Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron".
Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.
¿Cómo me gusta recordar a Anita?
¿Por dónde empezar a recordar a una gran mujer, excelente actriz,
inteligente, activa y que adoraba, mejor dicho, que veneraba a su hermano menor?
De Anita
tengo tantos recuerdos, como horas que compartimos desde el día que nos
conocimos (1961), hasta 1969, año en que ingresé a la Comedia
Cordobesa.
Hay
una anécdota que siempre me hace sonreír: en 1964, apenas habíamos
terminado con nuestra gira por Francia, (organizadas por el Festival de Nancy) cuando nos teníamos que presentar en el Festival de Varsovia.
Para esa gira habíamos comprado dos Peugeot 403 de segunda mano, en los que viajábamos los doce integrantes del elenco de El Otro Judas. Terminada nuestra presentación en Bourges, inmediatamente pusimos proa a Polonia...
¡Ja...!
Teníamos que cruzar media Francia, toda Alemania (en ese entonces
dividida) y parte de Polonia para llegar a Varsovia. Ya era casi de
madrugada cuando arrancamos. Yo manejaba uno de los Peugeot con tres
pasajeros atrás y tres adelante. A Anita, por ir sentada a mi lado, se
la comisionó para que me mantuviera despierto.
Era
1° de Abril, día de la capitulación de Hitler, y en Alemania Oriental
había fiesta en las calles. Mis pasajeros se unieron a la fiesta,
mientras que yo, el chófer, responsablemente hice una breve siestita.
Arrancamos nuevamente, todos dormidos (los habían invitado con cerveza),
menos Anita y yo. Habría pasado hora, hora y media, cuando comencé a
sentir el cansancio. Entonces Anita tomó la batuta para mantenerme
despierto, y comenzó a hablarme. Sólo recuerdo que de pronto comenzó a
describir lo que veía por la ventanilla, a saber: techitos de tejas
rojas, muchos ciprés, una crucesita, otra crucesita, otra... ¡¡¡Cuando
por fin se dió cuenta y gritó horrorizada "ES UN CEMENTERIO"...!!!. No
quedó más remedio que estacionar a un costado y bajarnos todos
muertos... pero de risa.
Jorge Arán y Carlos Giménez actuando en La Paz, Bolivia.
Fuente: Jorge Arán
Jorge Arán.Director. Actor. Productor. Docente. Dramaturgo. Escenógrafo. Vestuarista. Co-fundador de El Juglar. 1969-2001: actor en la Comedia Cordobesa. 1982: viaja a Nueva York becado para estudiar en el Eugene O’Neill Theatre Center. Ha actuado en Argentina, Europa, América del Norte y América Latina. Ha recibido numerosos premios en Argentina y Polonia.
Quizá nada es como uno quiere o se lo
propone, pero todo llega a su debido tiempo y Dios sabrá por qué. Este relato
debió haberse escrito antes del que escribí sobre la grandiosa puesta de Carlos Giménez de Peer Gynt y es probable que lo próximo que escriba
tampoco lleve una correlación en el tiempo, pero creo que no es cuestión de orden, las
prioridades me la van dando los sentimientos, la necesidad de expresar mi
agradecimiento por haber conocido y trabajado junto a alguien tan generoso que
fue capaz de romper las barreras del orden establecido para establecer sus
propias reglas y así trascender: CARLOS GIMENEZ.
