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Rosa Rotenberg, sobreviviente del gueto de Varsovia: "Para ellos, los niños eramos la semilla del pueblo judìo" / entrevista de Natasha Niebieskikwiat, Clarín, Buenos Aires 14 de Abril de 2010

CONMOVEDOR RELATO DE UNA SOBREVIVIENTE DEL GUETO DE VARSOVIA



 


El público que ayer colmó el Teatro Astral se sumió en la consternación al oír las palabras que brotaban de Rosa Rotenberg. "Yo nací en el Gueto de Varsovia, en junio de 1941", dijo la mujer sólo para empezar su historia de supervivencia, como sostuvo, "milagrosa".
 
De hecho, hasta el momento Rosa aparece como la única sobreviviente en la Argentina del gueto cuya resistencia fue aplacada por las tropas nazis a sangre y fuego. Tenía seis meses Rosa cuando sus padres lograron sacarla de allí dentro de una bolsa que trasladó un trabajador que podía moverse más allá de esas fronteras levantadas contra los judíos de un barrio de la capital polaca. "Los niños éramos para ellos la semilla del pueblo judío" y por ello había que eliminarlos pero ella logró sobrevivir gracias a una cadena humana, que la "depositó" en un orfanato.

"Me salvé de que me arrancaran de los brazos maternos, de que me tiraran por una ventana, de que me estrellaran contra una pared", dijo al referirse a las prácticas tan habituales de los hombres de Adolf Hitler. "Fui cuidada con amor, pero no me salvé del dolor de mis penurias y no conocí el arrullo materno".

Rosa vivió al cuidado de las monjas de un convento hasta que al terminar la guerra, y ya con cinco años, un hombre se presentó a buscarla diciéndole que él era su padre. "Era mi papá", sostuvo sin que se le quebrara la voz quien recién a sus cinco años comenzó a recobrar su identidad y hasta saber que era judía. Ambos se trasladaron a la Argentina, y el padre de Rosa le dio con su segunda esposa tres hermanas.

Es poco lo que pudo reconstruir de sus primeros años de vida esta mujer, hoy investigadora y docente de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires.

Su padre fue un activo militante de la resistencia en el gueto de Varsovia, que decidió levantarse contra las hambrunas, los malos tratos y el aislamiento al que eran sometidos los judíos por el régimen nazi y la complicidad polaca de entonces. "Mi madre murió después de ser trasladada justo en el último transporte del gueto hacia Auschwitz", el mayor campo de exterminio.

Coincidencias de la vida. En 1987, Rosa obtuvo una beca para asistir a un congreso médico en Quebec, Canadá. Allí, entre intervalo e intervalo se puso a conversar "como si nada" con Jalina Sobis, con quien descubrió que habían estado escondidas juntas en el orfanato.

También judía, Jalina tenía entonces 13 años. Y como era mayor, debía cuidar de los más pequeños. "Descubrimos que ella me tuvo varias veces en sus brazos cuando yo lloraba".


Buenos Aires, 
14 de Abril de 2010
Fuente: Diario Clarín 








Discurso pronunciado por la Sobreviviente Rosa Rotenberg en el

 Acto de Conmemoración del Día del Holocausto el 27 de Enero de 2010.






Mi nombre es Rosa Rotenberg y acorde a los designios de Hitler, debía morir. 

Sin embargo sobreviví a la Shoá gracias a que mis padres lograron sacarme viva del gheto de Varsovia y trataron de que alguien me buscara un lugar seguro hasta el final de la guerra. Ellos desconocían mi paradero y a las personas de buena voluntad que se ocuparon de esa misión. 

Yo tenía pocos meses, de modo que no pude guardar nada en mi memoria. Pero la vida nos sorprende a cada paso. 

