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Alejandra Pizarnik


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Brit Bennett: “La identidad no cabe en palabras, es más compleja que el lenguaje”/ Anatxu Zabalbeascoa, El País, España, 23 de marzo de 2021

 

La escritora Brit Bennett, en Brooklyn, el distrito de Nueva York donde vive.DANIEL DORSA (THE NEW YORK TIMES / CONTACTO) (EPS)

Escribe sobre negros que quieren ser blancos y hombres a los que les duele un aborto. Con 26 años publicó ‘Las madres’ y vendió más de un millón de ejemplares. Su nueva novela, ‘La mitad evanescente’, ha sido durante semanas el libro más vendido en la lista de ‘The New York Times’. HBO acaba de pagar una cifra millonaria para convertirla en serie. Su éxito no le parece nada extraordinario comparado con que sus padres, nacidos en tiempos de la segregación, llegaran a la universidad.








En una puja sin precedentes entre 17 productoras, HBO ha comprado los derechos para convertir en serie la historia de Stella y Desirée, las dos gemelas de La mitad evanescente (traducida por Random House al castellano y por Periscopi al catalán) que se separan cuando una decide ser blanca y la otra negra. Brit Bennett (Oceanside, California, 1990) escribe rompiendo estereotipos: un hombre que no consigue superar el aborto de su novia u otro que, con trabajos ilegales, da seguridad a una familia. Su primera novela, Las madres (Océano, Hotel de las Letras), recrea la claustrofobia de un pueblo californiano en época de teléfonos inteligentes. La segunda, La mitad evanescente, atraviesa tres décadas de racismo: del más violento al que, por cercano y acostumbrado, más cuesta ver. Hace un año que se mudó a Brooklyn, en Nueva York, para dar clases de literatura. Tras un confinamiento en solitario, regresó a Los Ángeles para ver a sus padres y a sus hermanas mayores. Desde la casa de una de ellas —que es bibliotecaria— atiende por Zoom vestida con una camiseta que lleva estampada una caricatura de Stanley, el pícaro directivo de la serie The Office.


La mitad evanescente describe el racismo entre los negros.


Quería hablar de cómo la gente oprimida termina con frecuencia oprimiendo a otros. Y, queriendo o no, perpetuando las heridas que ha sufrido.


Habla de negros que se enorgullecen de ser menos negros.


La jerarquía que se forma con el grado de color dentro de una raza es un efecto colateral de la supremacía blanca. Mis personajes han sufrido racismo y, a pesar de eso, se consideran un grupo aparte de los negros. Su pueblo está organizado en torno a ese miedo, una jerarquía absurda en la que muchas veces participamos, incluso sin darnos cuenta.


“Ser blanco es vivir más seguro”.


El padre de las protagonistas es asesinado y cada una toma una decisión opuesta sobre cómo seguir viviendo, que en realidad es una decisión sobre cómo lidiar con el racismo. Una de ellas cree que da igual el tono de la piel y la otra piensa que ser poco negra no es suficiente, hay que ser blanco para estar seguro. Las dos tienen razón y las dos no la tienen. Ambas buscan una vida más segura.


En sus novelas hay relaciones interraciales. Pero describe el racismo como una espiral infinita.


Se supone que las relaciones interraciales construyeron América, las hubo incluso durante la esclavitud. Pero eso no acabará con el racismo porque no es cierto que la gente no hiera a quien más le atrae. A los estadounidenses nos gusta pensar que en unos años el país será más oscuro, como si quisiéramos que un problema como este se solucionara de manera natural. Pero la historia y el mundo están llenos de lugares en los que una minoría blanca ha mandado y mantiene el poder. Mis novelas muestran cambios innegables sin ocultar la dureza. Mi realidad y las de mis padres no tienen nada que ver.


¿Cuáles han sido los grandes cambios?


Mi madre creció en Luisiana, en una escuela segregada. Como la de mi padre en Los Ángeles. Yo tuve amigos de todas las razas. Mis padres fueron la primera generación de sus familias que fue a la universidad. En tres generaciones ha habido cambios monumentales, pero el racismo sigue de manera más perversa.


