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"Un hombre bueno es dificil de encontrar" cuento de Flannery O`Connor / "Vida y Obra: Flannery O'Connor por Andres Hax, Clarín, 6 de diciembre de 2013






Un hombre bueno es difícil de encontrar

Por Flannery O`Connor



La abuela no quería ir a Florida. Quería visitar a algunos de sus conocidos en el este de Tennessee y no perdía oportunidad para intentar que Bailey cambiase de opinión. Bailey era el hijo con quien vivía, el único varón que tuvo. Estaba sentado en el borde de la silla, a la mesa, reclinado sobre la sección deportiva del Journal.

—Mira esto, Bailey —dijo ella—, mira esto, léelo.

Y se puso en pie, con una mano en la delgada cadera mientras con la otra golpeaba la cabeza calva de su hijo con el periódico.

—Aquí, ese tipo que s'hace llamar el Desequilibrado s'ha escapao de la Penitenciaría Federal y se encamina a Florida, lee aquí lo que hizo a esa gente. Léelo. Yo no llevaría a mis hijos a ninguna parte con un criminal d'esa calaña suelto por ahí. No podría acallar mi conciencia si lo hiciera.

Bailey no levantó la cabeza, así que la abuela dio media vuelta y se dirigió a la madre de los niños, una mujer joven en pantalones, cuya cara era tan ancha e inocente como un repollo, con un pañuelo verde atado con dos puntas en lo alto de la cabeza, como orejas de conejo. Estaba sentada en el sofá, alimentando al bebé con albaricoques que sacaba de un tarro.

—Los niños y'han estao en Florida —dijo la anciana señora—. Deberías llevarlos a otro sitio pa variar, así verían otras partes del mundo y aprenderían otras cosas. Nunca han ido al este de Tennessee.

La madre de los niños no pareció oírla, pero el de ocho años, John Wesley, un niño robusto con anteojos, dijo:

—Si no quieres ir a Florida, ¿por qué no te quedas en casa? - Él y su hermanita, June Star, estaban leyendo las páginas de entretenimiento en el suelo.

—No se quedaría en casa aunque la nombraran reina por un día —dijo June Star sin levantar su cabeza amarilla.
—¿Y qué harían si este hombre, el Desequilibrado, los agarrara? —preguntó la abuela.
—Le daría un puñetazo en la cara —respondió John Wesley. —No se quedaría en casa ni por un millón de dólares —afirmó June Star—. Teme perderse algo. Tiene que ir a donde vayamos.
—Muy bien, señorita —dijo la abuela—. Acuérdate d'eso la próxima vez que me pidas que te ondule el pelo.

June Star dijo que sus rizos eran naturales.

A la mañana siguiente la abuela fue la primera en subir al coche, lista para partir. A un costado dispuso su gran bolsa de viaje negra que parecía la cabeza de un hipopótamo y debajo de ella escondía una cesta con Pitty Sing, el gato, en el interior. No tenía la menor intención de dejar solo al gato durante tres días, porque este la echaría mucho de menos y ella temía que se frotara con la llave del gas y se asfixiara por accidente. A su hijo, Bailey, no le gustaba llevar un gato a un motel.


Se sentó en el centro del asiento trasero, con John Wesley y June Star a cada lado. Bailey, la madre de los niños, y el bebé se sentaron adelante. Y así salieron de Atlanta, a las ocho y cuarenta y cinco, con el cuentakilómetros del coche en 89.927. La abuela lo anotó, porque pensó que sería interesante decir cuántos kilómetros habían hecho cuando regresaran. Tardaron veinte minutos en llegar a las afueras de la ciudad.

La anciana se sentó cómodamente, se quitó los guantes de algodón y los dejó con su bolso en la repisa de la ventanilla de atrás. La madre de los niños aún llevaba los pantalones y la cabeza atada con el pañuelo verde; la abuela, en cambio, llevaba un sombrero de paja azul marino con un ramillete de violetas blancas en el ala y un vestido azul marino con pequeños lunares blancos. El cuello y los puños eran de organdí blanco adornado con encaje, y en el cuello se había prendido un ramillete de violetas de tela de color púrpura perfumado. En caso de accidente, cualquiera que la viera muerta en la carretera sabría al instante que era una dama.

Dijo que pensaba que sería un buen día para conducir, pues no hacía demasiado calor ni demasiado frío, y advirtió a Bailey que el límite de velocidad era de ochenta kilómetros por hora, que los coches patrulla se escondían detrás de carteles publicitarios y de pequeños grupos de árboles y que podían salir disparados en su persecución sin darle tiempo a aminorar la marcha. Señaló los detalles interesantes del paisaje: la montaña Stone, el granito azul que en algunos lugares asomaba a ambos lados de la carretera, las lomas de brillante arcilla roja ligeramente rayadas de púrpura, y las mieses que trazaban líneas de encaje verde sobre el terreno. Los árboles estaban llenos de la luz blanca y plateada del sol y hasta los más míseros destellaban. Los chicos leían tebeos y su madre se había dormido.

—Pasemos Georgia a toda velocidad, así no tendremos que verla mucho —dijo John Wesley.
—Si yo fuera un niño —dijo la abuela—, no hablaría d'esa manera de mi estado natal. Tennessee tiene montañas y Georgia, colinas.
—Tennessee n'es más que un muladar lleno de pueblerinos y Georgia es también un estado asqueroso.
—Tú l'has dicho —dijo June Star.
—En mis tiempos —dijo la abuela entrecruzando los dedos, delgados y venosos—, los niños tenían más respeto por su estado natal y por sus padres y por to lo demás. La gente era buena entonces. ¡Oh, mirar qué negrito más mono! —Y señaló a un niño negro plantado ante la puerta de una choza—. Qué estampa más bonita, ¿verdá?

Todos se volvieron para mirar al negrito por la luneta trasera. Él saludó con la mano.

—Ese chico no llevaba pantalones —observó June Star.
—Probablemente no tiene —explicó la abuela—. Los negritos del campo no tienen las cosas que nosotros tenemos. Si supiera pintar, pintaría ese cuadro.

Los niños intercambiaron sus historietas.
La abuela se ofreció a tomar al bebé y la madre de los chicos se lo pasó por encima del asiento delantero. La abuela lo sentó sobre sus rodillas y le hizo el caballito y le explicó lo que se veía por la ventanilla. Puso los ojos en blanco, frunció los labios y apretó su cara delgada y curtida contra la piel blanda y suave. De vez en cuando, el bebé le dedicaba una sonrisa distraída. Pasaron junto a un vasto campo de algodón con cinco o seis tumbas en medio, rodeadas de un cerco, como una isla pequeñita.

—¡Mirar el camposanto! —dijo la abuela señalándolo—. Era el antiguo camposanto de la familia. Pertenecía a la plantación.
—¿Dónde está la plantación? —preguntó John Wesley.
—El viento se la llevó —dijo la abuela—. Ja, ja.

Cuando los chicos terminaron de leer todos las historietas que habían llevado, abrieron la caja del almuerzo y se lo comieron. La abuela comió un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una aceituna, y no permitió que los chicos arrojasen la caja y las servilletas de papel por la ventanilla. Cuando no tuvieron otra cosa que hacer, se pusieron a jugar; elegían una nube y los otros tenían que adivinar qué forma sugería. John Wesley eligió una con forma de vaca y June Star adivinó la vaca y John Wesley dijo: «No, un coche», y June Star dijo que hacía trampas y comenzaron a pegarse por encima de la abuela.

La abuela dijo que les contaría un cuento si se quedaban calladitos. Cuando contaba un cuento, ponía los ojos en blanco, movía la cabeza y era muy histriónica. Contó que una vez, cuando era jovencita, la había cortejado un tal señor Edgar Atkins Teagarden, de Jasper, Georgia. Dijo que era un hombre muy apuesto y un caballero, y que todos los sábados por la tarde le llevaba una sandía con sus iniciales grabadas, E. A. T. Pues bien, un sábado por la tarde, el señor Teagarden llevó la sandía y no había nadie en la casa; la dejó en el porche de entrada y volvió a Jasper en su calesa, pero ella nunca vio la sandía, explicó, porque un chico negro se la comió cuando vio las iniciales, E. A. T.: come. A John Wesley le hizo mucha gracia la historia y reía y reía, pero June Star opinó que no tenía nada de gracioso. Dijo que nunca se casaría con un hombre que sólo le trajera una sandía los sábados. La abuela dijo que habría hecho muy bien en casarse con el señor Teagarden, porque era un caballero y había comprado acciones de Coca-Cola cuando salieron al mercado y había muerto, hacía unos pocos años, muy rico.

