Trabajar en la Ópera de Caracas era una aventura, pero estar en el Museo del Teclado con el equipo de la Dirección de Música de Fundarte era, literalmente, vivir una comedia constante.
¿Recuerdan la anécdota de “La Escuelita”? Pues con ese mismo combo protagonizamos una de las experiencias más delirantes que he vivido. Todo empezó el día en que al Museo , ese lugar solemne que solía estar más solo que la una (porque nadie iba a ver la colección de pianos), le llegó un cargamento misterioso.
Consistía en un montón de cajas y una estructura metálica giratoria, enorme y pesada. Parecía un artefacto de la NASA. Cuando abrimos las cajas, ¡sorpresa!: eran las ediciones de poesía de Fundarte. La estructura era un exhibidor para que el público (ese que no iba) pudiera girarlo y elegir un libro.
Todo iba sobre ruedas hasta que Ana Cecilia Abreu soltó la bomba:
—¿Pero ustedes ya vieron cómo son estas "poesías"?
Corina Michelena, con su honestidad de siempre, respondió:
—Ni idea, a mí no me gusta la poesía.
Pero Armando Africano, que aunque era de la Ópera estaba pendiente, agarró un libro, lo hojeó y casi se va de espaldas:
—¡No puede ser que esto sea poesía!
Nelly Zerpa se acercó intrigada:
—¿Qué pasa, Armando? ¿Tienen errores?
—¡Peor! — respondió él—. ¡Es que cada página tiene una sola frase!
Yo no lo podía creer. Agarré otro ejemplar pensando que era un error de imprenta, pero qué va... una página decía una frase, la siguiente tenía tres palabras y la otra estaba casi en blanco.
- ¡Qué loquera! - exclamé -. Si esto es ser poeta, nosotros somos los próximos candidatos al Premio Nacional de Literatura.
Y ahí fue cuando la genialidad de Armando lanzó el plan maestro:
- ¿Y por qué no escribimos nuestro propio libro de poemas? Si ellos cobran por esto, nosotros también podemos.
-¿Pero quién nos va a patrocinar? - preguntó Ana Cecilia.
- ¡Eso es lo de menos! - dijo Armando. Primero la obra, después la fama.
Nos fuimos cada uno a su escritorio con una concentración sospechosa. Si alguien hubiera entrado en ese momento, habría pensado: "¡Caramba, qué eficiente es este equipo!".
Pero la realidad era que estábamos pariendo versos absurdos entre carcajadas contenidas.
Uno de los nuestros, Luis Salmerón (un fotógrafo guapo y talentoso), no participaba pero nos veía desde la barrera. Luis era un torbellino: iba de Parque Central al Ballet, del teatro a la oficina, nunca se quedaba quieto. Armando decía que parecía una "Tara" (ese saltamontes inquieto que nadie puede atrapar).
¡Y listo! Ya teníamos título para nuestra obra cumbre: "¡TARA!". Y como subtítulo le pusimos la frase más intensa e incongruente que se nos ocurrió: “He visto temblar la alegría”.
Nuestra musa involuntaria terminó siendo Isabel Palacios. Ella estaba en Nueva York y, como siempre, al volver nos reunió para contarnos sus andanzas. Nos habló emocionada de haber escuchado a Kiri Te Kanawa y de cómo, al salir del teatro con un frío de muerte, se encontró unos guantes negros de cuero en el taxi, que le salvaron la vida.
Mientras ella hablaba, nosotros nos cruzábamos miradas cómplices. Cada detalle de su viaje terminaba convertido en un "poema" de nuestro libro:
“Como gotas de rocío… cayeron guantes pal frío”.
“Kiri Te Kanawa, la loca de Tacagua. La karateca loca ataca”.
“La niña enferma… de prístinos paisajes”.
“Y aquello parecía…”.
Cualquier frase, mientras más incoherente fuera, mejor quedaba en nuestro poemario. Eran muchísimos, pero lamentablemente el manuscrito original está perdido entre uno de los baúles de recuerdos de Armando, pero todos daban mucha risa y lo mejor es que fue un trabajo colectivo del grupo.
Cuando terminamos sacamos una copia para cada uno; no pusimos un poema en cada página como era la diagramación de los libros a la venta, pues no teníamos mucho presupuesto para estas travesuras, y se lo dimos a leer a cada persona de nuestro entorno: cantantes, profesores, pianistas, alumnos, que se morían de la risa. Fue algo muy divertido.
Quiero hacer un paréntesis necesario: siento un profundo respeto por el arte de escribir y por mis amigos poetas, esos arquitectos del alma que logran conmovernos con la palabra exacta. Disfruto muchísimo de la buena poesía, la que tiene profundidad y sentido. Nuestra aventura no era una crítica al oficio, sino una reacción llena de
asombro ante lo incomprensible: no podíamos entender cómo una frase aislada y vacía de significado pretendía ser un poema.
Isabel Palacios, cuando descubrió el libro no lo podía creer, terminó aceptando con una sonrisa que nuestra creatividad no tenía límites… ni sentido común.
Al final, entre versos locos y risas, nosotros también vimos temblar la alegría.
Y así pasó…
Más artículos en: Y ASÍ PASÓ

