Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

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Poesía en primera persona / Eliahu Toker, Caracas, noviembre 2005





En cualquier lugar, siempre que sea aquí.
En cualquier momento,
siempre que sea ahora.
De cualquier color, siempre que sea azul.
En cualquier lengua, siempre que sea en ídish.

"Escrito en sueños", Eliahu Toker



La poesía es como un sueño, es un texto con huecos, que nos incluye y que sigue creciendo dentro de nosotros. Y su materia prima es una palabra cargada de emoción. Esa palabra conmovida, intimida a veces y parecería que hace falta ser también poeta o un estudioso de la literatura para disfrutar de la poesía. Pero la poesía, como toda obra de arte está hecha para que cada uno, absolutamente todos la disfruten.

En la entrada del Museo de Bellas Artes de Boston existe un cartel que dice:

Relájese. El arte está hecho para inspirar. No para intimidar.
No existe una manera correcta de mirar una obra de arte.
No existe una manera incorrecta.
Sólo existe su propia manera.
Relájese. Este es un museo, no un test.

Esto puede aplicarse también a la poesía. Escuchen este sencillo texto del poeta francés Jacques Prevert:

Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos de humo.
Volcó la ceniza
en el cenicero.
Sin hablarme
sin mirarme.
Se puso de pié.
Se puso el sombrero.
Se puso el impermeable
porque llovía.
Se marchó
bajo la lluvia
sin decir palabra
sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.

El tema de la palabra poética resuena en mí desde la experiencia poética misma, por dos caminos que se alimentan mutuamente: El de escribir poesía y el de traducir poesía. Dos experiencias signadas por un violento y amoroso forcejeo con el propio idioma para que diga lo indecible, un forcejeo como el del patriarca Jacob con el ángel para que me bendiga.
Desde hace muchos años y muchos libros vengo haciendo eso de escribir poesía; sin embargo me resisto a presentarme como poeta. Alguna vez estudié arquitectura y la ejercí durante veinte años. Y aunque hace otros veinticinco que abandoné esa profesión no tengo empacho en reconocerme arquitecto. Un título universitario me avala. ¿Pero poeta? La poesía me sucede, escribe a través de mí, y no siempre me encuentra permeable para atravesarme y hacerse palabra. Tengo iluminaciones pero no soy un iluminado. Alguna vez lo dije así:

No soy el gran poeta del salto planetario
o la palabra oceánica.
soy el pequeño artesano
que sigue, alumbrado por su verso,
el calor de su propia angustia
o el recorrido pluvial de la ternura
sobre el reverso de su piel.

Soy el oído desplegado sobre sí mismo
desde el paladar hasta la planta de sus pies
descifrando pausada, tensamente,
la oscura línea de fractura
entre sueño y piel.

Borges decía que “La poesía no se elige, no es una profesión. Simplemente sucede que a veces habla en uno.” Otro autor, menos prestigioso que Borges pero más gráfico, decía que escribir poesía es una cosa muy sencilla. Todo lo que hay que hacer es sentarse ante una hoja de papel en blanco y abrirse una vena.

Partiendo de la confesada ignorancia de los poetas acerca de la fuente de su propia inspiración, Freud equiparaba la tarea poética al juego infantil, sosteniendo que ambas, al igual que el humor y la fantasía adultas, procurarían hacerle pase de magia, hacerle como los toreros al toro, una verónica a la realidad, para escapar de ella y procurarse placer. No sé si es exactamente eso. Para mí, lo que hace la poesía es tratar de expresar, forzando el lenguaje, algunas sensaciones, emociones, imágenes, que se nos imponen y para las que no nos alcanzan las palabras comunes, las palabras transitadas. Y el desafío consiste, precisamente en decir eso indecible, con las palabras comunes a todos, transitadas por todos.

Yo diría que la relación entre el poeta, la realidad y el placer o entre el humor y la realidad, admite muchísimos matices y se me ocurre bastante complejo y diverso. Finalmente la menor mirada, el menor contacto, la mínima entonación, todo es máscara y transparencia, todo es texto y traducción, interpretación. Exorcismo de miedos y fantasmas mediante la sutil materia de la palabra, en el límite del misterio que somos. Y la tarea del poeta es la de andar delicadamente sobre el filo de la transparencia sin caer en ella; sosteniendo el escándalo de la ambigüedad, de la intuición, del deseo, de la ternura, de lo que verdaderamente nos preocupa, nos conmueve, este enigma que nos constituye, un espanto y una belleza insoportables.

Para decirlo con las palabras del gran arquitecto americano Louis H. Sullivan:

Uno no ve nada, en cuyo caso está satisfecho.
Pero una vez que uno ha penetrado bajo la superficie
uno ve tanto que se asombra;
luego ve un poco más y se desconcierta;
otro poco aún, y se asusta,
otro poco más y se enamora apasionadamente;
otro poco más y se llega a un estado morboso.
Más allá no sé qué sucede,
no he ido más lejos.

