finalmente empecé.
–¿Leyó mi nota?
–¿Dónde?
–En la contratapa de La Opinión.
–¿Se refiere a las entrevistas al fiscal y el juez? La leí.
–¿Le gust... –empecé a decir, pero quedé en silencio.
–¿Qué iba a decir?
–Nada, nada importante.
–¿Le costó mucho hacer el trabajo? –dijo ella.
–No.
–¿Quedó satisfecha? ¿Le parece bueno lo que hizo?
–Sí, me pareció bueno.
Sonrió.
–Quiere decir que ya no duda
de su posibilidad de escribir.
–Yo no diría tanto.
–¿Qué diría?
–Que hay algunas cosas que puedo hacer bien –dije.
Ema,
estoy segura, había leído la nota, sabía que era buena y tenía claro que
haberla escrito significaba un éxito para ambas. Pero, por supuesto, nada dijo,
ni sobre esta ni sobre lo idiota que había sido al dudar de mi capacidad para
hacerla. Y aunque toda la sesión me miró con la seriedad concentrada que
acostumbraba, sé que una sonrisa feliz pugnaba por aparecer en su rostro.
A
partir de este momento empecé a ganar mi vida. Recorrí las redacciones donde
era relativamente conocida por haber publicado, en la Argentina, La guerrilla tupamara, y en la mayoría
me encargaban notas cuyo precio me abstenía de discutir. Decía sí a casi todo
lo que me pedían, lo hacía lo mejor que podía y tomaba sin protestar el dinero
que me pagaban, en general poco, como es la costumbre con los colaboradores en
esta zona del mundo.
A
partir de este momento sentí que podía mantenerme escribiendo. Es decir, sentí
que el problema trabajo se había resuelto. Tenía otros, pero de la resolución
de éste dependía la tranquilidad que me permitiría abordarlos.
Dos fuertes personalidades. Dos
pioneras: una, la primera mujer de América latina que recibió el Nobel; la
otra, la primera que integró la
Academia de Letras en la Argentina. Gabriela Mistral, poeta y docente chilena. Victoria Ocampo, creadora de un poderoso
proyecto cultural continental: la revista y editorial Sur. Se escribieron
durante 30 años. Se azuzaron, discutieron, se amaron. Y reflejaron en sus
cartas, que hoy se publican y de las que aquí se anticipan algunas, a los
personajes y al mundo de ideas de su época.
Gabriela Mistral y Victoria Ocampo
Niña fea, criollota, regalona, FUNDIDA, engreída, china alzada." Estos son
los epítetos que la chilena Gabriela Mistral le dirige, en una carta fechada en
1939, a
Victoria Ocampo, reprochándole su falta de respuesta. Y no se queda allí, unos
párrafos más adelante, arremete otra vez: "Gran bribona, camilluda, ñandú
de la Patagonia".
Lo llamativo de ese trato marca, en cierto modo, el tono de la correspondencia
entre ambas escritoras, que se inició mucho tiempo antes de que llegaran a
conocerse personalmente y se extendió a lo largo de treinta años (1926-1956),
durante los cuales se encontraron solamente en seis oportunidades. Un
intercambio que fija posiciones entre ambas -a menudo encontradas-, establece
los horizontes de referencia que cada una toma en cuenta, las define como
pioneras en su labor y protagonistas no sólo de la cultura de sus países, ante
las cuales se hallaban un paso más adelante, sino como partícipes fundamentales
de los acontecimientos de su época. Un intercambio, en suma, entre dos mujeres
de carácter extraordinario que consiguieron tender un puente de comunicación no
exento de rispideces, a la vez sostenido por un afecto entrañable.
Elizabeth
Horan y Doris Meyer, las dos biógrafas que se han dedicado casi con
exclusividad al estudio de la vida y la obra de estas escritoras, han preparado
una edición extremadamente cuidadosa de la correspondencia que por estos días
da a conocer la editorial El Cuenco de Plata.Un material valiosísimo que
repone los datos inherentes a la escritura original de las cartas, incluidas
las tachaduras y anotaciones al margen, y un número importante de notas al pie
indispensables para entender el contexto de las misivas, junto con apéndices
biográficos y bibliográficos.