Carlos Giménez y la actriz Beatriz Martinovsky ensayando "Ardele o la
Margarita" de Anouilh, en Córdoba. Carlos le está marcando la escena a
Lito Mateu. Fuente: Jorge Arán, Beatriz Martinovsky, Rajatabla
Programa de mano. Fuente: Lito Fernández Mateu
Mi primer trabajo como actor de teatro,
puesto que yo provenía del radioteatro al igual que mis padres, fue Ardele o la Margarita del autor
Jean Anouilh, estrenada el 29 de setiembre de 1967 en la Sala Luis de Tejeda
del Teatro Rivera Indarte (hoy Teatro del Libertador Gral. San Martín) en la
Ciudad de Córdoba, cuando aún yo no había cumplido los diecinueve años y los
demás integrantes, incluso Carlos, no llegaban a los veinticinco. Carlos tenía
apenas 21.Esta puesta marcó mi ingreso al
elenco del Teatro El Juglar, elenco
independiente de autogestión que coordinaba y dirigía Carlos Giménez. En esta
época se forjó nuestra amistad, los actores de El Juglar íbamos a la casa de
la familia Giménez en Barrio Jardín, donde Doña Carmen (mamá de Ana y Carlos) cosía los vestuarios que diseñaban los
arquitectos Magaldi y Tillard y nosotros
colaborábamos cosiendo botones, levantando ruedos o cebando mates para amenizar
la tarea.
Participé con ellos en otros montajes como El Gran Circo Aracarta de
Madelaine Barbouleé, donde Carlos actuaba además de dirigirnos y Remedio Para Melancólicos de Ray Bradboury,
donde contamos con la actuación de la primera actriz Milagros de la Vega,
historia del teatro argentino, e integraban el elenco Ana Giménez y Jorge Arán, además
de numerosos actores. Con esta última puesta, El Juglar decide emprender una
gira latinoamericana reemplazando a Milagros de la Vega con la excelente actriz
cordobesa Esther Plaza. Gira a la que yo estaba invitado naturalmente, pero no
obtuve el permiso de mis padres porque aún estaba estudiando y no pude viajar.
Por un lado el espíritu de Carlos de
conseguir tierra fértil para desarrollar sus proyectos, que cuando nos los
contaba parecía que nos elevaba a una
dimensión que desconocíamos. Y por otro lado la cada vez más asfixiante
realidad política de aquellos años en Argentina: golpes de estado, gobiernos de
facto, prohibiciones, persecuciones en contra de lo que se consideraba
“subversivo”… etc., colaboraron para que Carlos decidiera afincarse en tierras
caribeñas y desde allí desarrollara una tarea insuperable hasta hoy para todo
el teatro suramericano y él lograra llegar a los más importantes escenarios mundiales
junto al Grupo Rajatabla.
Lo cierto es que cada vez que Carlos
regresaba a Córdoba para visitar a Doña Carmen (su mamá) nos encontrábamos, porque nos teníamos un cariño y un respeto
mutuo que nos unió siempre. En esas ocasiones Carlos solía decirme: “¿Cuándo te
vienes conmigo a Caracas?”, pero yo estaba desarrollando en Córdoba una intensa
labor tanto en teatros independientes como en café-concert y music hall y me
preparaba para dar el salto profesional que se vislumbraba en nuestra ciudad.
Hacia 1984, con el advenimiento de la
democracia en Argentina, se abrieron los concursos para actores en la Comedia
Cordobesa e ingresé al elenco estable, oficial, como actor de primera categoría. En 1987, en
el mes de marzo, se nos informó que vendría Carlos Giménez a poner en escena
con ese elenco dos obras: El Reñiderodel
autor argentino Sergio de Cecco y “La Celestina” de Fernando de Rojas.
Por razones presupuestarias solo se llevó a
escena la primera de las obras mencionadas con una puesta de Giménez que
asombró no solo a nosotros sino al
público y a la crítica, tanto, que fue seleccionada para representar a
Argentina en el Festival Latino de Nueva York por el
hijo de Joseph Papp (productor general del Festival) quien había viajado
especialmente para elegir una obra de este país. Todos estos antecedentes, que
luego extenderé ya que la obra tuvo una repercusión
extraordinaria tanto en Estados Unidos como en México,
sirven como introducción para contar mi experiencia maravillosa en Venezuela.