Yo creo que la facultad poética se conjuga en la primera persona del singular, y su punto de partida es abrirse a la conciencia de ser parte del misterio, aprendiendo a desconocerse, a mirarse como a un otro, a saber que uno es diferente de todos los demás, del mismo modo que lo son todos los demás. El arte poético comienza estando al acecho de las propias emociones y cazándolas vivas, con una red de palabras antes de que se enfríen,. Al menos ésta es mi experiencia. Mis poemas nacen cuando ellos quieren. Salvo cuando una conmoción extraordinaria da a luz de un tirón un poema que no permite que le corrijan una coma, --me sucedió alguna vez bajo impacto de cierta muerte imposible-- salvo ese caso, mis poemas se construyen por oleadas, a partir de una suerte de iluminación, que rescata de las tinieblas un resquicio en el misterio que me constituye, o brinda volumen a una inesperada relación conmovedora con algo que me rodea o me sucede. Entonces, en una especie de sueño a ojo abierto, en una sobria borrachera de imágenes y palabras, la pluma se vuelve una prolongación del brazo, del cuerpo y comienza a balbucear sobre el papel un texto, a menudo informe, mientras uno, inclinado sobre sí mismo, se observa escribir, en un extraño desdoblamiento. Uno escribe a veces gozosa, torrencialmente, y a veces con la oscura sensación de andar territorios peligrosos, arrancándose palabras del silencio y las tinieblas, haciendo equilibrio sobre el borde mismo de lo absoluto y la locura.

Cuando ese momento concluye uno encuentra sobre el papel un material recién nacido, palpitante, retazos palabreros de un sueño, demasiado empapados todavía de uno mismo como para juzgarlo, como para corregirlo. Aprendí a olvidar prolijamente ese sedimento rico e informe hasta que se enfría. Recién entonces lo puedo retomar, y puedo discriminar con sentido crítico qué palabras, qué imágenes no perdieron la conmoción original y siguen vivas. Allí comienza una otra manera de la creatividad, la verdadera aventura de construir el poema, suerte de montaje poético con algo de sueño conducido, teniendo por herramientas la intuición en una mano y el oficio en la otra. Ahí comienza el oficio del poeta, pulir, corregir, escuchar y sentir cada palabra como nueva, como ajena. Oscar Wilde solía decir que a un poema hay que trabajarlo tanto, hasta que parezca no haber costado ningún trabajo. El objetivo a lograr es un poema que provoque, por resonancia una conmoción similar a la de aquella iluminación primera.

Para lograrlo uno vuelve y vuelve a pulir el texto, afinando la sonoridad y desbrozando el follaje palabrero para que, con las palabras más sencillas resplandezca al trasluz la idea poética, el descubrimiento a compartir. Vaya como ejemplo que yo quiero:

La pesada plancha y la tijera de sastre
tenían la forma de las manos de mi padre.

El día y la noche, el dinero y la miseria
tenían la forma de las manos de mi padre.

La bronca y la dicha, el poder y la vergüenza
tenían la forma de las manos de mi padre.

El frío y la sombra, el llanto y la esperanza
tenían la forma de las manos de mi padre.

La mesa y la casa, la risa y la tristeza
tenían la forma de las manos de mi padre.

Cuando salí a la calle y me mire las manos
tenían la forma de las manos de mi padre.

Mi padre tenía unas hermosas manos y este poema nació como una simple evocación poética de su mundo, a partir de un verso que se me fue imponiendo por su propia cadencia:

TENIAN LA FORMA DE LAS MANOS DE MI PADRE

Al ir construyendo el poema se me impuso por su propio peso y para mi propia sorpresa ese último par de versos que resignifican a todos los demás y sin los cuales el poema no existe:

CUANDO SALI A LA CALLE Y ME MIRE LAS MANOS
TENIAN LA FORMA DE LAS MANOS DE MI PADRE

Yo que tanto quería diferenciarme de él, que creía haberlo logrado, era puesto por ese verso frente a un espejo desde el que yo me miraba con su rostro; un espejo al que no podía desmentir.

En el caso particular de mi poesía, los temas familiares ocupan un lugar importante, movido por las conmociones más viscerales. Dediqué a la muerte de mi madre un largo Kadish que abría un poemario que titulé, consciente y paradójicamente, LEJAIM, por la vida. Por otra parte, a la muerte de mi padre –a mi edad estamos hechos también a la medida de estas experiencias—a la muerte de mi padre, le dediqué un largo capítulo en el penúltimo libro de poemas mío, titulado PADRETIERRA. Allí escribí, entre otras cosas:

Frente a su ataúd me rasgaron la ropa
dejando mi orfandad a la intemperie.

Convoqué a papá, el sastre,
y él se incorporó en su caja
a zurcirme el desgarrón
con puntada prolija y menuda.

Sin hilo
tiraba una y otra vez de la aguja
y la herida iba haciéndose
más ancha y más profunda.

Y también:

En cuanto llego a casa telefoneo a mi padre
distraído de que acaba de estrenar ausencia.
De pronto me acuerdo y corto de inmediato,
no sea que papá atienda.

Pero no sólo de muerte están hechos los poemas íntimos, familiares. De mi mujer escribí:

Clara lava la vajilla

Toma afectuosamente un plato
y como si le enjabonara
el pecho y la espalda a un chico,
lo enjabona cuidadosamente
del revés y del derecho.
Acariciándolo luego con toda la mano
de ambos lados
lo enjuaga bajo el grifo
para dejarlo
de pie en la rejilla de madera,
recién bañado,
chorreando agua como un chiquito.

