Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

ETIQUETAS

CRISTINA REYES... la belleza de lo natural / por Jairo Carthy / Caracas, 21 de Febrero de 2026

 


Al llegar a la casa, me detuvo el conserje del edificio:  - Sr. Jairo, ahora tenemos a dos actores en este edificio. Una colega suya se acaba de mudar al piso 10; es una mujer espectacular: Cristina Reyes.

 

No pude ocultar mi asombro. Su llegada era tan inesperada como incómoda. En aquel entonces, ella representaba toda la frivolidad, superficialidad y pedantería que se les atribuía a las actrices de televisión. Ojalá las cosas hayan cambiado, pero eso era lo que el medio les exigía; luego entendí el por qué. Yo la conocía de verla en alguna telenovela: era dueña de una belleza fuera de serie, pero siempre encarnaba a la malvada de la historia, a la mujer acaudalada y triunfadora. Nunca interpretaba a alguien común que debiera trabajar para ganarse la vida. Esos elementos, sumados a su porte y distinción, contribuían a la imagen de que era, definitivamente, una diva inalcanzable que caía pesada.

 

Un día, sonó el timbre de mi apartamento. Antes de abrir, pregunté: - ¿Quién es?  - Soy yo, Jairo. Cristina , escuché del otro lado.

 

No entendía nada. ¿Cristina Reyes? ¿Cómo sabía mi nombre? Al abrir la puerta, efectivamente era ella, pero una versión que jamás imaginé: sin una gota de maquillaje, descalza, vistiendo unos shorts rosados, una blusa corta blanca y el cabello recogido en una sencilla cola. Su aspecto era el polo opuesto a la imagen que yo guardaba de ella

.

-Tu nombre me lo dio un amigo que tenemos en común - continuó diciendo -. Me sugirió que viniera, pues siempre es bueno contar con el apoyo de un vecino, y siendo tú actor, ¿quién mejor para iniciar una amistad?

 

Alargó su mano y me preguntó: - ¿Amigos? Estaba tan sorprendido que tardé unos segundos en reaccionar y estrecharla.  Allí comenzó no solo una relación de vecinos, sino una maravillosa amistad y camaradería que ha perdurado siempre.

 

Ella era decidida. De inmediato me dijo: - Ven, sube a mi casa. Te invito a tomar café y a probar una torta que acabo de hacer. La seguí de inmediato. Subimos las escaleras, pues solo un piso nos separaba. Su apartamento era más pequeño que el mío, pero estaba decorado con muy buen gusto; se notaba el alma de artista en cada rincón. Me llamó la atención un detalle: no había ni una sola foto de ella exhibida.

 

Nuestras tertulias se hicieron frecuentes. Ella se interesaba por mi carrera y yo por la suya. Pronto descubrimos que las distancias entre el teatro y la televisión eran abismales. Cristina anhelaba interpretar personajes reales, como los de las novelas brasileñas que causaban furor entonces; quería salir sin maquillaje si la escena era al despertar, o hacer cosas cotidianas como lavarse los dientes o fregar los platos. Nada de eso se permitía en una telenovela nacional, a menos que fueras la protagonista sufrida; pero la antagonista, la "villana", jamás podía permitirse tal humanidad.

 

Me explicó que, por contrato, no podía salir a la calle sin maquillaje: debía estar siempre impecable, sonriente y "perfecta" para el público. Por eso, en pantalla, aparecía con dormilonas que parecían trajes de gala, muy maquillada incluso con pestañas postizas y el cabello como para un comercial de champú , para una escena que se estaba acabando de levantar por la mañana.  Fui descubriendo tantas facetas de ella que me dio pena mi prejuicio inicial. Era totalmente diferente; de hecho, su sencillez la hacía ver mucho más bonita y juvenil. Se ganaba a la gente con su autenticidad. Cuando llegaba de grabar me daba mucha risa; parecía otra persona. Frente a mis ojos, veía cómo la diva se desvanecía para dar paso a la Cristina que muy pocos conocían.

 

De repente, un día volvió a tocar mi puerta con insistencia. Ya yo sabía que era ella. —¡Mi vido! - así me llamaba -. ¡Vamos a trabajar juntos en una película! Me acabo de enterar, ¡qué alegría más grande!

 

Y así fue. Fue una sorpresa.  Nos habían contratado a cada uno por su lado. Tuve el honor de compartir con ella la aventura llamada “Ana, pasión de dos mundos”, donde, para variar, ella era la antagonista de Maribel Verdú. Pero, afortunadamente, su personaje, “Clarita”, era una prostituta de origen humilde que había luchado mucho por salir adelante. Eso le dio la oportunidad de hacer algo distinto. Trabajamos mucho en ello y ella logró darle al personaje una dimensión humana que trascendía su evidente belleza física.

 

Descubrir su calidad humana fue un regalo. Le encantaba ayudar. Era invitada de honor en Los Nevados, un pueblo en Mérida, a donde llevaba juguetes, ropa y medicinas que recolectaba incansablemente entre sus conocidos y empresas. Se iba a caballo, en Jeep o a pie por esas montañas. Aunque nunca la acompañé, admiraba profundamente su dedicación y el amor con que la recibían en esas tierras.

 

Durante el rodaje de la película, hizo algo increíble. En una secuencia, mi personaje usaba alpargatas y yo acompañaba a Maribel Verdú, quien conducía un caballo; Cristina venía en otro detrás de nosotros. Nos detuvimos según las marcas del director y, de repente, un caballo me pisó el pie. Por profesionalismo, no dije nada; esperé a que terminara la escena. Al grito de “¡Corten!”, solté un alarido de dolor. Al quitarme la alpargata, el dedo no paraba de sangrar. Todos corrieron, pero ella fue la primera. Me limpió la herida y, al ver que la hemorragia seguía, le dije bromeando: - Si fuera el dedo de la mano sería perfecto, porque me lo meto en la boca y la saliva corta la sangre. Ella me miró con esos ojos maravillosos y me dijo: —No te preocupes, mi vido, ya vas a ver.

