la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


Oriana Fallaci: "Me averguenzo (del antisemitismo) y estoy con Israel, estoy con los judíos"


"Defiendo su derecho a existir, a defenderse,  a que no sean  exterminados 
por segunda vez"




“Europa, en el mejor de los casos, no es una comunidad de estados, 
sino un pozo de Poncio Pilatos.”


Me parece vergonzoso que en Italia se haga una manifestación en la que unos individuos, vestidos de kamikazes, corean injurias infames contra Israel, levantan fotos de líderes israelíes en cuyas frentes han  dibujado la  esvástica, incitan al pueblo a odiar a los judíos. Y que con tal de ver a los judíos en los campos de exterminio, en las cámaras de gas, en los hornos crematorios de Dachau y de Mathausen y de Buchenwald y de Bergen-Belsen, etcétera, venderían a su propia madre a un harem.
Me parece vergonzoso que la Iglesia Católica permita que un obispo que vive en el Vaticano, un hombre piadoso que fue encontrado  en Jerusalén  con  armas y explosivos escondidos en el compartimiento  secreto de su sagrado Mercedes Benz, participe en esa manifestación y se ponga delante de un micrófono para dar las gracias, en nombre de Dios, a los kamikazes que masacran judíos en las pizzerías y en los supermercados.  Llamándolos "mártires que van a la muerte como quien va a una fiesta".
Me parece vergonzoso que en Francia, la Francia de la Libertad- Igualdad- Fraternidad, quemen sinagogas, aterrorizan a los judíos,  profanen sus cementerios. Encuentro vergonzoso que en Holanda y en Alemania y en Dinamarca, etcétera,  los jóvenes hagan alarde del kaffiah igual que la avant gard de Mussolini lo hacía con la porra y su insignia fascista. Encuentro vergonzoso que, en casi todas las universidades europeas, los estudiantes palestinos patrocinen  y alimenten el antisemitismo. Que en Suecia pidieran que el  Premio Nobel de la Paz otorgado a Shimon Peres en 1994 le sea retirado y conferido a la  paloma de la paz con el ramo de olivo en el pico, es decir a Arafat.  Me parece vergonzoso que distinguidos miembros del Comité, un Comité que (al parecer ) premia el color político en lugar del mérito, hayan tomado en consideración la demanda y piensen llevarla a cabo. Al infierno el Premio Nobel y honor a quien no lo recibe.
Me parece vergonzoso (estamos otra vez en Italia) que los canales de televisión del estado  contribuyan al  resurgimiento del antisemitismo, llorando sólo a los muertos palestinos, silenciando los muertos israelíes, hablando de una forma veloz y muy a menudo con un tono distraído de ellos. Encuentro vergonzoso que en los debates acojan con mucho respeto a canallas con turbante o con el kaffiah  que ayer festejaban la matanza de Nueva York  y que hoy festejan las de Jerusalén, Haifa,  Netanya, Tel Aviv.

Me parece vergonzoso que la prensa haga lo mismo, que estén indignados porque en Belén los tanques israelíes rodeen la iglesia de la Natividad y que no estén indignados porque en la misma iglesia 200  terroristas palestinos bien armados con proyectiles y explosivos (y entre ellos varios jefes de Hamas y Al-Aqsa) sean indeseados huéspedes de los curas (que luego aceptan de los militares de los tanques botellas de agua mineral y  tarros de miel). Me parece vergonzoso que al dar el  número de muertos judíos desde el  inicio de la Segunda Intifada, (412), un conocido diario consideró apropiado poner en letras mayúsculas que habían muerto más personas  en accidentes de tránsito ( 600 por año).
Me parece vergonzoso que el "Osservatore Romano",  el diario  del Papa, un Papa que hace poco  dejó en el Muro de los Lamentos una carta de perdón a los judíos, acuse de extermino a un pueblo que fue exterminado por millones por cristianos. Por europeos. Me parece vergonzoso que este diario le niegue a los sobrevivientes de ese pueblo, sobrevivientes  que todavía  tienen tatuados los números en sus brazos, el derecho de reaccionar, de defenderse, de no ser nuevamente exterminados. Me parece vergonzoso que en nombre de Jesucristo (un judío sin el cual todos ellos estarían seguramente desempleados) los curas de nuestras parroquias o centros sociales, o lo que sean, estén de amores  con los asesinos de aquellos que, en Jerusalén, no puede ir a comer pizza o a comprar huevos sin ser víctimas de una explosión. Me parece vergonzoso  que estén del lado de los mismos que inauguraron el terrorismo matándonos en los aviones, en los aeropuertos, en las Olimpiadas y que hoy se divierten matando periodistas occidentales fusilándolos,  secuestrándolos, cortándoles la garganta,  decapitándolos. (Hay alguien en Italia que, después de la publicación de "La Rabia y el Orgullo",  quiere hacer lo mismo conmigo. Citando los versos del Corán anima a sus "hermanos"  en  las mezquitas y  en la Comunidad Islámica,  a castigarme en nombre de Alá. A matarme. O mejor, a morir conmigo. Y como es un tipo que  conoce muy bien el inglés, en inglés  le contesto:"Fuck you" ).

