La película Ana, Pasión de Dos Mundos marcó un hito inolvidable en mi carrera. Fue una oportunidad de compartir escena con grandes figuras del cine. Por el lado español, el talento y la presencia de Juan Luis Galiardo y una joven adolescente que ya brillaba como estrella: Maribel Verdú. Y, representando a mi amada Venezuela, nada menos que la primera actriz Doris Wells, junto a otras actrices y actores de inmensa trayectoria.
En su época, esta fue la producción más costosa jamás filmada en Venezuela, una ambiciosa coproducción entre España, Venezuela y también Colombia, de este último país se sumaron dos actores de gran prestigio al elenco principal.
La historia nos transportaba a la fascinante década de los años veinte. Esto significó que cada pieza de vestuario, maquillaje y decoración fue confeccionada con un rigor histórico impresionante. Podría escribir páginas enteras sobre la magnitud de esta experiencia, pero hoy quiero centrarme en un suceso que lo transformó todo, cambiando mi perspectiva sobre muchas cosas.
El filme comienza en España, en una majestuosa casa que funge como prostíbulo. Allí reside Charo (Doris Wells), la Madame que regenta el negocio, y Ana (Maribel Verdú), la favorita de muchos clientes, incluido un rico hacendado que vive en Venezuela, Fabián (Juan Luis Galiardo). Como una de las muchas exigencias de Ana para viajar a Venezuela, es que Fabián le construya una réplica exacta de la casa española, y tenía que viajar con ella todas sus compañeras de “trabajo”. Y así se hizo en la vida real, la producción de la pelicula la construyó en las afueras de Calabozo. La fidelidad era tal que el equipo español, que semanas antes había rodado algunas escenas en la locación original, no podían creerlo. La casa era la protagonista, aunque en mi historia personal, la verdadera protagonista estaba por revelarse.
Cuando leí el guion, me sorprendió que Doris Wells aceptara el rol de Charo. Era un papel protagónico, sí, pero muy diferente a todo lo que había hecho en su extensa y respetada carrera. La trama nos lleva a Venezuela, donde las prostitutas y su Madame se aventuran a probar el “negocio más antiguo del mundo” en los llanos venezolanos.
La escena de la llegada era monumental. Nuestros personajes arribaban en barco al puerto de La Guaira, recreando fielmente el ambiente de los años veinte. Un bote nos llevaba a tierra firme, donde Charo y Ana desembarcaban. Allí estaba yo, interpretando a Felipe, el fiel sirviente de Don Fabián, cuya misión era convertirse en la sombra, protector y cuidador de Ana. Cien extras vestidos de época, un mercado reconstruido con minucioso detalle... todo era color y bullicio que asombraba a las recién llegadas al trópico.
Todo se ensayó a la perfección. Filmamos tomas secundarias y llegó el momento de la escena principal: mi encuentro con las "Damas", la bienvenida y el diálogo entre Ana y Felipe el cual observa Charo.
- ¡Acción!
Aunque ya había filmado otras escenas, la verdad es que estaba embargado por el nerviosismo y la ansiedad de que todo saliera impecable. Marchaba bien. Doris y Maribel, se acercaban a mi y Ana me preguntaba: - ¿Y tú eres Felipe? ¿Dónde está Fabián?. Yo respondía:- ¡Ah! Usted debe ser Ana, la señorita Ana, quiero decir...
De repente, - ¡Corten!
Todo se paralizó. No entendía lo que pasaba, pero había que repetirla. Esto significaba volver a colocar a todos los extras, a las actrices en el barco... ¡empezar de cero! De nuevo, - ¡Corten! Y así, una y otra vez.
Con cada repetición, el nerviosismo aumentaba, y la espontaneidad inicial se desvanecía. El ambiente se tensó; era la hora del almuerzo, el calor era asfixiante bajo esos trajes y el maquillaje. La desesperación crecía al no avanzar. Cerca de la décima repetición, justo antes de dar la acción, el camarógrafo se acercó a mí y, casi gritando frente a todos, me dijo:
- Jairo, no te muevas. Di todo lo que tengas que decir aquí. Yo moveré la cámara y todo saldrá bien.
Mi rostro debió ser de total incredulidad. Él se apresuró a explicar: - La Señora te está tapando (refiriéndose a Doris Wells). No sé por qué se mueve, pero te tapa totalmente. Hagámoslo como te digo, aunque ella te tape, yo me moveré con la cámara y la escena saldrá.
Con esa sensación de desconcierto y duda, filmamos la toma.
- ¡Corten! ¡Listo, queda esa toma! - anunció el productor - ¡Corte de comida!
Yo miraba a Doris Wells; ella solo sonreía. Maribel me miraba, como diciendo: ¿Qué acaba de pasar?.
La polémica escena de la película
Fui directo a hablar con el director, Santiago San Miguel. Le agradecí la oportunidad, pero fui tajante: - Ha sido maravilloso trabajar para ti, pero con esa señora no sigo. Tenemos demasiada relación como personajes, y no voy a vivir el infierno que acabo de pasar por su culpa
.
Una muy querida amiga, quien tenía uno de los personajes pincipales y era la esposa del Director , Perla Vonasek, me tomó del brazo: - Ven acá, mi amor, cálmate. Tienes toda la razón, pero vamos a conversar y a relajarnos. Este calor es insoportable. ¿Nos tomamos una cerveza bien fría?
Y me convenció. No quería perjudicar la producción, pues sustituir mi personaje implicaría repetir muchas escenas. El siguiente llamado era para el día siguiente, la continuación de la llegada de las "Damas"a Venezuela.
