Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

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JOSÉ PULIDO HABLANDO CON FRANCO ZEFFIRELLI: EL RENACIMIENTO DEL CINE SALDRÁ DEL TERCER MUNDO, El Nacional, Caracas, 3 de octubre de 1981









El sol del mediodía caraqueño hace un poco más rubio a Franco Zeffirelli, quien exprofeso rueda su silla de hierro colado, para evitar la sombra fresca y cierra los ojos azules con óxido de cobre, disfrutando el sopor del trópico que otros evitan.

-28 años...¡ah! –exclama y casi junta los dedos de la mano derecha, como lo haría cualquier italiano, pero el impulso muere en un gesto leve y la mano que ha dirigido tanto cine cae en picada hacia la mesa, donde se hunde y atrapa un cigarro “Cambridge” blanco y largo como una tiza nueva.

Cuando habla de esos 28 años se refiere al tiempo que lleva metido en el mundo de la escena.

“Comencé en la escuela, donde tuve contacto con teatro, escenografía, arquitectura, pero mi primer amor fue el cine. El cine me fascinaba, me interesaba. Comencé como actor de teatro”, rememora Zeffirelli, mientras la tiza larga de su cigarrillo se desgasta, trazando leves figuras inútiles en el espacio.

Interrumpe un poco sus pensamientos para abrir los ojos y decir: “eso se lo aconsejo a los jóvenes; yo hice todo lo que se pudiera hacer en el campo de la escena y aconsejo no limitarse, tener un ideal, una meta”.

Luego dice: “empecé con todas las oportunidades que salían al paso; actúe, hice escenografía y en una actuación mía Visconti me vio y me dijo que trabajara en su compañía de teatro. Lo hice, pero siempre haciéndole entender de que no me importaba actuar tanto como dirigir y entonces fui su asistente. También fui asistente de Rosellini y de DeSica, con quienes adquirí bastante experiencia”.

-¿Cuál director le enseñó más?

Oye desde lejos la pregunta. Parecía haberse escapado a Florencia, una ciudad que se palpa construida en el mero terreno de su alma. En sus ojos se esfuma una calle, se cae un puente viejo y de la boca dura de Zeffirelli se escapa un humo siquitrillado, que probablemente es parte del polvillo de un derrumbe de nostalgias.

-Visconti. Sin duda, él me ha enseñado mucho, aunque se aprende con todo el mundo si se tiene los ojos abiertos –contesta y vuelve a cerrar los ojos bajo la luz del sol.

Cuando se refiere al libro que escribe sobre su vida y los personajes que ha conocido, señala que no lo llevará al cine. Este libro tiene un valor implícitamente unido a su nostalgia. “La mayor parte del tiempo viví sin darme cuenta de que vivía al día, nunca mire atrás. Ahora entiendo que me es importante hacer siempre lo que me guste, sin importar en cuál ámbito. Yo tenía un camino incierto: no sabía en qué dirección ir, si en la del teatro o el cine y tal vez por eso soy ecléctico”. Comenta.


-¿Cuál es el obstáculo principal que enfrenta hoy un director de cine como Zeffirelli?

-El problema es el de siempre: encontrarse con uno mismo, nunca aceptar trabajos de conveniencia. Por los intereses económicos, un director puede estar obligado a aceptar ciertos compromisos ante las industrias cinematográficas. Muchos directores hacen películas sin creer en ellas, como un trabajo cualquiera... afortunadamente, hasta ahora, he evitado estos compromisos”, expresó Zeffirelli.

Se le pregunta entonces si se halla satisfecho con el trabajo de Brooke Shields o si por el contrario, la presencia de esta joven actriz en la cinta Amor Eterno forma parte de un factor en busca de taquilla.

Franco Zeffirelli es un hombre sencillo y de fácil conversación: eso y la maqueta de Florencia que carga por dentro es lo único que revela su origen.

“¿Brooke?” absolutamente no: hace año y medio, cuando comenzamos a rodar la película, ella no era tan conocida como ahora. Luego explotó el boom”, explica.

Se extiende en torno a la “ragazza”:

-Buscaba básicamente una muchacha bella y no la encontraba. Una bella muchacha desconocida y me dije ¿para qué buscar tanto si allí está Brooke Shields? Espléndida, maravillosa, bellísima. ¿Para qué buscar otra si existía una tan perfecta?. Por cierto, que la contratamos con un salario bajo, porque no era famosa aún.

