la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





Obama cantado por Joan Baez, por Alicia Dujovne Ortiz, La Nación, agosto 2008






Joan Baez, en el centro, participa en toda marcha
contra las guerras entabladas por Estados Unidos;
ya ho había hecho en el caso de Vietnam


PARIS

Las fotografías de la gira mundial del candidato mestizo (y no negro, como suele decirse) a la presidencia de los Estados Unidos hablan por sí solas. Fascinadas multitudes alzan los blancos brazos hacia él, sobre todo en Berlín, donde se quedó unos días y donde dijo, ante 200.000 personas, que ansiaba derrumbar todos los muros del planeta. Pequeñas pero igualmente fascinadas concentraciones en Londres y en París, donde se quedó menos (para no aparecer como un sofisticado ante la Norteamérica profunda que quizá vote a Mc Cain). Y encuentros personales exitosos con los dirigentes alemanes, franceses, ingleses, iraquíes, afganos, palestinos, israelíes. Si en los Estados Unidos el fútbol representara lo mismo que para nosotros, calificarían la gira de gol de media cancha. Algún gol deportivo, de todos modos, hizo Barack, al alzarse apenas sobre la puntita de los pies para introducir con gracia la pelota en un cesto de básquet como si nada, ni lo físico ni lo intelectual, le costara trabajo.
Sí, esas fotografias decididamente lo favorecen. Su soltura, su simplicidad y la calma de sus ademanes contrastan con los gestos crispados de un Nicolas Sarkozy, el espesor algo palurdo de un Gordon Brown, el batir de palmas candoroso y alborozado de una Angela Merkel. El, digno y mesurado, se limita a sonreír, y la sonrisa también le sale sin esfuerzo.

Al releer lo que precede, me doy cuenta de que, vade retro , este retrato podría pasar por el de un líder carismático de los que apuntan a las entrañas del pueblo con un discurso visceral, echando arena en los ojos para encauzar el descontento popular en provecho propio; vale decir, ese líder que no desearíamos ver reproducido en ningún país. Lo extraordinario es que aquí se trate justamente de otra cosa. El discurso de Barack se dirige al sentimiento, sí, pero a un sentimiento (" I have a dream ", decía Martin Luther King) depurado, tamizado, elaborado por la razón. En esas condiciones, y aunque conquiste a su pueblo y a varios otros, Barack no es un seductor, si entendemos por eso el que suscita el sentimiento sin experimentarlo en carne propia, el que pone en escena los deseos del otro para servirse de él. Un seductor con un sueño razonado que va al cerebro y no a las tripas no es un tiranuelo en potencia, ni un Burlador de Sevilla, es alguien en quien creer.

Lo importante es que esto último lo diga alguien con la trayectoria justa como para que su afirmación cobre sentido. Me refiero a Joan Baez. En una entrevista concedida a Raphaëlle Bacqué y a Annick Cojean para Le Monde , la diva folk , la de los años de peace and love , la que se opuso a la Guerra de Vietnam y cantó en Hanoi bajo las bombas, la que siempre acompañó las luchas de su tiempo con esa voz de una pureza perfecta, confiesa su propio sueño, similar al del pastor King, del que fue ardiente seguidora: "Sueño con que Obama, presidente, reúna y unifique un país dividido desde hace demasiado tiempo", y encima agrega: "Yo también, como Michelle, por fin estoy orgullosa de ser norteamericana".

Recordemos que la declaración de la mujer de Obama había levantado olas, y que la rubia y compuestita señora Mc Cain había aprovechado la ocasión para clamar a los cuatro vientos un patriotismo impoluto: "Yo siempre he estado orgullosa de serlo". Nada tiene de raro, si se me permite la observación, dados los itinerarios de las dos esposas: para una, surgida de un gueto negro, un diploma de honor y una brillante carrera de abogada; para la otra, un imperio cervecero recibido como herencia. (Y pido disculpas por incurrir yo misma en la aberración de llamar simplemente Michelle a esa mujer inteligente, valerosa, centrada y, como ella misma declara con una gran carcajada, menos tarambana que su marido. En general, rehúyo la costumbre de dejar a las esposas sin identidad propia, como si hubieran nacido el día de su casamiento. Lo cierto es que no conozco el apellido de Michelle; también es cierto que desconocer el de la señora Mc Cain me preocupa menos).

"Pasa algo único entre nosotros -se entusiasma Joan Baez, que, feminista sesentista, siempre se preció de no ser señora de nadie-; algo luminoso que nunca habría imaginado dentro de la negrura y el sopor que se han apoderado de nuestro país durante siete años. Algo que moviliza, motiva, reanima. Toda la vida me he negado a comprometerme con la politiquería, pero lo que hoy ocurre es demasiado entusiasmante como para no reaccionar: masas de norteamericanos están dispuestos a tener un presidente negro. Es la cosa más sana que se haya producido aquí desde hace mucho".