Un poco de historia
A Victoria Ocampo le gustaba sorprender. Mistral estaba de paso por Buenos
Aires, camino a Europa, cuando recibió un ramo de flores de parte de aquella
hija dilecta de la burguesía terrateniente, a quien no conocía sino de mentas.
Era 1926 y Lucila Godoy ya había adoptado el nombre público de Gabriela Mistral
tras haber forjado su imagen de gran maestra chilena y eminente poeta, y había
trasladado su fama al México posrevolucionario, en donde colaboró con el
Ministerio de Educación.
En esos meses, recibe una extraña visita: un joven que afirma ser su medio
hermano le encomienda la crianza de su pequeño hijo, apodado Yin Yin. Por su
parte, Victoria ya se había casado y separado, estaba terminando la relación
con Julián Martínez, su primer amante, empezaba a emerger del ámbito privado
luego de la publicación -en francés- de su primer libro, De Francesca a
Beatrice y se estaba convirtiendo en la más célebre anfitriona cultural que el
país hubiera conocido jamás. De modo que es probable que en carácter de tal no
haya querido desperdiciar la oportunidad de agasajar a una mujer que ya había
alcanzado un prestigio intelectual al que ella misma aspiraba. Es en respuesta
a su gentileza que la correspondencia se inicia, aunque la primera parte de
este volumen consigna sólo las cartas de Mistral, que Victoria supo conservar
sin contar con la reciprocidad de la chilena.
Cuando el encuentro entre ambas se produce, en Madrid, casi nueve años más
tarde de aquella primera esquela, Mistral manifiesta su sorpresa por haber
encontrado a Ocampo "tan criolla como yo, aunque más fina". La
seducción de clase que ejerce Victoria marcará una diferencia que permanecerá
indeleble a lo largo de toda la relación. Mientras la poeta se define como
"india rencorosa y vasca testaruda" o como salvaje a mucha honra,
reserva para su interlocutora un tratamiento siempre hiperbólico que oscila
entre el de semidiosa ("Diana") y el mencionado al principio de esta
nota -cuando la ofuscación por sentirse olvidada la perturba-, y que deja
percibir un rencor sordo. En cualquier caso, Victoria parece siempre
inalcanzable, ya por fina, ya por indiferente.
¿Qué dirá V. O. sobre ese encuentro? En un ensayo escrito luego de la muerte de
Gabriela, se queja del equívoco en que se vio envuelta: "Me reprochó a
boca de jarro el ser hija de la menos americana de las capitales sudamericanas;
ser afrancesada; no haber frecuentado a una escritora amiga suya" (en
referencia a Alfonsina Storni). Mistral le reclama no haber buscado la amistad
de Alfonsina, cuando lo cierto era que Victoria no tenía ojos más que para
Virginia Woolf. Aunque décadas más tarde quiso justificarse ("Alfonsina
era una escritora y yo una nada"), para V. O. la poeta de Mundo de siete
pozos, nunca fue un espejo en el que deseara mirarse. Demasiado local y
terrenal, y por qué no decirlo, también algo vulgar le resultaba Alfonsina a
quien habría dado parte de su fortuna por participar del esnob grupo de
Bloomsbury, que lideraba el matrimonio Woolf, en Londres. Pero si Victoria
desdeñaba a Alfonsina, Woolf haría lo propio con Victoria, pues a pesar de los
halagos que demostraban una adulación casi patética por parte de Ocampo, ella
nunca dejó de ser considerada por la inglesa como una sudamericana excéntrica y
hasta cargosa.
