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Y ASÍ PASÓ... EL SILENCIO DE ADINA por Jairo Carthy / Caracas, 18 de enero de 2026
Les prometí contarles el dramático episodio que se vivió durante una de las funciones de "El elixir de amor" de Donizetti. Por razones profundamente personales y obvias, el nombre de la protagonista permanecerá en el anonimato. Pronto comprenderán el por qué de esta reserva.
El montaje en el Teatro Nacional de Caracas fue una producción especial de tres funciones. El rol protagónico de Adina se repartió entre tres sopranos distintas, una para cada noche. Para el personaje del tenor, tuvimos el honor de contar en dos funciones con el famosísimo Maestro Luigi Alva, invitado estelar, mientras que una función recayó en el talento de nuestro tenor venezolano, Eduardo Calcaño.
Como era tradición en la Ópera de Caracas, el elenco, a excepción del Maestro Alva, fue el resultado de rigurosas audiciones. Este montaje en particular brilló bajo la dirección escénica del maestro José Ignacio Cabrujas y la dirección musical del maestro Carlos Riazuelo.
Al ser una ópera bufa, ambientada en la época actual y rebosante de color y alegría, esta producción prometía momentos inolvidables y divertidos, como aquella famosa anécdota de la franela de Superman. Mi labor en la producción era doble: además de mis responsabilidades habituales, me encargaba del maquillaje de los protagonistas, una destreza que adquirí en mi carrera como actor. Me apasionaba la capacidad de embellecer, transformar y dar nueva vida a cada cantante o actor a través del maquillaje.
En la segunda función, Adina fue interpretada por una soprano de una dulzura inusual. Su cabello corto, por arte de la magia del postizo, se convirtió en una hermosa cabellera que complementaba su aura. Poseía una voz preciosa y un talento innegable, que la había hecho triunfar en la audición. Aunque no era una muchacha, sino una mujer de unos 32 años, su carisma la hacía perfecta para la Adina de Cabrujas.
El día del estreno de su función, la emoción era palpable. El éxito de la noche anterior había sido glorioso, y las entradas para esta y la última función estaban agotadas. El compromiso con la excelencia artística se sentía en el ambiente.
El primer acto transcurrió en perfecta armonía. Las risas y los aplausos del público atestiguaban el buen ritmo. Llegó el intermedio, de tan solo quince minutos para una transformación frenética: convertir a Adina en la anfitriona bellísima de una gran fiesta popular. El camerino se convirtió en un torbellino. María de las Casas, nuestra extraordinaria diseñadora de vestuario, se encargaba del traje y el peinado, mientras yo esperaba mi turno para los retoques de maquillaje.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Apareció una figura casi espectral, como sacada de una película de terror de época. Una mujer de tez morena, con una peluca rubia ceniza y un traje ridículamente ajustado, dos tallas menos, rematado con un tapado de piel y ¡guantes! Era una aparición verdaderamente inoportuna. Con una furia contenida, se abalanzó sobre Adina y le gritó, casi al oído:
-¿Y, entonces? ¡¿Qué te pasa?! ¿Por qué estás cantando así? ¿Dónde están esos agudos maravillosos que te he enseñado? ¡Estás haciendo el ridículo, una mujer profesional como tú!
María y yo nos miramos, pasmados por la violencia de la escena. Al ver el rostro roto de nuestra soprano, María reaccionó inmediatamente: - Lo siento, señora, pero aquí no puede estar. Le ruego que salga del camerino. La mujer, fuera de sí, gritó: - ¡Yo soy su maestra de canto! ¡Vine para que reaccione, ella puede cantar mucho mejor!.
Las lágrimas de Adina brotaban sin control. Entre sollozos entrecortados, apenas pudo musitar: - Discúlpeme, Maestra... estoy muy nerviosa... es la primera vez que hago esto... de verdad lo siento...
Me sumé a la defensa de María: - Señora, usted podrá ser su maestra, su madre o su abuela, pero está prohibido que esté aquí. No sé cómo ha llegado. Llamaré a los vigilantes para que la saquen.
-¡A mí no me saca nadie!, bramó la mujer. - Ya me voy, pero voy a estar pendiente a ver si a partir de ahora sacas ese papel. ¡Quiero oír esos agudos, quiero volumen, pasión, todo lo que te enseñé!.
