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Alejandra Pizarnik


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Pancho Quilici: "Estoy regresando al dibujo", entrevista de Maritza Jiménez, El Universal, Caracas, 28 de noviembre de 2021

 

El artista venezolano que destacó en los 80 por sus paisajes oníricos, acaba de inaugurar un mural de nueve metros en la ciudad de Arcueil, Francia, donde reside desde 1988




Durante tres años trabajó el venezolano Pancho Quilici en Regiones de convergencias, el mural de nueve metros que acaba de inaugurar en la ciudad de Arcueil, Francia, donde reside desde 1988. La obra, realizada en la milenaria técnica del mosaico, lo obligó a aprender e idear tecnologías, para llevar a ese medio el mundo de los enigmáticos paisajes que le han dado fama internacional en el panorama del arte contemporáneo.

“Fue un proyecto que me encargó la ciudad para un nuevo complejo de edificios y oficinas de grandes empresas que se instalaron hace poco aquí. Esta ciudad ha cambiado enormemente, se está poblando muchísimo, y la alcaldía hace esfuerzos para invitar a los artistas a participar en ese crecimiento, ya que hay una especie de porcentaje que los empresarios dedican al arte y la cultura”, explica.

En el boom dibujístico de los años 80 en Venezuela, su nombre destacó como el autor de una obra en la que dos realidades se cruzan, arquitectura y paisaje, pensamiento y fantasía, dibujo y grabado, sin llegar a una síntesis, pregonando en su conjunción una tercera dimensión espiritual con imágenes en las que el crítico Roberto Guevara vio “afuera lo infinitamente expansivo, adentro el microcosmos igualmente vasto, y entre los dos la complejidad que fluye al infinito”.

Hijo de un arquitecto francés y una ceramista venezolana, en cuyos talleres se vinculó desde muy niño con formas, colores, lápices e instrumentos de medición, Pancho Quilici (Caracas, 1954) creció entre dos mundos. Pero Venezuela, Caracas, con sus paisajes y recuerdos, están siempre en su memoria y su imaginación.

Quilici egresa en 1978 del Instituto Neumann de Diseño y el Centro de Enseñanza Gráfica (Cegra), donde fue alumno de reconocidos artistas como Alirio Palacios, Luisa Palacios y Luisa Richter, entre otros. En esa década participa en las numerosas colectivas que se organizan en el país, y realiza ilustraciones para revistas literarias como El Falso Cuaderno y La Gaveta Ilustrada. Empezando los 80 presenta su primera individual en la galería Minotauro, dirigida por Cecilia Ayala, quien lo anima a marchar a Francia, donde fijó residencia desde entonces.

Sin embargo, nunca ha perdido vínculos con Venezuela. En 1991, año en que participa en la Exposición internacional de arte de Chicago, la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de París y ejecuta la escenografía de Idoménée para el Teatro de la Ópera de La Bastilla (París), expone en el Museo de Bellas Artes Un viaje al origen, con obras fechadas entre 1989 y 1991.

En Venezuela. Nuevas cartografías y cosmogonías, que tuvo lugar en la Galería de Arte Nacional ese mismo año, participó con El planeta se mira a sí mismo, instalación que mezcla acrílico, óleo, acuarela y grafito para llevar a la tela un templo imaginario en el que los cuatro elementos se erigen simbólicamente en representantes de la Naturaleza.

En 1998, Errancias, en la Sala Rómulo Gallegos, deja ver obras en gran formato como El gran vidrio (homenaje a Duchamp), realizada en aluminio, madera, cable y cristal, y El gran registro, una tela de siete metros.

Trascaracas, integrada por más de 50 pinturas, instalaciones y videos y presentada en 2009 en La Previsora, es su mirada al paisaje y la memoria de la ciudad custodiada por el Ávila.

Quilici ha incursionado igualmente en el ámbito teatral, creando propuestas escenográficas para obras como Idoménée, de Mozart, en la Ópera de la Bastilla (París, 1993) y Don Juan o El festín de piedra, de Moliére, en el Festival de Internacional de Teatro Clásico de Almagro y Teatro de la Comedia (Madrid, 1991).

Entre otros reconocimientos, su obra ha recibido el primer premio de pintura en el Festival International de la Peinture, Cagnes-sur-Mer (1994) y el Gran Premio Príncipe Rainiero, Mónaco (1984).

-El mosaico es una técnica muy antigua y difícil. ¿Cómo la lleva a su trabajo y qué retos supuso realizar su mural?

-Tuve que aprender solo. Nunca había hecho un mosaico, y me tomó mucho tiempo hacer en mi taller un mural de nueve metros de largo. No quería hacerlo in situ, porque eso significaba transportar todos los días todas tus cosas allá, y son muchas horas de trabajo. Entonces inventé un sistema, incluso me construí una mesa especial para eso, de 2x2 metros, y los paneles tienen 1,80x1,80, que me permitió llevarlo a cabo en el taller. La idea era hacer el ensamblaje de la imagen siguiendo una trama que había preparado anteriormente con la computadora, una trama espacial, que englobaba todo ese paisaje que había descompuesto en cinco partes.