La diferencia de origen y de posición económica no es un dato menor, al menos
no para Gabriela, cuyo nomadismo se explica en parte por la necesidad de
mantenerse económicamente mediante su trabajo en los diferentes consulados
chilenos en América y Europa, y que a duras penas podría haber subsistido con
su jubilación de docente, aunque fuera célebre. Victoria, dueña por entonces de
una riqueza que parecía inagotable, creía con bastante ingenuidad que la
"aristocracia del espíritu" se imponía sobre cualquier otra. De
diferentes maneras, Mistral le hará notar cuánto de ese origen le pesa e
incluso resiente su capacidad literaria ("Mucho me temo, Vict., que, a
pesar de ser Ud. el patrón de lo natural que yo he imaginado respecto de todas
las mujeres (...) Ud. por veneno, ponzoñita y droga intelectual, sea la que
achica su tesoro o cierra sus presas internas, o no es ya capaz de tirar como
la culebra la piel vieja, la carroña esa de la educación de clase que le han
dado.")
Relaciones peligrosas
Ningún otro ámbito mejor que el de la correspondencia íntima para dar cuenta de
los avatares sentimentales de los interlocutores. A fines de 1938, la revista y
la editorial Sur, fundadas y dirigidas por Ocampo, pasaban por uno de sus
mejores momentos. Durante la visita que comenzó en Mar del Plata y se extendió
en Buenos Aires, Mistral fue puesta en el incómodo lugar del testigo de la tumultuosa
relación entre Victoria y Eduardo Mallea, uno de los miembros más conspicuos de
Sur. "Ayer fue el famoso encuentro de los nietos de los caciques",
escribe Gabriela, en alusión al encumbrado origen de los amantes. "Tengo
la impresión de que hablé para nada (...) Tengo, al lado de esa, la impresión
de que Uds. dos son unos taimados (porfiados, tercos, horribles, feos, tontos y
soberbios, ah, sobre todo soberbios, ¡Dios mío!) Allá se irán los dos al
infierno, a su infierno, a su nada, a su piedra calva, a su pampa rasa de la
soledad..."
Esa no será la única oportunidad en que la Ocampo busque su aprobación. En 1946, Victoria,
que promedia los cincuenta, le encomienda a Roger Caillois, 22 años menor, que
visite y acompañe a Mistral en su residencia de Brasil. El francés, quien
estaba unido a Victoria por una amistad intelectual que se tradujo en años de
colaboración mutua en sus respectivas empresas literarias, se había convertido
en su nuevo amante y, a pesar de que ella ya había superado largamente los
prejuicios en torno de su libertad sexual, es probable que esperara la anuencia
de Gabriela sobre una relación en que la diferencia de edad era ostensible. Hay
que agregar que en ese momento las circunstancias por las que atravesaba la
chilena eran muy especiales. Su sobrino Yin Yin, de dieciocho años, acababa de
suicidarse. "Es tiempo de sobra -escribe- de agradecerles sus cartas y su
compañía de lejos y de contarles en detalle la mala muerte que entró por mi
casa, tercera vez y peor que antes. Mi Yin, mi 'niñito', ahora más que nunca
'niñito' por la locura que me le llevó, no se fue por dolencia (...) se me
mató". ¿A qué se refiere al decir tercera vez? Las cartas no lo mencionan,
pero en algunas de sus biografías consta que su primer novio, un empleado
ferroviario, se suicidó en 1909, después de que ella rompiera el noviazgo. Y al
parecer, hubo otra boda frustrada, de la que Gabriela escapó mientras viajaba
al lugar donde debía celebrarse. En materia amorosa, la poeta ha guardado
profundo silencio, incluso en esa franja de lo privado que es la
correspondencia. Durante su larga permanencia en el extranjero -Madrid,
Barcelona, Lisboa, Oporto, Niza, Niteroi, Petrópolis, Los Ángeles, Santa
Bárbara, Veracruz, Génova, Nápoles y Nueva York- que se prolongó hasta el
momento de la muerte, siempre contó con la compañía de jóvenes mujeres que
oficiaron de confidentes, secretarias, eventuales enfermeras. A fines del año
pasado, tras el fallecimiento de la última de estas acompañantes, Doris Dana,
se supo que esta mujer, heredera de Mistral, ocultó durante cincuenta años un
extraordinario legado literario, que entre centenares de poemas y cartas
duplica la obra conocida de quien recibiera el Premio Nobel de Literatura en
1945. Habrá que esperar, entonces, para ver hasta qué punto este descubrimiento
confirma la imagen asexuada de la maestra de América o revela una
homosexualidad encubierta.