Después toma otro plato y otro y otro,
y luego los vasos, las tazas, los cubiertos
uno a uno
y trata a todos con idéntica ternura
con una dedicación pareja,
con ese afecto
que alienta en cada uno de sus gestos.

Como ven, en mi poesía, sobre todo en la familiar, privilegio la imagen sencilla, expresiva. De mis hijos, siendo chicos, escribí:

Una ardilla y una paloma
se apropiaron la geografía de nuestra casa.

Mi hijo la ardilla, dispara pies y manos
con la velocidad de la mirada.
Sólo se detiene ante las cosas que se mueven,
arma barcos enormes con sillas y almohadas
y desarma argumentos con unos ojos negros
listos para la fantasía y para la humorada.

Mi hija la paloma, anda con paso afectuoso por la casa.
Dándose tiempo acuna sus muñecas,
arropa la tortuga y sonríe con toda la cara.
Su paso se demora frente al espejo
descubriendo su cuerpito
perfumado por la gracia.

Cuando la ardilla y la paloma duermen
toda la casa, solemne de pronto, calla.

Y mis poemas más recientes, como supondrán, tienen por personajes a mis nietos. Algunos textitos cortos:

PASEO: Vamos, su manito en mi mano,
¿pero quién conduce a quién?
Yo lo llevo a la plaza, él, a mi niñez.
A la mano de mi padre,
--grande, nerviosa, callada--
a las manos de mis hijos,
la alegre y vivaz de su madre,
la inquieta de su tío...

Pero llegamos a la plaza:
Abro mi mano
y las suyas se hacen alas.

EXTRAÑO PÁJARO: Desde hace años está prohibido
circular por Buenos Aires a caballo.
Pero Martín, trasgresor nato,
no tiene empacho en andar por la avenida
a cara descubierta, cabalgando.
Montado sobre mis hombros va al trote
y para peor, cantando.
Sus piernitas en mis manos, sus brazos extendidos
somos una extraña suerte de pájaro.
Y así, entre vuelo y canto
se nos va la tarde, galopando. (marzo 2001)

El MIEDO de los BUENOS: Martín es Tarzán, Batman y El Zorro,
un Power-Ranger, un pirata y Superman.
Fuerte y valiente, a espada o puño limpio
lucha casi siempre del lado de los buenos.
De pronto se detiene y pregunta:
“¿Los malos también tienen miedo?” (febrero 2002)

ZOOLÓGICO: En su primera visita al Zoológico
Martín observó a los animales:
El león y el “hipopota”
le dieron miedo y le resultaron malos
por sus rugidos uno, por su bocaza el otro.
En cambio el elefante, la jirafa y los monos
eran, a sus ojos, buenos “mostros”.

También así, a su manera, observa a la gente:
Uno lo presenta orgulloso a un amigo
y Martín, tras echarle un vistazo,
le descerraja tajante un “no guta”
y se abraza fuerte a uno
o simpatiza con el amigo a primera vista
y le sonríe con todo el rostro.
Temprano descubrió Martín
que el mundo todo es un zoológico. (abril 2001)

Espero no haber aburrido demasiado a quienes no tienen nietos. Además, no sólo de temas familiares está hecha mi poesía. Allá por 1980 publiqué un libro de poemas que titulé HOMENAJE a ABRAXAS. Abraxas es una divinidad que aparecía en el Demián de Herman Hesse, una divinidad que reunía en sí al mismo tiempo lo angélico y lo demoníaco, y esa imagen me interesó, fue un descubrimiento de mi madurez, quebrando lo esquemático, la mirada rígida de buenos y malos como entes separados. Los héroes bíblicos son todos humanos, multifacéticos. Y ese poemario mío comenzaba precisamente con un poema que decía así:

Exagero
como las pesadillas y los cuentos
para no mentir ni que me crean.

Soy la doble imagen del espejo,
judaísmo diestro: mano sonrisa y sueño;
judaísmo siniestro: ojo, cerebro y culpa.
Uno me ata a la vida, el otro a la palabra yerta;
uno me nutre, el otro me atormenta;
uno me enorgullece, el otro me avergüenza;
uno me rejuvenece, el otro me avejenta.
Soy simultáneamente la gran ciudad y la pequeña aldea;
el vuelo loco y la piedra;
la superstición, la sutileza, la aristocracia y la miseria.

Como las pesadillas y los cuentos
exagero
para no mentir ni que me crean.

A esta misma línea pertenece mi poema “Los dueños de las dudas” que dice así:

En la vereda de enfrente
están los dueños de la verdad escriturada,
los propietarios de la seguridad
del ignorante;
de este lado estamos nosotros,
los dueños de las dudas
sentados a una larga mesa en llamas.

Somos
los que sabemos que no sabemos.
Los que sabemos que no es luz esta claridad,
que este permiso no es la libertad,
que este mendrugo no es le pan
y que no existen una sola realidad
ni una única verdad.

Somos
los hijos de los profetas
pero también hijos de aquellos
a quienes los profetas maldecían; somos
los que desafinan en los coros de los istas.

Somos
los que confían en la marcha de la historia
sin darla por sobreentendida.
Escépticos y optimistas,
compartimos el pan de la duda,
sentados a una larga mesa en carne viva.