Me parece vergonzoso que casi toda la izquierda, esa izquierda que hace veinte años permitió que una de sus manifestaciones pusiera un ataúd (cual advertencia mafiosa) delante de la sinagoga de Roma, se olvida de la  contribución hecha por  los judíos en la lucha antifascista.   La contribución de Carlo y Nello Rosselli, por ejemplo; de Leone Ginzburg,  de Umberto Terracini,  de Leo Valiani,  de Emilio Sereni; de  mujeres como mi amiga Anna María Enriques Agnoletti, que fue  fusilada en Florencia el 12 de junio de 1944.  Se olvide de la contribución de 75  de las 335 personas asesinadas en la Fosas Ardeatinas; de  la cantidad infinita de muertos bajo  tortura, en combate o delante de los pelotones de fusilamiento.  (Mis compañeros, mis maestros de infancia y de mi  primera juventud).
Me parece vergonzoso que también por culpa de la izquierda, o mejor dicho sobretodo por culpa de la izquierda (piensen  en la izquierda que inaugura sus congresos aplaudiendo al representante de la OLP, líder en Italia  de los palestinos que quieren la destrucción de Israel) los judíos en  las ciudades italianas tengan, otra vez, miedo. Y en las ciudades francesas y holandesas y danesas y alemanas, etc., es lo mismo. Me parece vergonzoso que los judíos tiemblen de miedo cuando pasan los canallas vestidos de  kamikaze, igual que temblaban en Berlín  la Noche de los Cristales Rotos, es  decir, la noche en la que Hitler declaró  “temporada abierta” para la caza del judío.

Me parece vergonzoso que, obedeciendo a la estúpida, ruin, deshonesta y para ellos ventajosa moda de lo Políticamente Correcto, los oportunistas de siempre, mejor dicho los parásitos de siempre, exploten la palabra “paz”.  Que en el nombre de la palabra “paz”, ahora más pervertida  que las palabras "amor” y “humanidad", absuelvan a un sola parte del  odio y la bestialidad.  Que en nombre del pacifismo (léase conformismo) permitan a los grillos cantores  y a los bufones que antes lamían los pies de Pol Pot,  incitar a la gente ingenua, confundida o intimidada. Que la engañen, la corrompan, la lleven medio siglo atrás, a los tiempos de la estrella amarilla en el abrigo. Estos charlatanes que se preocupan por los  palestinos lo mismo que yo me preocupo por los charlatanes. Es decir, nada.
Me parece vergonzoso que tantos italianos y tantos europeos hayan elegido como su abanderado al señor (por decirlo cortésmente)  Arafat. Este don nadie  que gracias al dinero de la Familia Real Saudita  juega a ser Mussolini a perpetuidad  y que, en su megalomanía, cree que pasará a la historia como el George Washington de Palestina. Este inculto que cuando lo entrevisté ni siquiera fue capaz de armar una frase completa, de sostener una conversación articulada.  Al transcribir la entrevista para su publicación tuve que hacer un esfuerzo tan grande que llegué a la conclusión de que, comparado con él, hasta Gadafi sonaba como  Leonardo da Vinci. Este falso guerrero que anda  siempre en uniforme como Pinochet, que nunca se pone un traje civil,  y que en toda su vida nunca participó  en una batalla. La guerra  la manda a hacer, siempre la ha mandado a hacer, a los demás. A  los pobres idiotas que creen en él. Este pomposo incompetente  que, actuando  como si fuera  un jefe de estado, ha hecho naufragar los acuerdos de Camp David, la mediación de Clinton: “No- no- Jerusalén-la-quiero-toda-para-mí.”  Este eterno mentiroso que sólo tiene un destello  de sinceridad  cuando (en privado) niega siempre el derecho de  Israel a  existir, y que, como digo en mi libro, se contradice cada cinco segundos. Siempre está engañando, miente incluso cuando le preguntas qué hora es, así que nunca puedes confiar en él.  ¡Nunca! Con él acabas sistemáticamente traicionado. Este eterno terrorista que sólo sabe ser un  terrorista (eso sí, sin  arriesgar su pellejo) y que cuando tenía cerca de  setenta años, es decir cuando lo entrevisté, todavía entrenaba a los  terroristas de la Baader-Meinhof. Con ellos, niños de diez años de edad. Pobres niños. (Ahora los entrena para  convertirlos en atacantes suicidas.  Cien niños-kamikazes están entrenándose para morir: ¡cien!) Este canalla que mantiene a su  esposa en Paris, atendida  y reverenciada como una reina, y mantiene su pueblo en la mierda. Lo saca de la mierda sólo para mandarlo a morir, para  matar o para  morir.  Como las chicas de 18  años que,  para tener igualdad con los hombres,  tienen que amarrarse explosivos y desintegrarse con sus victimas. Este presunto revolucionario que, a su propio pueblo, nunca le ha dado una pizca de democracia. No hablo de la verdadera democracia que disfrutan los israelíes. Quiero decir ni una diminuta pizca de democracia. Y sin embargo muchos italianos lo aman, sí. Exactamente como amaban a Mussolini. Y muchos otros europeos también.
Me parece vergonzoso. ¡Sí!  Y  veo en todo esto el surgimiento de un nuevo fascismo, un nuevo nazismo. Un fascismo, un nazismo, más siniestro y despreciable porque está dirigido y alimentado por aquellos que, hipócritamente,  posan como  bienhechores, progresistas,  comunistas,  pacifistas, católicos, mejor dicho  cristianos, y que tienen el coraje de etiquetar como belicista a cualquiera que, como yo,  grita la verdad. Que como yo siempre gritaron contra la guerra. Tanto como ellos jamás podrían hacerlo. Veo  la aparición de un nuevo demonio. Sí. Y digo lo siguiente. 