Se detuvieron en The Tower para tomar unos bocadillos calientes. The Tower era una gasolinera y sala de baile, en parte de estuco y en parte de madera, en un claro en las afueras de Timothy. Lo regentaba un hombre gordo llamado Red Sammy Butts, y había letreros aquí y allá sobre el edificio y a lo largo de varios kilómetros de la carretera que rezaban: 

PRUEBA LA FAMOSA BARBACOA DE RED SAMMY. ¡NADA IGUALA AL FAMOSO RED SAMMY! EL GORDO DE LA SONRISA FELIZ. ¡UN VETERANO! ¡RED SAMMY ES EL HOMBRE QUE NECESITAS!

Red Sammy estaba tendido en el suelo fuera de The Tower con la cabeza bajo una camioneta, mientras un mono gris de unos treinta centímetros de altura, encadenado a un árbol del paraíso pequeño, chillaba cerca. El mono saltó hacia el arbolito y se encaramó a la rama más alta apenas vio a los chicos apearse del coche y correr hacia él.

El interior de The Tower era una larga habitación oscura con una barra en un extremo y mesas en el otro y una pista de baile en medio. Todos se sentaron a una mesa cerca de la máquina de discos y la esposa de Red Sam, una mujer alta y bronceada con ojos y cabellos más claros que la piel, llegó y tomó nota de lo que querían. La madre de los chicos insertó una moneda en la máquina y se pudo escuchar el «Vals de Tennessee», y la abuela dijo que esa melodía siempre le daba ganas de bailar. Preguntó a Bailey si quería bailar, pero él tan sólo la miró. No era de natural alegre como ella y los viajes lo ponían nervioso. Los ojos marrones de la abuela resplandecían. Movió la cabeza de un lado a otro e hizo como si bailara en la silla. June Star dijo que pusieran algo para que ella pudiera bailar claqué. Entonces la madre de los niños metió otra moneda y eligió una pieza más movida; June Star saltó a la pista de baile y bailó el claqué de costumbre.

—¡Qué graciosa! —exclamó la mujer de Red Sam, inclinada sobre la barra—. ¿Te gustaría quedarte aquí y ser mi pequeñita?
—Claro que no —contestó June Star—. No viviría en un lugar medio en ruinas como este ni por un millón de dólares. Y salió corriendo hacia la mesa.
—¡Qué graciosa! —repitió la mujer, estirando la boca con amabilidad.
—¿No te da vergüenza? —susurró la abuela.
Red Sam entró y le dijo a su mujer que dejara de holgazanear en la barra y que se apresurara a servir a esa gente. Los pantalones caquis le llegaban hasta las caderas y la barriga le caía sobre ellos como un saco de comida bamboleante bajo la camisa. Se acercó y se sentó a una mesa cercana; emitió una mezcla de suspiro y gritito en falsete.
—No hay manera. No hay manera —dijo, y se secó la cara sudorosa y roja con un pañuelo gris—. En estos tiempos que corren, no se sabe en quién confiar. ¿No es verdá?
—Desde luego, la gente ya no es como antes —sentenció la abuela.
—La semana pasada vinieron aquí dos tipos —explicó Red Sammy— que conducían un Chrysler. Un coche muy baqueteado pero bueno, y los muchachos me parecieron decentes. Dijeron que trabajaban en el molino y ¿saben que les permití poner en la cuenta la gasolina que compraron? ¿Por qué hice yo semejante cosa?
—¡Porque usté es un hombre bueno! —contestó de inmediato la abuela.
—Bueno, supongo que es así —dijo Red Sammy como si su respuesta lo hubiera dejado atónito.
La mujer sirvió lo que habían pedido. Llevaba los cinco platos al mismo tiempo sin usar bandeja, dos en cada mano y uno en equilibrio sobre el brazo.
—No hay una sola alma en este mundo de Dios en la que se pueda confiar —dijo—. Y yo no excluyo a nadie de la lista, a nadie —afirmó mirando a Red Sammy.
—¿Han leído algo sobre ese criminal, el Desequilibrado, que se escapó? —preguntó la abuela.
—No me sorprendería na que llegase a atacar este lugar —dijo la mujer—. Si oye lo qu'hay aquí, no me sorprendería verlo. Si se entera de que hay dos centavos en la caja, no me sorprendería que...
—Basta —dijo Red Sam—. Trae las Coca-Colas a esta gente. Y la mujer se retiró a buscar el resto del pedido.
—Un hombre bueno es difícil d'encontrar —dijo Red Sammy—. Las cosas s'están poniendo cada vez más feas. Yo m'acuerdo de qu'antes podías salir sin echar el cerrojo a la puerta. Eso s'acabó.

Él y la abuela hablaron de tiempos mejores. La anciana dijo que en su opinión Europa tenía la culpa de la situación actual. Dijo que por la manera en que actuaba Europa se podía llegar a pensar que estábamos hechos de dinero, y Red Sammy dijo que no valía la pena hablar de eso y que tenía toda la razón. Los chicos salieron corriendo a la luz blanca del sol y observaron al mono encadenado al árbol. Estaba entretenido quitándose pulgas y las mordía una a una como si se tratase de un bocado exquisito.

De nuevo partieron en la tarde calurosa. La abuela dormitaba y se despertaba a cada rato con sus propios ronquidos. En las afueras de Toombsboro se despertó y se acordó de una vieja plantación que había visitado en los alrededores una vez, cuando era joven. Dijo que la mansión tenía seis columnas blancas en el frente y que había una avenida de robles que conducía hasta la casa y dos pequeñas glorietas con enrejado de madera donde te sentabas con tu pretendiente después de pasear por el jardín. Recordaba con exactitud por qué carretera había que doblar para llegar allí. Sabía que Bailey no estaría dispuesto a perder el tiempo viendo una casa vieja, pero cuanto más hablaba de ella más ganas tenía de volver a verla y comprobar si las dos pequeñas glorietas seguían en pie.

—Había un panel secreto en la casa —afirmó astutamente, sin decir la verdad pero deseando que lo fuera—, y se contaba que toda la plata de la familia estaba escondida allí cuando llegó Sherman, pero nunca la encontraron...
—¡Eeeh! —dijo John Wesley—. ¡Vamos a verlo! ¡L'encontraremos nosotros! ¡Lo registraremos to y l'encontraremos! ¿Quién vive allí? ¿Dónde hay que girar? Eh, papá, ¿no podemos girar allí?
—¡Nunca hemos visto una casa con un panel secreto! —chilló June Star—. ¡Vayamos a la casa con el panel secreto! Eh, papá, ¿no podemos ir a ver la casa con el panel secreto?
—No está lejos d'aquí, lo sé —aseguró la abuela—. No tardaríamos más de veinte minutos.
Bailey miraba al frente. Tenía la mandíbula tan rígida como la herradura de un caballo.
—No —dijo.

Los chicos comenzaron a alborotar y a gritar que querían ver la casa con el panel secreto. John Wesley la emprendió a patadas contra el respaldo del asiento delantero, y June Star se colgó del hombro de su madre y le gimoteó desesperada al oído que nunca se divertían, ni siquiera en vacaciones, que nunca les dejaban hacer lo que querían. El bebé empezó a llorar y John Wesley pateó el respaldo del asiento con tal fuerza que su padre notó los golpes en los riñones.

—¡Muy bien! —gritó, y aminoró la marcha hasta parar a un costado de la carretera—. ¿Quieren cerrar la boca? ¿Quieren cerrar la boca un minuto? Si no se callan, no iremos a ningún lado.
—Sería muy educativo pa ellos —murmuró la abuela.
—Muy bien —dijo Bailey—, pero métanse esto en la cabeza: es la única vez que vamos a parar por algo así. La primera y la última.
—El camino de tierra donde debes doblar queda dos kilómetros atrás —observó la abuela—. Lo vi cuando lo pasamos.
—Un camino de tierra —gruñó Bailey.

Después de dar la vuelta en dirección al camino de tierra, la abuela recordó otros detalles de la casa, el hermoso vidrio sobre la puerta de entrada y la lámpara de velas en el recibidor. John Wesley dijo que el panel secreto probablemente estaría en la chimenea.

—No se puede entrar en esa casa —dijo Bailey—. No sabemos quién vive allí.
—Mientras ustedes hablan con la gente delante de la casa, yo correré hacia la parte d'atrás y entraré por una ventana —propuso John Wesley.
—Nos quedaremos todos en el coche —dijo la madre.

Doblaron por el camino de tierra y el coche avanzó a tropezones en un remolino de polvo colorado. La abuela recordó los tiempos en que no había carreteras pavimentadas y hacer cincuenta kilómetros representaba un día de viaje. El camino de tierra era abrupto y súbitamente se encontraban con charcos y curvas cerradas en terraplenes peligrosos. Tan pronto se hallaban en lo alto de una colina, desde donde se dominaban las copas azules de los árboles que se extendían a lo largo de kilómetros, como en una depresión rojiza dominada por los árboles cubiertos de una capa de polvillo.