También hay poemas míos producto de algunos viajes a sitios que me conmovieron, como Masada:

Aferradas como manos a la roca judía,
las ruinas siguen de pie, prestando testimonio.
Trescientos metros más abajo
los romanos, hechos polvo,
son fantasmas que amenazan todavía la memoria.

Sin territorio bajo su tierra,
con una Biblia en su pasado
y un futuro de profetas,
Israel sigue cercada en el recuerdo
por hordas nazis que queman el ghetto de Masada,
mientras las fortalezas de Vilna y de Varsovia
caen en manos de las legiones romanas.

Y el siguiente está escrito tras andar Jerusalén antigua:

Rodeada de murallas
cuya caída vuelve a estallar en la memoria
con las copas quebradas
bajo los palios nupciales,
Jerusalén antigua,
anclada en Israel tras todos los exilios,
yergue su muro judío
palpado y hendido por manos familiares
que deslizan mensajes en sus brechas
para que el muro intervenga en su destino.

Bueno, creo que ya es tiempo de detenerme. Termino con un poemita cuyo epígrafe es un refrán ídish: “Vivir vale la pena aunque sólo sea por curiosidad”. Este textito se titula “Escrito en sueños” y dice:

En cualquier lugar, siempre que sea aquí.
En cualquier momento,
siempre que sea ahora.
De cualquier color, siempre que sea azul.
En cualquier lengua, siempre que sea en ídish.


Muchas gracias.


Caracas, Noviembre 2005





Viviana Marcela Iriart: “La Casa Lila”. Dos Fragmentos de Recuerdos aún no olvidados... de una desesperación/ artículo de Félix Esteves, Caracas noviembre 2011


El Rosedal, Buenos Aires octubre 2011



Una Impresión muy personal sobre "Vivi"


 Viviana Marcela Iriart nace en La Plata, a mediados del siglo pasado, cuando Argentina crecia vertiginosamente y se deslumbraba como una de las grandes naciones del mundo, pero Vivi como le decimos los amigos, poco disfruto de esa riqueza, como mucho de los argentinos, que vieron quebrantados sus sueños de libertad por las duras y demoníacas dictaduras que ensombrecieron la pampa, el esterero, el majestuoso Aconcagua, los suelos de hielo de la Antártida albiceleste.

Buscada y encarcelada en su tierra por mostrar manos al cielo, por gritar libertad, y escribir con mordacidad e inteligencia los hechos erróneos y horrores de la dictadura, tiene que exiliarse a otros mundos: abandona tristemente el cielo sureño y su vista se dirige al norte, a un poco más de la línea ecuatorial, pisando tierras venezolanas, aunque dejo su pensamiento y su corazón – como diría Eladia Blazquez- … “mirando al Sur”.

Poco a poco se abre camino en el mundo cultural en Venezuela ejerciendo diferentes cargos en el mundo teatral y periodístico. Viviana se adapta rápidamente al mundo de una Venezuela pujante y saudita, sin olvidar sus raíces, sin desmemoriar su pasado. Todavía en sus letras se oyen altos ecos de aquella rebeldía de su juventud, Viviana cambia su exterior como los arboles en el tiempo, pero que aún sin hojas, que aún sin flores, que aún sedientos en verano, siguen dando frutos: sus frutos son sus cuentos, sus novelas, su esplendida prosa.

La sombra de un gobierno dictatorial y los viejos temores regresan a ella cuando se monta al poder un militar en Venezuela, la escritora y periodista vuelve su mirada al Sur, y sin casi avisar, como hacen las aves migratorias retorna su viaje al frio… a la aciaga tierra de Storni, Cortázar y Gardel. Desde City Bell nos llegan sus trabajos, sus letras bañadas de “Oro y Plata”.

Me imagino a Vivi, como la María de Aníbal Troilo y Cátulo Castillo “como el paisaje de la Melancolía, que llovía...llovía, sobre la calle gris”... escribiendo ahora con sus pies y su mente en su tierra azul, con su cabello negro ahora teñido de blancos y grises pensamientos y recuerdos, pero de seguro con su corazón mirando al azul venezolano de un Mar Caribe.

©FélixEsteves
Caracas, 21 de noviembre de 2011





La Casa Lila  de viviana marcela iriart  (fragmento)



 




Capítulo VII

(...) Me alejo y me siento en un sillón. Qué placer poder mirar sin consecuencias. Me gusta observar a la gente, adivinar sus vidas por sus gestos, un gesto dice más que mil palabras.
En este país las personas, en general, tienen la mala costumbre de vivir no como quieren sino como deben, siguiendo normas que nadie sabe quién ni cuándo creó. El uso de la libertad es un derecho duramente castigado. Es como si dijeran: si yo me someto, todos deben someterse. 

Siempre que regreso siento que me colocan un corsé, y encima de una talla más pequeña del que me corresponde. 

No encajo, nunca encajé. 

Quizá por eso me fui. 

Porque a una extranjera se le tolera que no conozca las reglas, simplemente está fuera de ellas. 

Una extranjera, además, nunca encaja, desde el exacto momento en que abre la boca y un acento extraño golpea los oídos nacionales, molestando. 

