La Casa Ramia no era solo una edificación; era el alma de la cultura venezolana. Durante años, esa majestuosa mansión de estilo neocolonial, con sus dos niveles custodiados por jardines, árboles centenarios y flores que parecían bendecidas por el clima del Parque Los Caobos, albergó al Ateneo de Caracas.
Estaba enclavada en el corazón latente del saber, en la Plaza Morelos, allí donde convivía con el Museo de Bellas Artes, el Museo de Ciencias Naturales y, más tarde, la Galería de Arte Nacional.
En el viejo Ateneo, el arte se respiraba. No era una metáfora; el aire pesaba distinto, cargado de creatividad. Fue el epicentro de la vanguardia. Mientras en las plantas altas la Sra. María Teresa Castillo dirigía, en los salones cercanos a ella se escuchaba el rítmico golpe del ballet y la danza. En la planta baja, las paredes servían de lienzo para jóvenes artistas plásticos que, bajo ese techo protector, daban sus primeros pasos hacia la profesionalización. Muchos de los grandes maestros que hoy admiramos se forjaron allí, entre esas columnas blancas, sus pisos de madera y pasillos llenos de luz.
Al costado izquierdo de la casa, un sendero entre el jardín te conducía a un lugar sagrado: la cafetería del Ateneo. Era un territorio sin jerarquías. En una misma mesa podías encontrar a Salvador Garmendia o Adriano González León desmenuzando la realidad junto a teatreros y pintores. Los ilustres de la "República del Este" hacían allí su parada obligatoria, una suerte de ritual bohemio antes de perderse en los bares de Sabana Grande. Entre el humo denso de los cigarrillos y el aroma a café recién colado, se planificaron las temporadas más brillantes, las giras más ambiciosas y los sueños más locos de nuestra escena.
Esa cafetería servía de puente hacia el futuro: conectaba con el Teatro del Ateneo de Caracas, de arquitectura moderna. Por ese recinto desfilaron las leyendas del teatro, los directores que cambiaron el lenguaje escénico y las compañías internacionales que nos traían el mundo a casa.
A esa casa maravillosa llegó un día un joven. Caminó por la vereda del cafetín, observó el lobby del teatro y, en un instante, sintió que ese ambiente era el suyo. Que las tablas lo estaban esperando. Ese joven, por supuesto, era yo.
Varios montajes durante mis años de formación vi en ese Teatro, y el ser alumno de Horacio Peterson quien acababa de dejar la dirección artística del Ateneo, era casi imposible que el no hiciera referencia en las clases a muchas puestas en escena que había dirigido, comentaba de muchos actores y actrices que lo habían acompañado y que eran grandes amigos y colaboradores y mencionaba con veneración a Anna Julia Rojas, esa mecenas inagotable cuyo nombre hoy honra nuestra memoria teatral.
Cuando yo asistía como espectador a esa sala que hoy llamaríamos minimalista, de paredes de cemento gris y un imponente telón color mostaza, cerraba los ojos y me proyectaba allí arriba. Soñaba con ser parte de esa historia que se filtraba por los poros de las paredes.
Tras casi tres años de disciplina en la Escuela de Teatro, el destino se vistió de gala. Mi debut ocurriría en el teatro que tanto añoré. Pero el regalo venía con un tinte de tragedia: mi maestro, Horacio, sería el encargado de dirigir la última obra que subiría a escena. El teatro iba a ser demolido.
Nada de lo que había vivido antes - exposiciones, cócteles o paseos por Los Caobos- se comparaba con la electricidad de entrar al teatro sabiendo que esta vez era mi turno. El escenario tenía una visión panorámica perfecta; era un espacio donde el susurro más leve llegaba hasta la última fila, pues la acústica era perfecta.
Recuerdo el primer ensayo en el teatro. Fue aterrador. Nada cuadraba: ni los pasos, ni las distancias, ni la voz. Yo, acostumbrado a proyectar con fuerza, recibí una lección eterna de Horacio: - No, Jairo. En esta sala no hay que impostar. La acústica es tan cálida que la voz fluye sola; solo habla, que tus compañeros y el público entenderán cada palabra. Tenía razón.
Llegó la noche del estreno. Estábamos en los camerinos - cuatro pisos de ellos, donde el numeroso elenco de “Vivir como cerdos” se movía entre nervios y maquillaje-. Tras el ritual de desearnos "mucha mierda", ocupé mi posición. Yo abría la obra. Ya estaba en escena cuando comenzaba y era el primero en hablar.
Todo se veía distinto en la penumbra. El corazón me martilleaba el pecho. De pronto, me di cuenta de algo: el telón estaba abajo. Siempre habíamos ensayado con el telón arriba. Todo se sentía diferente. No veía nada. Escuché el primer timbre... el segundo... el tercero. Un silencio sepulcral inundó la sala mientras las luces bajaban.
Y entonces, ocurrió el milagro. Fue un acorde perfecto de sensaciones: el sonido metálico y elegante de las cuerdas y las poleas del telón subiendo, el aire acondicionado que se desparramaba de inmediato como una ola gélida sobre el escenario y cientos de ojos observándome en la oscuridad. Las luces se encendieron. Era mi señal. Es tu momento, Jairo. Dale, carajito... esto es lo que tú quieres, me dije. Y empecé mis parlamentos y, a los pocos minutos, el pánico se transformó en flujo, en vida.
Ese susto, ese respeto sagrado por la escena, me acompañó toda mi carrera. Incluso ahora, mientras escribo estas líneas para ustedes, me pongo nervioso recordando. Es una emoción que no caduca.
Esta debería ser la historia del viejo Ateneo, pero es imposible separarla de mi piel. Allí fui actor, diseñador de escenografía y publicista de nuestra obra. Durante los últimos días, vimos con dolor cómo desarmaban el tesoro: las telas, los reflectores, las maderas... incluso la cafetería de las mil anécdotas estaba sentenciada.
Generalmente, la última función siempre es tan emotiva y tiene tanto nervio como el estreno, pero en esta oportunidad era imposible contener las lágrimas entre los aplausos finales y el telón que subía y bajaba constantemente para que los aplausos no murieran, en ese aspecto Horacio era todo un maestro, eran los últimos aplausos que se escucharían, el último público… el final. Y al día siguiente... lo demolieron.
Solo quedó en pie entre los escombros una pared solitaria que tenía pintado el aviso de nuestra obra. Han pasado los años y la pregunta sigue doliendo: ¿Por qué? Entiendo la necesidad de espacio, pero ¿por qué destruir una sala con una acústica perfecta para construir una nueva que, hasta hoy, sufre de zonas sordas y fallas técnicas que ni los mejores especialistas han podido corregir? Pasé cinco años viendo el terreno baldío, viendo cómo los escombros sustituían a la cultura sin que se moviera una sola piedra para la nueva construcción. Fue un sacrificio innecesario.
Sin embargo, hay algo que las máquinas no pudieron tocar. Los que tuvimos la dicha de vivir, conocer y trabajar en ese teatro y en esa casa maravillosa e imponente del Ateneo de Caracas, y quien se tomó un café o una cerveza en el Cafetín con tanta gente importante, guardamos un recuerdo maravilloso… eso afortunadamente no lo pueden demoler.
Y así pasó...
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com
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