Nunca he sido tierna con la  trágica y shakesperiana figura de  Sharon. “Se que ha venido a agregar un nuevo cuero cabelludo a su collar”,  murmuró  casi con tristeza cuando fui a entrevistarle en 1982.  Frecuentemente tuve desacuerdos con los israelíes, horribles, y en el pasado he  defendido mucho  a los palestinos. Tal vez  más de lo que se merecían.

Pero estoy con Israel, estoy con los judíos. Lo estoy como lo estuve cuando era joven, durante el tiempo que luché con ellos, cuando  Anna María murió fusilada  Defiendo su derecho a existir, a defenderse,  a que no sean  exterminados por segunda vez. Y disgustada por el antisemitismo de tantos italianos, de tantos europeos, me averguenzo de esta vergüenza que deshonra a mi país y a Europa. En el mejor de los casos, Europa no es una Comunidad de Estados, sino un pozo de Poncios Pilatos.

Y aunque todos  los habitantes de este planeta pensaran de otra manera, yo seguiré pensando así.


Panorama
12 April 2002








Oriana lee "Yo me averguenzo"



Original en italiano

Sull'antisemitismo

Io trovo vergognoso che in Italia si faccia un corteo di individui che vestiti da kamikaze berciano infami ingiurie a Israele, alzano fotografie di capi israeliani sulla cui fronte hanno disegnato una svastica, incitano il popolo a odiare gli ebrei. E che pur di rivedere gli ebrei nei campi di sterminio, nelle camere a gas, nei forni crematori, venderebbero ad un harem la propria madre.

Io trovo vergognoso che la Chiesa Cattolica permetta a un vescovo, peraltro alloggiato in Vaticano, uno stinco di santo che a Gerusalemme venne trovato con un arsenale di armi ed esplosivi nascosti in speciali scomparti della sua sacra Mercedes, di partecipare a quel corteo e piazzarsi a un microfono per ringraziare in nome di Dio i kamikaze che massacrano gli ebrei nelle pizzerie e nei supermarket. Chiamarli «martiri che vanno alla morte come a una festa».

Io trovo vergognoso che in Francia, la Francia del Liberté-Egalité-Franternité, si bruciano le sinagoghe, si terrorizzino gli ebrei, si profanino i loro cimiteri. Trovo vergognoso che in Olanda e in Germania e in Danimarca i giovani sfoggiano il keffiah come gli avanguardisti di Mussolini sfoggiavano il bastone e il distintivo fascista. Trovo vergognoso che in quasi tutte le università europee gli studenti palestinesi spadroneggino e alimentino l’antisemitismo. Che in Svezia abbiano chiesto di ritirare il Premio Nobel per la Pace concesso a Shimon Peres nel 1994, e concentrarlo sulla colomba col ramoscello d’olivo in bocca cioè su Arafat. Trovo vergognoso che gli esimi membri del Comitato, un Comitato che (a quanto pare) anziché il merito premia il colore politico, abbiano preso in considerazione la richiesta e pensino di esaudirla. All’inferno il Premio Nobel e onore a chi non lo riceve.

