la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


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JOSÉ PULIDO ENTREVISTA A ISABEL ALLENDE: LA CASA DE LOS ESPÍRITUS ES PURA MATERIA NOSTÁLGICA, El Nacional, Caracas, 1982











La mañana ha logrado escalar hasta las diez en punto. El reloj con juego de Tron incorporado muestra un hombrecito gris que corre bip bip bip y como son las diez exactas, deja oír un trocito vibrante de canción (“En la inmensidad de las olas flotando te vi”) desde un lejano circuito de computadora, el cual, sin embargo, está allí mismo en la muñeca del niño indiferente que indica “la casa de la señora Allende es aquella”.

La ancha y blanca cocina relumbrante y llena de vapores muestra un rostro pálido, bonito, de pestañas negras, boca pequeña, cinco pétalos rojos moviéndose en el espacio: son las uñas de una mano delicada que abre la nevera. Es una muchacha. Las cocineras no son jóvenes y casi siempre tienen alguna quemadura en el antebrazo o en una mano. Chispas de aceite, ollas calientes. Vapor.

— ¿Es un espíritu? —pregunta con curiosidad, en susurro, Jorge Cahue.

—Es una muchacha muy linda. Debe ser hermana, hija o prima hermana de Isabel.

—No nos han presentado a esa muchacha… oye: huele a café —añade Jorge.

En el piso de arriba hay una jaula con pájaros de cartón, afiches, muñecos y muñecas. Y un tamborilero narizón con bigotes de herrero turco, parecido a Cahue.

Isabel Allende es suave y simpática. Todos la conocen por su humorismo, por sus columnas cortas y ágiles en El Nacional, pero muy poca gente la reconocería en persona.

Nadie está hirviendo café en sus ojos; ella no parece triste, pero tampoco muy alegre. La bicicleta de hacer ejercicios vigila en el silencio iluminado y grato de su estudio-biblioteca. Isabel mete su mano izquierda en el cabello netamente femenino y sonríe como si lo hiciera entre paréntesis.


UNA FE COMO POCAS

Isabel Allende no es precisamente una cenicienta, pero su novela La casa de los espíritus ha vendido sobre veinte mil ejemplares al apenas salir al mercado en España, y el que esa primera novela sea un éxito no sólo se debe a que Isabel escribe con sabor de abuela contando cosas, sino también porque ella creyó en el correo, tuvo fe en el correo, y eso pulsó los mecanismos que la convirtieron en una triunfadora.

— ¿Cómo es eso del correo?

—Había terminado mi novela, vi el nombre de Carmen Balcells en un libro, donde se decía que ella era agente literario. Tomás Eloy Martínez me aclaró que en verdad existe esa persona y entonces hice dos paquetes con mi libro, porque era mucho papel. Los envié por correo a Carmen Balcells sin conocerla.

— ¿Qué pasó luego?

—Sé que llegó primero el segundo sobre, con la segunda parte de la novela, aunque los envié el mismo día al mismo lugar. Carmen Balcells los remitió a Plaza y Janés y los editores me respondieron inmediatamente, invitándome a España… me entrevistaron por televisión y todo, fíjate.


Isabel Allende es sencilla y toma muy en serio todo lo humano, pero siempre con humorismo: se ríe de sí misma. En sus columnas alude a su esposo, hace chistes de dieta, comenta que es bajita y gordita. En realidad, es de mediana estatura y no es gordita, porque la bicicleta parece un tirano en el rincón del estudio.

Isabel es hija de un primo hermano de Salvador Allende. En Chile tenía un programa de televisión y escribía teatro. En Venezuela vive desde hace siete años y es socia de una escuela privada. No es política, y aunque demoró poco escribiendo La casa de los espíritus, tardó algo en publicarla porque se acusa de ser exageradamente tímida.

Ella explica: “En el teatro se trabaja con un equipo y en televisión también, pero la literatura es algo que se hace en soledad. No tiene con quien compartir responsabilidades. Si sale bien o mal es tuya la responsabilidad”.