¿Política? Yo nunca hice política
La primera parte de la correspondencia entre las dos escritoras (1926-1939)
participa de un debate que por la misma época se planteaba en el interior de la
revista Sur. Se trata de la cuestión del americanismo y de lo que cada una
concibe como tal. Mistral no tiene al respecto sino certezas: lo americano es
una suma de esencias, de raíces, que abrevan en el indigenismo mientras aspiran
a conservar cierta pureza y a que se las conozca como tales. Su misión -y
confía que también la de su amiga- es promover la difusión de esos bienes
culturales, en su mayoría de carácter folclórico, y sacar al resto del mundo de
su ignorancia sobre la riqueza americana. Que Victoria escriba en francés
incluso parte de su correspondencia, no deja de parecerle un escándalo rayano
en la provocación, una "bigamia lingüística" que siempre le
reprochará.
Por el contrario, Ocampo entiende el americanismo de manera muy distinta. Para
ella, una desesperante suma de carencias -de tradiciones, de referentes- debía
impulsar a los intelectuales latinoamericanos a buscar el mejor modo de
rellenar esos huecos con materiales provenientes de otras culturas, al tiempo
que ellos mismos iban forjando su propia identidad y la daban a conocer. De
allí la colosal política de traducción que emprendió Sur y que sin duda
constituye su aporte más significativo y perdurable.
Con el tiempo, la discusión cederá lugar ante los fuertes acontecimientos
políticos de la época y de los cuales ambas fueron, en mayor o menor medida,
partícipes. La Guerra
Civil española toca de cerca a Mistral ("Y ya están
peleando, carabina al hombro, las mujeres en España, las falangistas
disparatadas y las comunistas. Yo deseo que ganen las izquierdas, pero no
entenderé nunca el que se lleve a mujeres a esa inmundicia de la
guerrilla"), que tuvo que trasladarse de Madrid a Lisboa. Su preocupación
no se limita a la suerte de sus amigos. En 1937, realiza gestiones en París a
favor de la
República Española y más tarde le pide a V. O. que publique
su poemario Tala y ceda sus beneficios a los huérfanos de la guerra.
La actividad política de Ocampo se ejerce en el terreno interno y el externo,
aunque ella nunca la reconocerá como tal. En 1936, funda la Unión de Mujeres Argentinas
destinada a hacer valer los derechos civiles de las mujeres, entre ellos, el
voto femenino. Y seis años después participa de una organización formada para
contrarrestar la infiltración nazifascista en la Argentina. Con
igual ahínco, desde las páginas de Sur, se pronuncia contra el comunismo y no
es difícil imaginar hasta qué punto el peronismo encarna para ella la idea
misma de abyección. La década de 1945
a 1955 la verá batallar como una de sus mayores
opositoras, al punto que la revista celebrará la caída del régimen con un
número especial. Las cartas de esa época constituyen lo más jugoso de este
volumen pues narran en detalle su furia, la persecución de la que fue víctima
("el peronismo no me deja vivir"), la merma considerable de su
fortuna y esa suerte de purificación espiritual con la que buscó sublimar su
breve encarcelamiento, a cuyo término Mistral contribuyó. Un telegrama personal
dirigido a Perón, en mayo de 1953, bregaba por la libertad de Victoria, junto
con otros dirigidos a personalidades como Alfonso Reyes y Ernest Hemingway, que
instaban a presionar en el mismo sentido. ("Querida, querida Gabriela:
(...) En los diarios peronistas se dijo que a pesar de mis culpas me soltaban
por tu cable.")
Ese gesto será uno de los últimos esfuerzos que Mistral emprenderá con plena
lucidez. Los años han pasado y la ceguera provocada por una diabetes mal curada
sumada a la profunda depresión que siguió a la muerte de Yin Yin, la aíslan
dentro de su propio mundo plagado de obsesiones y delirios místicos. Victoria
viaja para verla en Nueva York, en diciembre de 1956, días antes de su muerte.