—Mejor será que aparezca ese lugar antes de un minuto —dijo Bailey—, o daré la vuelta.

Daba la impresión de que nadie había pasado por aquel camino desde hacía meses.

—No falta mucho —comentó la abuela, y apenas lo hubo dicho cuando tuvo un pensamiento horrible. Le produjo tal vergüenza que la cara se le puso colorada y se le dilataron las pupilas y sus pies dieron un salto, de modo que movieron la bolsa de viaje en el rincón. En el momento en que se movió la bolsa, el periódico que había colocado sobre la cesta se levantó con un maullido y Pitty Sing, el gato, saltó sobre el hombro de Bailey.

Los chicos cayeron al suelo y su madre, con el bebé en brazos, salió disparada por la portezuela y se desplomó en la tierra; la vieja dama se vio arrojada hacia el asiento delantero. El automóvil dio una vuelta y aterrizó sobre el costado derecho, en una zanja al lado del camino. Bailey se quedó en el asiento del conductor con el gato —de rayas grises, cara blanca y hocico naranja— todavía agarrado al cuello como una oruga.

Tan pronto como los chicos se dieron cuenta de que podían mover los brazos y las piernas, salieron arrastrándose del coche y gritaron: «¡Hemos tenío un accidente!». La abuela estaba hecha un ovillo bajo el salpicadero y esperaba estar tan malherida que la furia de Bailey no cayera sobre ella. El pensamiento terrible que había tenido antes del accidente era que la casa que recordaba tan vívidamente, no estaba en Georgia, sino en Tennessee.

Bailey se quitó el gato del cuello con las manos y lo arrojó por la ventanilla contra el tronco de un pino. Luego salió del coche y empezó a buscar a la madre de los chicos. Estaba sentada en la cuneta, con el chico, que no paraba de llorar, en brazos, pero sçolo había sufrido un corte en la cara y tenía un hombro roto. «¡Hemos tenío un accidente!», gritaban los chicos en un delirio de felicidad.

—Pero nadie se ha muerto —señaló june Star con cierta desilusión, mientras la abuela salía rengueando del coche, con el sombrero todavía prendido a la cabeza pero el encaje delantero roto y levantado en un airoso ángulo y el ramito de violetas caído a un costado.

Se sentaron todos en la cuneta, excepto los chicos, para recobrarse de la conmoción. Estaban todos temblando.

—Tal vez pase algún coche —dijo la madre de los niños con voz ronca.
—Creo que m'hecho daño en algún órgano —comentó la abuela apretándose el costado, pero nadie le prestó atención.

A Bailey le castañeteaban los dientes. Llevaba una camisa amarilla de sport, con un estampado de loros en un azul vivo y tenía la cara tan amarilla como la camisa. La abuela decidió no comentar que la casa en cuestión estaba en Tennessee.

La carretera quedaba unos tres metros más arriba y sólo podían ver las copas de los árboles al otro lado. Detrás de la cuneta donde estaban sentados había más árboles, altos, oscuros y graves. A los pocos minutos divisaron un coche a cierta distancia, en lo alto de una colina; avanzaba lentamente como si sus ocupantes los estuvieran observando. La abuela se puso en pie y agitó los brazos dramáticamente para atraer su atención. El automóvil continuó avanzando con lentitud, desapareció en un recodo y volvió a aparecer, rodando aún más despacio, sobre la colina por la que ellos habían pasado. Era un vehículo grande y baqueteado, parecido a un coche fúnebre. Había tres hombres dentro.

Se detuvo justo a su lado y durante unos minutos el conductor miró fija e inexpresivamente hacía donde estaban sentados, sin decir palabra. Luego volvió la cabeza, susurró algo a los otros dos y se apearon. Uno era un muchacho gordo con pantalones negros y una sudadera roja con un semental plateado estampado delante. Caminó, se colocó a la derecha del grupo y se quedó mirándolos con la boca entreabierta en una floja sonrisa burlona. El otro llevaba pantalones color caqui, una chaqueta de rayas azules y un sombrero gris echado hacia delante que le tapaba casi toda la cara. Se acercó despacio por la izquierda. Ninguno de los dos habló.

El conductor salió del coche y se quedó junto a él mirándolos. Era mayor que los otros. Su pelo empezaba a encanecer y llevaba unas gafas con montura plateada que le daban aspecto académico. Tenía el rostro largo y arrugado, y no llevaba camisa ni camiseta. Vestía unos tejanos que le quedaban demasiado ajustados y llevaba en la mano un sombrero y una pistola. Los dos muchachos llevaban pistolas.

—¡Hemos tenío un accidente! —gritaron los niños.

La abuela tuvo la extraña sensación de que conocía al hombre de las gafas. Le sonaba tanto su cara que era como si le hubiera conocido de toda la vida, pero no lograba recordar quién era. Él se alejó del coche y empezó a bajar por el terraplén dando los pasos con sumo cuidado para no resbalar. Calzaba zapatos blancos y marrones y no llevaba calcetines; sus tobillos eran flacos y rojos.
—Buenas tardes —dijo—. Veo que han tenío un accidente de na.

—¡Hemos dao dos vueltas de campana! —dijo la abuela.
—Una —corrigió él—. Lo hemos visto. Hiram, prueba el coche a ver si funciona —indicó en voz baja al muchacho del sombrero gris.
—¿Pa qué lleva esa pistola? —preguntó John Wesley—. ¿Qué va hacer con ella?
—Señora —dijo el hombre a la madre de los chicos—, ¿le importaría decirles a esos chicos que se sienten a su lao? Los niños me ponen nervioso. Quiero que se queden sentados juntos.
—¿Quién es usté pa decirnos lo que debemos hacer? —preguntó June Star.
Detrás de ellos, la línea de los árboles se abrió como una oscura boca.
—Vengan aquí —dijo la madre.
—Verá usted —dijo Bailey de pronto—, estamos en un apuro. Estamos en...
La abuela soltó un chillido. Se levantó trabajosamente y lo miró de hito en hito.
—¡Usté es el Desequilibrado! ¡Lo he reconocío na más verlo!
—Sí, señora —dijo el hombre, que sonrió levemente como si estuviera satisfecho a pesar de que lo hubieran reconocido—, pero habría sido mejor pa todos ustedes, señora, que no me hubiese reconocío.
Bailey volvió la cabeza bruscamente y dijo a su madre algo que dejó atónitos hasta a los niños. La anciana se echó a llorar y el Desequilibrado se ruborizó.
—Señora —dijo—, no se disguste. A veces un hombre dice cosas que no piensa. No creo qu'haya querido hablarle d'esa manera.
—Tú no dispararías a una dama, ¿verdá? —dijo la abuela, que se sacó un pañuelo limpio del puño y empezó a secarse los ojos.
El Desequilibrado clavó la punta del zapato en el suelo, hizo un pequeño hoyo y luego lo tapó de nuevo.
—No me gustaría na tener qu'hacerlo.
—Escucha —dijo la abuela casi a gritos—, sé qu'eres un buen hombre. No pareces tener la misma sangre que los demás. ¡Sé que debes de venir d'una buena familia!
—Sí, señora —afirmó él—, la mejor del mundo. —Cuando sonreía mostraba una hilera de fuertes dientes blancos—. Dios nunca creó a una mujer mejor que mi madre, y papá tenía un corazón d'oro puro.

El muchacho de la sudadera roja se había colocado detrás de ellos con la pistola en la cadera. El Desequilibrado se acuclilló.

—Vigila a los niños, Bobby Lee —dijo—. Sabes que me ponen nervioso.

Miró a los seis apiñados ante él y dio la impresión de estar incómodo, como si no se le ocurriera qué decir.

—No hay ni una nube en el cielo —comentó alzando la vista—. No se ve el sol, pero tampoco hay nubes.
—Sí, es un día hermoso —dijo la abuela—. Escucha, no te tendrías que apodar el Desequilibrado, porque yo sé que en el fondo eres un hombre bueno. Con solo mirarte ya me doy cuenta.
—¡Calla! —gritó Bailey—. ¡Calla! ¡Cállense todos y déjenme a mí arreglar esto! —Estaba en cuclillas como un atleta a punto de iniciar la carrera, pero no se movió.
—Muchas gracias, señora —dijo el Desequilibrado, y dibujó un circulito con la culata de la pistola.
—Tardaremos una media hora en arreglar el coche —avisó Hiram mirando por encima del capó abierto.
—Bueno, primero tú y Bobby Lee lleven a él y al niño allá —dijo el Desequilibrado señalando a Bailey y a John Wesley—. Los muchachos quieren preguntarle algo —explicó a Bailey—. ¿Le importaría acompañarlos hasta el bosque?
—Escuche —comenzó Bailey—, ¡estamos en un gran aprieto! Nadie se da cuenta de lo qu'es esto. —Y se le quebró la voz. Tenía los ojos tan azules y brillantes como los loros de su camisa, y se quedó absolutamente inmóvil.