En mi calidad de investigadora y docente de la Facultad de Farmacia y Bioquímica fui becada por la Universidad de Buenos Aires para asistir al XV Congreso Internacional de Marcadores Oncológicos en Quebec, Canadá, en 1987. Allí conocí a una colega polaca, la Dra. Halina Sobis, una eminente investigadora en cáncer. Halina había nacido en Polonia y vivía en ese entonces en Bruxelas. De modo casual, charlando durante los intervalos de las ponencias científicas, descubrimos con sorpresa y gran emoción que compartíamos una parte importante de nuestras historias: por ser ambas de origen judío habíamos sido escondidas durante la guerra en el mismo orfanato en Varsovia. Yo tenía menos de un año de vida al ingresar, Halina era mayor, tenía 13 años y era la encargada de cuidar a los más pequeños. Ella misma sostuvo que debió haberme llevado en brazos en más de una oportunidad. Habían pasado más de 50 años en ese encuentro y muy conmovidas nos abrazamos llorando.

Por fin tenía un testigo de esos años oscuros de mi infancia. Nos carteamos durante algún tiempo y lamentablemente no volví a verla, ya que falleció pocos años después.

Con los años percibí que había perdido la gran oportunidad de conocer detalles de mi vida de entonces. No le había pedido ningún dato del orfanato, quizás porque aún no estaba en las condiciones psicológicas adecuadas para recuperar y elaborar esos datos. Era evidente que mi padecimiento infantil había dejado sus secuelas.

Halina y yo, como todos los judíos, especialmente los niños, habíamos estado destinadas a la muerte. El hecho milagroso de haber sobrevivido nos permitió tener la chance de educarnos y tener una trayectoria científica para dejar el fruto de nuestro trabajo e investigación en beneficio de la Humanidad. ¿Cuantas carreras no pudieron plasmarse por los nefastos designios nazis? ¿Cuantos niños judíos hubieran sido nuestros compañeros de ruta de no haber mediado este plan de aniquilamiento? ¿Por qué en el foco de Europa más culto y de mayor tecnología se gestó el plan de asesinarnos? ¿Por qué fuimos designados como víctimas? ¿Por qué a los que sobrevivimos nos ha tocado sobrevivir? Son preguntas difíciles de responder e imposibles de comprender, pero que siempre me acosan.

Yo sobreviví -como casi todos- por milagro. Nací en el gheto de Varsovia en 1941, pasé clandestinamente hacia el "otro lado", el lado ario, el de la salvación, el lado en el que tendría alguna oportunidad de seguir viviendo. Tenía sólo seis meses, recién empezaba a sentarme sola y ahí comenzó mi éxodo personal, en brazos desconocidos, en un viaje del que no guardo memoria, pero que permitió que hoy esté acá con ustedes.

Aún es un enigma para mí saber los lugares y personas con las que estuve antes de que me depositaran en la casa del Cura Boduena, como era el nombre de ese convento. Forma parte de ese agujero ciego de mi historia. Es poco lo que he podido reconstruir, pero fue un milagro que sobreviviera. También fue un milagro la supervivencia de mi padre y más aún el que me encontrara cuando finalizó la guerra. Yo tenía casi cinco años cuando ese señor desconocido llegó al orfanato de monjas donde yo estaba, diciendo que él era mi papá. Y me llevó consigo. Y poco a poco me transformé en “Ruzicka o Roisele”. Y poco a poco volví a ser judía.

Pero era difícil abstraerse de las penurias pasadas. Nos sobrepusimos al hambre y a las enfermedades pero nunca nos recuperamos del dolor por la pérdida de los seres queridos. Nunca vi a mi madre, no conocí su cara ni conseguí foto alguna para saber cómo era, si me parezco a ella, si alguno de mis hijos o nietos lleva sus rasgos. 

Mamá pereció en el convoy que la transportaba a Auschwitz.

Después de la guerra y con gran esfuerzo, mi padre reconstruyó una familia. Me contó lo difícil de mi reinserción en este nuevo contexto familiar, pero felizmente él siempre estuvo a mi lado. Nunca dejó de hablar sobre la guerra. Había luchado hasta el final participando en el Levantamiento del Gueto de Varsovia y salió de allí con el último transporte. Perdió toda su familia: padres y 5 hermanos. Dejó escrito un libro testimonial, que relata su vida y también mi historia, donde constan las iniquidades a las que estuvo sometido en dos campos de trabajo forzado. 

Se casó nuevamente, buscó tierras seguras para establecerse y educar a sus hijas y llegamos a Buenos Aires en 1950. 

