Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

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Tres poemas del poemario DETALLES METAFÌSICOS de José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis Italia, 2024, Ediciones Choroní, diciembre 2025

 





 

 

 

 

 

 

HABRÁ ALGO QUÉ DECIR

 

Siempre hablarán lo mismo y creerán que es nuevo

el reino animal pululando en celo y el perfecto amor

obviamente el comienzo es un estreno para quien comienza

y eso es suficiente a la hora de aceptar los contenidos de la vida

 

Adorarán sentir que son como diamantes en sus manos

tazas, tenedores, ajos, espárragos, los dúctiles rayos de la luna

y podrán combinar amores caseros y milagros de hogar

con cálidos tormentos para los días opacos que acontecen

 

Cuando dejan correr en tácita estampida las caricias

es como la apertura emocionante de una grandiosa orquesta

y en tempo de allegro el corazón expresa su cordaje

 

Diríase de una ruta que va del corazón hacia la boca

y tiende a ser difícil por los tantos paisajes incrustados

pero al lograr el recorrido la luz entera se transforma en beso

 

 

 

SEGUNDO POEMA PARA UNA POETA AMIGA

 

Giraba en el taburete y creo que todos nos sentimos

golpeados con brusca ternura por el día

que se enquistó anímicamente en forma de carrusel

 

Se reía libremente lanzando humo desde el alma

y descubrimos en nosotros una película de vaqueros

donde varios jinetes asaltaban un tren

y eran como perros persiguiendo un conejo

 

Estaba llena de palabras, cada una pariendo la siguiente

caían como cataratas de agua bendita sobre los demonios

de quienes podíamos aceptar -hasta el fondo- su voz

 

Gira tú también, dijo empujando mi hombro más cercano

y todo para hallar el modo de juntar ideas

en un ámbito irónico creado por imágenes caídas en charcos,

en alambres de púas, en abrazos de hotel,

senos maternos derrotados en telas baratas.

Ámbito pasado por alto: rasgar una esquina

de la cajetilla y extraer el primero 

 

Estaba llena de palabras hermosas y palabras heridas

dejamos de girar para tomar pequeños tragos

el hastío de tener que envejecer mañana y tarde

el hastío de tener que enseñar mansamente lo peor

estaba llena de palabras secándose de música:

de fragmentos de amor estaba llena



RETROCEDER LA PÁGINA

 

Ya vengo dice alguien y la puerta suena

El tintinnabulum “ahuyenta espíritus” logra sumarse

a la ausencia de todo el exterior inventando

una garganta infinita de pichones

 

y más allá los vientos bajan desde las nubes como halcones

que juegan picoteando las hojas derramadas

y ascienden de nuevo en tal desorden que los árboles

manotean como señores fastidiados

 

el mundo goza de enormes extensiones

según nuestro tamaño y duración

y debido a esa circunstancia

es preferible gastar minutos de vagancia en la lectura

de las páginas donde nació lo singular del hijo perdido de Praga

“Canción de Amor y Muerte del Corneta Cristóbal Rilke”

 

Y en cada frase debo recomenzar una y otra vez

porque existen allí unas honduras bordadas en misterios

de tal belleza que se debe retornar a la lectura

cuando la puerta abre y cierra

y el eco de unas voces,

nidos de fantasmas en el espacio inescrutable

repiten y repiten advertencias

 

Te lo voy a contar: Rilke, ya lo sabes, sufría de leucemia

y cortando una rosa para celebrar a una amiga

se hirió con una espina y entonces falleció, el poeta pereció en su ley

y en aquel libro que escribió a su pariente decía lo siguiente:

 

“Ha besado una pequeña rosa

que ahora puede marchitarse sobre su pecho.

El de Langenau lo ha visto, pues no logra dormir.

Piensa: yo no tengo ninguna rosa,

Ninguna”.

 

Cuando el viento baja de nuevo como apostando una carrera

con las golondrinas esenciales

con las brujas que endulzan el aliento de otoño

alguien dice ya vengo

y es fácil olvidar el párrafo anterior

y todo lo que antes importaba

 

 

 

 

 Con fotografìa de portada de Carlos Ayesta, fotografìa de contraportada de Gabriela Pulido Sinme  y diseño gráfico de Jairo Carthy, publicado por Ediciones Choroní, este libro del gran poeta José Pulido es imprescindible para cualquier amante de la poesía.