La abuela levantó la mano para ponerse bien el ala del sombrero como si fuera al bosque con él, pero se le desprendió entre los dedos. Se quedó mirándola y después de un segundo la dejó caer al suelo. Hiram levantó a Bailey tomándolo del brazo como si estuviera ayudando a un anciano. John Wesley agarró la mano de su padre y Bobby Lee se colocó detrás de ellos. Se encaminaron hacia el bosque y, cuando llegaron al borde oscuro, Bailey se dio la vuelta y, apoyándose contra el tronco gris y pelado de un pino, gritó:

—¡Estaré de vuelta en un minuto, espérame, mamá!
—¡Vuelve ahora mismo! —exclamó la abuela, pero todos desaparecieron en el bosque—. ¡Bailey, hijo! —gritó con voz trágica, pero se encontró con que estaba mirando al Desequilibrado, que estaba acuclillado delante de ella—. Sé muy bien qu'eres un hombre bueno —le dijo con desesperación—. ¡No eres una persona corriente!
—No, no soy un hombre bueno —repuso el Desequilibrado un instante después, como si hubiera considerado su afirmación con sumo cuidado—, pero tampoco soy lo peor del mundo. Mi viejo decía que yo era un perro de raza diferente de la de mis hermanos y hermanas. «Mira —decía mi viejo—, hay algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen que saber el porqué, y este muchacho es d'estos últimos. ¡Va estar en to!»

Se puso el sombrero y súbitamente alzó la mirada y la dirigió hacia el bosque como si de nuevo se sintiera incómodo.

—Perdonen qu'esté sin camisa delante de ustedes, señoras —añadió encorvando un poco los hombros—. Enterramos la ropa que teníamos cuando escapamos y nos apañamos con lo que tenemos hasta que consigamos algo mejor. Esta ropa nos la prestaron unos tipos que encontramos.
—No pasa na —observó la abuela—. Tal vez Bailey tenga otra camisa en su maleta.
—Luego la buscaré —dijo el Desequilibrado.
—¿Adónde se lo están llevando? —gritó la madre de los niños.
—Papá era un gran tipo —dijo el Desequilibrado—. No había quien l'engañara. Pero nunca tuvo problemas con las autoridades. Tenía l'habilidá de saber tratarlos.
—Tú podrías ser honrado si te lo propusieras —afirmó la abuela—. Piensa en lo bonito que sería establecerse en algún sitio y vivir cómodamente sin que nadie t'estuviera persiguiendo to el tiempo.

El Desequilibrado escarbaba en el suelo con la culata de la pistola como si estuviera reflexionando sobre estas palabras.

—Sí, siempre hay alguien persiguiéndote —murmuró.

La abuela reparó en cuán delgados eran sus omóplatos detrás del sombrero, porque estaba de pie y lo miraba desde arriba.

—¿Rezas alguna vez? —preguntó.

Él negó con la cabeza. Ella sólo vio cómo el sombrero negro se movía entre sus omóplatos.

—No.

Sonó un disparo de pistola en el bosque, seguido de inmediato por otro. Luego, silencio. La cabeza de la anciana dio una sacudida. Oyó cómo el viento se movía entre las copas de los árboles como una larga inspiración satisfecha.

—¡Bailey, hijo! —gritó.
—Durante un tiempo fui cantante de gospel —explicó el Desequilibrado—. He sido casi to. Serví en el Ejército de Tierra y en la Marina, aquí y en el extranjero. Me casé dos veces, trabajé de sepulturero, trabajé en los ferrocarriles, aré la madre tierra, presencié un tornado, una vez vi quemar vivo un hombre. —Y miró a la madre de los chicos y a la niña, que estaban sentadas muy juntas, con la cara blanca y los ojos vidriosos—. Hasta he visto azotar a una mujer.
—Reza, reza —empezó a repetir la abuela—, reza, reza...
—No era un chico malo por lo que recuerdo —prosiguió el Desequilibrado con voz casi soñadora—, pero en algún momento hice algo malo y m'enviaron a la penitenciaría. M'enterraron vivo.

Miró hacia arriba y mantuvo la atención de la abuela con una mirada fija.

—Fue entonces cuando deberías haber comenzado a rezar —dijo ella—. ¿Qu'hiciste pa que te enviaran a la penitenciaría la primera vez?
—Doblabas a la derecha y había una pared —explicó el Desequilibrado con la mirada alzada hacia el cielo sin nubes—. Doblabas a la izquierda y había una pared. Mirabas arriba y estaba el techo, mirabas abajo y estaba el suelo. Olvidé lo qu'había hecho, señora. Me quedaba sentado allí tratando de recordar lo qu'había hecho y, hasta el día de hoy, no lo recuerdo. De vez en cuando pensaba que lo recordaría, pero no fue así.
—Tal vez t'encerraron por error —apuntó la anciana. —No —dijo él—. No hubo error. Había pruebas contra mí. —Tal vez robaste algo.

El Desequilibrado soltó una risita burlona.

—Nadie tenía na que yo quisiese. Un jefe de médicos de la penitenciaría dijo que lo que yo había hecho fue matar a mi padre, pero sé que es mentira. Mi viejo murió en mil novecientos diecinueve de la epidemia de gripe y yo nunca tuve na que ver con eso. L'enterraron en el cementerio de la iglesia baptista de Mount Hopewell y usté puede ir y verlo por sí misma.
—Si rezaras —dijo la anciana—, Cristo te ayudaría.
—Así es.
—Entonces, ¿por qué no rezas? —preguntó ella, temblando de súbita alegría.
—No quiero ninguna ayuda. Solo, las cosas me van bien.

Bobby Lee y Hiram regresaron del bosque con paso lento. Bobby Lee arrastraba una camisa amarilla con loros azules estampados.

—Tírame esa camisa, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado.

La camisa llegó volando, aterrizó en su hombro y se la puso. La abuela no podía pensar en lo que le hacía recordar esa camisa.

—No, señora —prosiguió el Desequilibrado mientras se abrochaba los botones—, comprendí que el delito da igual. Puedes hacer una cosa o hacer otra, matar a un hombre o quitarle una rueda del coche, porque tarde o temprano t'olvidas de lo qu'has hecho y simplemente te castigan por ello.

La madre de los chicos comenzó a emitir sonidos entrecortados, como si no pudiese respirar.

—Señora —dijo él—, ¿podrían usted y la pequeña acompañar a Hiram y a Bobby Lee hasta donde está su esposo?
—Sí, gracias —dijo la madre débilmente. Su brazo izquierdo colgaba inútil, y llevaba al bebé, que se había quedado dormido, en el otro.
—Ayuda a la señora, Hiram —dijo el Desequilibrado, cuando ella trataba penosamente de subir por la zanja—. Y tú, Bobby Lee, toma a la pequeña de la mano.
—No quiero que me dé la mano —replicó June Star—. Parece un cerdo.

El muchacho gordo se ruborizó y se rió, la tomó de la mano y tiró de ella hacia el bosque detrás de Hiram y la madre.
Sola con el Desequilibrado, la abuela se dio cuenta de que había perdido la voz. No había una sola nube en el cielo, y tampoco sol. No había nada a su alrededor excepto el bosque. Quiso decirle que debía orar. Abrió y cerró la boca varias veces antes de que saliera algo. Finalmente se encontró a sí misma diciendo: «Jesús, Jesús». Quería decir «Jesús t'ayudará», pero de la manera en que lo decía era como si estuviera maldiciendo.

—Sí, señora —dijo el Desequilibrado como si le estuviera dando la razón. Jesús rompió el equilibrio de todo. Le ocurrió lo mismo que mí, salvo que Él no había cometido ningún crimen y en mi caso pudieron probar que yo había cometido uno porque tenían los documentos contra mí. Por supuesto, nunca me mostraron los papeles. Por eso ahora pongo la firma. Dije hace mucho tiempo: te consigues una firma y firmas to lo qu'haces y te quedas con una copia. Entonces sabrás lo qu'has hecho y podrás contraponer el delito con el castigo y ver si se corresponden y al final tendrás algo pa probar que no t'han tratao como debían. Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante`l castigo.

Se oyó un grito desgarrador en el bosque, seguido de inmediato por un disparo.