Argentina me brindó la posibilidad de estudiar y trabajar. Me recibí de Bioquímica y ejercí la docencia en la Universidad de Buenos Aires. Me casé con un argentino y tengo dos hijos: Carolina y Miguel y dos nietas: Natalia y Sofía. Tengo 3 hermanas casadas, una de ellas reside en Israel, 8 sobrinos y 6 sobrinos-nietos. Todos ellos constituyen la estirpe que sobrevivió al plan de exterminio y que felizmente mi padre pudo disfrutar en gran parte ya que falleció hace 4 años, a la edad de 95.

La vida sigue su curso y cada vez estaremos más lejos de poder contar personalmente las peripecias por las que pasamos los sobrevivientes.  Estos sobrevivientes que ven Uds. aquí en este acto, yo misma, gente adulta, abuelos y bisabuelos, todos fuimos niños o jóvenes cuando nos tocó vivir la tragedia. Cuando nos pasó por encima ese tsunami de odio y masacre que liquidó a nuestros ancestros, nos arrancó de nuestra historia, de nuestra educación, de nuestros hogares, calles e idiomas maternos. Somos los testigos presenciales, los documentos vivos. Somos la prueba del horror y al mismo tiempo la prueba de la enorme potencia y fuerza de la vida. 

Soy miembro de Generaciones de la Shoá en Argentina, una cadena que construimos para mantener la memoria y educar a los jóvenes para evitar que estos hechos atroces se repitan. Difundir nuestros testimonios en forma presencial es darle un matiz palpable. 

Estoy aquí para honrar la memoria de los asesinados y también en homenaje a mis padres y con él rindo homenaje a todos los sobrevivientes, a todos los perseguidos y masacrados por diferencias étnicas, ideológicas y raciales. Debemos alertar al mundo de los peligros que sobre él se ciernen si aceptamos la discriminación con el fin de que estos genocidios no sigan ocurriendo.

Con estas breves palabras deseo honrar la vida, la justicia y sobre todo, la libertad.










Eugenia Unger, sobreviviente del gueto de Varsovia: "Ellos nos restituyeron toda la dignidad” / entrevista de Tamara Krell, La Nación, 19 de abril de 2003



Eugenia Unger tenía 13 años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Vivió en el gueto de Varsovia hasta que éste fue liquidado. Pero ese fue sólo el comienzo: luego la enviaron a los campos de concentración de Maidanek, Birkenau, Auschwitz y Ravensbruck


Camina apurada, llena de bolsas en las manos, entra al Museo del Holocausto, y empieza a saludar a todos con fuertes abrazos. Pide disculpas por la demora. "Es que tengo que dar otros tres testimonios hoy", dice Eugenia Unger, de 76 años, mientras se acomoda en una silla.

Las vivió todas. Nacida en Varsovia, Polonia, tenía 13 años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Vivía con sus padres y sus tres hermanos. "Tenía una familia como todos", afirma. Cuenta que vivía muy bien, que ella y sus hermanos estudiaban y que su padre tenía un puesto muy importante "hasta que llegaron los nazis y lo obligaron a renunciar".

Eugenia se propone recordarlo todo y habla con bronca e indignación: "En Polonia se sentía mucho antisemitismo, y apenas entraron los nazis, obligaron a todos los judíos a usar una banda con la estrella de David, y empezaron a cerrar las calles, para formar el gueto".

De familia polaca acomodada, cuenta que cuando los alemanes llegaron los hacían mudar de una casa a otra. En 1940 se vieron obligados, como todos los judíos, a desplazarse al gueto de Varsovia. "Teníamos que agarrar sólo una bolsa y llevar algunas cosas - narra, mientras estalla en lágrimas - y yo agarré mis muñecas; en aquel entonces era una niña".

Eugenia cierra los ojos y recuerda: "Vivir en el gueto era la miseria humana. A los judíos nos daban una ración de 150 calorías diarias. La gente se moría en las calles, había montañas de muertos, cada vez más enfermos de fiebre tifoidea, los chicos iban por la calle pidiendo y mostrando fotos: ´mi mamá era linda, mi mamá era hermosa, mirá que hicieron, no tengo mamá, ni tengo papá´".

"A mi me tocó de todo. Pero sobreviví. Los otros seis millones no sobrevivieron. Mataron a un millón y medio de niños", dice.

