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Annie Leibovitz: “Susan Sontag me leyó entero ‘Alicia en el país de las maravillas’ sentadas bajo un árbol” / entrevista de ANATXU ZABALBEASCOA, El País, 26 de noviembre de 2021

 

A la célebre fotógrafa no le gusta hablar de sí misma. Prefiere contar sus andanzas con los Rolling Stones o los Obama. Pero al final se abre y relata su amor por Susan Sontag, cómo es ser madre soltera de tres hijas y cómo el Photoshop nunca supera a la realidad

Annie Leibovitz, en su casa de Rhinebeck en Nueva York.
Annie Leibovitz, en su casa de Rhinebeck en Nueva York.GILLIAN LAUB (THE NEW YORK TIMES / CONTACTO)


La foto de John Lennon desnudo abrazado a Yoko Ono, la trastienda de los Rolling Stones o la guerra en Bosnia son la cara visible de una mujer que parece haberlo visto todo. Madre tardía, pareja de la ya fallecida escritora Susan Sontag y tan hábil cazando imágenes como construyéndolas, Anna Lou Leibovitz (Waterbury, Connecticut, 1949) empezó a llamarse Annie cuando, con 25 años, se convirtió en la fotógrafa de la revista Rolling Stone. “Tuve que buscarme un nombre porque la gente no podía pronunciar mi apellido”. Más cómoda detrás que delante de la cámara, pide que nuestra entrevista sea por teléfono.


Pregunta. Del rock a la moda e incluso a la guerra. Y de una vida frenética a convertirse en madre triple con más de 50 años. ¿Cuál es su retrato real?


Respuesta. La gente cree que empecé fotografiando a los Rolling Stones porque me interesaba el rock, pero lo que me atraía, desde que estudié Bellas Artes y dejé la pintura, era la fotografía. Es un campo donde todo cabe. Y si te dedicas a fotografiar durante 50 años, no cambiar tú misma como persona sería lo raro. No cambiar es no haber vivido, ¿no? Respecto a la maternidad: quería ser madre.


P. No acepta que la retraten. ¿Tiene miedo?


R. Me incomoda. Necesito saber quién está al otro lado. Me he ido relajando con los años. Al ir convirtiéndome en alguien conocido, he tenido que rebajar esa exigencia.


P. ¿Para conseguir un buen retrato se debe confiar en el fotógrafo?


R. Confiar es un verbo demasiado grande. Se debe respetar, relajar y esperar a que algo salga, porque incluso en lo más planificado existe el azar.


P. Las celebridades sí parecen confiar en usted. Retrató a John Lennon desnudo horas antes de morir. A Schwarzenegger enseñando el culo. A Keith Richards dormido (o drogado) en el suelo.


R. En 1975, tres años después de que mi profesor Robert Frank lo hiciera, me contrataron para fotografiar el tour de los Rolling Stones. Decidí dos cosas: vivir con ellos y molestar lo menos posible. Eso sí, que Keith Richards se quedara dormido en el suelo no era excepcional.


P. Compartió con ellos vida, esfuerzo y drogas.


R. Frank había retratado la gira de 1972. Los habíamos visto en todas las posturas. Yo sabía que al regresar tendría trabajo si lo hacía bien, pero no sabía qué. Solo sabía que debía hacer algo distinto. De modo que me adapté a su vida. Y fotografié esa vida. Eso solo lo pude hacer entrando en ella. Pero no me arrepiento de nada. Amo mi vida. Ha sido un viaje salvaje y lo he disfrutado cuanto he podido sin aislarme del mundo.


P. Ha retratado en la cama a Miles Davis o a la diseñadora Vivienne Westwood, medio desnuda y entrada en carnes.


R. Una fotografía nunca es privada, aunque una cama pueda sugerirlo. Westwood es una mujer muy abierta. Se lleva 25 años con su marido y eso se ve en su desnudez ajada. Pero lo importante es que nos fijamos en eso por encima del deseo que hay en la foto. Sería un error no retratar a alguien tal como es por prejuicios propios.