-¿Trabajaría con ella de nuevo?

-Sí, me gustaría hacerlo.... es muy agradable y cariñosa. Se trabaja muy bien con ella. Brooke necesita estudiar mucho. Ahora se le perdona su inmadurez, pero mañana no se le puede perdonar. Hoy ella es un milagro con sus 16 años, pero no quiere estudiar cine: desea seguir su bachillerato como cualquier muchacha norteamericana. Su ideal es ser como las demás muchachas. Ser una estrella de cine significa grandes responsabilidades, perfeccionarse, pensar.






-¿Qué diferencia nota en el público italiano de ahora comparado con el de la postguerra?

Zeffirelli comenzó en la época de la postguerra como actor de radio. Tal vez recuerda un micrófono cuando dice: “nunca he sido solamente un director italiano. Hice mucho teatro en Italia, pero siempre realicé películas internacionales”.

Después añade que Hermano Sol, Hermana Luna obtuvo en Italia el 80 por ciento de rating televisivo: “solo los ciegos y los moribundos dejaron de verla”, comenta sonriente.





FELLINI Y PASSOLINI

La Asociación de Autores Cinematográficos de Italia lo expulsó por declarar contra la pornografía y la violencia en el cine italiano.

Zeffirelli aclara: “esa asociación era casi inexistente y controlada por unos activistas extremistas. Nadie les paraba. Hacía falta que alguien hablara y yo lo hice”.

-¿Qué piensa de Fellini?
         
Franco Zeffirelli dice inmediatamente:

-Fellini es un gigante del cine, es un verdadero autor que no utiliza pluma, ni papel, sino su cámara. Es uno de los pocos auténticos del mundo, que utiliza su propio material personal. En cambio nosotros partimos del material existente, de literatura, Fellini es auténtico, con todos los peligros que esta independencia implica; a veces torna a contar la misma historia y cuando ha hecho cine con recursos que no son los suyos, los resultados no son buenos, como le sucedió con “Casanova” y “Satiricón” ¿los recuerdan?.

-¿Y Pier Paolo Pasolini?

-Es distinto Pasolini: era un gran literario, un gran poeta italiano que hizo cine por vanidad o por dinero. Personalmente creo que Italia perdió a un gran poeta cuando él hizo cine. Era mediocre su cine. Pasolini era más bien conservador. Nunca aceptó en realidad los movimientos juveniles del 68: en los disturbios estaba más con los jóvenes policías, que eran hijos del pueblo y no con los estudiantes hijos de millonarios. Él no era político: era humano y su corazón estaba con el pueblo y no con los falsos intelectuales. Esta era la grandeza del hombre- dice Zeffirelli, quien se queda de pronto pronunciando el nombre “Pasolini”, como si éste lo escuchara.


SIEMPRE HOLLYWOOD


-Se dice desde hace muchos años que Hollywood agoniza... ¿piensa que eso es cierto?

 -Hollywood tiene grandes problemas, pero la realidad es que de cada diez películas que salen a las pantallas siete son norteamericanas. Vive un callejón sin salida y no sé cuánto tiempo podrá seguir, porque los costos de producción son enormes. Vive el problema creativo, literario, de los temas. La dependencia del mundo literario es cada vez más fuerte: el 70 por ciento de Hollywood depende de los libros que se publican en ese momento. Se compran los derechos de autor antes de que el libro llegue a la imprenta, como el caso de “El Padrino” de Mario Puzo. Él pensaba escribir la historia de la mafia y no tenía dinero para hacerlo. La Paramount le compró los derechos antes de que él escribiera la historia y creo que hasta le dijeron lo que tenía que escribir. Le compraron los derechos por 20 mil dólares. Hoy el autor escribe pensando en la película ¿por qué?, porque hoy pagan millones por sus derechos, mientras que las editoriales pagan poco.

Se detiene, mira alrededor, se topa con el Ávila, con turistas que ignoran quien es él, y añade:

-Hollywood tiene un problema: faltan ideas.

Cuenta que su próxima película será sobre Florencia, basada en su libro “Los Florentinos”, en cuyas páginas se pregunta qué hacían en Florencia, Miguel Ángel, Da Vinci, Maquiavelo, cuando se cayó el viejo puente de San Luis Rey, donde murieron ocho personas.