Eugenia parece revivir la pesadilla cuando habla. "Sabíamos que teníamos todo perdido. Ya no quedaba casi nadie en el gueto cuando estalló el levantamiento", asegura, mientras se seca las lágrimas.

"Estos chicos se tiraban sobre tanques, luchaban con bombas molotov y se prendían, se tiraban de la ventana, yo lo vi con mis propios ojos. No sé qué podría decir aparte de heroicos, ellos nos restituyeron toda la dignidad, porque sin ellos no hubiéramos podido estar hoy acá", afirma.

"Durante el levantamiento no entendíamos nada. En el día nos escondíamos en los bunkers y salíamos de noche como ratas. Muchos se presentaron ante los nazis, porque les ofrecían un kilo de pan o de mermelada. La gente estaba muy hambrienta", relata y reconoce con dolor: "Después nos dimos cuenta que de ahí iban a la muerte, que los llevaban a las cámaras de gas".

"Vendíamos todo lo que podíamos en la zona aria. Mi mamá tenía joyas y pieles. Mi hermano y yo nos turnábamos para canjearlo. Pasábamos por los pozos, o se hacía un agujero en los muros para salir. Con esto hacíamos contrabando y podíamos vivir. Pero quien no tenía joyas se moría", relata.

Eugenia fue una de las últimas que quedaron en el gueto. "Me sacaron con las manos en alto. Para entonces ya no estaban más ni mi papá ni mis hermanos".

No hay perdón que valga

"Yo nunca voy a perdonar lo que hicieron con nuestro pueblo. No hay palabras para definirlos. Mientras yo viva juré que no voy a olvidar lo que pasó. La transmisión es muy importante para que todo el mundo sepa lo que hicieron con nosotros", asegura.

Eugenia explota en furia: "Los nazis hicieron una industria de la muerte. Hacían jabón de grasa humana, con el pelo judío fabricaban colchones, con su piel, lámparas. Cuando entré a Birkenau me cortaron el pelo, me pusieron la ropa a rayas y unos suecos de madera, me tatuaron el brazo. Yo ya no era yo", dice Eugenia y se pregunta: "¿Cómo es posible denigrar así a un ser humano?".

Eugenia además, luego de liquidado el gueto estuvo en varios campos de concentración. "Cuando salí, ya estaba idiotizada, pesaba 25 kilos. Era puro hueso". Y admite: "No te imaginás lo que era la vida en los campos, la cantidad de veces que pensé en tirarme sobre el alambre de púa".

La pesadilla continúa

Los tormentos no terminaron para Eugenia. Dice: "La guerra es un monstruo que pisa fuerte, después de la guerra cada uno quiere violarte, cada uno quiere manosearte, no tenés donde entrar, no tenés familia, no tenés a nadie, es horrible". 

"Es increíble que esté viva. Después de la guerra, llegué a la Argentina ilegalmente, porque no dejaban entrar a los judíos acá. Yo quería ir a Israel, estuve esperando en Italia, pero los ingleses no me dejaron entrar. Tenía papeles para ir a los EE.UU., pero tampoco me dejaron pasar. Entonces, ¿Tenía que volver al campo de concentración?", pregunta desesperada.

Volver a vivir



Eugenia, casada con David Unger, uno de los combatientes del levantamiento, tiene dos hijos y seis nietos. A los 76 años, sigue siendo un torbellino. Está todo el día de un lado para el otro, cocina, recibe invitados, viaja, da conferencias, trabaja activamente dentro del Museo de la Shoá.

Sin embargo, la marca del Holocausto - indeleble desde su brazo - la conmina a hablar una y otra vez sobre sus experiencias reeditando su propia resistencia y convirtiéndola en legado.