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Rodolfo Izaguirre: prólogo del poemario DETALLES METAFÌSICOS de José Pulido, Premio Internacional de Excelencia “Ciudad del Galateo - Antonio De Ferrariis Italia, 2024, Ediciones Choroní, diciembre 2025

 

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DETALLES

 

Rodolfo Izaguirre

 

La palabra poética se desvive y gasta tiempo en vestirse con elegancia y al encontrar cerca una vida alegre y celestial sale a la calle esparciendo aromas y sublimes ademanes, pero José Pulido hace lo contrario. las desnuda y las acorrala, les espía el alma y las reduce a soplos cotidianos, a modos de hablar coloquialmente y nos descubre que también la palabra poética tiene rumbos distintos y esta vez busca y encuentra al lector en la cocina preparando un plato de garbanzos, topando al salir de casa con Rilke y Kafka y convirtiendo sus deseos de alma en las propias almas de María y Jesús, que también pueden ser las del propio lector.

Lo admirable de Detalles Metafísicos es que la palabra poética se viste como sus futuros lectores y asida de la mano del poeta muestra sin temor los secretos de su alma, los tristes intentos en alcanzar la plenitud del amor. Es lo que explica por qué hay ligeras capas de cenizas en las ráfagas de luz que hacen vibrar la memoria de un beso, los lascivos deseos hacia monjas del pasado, los seguros, pero silenciosos pasos del alma.

En Detalles Metafísicos los grandiosos espacios de la memoria se reducen hasta alcanzar el prodigio de una sensible verdad de sentimientos, una nueva manera de expresar el amor y los detalles de una vida cercana y propia, duradera y mortal, pero que la palabra poética al trascenderse a sí misma roza el rostro de la eternidad y convierte lo metafísico en un destello de luz.






Con fotografìa de portada de Carlos Ayesta, fotografìa de contraportada de Gabriela Pulido Sinme  y diseño gráfico de Jairo Carthy, publicado por Ediciones Choroní, este libro del gran poeta José Pulido es imprescindible para cualquier amante de la poesía.

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ISABEL PALACIOS ... el eco de una ovación infinita / por Jairo Carthy / Caracas, 15 de marzo de 2026

 


Una mañana, la puerta de mi oficina se abrió para dar paso a Isabel Palacios. Su presencia, siempre magnética, venía acompañada de un mandato irresistible

.

-Toma, Jairo, me dijo, ofreciéndome dos boletos - estas entradas son para ti y tu papá. Tienes que ir a este concierto el domingo; dirijo a la Simón Bolívar. Sé bien que no eres un asiduo de las salas de conciertos, pero te lo aseguro: esta vez te va a fascinar. Esta obra tiene todos los ingredientes que sé que a ti te gustan.

 

Con esa introducción, rechazarla era sencillamente imposible. Le aseguré que asistiríamos y que mi papá estaría encantado. Durante años, él había cultivado una admiración ferviente por Isabel, tanto por la artista monumental como por la mujer carismática; ya le había realizado varias sesiones de fotos, cautivado siempre por su desenvoltura y ese poder natural ante la cámara.

 

Tomé las entradas en mis manos y leí: CARMINA BURANA de Carl Orff. Ese nombre se grabó en mi memoria para siempre, como la marca de un hecho trascendental a punto de ocurrir. Y así fue. La profecía de Isabel se cumplió con creces: no solo me gustó, sino que aquella obra me convirtió en un devoto instantáneo.

 

Formalmente, Carmina Burana se define como una cantata escénica que exige una orquesta titánica, una sección de percusión masiva capaz de sacudir los cimientos. En el frente vocal, requiere solistas de primera línea, un coro mixto de grandes dimensiones, un coro pequeño y un coro infantil. Es una arquitectura de sonido apabullante. Desde su estreno en Frankfurt en 1937, cada presentación alrededor del mundo ha sido un triunfo rotundo, pero lo que estaba por vivir superaba cualquier registro histórico.

 

Llegó el esperado domingo. Era a las once de la mañana y el escenario sería la emblemática Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño, un coliseo con capacidad para 2.500 personas. Estábamos en una ubicación privilegiada. La sala se fue colmando, butaca tras butaca, hasta que no quedó un solo resquicio vacío. Había jóvenes de pie y sentados en las escaleras; era un lleno total, una marea humana vibrando en una espera eléctrica.