Io trovo oltraggioso (siamo di nuovo in Italia) che le Televisioni di Stato contribuiscano al risorto antisemitismo piangendo solo sui morti palestinesi, facendo la tara ai morti israeliani, parlando in modo sbrigativo e spesso in tono svogliato di loro. Trovo vergognoso che nei loro dibattiti ospitino con tanta deferenza i mascalzoni col turbante o col keffiah che ieri inneggiavano alla strage di New York e oggi inneggiano alle stragi di Gerusalemme, di Haifa, di Netanya, di Tel Aviv. Trovo vergognoso che la stampa scritta faccia lo stesso, che si indigni perché a Betlemme i carri armati israeliani circondano la Chiesa della Natività, che non si indigni perché nella medesima chiesa duecento terroristi palestinesi ben forniti di mitra e munizioni ed esplosivi (tra loro vari capi di Hamas e Al-Aqsa) siano non sgraditi ospiti dei frati (che poi dai militari dei carri armati accettano le bottiglie d’acqua minerale e il cestino di mele). Trovo vergognoso che dando il numero degli israeliani morti dall’inizio delle Seconda Intifada, (quattrocentododici), un noto quotidiano abbia ritenuto giusto sottolineare a gran lettere che nei loro incidenti stradali ne muoiono di più. (Seicento all’anno).

Io trovo vergognoso che l’Osservatore Romano cioè il giornale del Papa, un Papa che non molto tempo fa lasciò nel Muro del Pianto una lettera di scuse per gli ebrei, accusi di sterminio un popolo sterminato a milioni dai cristiani. Dagli europei. Trovo vergognoso che ai sopravvissuti di quel popolo (gente che ha ancora il numero tatuato sul braccio) quel giornale neghi il diritto di reagire, difendersi, non farsi sterminare di nuovo. Trovo vergognoso che in nome di Gesù Cristo (un ebreo senza il quale oggi sarebbero tutti disoccupati) i preti delle nostre parrocchie o Centri Sociali o quel che sono amoreggino con gli assassini di chi a Gerusalemme non può recarsi a mangiar la pizza o a comprar le uova senza saltare in aria. Trovo vergognoso che essi stiano dalla parte dei medesimi che inaugurano il terrorismo ammazzandoci sugli aerei, negli aeroporti, alle Olimpiadi, e che oggi si divertono ad ammazzare i giornalisti occidentali. A fucilarli, a rapirli, a tagliarli la gola, a decapitarli. (Dopo l’uscita de La Rabbia e l’Orgoglio qualcuno in Italia vorrebbe farlo anche a me. Citando versi dal Corano esorta i suoi «fratelli» delle moschee e delle Comunità Islamiche a castigarmi in nome di Allah. A uccidermi. Anzi a morire con me. Poiché è un tipo che conosce bene l’inglese, in inglese gli rispondo: «Fuck you»).

Io trovo vergognoso che quasi tutta la sinistra, quella sinistra che venti anni fa permise a un suo corteo di deporre una bara (quale mafioso avvertimento) dinanzi alla sinagoga di Roma, dimentichi il contributo dato dagli ebrei alla lotta antifascista. Da Carlo e Nello Rosselli, per esempio, da Leone Ginzburg, da Umberto Terracini, da Leo Valiani, da Emilio Sereni, dalle donne come la mia amica Anna Maria Enriques Agnoletti fucilata a Firenze il 12 giugno 1944, dai settantacinque dei trecentotrentacinque uccisi alle Fosse Ardeatine, dagli infinti altri morti sotto le torture o in combattimento o dinanzi ai plotoni d’esecuzione. (I compagni, i maestri, della mia infanzia e della mia prima giovinezza). Trovo vergognoso che anche per colpa della sinistra anzi soprattutto per colpa della sinistra (pensa alla sinistra che inaugura i suoi congressi applaudendo il rappresentante dell’OLP, in Italia il capo dei palestinesi che vogliono la distruzione di Israele) gli ebrei delle città italiane abbiano di nuovo paura. E nelle città francesi e olandesi e danesi e tedesche, lo stesso. Trovo vergognoso che al passaggio dei mascalzoni vestiti da kamikaze tremino come a Berlino tremavano la Notte dei Cristalli cioè la notte in cui Hitler avviò la Caccia all’Ebreo.

