la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





Para leer a Clarice Lispector por Guillermo Piro, Clarín 2002




La descortesía de dios


Mítica por su invención de un estilo, fetiche de escritores contemporáneos, la brasileña conoció en estos años un fenómeno de lectura.
La reedición de "La araña" nos abre la puerta a una obra de gran audacia, sin recetas ni programa.





No se puede no leer a Clarice Lispector. Tarde o temprano se llega a ella. Cada uno de sus libros parece decir eso: "Ven, ven pronto. Te espero". La literatura brasileña contemporánea pasa por ella, como pasa por Guimaraes Rosa y Drummond de Andrade. Ahora se reedita La araña, que había aparecido por primera vez en español en 1977 en la misma editorial, Corregidor. La idea no podía ser mejor. Esta vez, con prólogo de Raúl Antelo (se ha omitido el de la primera edición, de la traductora Haydée Jofre Barroso), el libro se enmarca en el que tal vez sea el mejor proyecto editorial de los últimos dos años, la colección "Vereda Brasil". Coincide, asimismo, con el 25 aniversario de su muerte, el 9 de diciembre de 1977, un día antes de su cumpleaños.

Cuando el mundo fue creado, fue necesario crear un hombre especialmente para ese mundo, adaptado a su rigor y sus deleites. Todos estamos deformados por la adaptación a la libertad de Dios. Clarice fue creada antes que la literatura. Por eso sus libros están deformados, adaptados a su propia libertad. Su libertad es lo que más llama la atención al lector desprevenido. Clarice se descontrola, continuamente. Y nunca es mejor que cuando se descontrola. Es imposible pesquisar procedencias, influencias, lecturas. A diferencia de otros autores, ella sabe que su nombre no está destinado a ser el centro del mundo. Lo que hay son libros sagrados, no autores sagrados. Libros prohibidos y condenados. Y sabe que las sensaciones y los significados están en cualquier sitio, menos en las palabras. ¿Por qué dudar entonces de la perplejidad que depara una palabra puesta allí, fuera de lugar?

Eso es lo que Lispector trataba de explicarle a María Esther Gilio en un entrevista memorable del 76, para la revista Crisis. Se trata, a mi entender, de la mejor entrevista realizada a Lispector. Escueta, elusiva, responde de mala gana y sólo lo esencial: "Cuando escribo, no atiendo ni a los lectores ni a mí (...), sólo atiendo a lo que escribo", o frases del estilo "Soy tímida", "No sé", "No tengo nada que decir", "No soy autocrítica". Debió de ser un mal día para Gilio.

El anecdotario en torno de Clarice es inmenso. Su vida ya había sido mitificada antes de morir, de cáncer. Nacida en 1925, en Rusia, en la ciudad ucraniana de Tchetchchelnik, emigró a Brasil a los dos meses de edad. A los 19 años publicó su primera novela, con el joyceano título de Cerca del corazón salvaje. De una belleza inconmensurable (su exótico rostro fue retratado por Giorgio de Chirico y Carlos Scliar, entre otros), tenía fama de bruja. Esto la llevó a ser invitada a un congreso de brujería en Colombia. Clarice fue. Como querían que leyera un texto sobre brujería, tradujo al inglés "El huevo y la gallina" (en Felicidad clandestina), y le pidió a alguien que lo leyera (ella se quedó en el cuarto del hotel). Las brujas aplaudieron.

Nada le molestaba más que el hecho de ser considerada una autora "esencialmente femenina". "¿Usted cree que mis libros no podría haberlos escrito un hombre?", le replicó a Gilio cuando ésta dejó deslizar esa idea. En todo caso, literatura tan femenina como puede serlo la de Carson Mc Cullers, Katherine Mansfield o Emily Brontë. Ninguna referencia a un cuarto propio; a lo sumo un pobre sofá, con la máquina de escribir en la falda; cuando sus hijos eran pequeños, escribía como Carlos Marx, con ellos potreando alrededor; la literatura como actividad de aficionados. Libertad, libertad. Si no consigue decidirse por un título, entonces llamará a uno de sus libros La hora de la estrella, o "La culpa es mía o Que ella se apañe o El derecho al grito o En cuanto al futuro o Lamento de un blue o Ella no sabe gritar o Una sensación de pérdida o Silbido en el viento oscuro o Yo no puedo hacer nada o Registro de los hechos precedentes o Historia lacrimógena de un cordel o Salida discreta por la puerta del fondo", según completa para el lector en su primera página. En cuanto al título de la presente reedición, La araña no hace mención a los arácnidos, sino a la lámpara que cuelga del techo. Al final de la novela, Virginia, la protagonista, consigue a través de su aparición fulminante alcanzar la visión del núcleo de su ser. Allí está todo Clarice en estado puro: la ausencia de estructura ("La única estructura que admito es la ósea", dijo ella en otra entrevista), la escritura como un flujo que avanza sin freno.