P. Su último libro, Wonderland (Phaidon), recoge su relación con la moda. Usted se inventa mundos.


R. La moda es para explorar, para expresarse. Hace años que no uniformiza más que a quien quiere.


P. Entre una inacabable lista de premios, el libro recoge las fechas clave de su vida: las del nacimiento de sus tres hijas, la de la muerte de su padre y la del inicio de su relación con Susan Sontag. ¿Qué fue ella para usted?


R. Estuve a su lado 15 años. Fue un privilegio y un honor compartir la vida con ella. Tuvo un impacto enorme en mí y en mi trabajo. No quería tener hijos, por eso habíamos comenzado a separarnos cuando ella se puso enferma y murió.


P. ¿Cómo cambió su vida?


R. No cambió lo que hacía, me alteró por dentro. Cuando la conocí me di cuenta de que le gustaba y no sabía qué hacer con eso. Pensé: Dios mío, es Susan Sontag y está interesada en mí, ¿qué hago? Supe que si me involucraba con ella esa relación afectaría a mi trabajo.


P. ¿Y fue así?


R. Sí, quise llegar más lejos, convertirme en una fotógrafa mejor.


P. ¿Por ella?


R. Sí. Era muy dura. Me dijo: “Eres buena pero podrías ser mejor”. La vida con Susan era así.


P. ¿Iba a ser mejor haciendo lo que ella le decía?


R. No, no. No decía nada. La vida con ella era diferente. Su autoexigencia era enorme, pero luego sacaba tiempo para hablar. Me leyó entero Alicia en el país de las maravillas sentadas bajo un árbol. Y yo sentí que hasta ese momento no había conocido bien esa historia. Era así: te hacía ver. Por dura que fuera, era una persona mágica. Uno no podía evitar amarla.


P. Y usted lo hizo.


R. Por encima de cualquier discrepancia. No he vuelto a estar con nadie.


P. ¿Con 40 años se convirtió en fotógrafa de guerra por ella?


R. No sé si fui fotógrafa de guerra, hice fotos en Sarajevo porque ella estaba allí. Los verdaderos fotógrafos de guerra me miraban preguntándose: “¿Qué hace esta aquí?”. Y tenían razón. Y no la tenían, porque cada uno ve desde lo que es. Un verdadero fotógrafo de guerra suele ser una persona muy dura y no me gustaría serlo.


P. Ha leído el mundo más en imágenes que en ideas.


R. No soy una gran lectora. Y eso me pesaba en la relación con Susan. Me gusta leer. Pero me absorbe y no me deja ver nada más. Y eso no lo soporto. Como fotógrafa, vivo de estar alerta. Me fascinaba cómo Susan adoraba leer y hablar. Y esa era una discrepancia entre nosotras. Yo amo la luz. Soy incapaz de encerrarme a ver una película de seis horas cuando fuera, en el mundo, luce el sol. Ella simplemente lo amaba todo. Todo. Susan era así.


P. Usted hizo que la modelo Natalia Vodianova, que pasó de la pobreza a casarse con el millonario Antoine Arnault, atravesara un espejo para retratarla como Alicia. ¿Cómo lo consiguió?


R. El mundo de la moda es atrevido por definición. Mis dos grandes trabajos partieron de dos historias infantiles: El mago de Oz y Alicia. Mis hijas eran pequeñas y yo volví a esas historias. Natalia debía de tener 18 años.


P. Luego se convertiría en la Cenicienta.


R. Es cierto. Eso sucedió. Pero cuando la convertí en Alicia no lo podíamos saber.


P. Por eso es tan valioso.


R. Puede ser. Algo maravilloso de la moda es que las modelos posan. En la vida real una cámara incomoda a todo el mundo. Nadie quiere que lo fotografíen. En la moda están ahí para ser retratados. Te esperan, te ayudan, aman ser fotografiados. Cate Blanchett, Kate Moss… Toda esa gente es colaboradora. Te ayudan.


PWonderland —el tercer libro que resume su trayectoria— incluye retratos que desnudan: Melania Trump emula a Demi Moore embarazada, pero en las escaleras de su jet privado y con Donald Trump dentro de un deportivo. ¿Cómo ha evolucionado su relación con los Trump?