En cuanto a los nuevos movimientos de cine, señala que no hay ninguna revolución, nada nuevo.

-Hay que esperar a que el Tercer Mundo se haya estabilizado, que haya tomado su propio rumbo. Estoy convencido de que la novedad vendrá del Tercer Mundo. Yo espero un verdadero renacimiento cultural y espiritual del Tercer Mundo, porque la cultura occidental sigue mordiéndose la cola. Creo que pasará como en el cuento donde la gente decía: “qué hermosa la capa del Rey, qué hermosas joyas, qué colores fabulosos” y un niño dijo la verdad: “el Rey está desnudo”. Ese niño debe ser el Tercer Mundo.

-¿Alguna vez se ha sentido como ese niño?

Franco Zeffirelli recapacita, cierra de nuevo los ojos azules verdosos y expresa:

-Siempre he sido ese niño, pero naturalmente no soy inocente, soy sofisticado, aunque he tenido el valor de expresarlo. Ante los falsos talentos dije: "no les creo. Pero soy inocente”.

El sol ha rodado, se ha desplazado de su rostro. Florencia vuelve a levantar sus muros en la mirada de Franco Zeffirelli.  


El Nacional, Caracas, 3 de octubre de 1981




Foto de Gabriela Pulido
Nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.Vive en Génova, Italia.

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. 
Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este correo: jipulido777@gmail.com


Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras.

Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en Salamanca. En el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova.

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores


















JOSÉ PULIDO ENTREVISTA A ISABEL ALLENDE: LA CASA DE LOS ESPÍRITUS ES PURA MATERIA NOSTÁLGICA, El Nacional, Caracas, 1982











La mañana ha logrado escalar hasta las diez en punto. El reloj con juego de Tron incorporado muestra un hombrecito gris que corre bip bip bip y como son las diez exactas, deja oír un trocito vibrante de canción (“En la inmensidad de las olas flotando te vi”) desde un lejano circuito de computadora, el cual, sin embargo, está allí mismo en la muñeca del niño indiferente que indica “la casa de la señora Allende es aquella”.

La ancha y blanca cocina relumbrante y llena de vapores muestra un rostro pálido, bonito, de pestañas negras, boca pequeña, cinco pétalos rojos moviéndose en el espacio: son las uñas de una mano delicada que abre la nevera. Es una muchacha. Las cocineras no son jóvenes y casi siempre tienen alguna quemadura en el antebrazo o en una mano. Chispas de aceite, ollas calientes. Vapor.

— ¿Es un espíritu? —pregunta con curiosidad, en susurro, Jorge Cahue.

—Es una muchacha muy linda. Debe ser hermana, hija o prima hermana de Isabel.

—No nos han presentado a esa muchacha… oye: huele a café —añade Jorge.

En el piso de arriba hay una jaula con pájaros de cartón, afiches, muñecos y muñecas. Y un tamborilero narizón con bigotes de herrero turco, parecido a Cahue.

Isabel Allende es suave y simpática. Todos la conocen por su humorismo, por sus columnas cortas y ágiles en El Nacional, pero muy poca gente la reconocería en persona.

Nadie está hirviendo café en sus ojos; ella no parece triste, pero tampoco muy alegre. La bicicleta de hacer ejercicios vigila en el silencio iluminado y grato de su estudio-biblioteca. Isabel mete su mano izquierda en el cabello netamente femenino y sonríe como si lo hiciera entre paréntesis.


UNA FE COMO POCAS

Isabel Allende no es precisamente una cenicienta, pero su novela La casa de los espíritus ha vendido sobre veinte mil ejemplares al apenas salir al mercado en España, y el que esa primera novela sea un éxito no sólo se debe a que Isabel escribe con sabor de abuela contando cosas, sino también porque ella creyó en el correo, tuvo fe en el correo, y eso pulsó los mecanismos que la convirtieron en una triunfadora.

— ¿Cómo es eso del correo?

—Había terminado mi novela, vi el nombre de Carmen Balcells en un libro, donde se decía que ella era agente literario. Tomás Eloy Martínez me aclaró que en verdad existe esa persona y entonces hice dos paquetes con mi libro, porque era mucho papel. Los envié por correo a Carmen Balcells sin conocerla.

— ¿Qué pasó luego?