Especial para La Nación Line
Buenos Aires
19 de abril de 2003
Fuente: La Nación





Entrevista radial a Eugenia Unger sobre su libro Después de Auschwitz. Renacer de las cenizas, Radio Jai. Fuente: Radio Jai





 




Testimoniar sobre los padecimientos del Holocausto

Artículo extraído de la publicación Número 27 de Nuestra Memoria, 
escrito por el sociólogo y periodista licenciado Eduardo Alberto Chernizki sobre el libro






Eugenia Unger es una sobreviviente de la Shoá que, en los últimos años, se ha dedicado a dar testimonio de lo que le tocó vivir bajo el nazismo: en el ghetto de Varsovia, en los campos de Lublin, Majdanek, Auschwitz-Birkenau, Ravensbrik, Resov y Malajov, y en la “Marcha de la muerte”. Esas vivencias fueron reflejadas en su primer libro: Holocausto. Lo que el viento no borró. Esta ímproba tarea la realizó tanto en Buenos Aires y en el interior de Argentina como en el exterior del país, y su relato fue elegido para integrar el mediometraje algunos que vivieron, dirigido por Luis Puenzo e integrante de la serie “Broken Silence”, de la Shoah Foundation.
Como bien dice el doctor José Edgardo Milmaniene en el prólogo, en este libro Eugenia Unger “relata el esfuerzo titánico para reconstituir su vida, la pasión por fundar su familia, su anhelo de integrarse a una nueva sociedad y, lo más importante, su constante e inclaudicable lucha por preservar la memoria de la Shoá”.

En el primer capítulo se resumen sus vivencias desde su niñez hasta la liberación, en 1945. Luego pasa a testimoniar su regreso a Polonia, la vida en los campos para desplazados en la Europa de posguerra, su casamiento en esas circunstancias y el nacimiento de su primer hijo. Después se dedica a narrar las peripecias que le permitieron arribar a Buenos Aires y como aquí, junto a su marido y su cuñado, fue organizando su vida, criando a sus hijos y trabajando denodadamente para asegurarse el porvenir. Finalmente aborda su integración a la asociación de sobrevivientes Sherit Hapleita y la Fundación Memoria del holocausto y su convencimiento de que debe dar testimonio de lo ocurrido en la Shoá, para que ello no vuelva a repetirse.
La profesora María Cristina Alonso escribe el epílogo de este libro. En él afirma que existe “una estrecha relación entre la voz femenina y la memoria” y que, por lo tanto, Eugenia Unger se convierte en “la voz femenina que narra”, pues “no puede vivir sin contar, y cuando cuenta, vuelve a revivir escena que no sólo le dejaron marcas en la piel, sino –lo que es peor- le dejaron el infierno de la repetición”.

La historia que nos narra esta voz femenina tiene un valor testimonial sustancial, pues se refiere a los sufrimientos de los sobrevivientes una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando –apesadumbrados y ansiosos- buscaban un lugar en donde poder vivir y trabajar, mientras las naciones “civilizadas” se lo negaban.
Hace décadas, una película, El azote 81, afirmaba que mientras, en los campos, los nazis muchas veces castigaban a los judíos con ochenta azotes, muchos recibían después otro más, el 81, cuando no les creían lo que contaban que estaba sucediendo.
Hoy, eso ya no ocurre, pero son muchos los que todavía creen que, una vez vencido el nazismo, a los sobrevivientes de la Shoá se les terminaron los suplicios. Y no fue así. Eugenia Unger, en Después de Auchwitz. Renacer de las cenizas, nos explica claramente, a la vez que nos enseña como sobrellevaron esas penuerias.
En definitiva, tanto en Después de Auchwitz. Renacer de las cenizas como en Holocausto. Lo que el viento no borró, Eugenia Unger nos ayuda a mantener viva la memoria.



©Eduardo Alberto Chernizki







MEMORIA
Eugenia Unger
del libro  



Sin memoria no tenemos presente, futuro ni esperanza.
A todos nosotros, los sobrevivientes, se nos acerca el
tiempo de partir, unos antes, otros después. Quisiera
que cada uno de ustedes sean las otras voces que, a
partir de hoy, trasmitan nuestra historia, nuestro testimonio.
Quisiera que ustedes sean los que repitan, a través de
los mares, los ríos y las montañas, nuestro padecimiento.
Quisiera la promesa de vuestro compromiso con nuestra
causa y la lucha contra la discriminación. Quisiera que el
olvido no invada vuestras almas, así sabré que la memoria
de vuestros seis millones de hermanos será honrada por
siempre. Yo podré, recién entonces, descansar en paz.

©Eugenia Unger