R. Cuando hice esa foto era impensable que él pudiese llegar a ser presidente de Estados Unidos.


P. Fue como una premonición.


R. Tengo una relación de amor-odio con esa imagen. La historia era sobre una modelo embarazada. Y es de esas veces en las que la realidad supera a la ficción. Nos citó en el aeropuerto. Estábamos fotografiándola y de repente llegó él. Y pasó lo que pasó. A veces la vida atropella a la fotografía. Uno hace una foto y, cuando pasa el tiempo, la historia que encierra se lee desde otro ángulo. Durante un tiempo pensé en retirar esa imagen de mi porfolio. Ahora creo que debe estar: demuestra el espectáculo en el que esta gente ha convertido su vida.



Annie Leibovitz, en su casa de Rhinebeck.
Annie Leibovitz, en su casa de Rhinebeck.GILLIAN LAUB (THE NEW YORK TIMES / CONTACTO)



P. ¿El tiempo reinterpreta las fotografías?


R. Las fotografías cambian según cuándo se miren y según con qué

 conocimiento se lean. Retraté a John Lennon horas antes de que lo

 asesinaran. Era un abrazo amoroso, pero se convirtió en el último beso.



P. Ese retrato es sobrecogedor porque él está desnudo y se muestra vulnerable, en posición fetal, y Yoko Ono está vestida. ¿Se lo pidió usted?

R. Pedí que se desnudaran los dos y solo aceptó hacerlo él.

P. ¿Quiso mostrar su vulnerabilidad?

R. No, quise mostrar amor y encontré azar, que muchas veces ayuda. Por eso hay que buscarlo con paciencia.

P. Tiene una gran colección de mujeres poderosas: Hillary Clinton, Michelle Obama, Meryl Streep, Alexandria Ocasio-Cortez.

R. Las elijo porque son fuertes y salen fuertes. Desde que soy consciente de que envejezco intento que la gente que retrato salga como es. Querría haber retratado a la gente como es. Pero no es fácil: cada uno somos muchos.

P. ¿Hay que ser famoso para retratar a famosos?


R. No. A veces ser conocido funciona a tu favor y otras veces en contra. Soy responsable de lo que he hecho y, si me llaman, entiendo que buscan algo distinto. Yo construyo la historia delante de la cámara. En una época de invención digital, las imágenes, por imaginativas que sean, funcionan si encierran una verdad. Dramatizada o exagerada, debe ser verdad.


P. ¿Cuándo se dio cuenta de que los que posan para usted harían lo que les pidiese?


R. Nunca. Eso no es así.


P. Ben Stiller se metió dentro de una burbuja de plexiglás que colgaba de una grúa sobre el Sena.


R. Sí. Llegó y dijo: “Esto es demencial”. Pero Karen Mulligan, con quien he trabajado durante más de 20 años, le mostró los buceadores que teníamos preparados para rescatarlo en el caso muy improbable de que algo fallara. Estamos hablando de fotos de moda que buscan resumir una historia en una imagen. Para comunicar hay que jugar. Para ser divertido hay que atreverse a hacer un poco el loco.


P. ¿Pasó de cazar una imagen a construirla?


R. Pero es lo mismo: capturar un instante. Se trata de verlo y atraparlo o de construir algo imposible de repetir.


P. ¿Cuánto Photoshop utiliza?


R. En aquella época, nada. Hoy en el mundo digital el cuarto oscuro es un ordenador y la demanda de imágenes contrastadas es incesante. Yo no hago fotoperiodismo, y en fotografía artística el retocado es necesario. Pero tengo una cosa clara: nada comunica como una verdad. La realidad es mucho más potente que el Photoshop.


P. ¿Cómo decide qué atributo define a una persona?


R. Pienso siempre en varias alternativas, pero al final las circunstancias —el tiempo de que dispones, dónde estás, o lo que es o no posible— deciden. Me gustan los extremos: construir una locura o retratar con muy pocos medios. En cualquier caso, para hacer una buena foto se sacan muchísimas. Y las que recogen los libros o las exposiciones son la excepción. Lo bueno es escaso.