En El Reñidero yo interpretaba al
Trapero (ropavejero), que trasladado de
la tragedia griega era algo así como Tiresias o el Oráculo que, ciego y
sentado en el reñidero o apareciendo en cualquier lugar de la escenografía
(sobre todo detrás de los espejos) predecía la tragedia que se avecinaba.Mi
personaje, que tenía dos monólogos importantes, fue muy aplaudido por el
público y destacado por la crítica cordobesa, es entonces que Carlos me hizo
una apuesta: “si en Nueva York te aplauden uno de los dos monólogos te invito a
que vengas a Caracas a trabajar conmigo”, apuesta que yo tomé a broma y como
incentivo al desafío que significaba para el elenco semejante gira. Nunca
ignoramos que toda esa movida era producto de la proyección que
Carlos ya tenía en Estados Unidos.
El Reñidero, en versión de la
Comedia Cordobesa, se estrenó en la Sala Luesther Hall del Public Theater de
Nueva York el 1 de agosto de 1987, con un éxito total de público y críticas
tanto para el elenco así como los más destacados elogios para la sorprendente
puesta en escena de Carlos Giménez la magnífica
escenografía de Rafael Reyeros y la iluminación de Francisco Sarmiento que
acompañaba la puesta como un “réquiem” perfecto.
En una función, al finalizar el primer
monólogo noté que se había largado a llover torrencialmente por el ruido que se
sentía en la sala. Al salir de escena vi que estaban Carlos y Roberto Stopello
entre cajas y el pasar junto a ellos
dije, “¡se largó a llover..!” y Carlos me contestó: “No boludo, te están
aplaudiendo”.
La gira siguió con todo éxito tanto en Ciudad
de México (D.F.), donde nos presentamos en la Sala del Instituto Nacional de
Bellas Artes (agosto del 87), como en Villahermosa de Tabasco, en el Teatro
Esperanza Iris, a fines de ese mismo mes.
La Comedia
Cordobesa regresó a Córdoba a cumplir con los compromisos que tenía en
Argentina y Carlos a Caracas. Durante
los años 88 y 89 nuestra actividad fue
intensa y en 1990 fuimos al Teatro Cervantes de Buenos Aires a poner en escena
“Príncipe Azul” del autor Eugenio Griffero, interpretada por Jorge Aran y yo, con dirección de Omar Viale. Otro gran
acierto de la Comedia Cordobesa. Es en esta estadía en Bs.As. cuando me
informan de mi casa (mi mamá) que me había llegado una invitación del Gobierno
de Venezuela para formar parte del Proyecto Pedagógico Teatral, invitación que
obviamente gestionó Carlos cumpliendo su parte de la “apuesta” que él mismo
había propuesto. ¡Mi locura fue total…!
Izquierda: Roberto Stopello, Carlos Giménez,
Lito Fernández Mateu, Jorge Arán, New York, 1987.
Fuente: Lito Fernández Mateu,
Carlos y elenco de El Reñidero. Fuente: Alvin Astorga
SIETE
HORAS DE VUELO HACIA UN SUEÑO
Llegué a Caracas en enero de 1991, estrenando
un “Reconocimiento” que
recientemente me habían otorgado los medios de prensa de Córdoba por mi trabajo
con la “Comedia Cordobesa en la obra Cabaret Bijou”, del autor argentino
Alfredo Zemma y dirigido por el mismo autor. Ya en el aeropuerto, donde fue a
recibirme, Carlos me dijo que necesitaba que me integrara inmediatamente al Taller Nacional de Teatro (TNT), en
calidad de docente. Al día siguiente se formalizó una reunión con la Junta
Directiva de ese organismo y una bella mujer poseedora de una voz muy teatral,
que por momentos me hacía recordar a nuestra querida actriz Jolie Libois, me
indicó que se esperaba de mí la transmisión de mis conocimientos a los alumnos
del TNT: era la Sra. América Alonso, Directora Académica de esa Institución, una
la más grandes actrices de Venezuela.