Y le escribe a su hermana Angélica Ocampo sobre esa visita: "Es realmente
tristísimo que acabe así... un poco en la línea de sonambulismo de toda su
vida, pero como en siniestra caricatura de sí misma". La argentina la
sobrevivió más de veinte años. Por entonces, las dos eran, y siguen siendo,
leyenda.
Violeta
Parra llega a Suiza en 1963 acompañada por Gilbert Favre, quien ha formado un
grupo de música folklórica llamado Los Jairas. Conocida en Chile y en toda Latinoamérica,
decide permanecer más de dos años en las principales capitales de Europa,
presentando recitales (algunos junto a sus hijos), grabando discos y exponiendo
su obra visual. De esta manera intenta mostrarnos la realidad de su país al
igual que una embajadora menos oficial como lo fueron Gabriela Mistral y Pablo
Neruda, que constituyen dos pilares de la literatura chilena.
De
cierta manera, para Violeta Parra, este periplo europeo forma parte de un
retorno a sus raíces. Chile es un país 95% “blanco” debido a la inmigración
europea (los Indios Araucanos no se sometieron a los conquistadores españoles.
Chile debe su espíritu de independencia a “las ideas francesas” – sobre todo de
1789 – adoptadas por algunos intelectuales chilenos así como algunos consejos
entregados por Inglaterra a Bernardo O’Higgins (sin citar a Eduardo Frei
Montalva, presidente de Chile e hijo de un inmigrante Suizo).
Violeta
elige Ginebra como residencia donde realiza numerosas arpilleras y expone su obra
visual. Ahí entabla muchas amistades y conquista a un público en quienes su
recuerdo permanece vivo. A pesar de esto cuando regresa a Chile, está muy sola
y pobre. Lo que debiera ser una bienvenida se convierte en un adiós
(1917-1967).
Miren cómo sonríen
Miren cómo sonríen
Miren cómo sonríen
los presidentes
cuando le hacen promesas
al inocente.
Miren cómo le ofrecen
al Sindicato
este mundo y el otro
los candidatos.
Miren cómo redoblan
los juramentos,
pero después del voto
doble tormento.
Miren el hervidero
de vigilante
para rociar de flores
al estudiante.
Miren cómo relumbran
carabineros
para hacerle premios
a los obreros.
Miren cómo se visten
cabo y sargento
para teñir de rojo
los pavimentos.
Miren cómo profanan
las sacristías
con pieles y sombreros
de hipocresía.
Miren cómo blanquean
mes de María
y al pobre negrean
la luz del día.
Miren cómo le muestran
una escopeta
para quitarle al pobre
su marraqueta.
Miren cómo se empolvan
los funcionarios
para contar las hojas
del calendario.
Miren cómo sonríen,
angelicales,
miren como se olvidan
que son mortales.
Miren cómo sonríen
letra y música Violeta Parra
***
Violeta
Parra, nació el 4 de octubre de 1917 en San Carlos, Ñuble, en la provincia de
Chillán, lugar que reúne tradiciones populares donde el arte araucano se mezcla
profundamente con la cultura española. Hija de campesina y de un profesor de
música, desde niña aprende a bordar, tejer, coser y narrar en verso y prosa las
leyendas de los campesinos. Su madre que toca la guitarra le transmite sus
conocimientos artísticos. Al principio con cierta reticencia: “¡Cómo puedes
cantar con la voz que tienes!”. Luego le enseña cantos campesinos y proverbios
que constituirán la base de sus investigaciones.
Durante
mucho tiempo recorre su país, ubicado entre el Océano Pacífico y la Cordillera de los
Andes, algo así como si Suiza se extendiera desde el norte de Escandinavia
hasta el sur de España. Guitarra y grabadora en mano, recoge en estas cintas
verdaderos tesoros de expresión popular transmitidos por narradores y
campesinos, algunos mayores y analfabetos. Apasionada tanto por las
conversaciones como por los cantos graba todo lo que descubre. Provista de esta
herencia, esta mujer nacida músico, a pesar de no saber solfeo, compone cuecas,
parabienes, tonadas populares, composiciones para guitarra y canciones
populares.