P. ¿Quién es realmente Arnold Schwarzenegger: Mister Olympia, Terminator, el exgobernador de California, un inmigrante que llegó a formar parte de la familia Kennedy…?


R. Lo he fotografiado tantas veces que mis retratos resumen su auge y su caída. Comencé cuando fue campeón mundial de culturismo en Sudáfrica y lo he visto casarse, divorciarse, triunfar como actor y convertirse en político. Lo he sacado fuerte y vulnerable. Y creo que él es todo eso. Como autora intento retratar a las personas como creo que son, no lo que siento por ellos. En 1975 pasé de fotografiar a Mick Jagger, que era el sex-symbol del momento, superdelgado y alocado, a retratarlo con un cuerpo inmenso. Igual que todas las fotos no resumen una personalidad, aunque la apunten, a veces un físico muy marcado oculta quien uno es.


P. Katy Perry, La reina de Inglaterra, la jueza Ruth Bader, Lady Gaga… ¿Llega a conocer a las personas que retrata?


R. Cuando era joven creía que sí. Pero me di cuenta de que era mejor marcar una distancia. Creo que una de las razones por las que me ha ido bien es porque lo que me importa es que las fotos sean buenas y no me he perdido buscando otra cosa.


P. Hace poco, su portada de Simone Biles para Vogue fue criticada.


R. Era un retrato de ella con toda su complejidad. Y me acusaron de descuidarlo porque era negra. Ahora con el movimiento Black Lives Matter, que era necesario, todo eso está en el ambiente. Pero habiendo fotografiado a mucha gente negra, entre otros a Nelson Mandela, creo que se equivocaron al dudar de mí.


P. La hemos visto entre sus hermanos, abrazando a sus hijas, trabajando, viajando, pero sabemos muy poco de usted…


R. Es la vida del fotógrafo, siempre se queda detrás. ¿Qué querría saber?


P. ¿Dónde se encuentra su existencia en su trabajo?


R. Hubo una época en la que fotografié mucho a Susan. Era parte del duelo: anticipaba la pérdida y era mi manera de dejarla aquí. Cuando mis hijas nacieron también las retraté todo el rato: era mi manera de celebrarlas. Pero dejé de publicar esas fotos. Decidí que no quería que mis fotos las definiesen. Quería que se definiesen ellas mismas. A veces es muy difícil cambiar la imagen que congela una fotografía. De modo que el deseo de intimidad de mis hijas me convirtió en una persona más privada. No es que tenga nada que esconder, simplemente no quiero que toda mi vida sea pública en una era en la que gran parte de nuestras vidas está más en Instagram que en nuestra intimidad.


P. Siendo una figura pública y lesbiana no ha utilizado su trabajo para defender los derechos de los homosexuales.


R. No creo que haga falta. He vivido abiertamente mi opción sexual. No tengo nada que esconder, pero tampoco ninguna necesidad de golpear a nadie con mis decisiones. La vida del fotógrafo es cruda y, en mi opinión, debe ser privada. Cuando hago cosas como esta entrevista, las encuentro difíciles y no consigo ser enteramente yo. Verá, no soy Susan Sontag. La echo de menos en ocasiones como esta: ella sabía siempre qué decir.


P. Pero esta es una entrevista a usted.


R. Sí. Y creo que mis preocupaciones —el derecho a ser, la necesidad de soñar, la urgencia de cuidar el planeta y hasta la maternidad— están en lo que hago.


P. Quiso ser madre pasados los 50 años.


R. Quería dar lo que había tenido. Provengo de una familia con muchos hermanos y tengo recuerdos felices. Para mí mis mejores fotos son las que he hecho a mi familia. Ahí hay intimidad, confianza, amor y desnudez. Lo que mis hijas me dieron fue lo contrario de lo que les sucede a muchas madres: me hicieron parar. Me había pasado la vida corriendo. Y cuando corres todo el rato te das de bruces contra muchos muros. Uno no puede pasarse la vida corriendo porque no termina de llegar a ningún sitio. Estoy agradecida de haber tenido esta oportunidad.