Este era un seminario de formación actoral,
creado por Carlos Giménez, que funcionaba en el edificio de Rajatabla, que
estaba ubicado entre el sorprendente Teatro Teresa Carreño y el Ateneo de
Caracas, frente a Parque Central. El objetivo era primordialmente ser el
semillero de actores para Rajatabla y el teatro venezolano, Dirigía el TNT mi
querido amigo Aníbal Grunn. Además de ser el instructor en interpretación, mi
trabajo consistía en dar clases de dicción, vocalización y análisis de texto,
ya que la instrucción era integral, inclusive se procuraba a los alumnos clases de producción artística y
asistencia de dirección. Aníbal, además de su responsabilidad con el TNT, era
un importante actor dentro de la estructura de Rajatabla, colaborador con
Carlos en la selección de textos y miembro fundador de la Junta Directiva.
Al ingresar tuve a mi cargo veintisiete
alumnos (promoción 1991 – 92) de los que aun guardo la nómina de nombres y
recuerdos maravillosos de cada uno de ellos, ya que además de darles las
materias asignadas nos tomábamos un tiempo para responder a las preguntas que
me hacían sobre Argentina, incógnitas que tenían sobre nuestra situación
política, la censura, los exiliados o el
mito sobre Eva Perón, por ejemplo, y yo aprovechaba para darles a conocer
pormenores de importantes hitos en la historia del teatro argentino, como lo
fue el Instituto Di Tella clausurado
por el gobierno militar en 1970, autores como María Elena Walsh, Griselda
Gambaro y Eduardo Pavlovsky, y lo que significó el ciclo de Teatro Abierto en mi país, movimiento
cultural en contra de la dictadura cívico militar iniciado en 1981 donde
dieron a conocer sus obras grandes autores argentinos. Siempre tuve la
precaución de consultar esta temática con Carlos y Aníbal, jamás ejercieron
ningún tipo de objeción sobre el tema.
Todos los alumnos del TNT trabajaban en las
puestas de Rajatabla, ya sea como actores, asistentes o ayudantes de producción, que es una forma activa de proporcionales
conocimientos y herramientas que luego usarían profesionalmente, además de
hacer sus propios montajes dentro del Taller. Creo que abonaban una cuota mínima
a la cooperadora del Seminario, que duraba dos años y contaba con instructores
tales como Aníbal Grunn, Daniel López, Teresa Selma, América Alonso y Andreina
Womutt, entre otros.
En una reunión, Carlos, América y Aníbal me
propusieron que hiciera un relevamiento del proceso de formación actoral y
sugiriera cambios que redundaran en beneficio del crecimiento de los actores.
Propuse entonces elegir los diez mejores promedios finales de cada ciclo y
otorgarles una beca con un sueldo “incentivo”, en calidad de post graduados,
que aportara un año más de formación, ahondando en materias como
interpretación, puesta en escena, escenografía, vestuario y sobre todo
literatura teatral clásica internacional. Hicimos una prueba piloto donde
participaron todos los alumnos, la que fue interrumpida por mi designación como
Director Artístico en el Teatro Nacional Juvenil de Venezuela (TNJV), Núcleo
Táchira.
Este fue otro extraordinario aporte de Carlos
Giménez al teatro de Venezuela, la creación de elencos regionales de carácter
profesional, auspiciados por el Consejo Nacional de la Cultura de ese país. En
estas agrupaciones participaban jóvenes actores de ciudades del interior donde
estos núcleos de trabajo tenían su sede propia. Los actores ingresaban mediante
audiciones, castings o concursos según las necesidades de puesta en escena en
las que podían converger actores de todo el país, ya que los concursos eran
abiertos, pero con prioridad de los locales. Todos recibían un pago por sus
prestaciones actorales. La Junta Directiva del TNJVdesignaba
y contrataba un director artístico, encargado de la puesta en escena y talleres
de capacitación y elegía la obra a montar en franca discusión con el director
asignado.