¿Más psicológica?


Sí. Los linchamientos físicos han sido sustituidos por asuntos como complicarles la vida a los negros si deciden integrarse en un barrio blanco. No son insultos ni segregación forzada, pero es el mismo aparato de poder.


¿Obama ayudó a erradicar el racismo?


No me considero comentarista política. Soy escritora de ficción.


Pero usted es una mujer negra que escribe sobre racismo.


Creo que es demasiado pronto para saberlo.


¿George Floyd murió o lo mataron?


Le robaron la vida violentamente.


Tras su asesinato, la urgencia de manifestarse contra el racismo hizo que mucha gente rompiera el primer confinamiento.


Ver las imágenes de su violenta muerte cuando estábamos encerrados para proteger la vida fue grotesco. Hemos visto cómo mataban a mucha gente negra, no hay nada nuevo en eso, pero que sucediera en un momento de máximo cuidado mutuo colmó el vaso. No solo en Estados Unidos. Las injusticias unen.


El coste por pertenecer a un grupo resulta muy caro en lo que escribe. ¿Le ha sucedido?


No tanto. Oceanside es un lugar mayor que lo que yo cuento. Tiene más de 150.000 habitantes, por eso centré a mis personajes en torno a una iglesia para fomentar la sensación de claustrofobia. Me fascinan los escenarios pequeños. Leer a Toni Morrison me enseñó que es una buena fuente de conflicto que la gente viva muy pegada.


¿Buena?


Para un escritor. Eso es lo que me interesa contar.


Describe racismo en la Universidad de California (UCLA).


Existe la tentación de creer que el racismo se circunscribe al sur y a comunidades sin acceso a una educación superior. Nunca ha sido ni es verdad. Los Ángeles es una ciudad muy segregada, como el resto del país.


¿Ha experimentado racismo?


Claro. Todos los negros lo hemos sentido. No tiene que ver con los lugares, tiene que ver con las personas.


¿Su trayectoria prueba que algo está cambiando o es la excepción que confirma la regla?


Mis padres fueron pobres. Les costó llegar a la universidad y darnos oportunidades a mí y a mis hermanas. Lo consiguieron. Pero hay gente tan lista y voluntariosa como ellos que no lo consiguió. La excepción son ellos. No hay nada excepcional en lo que yo he hecho.


No todos los días se vende una historia a HBO por una cifra millonaria.


Pero el esfuerzo fue el de ellos. No debería ser excepcional que alguien negro consiga cierto éxito.


Ha podido elegir más que sus padres. ¿Eso no es ser más libre?


Poder elegir es un gran privilegio. Y saber aceptar la libertad del otro, un signo de inteligencia y un acto de amor. Mis padres querían que estudiara Derecho.


Pero escribía en secreto.


Ellos no sabían que escribía, pero la libertad para hacerlo me la dieron ellos. Sabía que, en el peor de los casos, podría volver a casa y tener un lugar para vivir. Eso no es algo habitual entre la gente que conozco. Muchos de mis amigos mantienen económicamente a sus padres.


No describe el mundo en términos de opuestos, sino de diversos.


Exacto.

¿Qué nos lleva a clasificar racial, sexual, social o culturalmente a las personas?


Nuestra identidad no cabe en las palabras, es mucho más compleja que nuestra lengua. La mayoría vivimos en un espacio fluido entre definiciones: no somos ni pobres ni ricos, ni altos ni bajos, ni cultos ni incultos, ni vagos ni diligentes. Y eso se puede aplicar a la raza o el sexo. Por eso una persona te puede ver de una manera y otra de otra. Siempre ha sido así. Existe un deseo de encajar a las personas en tipos, pero somos más complejos de lo que estamos dispuestos a pensar.


¿Por qué buscamos similitudes en vez de singularidades?


