Y sin saberlo. En mis primeros viajes a Nueva York, me movía el deseo de descubrir todo lo relacionado con el teatro y las artes escénicas. Mi ritual al llegar era infalible: lo primero era acudir a las taquillas de Broadway para comprar entradas para los musicales en cartelera.
Uno de los lugares que más anhelaba visitar era el Lincoln Center for the Performing Arts y, por supuesto, el Metropolitan Opera House. Tenía recomendaciones de personas importantes que me insistían en que no podía dejar de asistir. Al buscar entradas, me encontré con que todo estaba agotado para las fechas de mi estancia, excepto un lugar para la función de las dos de la tarde: una entrada "de pie". No entendía cómo funcionaba aquello, ¿pagar por estar de pie? Me sorprendió que, aun así, el lugar estuviera numerado. Aunque supuse que sería una entrada económica, no fue así. Aun con dudas, anoté en mi agenda la cita con la ópera que cambiaría mi percepción del arte: Aida, de Giuseppe Verdi.
Antes de irme, pasé por la taquilla del Avery Fisher Hall y compré una entrada para la Orquesta Filarmónica de Nueva York. En aquel entonces, no me importaba el repertorio ni el solista; como artista en formación, sabía que mi deber era presenciar a esos músicos de otro nivel.
Por fin llegó el día de AIDA. A pesar del frío invierno neoyorquino, la ocasión merecía vestirse con elegancia. Al entrar, quedé impactado: escaleras de mármol blanco que se cruzaban entre sí, una alfombra roja impoluta y lámparas majestuosas que parecían flotar en el aire. Más tarde supe que muchas eran de cristal de Swarovski entre otros, una donación del gobierno austríaco que simboliza el cosmos.
Pero el asombro no terminó en el vestíbulo. Al entrar a la sala, vi otras lámparas similares, pero estas se encontraban casi a ras del público en la platea. Una joven acomodadora me guio hasta mi lugar. Mi "puesto" era una especie de reclinatorio, pero diseñado para apoyar los brazos y disfrutar del espectáculo con comodidad a pesar de estar de pie.
De repente, las luces se atenuaron y las lámparas comenzaron a subir, ganando brillo mientras ascendían al ritmo de la obertura, como si danzaran con la orquesta. Fue un inicio sublime y totalmente novedoso para mí.
Describir la puesta en escena de AIDA me tomaría páginas enteras. La opulencia del antiguo Egipto estaba allí: cambios de escenografía impresionantes, la presencia de elefantes, camellos y caballos, y un vestuario e iluminación impecables.
El papel de Aida lo interpretaba una soprano de color con una voz prodigiosa. En mi ignorancia de aquel entonces sobre la ópera, llegué a pensar que usaba un micrófono oculto; me parecía imposible que su voz se proyectara con tal claridad por encima de un coro masivo y una orquesta completa. Su interpretación del aria "Ritorna vincitor" y la monumental Marcha Triunfal con la entrada de Radamés fueron momentos asombrosos. Salí del teatro cansado, pero con la satisfacción de haber visto una producción irrepetible.
Días después llegó el turno de la Filarmónica de Nueva York. Esta vez estaba sentado en el patio de butacas. Desde allí, veía perfectamente al director: un hombre de energía magnética. Parecía que de su batuta surgían hilos invisibles que movían a los músicos con una gestualidad precisa, logrando un sonido glorioso.
Cuando llegó el turno del solista, apareció un violoncellista. Debo confesar que el cello no era de mis instrumentos favoritos, hasta que lo escuché y lo vi a él. En el escenario, el músico y el instrumento parecían fusionarse en un solo ser. Su conexión emocional con el público era total; ponía el corazón en cada nota. Fue una experiencia única que me dejó profundamente agradecido.
Pasaron los años. Ya trabajando en la Ópera de Caracas, escuché a unas profesoras de canto hablar con vehemencia sobre las grandes divas de la historia. Una de ellas exclamó: - Para mí, la mejor Aida es la de Leontyne Price. ¡Qué voz, qué timbre! Ojalá hubiera podido verla en persona.
En ese momento, recordé a la soprano que me había deslumbrado en Nueva York. Al llegar a casa, busqué en mi biblioteca los programas de mano (Playbill) que siempre conservaba. Al abrir el del MET, allí estaba el nombre: Aida… Leontyne Price.
No podía creerlo. Había escuchado a la primera superestrella afroamericana del bel canto, una leyenda mundial que conquistó desde la Scala de Milán hasta el Metropolitan. Al día siguiente, regresé con mi programa de mano para relatarles cada detalle del montaje a las profesoras, quienes me escuchaban con asombro e interés.
Y, como seguramente sospechan, lo mismo ocurrió con el concierto de la Filarmónica. Al investigar con más conocimientos musicales, descubrí que aquel cellista que me conmovió era nada menos que Yo-Yo Ma, bajo la dirección del maestro Zubin Mehta. Dos gigantes de la música que, por un maravilloso azar del destino, pude disfrutar en mi juventud. Y no lo sabía. ¡Qué tiempos aquellos!
Y así pasó…
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com
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