P. ¿Con qué valores ha intentado educar a sus tres hijas?


R. Con el ejemplo, no hay otra opción. Ser madre soltera es complicado para los hijos —que solo tienen a una madre a la que recurrir, protestar, querer o pedir— y para la madre, claro.


P. ¿Las crió sola?


R. Sí. Después de que muriera Susan, mi vida ha sido mi trabajo y mis hijas. No lo vi venir. Pensé que llegaría otra persona. Pero no he tenido tiempo para nada más. Criar hijos es un trabajo de dos. Si alguien me preguntara, le diría que se lo pensara mucho antes de tener un hijo para criarlo sola. Es difícil para la madre y para el hijo.


P. Pero lo ha hecho tres veces.


R. No sabía lo que hacía. Luego crecen, ¿sabe? Y se hace mejor y peor, a la vez. Las adoro. Son el amor de mi vida, pero, ya sabe, dan mucho mucho trabajo. Criar hijos es una vida muy, muy real. Y justo por eso, requiere imaginación.



 ANATXU ZABALBEASCOA

El País, 26 de noviembre de 2021

Fuente: El País


Pancho Quilici: "Estoy regresando al dibujo", entrevista de Maritza Jiménez, El Universal, Caracas, 28 de noviembre de 2021

 

El artista venezolano que destacó en los 80 por sus paisajes oníricos, acaba de inaugurar un mural de nueve metros en la ciudad de Arcueil, Francia, donde reside desde 1988




Durante tres años trabajó el venezolano Pancho Quilici en Regiones de convergencias, el mural de nueve metros que acaba de inaugurar en la ciudad de Arcueil, Francia, donde reside desde 1988. La obra, realizada en la milenaria técnica del mosaico, lo obligó a aprender e idear tecnologías, para llevar a ese medio el mundo de los enigmáticos paisajes que le han dado fama internacional en el panorama del arte contemporáneo.

“Fue un proyecto que me encargó la ciudad para un nuevo complejo de edificios y oficinas de grandes empresas que se instalaron hace poco aquí. Esta ciudad ha cambiado enormemente, se está poblando muchísimo, y la alcaldía hace esfuerzos para invitar a los artistas a participar en ese crecimiento, ya que hay una especie de porcentaje que los empresarios dedican al arte y la cultura”, explica.

En el boom dibujístico de los años 80 en Venezuela, su nombre destacó como el autor de una obra en la que dos realidades se cruzan, arquitectura y paisaje, pensamiento y fantasía, dibujo y grabado, sin llegar a una síntesis, pregonando en su conjunción una tercera dimensión espiritual con imágenes en las que el crítico Roberto Guevara vio “afuera lo infinitamente expansivo, adentro el microcosmos igualmente vasto, y entre los dos la complejidad que fluye al infinito”.

Hijo de un arquitecto francés y una ceramista venezolana, en cuyos talleres se vinculó desde muy niño con formas, colores, lápices e instrumentos de medición, Pancho Quilici (Caracas, 1954) creció entre dos mundos. Pero Venezuela, Caracas, con sus paisajes y recuerdos, están siempre en su memoria y su imaginación.

Quilici egresa en 1978 del Instituto Neumann de Diseño y el Centro de Enseñanza Gráfica (Cegra), donde fue alumno de reconocidos artistas como Alirio Palacios, Luisa Palacios y Luisa Richter, entre otros. En esa década participa en las numerosas colectivas que se organizan en el país, y realiza ilustraciones para revistas literarias como El Falso Cuaderno y La Gaveta Ilustrada. Empezando los 80 presenta su primera individual en la galería Minotauro, dirigida por Cecilia Ayala, quien lo anima a marchar a Francia, donde fijó residencia desde entonces.

Sin embargo, nunca ha perdido vínculos con Venezuela. En 1991, año en que participa en la Exposición internacional de arte de Chicago, la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de París y ejecuta la escenografía de Idoménée para el Teatro de la Ópera de La Bastilla (París), expone en el Museo de Bellas Artes Un viaje al origen, con obras fechadas entre 1989 y 1991.