—¿Le parece bien a usté, señora, que a uno le castiguen mucho y a otro no le castiguen na?
—¡Jesús! —gritó la anciana—. ¡Tienes buena sangre! ¡Yo sé que no dispararías a una dama! ¡Sé que vienes d'una familia buena! ¡Reza! Por Dios, no deberías disparar a una dama. ¡Te daré to el dinero que tengo!
—Señora —repuso el Desequilibrado mirando hacia el bosque—, nunca ha habido un cadáver que diera una propina al sepulturero.
Se oyeron otros dos disparos y la abuela levantó la cabeza como un viejo pavo sediento pidiendo agua y gritó: «¡Bailey, hijo, Bailey, hijo!», como si fuera a partírsele el corazón.
—Jesús es el único qu'ha resucitao a los muertos —continuó el Desequilibrado—, y no tendría qu'haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces sólo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces sólo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad —dijo, y su voz casi se había transformado en un gruñido.
—Tal vez no resucitó a los muertos —murmuró la anciana, sin saber lo que estaba diciendo y sintiéndose tan mareada que se dejó caer en la zanja sobre las piernas cruzadas.
—Yo no estaba allí, así que no puedo decir que no lo hizo —repuso el Desequilibrado—. Ojalá hubiera estado allí —añadió golpeando el suelo con el puño—. No está bien que no estuviera allí, porque d'haber estao allí yo sabría. Escuche, señora —añadió alzando la voz—, d'haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.
Su voz parecía a punto de quebrarse y la cabeza de la abuela se aclaró por un instante. Vio la cara del hombre contraída cerca de la suya como si estuviera a punto de llorar, y entonces murmuró:
—¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!

Tendió la mano y lo tocó en el hombro. El Desequilibrado saltó hacia atrás como si le hubiera mordido una serpiente y le disparó tres veces en el pecho. Luego dejó la pistola en el suelo, se quitó las gafas y se puso a limpiarlas.

Hiram y Bobby Lee regresaron del bosque y se detuvieron junto a la cuneta para observar a la abuela, que estaba medio sentada, y medio tendida en un charco de sangre, con las piernas cruzadas como las de un niño, y su rostro sonreía al cielo sin nubes.
Sin las gafas, los ojos del Desequilibrado estaban bordeados de rojo y tenían una mirada pálida e indefensa.

—Llévensela y déjenla donde dejaron a los otros —dijo, y tomó al gato, que se estaba refregando contra su pierna.
—Era una charlatana —dijo Bobby Lee, y bajó a la zanja cantando.
—Habría sido una buena mujer —dijo el Desequilibrado— si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.
—¡Pequeña diversión! —dijo Bobby Lee.
—Cállate, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado—. No hay verdadero placer en la vida.

Cuentos Completos
Ediciones DeBolsillo

Fuente: La Maquina del Tiempo   


Flannery O`Connor: 
web site
"Cuentos completos", comprar en: Cúspide





Vida y Obra: Flannery O`Connor

por Andres Hax


"El quehacer del escritor es contemplar la experiencia, no fundirse con ella.”


Un libro de oraciones recién publicado pone a la escritora del estado sureño de Georgia, Estados Unidos, bajo una nueva luz. Murió en 1964 a los 39 años de edad de lupus. Sin embargo, tuvo una rica obra que consiste de dos novelas, 39 cuentos cortos y volúmenes de cartas y ensayos. Heredera de la tradición de Faulkner de ninguna manera fue imitativa o una escritora secundaria. Siempre se supo de su devoción religiosa pero este nuevo libro de oraciones por ella escritas muestra en más profundidad cómo la escritura y la oración se combinaban en un solo acto.
I.

Si en el año 1956 hubieramos enviado una carta a Milledgeville, Georgia sin dirección postal con el solo nombre de la escritora Flannery´Connor en el sobre, esa carta habría llegado. Y en ese escenario, es muy probable que O´Connor —que en ese momento tenía 31 años, y le quedaban sólo ocho por vivir— nos hubiera invitado a su casa. De hecho tuvo varias amistades que comenzaron de esa manera.

Sigamos en ese pasado hipotético. Si sólo hubiéramos leído superficialmente su primera novela, Sangre sabia (1952) y algunos de sus cuentos, podríamos haber esperado un encuentro con un personaje sombrío y morboso; tal vez un alcohólico, antisocial y anárquico. El mundo literario de Flannery O'Connor (el sur profundo de los Estados Unidos) está poblado por freaks, como un predicador ateo que crea una “iglesia de Cristo sin Cristo”; un asesino nihilista de los campos rurales de Georgia; un vendedor itinerante de biblias que seduce a una mujer con una pierna ortopédica de madera (en su biblia, que es hueca, guarda naipes pornográficos, whisky y condónes...).

Pero no. A la inversa, lo que hubierámos encontrado sería una mujer sencilla y amorosa con la cara y los modales de una bondadosa bibliotecaria de pueblo chico. Habría salido al porch de su casa con muletas (tenía lupus, un enfermedad auto-inmune sin cura) vestida con jeans (que aun no estaban de moda) y una simple camisa de tela escocesa. No lo hubiésemos imaginado. Ella vivía con con su madre, era soltera, profundamente católica y aparte de escribir, críaba pavos reales. Si nos hubiéramos sentado en el porch,  tomando una limonada, habríamos visto veinte de esas aves chillonas desfilando con arrogancia.

Después de esta visita tendríamos que releer a O´Connor con otra mirada para finalmente darnos cuenta que en su literatura se juegan cuestiones ligadas a los misterios religiosos centrales: la salvación, la redención y la gracia. Flannery O'Connor no es una directora de un anómalo circo itinerante, como podría parecerle a primera vista a quiens la encasillan como una exponente del Gótico Sureño. Al contrario, es una devota de la iglesia católica apostólica romana y su arte no es otra cosa que una ofrenda a su Dios.

En un cuaderno de oraciones originales que escribió en 1947 (a los 20 años) y que recién se publicó este año, O'Connor le implora a su creador: “Querido Señor, por favor, haz que te desee. Sería el éxtasis más grande. No solo desearlo cuando piense en Usted sino desearlo todo el tiempo, tenerlo desgarrándome, tenerlo dentro de mí como un cáncer. Me mataría como un cáncer y eso sería mi gran realización.”

También escribió: “Por favor Dios, ayúdeme a ser una buena escritora.” Y exista dios o no, esta oración fue correspondida.

II.

Mary Flannery O'Connor nació en Savannah, Georgia, el 25 de marzo de 1925. Sus padres eran católicos --una minoría despreciada en ese momento y ese lugar del mundo--. Por eso recibió toda la educación primaria y secundaria en colegios religiosos. Desde chica, su vocación se manifiestó en el dibujo más que en la escritura. Por mucho tiempo su ambición fue ser historietista. Llevaba una vida tranquila, idílicaque se destruyó cuando su padre murió de lupus en 1941. O'Connor tenía 15 años. Diez años después, en 1951, le diagnosticaron la misma enfermedad, de la que finalmente murió en 1964, a los 39 años. Había escrito dos novelas, treinta y dos cuentos, decenas de ensayos y miles de cartas (que algunos críticos se atreven comparar con las de Kafka, Van Gogh y Keats).

El título universitario obtenido por O'Connor fue en literatura y el destino para una mujer con esos estudios en Georgia, en 1944, no era otro que el de profesora de lengua en la escuela secundaria. Algunos profesores la animaron a postularse a un programa de posgrado en periodismo en la Universidad de Lowa. Consiguió una beca y por primera vez salió de Georgia. Pero una vez instalada en el campus, se cambió a la facultad de escritura creativa, la primera de esa disciplina en los Estados Unidos. Ya estaba escribiendo su primera novela, Sangre Sabia, que le llevaría unos seis años de trabajo.

Sobre este periodo de su vida O'Connor dijo: “La verdad es que no comencé a leer hasta que fuí a la escuela de posgrado y entonces comenzé a escribir al mismo tiempo. Cuando entré a Lowa nunca había oido hablar de Faulkner, Kafka, Joyce, mucho menos los había leído. Pero en ese momento me puse a leer todo al mismo tiempo, tanto es así que no creo que haya sido influida por un solo autor.”

Su vocación literaria nunca le hizo cuestionar su fe, aunque tampoco fue ingenua sobre la influencia que podría llegar a tener esa vocación en términos espirituales. En una carta a una amiga íntima que conoció en una situación parecida a la que hemos planteado en esta nota, dijo: “Una de las cosas terribles de escribir cuando eres un cristiano es que para ti la realidad suprema es la encarnación, la realidad presente es la encarnación, y nadie cree en la encarnación; es decir, no tienes un público. El público está compuesto de personas que creen que Dios ha muerto. Al menos tengo la conciencia de estar escribiendo para esas personas.”

Mientras perfeccionaba su arte y desarrollaba una teoría personal sobre la ficción Flannery O'Connor siempre tuvo su religión en el primer plano. En otra carta a la misma amiga escribió: “La ficción es la expresión concreta del misterio – un misterio vivido. Los católicos creen que toda la creación es buena y que la maldad es el mal uso del bien y que sin Gracia lo usamos mal casi todo el tiempo. Es casi imposible escribir sobre la gracia sobrenatural en la ficción. Casi siempre lo tenemos que encarar de una forma negativa. En cuanto a la Gracia natural, tenemos que recibirla como llega, por la naturaleza. En todo caso opera rodeada por la maldad.”