Violeta
Parra, intérprete, enamorada del alma de su país, se convertirá naturalmente en
una cantante muy popular en Chile a través de discos, de la radio y televisión,
presentándose en una taberna o en una carpa instalada en un barrio pobre de su
ciudad. Obtiene el premio otorgado a la mejor folclorista de su país y su
notoriedad alcanza todo el continente latinoamericano, ofreciendo numerosos
recitales en las principales ciudades. Paralelamente a sus actividades
musicales, pinta, borda, esculpe y expone sus obras. Para Violeta, música y
expresión artística están entrelazadas pues ella dice ver “en cada canción un
cuadro listo para ser pintado”.
Canciones,
pinturas, tapicerías y papel maché expresan pequeñas historias de su vida
atormentada, episodios de la historia de Chile, relatos de penas y glorias, y
por último, su rebelión y su ternura para vivir. Y cada vez, lo que nos dice o
nos muestra va dirigido a lo que hay en nosotros de esencial, y toca esa parte
de creatividad que existe en cada uno más o menos escondido, disimulado por
máscaras que el sicoanálisis identifica, pero de las cuales solo podemos
despojarnos al expresarnos.
La
totalidad de la vida y el trabajo de Violeta Parra pueden perfectamente
resumirse en esta frase de Henri-Francois Rey: “La vida tiene sentido solamente
si creamos. Renunciar a esto es aceptar la esclavitud y la muerte del espíritu.
Aceptar cualquier cosa es renunciar a esa libertad fundamental”. Hasta el día
en que ella decidió no ver la mañana.
Violeta en su taller en Ginebra, junto a Gilbert Favre, 1964
A
continuación presentamos una entrevista resumida, realizada tras una conversación
sostenida en Ginebra, antes de su regreso a Chile.
-
¿De qué manera compone su música puesto que no sabe “escribirla” sobre un
papel?
-
A veces, mientras realizo una tapicería, una melodía me viene a la cabeza,
entonces me detengo, tomo la guitarra y me sale con una facilidad… ¡como si
estuviera preparando una sopa! Si usted prueba algún día, estoy segura que
podrá componer canciones. Luego, para que no se me olvide, por ejemplo, ensayo
toda una mañana. Antaño, cuando componía para guitarra sola, dibujaba con
líneas y puntos para acordarme de las melodías y releer los dibujos que había
imaginado.
-
¿Recorrió su país para encontrar ahí las canciones populares?
-
Sí, durante quince años. Tengo cajas llenas de cintas magnéticas grabadas en el
campo con canciones interpretadas por los campesinos a los que acompaño con la
guitarra.
-
¿Usted misma grabó estas canciones interpretándolas?
-
Sí, grabé alrededor de doscientas. En Chile, he grabado siete long-play.
También he grabado discos en los países que he visitado, en América del sur y
en Europa, sobre todo en Francia.
-
Quisiera conocer un poco su forma de vivir, de enfrentar la vida cotidiana…
-
La vida actual es un torbellino del cual me alejo lo más posible. Intento
conservar todo lo verdadero y quedarme cerca de la naturaleza. Trabajando como
investigadora musical en Chile me di cuenta que la modernidad ha matado la
tradición musical del pueblo. El arte popular se va perdiendo poco a poco para
los indios y los campesinos también. Compran nylon en vez del encaje
confeccionado antaño en casa. La tradición se ha convertido en un cadáver. Es
triste. En el fondo, el cerebro humano es tan poderoso que siento miedo…pero
estoy feliz de poder pasearme entre mi alma antigua y la vida actual.
-
¿Un ojo delante y otro atrás?
-
Aunque uno se considere apegado al pasado, hay que dar la cara a todo lo que
ocurre. Si uno sufre, debe guardar el dolor dentro de sí, resistirlo, esto nos
ayuda a vivir mejor. No creo que sea bueno drogarse, la gente triste que se
aburre y toma en un bar o café, ¿no será un poco cobarde?
