Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

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Y ASÍ PASÓ ... COMER, COMER... Y COMER por Jairo Carthy / 13 de Septiembre de 2026

 

Queridos amigos y amigas:

 

Tras la acogida que ha tenido la columna “Y ASÍ PASÓ…” en tantos rincones del mundo, estamos de regreso con mucha emoción. Hoy abrimos una nueva etapa para compartir con ustedes cinco artículos inéditos: relatos nacidos de esa memoria viva, recuerdos que rinden homenaje a una época dorada e inolvidable donde el arte, el teatro y la cultura marcaban el ritmo de nuestras vidas.

 

Pero eso no es todo… Queremos celebrar este camino compartido con un regalo muy especial.

 

Al culminar la publicación de estos nuevos artículos, pondremos a su disposición, de manera completamente GRATUITA, el libro digital “Y ASÍ PASÓ…”.

 

En esta obra hemos reunido minuciosamente cada uno de los relatos y anécdotas que semana tras semana han formado parte de esta columna. Será una edición muy especial para que puedan conservarla, volver a leerla y disfrutar sin costo alguno de este viaje lleno de afectos, nostalgias, humor y vivencias imborrables.

 

Los invito a acompañarnos en estas próximas entregas y a estar atentos para descargar su ejemplar. ¡Gracias por leer, por recordar conmigo y por ser parte de este recorrido!

 

Jairo Carthy

 

 
  

En mi trayectoria artística, hubo una pausa de un par de años en los que decidí cambiar los escenarios por los itinerarios. Había estudiado turismo y, tras mucho insistir, logré entrar en la OTI (Organización Turística Internacional). Era una agencia de viajes que contaba con una extensa clientela la mayoría judíos y de excelente posición, y acudían a nosotros, ya que los dueños de esta Empresa también eran judíos.

 

Mi jefa era una peruana espectacular: ojos azules que intimidaban, cabello negro azabache y un temple de acero para los negocios. Como ella sabía que yo era actor, no solo me apoyaba en mis ensayos y funciones, sino que se divertía mucho con mis historias. Éramos, en esencia, cómplices.

 

Todo marchaba bien hasta que, una mañana después de Navidad, ella me soltó la pregunta del millón: - Jairo, ¿te gusta la comida peruana? Como buen hijo de mi madre, respondí con honestidad: - Solo conozco el ceviche de camarones de mi mamá. Nada más. Sus ojos brillaron. - Entonces hoy vas a graduarte. Vamos a un sitio especial, es muy sencillo, pero se come la verdadera comida peruana.

 

Mi Jefa estaba embarazada como de 6 meses.  A pesar de su voluminoso vientre seguía manejando, llegamos al Restaurante donde, en cuestión de minutos, la mesa se convirtió en un campo de batalla de sabores: Ceviche de Mero, Papas a la Huancaína, un Cau Cau (delicioso), Anticuchos, Causa rellena, Ají de Gallina... y para cerrar, el postre era Mazamorra Morada con Pisco Sour y refrescos Inca Kola. Yo estaba al borde del colapso gástrico, pero, ¿cómo decirle que no a mi jefa, que estaba ahí, embarazada y feliz, iniciándome en los secretos de su tierra?

 

De pronto, el teléfono interrumpió el almuerzo. Era su marido. Celoso, controlador y - para mi desgracia- alguien con quien yo me llevaba muy bien. - Sí, mi amor, surgió un inconveniente, ya vamos para allá. Estoy con Jairo, no te preocupes, le dijo ella, con una calma increíble.

 

Rápidamente, pedimos la cuenta y salimos apurados.  Yo no entendía nada, ¿para qué íbamos a su casa? Llegamos al maravilloso Pent House de ellos, donde se divisaba toda Caracas. Nos abrió la puerta el mayordomo de guantes blancos, yo estaba sorprendido, no sabía que existía ese nivel de sofisticación en esa pareja tan joven.  El marido me recibió con una sonrisa: - ¡Bienvenido, Jairo! Qué placer que nos acompañes a almorzar.

¿Qué dijo? ¿A ALMORZAR?. Mi jefa, notando que estaba a punto de meter la pata, se adelantó: —¡Sí! Le dije a Jairo que nos esperabas. Vamos, siéntate.

 

Lo que siguió fue un guion de terror: de más está decir que el buen gusto imperaba en la mesa, la vajilla, los cubiertos, las copas, todo era de primera, y por supuesto me ofrecen vino: - Quieres una copa de vino blanco? Tu no puedes tomar mi amor, solo Jairo y yo. Por supuesto no quería vino ni nada, y traen el primer plato. Sirvieron una crema. Yo intentaba comerla con mucha lentitud mientras rezaba por un milagro. De repente, mi jefa se levantó: - Disculpen, me siento mal. Cosas del embarazo... y salió disparada al baño a "vomitar".

 

Yo la miraba con horror. ¿Qué haces?, pensaba. ¡Nos vas a matar a los dos con este teatro!

Ella regresó, me picó el ojo ¡qué descaro! Y pidió un té mientras yo seguía atrapado en la mesa con el marido, que, ignorante de mi agonía, llamaba al mayordomo para que me sirviera más crema. "No, de verdad... es suficiente", intentaba yo, pero la campanilla ya había sonado. Mi ración de crema se multiplicó como por arte de magia.

 

Y ahora venía el plato principal.  Cuando llegaron los canelones de espinaca y ricota, mi cuerpo dijo basta. - Disculpen, necesito un momento, dije, y corrí al baño, que afortunadamente estaba cerca.

 

Al entrar al baño me di cuenta de que estaba lo suficientemente cerca del comedor, así que mi plan de provocarme el vómito para desalojar algo de mi estómago debía ser rápido y lo más silencioso que pudiera.  No se imaginan lo difícil que fue, por más que hacía esfuerzos con todas las técnicas que uno se imagina poner en práctica no se devolvía nada.  Y lo peor era el tiempo de no sobrepasar el estimado en orinar un momento, lavarse las manos y salir.

 

Por fin logré que algo saliera, pero ahora me ardía la garganta, arreglé todo y salí.

 

-¿Te sientes bien?, me preguntaron. -Todo si muy bien (medio afónico). Hubiera querido decirles claro que NOOOO, me acabo de comer como diez platos de la gastronomía peruana, postre, refrescos, y me he tenido que tomar casi dos platos de crema que ni siquiera sé de qué es y me falta una generosa ración de canelones rellenos y ¿quieren que esté bien?

 

Por fin a duras penas medio me comí los canelones, de verdad estaban exquisitos, pero no podía más.  Cuando llegó la hora del postre allí si dije que estaba full y que no podía comer más, además que no me gustaba el dulce (eso nadie se lo creyó) y mi Jefa tranquila, degustando su tacita de té y disfrutando el horror que yo sufrí.

 

Y así pasó… 

 

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com