Pero duele menos ser extranjera en país ajeno que ser tratada como extranjera en tu propio país.
Ninguna diferencia se perdona, racial, sexual, religiosa, pero la diferencia que menos se perdona es el ejercicio de la libertad. Por ella supuestamente matamos pero por sobre todo, nos matan.(...)



Capítulo XI

Pasan tres niños pequeños montados en un viejo caballo grande. 

Pasa la niña que fui yendo a la escuela en sulky. 

Los niños ríen, son felices. 

También yo lo era, entonces. 

Se paran delante de una mora rozagante de frutos y las manitas revolotean en el aire, desesperadas. 

El caballo pasta, tranquilo, indiferente a sus brincos. 

La mora baja sus ramas para amamantar a los niños con su leche negra.



©Viviana Marcela Iriart
La Casa Lila

Fotomontaje:  ©Félix Esteves






Lesbianas de Papel en Caracas: Lectura y discusión de “Noche con Nieve y Amantes” de Dinapiera Di Donato, miércoles 30 de noviembre de 2011





El próximo miércoles 30 de noviembre a las 7 p.m se hará  lectura y  discusión de la novela “Noche con Nieve y Amantes” de la escritora Dinapiera Di Donato, moderado por Cecilia Torres.  Para mayor información comunicarse con el teléfono  632.52.91

Dinapiera Di Donato: Narradora y poeta venezolana, nació en Upata, Bolívar en 1958. Cursó una licenciatura, maestría y DEA en estudios hispanoamericanos en la Université de Paris VIII (Francia). En Venezuela fue profesora agregada en la Universidad de Oriente. Cursa estudios doctorales en el Graduate Center de Cuny y enseña español y francés en universidades de Nueva York. Ha obtenido, entre otros, el Premio de Poesía Ateneo de Guayana (1986), el Premio de Narrativa Bienal Daniel Mendoza del Ateneo de Calabozo (1989), el Premio de Narrativa X Bienal José Antonio Ramos Sucre (1990), el Premio de Narrativa Alfredo Armas Alfonzo (1994) y el Premio de Narrativa Concurso Literario Universidad de Oriente (1997). Fue colaboradora de diarios y revistas venezolanas y de la revista Correo de la Unesco. Relatos y poemas suyos han aparecido en antologías como: Timor: do poder das armas a força do amor (Portugal, 2002), Las voces de la hidra, la poesía venezolana de los años 90 (Venezuela, 2002), El hilo de la voz (Venezuela, 2003) y Aquí me tocó escribir (España, 2006), entre otras. Ha publicado Noche con nieve y amantes (Fundarte, Caracas, 1991), La sonrisa de Bernardo Atxaga (Fondo Editorial Predios, Upata, 1995) y Desventuras del ocio (Fondo Editorial del Estado Sucre, Cumaná, 1996).


 
Programación completa

Miércoles 02 de Noviembre de 2011, 7pm
I. Sexo, sexualidad y poder
II. Feminidad, feminismo y lesbianismo: Aproximación al lenguaje público
de la lesbiana dentro de la sociedad

Miércoles 09 de Noviembre de 2011, 7pm
III. Erotismo y lesbianismo
IV. Literatura lesbiana, performatividad y personaje

Miércoles 16 de Noviembre de 2011, 7pm
V. Representación
Heteronormatividad y experiencia sexual lésbica / Lectura y discusión de
fragmentos de “La Flor Escrita” de Carlos Noguera.

Miércoles 23 de Noviembre de 2011, 7pm
VI. Representación de la lesbiana en la lógica de la novela erótica: Erotismo
y lesbianismo / Lectura y discusión de fragmentos de “La Favorita del Señor” de
Ana Teresa Torres.

Miércoles 30 de Noviembre de 2011, 7pm
VIII. Representación de la lesbiana desde la mirada del lesbianismo: El
lesbianismo entre líneas / Lectura y discusión de narraciones de “Noche con Nieve y Amantes” de Dinapiera Di Donato.


Arquivo N: Homenaje a Elis Regina, Tv Globo, 2002



















Simone de Beauvoir, muito mais do que "O Segundo Sexo": videos





Participación especial: Fernanda Montenegro



















"Objetos Perdidos" poema manuscrito de Julio Cortázar











Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me acechan con sus cantos
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
Dónde están tu nombre y tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño
si solamente estás donde ya no te busco


Mendoza,
Argentina, 1944













Homenaje a 100 años de su nacimiento y 30 de su partida: 
26 Agosto 1914 - 12 Febrero 1984 / 
Homenagem aos 100 anos de seu nascimento e 30 de sua partida:
 26 agosto 1914 - 12 fevereiro 1984






Arquivo N: Homenaje a María Bethania, TV Globo, noviembre 2011





Con la participación de Gal Costa, Caetano Veloso, 
Chico Buarque, Gilberto Gil, 
Fernanda Montenegro,  Antonio Fagundes, Glauber Rocha…











María Esther Gilio: “El exilio no es sólo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos", Página 12, 2007


Escribe, memoria, por María Esther Gilio

 “El exilio no es sólo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos
sino también de enfrentar este hecho con un interior desbaratado.”