Tras terminar sus estudios en Lowa, vivió un tiempo en la colonia de escritores Yaddo, en el estado de Nueva York. Allí se hizo amiga del poeta Robert Lowell, quien a su vez le presentó al editor Robert Giroux, editor de todos sus libros. También en este periodo comenzó su amistad con el traductor y poeta Robert Fitzgerald y su esposa. Vivió casi un año con ellos en Connecticut escribiendo por las mañanas y cuidando los hijos de la pareja por las tardes.

El diagnostico de Lupus le cambió la vida y abandonó sus planes de vivir en el norte. Volvió a Georgia y se instaló en una casa con su madre, escribiendo, criando sus pavos reales, leyendo teología y manteniendo decenas de amistades epistolares.  

III.

El único propósito de esta serie de Vidas Breves es motivar al lector a tomar o retomar la obra de la retratada y tal vez bocetar una mínima guía de lectura. La obra de O'Connor es parte de una de las grandes tradiciones literarias de los Estados Unidos, que incluye a William Faulkner, Eudora Welty, Carson McCullers, Tennessee Williams, entre decenas de otros. Se podría decir que la literatura del sur de los Estados Unidos del Siglo XX es comparable en vitalidad con la novela rusa del siglo XIX, pero eso es un tema para otra nota.

Además de la ficción, O'Connor tuvo una obra literaria paralela (los ensayos, las cartas y ahora sus oraciones) que permite conocer cómo construyó su literatura. Cerremos esta fragmentaria biografía con citas de su libro Mistery and Manners, una collección de prosa.


“...cuando miro los cuentos que he escrito encuentro que son, en su mayoría, sobre personas que que están afligidas y son pobres, tanto de cuerpo como de alma, y que tienen poco sentido espiritual, y cuyas acciónes no dan, aparentemente, al lector ninguna seguridad sobre la alegría de vivir. ¿Como puede ser esto? Porque yo no descreo de la cuestión espiritual ni soy  ambigua en mis creencias. Miro desde la perspectiva de la ortodoxia cristiana. Esto significa que el sentido de la vida esta centrada en nuestra redención por parte de Cristo. Y lo que veo en el mundo lo veo en relación con esto. No creo que sea una posición que se pueda tomar a medias o que sea, en estos tiempos, particularmente fácil hacerlo de manera transparente en la ficción.”

 “Lo mejor de la ficción Americana siempre ha sido regional. La ascendencia pasó, aproximadamente, desde Nueva Inglaterra hasta la llanura central y después al sur; ha pasado hacía lugares -y ha prosperada en ellos- donde existe un pasado compartido, una sensación de comunidad, y la posibilidad de leer una historia pequeña bajo una luz universal.”

“El novelista hace sus declaraciónes por selección y, si es bueno, seleccióna cada palabra con un propósito, cada incidente con un motivo, y los arregla en una secuencia de tiempo con un propósito. Demuestra algo que no puede ser demostrado de ninguna otra forma, salvo en una novela.”

“El hecho es que cualquier persona que haya sobrevivido a su infancia tiene suficiente información sobre la vida para que le dure hasta el fin de sus días. Si no puedes armar algo con poca experiencia no es probable que lo puedas hacer con mucha experiencia. El quehacer del escritor es contemplar la experiencia, no fundirse con ella.”

“Una sensación de pérdida es natural para nosotros, y es sólo en estos siglos en los cuales estamos afligidos con la doctrina de la perfectibilidad de la naturaleza humana que la visión del freak en la ficción es tan inquietante. El freak en la ficción moderna nos inquieta porque nos impide olvidarnos del hecho de que compartimos su condición...” 

 Andres Hax
Clarìn, 6 de diciembre de 2013  
Fuente: Clarìn









                                     

Marguerite Duras: "El Amante" (fragmento), Tusquets Editores






Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: «La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado».


Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino.

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al trasponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal. Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido.
Diré más, tengo quince años y medio. El paso de un transbordador por el Mekong. La imagen persiste durante toda la travesía del río. 
Tengo quince años y medio, en ese país las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cá- lida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.

Estoy en un pensionado estatal, en Saigón. Duermo y como ahí, en ese pensionado, pero voy a clase fuera, a la escuela francesa. Mi madre, maestra, desea enseñanza secundaria para su niña. Para ti necesitaremos la enseñanza secundaria. Lo que era suficiente para ella ya no lo es para la pequeña. Enseñanza secundaria y después unas buenas oposiciones de matemáticas. Desde mis primeros años escolares siempre oí esa cantinela. Nunca imaginé que pudiera escapar de las oposiciones de matemáticas, me contentaba relegándolas a la espera. Siempre vi a mi madre planear cada día el futuro de sus hijos y el suyo. Un día ya no fue capaz de planear grandezas para sus hijos y planeó miserias, futuros de mendrugos de pan, pero lo hizo de manera que también tales planes siguieron cumpliendo su función, llenaban el tiempo que tenía por delante. Recuerdo las clases de contabilidad de mi hermano menor. De la escuela Universal, cada año, en todos los niveles. Hay que ponerse al corriente, decía mi madre. Duraba tres días, nunca cuatro, nunca. Nunca. Cuando cambiábamos de destino abandonábamos la escuela Universal. Volvíamos a empezar en el nuevo. Mi madre aguantó diez años. Todo era inútil. El hermano menor se convirtió en un simple contable en Saigón. Al hecho de que la escuela Violet no existiera en la colonia debemos la marcha de mi hermano mayor a Francia. Durante algunos años permaneció en Francia para estudiar en la escuela Violet. No terminó. Mi madre no debió hacerse ilusiones. Pero no podía elegir, era necesario separar a aquel hijo de los otros dos hermanos. Durante algunos años no formó parte de la familia. En su ausencia, la madre compró la concesión. Terrible aventura, pero para nosotros, los niños que nos quedamos, menos terrible de lo que hubiera sido la presencia del asesino de los niños de la noche, de la noche del cazador.

Con frecuencia me han dicho que la causa era el sol demasiado intenso durante toda la infancia. Pero no lo he creído. También me han dicho que era el ensimismamiento en el que la miseria sume a los ni- ños. Pero no, no es eso. Los niños-viejos del hambre endémica, sí, pero nosotros, no, no teníamos hambre, nosotros éramos niños blancos, nosotros teníamos vergüenza, nosotros vendíamos nuestros muebles, pero no teníamos hambre, nosotros teníamos un criado y comíamos, a veces, es cierto, porquerías, zancudas, caimanes, pero tales porquerías estaban cocinadas por un criado y servidas por él y a veces incluso no las queríamos, nos permitíamos el lujo de no querer comer. No, algo sucedió cuando tenía dieciocho años que motivó que ese rostro fuera como es. Debió de suceder por la noche. Tenía miedo de mí, tenía miedo de Dios. Cuando amanecía, tenía menos miedo y menos grave parecía la muerte. Pero el miedo no me abandonaba. Quería matar, a mi hermano mayor, quería matarle, llegar a vencerle una vez, una sola vez y verle morir. Para quitar de delante de mi madre el objeto de su amor, ese hijo, castigarla por quererle tanto, tan mal, y sobre todo para salvar a mi hermano pequeño, mi niño, de la vida llena de vida de ese hermano mayor plantada encima de la suya, de ese velo negro ocultando el día, de la ley por él representada, por él dictada, un ser humano, y que era una ley animal, y que a cada instante de cada día de la vida de ese hermano menor sembraba el miedo en esa vida, miedo que una vez alcanzó su corazón y lo mató.


He escrito mucho acerca de los miembros de mi familia, pero mientras lo hacía aún vivían, la madre y los hermanos, y he escrito sobre ellos, sobre esas cosas sin ir hasta ellas.

(...)


Marguerite Duras
El Amante
Tusquets Editores
Traducción de Ana M.ª Moix

Puedes comprar el libro en: Tusquets Editores
Fuente: Tusquets Editores



Marguerite Duras en la web : 
Association Marguerite Duras
Societé Internationale Marguerite Duras


Escritora, dramaturga, cineasta, guionista, periodista. Nació en la Indochina francesa en 1914 y murió en París en 1996. En 1932 se trasladó a París, donde estudió derecho, matemáticas y ciencias políticas. 
En 1943 publicó su primera obra, La impudicia, a la que seguirían más de veinte novelas, guiones cinematográficos y obras de teatro:  El Amante,célebre novela que inspiró una película homónima de Jean-Jacques Annaud;  Moderato cantabile, El vicecónsul, El arrebato de Lol V. Stein, Los ojos azules pelo negro, Emily L., Los caballitos de Tarquinia, El amor, Destruir, dice;  El amante de la China del Norte, Un dique contra el Pacífico, El hombre sentado en el pasilloEl mal de la muerte,  La amante inglesaHiroshima Mon Amour (cine), India-song (cine) Savannah Bay (teatro)...