—Sé que llegó primero el segundo sobre, con la segunda parte de la novela, aunque los envié el mismo día al mismo lugar. Carmen Balcells los remitió a Plaza y Janés y los editores me respondieron inmediatamente, invitándome a España… me entrevistaron por televisión y todo, fíjate.


Isabel Allende es sencilla y toma muy en serio todo lo humano, pero siempre con humorismo: se ríe de sí misma. En sus columnas alude a su esposo, hace chistes de dieta, comenta que es bajita y gordita. En realidad, es de mediana estatura y no es gordita, porque la bicicleta parece un tirano en el rincón del estudio.

Isabel es hija de un primo hermano de Salvador Allende. En Chile tenía un programa de televisión y escribía teatro. En Venezuela vive desde hace siete años y es socia de una escuela privada. No es política, y aunque demoró poco escribiendo La casa de los espíritus, tardó algo en publicarla porque se acusa de ser exageradamente tímida.

Ella explica: “En el teatro se trabaja con un equipo y en televisión también, pero la literatura es algo que se hace en soledad. No tiene con quien compartir responsabilidades. Si sale bien o mal es tuya la responsabilidad”.

— ¿Qué le resultó más difícil en el proceso de escribir la novela? —preguntó Cahue.

—Todo me costó… quería que me quedara redondo cada capítulo. Corté bastante… era una novela larga y sentí que mutilaba algo propio, pero es necesario hacer eso por respeto al lector.

— ¿Se sintió mujer escribiendo La casa de los espíritus?

—Eso no lo siento en mi libro. La literatura no tiene sexo. Hay gente que piensa que sí; yo no lo creo.

— ¿Por qué escribió esa novela?

—Creo que tenía las palabras atoradas en el pecho durante mucho tiempo. No pienso en el retorno, pero en el exilio me sentí sin raíces, como un pino de navidad. La nostalgia por lo mío me ha invadido, pero me encuentro bien en Venezuela. Este país me ha acogido, tengo trabajo y mi familia está conmigo… tengo un hogar.


Señala que no hay motivo para volver a Chile, porque no le gustan las dictaduras y ella es romántica: Ama a un Chile que se terminó.

La casa de los espíritus es un poco eso: el deseo de recuperar raíces perdidas o lejanas. Unos personajes fueron creados por ella en base a personas vistas fugazmente, combinando caracteres. Otros son completamente reales.


LE INTERESA CONTAR

Isabel Allende dice que le interesa contar, no experimenta con el lenguaje, “Sólo contar cuentos de manera que el lector se entretenga”.

—Me aterra la página en blanco… —comenta.

Prefiere la realidad sin inventos. Cree que lo maravilloso de la literatura latinoamericana “Es que hemos dado a lo subjetivo el mismo valor que a lo objetivo”.

En el humor de sus columnas hay una fórmula: se ríe de sí misma. “Mi pobre marido se tiene que apuntar en todo. Lo pongo en dietas que fracasan y cosas así. La gente se ríe. Si hablara del marido de otra mujer no resultaría”.

Su esposo es tranquilo. Pasa cerca de Isabel Allende y le manotea encima de la cabeza “para que no se le suban los humos, ahora que es novelista famosa”.

La escritora expresa, aparte, que no es militante político de ningún partido. Pero recuerda a Salvador Allende constantemente. “Por su calidad humana, su compromiso, su vida, la constancia para mantener sus principios y valores”.

“La tragedia de Chile es un hachazo partiendo tu vida. Es un compromiso tácito, no puedes mantenerte al margen, pero hay que decir `zapatero a tus zapatos´. Yo sirvo para escribir, otros para la lucha política directa”.

A Isabel Allende no le gusta ver que la libertad peligre. Tiene una jaula grande llena de pájaros “de mentiras” hechos con cartón y plumas simuladas.

Jorge Cahue se ha comido un gran trozo de torta, violando la promesa de seguir la dieta de la luna y esas cosas. La escritora ha resistido la presencia de los trozos de torta al lado de las tacitas de café. Al menos eso es lo que parece suceder cuando ha terminado la breve conversación. Sin embargo, allá arriba, en la ventana desde donde se observan las calles serpenteantes por donde baja nuestro vehículo, uno imagina que la ha visto fugazmente, en un reflejo de espejos que se borra, saboreando un pedazo de pastel con avellanas, como un espíritu de niña que sale a deambular por las habitaciones, cada vez que alguien pronuncia la palabra “Chile”.