— ¿Qué le resultó más difícil en el proceso de escribir la novela? —preguntó Cahue.

—Todo me costó… quería que me quedara redondo cada capítulo. Corté bastante… era una novela larga y sentí que mutilaba algo propio, pero es necesario hacer eso por respeto al lector.

— ¿Se sintió mujer escribiendo La casa de los espíritus?

—Eso no lo siento en mi libro. La literatura no tiene sexo. Hay gente que piensa que sí; yo no lo creo.

— ¿Por qué escribió esa novela?

—Creo que tenía las palabras atoradas en el pecho durante mucho tiempo. No pienso en el retorno, pero en el exilio me sentí sin raíces, como un pino de navidad. La nostalgia por lo mío me ha invadido, pero me encuentro bien en Venezuela. Este país me ha acogido, tengo trabajo y mi familia está conmigo… tengo un hogar.


Señala que no hay motivo para volver a Chile, porque no le gustan las dictaduras y ella es romántica: Ama a un Chile que se terminó.

La casa de los espíritus es un poco eso: el deseo de recuperar raíces perdidas o lejanas. Unos personajes fueron creados por ella en base a personas vistas fugazmente, combinando caracteres. Otros son completamente reales.


LE INTERESA CONTAR

Isabel Allende dice que le interesa contar, no experimenta con el lenguaje, “Sólo contar cuentos de manera que el lector se entretenga”.

—Me aterra la página en blanco… —comenta.

Prefiere la realidad sin inventos. Cree que lo maravilloso de la literatura latinoamericana “Es que hemos dado a lo subjetivo el mismo valor que a lo objetivo”.

En el humor de sus columnas hay una fórmula: se ríe de sí misma. “Mi pobre marido se tiene que apuntar en todo. Lo pongo en dietas que fracasan y cosas así. La gente se ríe. Si hablara del marido de otra mujer no resultaría”.

Su esposo es tranquilo. Pasa cerca de Isabel Allende y le manotea encima de la cabeza “para que no se le suban los humos, ahora que es novelista famosa”.

La escritora expresa, aparte, que no es militante político de ningún partido. Pero recuerda a Salvador Allende constantemente. “Por su calidad humana, su compromiso, su vida, la constancia para mantener sus principios y valores”.

“La tragedia de Chile es un hachazo partiendo tu vida. Es un compromiso tácito, no puedes mantenerte al margen, pero hay que decir `zapatero a tus zapatos´. Yo sirvo para escribir, otros para la lucha política directa”.

A Isabel Allende no le gusta ver que la libertad peligre. Tiene una jaula grande llena de pájaros “de mentiras” hechos con cartón y plumas simuladas.

Jorge Cahue se ha comido un gran trozo de torta, violando la promesa de seguir la dieta de la luna y esas cosas. La escritora ha resistido la presencia de los trozos de torta al lado de las tacitas de café. Al menos eso es lo que parece suceder cuando ha terminado la breve conversación. Sin embargo, allá arriba, en la ventana desde donde se observan las calles serpenteantes por donde baja nuestro vehículo, uno imagina que la ha visto fugazmente, en un reflejo de espejos que se borra, saboreando un pedazo de pastel con avellanas, como un espíritu de niña que sale a deambular por las habitaciones, cada vez que alguien pronuncia la palabra “Chile”.

Todavía hoy, Cahue llama por el interno para comentar eso, la fijación del niño en cuya muñeca un reloj electrónico cantaba: “En la inmensidad de las olas, flotando te vi”. Un niño que observaba con fijeza a la muchacha que se recortaba en el ventanal de la cocina. Y aquella terrible confesión entre sonrisas confundidas, de Isabel Allende, con ganas de no estar sola, en el momento que manifestó:

— ¿Cuál muchacha? ¡no hay ninguna muchacha en mi cocina!

         
El Nacional, Caracas, 1982

Foto de Gabriela Pulido

Nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.Vive en Génova, Italia.

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.
Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este correo: jipulido777@gmail.com
Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. 
Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en Salamanca. En el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova.
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