 

Entonces, comenzó el desfile en el inmenso escenario. Los tres coros participantes, el coro de niños, los solistas y, finalmente, la orquesta tomaron sus posiciones. El aire pesaba de tanta expectativa. Y por fin, hizo su entrada la Maestra Palacios. Vestida con un elegante traje de lino beige y el cabello recogido, lucía absolutamente imponente.

 

Un aplauso atronador rompió el silencio. Las luces se atenuaron lentamente, concentrándose en el podio. Y con los acordes rugientes de "O Fortuna!", esa maravilla indescriptible comenzó.

 

Recuerdo haberme hundido en mi butaca, apoyando el brazo en la rodilla, quedando petrificado hasta el final. Ver a Isabel dirigir era un espectáculo de pura energía vital. Blandía la batuta con magistral destreza, esculpiendo cada nota e infundiendo a la obra una emoción desbordada, un éxtasis y un poder visceral... porque Carmina Burana lo tiene todo. Este no es un tratado musical, sino el testimonio de quien fue testigo de un momento cumbre; un instante electrizante que, hasta la fecha, no se ha replicado en esa sala, a pesar de los grandes artistas que la han pisado.

 

El aria de la soprano fue pura hechicería. La interpretación del barítono, los niños, los coros... todo era perfecto. Pero la intervención de los percusionistas - el corazón pulsante y la fuerza dramática de la obra - fue un despliegue fuera de serie. De nuevo, el retorno de "O Fortuna!", ahora con una intensidad final demoledora, marcó la conclusión de la obra.

 

En ese instante, se desató la ovación más estruendosa que jamás haya presenciado. Todo el público se puso de pie, como obedeciendo a un resorte invisible, y el aplauso creció hasta convertirse en un delirio colectivo. La gente gritaba y vitoreaba. La Maestra Palacios era la artífice incuestionable de esa maravilla que nos había conmovido hasta la médula.

 

Mi papá, siempre meticuloso, sacó su reloj para medir el tiempo de esa ovación interminable: 14 minutos y medio. Era increíble. Isabel hizo saludar a todos: coros, solistas y miembros de la orquesta, mientras recibía esa avalancha de gratitud que parecía no tener fin. Un ramo de rosas y su batuta eran lo único que sostenía mientras se inclinaba una y otra vez ante un reconocimiento histórico.

 

Después de ese éxito memorable e inigualable al frente de la maravillosa Orquesta Sinfónica Simón Bolívar del Sistema, Isabel recibió contratos de otras orquestas, dirigiendo conciertos, operas, ballet y siendo la cabeza de muchos proyectos musicales.

 

Años más tarde, junto a la Camerata Barroca de Caracas, Isabel llevó de nuevo a escena esta majestuosa obra en su versión para dos pianos y percusión completa. Arnaldo Pizzolante y Carlos Urbaneja fueron los solistas pianistas y, junto al Coro de la Camerata Barroca, la Camerata Infantil y el extraordinario equipo de percusión de la Orquesta Simón Bolívar, repitieron el milagro. Hicimos dos funciones a sala llena ante un público que, insaciable, rogaba por más.

 

Quedó demostrado que hay encuentros que solo ocurren una vez en la vida, pero cuyo eco, como el de aquel primer golpe de timbal, resuena para siempre en quienes tuvimos la fortuna de estar allí.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

Jcarthyc@gmail.com

 

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MI ENCUENTRO CON LOS GRANDES ... por Jairo Carthy. / Caracas, 8 de Marzo de 2026

 


Y sin saberlo.  En mis primeros viajes a Nueva York, me movía el deseo de descubrir todo lo relacionado con el teatro y las artes escénicas. Mi ritual al llegar era infalible: lo primero era acudir a las taquillas de Broadway para comprar entradas para los musicales en cartelera.

 

Uno de los lugares que más anhelaba visitar era el Lincoln Center for the Performing Arts y, por supuesto, el Metropolitan Opera House. Tenía recomendaciones de personas importantes que me insistían en que no podía dejar de asistir. Al buscar entradas, me encontré con que todo estaba agotado para las fechas de mi estancia, excepto un lugar para la función de las dos de la tarde: una entrada "de pie". No entendía cómo funcionaba aquello, ¿pagar por estar de pie? Me sorprendió que, aun así, el lugar estuviera numerado. Aunque supuse que sería una entrada económica, no fue así. Aun con dudas, anoté en mi agenda la cita con la ópera que cambiaría mi percepción del arte: Aida, de Giuseppe Verdi.