La Junta Directiva del TNJV estaba
integrada por: Presidente: Carlos Giménez; Suplente: Carmen Ramia;
Vicepresidente: José Ignacio Cabrujas; Suplente: Francisco Alfaro; Directores
Generales: América Alonso, Pilar Romero y Paul Desene y, Suplentes: Federico
Ruiz, Adriana Urdaneta y Javier Zapata.
Los distintos Núcleos (creo que eran ocho en total) estaban en:
Valera, Maracaibo, Valencia, Puerto Ordaz, Guayana, Trujillo, San Cristóbal y
Caracas, estaban coordinados por el Sr. Carlos Mayorga y la Coordinación
Nacional Académica y Artística de la
Sra. América Alonso.
En mi caso fui designado en el Núcleo Táchira,
en la bella ciudad de San Cristóbal, tan parecida a mi Córdoba en su fisonomía,
en sus calles, en sus montañas, pero con una bondad y cordialidad únicas y
propias de su gente, que por momentos me parecía que mi irrupción modificaba su bucólico y
placentero movimiento. Logré integrarme sin inconvenientes gracias a eso: su
gente, su bonhomía, sus ganas de trabajar, de hacer teatro y la entrega total a
un proyecto que les proponía una pertenencia profesional a un elenco que les
era propio. Su admiración y respeto por
la figura de Carlos y la Junta Directiva eran, totales.
La obra seleccionada fue Los
noventa son nuestros basada en la novela de la autora española Ana
Diosdado, dialogada y adaptada por el Sr. Miguel Angel Capinel con quién tuve
el gusto de colaborar, además contaría con la valiosa colaboración del Sr.
Carlos Arellana a quién se le encomendó la música original para esta puesta.
La primera etapa, la más dura para mí, fue
seleccionar el elenco, ya que todos los inscriptos demostraban no solo una
capacidad admirable, sino una disponibilidad que enternecía. La obra solo
requería un grupo reducido, y tuve que optar. Hoy volvería a elegir al mismo
grupo, porque no solo encontré actores hermosos, estudiosos, colaboradores, con
un empuje que me incentivaba cada día, cada ensayo, cada hallazgo, y aún en
cada error. La verdad es que hubo que integrar dos actores del Núcleo Caracas
debido a las características de los personajes y a la preparación actoral que
tenían los actores capitalinos. Pero no hubo fricciones, sino todo lo
contrario.
El resultado fue un hermoso trabajo de un
equipo fenomenal que contó con la
escenografía de Augusto González y Marcelo Pont Vergés, escenógrafos argentinos
que recientemente habían llegado a Venezuela en busca de un lugar donde
desarrollar su actividad, y como siempre, ahí estaba la generosidad de Carlos
Giménez, extendiendo su mano para procurar trabajo a todo aquel que lo requería sin
anteponer nacionalidades.
Habitualmente viajaba a San Cristóbal el Sr.
Carlos Mayorga, Coordinador de todos los núcleos en lo referente a la
producción artística y logística y, mediante evaluaciones o requerimientos de
la puesta en escena, yo debía viajar a Caracas a reunirme con América Alonso,
Coordinadora Académica de los elencos.
Más allá de que el hecho de designar
directores, elegir obras y seleccionar el elenco que las representaría, pueda
haber herido susceptibilidades entre los teatristas del interior, que los
había, muchos y buenos, el proyecto apuntaba justamente a eso: “intercambiar”
conocimientos con directores que provenían de otra escuela, con otra
experiencia distinta a la local y con otra visión, pero esto no anulaba la
posibilidad que luego se integraran sugiriendo
obras a la Junta Directiva.
Este maravilloso mega-proyecto de Carlos
Giménez, de procurarle a los actores del interior acrecentar y consolidar sus
conocimientos en esta profesión, de participar en montajes con diferentes
directores, de cobrar un sueldo (o beca) por su trabajo, nos habla del
compromiso por una clara aplicación del federalismo cultural, no declamado sino
realizado a nivel profesional, aportando la infraestructura necesaria para las
puestas y otorgando la posibilidad de expresar su propia identidad teatral, a la
par que los dotaba de mayores conocimientos culturales, meta irrenunciable de
Carlos Giménez.