Baez no puede ignorar que Obama, de padre keniano y madre norteamericana blanca, no puede ser considerado negro sino, lo repetiré hasta el hartazgo, mestizo. Ella lo sabe como nadie, puesto que, con su padre mexicano y su madre escocesa, en los Estados Unidos también lo es. Quizá lo llame negro para poner de relieve la refrescante novedad del fenómeno que, en efecto, merece ser recalcada y proclamada con bombo y platillo. En todo caso, tanto una como el otro poseen la apertura de quien, al sentirse doble, no cabe dentro de los límites de una sola nación. Baez le escribió a Obama y recibió una respuesta "dentro del espíritu de la no violencia" (es interesante enterarse de que el candidato presidencial tiene la foto de Gandhi en su oficina). Para los dos, decir "pacifismo" es también hablar de una solidaridad que trasciende fronteras y derrumba muros vergonzosos.
Por eso mismo, no tiene nada de sorprendente que la cantante siempre se haya opuesto a saludar la bandera norteamericana con la mano en el pecho, "recitando burradas" como ella misma dice. Ciudadana del mundo, cuando los obreros mexicanos a los que defendía le preguntaron encantados si se sentía latina, ella les echó un jarro de agua helada: "No, ni tampoco escocesa". Nunca se ha cansado de reivindicar lo que ella llama "mi colorcito"; pero eso no le parece motivo para embanderarse en una causa que no sea de todos.

Conocer la historia de la familia Baez permite comprender ese tonito un tanto puritano, de mujer de principios, que siempre caracterizó sus actuaciones y que alguna vez, en tiempos pasados (y mejores) nos pudo hacer sonreír. Hijo de un pastor metodista que había decidido compartir la vida de los desheredados, curiosamente no en su país sino en el de más al Norte, su padre llegó a los Estados Unidos a los dos años de edad. El se volcó a la ciencia, pero terminó volviéndose cuáquero, junto a su mujer escocesa, también hija de pastor. Aunque a Baez la educación austera que recibió de chica le resultara triste, es evidente que sus ideales vienen de allí y de sus viajes: durante su infancia vivió en un montón de países, entre ellos Irak. Por sus orígenes y por su historia, la chica de piel bronceada que conoció en su país la discriminación étnica no podía ser otra cosa que partidaria de Barack Obama.

Joan Baez tampoco puede ignorar que su adhesión es todo un símbolo. La mujer de pelo cortito y canoso que sigue cantando en todos los escenarios del mundo, y participando en todas las batallas, muy en particular contra la tortura y la pena de muerte, no es ningún fantasma. Se la puede ver y escuchar. Nadie la ha olvidado. Por otra parte, sus principios siguen siendo lo que siempre fueron, cosa que esta época, que ya no los tiene, o que los tiene menos, es muy de agradecer. Suerte que haya tenido la tozudez necesaria como para haberlos guardado intactos, sin polvo ni verdín.


Pero además de ser ella misma, y de serlo hasta hoy, Joan Baez representa un ardor y una efervescencia que parecían desaparecidos bajo una gruesa capa de "negrura y sopor". Al cabo del tiempo, las bromas que nos permitíamos acerca de los hippies con sus florones y sus pelos y sus dedos en V y sus resbaladas por el barro de Woodstock han perdido toda validez. Con los collares y las vinchas y la mística de la naturaleza y del amor, no la guerra, o sin ellos, aquélla fue una época en la que creíamos poder elegir; cuando todo nos parecía posible; cuando pensábamos estar inventando el mundo. Una época en la que la imagen de los Estados Unidos significaba, además de la Guerra de Vietnam, cierto modelo de "progreso" y de consumo a resistir, que no se ha vuelto a dar con semejante fuerza. Tanto tiempo después, Michelle y Joan pueden estar orgullosas de ser norteamericanas, y muchos de nosotros quizá podamos reconciliarnos con esa idea de país.
Obama no pretende revivir la utopía de los sesenta en ninguna de sus formas. No sólo nunca manifestó el deseo, sino que sus posiciones, frente a la realidad electoral, se le han corrido al centro. Sin embargo, es el descendiente directo de una década en que la gente estaba viva. Joan Baez lo ha entendido. Si el padre espiritual de Barack Obama es el pastor King, ella, que cantó junto a él, ha resuelto simbolizar a la madre de este new dream . ¿Con qué mejor familia se podía contar?


©  Alicia Dujovne Ortiz
Escritora y periodista
La Nación, Argentina
Agosto 2008