Todavía hoy, Cahue llama por el interno para comentar eso, la fijación del niño en cuya muñeca un reloj electrónico cantaba: “En la inmensidad de las olas, flotando te vi”. Un niño que observaba con fijeza a la muchacha que se recortaba en el ventanal de la cocina. Y aquella terrible confesión entre sonrisas confundidas, de Isabel Allende, con ganas de no estar sola, en el momento que manifestó:

— ¿Cuál muchacha? ¡no hay ninguna muchacha en mi cocina!

         
El Nacional, Caracas, 1982

Foto de Gabriela Pulido

Nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.Vive en Génova, Italia.

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.
Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este correo: jipulido777@gmail.com
Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. 
Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en Salamanca. En el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova.
Publicaciones más recientes:
El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.
Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.
Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.
Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores












BUENOS AIRES MÁS QUE UN TANGO, por Enrique Viloria Vera





“Esa ciudad que yo creí mi pasado,
es mi porvenir, mi presente...”







Jorge Luís Borges habitó el mundo, declaró haber navegado por los diversos mares
 del planeta, confesó haber sido “una parte de Edimburgo, de Zurich, de
las dos Córdobas, de Colombia y de Texas”, pero nunca pudo renunciar a
Buenos Aires, a esa ciudad que amó y rechazó, que le fue tan cercana y tan
distante, en la que vio el rostro de una muchacha que puede suplir todas las
visiones, todo lo que merece ser visto y lo que no. Buenos Aires aparece en la
obra del poeta como un lugar ubicuo, imborrable, como una ciudad portátil que
lo acompaña en el recuerdo, sin necesidad de ojos para volver a ver lo que sólo
existe en la memoria, en esa memoria emotiva que es capaz de trasladarse
hasta los orígenes mismos de su ciudad, para asistir al momento de su
fundación mítica, cuando “el río era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio en que ayunó Juan Díaz y los indios
comieron”.

Como toda ciudad, Buenos Aires es paraje cernido, percolado, sometido a los
mitos y prejuicios de quien la recuerda y rememora: es tarde y crepúsculo,
noche, patio, aurora, amigos, amores, calles y sucesos, sueño y, en ocasiones,
pesadilla. La Buenos Aires de Borges no escapa a esta circunstancia, el poeta
la evoca desde su más recóndita condición de ciudadano, se adentra en las
evidencias de lo físico y en la inmaterialidad de las esencias, la recorre con la
mirada y con el pensamiento, la describe con la simplicidad de lo contemplado
directamente, sin tamices, y con la complejidad de lo que se refleja
oblicuamente desde unos espejos donde habita la oscuridad y la ceguera.

Buenos Aires, en la poesía de Borges, es el orgullo del barrio, el sentido de
pertenencia a un ámbito que trasciende lo geográfico para adquirir un carácter
propio que lo diferencia y distingue de aquellos otros barrios que compiten con
él por ser el mejor, el más distinguido, la encarnación de la hombría, del fútbol,
del tango, la milonga, o de las más bellas y decididas mujeres. Palermo, Barrio
Norte, el Paseo de Julio, dejan de ser nomenclatura urbana, dirección de
vecindad o terminal de tranvía, metro o autobús para transmutarse en lealtad,
en amistad, en pesadilla lúcida, en olvido preservado, en resignación, en fin, en
todas aquellas emociones experimentadas por un poeta que diferencia su
patria grande de la chica, su país, su ciudad, de su barrio.

Barrios disímiles, amados y despreciados, aceptados y rechazados: uno
repudiado, al que el poeta le reclama “sufres de caos, adoleces de irrealidad, te
empeñas en jugar con naipes raspados por la vida”; otro protegido, que Borges
preserva del olvido que es el “modo más pobre del misterio”. Barrios de barrios, 
como Barrio Norte que alguna vez fue “un argumento de aversiones y
afectos, como las otras cosas del amor”, o como Palermo, ese barrio poseedor
“de unas cuantas milongas para hacerte valiente y una baraja criolla para tapar
la vida y unas albas eternas para saber la muerte”. Barrios de Buenos Aires
trazados con “vaivén de recuerdo” y que se van diluyendo “en la muerte chica
de los olvidos”.