En Venezuela. Nuevas cartografías y cosmogonías, que tuvo lugar en la Galería de Arte Nacional ese mismo año, participó con El planeta se mira a sí mismo, instalación que mezcla acrílico, óleo, acuarela y grafito para llevar a la tela un templo imaginario en el que los cuatro elementos se erigen simbólicamente en representantes de la Naturaleza.

En 1998, Errancias, en la Sala Rómulo Gallegos, deja ver obras en gran formato como El gran vidrio (homenaje a Duchamp), realizada en aluminio, madera, cable y cristal, y El gran registro, una tela de siete metros.

Trascaracas, integrada por más de 50 pinturas, instalaciones y videos y presentada en 2009 en La Previsora, es su mirada al paisaje y la memoria de la ciudad custodiada por el Ávila.

Quilici ha incursionado igualmente en el ámbito teatral, creando propuestas escenográficas para obras como Idoménée, de Mozart, en la Ópera de la Bastilla (París, 1993) y Don Juan o El festín de piedra, de Moliére, en el Festival de Internacional de Teatro Clásico de Almagro y Teatro de la Comedia (Madrid, 1991).

Entre otros reconocimientos, su obra ha recibido el primer premio de pintura en el Festival International de la Peinture, Cagnes-sur-Mer (1994) y el Gran Premio Príncipe Rainiero, Mónaco (1984).

-El mosaico es una técnica muy antigua y difícil. ¿Cómo la lleva a su trabajo y qué retos supuso realizar su mural?

-Tuve que aprender solo. Nunca había hecho un mosaico, y me tomó mucho tiempo hacer en mi taller un mural de nueve metros de largo. No quería hacerlo in situ, porque eso significaba transportar todos los días todas tus cosas allá, y son muchas horas de trabajo. Entonces inventé un sistema, incluso me construí una mesa especial para eso, de 2x2 metros, y los paneles tienen 1,80x1,80, que me permitió llevarlo a cabo en el taller. La idea era hacer el ensamblaje de la imagen siguiendo una trama que había preparado anteriormente con la computadora, una trama espacial, que englobaba todo ese paisaje que había descompuesto en cinco partes.

“Luego -continúa- fui avanzando con el mosaico igual que si pintara. Los pedacitos de cerámica uno los tiene como en una paleta, y los va seleccionando y combinando, tratando de formar montañas, ríos, árboles, y todo eso es un proceso muy lento. Eso lo hice en mi taller y uno por uno los mosaicos los iba fijando sobre un soporte especial que conseguí, bastante nuevo, que me ayudó muchísimo a alivianar el panel para que no fuera tan pesado. Así terminé los cinco paneles y después se instalaron en el sitio.

-¿Cómo definiría sus búsquedas en casi más de cuatro décadas de trayectoria?

-Mi trabajo empezó con una especie de interrogación sobre el espacio interior, asociándolo al espacio de la psiquis, del interior de nuestro ser, y con una visión del mundo siempre como desde adentro hacia afuera. Hay una intención fuerte de construir, para mí es importante construir, elaborar estructuras que nos transportan y nos hacen viajar hacia lo lejano, lo que no conocemos, lo que tratamos de alcanzar.

-¿Ha influido el ser hijo de un arquitecto en esa presencia del espacio y la arquitectura en su obra?

-Soy hijo de arquitecto, pero también de una artista que es mi mamá. Ella era ceramista y docente, y trabajaba con la materia, con los colores, hizo varias obras, algunas comercializables, pero tenía una inquietud creativa muy fuerte, y yo estuve muy cerca de su espacio de trabajo en el taller donde encontraba colores, pinceles, cartones, y de pequeño metía las manos, experimentaba cosas para divertirme. Mi papá sí, era arquitecto, aunque al final fue más decorador que arquitecto, y tenía una mesa de trabajo con escuadras y otras herramientas. Lo que pasó fue que se divorciaron, y yo tenía esos dos espacios donde pasaba el tiempo inventando.

-Se fue de Venezuela en 1980, pero dice que sigue siendo muy venezolano.

-Creo que es algo que mucha gente de mi generación comparte. Los años que tuve de infancia y adolescencia fueron los más bellos de mi vida, eso nunca se olvida, tiene una carga muy fuerte. Me emociono cuando lo recuerdo.