Sola en Buenos Aires, recién llegada de París desde el exilio, María Esther Gilio buscaba en un diario empleo de secretaria: había perdido por completo la confianza en su oficio de periodista después de que Jacobo Timerman rechazara su entrevista a Pablo Neruda. Pero una analista, varios amigos y la escena de la manteca de Ultimo tango en París cambiaron la historia. Y ella misma la cuenta.




En el Río de la Plata se ha escrito poco sobre el exilio. Siento esto cada vez que hablando sobre el tema alguien dice: “¡Estar en París y extrañar Montevideo! Sólo un loco”.

El exilio no es sólo el dolor de estar lejos de todo lo que amamos sino también de enfrentar este hecho con un interior desbaratado. Las piezas que conformaban nuestro aparato psíquico están ahí, ¿pero dónde?, ¿qué hacer para encontrarlas? De esto quiero hablar. De la fuerza y la confianza que es necesario rescatar antes que nada, ya que sin ellas en esta maraña en que estamos hundidos no podremos hacer nada.

Esta pequeña historia que contaré habla de ese rescate.

Vengo caminando por Federico Lacroze, en Buenos Aires, en una mañana soleada pero fría, con la cara empapada en lágrimas. Tantas que no veo a la gente que se cruza conmigo.

–¡María Esther!
–Sí, ¿quién sos?
–Haroldo.
–¿Qué Haroldo?
–¿Cuántos Haroldos conocés? Haroldo Conti.
–Ay, Haroldo.

Haroldo abrió los brazos y yo me metí en ese espacio que me ofrecía. “Ay, Haroldo.”



–¿Qué pasa muchacha, qué pasa?
–Volví hace un mes de París, pero no a Montevideo.
–Pero vos sabías que no volvías a Uruguay.
–Sí, sabía. Pero pensaba que Buenos Aires era lo mismo.
–Escuchame, lo que te pasa es normal. Vas a salir, pero sería bueno que alguien te ayudara.
–¿Quién?
–Un profesional.
–¿Un psicólogo? No tengo plata.
–Llamame mañana que te doy el número de una psicoanalista que te va a atender. Ella verá la manera.


Dos días más tarde llamé a Elba, la psicoanalista que vería la manera.

–¿Quién dijiste que eras?
–María Esther Gilio.
–No, mirá, yo no puedo atenderte. Me gustaría, pero no puedo. Tenemos muchos amigos en común. Te doy el número de otra profesional que es tan buena como yo. Llamala.

Llamala vos, idiota, pensé. Estaba ofendida, disgustada, triste, desconfiada. “Amigos comunes.” Indiferente, egoísta. No llamaré a tu recomendada ni a ninguna psicoanalista que viva en este mundo. Habían pasado dos o tres días cuando al subir del subte, en la calle, me crucé con Aldo Guglielmone.
–¡Aldo!
–¡María Esther! No sabía que estabas acá. ¿Cuándo llegaste? Vení, vamos a tomar un café.

Sentados a una mesa de un café de Plaza Italia hablamos de mis sufrimientos y, sobre todo, de la analista que se había negado a atenderme. Fijate vos que esta cretina, que se llama Elba no sé qué, no quiere atenderme porque tenemos amigos comunes. Podía haber inventado otra excusa, algo más creíble.

Aldo miraba su café en silencio. Lentamente ponía azúcar, cuidando de no llenar la cucharita y revolvía con igual cuidado. Estaba distraído. “Aldo, no me estás escuchando.” Me miró, puso su mano sobre la mía y dijo: “Elba Azardui es muy amiga mía. Te digo más: fue mi mujer hasta hace unos cuantos años, en que nos separamos”.

Dos días después llamé a Ema, la recomendada de Elba, quien había dejado de ser indiferente y egoísta. Ema me citó para el día siguiente y en dos minutos resolvió el problema del pago. Cuando empezara a trabajar le pagaría. ¿Usted cree que rápidamente voy a encontrar trabajo?  Ema me miró en silencio.

–Bueno, si usted lo dice. Pero de periodista, no.
–¿Por qué no?
–Mi periodismo acá no funciona.
–¿En qué sentido?
–Jacobo Timerman, después de leer en su diario la entrevista a Neruda que había aceptado publicar su director de Cultura, Juan Gelman, me dijo que no sabía cómo “eso” había llegado al diario.
–¿Cómo se lo dijo?
–Me lo dijo al cruzarse conmigo en un corredor de La Opinión. “Che, qué cagada me encajaste, ¿cómo hiciste para convencer a Juan de que te publicara eso?”. Dése cuenta. Si hay algo que no puedo hacer es periodismo.
Ahí hubo dos opiniones. Una de Juan Gelman, otra de Jacobo Timerman.
–Confía más en Jacobo Timerman...
–No, no sé.
–Creo que sí.
–Sí, tal vez.

A partir de ese día, fundamentada mi decisión de no hacer periodismo, empecé realmente a buscar trabajo. Todos los días abría Clarín en “Trabajos se ofrece” y revisaba, con un bolígrafo en la mano, “secretaria se precisa”. Pero qué lejos estaba de ser una secretaria medianamente aceptable. Mala en la máquina, que escribía con alguna rapidez, pero con dos dedos; mala en idiomas, porque si bien podía revolverme en tres o cuatro, sólo español hablaba y escribía fluidamente.