Adolfo Bioy Casares opina sobre Roberto Arlt, Eduardo Mallea y Manuel Mujica Láinez/ “Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares” de Fernando Sorrentino (fragmento)






Prólogo: Este libro


Me resulta muy fácil recordar cuándo y dónde conocí a Adolfo Bioy Casares. Ocurrió en el último tramo del año 1969 y en la vereda par de la avenida Santa Fe, en la cuadra que corre desde Juan B. Justo hasta Humboldt. Ése era mi barrio, y yo me sentía jugando de local.
En aquella época Bioy Casares no era aún la persona cuyo rostro conocen inclusive quienes no lo han leído; pero yo sí lo había leído —y con mucha aprobación y con mucho entusiasmo— y había visto su foto alguna que otra vez. De manera que me permití detenerlo y saludarlo, y entonces se produjo allí un breve diálogo en el que seguramente Bioy se mostró cordial y simpático, y yo, nervioso y atolondrado: la prueba está en que sólo recuerdo que prometió enviarme su último libro.
Supongo que fingí creer en su promesa y, puesto en la actitud de quien está siguiendo una broma, le habré dado un papelito con mi nombre y domicilio. Pero lo cierto es que ahora —junio de 1992— tengo frente a mí un libro de tapas verdes y páginas que tienden al ocre: es el Diario de la guerra del cerdo, con la dedicatoria de Adolfo Bioy Casares fechada en noviembre de 1969.
Hacía muchos años que yo deseaba realizar un libro de entrevistas a Bioy Casares, parecido al que hice hacia 1970 con Borges. Tuve, tengo y tendré la ineficaz costumbre de embarcarme al mismo tiempo en más proyectos de los que puedo con sensatez cumplir, de tal manera que unos a otros se van abortando mutuamente, y, en fin, son pocos los que llegan a nacer.
No diré nada nuevo si afirmo que, en general, yo no hago lo que quiero sino lo que puedo: pese a mis deseos, la concreción de las entrevistas parecía, a través de los años, diferirse hasta el infinito. Sintácticamente hablando, mis circunstancias de tiempo, lugar y modo tendían a no coincidir con las de Bioy.
Sin embargo, el día llegó en que pude sentarme, con un grabador, frente a Bioy Casares, en el quinto piso de la calle Posadas, ahora con una rutina y un plan establecidos. Terminaba el invierno de 1988, y así, durante siete mañanas de sábados, me dediqué a grabar mis preguntas y sus respuestas.
Casi en seguida llegó aquel 1989 de infausta memoria, y yo —como tantos— me vi envuelto en una maraña de imposibilidades vitales, que me vedó ocuparme no sólo de estas Siete conversaciones, sino también de cualquier clase de actividad literaria o paraliteraria. Dejé de escribir y, casi, de leer. Y, a lo largo de esos tres años, no dejaba de hostigarme la idea de qué pensaría Bioy Casares de aquel personaje que, tras moles­tarlo con tantas preguntas durante siete sábados, ahora parecía olvidar del todo la empre­sa en la que tan entusiasmado se había manifestado.
Ninguna descripción impertinente del aba­ti­mien­to pretenderá justificar mi demora. De cualquier manera, como yo no soy periodista de revista de actualidades, lo que dijimos en 1988 no diferirá gran cosa de lo que hubiéramos dicho en 1992.
En fin, aquí está el libro. Ya no temo —como antaño— explicar lo obvio (porque comprobé más de cuatro veces que, para muchas personas, no existe la categoría de obvio): el Bioy de este libro es un señor que conversa, no un señor que escribe; no redacta borradores ni relee para corregir; puede equivocarse y decir una palabra por otra; como no es un político, no está a la defensiva, cuidando los vocablos y tratando de ganar prosélitos o de convencer; así, va diciendo lo que le da la gana; olvida el grabador, se encuentra distendido y matiza su conversación con pausas, inflexiones, silencios, sonrisas, miradas y hasta alguna carcajada de vez en cuando… El papel escrito —obviamente— no puede reproducir tales armonías.
Yo percibo a Bioy como un hombre superior, y libre, por eso mismo, de necedades y de suspicacias; un hombre que sabe reírse de sí mismo y que relata con una sonrisa algún episodio en el que no sale del todo bien parado; un hombre al que no lo molesta en absoluto mi opinión de que tal obra suya tiene tal o cual defecto; un hombre que no se mueve histriónicamente en una escenografía de profeta angustiado, apta para impresionar a personas tan cándidas como indocumentadas…
Para mí, concluir este libro fue tarea muy grata. A Bioy Casares vaya el reconocimiento por la indulgencia que me tuvo durante las grabaciones; al lector, me gustaría trasmitirle algo del placer experimentado durante ellas.

Buenos Aires, junio de 1992



Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares” de Fernando Sorrentino (fragmento)
 

F.S.:  Cuando  en  1940  aparece  La  invención de Morel, había dos escritores muy disímiles entre  sí,  y  que  ya  tenían  bastante presti­gio: Roberto Arlt y Eduardo Mallea. ¿Cómo los veías, te han interesado, te han influido?

A.B.C.: A Arlt no lo he conocido personalmente. Me gustó El juguete rabioso. Leí muchas de las Aguafuertes porteñas, y algunas de ellas me parecieron bastante buenas. Pero mi admiración no se extiende al resto de la obra de Arlt: me parece que está muy sobrevaluado… Creo que también Mallea está sobrevaluado. Yo era amigo de él. Creo que Mallea era muy buena persona, pero no he leído ningún texto suyo que me haya gustado. Ninguno. Tal vez Chaves sea un poco superior a otros, pero tampoco me gusta. No hay un solo texto de Mallea que me guste. Así que no es mucho lo que puedo decir de él… Recuerdo que una vez Mallea me dijo “Somos muy pocos los que escribimos bien”; pero yo no me contaba entre ellos: él sí se había incluido. Y yo siempre me he pregun­tado si Mallea realmente creía que escribía muy bien… Hacia el final de su vida él sentía un gran desencanto, pero no creo que fuera un desencanto sobre su obra sino sobre la estimación de su obra. A Mallea creo que le ocurrió una cosa muy patética. Quiero decir: mucha gente, que es famosa mientras vive, deja de ser famosa cuando muere: es como si esa fama hubiera necesitado de la simpatía, de la capacidad de convicción, del prestigio social, de la fuerza política, o de lo que sea, de la persona en cuestión. Desaparecido el escritor, la obra por sí misma no se mantiene. Pero con Mallea ocurrió algo peor. Mallea fue primero famosísimo en vida y después fue olvidado en vida. A veces me pregunto si el hecho de que dejara de ser director del suplemento literario de La Nación le restó la admiración de muchos posibles colaboradores del suplemento… Bueno, esto, para admitirlo, hasta parece demasiado satírico, parece demasiado craso. Pero es que realmente ocurrió algo que fue paralelo a eso: antes todo el mundo admiraba a Mallea y luego nadie lo siguió admirando… Desde luego lo que me parece más raro es que lo admiraran: yo nunca lo admiré. Pero también me parece raro cómo, de repente, dejaron de admirarlo. De todos modos, a veces encuentro personas que sienten una gran admiración por Mallea, y te aseguro que tengo ganas de que me revelen mi error y que me prueben que en Mallea hay algo muy bueno, porque él me pareció una muy buena persona. Era tal vez un hombre obsesionado, y la obsesión gene­ral­mente quita lucidez. Mallea estaba obsesionado contra cierta gente y, hacia el final de su vida, también muy irritado. Pero creo que Mallea era esencialmente un partidario del bien; era un hombre noble que quería el bien. Por qué escribía tan mal, no sé. A mí con Mallea me pasó algo raro. Yo sentía afecto por él como persona, y, sin embargo, él, en algún momento, y nunca supe bien por qué, se resintió terriblemente conmigo. Y me maltrataba casi ostensiblemente, y yo le tenía lástima y le perdonaba ese maltrato… Sospecho que una vez yo… —porque yo he revisado los hechos: ¿por qué Mallea estaría enojado conmigo?—, sospecho que una vez yo dije algo… Resulta que la mujer de Mallea era víctima de sus propios nervios, y estaba dominada por ellos. Y sus nervios eran realmente desorbitados, eran nervios terribles. A Mallea lo he visto maltratado por ella de una manera casi insoportable, y Mallea, con gran resignación, aguantaba eso y se mostraba como una perso­na que aceptaba la esclavitud, pero no por debilidad ni por bajos motivos, sino simplemente por cariño hacia su mujer. Entonces alguna vez yo comenté eso con un íntimo amigo de Mallea y dije que yo hubiera preferido que Mallea se liberara de esa mujer que tan­to lo maltrataba, aunque también comprendía que la actitud de Mallea era muy noble. Y pienso que, a lo mejor, Mallea se enteró de esto que dije yo, y desde entonces, por lealtad a su mujer, empezó a maltratarme. Finalmente, parece que se hubiera cansado de maltratarme y en los últimos años de su vida fue muy amistoso conmigo.