Esto se vio reflejado en los resultados: una
puesta que el público agradeció, que la crítica elogió y que todo el grupo
disfrutó, hasta nos dimos el lujo de ser invitados al Festival Binacional de
Colombia que se realizó en la ciudad de Cúcuta y en la participación de la
Muestra del Teatro Nacional Juvenil de Venezuela en Caracas, junto a todos los
Núcleos del proyecto.
Actor cordobés. Perteneció al elenco oficial de la Comedia Cordobesa y fue integrante del grupo El Juglar de
Carlos Giménez. Ha transitado todos los géneros artísticos, desde el
circo (donde nació), el radioteatro, el teatro, el café-concert, el
music-hall, la televisión y el cine. Con la obra El Coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez y dirigida por Carlos Giménez,
recorrió los principales teatros de Europa, Estados Unidos y
Latinoamérica. Ha recibido numerosos premios en Argentina y Venezuela.
Edgardo era optimista, amable, amoroso, soñador, pacífico. Era periodista, ex dirigente gremial, realizador de máscaras teatrales, militante de los derechos humanos, combatiente incansable de la dictadura argentina, hermano del artista plástico Alberto Greco, al quien siempre recordaba con nostalgia: se había suicidado en 1964. Sus máscaras eran tan buenas que fue convocado por el exigente y prestigioso director Carlos Giménez, para que realizara las de su imponente espectáculo La Máscara Frente al Espejo.
Edgardo nunca hablaba de lo que la dictadura le había hecho. Pero un día, un único día, quién sabe por qué, me contó muy escuetamente parte de su historia y un "traslado". Fue un día de 1980 y todavía lo recuerdo. Edgardo contó sin dramatismo, sin quejarse, como quien cuenta un cuento que le pasó a otro. Sólo al final sus ojos se pusieron un poco tristes. Lo subieron a un avión, esposado de pies y manos y lo encadenaron de manos, acostado, al piso del avión, avión al que le habían sacado los asientos. “Tuve suerte” me dijo. Porque no lo lanzaron vivo al Río de la Plata, como era “costumbre” de la dictadura, sino que lo trasladaron de Buenos Aires a Córdoba. De un campo de concentración a otro.
Edgardo, izquierda, entrevistando a Jorge Gody, dueño junto a
Aura Rivas de la galería "Viva México", Caracas.
Con Edgardo compartíamos la lucha contra la dictadura argentina. Pero no éramos combatientes políticos, no pertenecíamos a ninguna organización: éramos militantes de los derechos humanos. Viajamos juntos a Costa Rica, en enero de 1981, al Primer Congreso de Familiares de Detenidos-Desaparecidos de América Latina; trabajamos en la organización y participamos del Segundo Congreso de Familiares..., realizado en Caracas en noviembre del mismo año y trabajamos en la Coordinadora Pro Derechos Humanos en Argentina que funcionaba en Caracas, lugar en donde nos conocimos. Todo ad-honorem, robándole horas al sueño y poniendo dinero de nuestros bolsillos.
Edgardo hizo, junto con mi amigo Julio Palavicini, también sobreviviente de la dictadura, menos tristes mis años de exilio.
Con su moto Vespa viajamos un día a La Guaira y otro, quiso enseñarme a manejarla, hasta que me estrellé contra un paredón dañando a la moto, Edgardo ni se inmutó, y cambié de idea. Con esa moto recorrimos Caracas llevando gacetillas a los periódicos denunciando la situación argentina. Juntos hicimos artesanías en cuero que nadie quería comprar e inventamos mil proyectos laborales que nunca pudimos concretar; íbamos a la playa, al cine y al teatro; tomábamos mate compartiendo esa yerba que tanto costaba conseguir (no había importación) y nos encantaba encontrarnos en la panadería para desayunar un rico guayoyo, negrito o marrón y un sabroso cachito.