-¿Guarda relación Caracas con el tratamiento de sus espacios?

-Sí y no. Ahí también hay una dualidad. Yo me fui de Caracas a los 27 años, y para mí fue la ciudad del mundo. Y eso que yo había viajado y visto otras, pero para mí no había otra ciudad que existiera, para mí era una ciudad completa, total. Caracas tenía todo lo que una gran ciudad puede tener y todo lo que el entorno, de manera muy generosa, me ofrecía. Hablo del Ávila, otra vez la dualidad, esa especie de muralla verde de fuerza natural sobre el caos de la ciudad. Esto me marcó de manera muy fuerte.

En esos momentos, insiste, no se interesaba en el paisaje. “Para mí el Ávila y Caracas eran la misma cosa. Me intereso en el paisaje es cuando me voy al interior de Venezuela, o en África, en búsqueda siempre de lo mismo, los grandes espacios, los horizontes. Pero en todas partes lo que conseguí fue más bien una apertura, una especie de campo abierto para soñar e imaginar cosas. En los paisajes interiores nunca he representado exactamente un paisaje conocido, existente, real. Siempre ha sido imaginario".

-Pero últimamente sí me he interesado por el Ávila –afirma-, quizás por una cuestión nostálgica. El Ávila, la arquitectura de los años 50, 60, de esta Caracas del modernismo, que es un tema muy interesante, están presentes en la muestra de La Previsora. Ahí sí tomo el documento Ávila y lo desarrollo, o el documento Aula Magna.

-Dice que continúa con su trabajo de búsqueda personal, sobre todo dibujando.

-El trabajo de ahora, de este momento, sigue siendo un poco el mismo tema, pero más abstracto, porque ya no estoy tanto en el mundo tierra, con paisaje, horizonte. Ahora me ubico en el espacio puro, el espacio caótico, de la materia, interviniendo manchas que hago con la intención de penetrarlas, de darles profundidad con las líneas. Son sobre todo construcciones espaciales que tienen que ver con formas geométricas, regulares, irregulares, utilizando estos modelos que son invenciones mías para interpretar algunos conceptos de la física y la astrofísica.

“Últimamente estoy muy dentro del dibujo, casi volviendo a lo que hice en mis principios. Tengo más ganas de dibujar, de meterme en el mundo de la línea y la estructura. Y hago de todo, dibujos pequeñitos, grandes, también me interesan las construcciones tridimensionales con elementos de plásticos, de hierro, estructuras espaciales que hago a veces sobre el papel", apunta.

-¿Nuevas exposiciones en agenda?

-Hay un proyecto con La Maison de l’Amérique Latine, que compartiré con otro venezolano, Milton Becerra. Estaba planificada para el próximo año, pero debido a la pandemia fue postergada para 2023. Es una propuesta de la curadora Christine Feraud, muy ligada al medio latinoamericano, y su idea, el tema que propone, es Línea y Espacio. Y está muy bien, porque Milton también tiene esa especie de preocupación por ocupar, por colonizar el espacio con elementos lineales. Yo también. Entonces sería uno tridimensional, tipo instalación en el espacio, y yo, quizás también, con pinturas y dibujos. Todavía no lo sé, porque todas van a ser obras nuevas, hechas especialmente para la exposición.

Maritza Jiménez
El Universal, Caracas, 28 de noviembre de 2021
@weykapu





TODOS LLORAMOS EN LA FOGOSA PRIMAVERA, poema de José Pulido


 Esto lo escribí cuando murieron tantos jóvenes nuestros en las protestas de Caracas y de todo el país. 





