la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


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CUENTOS DE LA GAVETA: BONCHE INFANTIL por Armando Africano, Caracas, junio de 2020/ Ilustración: Lisardo Rico Rattia

 



 

Yo tendría como 5 o 6 años y recuerdo con mucha ternura a Tatiana, que era mi única y gran amiga en esa etapa de mi pequeña vida, éramos muy unidos. Ella vivía a media cuadra de mi casa, estudiaba para ser bailarina de ballet, creo que tendría unos 7, 8 años, no preciso la edad porque es una dama…

Nos visitábamos y jugábamos todos los días. Su casa quedaba en frente de un colegio muy grande de padres salesianos. La casa donde yo vivía estaba a una cuadra de la plaza Bolívar de Valera, era bastante grande, sobre todo muy larga. Al entrar, a la izquierda después del zaguán, había una escalera para el segundo piso, que era de madera muy gastada, donde nos recibía una especie de “salita” con dos poltronas, una máquina de coser, una vitrola, una mesita, una hamaca; al frente de esta “sala”, una gran puerta que daba a una inmensa terraza de cemento, que siempre estuvo programada para hacerse una ampliación que, creo, nunca se realizó. Y lo que recuerdo con mucha nostalgia era la hermosísima vitrola de las que se les daba cuerda y nunca olvidaré que la aguja que se le colocaba parecía un trozo de clavo pero sonaba de maravilla y nos alegraba nuestras fiestas, porque Tatiana y yo decidimos organizarnos fiestas con piñata para divertirnos en las tardes.

Los invitados éramos ella y yo, más nadie, así que, cada tantos días  que nos provocaba, la organizábamos; casi siempre poníamos los mismos discos, a pesar de que teníamos muchos de 78 revoluciones, los repetíamos, sobre todo los de música más alegre, una de las canciones que cantábamos y además la bailábamos era Sin corazón en el pecho, nos la sabíamos completica 

Yo la esperaba en la puerta de la casa, subíamos, brindábamos con refresco y poníamos la música. No sabíamos bailar -bueno- yo menos que Tatiana, pero realmente nos movíamos, cada uno por su lado, y solucionábamos; al terminar el disco nos sentábamos a hablar, podíamos tomar un poco más de refresco, paseábamos por la terraza, luego bailábamos de nuevo y venía la tumbada de la piñata.

Alternábamos nuestras funciones con la piñata, uno la subía y bajaba y el otro le daba palo hasta tumbarla, solo que había otra regla que teníamos que cumplir después de lanzarnos a recoger los caramelos: solo podíamos comernos uno, porque los demás eran para llenar otra bolsita, guindarla y comenzar de nuevo la fiesta.

La organización era muy simple, teníamos reglas que no podíamos dejar de realizar, por ejemplo, el refresco servido en vaso pequeño: solo podíamos tomar para el brindis de bienvenida, mientras hablábamos al comenzar nuestra reunión bailable, al terminar el primer baile y otro sorbo después de tumbar la piñata. Era muy importante,  siempre, tener guardadas varias bolsitas de papel marrón, de las que traía el pan que compraban en nuestras casas, que atesorábamos cada vez que estaban mal puestas, además del mecate, un palo para golpear la piñata y principalmente la música para bailar.

Nuestro evento lo repetíamos varias veces el mismo día con el mismo protocolo: al terminar la última bailada, después de la piñata, nos despedíamos. Tatiana salía para su casa, luego a los 2 o 3 minutos volvía a tocar el timbre, yo la buscaba y comenzaba de nuevo el rumbón. 

Una de nuestras rumbas, que fue inolvidable sobre todo para mi tía, fue cuando Tatiana inventó que teníamos que hacer una fiesta de carnaval y por supuesto, ir disfrazados, por lo que ella se ofreció a realizarme un disfraz.  

Me dijo: yo te hago el tuyo, uno de Cantinflas que es muy fácil, tú me traes un pantalón negro y yo le pongo remiendos, te guindas unas tiritas arriba de una franela blanca y ya está… ya yo tengo mi disfraz, tú solo  tienes que buscar trozos de tela para los remiendos del pantalón… Y comenzó mi búsqueda de los trozos de tela para que Tatiana realizara mi disfraz, busqué por todos lados, en gavetas, escaparates, debajo de las camas y nada, hasta que recordé que en el cuarto de mi tía había como una especie de closet en un rincón detrás de la puerta; raudo y veloz fui y me metí debajo a buscar en las cajas que ella guardaba y al subir la mirada  vi que estaba guindado un gran vestido largo, con enorme cantidad de tela que llamaban tul. Al ver cómo era ese amuñuñamiento de tul, ¿un vestido con tanta tela junta?,  descubrí que tenía otro tipo de tela en la falda de la parte central y de inmediato pensé, ¿cómo se va a enterar mi tía que le falta un pedacito a esta parte del vestido si está todo lleno de muchos metros de tela?  E inmediatamente busqué la tijera y procedí a cortarle un cuadro de tela y salí muy contento para casa de Tatiana a entregarle el pantalón, la franela y el trocito de tela.  

Y logramos hacer la consabida fiesta de disfraces, nuestra fiesta de carnaval, la rumba fue igualita a todas las otras fiestas, solo que al llegar fingíamos que no nos conocíamos, logramos bailar, tomar refresco, reconocernos ¿a que no me conoces? con sorpresa incluida, tumbar la piñata y hasta premiación para los “dos” disfraces, el primero y segundo lugar lo alternábamos, fueron muy divertidos nuestros desfiles frente al jurado (ella y yo),  pero el gran acontecimiento fue al día siguiente…

…Como a la 9 de la noche, yo, como buen angelito, a punto de dormir. Comenzaron unos aullidos desgarradores y todos hablando a la vez,  yo, inocente, me asomo a ver qué pasa: era mi tía, roja como tomate, pegando alaridos y con el vestido en la mano. Yo me dije, ¿será porque se nota la falta del pedacito de tela? y salí disparado a esconderme. A lo lejos oía mi nombre pronunciado a gritos con toda la rabia que podía haber causado por ese pequeñito pedacito de tela,  todos se unieron cual escuadrón en la búsqueda del pequeño niño destructor de la ida al baile de mi tía. Poco a poco ella se fue calmando,  buscó otro vestido y se fue a su baile, su carácter no le permitía estar mucho tiempo molesta.  Al día siguiente gran regaño, me castigaron muy severamente y por varios días no pudimos hacer fiesta.  

Otra de las “travesuras” que hacía era que me divertía pisando con los dedos los encajes que tenían unos muñecos antiguos de porcelana, que a ella le encantaban. 

Mi tía siempre fue maravillosa, ¿cómo se calaba todos los desastres que hacía yo?, Que no eran dirigidos a ella, por supuesto, pero como era la que siempre estaba conmigo, pagaba las consecuencias 

Un año después se casó y se fue de Valera para Brasil y dos años después a mí me llevaron a vivir a Barquisimeto. 

 En Barquisimeto tengo otro cuento. 

 

©Armando Africano

Caracas, junio de 2020

Ilustración: ©Lisardo Rico Rattia