La cantante calva, obra de Violeta Parra, 1960.
Yute bordado con lanigrafía.
-
Sus pinturas y tapicerías figurativas “representan algo”. ¿Que quiere expresar
con ellas?
-
Hasta ahora trabajaba impulsivamente, sin ideas preconcebidas. Pero pienso que
debo ordenarme. Hace algunos meses trabajo en la composición de la historia de
Chile en una tapicería.
-
¿Dibuja sus tapicerías antes de realizarlas?
-
No, no puedo. Tomo un trozo de tela de yute, me instalo en un rincón y comienzo
a trabajar en cualquier lugar de la tela que tengo. Por ejemplo, te cuento de
un Cristo que hay en una de ellas, lo comencé por el dedo de un pie y luego
subo, subo… para los colores, hago lo que puedo con las lanas que tengo. Tenía
solamente lanas amarillas y azules y así me las arreglé.
-
¿Y los papel maché?
-
Es una búsqueda reciente. No tenía dinero para comprar pintura entonces pensé:
“Debo inventar algo que no se compre en un negocio y encontrarlo en el patio”.
De pronto, me acordé haber visto hace mucho tiempo confeccionar juguetes con
papel. Hice la prueba con papel, quedé contenta con el resultado y seguí.
-
Depende de los días. A veces no hago nada con la guitarra ni con la tapicería,
no hago nada de nada, ni siquiera barro y no quiero ver nada. Entonces pongo mi
cama delante de la puerta y me voy. Estoy triste porque siento que no he
logrado transmitir la vida a través de mi trabajo. La vida es más fuerte que
una tela.
-
¿Usted tiene niños?
-
Tres niños (mostrando una foto): Ángel, Isabel, Carmen Luisa y yo que toco la
guitarra mientras bailan. Isabel y Ángel cantan y trabajan solos en Chile, se
las arreglan muy bien. Hace un año que no los veo. Me alegra volver a ver a mi
hermano Nicanor, matemático y gran poeta.
-
¿No le molesta estar alejada de ellos?
-
Si, por supuesto, ¡la mamá es la mamá! Es un sueño muy chileno, yo busco a mi
madre y a mis hijos también. Pero no podemos dejarnos llevar por el
sentimentalismo. Estar en casa es bueno, pero todo debe medirse…
-
¿Y el padre de sus hijos, su marido?
-
Me separé de él. No apreciaba mi trabajo y no hacía nada cuando estaba junto a
él. Quería una mujer para hacer el aseo…
-
Es muy conocida en Chile, ¿se ve en televisión y se escucha por la radio?
-
Sí. En Chile soy más conocida que las moscas.
–
¿Y la prensa qué piensa de usted?
-
En Chile algunos periódicos no son muy buenos conmigo, sobre todo los de
derecha, de la burguesía. Para ellos la palabra folklore es algo racista. Yo
soy una mujer de pueblo. Cada vez que me ocupo de política, esa gente se enoja
conmigo. Quisieran que sólo fuera cantante. Pero también hay gente
perteneciente a la burguesía que son muy abiertos y me quieren mucho. La tarea
es lograr reunir a todo el mundo. A veces los enemigos son más interesantes que
los amigos.
-
¿Cómo es su relación con el público?
-
No veo diferencia alguna entre el artista y el público, es el milagro del
contacto. Pienso que estoy más cerca del público que el público de mí, porque
canto para él y no para mí. El resultado de mi trabajo es tener un público.
Debemos justificar nuestra existencia y estoy segura que cualquiera es capaz de
lograrlo. A mi modo de ver es una obligación.
Dulce vecina de la verde selva Huésped eterno del abril florido Grande enemiga de la zarzamora Violeta Parra.
Jardinera
locera
costurera
Bailarina del agua transparente Árbol lleno de pájaros cantores Violeta Parra.
Has recorrido toda la comarca Desenterrando cántaros de greda Y liberando pájaros cautivos Entre las ramas.