Clarice concibe la literatura de una manera análoga a la que Henri Michaux concebía la mescalina, algo que puede aburrirnos con su paraíso: "Que nos dé, más bien, un poco de saber. No estamos en una época de paraíso". Ella quiere comprender. Cuenta el poeta Joao Cabral de Melo Neto que un día Clarice intercambiaba con algunos amigos historias de muerte. En eso llegaron otros, y todos se pusieron a hablar de fútbol. En un momento en que, mágicamente, reinó el silencio, Clarice abrió la boca para decir: "¿Y si volvemos a hablar de la muerte?". Clarice Lispector es de esas escritoras que hace falta olvidar para seguir escribiendo. Y que hace falta leer para seguir viviendo.



Hay un breve relato donde Clarice narra un arrebato vengativo que parece ser el motor de ese sistema verbo-estelar que llamamos "obra", en la que las palabras, como satélites sin misterio, orbitan a su alrededor. Clarice camina por una calle, sin pensar en nada. Siente algo raro: es libre. "Por pura ternura, me sentí la madre de Dios, que era la tierra, el mundo." Ese sentimiento es nuevo para ella. Y entonces Clarice pisó una rata muerta. Un instante después estaba sumida en el terror. "Me sorprendía que una rata hubiera sido mi contrapunto". Ella iba por el mundo "sin necesitar nada, amando con puro amor inocente", y Dios le había puesto una rata en el camino. "La grosería de Dios me hería y me insultaba. Dios era bruto". Clarice enuncia entonces su venganza: "No guardaré el secreto", dice, "Voy a contarlo". Desde entonces, escribió para acabar de una vez con la reputación de Dios.
Junio 2002


 Clarice Lispector:  página oficial


Inventario de librerías por Guillermo Piro
En castellano Clarice Lispector fue dada a conocer en 1969 por Monte Avila, de Caracas, que publicó la novela "La pasión según HG." y, en 1971, los cuentos de "La legión extranjera". En Argentina fue Sudamericana la que, a partir de 1973, editó "Un aprendizaje o el libro de los placeres", "Lazos de familia", "La manzana en la oscuridad" y "Agua viva". En 1975 la desaparecida Rueda publicó un pequeño libro de relatos, "El Vía Crucis del cuerpo" y dos años después, De la Flor difundió un "thriller" infantil, "El misterio del conejo pensante".

Luego la producción editorial emigró a España. En 1977 Alfaguara publicó "Cerca del corazón salvaje". En 1988, esta vez con traducción de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, "Lazos de familia" fue reeditada por Montesinos. Ese mismo año, Grijalbo encargó al escritor argentino Marcelo Cohen la traducción de "Felicidad clandestina", y a Cristina Peri Rossi "Silencio", dos libros de cuentos. Hasta que la madrileña Siruela tomó la posta con un proyecto editorial que, a partir de 1989, parece apuntar a publicar la totalidad de su obra (han aparecido allí "La hora de la estrella" y el póstumo "Un soplo de vida"). También apareció una breve biografía de Laura Freixas, seguida de una selección de textos, en la española Omega. (Aunque esto remedia la ausencia de "Clarice, uma vida que se conta", de Nadia Gotlib —una biografía demasiado circunspecta—, enfrenta al lector con la realidad de que el tomito de Omega cuesta, según la librería, entre 45 y 89 pesos.)
Varios textos de Lispector aún permanecen inéditos en castellano, hecho doblemente llamativo en virtud de la proximidad geográfica: entre ellos la novela "A cidade sitiada", los cuentos póstumos de "A bella e a fera" y las columnas periodísticas reunidas en "A descoberta do mundo", publicadas entre 1967 y 1973 en el "Jornal do Brasil". Asimismo, cuatro libros infantiles, entre ellos "A mulher que matou os peixes" y "A vida intima de Laura".