De tanto en tanto, porque era muy caro, íbamos al kiosko internacional que estaba en la avenida Casanova y comprábamos, a medias, el diario Clarín, que entre líneas algo nos contaba de lo que pasaba en Argentina, y era tal nuestra nostalgia que leíamos…¡hasta los clasificados! Era tan caro el diario, o tal nuestra pobreza, que después de leído circulaba de mano en mano como si fuera un tesoro, y no se botaba, ¡los coleccionábamos! Porque en caso de ataque de nostalgia ahí estaban los diarios, como si fueran un pedacito de nuestra patria. Pero Edgardo, a diferencia de la mayoría, yo incluida, no sufría de nostalgia crónica y su alegría y su amor por Caracas eran un bálsamo entre tanto dolor.
Recuerdo un hermoso 31 de diciembre de 1981 que celebramos en mi “casa” de Las Mercedes (una galería de arte que yo cuidaba a cambio de una habitación), junto con amigos y amigas venezolanas, argentinas y de todas partes porque Caracas, en aquellos años, era la capital del refugio latinoamericano y caribeño. Esa noche sacamos muchas fotos a las que el tiempo le ha ido borrando las imágenes, pero Edgardo sigue nítido en mi recuerdo.
Edgardo, que quizá era 20 años más grande que yo, amaba a Venezuela, y eso no era tan frecuente en el exilio, y me enseñó a amarla y valorarla sin que yo me diera cuenta que me estaba enseñando.
Edgardo, amigas, amigos y yo en la playa, ¿Choroní? 1980 o 1981
Edgardo hacía de todo para sobrevivir, porque tenía dos hijas pequeñas (y una ex esposa encantadora) en Caracas, pero el dinero y el éxito siempre le fueron esquivos y pasó muchas dificultades económicas, tanto en Caracas como en Buenos Aires.
En Caracas vivía en una pensión miserable en San Agustín y en Buenos Aires le fue tan mal que un día se mató. La democracia argentina le debía mucho, pero la democracia nunca pagó su deuda.
Edgardo fue un amigo muy leal. Cuando los compañeros de la Coordinadora Pro Derechos Humanos en Argentina me expulsaron (luchaban contra la dictadura pero querían imponer la suya), simplemente por expresar opiniones diferentes a las suyas en una reunión con las Madres de Plaza de Mayo, él fue de los pocos que se quedó a mi lado y que no se cruzaba de vereda cuando me lo encontraba en la calle: él me daba un abrazo. Y negó y rechazó tajantemente la infamia con la que esos compañeros pretendían hacer aún más difícil y doloroso mi exilio: ¡dijeron que yo era agente de la CIA! Y seguimos trabajando juntos contra la dictadura.
A Edgardo le debo también el poder haberle hecho juicio al Estado Argentino. Fue él quien me aconsejó, preocupado por un intento de secuestro que sufrí en 1980 en Caracas, que pidiera estatus de refugiada ante el ACNUR. Y lo hizo a pesar de que la “política oficial” del exilio era no pedir refugio. Confié en mi amigo. Y gracias a esa constancia de refugio, y al trabajo de mi abogada Elena Moreno, pude ganarle el juicio al Estado Argentino después de muchos años de lucha e infamia, y gracias a la Corte Suprema de Justicia, que falló a mi favor la apelación interpuesta por el gobierno de Néstor Kirchner.
Edgardo, que había padecido un millón de sufrimientos más de los que yo padecí, murió sin que el Estado le pidiera disculpas. Sin que la democracia le diera las gracias. Igual que Julio Cortázar. Qué injusticia tan grande.
Edgardo sobrevivió a campos de concentración y cárcel en Argentina y exilio en Venezuela, sólo por querer un mundo mejor. Su nombre estuvo en las Lista Negras de la dictadura hasta el final. Su única arma eran las palabras. Y sus palabras siempre fueron amables, conciliadoras, amorosas.
¿Cuándo habrá en Argentina una placa que le recuerde?