Preocupada siempre de los otros Cuando no del sobrino
de la tía
Cuándo vas a acordarte de ti misma Viola piadosa.
Tu dolor es un círculo infinito Que no comienza ni termina nunca Pero tú te sobrepones a todo Viola admirable
Cuando se trata de bailar la cueca De tu guitarra no se libra nadie Hasta los muertos salen a bailar Cueca valseada. Cueca de la Batalla de Maipú Cueca del Hundimiento del Angamos Cueca del Terremoto de Chillán Todas las cosas.
Ni bandurria
ni tenca
ni zorzal
Ni codorniza libre ni cautiva
Tú
solamente tú
tres veces tú
Ave del paraíso terrenal.
Charagüilla
gaviota de agua dulce
Todos los adjetivos se hacen pocos Todos los sustantivos se hacen pocos Para nombrarte.
Poesía
pintura
agricultura
Todo lo haces a las mil maravillas Sin el menor esfuerzo Como quien se bebe una copa de vino.
Pero los secretarios no te quieren Y te cierran la puerta de tu casa Y te declaran la guerra a muerte Viola doliente.
Porque tú no te vistes de payaso Porque tú no te compras ni te vendes Porque hablas la lengua de la tierra
Viola chilensis
¡Porque tú los aclaras en el acto!
Cómo van a quererte me pregunto
Cuando unos tristes funcionarios Grises como las piedras del desierto ¿No te parece?
En cambio tú
Violeta de los Andes
Flor de la cordillera de la costa Eres un manantial inagotable De vida humana.
Tu corazón se abre cuando quiere Tu voluntad se cierra cuando quiere Y tu salud navega cuando quiere Aguas arriba
Basta que tú los llames por sus nombres Para que los colores y las formas Se levanten y anden como Lázaro
En cuerpo y alma.
¡Nadie puede quejarse cuando tú Cantas a media voz o cuando gritas Como si te estuvieran degollando Viola volcánica!
Lo que tiene que hacer el auditor Es guardar un silencio religioso Porque tu canto sabe adónde va Perfectamente.
Rayos son los que salen de tu voz Hacia los cuatro puntos cardinales Vendimiadora ardiente de ojos negros Violeta Parra.
Se te acusa de esto y de lo otro Yo te conozco y digo quién eres ¡Oh corderillo disfrazado de lobo!
Violeta Parra.
Yo te conozco bien
hermana vieja
Norte y sur del país atormentado Valparaíso hundido para arriba ¡Isla de Pascua!
Sacristana cuyaca de Andacollo Tejedora a palillo y a bolillo Arregladora vieja de angelitos Violeta Parra.
Los veteranos del Setentainueve lloran cuando te oyen sollozar En el abismo de la noche oscura ¡Lámpara a sangre!
Cocinera
niñera
lavandera
Niña de mano
todos los oficios
Todos los arreboles de los crepúsculos Viola funebris.
Yo no sé qué decir en esta hora La cabeza me da vueltas y vueltas Como si hubiera bebido cicuta Hermana mía.
Dónde voy a encontrar otra Violeta Aunque recorra campos y ciudades O me quede sentado en el jardín Como un inválido
Para verte mejor cierro los ojos Y retrocedo a los días felices ¿Sabes lo que estoy viendo? Tu delantal estampado de maqui.
Tu delantal estampado de maqui.
¡Río Cautín!
¡Lautaro!
¡Villa Alegre!
¡Año mil novecientos veintisiete
Violeta Parra!
Pero yo no confío en las palabras
¿Por qué no te levantas de la tumba
A cantar
a bailar
a navegar
En tu guitarra?
Cántame una canción inolvidable Una canción que no termine nunca Una canción no más
una canción
Es lo que pido.
Qué te cuesta mujer árbol florido Álzate en cuerpo y alma del sepulcro Y haz estallar las piedras con tu voz Violeta Parra.
Esto es lo que quería decirte Continúa tejiendo tus alambres Tus ponchos araucanos Tus cantaritos de Quinchamalí
Continúa puliendo noche y día Tus tolomiros de madera sagrada Sin aflicción