 

Acto seguido, se metió mi dedo del pie en su boca para detener la sangre. Yo no podía creerlo. Fue una muestra de humildad y calidad humana que dejó paralizados a técnicos y actores. Lo cierto es que surtió efecto: la sangre se detuvo y pudo curarme debidamente.

 

Durante las semanas del rodaje de la película, nos invitaba casi a diario a su habitación a comer panquecas, ella las cocinaba en una cocinita pequeñita de camping y tenía todos los implementos para hacerlo.  Pasabamos ratos muy agradables compartiendo con los actores españoles y eso podía ser a cualquier hora, desde la hora del desayuno hasta medianoche.  Sus panquecas se hicieron famosas. 

 

Esa es solo una de las tantas vivencias donde su bondad y optimismo salían a flote. Un día, llegué a mi oficina y Yelitza, una gran amiga de muchos años y cómplice en muchas de mis locuras, me cuenta: - Ayer, en la carretera de La Victoria, vi a una mujer desde lejos que se cayó de un parapente. ¡Parece loca! . Sabrá Dios que le habrá pasado. 

 

Horas más tarde, Cristina me llamó con un hilo de voz: - Mi vido, no te asustes, pero estoy hospitalizada. Ayer me caí de un parapente y me rompí la columna. Era la misma historia de Yelitza. Así era ella: audaz, intrépida y amante de los deportes extremos, todo lo contrario a mis gustos. Fui a la clínica de inmediato y la encontré enyesada desde el cuello hasta los glúteos, con los brazos en posición de abrazo. Era una estampa dolorosa, pero ella mantenía el humor y se reía de lo sucedido.

 

Faltaba una semana para el estreno de una obra de teatro llamada “El Chingo”, de Edilio Peña, era un proyecto muy importante para mí carrera. Le dije que no se preocupara, que ya veríamos cómo llevarla a una función más adelante. Pero ella sentenció: - Yo voy igual, mi vido. Ese estreno no me lo pierdo; es tu noche y quiero estar allí.

 

Y cumplió. Primero llegó al teatro un ramo de 72 rosas rojas de tallo largo, tan inmenso que no cabía por la puerta y tuvo que quedarse en el lobby. Luego llegó ella, una hora antes de la función. La producción tomó previsiones para sentarla en primera fila y que estuviera visible lo menos posible, no quería llamar la atención. Le dediqué la función y ella, como no podía aplaudir por el yeso, gritaba con toda su alma: “¡Bravo, bravo!”. Fue una noche mágica.

 

A veces, comparando nuestras carreras, ella me decía: - Quisiera tener tu experiencia y tu currículum haciendo teatro y creando personajes. Y yo le respondía entre risas: - Y yo quisiera ganar lo que tú ganas en televisión, aunque sea por un mes. Mi sueldo en la cultura era modesto y el de ella, con horas extras, era astronómico. Pero ella era generosa y disfrutaba compartiendo cada éxito con sus amigos.

  

 
 

Podría escribir horas sobre nuestras anécdotas. Aprendí que, aunque viniéramos de medios distintos, ella de la fama y la popularidad, yo del rigor y la satisfacción del aplauso en vivo, en el fondo buscábamos lo mismo: un canal para expresarnos y brillar a través del trabajo.

Uno de sus últimos trabajos antes de irse al Tíbet a un retiro espiritual fue en una novela de Cabrujas. Era un papel corto, moriría en el capítulo 25, pero le permitía hacer algo diferente. Mi consejo, muy extraño por tratarse de mi, fue: - Cristina, no actúes. Sé simplemente tú, con esa alegría y bondad que tienes. No interpretes; deja que el público conozca a la mujer maravillosa que vive en ti.

 

Y así lo hizo. El personaje lo permitía.  Apareció natural, casi sin maquillaje y vestida sin lujos. Sus diálogos tenían una naturalidad que emocionaban a los espectadores, era un papel corto pero muy bien escrito.  Fue un éxito rotundo y recibió críticas excelentes. Yo fui muy feliz de verla triunfar y cumplir ese sueño.

 

Eramos inseparables, amigos por siempre. Al final del día, nuestras charlas me enseñaron que el teatro y la televisión no son mundos antagónicos, sino dos espejos que reflejan la misma búsqueda humana. Yo, desde las tablas, perseguía la verdad a través del rigor y el sudor del aplauso inmediato; ella, desde la pantalla, luchaba por encontrar esa misma verdad detrás de las capas de maquillaje y los contratos de perfección.

 

Aprendí que no importa si el escenario es de madera o de píxeles: el talento real, como el de Cristina, consiste en saber despojarse de los artificios. Ella fue mi mejor lección de que el éxito no está en la cuenta bancaria ni en el vestuario de gala, sino en la capacidad de meterse en el barro - o en la boca, si el dedo de un amigo sangra -  para demostrar que lo más valioso que podemos interpretar es nuestra propia humanidad.

 

Hoy, cuando recuerdo a la “villana” que resultó ser un ángel, sonrío. Porque aunque ella anhelaba la libertad del teatro y yo la solvencia de la televisión, ambos descubrimos que en el arte, y en la vida, lo único que realmente perdura es la autenticidad con la que tocamos el alma de los demás.

 

Y así pasó…

Jairo Carthy

jcarthyc@gmail.com

 

 

Más artículos en: Y ASÍ PASÓ 
 

De venta en AMAZON