Hacía casi un mes que buscaba cuando Tomás Eloy Martínez, que me conocía de tiempo atrás, me llamó desde La Opinión. “¿No querrías hacer unas entrevistas sobre El último tango en París, que acaba de ser prohibida?”

–No, no sé...
–¿Cómo que no sabés? Esta es una nota para vos.
–¿Puedo contestarte mañana?

Llamé a Ema, quien me citó para esa misma noche a las 9 y media. Fui serena. Es verdad que precisaba trabajo, pero no quería hacer periodismo y por más que Ema se lo propusiera, no me convencería.

–Vamos a suponer que acepta hacer la nota. ¿Qué puede pasar?
–Puede pasar que no sirva.
–En ese caso, ¿usted se daría cuenta?
–Apenas entrevistados el juez y el fiscal ya sabría si el material conseguido era el indicado.
–¿El indicado para qué?
–Para reflejar el espíritu provincial y reaccionario de estas dos personas que aprueban la prohibición del film.
–Es decir que tiene claro cuál es el objetivo de las entrevistas.
–No sé qué quiere Tomás. Yo aspiraría a eso.
–Tal vez él quiere conocer los argumentos que llevaron a esas personas a tomar la decisión.
–Pienso que si fuera sólo eso, habrían encargado el trabajo a cualquier chico o chica de “Vida cotidiana” o de “Espectáculos”.

Ema quedó en silencio mirándome.

–Usted no es cualquier chica de “Vida cotidiana”.
–No.
–¿No?
–Creo que no.
–¿Entonces?
–No sé –dije.

Por un largo rato ambas quedamos en silencio. Yo, mirando un bolígrafo que había hecho girar entre las manos durante toda la sesión. Ema, mirándome a mí.

–Bueno –dijo ella finalmente–. La espero el martes a las 3, como siempre.

¿Qué había pasado? ¿Yo le había prometido que haría el trabajo? ¿Ella pensaba que lo haría? ¿Debería hacerlo para complacerla? Bajé del ascensor y miré el reloj. Faltaba un rato para las 10 y veinte. La sesión había sido quince minutos más corta. Me senté en el escalón, contra la pared, un lugar oscuro desde donde veía la calle Córdoba, a esa hora todavía tapada de autos que se deslizaban veloces hacia el norte. ¿Qué fue lo que hablamos? ¿Qué fue? No sé. Yo dije que no era una aprendiza, o algo así. ¿Qué quise decir? ¿Que puedo hacer bien mi trabajo? ¿Eso quise decir? Sí, eso fue lo que quise decir. ¿Por qué, si no quiero volver al periodismo? Porque es verdad. Lo dije porque es verdad. Sin embargo, no siempre es verdad. En Uruguay es verdad. Aquí también, para Tomás Eloy y para Juan Gelman. ¿Qué pensé antes de la sesión, cuando todavía estaba en casa? “Ema no me convencerá.” Sin embargo, estoy dudando. ¿Qué dijo para hacerme dudar? Veamos. Debo repasar la conversación con calma. Prolijamente. En algún momento dijo: “Usted puede”. No sé cuándo, pero seguramente lo dijo. ¿O no? No, eso no lo dijo nunca. Y si lo dijo, no lo recuerdo. No recuerdo esas palabras. Algo tiene que haber dicho, sin embargo. Ya me voy a acordar. Tengo que esperar. Tranquilizarme y esperar.

Salí a la calle y empecé a caminar hacia el sur. Eran más de las 12 cuando metí la llave en la puerta del edificio donde vivía, en Cochabamba y Defensa. Había caminado más de cuatro kilómetros. Me sentía excitada, cansada, con la cabeza llena de niebla y confusión. Cuando abrí los ojos a las 8 del día siguiente, me levanté rápido pues debía preparar las preguntas para la entrevista. “Si fracaso, la culpa es de Ema”, me dije, y reí en voz alta sin saber por qué. A las 12 bajé al bar de los gallegos para telefonear a Tomás, quien se mostró contento de que hubiera aceptado. “Pensaba que ni siquiera te molestarías en llamar”, dijo y me pasó la dirección y la hora de las citas ya combinadas por el diario. Una sería esa tarde a las 5; la otra al día siguiente entre 12 y 2. Yo decidía. Pensé en la ropa. Pantalón beige, camisa blanca, y el blazer escocés, gris, beige y blanco. No debía mostrar a mis entrevistados que aceptaba la película ni que la rechazaba, pero de mi aspecto debía surgir que pertenecía al sector de los que se sentían agredidos por la grosería de las escenas en cuestión.

Mientras subía las escalinatas del edificio, donde encontraría al fiscal, recordé las palabras con que las leyes uruguayas aludían al acto sexual que había provocado el escándalo y decidido la prohibición: “Acto sexual que se realiza por vaso indebido”. ¿También las leyes argentinas lo designarían de esta manera?