F.S.: Ese episodio, ¿de qué época es?

A.B.C.: Ese episodio puede haber sido del 64…, por ahí… Fue durante las últimas veces que él y yo estuvimos en el jurado del concurso de La Nación. Yo sentía que Mallea era abiertamente hostil conmigo. Y, como si hubiera sido un príncipe o Einstein, yo lo perdonaba a Mallea; normalmente, yo tendría que haberme enojado y tendría que haberlo mandado a la miércoles. Pero, con una especie de rara soberbia, yo lo perdonaba. Y, en definitiva, me alegro de haberlo perdonado, porque creo que todo el final de su vida fue muy duro y muy triste. Creo que él sentía su propia decadencia y sentía la tiranía de su mujer, que a su vez era víctima de algo que estaba en ella y que no era ella: era como si un demonio se hubiera posesionado de esa mujer… Y entonces —aunque se hubiera justificado que yo lo hubiera mandado a Mallea a la miércoles— me alegro de no haber contribuido con algo malo a esa triste decadencia. Era el hundimiento de una persona: era como si a Mallea todo lo hundiera, como si toda la gente lo hundiera. Y él estaba enfermo… Recuerdo que, en uno de los tra­bajos mandados al concurso de La Nación, el au­tor —para ser premiado— elogiaba a algunos miembros del jurado, y también a algunos otros escritores que no eran miembros del jurado… Y entonces lo elogiaba a Borges, me elogiaba a mí, elogiaba tal vez a Cortázar o tal vez a Arlt… Y entonces Mallea dijo tristemente: “Elogia a todos los que están de moda”. Era algo patético y a la vez torpe, porque ahí estábamos dos de ésos… En fin… Yo, cuando he hablado con él, tuve la impresión de que Mallea era bastante sensato. Pero, al leerlo, no he tenido la misma impresión. Y hasta podría decir que la admiración que en una época lo rodeó le hizo mal porque ¡escribió demasiados libros…! Él tendría que haberse dado cuenta de que eran demasiados. En definitiva, creo que Mallea debió de haber sido una persona bastante soberbia. Y hacia el final de su vida estuvo tristísimo, lo cual hace que todo sea aún más patético. Como destino, el de Mallea fue un destino tristísimo. En Alemania y en Estados Unidos pasó algo parecido: la gente estaba preparada para admirar a Mallea y des­pués se sintió decepcionada. En Estados Uni­dos publicaron Fiesta en noviembre, creo que le pusieron Fiesta no más…

F.S.: Hay un artículo de Amado Alonso que elogia muchísimo ese libro…

A.B.C.: Bueno, Amado Alonso era un típico profesor, desprovisto absolutamente de sentido crítico… Amado Alonso leía y leía, y para él era lo mismo una cosa que otra, y, si Mallea era admirado, bueno, él tenía también que ad­mirarlo… Cuando Fiesta en noviembre se pu­blicó en Estados Unidos, causó estupor. Porque la crítica estaba preparada para admirarlo, y se encontró con algo que no había por dónde ni cómo admirarlo.

F.S.: Bueno, Mallea y Arlt eran mayores que vos. Pero Mujica Láinez era prácticamente de tu edad…

A.B.C.: Creo que Manucho era un escritor de verdad. Que sentía la literatura, que podía escribir, que tenía gran habilidad para escribir. Pero creo que frustraba algunas cosas porque las encaraba erróneamente. Yo creo que a él le hizo mal la vanidad. Manucho era muy vanidoso. Y, cuando se reía de su propia vanidad, resultaba encantador y muy inteligente. Pero, puerilmente, muchas veces quería lucirse, y entonces se demoraba demasiado en descripciones de objetos, de cuartos, de telas, etcétera. Esta morosidad quita el placer de la lectura y hasta irrita. Hace que a veces uno no entre en relatos que merecen ser leídos. Yo sé que más de una vez a mí un texto de Mujica Láinez me ha producido irritación y he tenido que sobreponerme para encontrar allí lo que había de bueno, que era mucho. Porque yo creo que Manucho era un verdadero escritor y que su obra merece ser leída.

F.S.: Yo a Mujica Láinez llegué al revés. Yo lo había visto en algún reportaje en televisión, y me resultaba más bien una persona antipática. Pero, cuando leí Misteriosa Buenos Aires, me pareció una maravilla, y cambié de opinión sobre el autor. Y después hemos cambiado algunas cartas, y ahora sólo tengo elogios para él: siempre fue muy simpático y muy bueno conmigo.

A.B.C.: Es que Manucho era muy bueno. Era muy buena persona. Oíme: él podía ser cruel por el placer de decir una cosa graciosa. Yo se la celebraba, porque sabía por qué la había dicho: él había visto la ocasión de hacer una buena frase y ¿por qué no la iba a hacer? Pero no por eso dejaba de quererte y de desearte el bien: simplemente sentía la diversión que le ofrecía ese efecto literario y, bueno, entonces hacía la broma. Pero, además, que eso esté un poco mal depende también de la valoración que le da el que lo oye. Si uno lo oye como una condena de algo, entonces se convierte en algo malo, en hundir a una persona porque sí. Pero, si lo que toma uno de eso es sólo lo que hay de gracioso y acertado literariamente, entonces no hay ninguna maldad, ya que uno no piensa mal de la víctima sino que piensa que ésta ha dado pie a una cosa ingeniosa.

Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares”
Este libro tuvo tres ediciones: Editorial Sudamericana (1992), Editorial El Ateneo (2001) y Editorial Losada (2007).


Fragmento y prólogo publicados con autorización de su autor. 
Puedes comprar el libro en: Amazon Barnes & NobleCúspide.com
Mas textos de Sorrentino en su web oficial: Fernando Sorrentino  




Buenos Aires, 15 de septiembre de 1914 - 8 de marzo de 1999. Escritor argentino. 

Nacido en una familia acomodada, recibe una educación esmerada y se interesa, desde bien joven, por la literatura. Su familia cuenta con una gran biblioteca que le sirve para acercarse a la literatura argentina y a los clásicos de la literatura universal, incluso en sus lenguas originales, como el inglés y el francés. Vive siempre en Buenos Aires, aunque a lo largo de su vida realiza numerosos viajes al extranjero. Uno de los primeros fue en 1928 cuando contaba con 14 años, por Egipto y Oriente Próximo. 

En 1932 conoce a 
Jorge Luis Borges, con quien entabla una amistad personal y literaria de por vida, y con quien posteriormente escribe muchas obras en colaboración, utilizando varios seudónimos que adoptaron entre los dos: C.I. Lynch, B. Suárez Lynch y el más conocido de todos, H. Bustos Domecq. 

En 1940 se casa con la pintora y escritora Silvina Ocampo, perteneciente a una conocida familia de intelectuales argentinos. Abandona la universidad para dedicarse a escribir, alentado por Borges y por Silvina. Su carrera literaria empieza muy pronto, al publicar la novela La invención de Morel en 1941  y obtener así el Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires.

Posteriormente publica numerosos cuentos y participa en varias revistas literarias, como Sur. Además, junto a Borges, dirige una colección de novelas policiales, El séptimo círculo, crea la revista literaria Destiempo, prepara laAntología de los mejores cuentos policiales y escribe varios ensayos y traducciones. En 1941 publican la Antología poética argentina 

Muchas de sus obras son llevadas al cine y sus novelas y cuentos se traducen en numerosas lenguas. Se le considera el maestro del cuento y de la literatura fantástica. La impecable construcción de sus relatos y la claridad de su lenguaje son los rasgos más característicos de su narrativa.    

En 1990 obtiene el Premio Miguel de Cervantes, máximo galardón de las letras hispánicas.






©Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1942. Es profesor de Lengua y Literatura.
Sus cuentos suelen entrelazar de manera sutil, y casi subrepticia, la realidad con la fantasía, de manera que no siempre es posible determinar dónde termina la primera y empieza la segunda. Parte de situaciones muy “normales” y “cotidianas”: pero, paulatinamente (y con toques de humor), ellas se van enrareciendo y se convierten en insólitas o turbadoras.
Algunos de sus libros son Imperios y servidumbres (1972), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia(1982), El rigor de las desdichas (1994), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña (2008), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013). Muchos de sus cuentos han sido traducidos a diversas lenguas europeas y asiáticas.
Le pertenecen dos volúmenes de entrevistas: Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (1974) y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares (1992).
Se han publicado libros suyos en Brasil, México, Estados Unidos, España, Portugal, Inglaterra, Italia, Alemania, Hungría, Rumania, Bulgaria, India, China…