Llegué a la Casa Guipuzcoana, en La Guaira, el punto de reunión, bastante nervioso. Tenía que enfrentar a Doris Wells, y sabía que no sería fácil. Apenas me vio, se acercó: -Hola, mi amor, te estaba esperando. Ven, siéntate aquí conmigo, en mis piernas, como cuando eras niño.
En ese instante comprendí que Perla y Santiago habían hablado con ella. Intenté excusarme, sintiendo la mirada de todo el mundo: - Disculpe, pero no me parece, no entiendo…
- Ven, no te dé pena. Pena me debería dar a mí por lo que pasó ayer. De verdad, no sé qué me pasó, la repetidera me parecía divertida, pero ven, siéntate.
Me senté en sus rodillas, para no contradecirla, y poco a poco me fui rodando hasta que quedamos compartiendo la silla.
- Ya sé que eres el hijo de Ramón Carthy. Me recordé que él te llevaba muchas veces a Radio Caracas Televisión cuando eras niño y siempre te sentabas en mis piernas, y conversábamos los dos. Han pasado muchos años, y ahora estamos juntos en este proyecto. Te prometo que nada parecido volverá a pasar. Lo que pueda hacer por ti, solo pídemelo y lo tendrás.
Y así fue. A partir de ese momento, fuimos inseparables.
Nos fuimos varias semanas a Calabozo para rodar en el famoso set de la casa. La mayoría del elenco era citado a las 5 de la mañana, ella, por su nombre y trayectoria, llegaba a las 7 a.m., y yo con ella, pues mi preparación era sencilla. El trayecto hasta la locación, de una hora, se convirtió en el escenario de nuestra gran amistad. Yo le repasaba los parlamentos; ella, ¡imagínense!, me pedía consejos sobre su personaje. Durante la filmación, yo estaba atento a su bienestar. Descubrí a una mujer increíblemente divertida, de una belleza deslumbrante y con un glamour y una clase poco comunes. Era fascinante verla transformarse al actuar, encarnando a esa Madame interesada en el dinero, capaz de vender a las jóvenes al mejor postor.
Aprendí muchísimo a su lado. Hicimos planes, muchísimos planes. Ella soñaba hacer una miniserie junto a Marina Baura y Carlos Mata, la que sería su despedida como actriz, y yo trabajaría con ella en la producción. Aunque siempre le recordaba: - Acuérdate que lo mío es actuar.
-Claro, Jairo, eso lo sé. Ya verás la cantidad de cosas que vamos a hacer, eres muy talentoso y con esa voz, todas las puertas se te abrirán.
Pero no fue así. Ninguna de esas puertas se pudo abrir. El destino había trazado un final precipitado con una enfermedad incurable que la estaba consumiendo y no lo sabíamos.
Una mañana, mientras esperábamos el taxi en el lobby del hotel para nuestro encuentro diario, me dijo: - No sé qué me pasa, tengo un dolor terrible en el pecho. Seguro que dormí mal . Fui de inmediato a la cocina y pedí que le prepararan un té de anís estrellado. - Tómate esto, Doris, seguro que son gases, te va a aliviar . Y, en efecto, la alivió… por unas horas.
Le tocaban las escenas más fuertes de su personaje, justo cuando todo en la trama comenzaba a desmoronarse. Y el mismo drama se replicaba en la vida real, donde la enfermedad iba destruyendo lentamente a este maravilloso ser que en apenas una semanas nos habiamos hecho inseparables. Repasábamos la letra; yo veía que por momentos le costaba respirar, pero al pararse en el set y enfrentarse a Fabián, la adrenalina hacía su magia, y la fuerza y el coraje de Charo brotaban con intensidad. ¡Cómo la admiraba! Era increíble verla, aunque por dentro, sabía que cada vez estaba peor.
Este texto es un humilde homenaje a un ser maravilloso, lleno de alegría, de vida, y de planes y proyectos que, con el tiempo, se volvieron sueños truncados. Un homenaje a la gran actriz, a la gran mujer. Conocí aspectos suyos que nadie sabía. Al regresar al hotel, siempre poníamos en el taxi a Wilfrido Vargas y, junto a Cristina Reyes, otra excelente actriz y amiga valiosísima, ibamos moviendonos al ritmo del merengue todo el camino.
Recuerdo que le alegró mucho saber que mi padre vendría ese Diciembre e hicimos planes para que se encontraran de nuevo y ver juntos la pelicula. Pero nada de eso sucedió. Yo tenía que regresar a Caracas tres días antes de que finalizara las filmaciones. De repente, cambiaron el plan de rodaje: un avión vino a buscarla. No quiso volver a ver a nadie. Se fue apagando, poco a poco. No llegó a ver su película y yo, nunca más la volvi a ver.
Esta no es solo una anécdota de cine; es la memoria de cómo una de las figuras más grandes de nuestra pantalla se detuvo, me miró y me tomó de la mano. Ese gesto en la silla, ese abrazo sutil después del conflicto, no fue solo un acto de disculpa, sino el inicio de una amistad genuina que me regaló las lecciones más valiosas sobre el arte, la humanidad y la fragilidad de la vida. Aún resuena en mí su voz llena de promesas y fe en mi talento.
Aunque el destino le impidió concretar esos sueños, Doris Wells me abrió una puerta mucho más importante que cualquier oportunidad profesional: la puerta de la confianza y el afecto incondicional. La recuerdo con el ritmo alegre de Wilfrido Vargas, con su belleza imponente y con esa promesa de un futuro que hoy, sin ella, se convierte en el recuerdo más dulce y emotivo de un set de filmación que ya es eterno.
Y así pasó …
Jairo Carthy