Io trovo vergognoso che obbedendo alla stupida, vile, disonesta, e per loro vantaggiosissima moda del Politically Correct i soliti opportunisti anzi i soliti parassiti sfruttino la parola Pace. Che in nome della parola Pace, ormai più sputtanata delle parole Amore e Umanità, assolvano da una parte sola l’odio e la bestialità. Che in nome d’un pacifismo (leggi conformismo) delegato ai grilli canterini e ai giullari che prima leccavano i piedi al Pol Pot aizzino la gente confusa o ingenua o intimidita. Che la imbroglino, la corrompano, la riportino indietro di mezzo secolo cioè alla stella gialla sul cappotto. Questi ciarlatani ai quali dei palestinesi importa quanto a me importa di loro. Cioè nulla.

Io trovo vergognoso che tanti italiani e tanti europei abbiano scelto come vessillo il signor (si fa così per dire) Arafat. Questa nullità che grazie ai soldi della Famiglia Reale Saudita fa il Mussolini ad perpetuum e che nella sua megalomania credi di passare alla Storia come il Gorge Washington della Palestina. Questo sgrammaticato che quando lo intervisti non riesce nemmeno a compilare una frase completa, un discorso articolato. Sicché per ricomporre il tutto, scriverlo, pubblicarlo, duri una fatica tremenda e concludi che paragonato a lui perfino Gheddafi diventa Leonardo da Vinci. Questo falso guerriero che va sempre in uniforme come Pinochet, mai che indossi un abito civile, e che tuttavia non ha mia partecipato ad una battaglia. La guerra la fa fare, l’ha sempre fatta fare, agli altri. Cioè ai poveracci che credono in lui. Questo pomposo incapace che recitando la parte del Capo di Stato ha fatto fallire i negoziati di Camp David, la mediazione di Clinton. No-no-Gerusalemme-la-voglio-tutta-per-me, Questo eterno bugiardo che ha uno sprazzo di sincerità soltanto quando (en privè) nega a Israele il diritto di esistere, e che come dico nel mio libro si smentisce ogni cinque secondi. Fa sempre il doppio gioco, mente perfino se gli chiedi che ora è, sicché di lui non puoi fidarti mai. Mai! Da lui finisci sistematicamente tradito. Questo eterno terrorista che sa fare solo il terrorista (stando al sicuro) e che negli Anni Settanta cioè quando lo intervistai addestrava pure i terroristi della Baader-Meinhof. Con loro, i bambini di dieci anni. Poveri bambini. (Ora li addestra per farne kamikaze. Cento baby-kamikaze sono in cantiere: cento!). Questa banderuola che la moglie la tiene a Parigi, servita e riverita come una regina, e che il suo popolo lo tiene nella merda. Dalla merda lo toglie soltanto per mandarlo a morire, a uccidere e a morire, come le diciottenni che per meritarsi l’uguaglianza con gli uomini devono imbottirsi d’esplosivo e disintegrarsi con le loro vittime. Eppure tanti italiani lo amano, si. Proprio come amavano Mussolini. Tanti altri europei, lo stesso.

Lo trovo vergognoso e vedo in tutto ciò il sorgere d’un nuovo fascismo, d’un nuovo nazismo. Un fascismo, un nazismo, tanto più bieco e ributtante in quanto condotto e nutrito da quelli che ipocritamente fanno i buonisti, i progressisti, i comunisti, i pacifisti, i cattolici anzi i cristiani, e che hanno la sfacciataggine di chiamare guerrafondaio chi come me grida la verità. Lo vedo, sì, e dico ciò che segue. Io col tragico e shakespeariano Sharon non sono mai stata tenera («Lo so che è venuta ad aggiungere uno scalpo alla sua collana» mormorò quasi con tristezza quando andai ad intervistarlo nel 1982). Con gli israeliani ho litigato spesso, di brutto, e in passato i palestinesi li ho difesi parecchio. Forse più di quanto meritassero. Però sto con Israele, con gli altri ebrei. Ci sto come ci stavo da ragazzina cioè al tempo in cui combattevo con loro, e le Anna Marie morivano fucilate. Difendo il loro diritto ad esistere, a difendersi, a non farsi sterminare una seconda volta. E disgustata dall’antisemitismo di tanti italiani, di tanti europei, mi vergogno di questa vergogna che disonora il mio Paese e l’Europa. Nel migliore dei casi, non una comunità di Stati ma un pozzo di Ponzi Pilato. Ed anche se tutti gli abitanti di questo pianeta la pensassero in modo diverso, io continuerò a pensarla così.

18 de abril de 2002
“Panorama”




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