Un portero me condujo al despacho del fiscal, un hombre de rostro afable y clase social tan definida que no era necesario recurrir a su apellido que daba nombre a una calle para saber que pertenecía al grupo de los privilegiados. No recuerdo qué dije, luego de presentarme, pero sí recuerdo que ante una pregunta mía sobre su apellido –Beruti– se metió con placer evidente, pero también con mesura, en el tema de sus antepasados. “Veo que esto le interesa”, dijo finalmente. “Sí, me interesa esto que cuenta”, dije con mi sonrisa más juiciosa mientras sacaba mi libreta de la cartera. Ya sabía, en ese momento, que mi entrevistado había bajado sus defensas y se disponía a hablar con su indudable honradez y sin tomar ningún cuidado por ocultar sus convicciones decimonónicas. Así lo escuché atacar con inesperada vehemencia esas escenas que “agredían de manera inexcusable al pudor público medio” y luego, cuando yo aludí a las dificultades que la elucidación de este concepto presentaba en la práctica, vi cómo trataba, con una sonrisa, de borrar el fastidio que dominaba su rostro. Siempre con ese fastidio en su cara y aquel proyecto de sonrisa, que procuraba ocultarlo, habló de los novios “que van a ver la vista, y después, vaya uno a saber a dónde van. Usted puede imaginarlo”, dijo mirándome a los ojos. Yo dije que no sabía, ante lo cual él abrió los brazos y miró hacia el techo en un gesto que tal vez significaba “¡Pero mi Dios, a quién me mandaron!”.

Después de unos diez o quince minutos di por terminada la entrevista, guardé mis cosas y saludé al fiscal, quien se empeñó en acompañarme hasta la escalera con actitud tan paternal que me llenó de culpa cuando más tarde me dispuse a escribir la nota.

El otro juez –Arnaldo Correa–, a quien entrevisté al día siguiente, se tiró a explicarme, sin esperar mis preguntas, el artículo 128 que prohíbe la “exhibición, publicación y reproducción de imágenes obscenas”. Respondió velozmente a alguna pregunta con apariencia inocente como: “¿Y por qué cree usted que va tanta gente a ver el film?”. Y pasó luego a atacar duramente a Bernardo Bertolucci, quien había colocado como protagonista a un pervertido, al tiempo que había exaltado hasta límites inaceptables el acto sexual. Pero además, me dijo, levantando la voz de manera inesperada, ¡los chicos del secundario!

–¿Qué pasa con los chicos del secundario?
–Dicen Dánica.
¿Qué es Dánica? –pregunté con inevitable aire de inocencia o bobería.
–¡Cómo qué es! ¡Manteca! Dánica para untar, dicen. ¡Señora! ¿Usted recuerda el uso que da el protagonista a la manteca en el film?

De pie con los brazos en alto era difícil saber si quería matarme por perversa o echarme a la calle por idiota.

–Soy uruguaya –dije simulando aire asustado–. No sabía.
–Sólo así se explica –dijo sentándose de un golpe y poniendo la cabeza entre las manos–. ¿Se da cuenta? Dánica, manteca para untar –repitió en voz inesperadamente baja y melancólica, abrumado tal vez por la dureza de la vida que no ofrecía las armas que harían posible la protección de la inocencia. Cuando salía, me saludó poniéndose apenas de pie. Era evidente que estaba cansado y un poco deprimido.

La entrevista que apareció en la contratapa de La Opinión movió a muchos lectores a preguntar al diario de quién era esa nota sin firma. Daniel Divinsky supuso que era mía y me llamó. “¿Qué pasó que no firmaste?”, dijo.

Dos días después, sentada frente a Ema, trataba de adivinar si sabía que ese trabajo era mío. Pero, claro, no podía esperar que ella lo dijera. Esas cosas razonables no son las que hacen los analistas. Callada, inescrutable, me miraba esperando que yo empezara. Finalmente empecé.

–¿Leyó mi nota?
–¿Dónde?
–En la contratapa de La Opinión.
–¿Se refiere a las entrevistas al fiscal y el juez? La leí.
–¿Le gust... –empecé a decir, pero quedé en silencio.
–¿Qué iba a decir?
–Nada, nada importante.
–¿Le costó mucho hacer el trabajo? –dijo ella.
–No.
–¿Quedó satisfecha? ¿Le parece bueno lo que hizo?
–Sí, me pareció bueno.
Sonrió.
–Quiere decir que ya no duda de su posibilidad de escribir.
–Yo no diría tanto.
–¿Qué diría?
–Que hay algunas cosas que puedo hacer bien –dije.

Ema, estoy segura, había leído la nota, sabía que era buena y tenía claro que haberla escrito significaba un éxito para ambas. Pero, por supuesto, nada dijo, ni sobre esta ni sobre lo idiota que había sido al dudar de mi capacidad para hacerla. Y aunque toda la sesión me miró con la seriedad concentrada que acostumbraba, sé que una sonrisa feliz pugnaba por aparecer en su rostro.

A partir de este momento empecé a ganar mi vida. Recorrí las redacciones donde era relativamente conocida por haber publicado, en la Argentina, La guerrilla tupamara, y en la mayoría me encargaban notas cuyo precio me abstenía de discutir. Decía sí a casi todo lo que me pedían, lo hacía lo mejor que podía y tomaba sin protestar el dinero que me pagaban, en general poco, como es la costumbre con los colaboradores en esta zona del mundo.

A partir de este momento sentí que podía mantenerme escribiendo. Es decir, sentí que el problema trabajo se había resuelto. Tenía otros, pero de la resolución de éste dependía la tranquilidad que me permitiría abordarlos.


©María Esther Gilio
Domingo, 7 de enero de 2007