Un profesor nos dijo que cuando conocemos a alguien las primeras tres cosas que vemos son su raza, su género y su edad. Con esa información comenzamos a categorizar. Sin embargo, en el 90% de los casos, nada de eso importa. No importa la edad que tengamos tú y yo para tener esta conversación. Tal vez importa cuando hablas con un niño, ¿pero el resto del tiempo? El profesor decía que si alguno de esos datos no queda claro a primera vista, nos sentimos incómodos y nos alejamos, aunque no sea algo importante. Si vas a comprar fruta, qué demonios te importa la raza o el género del frutero. No he dejado de pensar en eso desde que tomé el curso. Y trato de frenarme cuando me sorprendo categorizando a la gente.


¿Qué nos molesta de la indefinición?


Que no tenemos datos para clasificar a las personas en las jerarquías. ¿Quién será el poderoso y a quién le costará acceder al poder? La pregunta no debería ser quién tiene el poder y quién no. La pregunta debería ser por qué tenemos esas jerarquías.


En sus novelas convive la diversidad que ha aireado el mundo contemporáneo: hay lesbianismo, transexualidad…


Lo que me interesa de la transexualidad es la idea paradójica de tener que cambiar para poder ser uno mismo. La utilicé para contrastar con otro personaje que, negando su raza, está cambiando para lo contrario, para dejar de ser quien es.


¿Qué es más importante para la normalización de las preferencias sexuales y de género, describir caracteres o salir públicamente del armario?


Las dos cosas.


¿Tienen la misma fuerza? La novela es ficción…


Muchos lectores me han dicho que nunca se habían encontrado con un personaje transexual. Eso es chocante y no refleja el mundo real. Hay gente que todavía relaciona la transexualidad con la prostitución y la explotación. No creo que haya fórmulas para solucionar todos los problemas del mundo, pero leer sobre la convivencia con una persona transexual puede generar normalidad y un espejo. Para todos es importante vernos reflejados en un libro. Pero está claro que el gran trabajo en este campo lo están haciendo los activistas: la gente que arriesga su forma de vida para defender la libertad de los demás.


¿Es más valiente como escritora que como persona?


No me considero valiente, pero lo que me gusta de la ficción es la posibilidad de arriesgar, de describir personajes que hacen cosas que yo nunca haría. Escribir te permite explorar de una manera segura. Creo que uno escribe ficción porque quiere esconderse, no exponerse.


Creí que la mayoría de autores escribían para que los quisieran.


Uno se cuela en sus libros inconscientemente. Pero no siempre aflora donde querría verse. Yo me siento mucho más expuesta cuando escribo un artículo de opinión que cuando construyo una novela.


¿Por qué escribe?


Es una forma de estar en el mundo, de tratar de comprender. También un gran acto de egocentrismo, de exhibicionismo emocional, claro.


¿No ha dicho que se ocultaba?


Sí, exploro desde la distancia.


Describe acoso o falta de entendimiento entre padres e hijos. ¿Cómo mira el mundo para ponerse en la piel de tantos?


Investigo, leo, escucho, y mi madre me ha contado cosas de su vida. Creció en una época en la que los cines tenían zona de blancos y zona de negros. Pero mucho es imaginación.


¿Teme que sus amigos dejen de contarle cosas?


No. Valoro la amistad por encima de mis libros.


¿Tiene más amigos de la infancia o de la universidad?


De la universidad.


¿La educación crea otra forma de segregación?


Puede que sí. Al final son afinidades lo que nos junta.


Se define como una persona introvertida.


Solo hablo cuando siento que tengo algo que decir. El resto del tiempo prefiero escuchar. Miro el mundo.


¿Y qué ve?


Lo mucho que escapamos a cualquier clasificación.


En 1959 Douglas Sirk filmó el problema que recrea La mitad evanescente. Todos lloramos cuando Sarah Jane se avergüenza de su madre negra y se hace pasar por blanca en Imitación a la vida. ¿Ha visto esa película?


Sí, cuando era niña. Creo que fue la primera vez que fui consciente de ese cruce racial que te lleva a negar tu identidad. De modo que puedo considerarla los cimientos de mi novela junto a otros libros de Toni Morrison.