 

Antes de irme, pasé por la taquilla del Avery Fisher Hall y compré una entrada para la Orquesta Filarmónica de Nueva York. En aquel entonces, no me importaba el repertorio ni el solista; como artista en formación, sabía que mi deber era presenciar a esos músicos de otro nivel.

 

Por fin llegó el día de AIDA. A pesar del frío invierno neoyorquino, la ocasión merecía vestirse con elegancia. Al entrar, quedé impactado: escaleras de mármol blanco que se cruzaban entre sí, una alfombra roja impoluta y lámparas majestuosas que parecían flotar en el aire. Más tarde supe que muchas eran de cristal de Swarovski entre otros, una donación del gobierno austríaco que simboliza el cosmos.

 

Pero el asombro no terminó en el vestíbulo. Al entrar a la sala, vi otras lámparas similares, pero estas se encontraban casi a ras del público en la platea. Una joven acomodadora me guio hasta mi lugar. Mi "puesto" era una especie de reclinatorio, pero diseñado para apoyar los brazos y disfrutar del espectáculo con comodidad a pesar de estar de pie.

 

De repente, las luces se atenuaron y las lámparas comenzaron a subir, ganando brillo mientras ascendían al ritmo de la obertura, como si danzaran con la orquesta. Fue un inicio sublime y totalmente novedoso para mí.

 

Describir la puesta en escena de AIDA me tomaría páginas enteras. La opulencia del antiguo Egipto estaba allí: cambios de escenografía impresionantes, la presencia de elefantes, camellos y caballos, y un vestuario e iluminación impecables.

 

El papel de Aida lo interpretaba una soprano de color con una voz prodigiosa. En mi ignorancia de aquel entonces sobre la ópera, llegué a pensar que usaba un micrófono oculto; me parecía imposible que su voz se proyectara con tal claridad por encima de un coro masivo y una orquesta completa. Su interpretación del aria "Ritorna vincitor" y la monumental Marcha Triunfal con la entrada de Radamés fueron momentos asombrosos. Salí del teatro cansado, pero con la satisfacción de haber visto una producción irrepetible.

 

Días después llegó el turno de la Filarmónica de Nueva York. Esta vez estaba sentado en el patio de butacas. Desde allí, veía perfectamente al director: un hombre de energía magnética. Parecía que de su batuta surgían hilos invisibles que movían a los músicos con una gestualidad precisa, logrando un sonido glorioso.

 

Cuando llegó el turno del solista, apareció un violoncellista. Debo confesar que el cello no era de mis instrumentos favoritos, hasta que lo escuché y lo vi a él. En el escenario, el músico y el instrumento parecían fusionarse en un solo ser. Su conexión emocional con el público era total; ponía el corazón en cada nota. Fue una experiencia única que me dejó profundamente agradecido.

 

Pasaron los años. Ya trabajando en la Ópera de Caracas, escuché a unas profesoras de canto hablar con vehemencia sobre las grandes divas de la historia. Una de ellas exclamó: - Para mí, la mejor Aida es la de Leontyne Price. ¡Qué voz, qué timbre! Ojalá hubiera podido verla en persona.

 

En ese momento, recordé a la soprano que me había deslumbrado en Nueva York. Al llegar a casa, busqué en mi biblioteca los programas de mano (Playbill) que siempre conservaba. Al abrir el del MET, allí estaba el nombre: Aida… Leontyne Price.

 

No podía creerlo. Había escuchado a la primera superestrella afroamericana del bel canto, una leyenda mundial que conquistó desde la Scala de Milán hasta el Metropolitan. Al día siguiente, regresé con mi programa de mano para relatarles cada detalle del montaje a las profesoras, quienes me escuchaban con asombro e interés.

 

Y, como seguramente sospechan, lo mismo ocurrió con el concierto de la Filarmónica. Al investigar con más conocimientos musicales, descubrí que aquel cellista que me conmovió era nada menos que Yo-Yo Ma, bajo la dirección del maestro Zubin Mehta. Dos gigantes de la música que, por un maravilloso azar del destino, pude disfrutar en mi juventud. Y no lo sabía.  ¡Qué tiempos aquellos!