Si la vida tiene asidero en la Buenos Aires de Borges, la muerte no oculta su
vigencia: La Chacarita y la Recoleta son convocados desde lágrimas, deudos y
entierros para sumarse al variado espectro de los lugares que protagonizan la
paradójica vida urbana. El poeta convive a lo largo de toda su poesía con la
muerte, la hace suya, la convierte en compañera insustituible, incluso, en
fuente de vida, en otro mar, en otra flecha “que nos libra del sol y de la luna y
del amor”. De allí que sea impensable que Borges no le cante a los
cementerios de Buenos Aires, a esos dos camposantos extremos,
contradictorios, donde las lápidas sustituyen a las partidas de nacimiento y a
los carnés de identidad. La Chacarita es, a los ojos de Borges, “un conventillo
de ánimas”, “una montonera clandestina de huesos”, allí “la muerte, es incolora,
hueca, numérica, se disminuye a fechas y a nombres, muertes de la palabra”.
La Recoleta es otra cosa, “aquí es pundonorosa la muerte”, “bellos son los
sepulcros, el desnudo latín y las trabadas fechas fatales, la conjunción del
mármol y la flor”. Sin embargo, en ambos, en el anónimo y en el conocido, en el
de todos y en el exclusivo, en cualquiera de ellos “siempre las flores vigilaron la
muerte, porque siempre los hombres incomprensiblemente supimos que su
existir dormido y gracioso es el que mejor puede acompañar a los que
murieron”.

Buenos Aires es un fervor de calles, patios, balcones, arrabales, aldabas,
portones y zaguanes que Borges recupera de su anonimato para incorporarlos
a una eternidad personal que se nutre de los detalles de una ciudad vista en
dos tiempos: en los de la juventud cuando “buscaba los atardeceres, los
arrabales y la desdicha”, y en el de la madurez cuando, por el contrario, se
conformaba con “las mañanas, el centro y la serenidad”. Ese fervor del poeta
se expresa en el peculiar homenaje que le prodiga a las calles de Buenos
Aires, a esas que “ya son mi entraña”, y que pueden revestir infinitas
características y variedades: “ávidas, incomodas de turba y ajetreo,
desganadas, enternecidas de penumbra y de ocaso, reales como un verso
perdido y recuperado, abatidas de agua y de sombra, taciturnas, grandes y
sufridas”; heridas abiertas de su ciudad que le permiten decir a Borges con
absoluta satisfacción que “hoy he sido rico en calles”.

Borges tampoco puede prescindir de los patios de su ciudad, de esos “patios
cóncavos como cántaros”, “cielo encauzado”, declives por los cuales “se
derrama el cielo” en casas y jardines. Patios de Buenos Aires que conviven
con “la amistad oscura de un zaguán” y con los jardines que son como “un día
de fiesta”. Protagonistas fundamentales de una manera de vivir, de consolidar
el hábito de morar en la casa de siempre, esa que incorpora al patio una
caterva de cielos y quebradizas lunas nuevas, infundiéndole al jardín su
ternura; mientras el poniente se acuesta en la hondura de la calle del poeta.

Buenos Aires, en la perspectiva de Borges, es también la plaza de Mayo, la
Dársena Sur, una esquina de la calle Perú, un arco de la calle Bolívar, la
vereda de Quintana, una puerta numerada, la pieza contigua y el infaltable
espejo que repite y reproduce a los hombres sin cesar, Es igualmente, la otra
calle, el enemigo, “un plano de mis humillaciones y fracasos”, la creadora de
laberintos urbanos y personales que genera certidumbres autobiográficas que
conducen al reconocimiento de que con la ciudad, con Buenos Aires, “no nos
une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto”.

Ciudad irrenunciable, patria cierta de un poeta que acepta sin remilgos que “los
años que he vivido en Europa son ilusorios, yo estaba siempre (y estaré) en
Buenos Aires” porque “Buenos Aires es hondo, y nunca, en la desilusión o el
penar, me abandoné a sus calles sin recibir inesperado consuelo, ya de sentir
irrealidad, ya de guitarras desde el fondo de un patio, ya de roce de vidas”.



Poeta, crítico de arte, jurista, experto en gerencia, editor, ensayista político y director de revistas literarias. Venezolano






En honor al escritor Jorge Luis Borges, 100 mil poemas vuelan por ...

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Susana Rinaldi canta a Jorge Luis Borges: Buenos Aires, Milonga de Manuel Flores, El Tango, Alguien le dice al tango