Su novela arranca también en los cincuenta.


Pero atraviesa décadas de grandes cambios para dejar constancia de que queda mucho por solucionar.


¿Qué hacer con la buena gente blanca?


Escribí un artículo con ese título porque quería saber qué hacer con la gente que no tiene mala intención, pero aun así te hace daño. ¿De qué sirve ser consciente del racismo si el resultado final es que sigue haciendo daño?


¿Desconfiar genéricamente de los blancos no es otra forma de racismo?


No. La desconfianza no es lo mismo que el racismo. Por desgracia, las comunidades negras tienen muchas razones para vivir preocupadas y desconfiadas. Debemos dejar de pensar en el racismo como una opción individual. Opera desde instituciones. Por eso para mí ese es el gran reto. No tanto cambiar la mentalidad individual de las personas como modificar el sistema y las instituciones.


Las madres describe cómo algunas decisiones pueden afectar el resto de la vida. ¿Qué decisiones han transformado la suya?


Soy prudente. Cada vez que tomo una imagino cómo cambiaría mi vida decidirme por otra opción. Pero, claro, es imposible saberlo. Mis padres querían que estudiara Derecho. Igual hubiera sido una gran abogada. Tal vez más feliz. ¿Cómo saberlo? Uno puede tener la sensación de tomar la decisión adecuada y, aun así, preguntarse qué hubiera ocurrido de haberse decidido por otra opción. En la vida hay muchas cosas que nunca llegaremos a saber ni entender. La mayoría de la gente que se suicida no deja una nota dando explicaciones. Eso siembra una duda con la que también la literatura debe ser capaz de vivir. No quiero darles a mis lectores una historia masticada. Debemos aceptar que no se puede saber todo. Me interesa comunicar que uno puede ser feliz a pesar de haberse equivocado. O infeliz habiendo tomado la decisión correcta.


Mirar desde otro ángulo la ha llevado a hablar del dolor de los hombres ante un aborto.


Como mujer nunca me lo había planteado. Pensaba que era un derecho de la mujer sobre su cuerpo y su vida. Pero decidí permitirme la duda y empecé a leer y a meterme en foros. Encontré, claro, a los radicales anti­abor­tistas, pero también a hombres que apoyaban a sus parejas y a hombres genuinos que hablaban de la dureza de sentir que perdían a un hijo porque no formaba parte de su cuerpo. Busco eso, espacios para poder pensar.


Describe a hombres negros apalancados dominados por mujeres.


Y he conocido a otros que consideran que la hombría se demuestra dominando a una mujer. Todo el mundo cree que la generación que llega es peor que la suya.


¿Por qué?


Porque en lugar de hablar para intentar entender, hablamos para callar al otro.


¿La amistad ofrece más verdad y libertad que la familia?


Mis amigos y mis hermanas son las relaciones cruciales de mi vida, quiero decir las más íntimas, y por eso las que pueden ser más traumáticas o caóticas. Para mí una discusión con un amigo puede ser más dolorosa que el fin de una relación romántica.


¿Mantiene en secreto su vida privada?


No estoy casada.


¿Y?

El resto es privado.


“Tienes que ser suave en el amor, el amor duro no dura”. ¿De dónde lo saca?


De hablar con madres, tías y abuelas.


¿Cuántos podemos ser sin dejar de ser reales?


Esa es la gran pregunta que quiero contestar con mis novelas. Yo también he querido ser alguien diferente a quien era por lo menos en algún aspecto. El reto de escribir es reconciliar todas las personas que has sido para sacar de eso algo coherente.


Habla de rescatarse a sí misma en lugar de esperar a que alguien te rescate. ¿Ha sido su caso?


Confiar en mi manera de ver las cosas es lo que más me ha costado en la vida. Con frecuencia uno tiene que alejarse de los suyos para saber quién quiere ser.


Anatxu Zabalbeascoa

El País,España, 23 de marzo de 2021

Fuente: El País



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