 

Y así pasó…

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

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EL INVITADO 101 / por Jairo Carthy / Caracas, 1 de Marzo de 2026

 


Al finalizar las funciones de Don Juan, de Guilherme Figueiredo - tanto en el Festival de Almagro como en la temporada del Teatro La Comedia de Madrid - , recibí una invitación de mi amiga Mariangelina Celis. Ella vivía en Bruselas, donde era Agregada Cultural de la Embajada de Venezuela; y además, había sido la productora de nuestra obra.  Estaba en Madrid pues deseaba vernos en escena una vez más antes de que regresáramos a Caracas para una nueva temporada, y allí surge la invitación.

 

Debido a la disponibilidad de vuelos, yo viajaría un sábado y ella llegaría el domingo. Mariangelina me aseguró que no habría problema: podría descansar en su casa y disfrutar de todas las comodidades mientras ella llegaba. Así lo hicimos. Salí muy temprano hacia el aeropuerto de Barajas a tomar el vuelo a Bruselas. Mi amiga ya había coordinado con el Encargado de Negocios de la Embajada, el Dr. Nelson Castellanos, para que me buscaran.  Él, con gran gentileza, insistió en ir personalmente al aeropuerto.

 

Llegué a Bruselas a las diez de la mañana. El Dr. Castellanos resultó ser un hombre joven, atento y muy simpático. De inmediato me pidió que lo tuteara. Mientras caminábamos hacia su auto - un BMW espectacular - , noté que el nivel de vida en ese país era altísimo; allí, ver un Mercedes Benz o un Lamborghini era lo cotidiano.

 

Camino a la ciudad, observé el paisaje y le pregunté:

 

- Nelson, ¿aquí la gente juega mucho al golf?

 

Él, sorprendido, me miró.  - ¿Por qué lo preguntas? ¿Quieres jugar? Hay varios campos...

 

- No, no sé jugar, respondí. - Lo digo porque llevo rato viendo campos bellísimos, parecen alfombras.

 

Nelson soltó una carcajada: - No, Jairo. Esos no son campos de golf; son los parques públicos de Bruselas.

 

Ese fue el inicio de un día inolvidable. Cruzamos puentes de piedra sobre lagos perfectos, donde nadaban cisnes blancos y patos salvajes. Me sentía dentro de una tarjeta de Hallmark  o en un libro de cuentos de hadas.

 

Fuimos a desayunar a una cafetería para probar la exquisita pastelería belga. Nelson me contó que su pasión era la equitación y que tenía varios caballos.

 

- ¿Y dónde los tienes? ¿En tu casa?  - pregunté.

 

- No, en las caballerizas del Country Club. ¿Quieres acompañarme? Paso por allí y así conoces los caballos y el Club.

 

Me pareció un plan mucho mejor que quedarme viendo televisión.

 

El Country Club era un imponente castillo medieval de piedra rodeado de jardines llenos de flores multicolor. Hacía mucho frío, unos 9 grados, pero para los belgas acostumbrados a tener temperaturas bajo cero, aquello era casi verano. 

 

Tras atender sus asuntos, Nelson me invitó a la terraza: -Vamos para que conozcas a unas amigas y tomemos un té caliente, seguro te caerá muy bien.

 

La elegancia y el buen gusto reinaba en cada rincón. En la terraza nos esperaban cinco damas sofisticadas. Yo no entendía nada; hablaban una mezcla de francés y flamenco (neerlandés), además de alemán. Me senté a disfrutar del té y del paisaje, pero me sentí incómodo al verlas reír mientras me miraban.

 

- Nelson, me siento fuera de lugar - le susurré -. Siento que se burlan de mí. Por favor, llévame a casa de Mariangelina o pideme un taxi.

 

Él me tranquilizó de inmediato: - ¡Para nada Jairo! Al contrario, me están pidiendo que te lleve como invitado especial a la fiesta de esta noche.

 

- ¿A una fiesta? ¡Cómo se te ocurre! - exclamé.