Después de temblar
rasguñando la cueva de las súplicas
y sus estacas de hielo
es bueno que enciendan la caldera de los días
con sus resplandores de topacio
y dejen que el viento se ocupe
de saludar y agasajar a las pequeñas flores

Siempre gustarán la playa y las peleas
en el coso poético de la primavera
broncearse o morir:
ella insistía en que su corazón escogiera

La rabia del frio te despelleja
a mucha gente le gusta pelear contra el sistema
los sistemas no escuchan,
finanzas, matemáticas, credos, ideologías

Hundiré mi espada en tu belleza
antes que llegue junio
murmuró el sol de abril

En el mayo francés murieron dos obreros:
Bernard Beylot y Henri Blanchet
En el mayo francés pereció un estudiante: Gilles Tautin
Lanzaron bombas de cloro
hacia la piscina del cielo
que estuvo por caer en un desmayo

Solo tres muertos y un costal de heridos,
pero el famoso mayo llenó el mundo de frases
que se siguen usando para matar el tiempo
¿cuántos aburrimientos han muerto hasta la fecha?

Los muertos de Tlatelolco
después que contaban miles
sumaron cuarenta y cuatro
treinta y cuatro con carnet
y diez que nadie conoce
tranquilo güey ya sabrán

Hubo tantos testigos observando el desangre
las astillas de huesos clavándose en el barro
¿Qué se hicieron los muertos, manito, qué se hicieron?
¿Quiénes retornaron a sus casas
y quienes no tocaron más la puerta?
ocurrió en la Plaza de las Tres Culturas
en 1968, segundo día de octubre por la tarde
¿Cuántos cuerpos se volvieron polvo en esa reunión?
Cuando las horas desaparecieron
todo reloj se convirtió en espanto

En Tiananmen hubo quinientos muertos
eso ocurrió en Pekín comenzando junio
en la primavera de 1989
los obreros que participaron en la protesta
fueron ejecutados y algunos estudiantes también
se salvaron los hijos del poder
menos el que se paró sin decir nada
frente a los tanques de morboso estruendo
ese fue fusilado por ser tan evidente

Desde 1948 hasta la fecha
han muerto en su guerra poco santa
más de cincuenta mil israelíes y palestinos,
con mayoría de árabes en el sepulcro
En 1947 las Naciones Unidas
con la resolución 181
otorgaron espacio al perseguido pueblo de Israel
y desde entonces han estado matándose ambas tribus
Lo que no pudo hacer ningún demonio con el 666

Entre el 1999 y el 2015, dieciséis años apenas,
Venezuela quintuplicó los muertos
Chinos, judíos, palestinos, franceses, mexicanos
y en el 2017 anotamos 26.616 asesinatos
ese mismo año entre abril y julio
las fuerzas armadas militares y civiles
causaron ciento veinte muertes
entre los jóvenes que gritaban
“queremos vida”

Diré sinceramente que aquello me dolió
con mucho desafuero varios meses después
una bala pasó destrozando la frase
de una franela azul

La multitud gritaba ante el ataque militar
humo encebollado, sangre y vómitos
aquella masacre representó el sacrificio absurdo
de vivir o morir ante los trajes verdes
y sus armaduras de la guerra de las galaxias

Perdigones en los párpados, en los ojos, en el pecho,
perdigones
no pichones
de perdices
ni perdidos
Granos de plomo en los muslos en el cuero cabelludo
así encontré a una muchacha que estudiaba medicina
se veía delicada y tan delgada
parecía una adolescente bondadosa
quería manifestar en contra de la violencia
lo dijo como quien pide helado de chocolate
habló de su descontento, de niños muriendo de hambre
¿cómo podía ser igual su bendito descontento
al de las demás mujeres que no tenían ni jabón?

Su descontento de niña propietaria de la luz
me hirió posteriormente
porque conocí a su madre abrazada de su padre
y me preguntaban tanto sobre lo que había ocurrido
que lo describí incompleto
porque el horror tiene muchas caras

gente que saltaba al río nuestra torrentosa cloaca
gente que retrocedía aplastándose y gritando
el humo envolviendo, ahogando,
perdigones y balazos
no perdices, no baladas
la sostuve en el espacio cuando la noté cayendo
Y me asustó tanto ver
que una bala reventaba
en su frente el alabastro
el pensamiento insumiso estrellado arremetido
y otra bala enrojecía
la frase color naranja que llevaba en su camisa
y entonces aquel mensaje se me grabó para siempre:
“Salvemos a las abejas” 


José Pulido

Fuente: José Pulido