“Luego -continúa- fui avanzando con el mosaico igual que si pintara. Los pedacitos de cerámica uno los tiene como en una paleta, y los va seleccionando y combinando, tratando de formar montañas, ríos, árboles, y todo eso es un proceso muy lento. Eso lo hice en mi taller y uno por uno los mosaicos los iba fijando sobre un soporte especial que conseguí, bastante nuevo, que me ayudó muchísimo a alivianar el panel para que no fuera tan pesado. Así terminé los cinco paneles y después se instalaron en el sitio.

-¿Cómo definiría sus búsquedas en casi más de cuatro décadas de trayectoria?

-Mi trabajo empezó con una especie de interrogación sobre el espacio interior, asociándolo al espacio de la psiquis, del interior de nuestro ser, y con una visión del mundo siempre como desde adentro hacia afuera. Hay una intención fuerte de construir, para mí es importante construir, elaborar estructuras que nos transportan y nos hacen viajar hacia lo lejano, lo que no conocemos, lo que tratamos de alcanzar.

-¿Ha influido el ser hijo de un arquitecto en esa presencia del espacio y la arquitectura en su obra?

-Soy hijo de arquitecto, pero también de una artista que es mi mamá. Ella era ceramista y docente, y trabajaba con la materia, con los colores, hizo varias obras, algunas comercializables, pero tenía una inquietud creativa muy fuerte, y yo estuve muy cerca de su espacio de trabajo en el taller donde encontraba colores, pinceles, cartones, y de pequeño metía las manos, experimentaba cosas para divertirme. Mi papá sí, era arquitecto, aunque al final fue más decorador que arquitecto, y tenía una mesa de trabajo con escuadras y otras herramientas. Lo que pasó fue que se divorciaron, y yo tenía esos dos espacios donde pasaba el tiempo inventando.

-Se fue de Venezuela en 1980, pero dice que sigue siendo muy venezolano.

-Creo que es algo que mucha gente de mi generación comparte. Los años que tuve de infancia y adolescencia fueron los más bellos de mi vida, eso nunca se olvida, tiene una carga muy fuerte. Me emociono cuando lo recuerdo.

-¿Guarda relación Caracas con el tratamiento de sus espacios?

-Sí y no. Ahí también hay una dualidad. Yo me fui de Caracas a los 27 años, y para mí fue la ciudad del mundo. Y eso que yo había viajado y visto otras, pero para mí no había otra ciudad que existiera, para mí era una ciudad completa, total. Caracas tenía todo lo que una gran ciudad puede tener y todo lo que el entorno, de manera muy generosa, me ofrecía. Hablo del Ávila, otra vez la dualidad, esa especie de muralla verde de fuerza natural sobre el caos de la ciudad. Esto me marcó de manera muy fuerte.

En esos momentos, insiste, no se interesaba en el paisaje. “Para mí el Ávila y Caracas eran la misma cosa. Me intereso en el paisaje es cuando me voy al interior de Venezuela, o en África, en búsqueda siempre de lo mismo, los grandes espacios, los horizontes. Pero en todas partes lo que conseguí fue más bien una apertura, una especie de campo abierto para soñar e imaginar cosas. En los paisajes interiores nunca he representado exactamente un paisaje conocido, existente, real. Siempre ha sido imaginario".

-Pero últimamente sí me he interesado por el Ávila –afirma-, quizás por una cuestión nostálgica. El Ávila, la arquitectura de los años 50, 60, de esta Caracas del modernismo, que es un tema muy interesante, están presentes en la muestra de La Previsora. Ahí sí tomo el documento Ávila y lo desarrollo, o el documento Aula Magna.

-Dice que continúa con su trabajo de búsqueda personal, sobre todo dibujando.

-El trabajo de ahora, de este momento, sigue siendo un poco el mismo tema, pero más abstracto, porque ya no estoy tanto en el mundo tierra, con paisaje, horizonte. Ahora me ubico en el espacio puro, el espacio caótico, de la materia, interviniendo manchas que hago con la intención de penetrarlas, de darles profundidad con las líneas. Son sobre todo construcciones espaciales que tienen que ver con formas geométricas, regulares, irregulares, utilizando estos modelos que son invenciones mías para interpretar algunos conceptos de la física y la astrofísica.

“Últimamente estoy muy dentro del dibujo, casi volviendo a lo que hice en mis principios. Tengo más ganas de dibujar, de meterme en el mundo de la línea y la estructura. Y hago de todo, dibujos pequeñitos, grandes, también me interesan las construcciones tridimensionales con elementos de plásticos, de hierro, estructuras espaciales que hago a veces sobre el papel", apunta.

-¿Nuevas exposiciones en agenda?

-Hay un proyecto con La Maison de l’Amérique Latine, que compartiré con otro venezolano, Milton Becerra. Estaba planificada para el próximo año, pero debido a la pandemia fue postergada para 2023. Es una propuesta de la curadora Christine Feraud, muy ligada al medio latinoamericano, y su idea, el tema que propone, es Línea y Espacio. Y está muy bien, porque Milton también tiene esa especie de preocupación por ocupar, por colonizar el espacio con elementos lineales. Yo también. Entonces sería uno tridimensional, tipo instalación en el espacio, y yo, quizás también, con pinturas y dibujos. Todavía no lo sé, porque todas van a ser obras nuevas, hechas especialmente para la exposición.

Maritza Jiménez
El Universal, Caracas, 28 de noviembre de 2021
@weykapu