 

- Esta noche se celebran los 100 años del Country Club de Bruselas. Hay cien invitados de todo el mundo y ellas quieren que tú seas el invitado 101. Les dije que eres un actor venezolano que estabas de gira por España, y venías invitado por la Embajada de Venezuela y, además, el hermano de Deborah Carthy Deu, la actual Miss Universo. Eres la celebridad de la noche.

 

Efectivamente, mi hermana Deborah había sido coronada como Miss Universo representando a Puerto Rico, y su triunfo me llenaba de gran orgullo, ella es una luchadora incansable y además de su belleza tenía todos los atributos para ser Reina universal.

 

- Pero no tengo ropa para algo así —objeté.

 

- No te preocupes. Vamos a la boutique de Gianni Versace. Allí alquilan trajes de etiqueta. Con ese bronceado y tu peinado engominado de latin lover, las vas a volver locas.

 

¿Gianni qué? … Era la primera vez que escuchaba el nombre de Versace. La tienda era un espectáculo de cristal. Gracias al estatus diplomático de Nelson, las puertas se abrían a nuestro paso. Tras varias pruebas, el esmoquin quedó listo.

 

Pasamos la tarde recorriendo Bruselas, una ciudad espectacular que mezcla castillos antiguos con arquitectura moderna. Fuimos a su elegante apartamento a prepararnos. Me afeité y me peiné al estilo de Carlos Gardel, cabello engominado echado para atrás. El esmoquin de seda tenía una caída impecable. Yo me preguntaba: “¿Quién me va a creer esto?”.

 

Llegamos tarde a propósito para llamar la atención. Entré con un abrigo de piel de Nelson apoyado solo sobre un hombro, haciendo una entrada puramente teatral. El salón estaba organizado en mesas de herradura con candelabros enormes. Al poco tiempo, pronunciaron mi nombre en el discurso de apertura. Nelson me susurró: — Levántate y haz una venia.

 

Lo hice, y la curiosidad de los asistentes creció.

 

Durante el brindis, pedí agua mineral. No quería que el champán me diera sueño. Así, totalmente sobrio, tuve a un mesonero dedicado exclusivamente a servirme agua Evian toda la noche. Esto me permitió observar cómo la nobleza europea se desinhibía con el alcohol. Frente a mí estaba el Conde de Luxemburgo; a un lado, la Princesa de Suecia; al otro, el Príncipe de Dinamarca y una princesa de Malasia. Era la monarquía en pleno y yo estaba allí, entre ellos.

 

Al comienzo pensé que Nelson me estaba echando broma, pero luego descubrí que no era así, mujeres mayores muy elegantes con sus tiaras de piedras preciosas, un joven rubio también de la nobleza llevaba un corbatín de oro macizo, era un desfile de personas extrañas, joyas, Príncipes, Princesas, Duques, ¡en fin! Y por supuesto me repetía: ¿Quién me va a creer esto que estoy viviendo?

 

El momento cumbre fue el baile. Sin las barreras del idioma - hablando una mezcla de español, inglés e italiano -  con total desparpajo terminé charlando con medio salón. Estaba relajado, nadie me conocía y yo no conocía a nadie.  Una señora muy elegante, parecida a Hillary Clinton, me sacó a bailar. De pronto, la gente hizo una rueda a nuestro alrededor. Yo, con mi estilo caribeño, la soltaba, le daba vueltas y la acercaba al compás de la música. Nelson se escondía tras una columna muerto de la risa. Mi pareja de baile, aunque disimulaba, parecía algo desconcertada por mi ímpetu. Yo la tenía tomada de las dos manos y la alejaba y acercaba a mí, así durante un buen rato.  Creo que empezaba a incomodarse. Finalmente, Nelson me hizo señas para que la soltara y cediera el turno a otra pareja. La pobre mujer salió huyendo, aunque con mucha clase.

 

Fue una de las noches más increíbles de mi vida. A veces me cuesta creer que fue real, pero las diapositivas que conservo con aquel traje de Versace confirman la veracidad de la historia. Al terminar la velada en el Country Club, Nelson me mostró un poco de la vida nocturna de Bruselas: bares donde las mascotas son bienvenidas y las prostitutas, mujeres absolutamente bellas y perfectas se exhiben en una calle especial, en vitrinas,  totalmente desnudas para que uno pueda escoger la que más le guste.

 

Simplemente, una experiencia inolvidable.

 

Y así pasó…

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

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