María de las Casas, una mujer de carácter implacable, respetada por su trayectoria, talento e incluso por haber sido Miss Venezuela, tomó a la intrusa del brazo y la empujó hacia la salida. - ¡Fuera de aquí! No venga a hacer daño con sus comentarios malsanos.
Al fin, la pesadilla se fue. Adina lloraba con una impotencia desoladora. - No le hagas caso a esa mujer, la consolaba María. - Lo estás haciendo excelente, ¿verdad, Jairo?. --¡Claro que sí, es la verdad, y estás preciosa!, confirmé. - Ahora, por favor, cálmate y deja de llorar, porque así no puedo maquillarte.
Salí corriendo en busca de Isabel Palacios. Como músico y cantante, ella podría brindarle el apoyo emocional que yo, solo con palabras de ánimo, no podía darle. Le conté la tragedia mientras volvíamos corriendo al camerino. Isabel abrazó a Adina y le dijo con firmeza: - No le hagas caso a esa mujer, que no es ni maestra ni nada. Estás cantando precioso. Y esos agudos que ella te pide ni siquiera están en la partitura. Estás cantando exactamente como debe ser.
La logró tranquilizar. Pude, entonces, comenzar la difícil tarea de disimular sus ojos congestionados, mientras María le ajustaba un tocado. A pesar del retraso, Adina quedó bellísima. Salimos al segundo acto, donde ella y el tenor encabezaban la escena.
Desde el público, yo la observaba con el corazón encogido. Se notaba su tensión, pero afortunadamente, todo iba fluyendo. Las risas y los aplausos volvieron, y la ópera se acercaba a su final. Donizetti creó un dueto sublime en la culminación, un momento para el lucimiento absoluto de la soprano y el tenor.
De repente, Adina comenzó a cantar su parte del dueto ¡tres tonos por encima de lo indicado! La partitura pide un crescendo emotivo y cada vez más agudo, pero ella ya lo llevaba al límite. Al intentar forzar su voz a tales alturas, perdió el control, se quedó sin aire, y en un instante de dolorosa vulnerabilidad, se detuvo. Se hizo el silencio.
Carlos Riazuelo, el director, paró la orquesta. El silencio se volvió aterrador. El rostro de Adina era la imagen de la desesperación, sus ojos implorando perdón al público, a los palcos, a los balcones. La confusión del tenor era inmensa. Él le tomó las manos.
En ese silencio que lo abarcaba todo, se escuchó la voz de Riazuelo. Una voz dulce, tierna, amable y serena:
-¡Vamos, tú puedes! Tranquila. Yo sé que lo puedes hacer. Has cantado como nunca, y ahora terminemos como solo tú sabes, como lo hicimos en los ensayos.
La soprano asintió con la cabeza, el tenor la abrazó. Riazuelo dio la indicación a la orquesta, marcando el tono para evitar otro descontrol. Retomaron el dueto. Cuando llegó el hermoso agudo final, que Donizetti pide con dulzura, nitidez y volumen, Adina lo dio. Fue perfecto.
Al terminar, la reacción fue indescriptible. Una ovación increíble. La gente se puso de pie, aplaudía y gritaba "¡Bravo!". Adina, con una venia, agradeció la solidaridad y el apoyo de su público. Muchas personas lloraban, incluyéndome. Era imposible no emocionarse tras presenciar un acto tan profundo de apoyo humano y fragilidad.
Nadie nunca más volvió a saber de esta cantante. Cuando fuimos al camerino ya no estaba. Solo estaba el traje y su partitura. No regresó nunca más a un escenario. Desapareció... como si se la hubiera tragado la tierra. No pudo superar lo que vivió esa noche.
Y es una lástima inmensa, porque estoy seguro de que habría tenido una carrera brillante. Por la dignidad de su recuerdo y por la pena de su adiós silencioso, es que prefiero, aún hoy, omitir su nombre.
Y así pasó...
Jairo Carthy
jcarthyc@gmail.com
De venta en AMAZON
JULIO CORTÁZAR and the cultural exile in INTERVIEWS, book by Viviana Marcela Iriart: "I'm in exile, but on the other hand, in my country, there are 26 million exiles in relation to us"
In Chile, starting on September 11, 1973 , a young generation was taken by the Junta and enrolled in fascist schools run by the military. Six years have passed and they have lived the critical age (between 12 and 18) under that regime, thousands and thousands of children and Chilean girls who, right now, believe in the Junta, believe the in the national security state, believe that all of us are traitors. They believe that Chile is a country unjustly attacked and threatened. It's not their fault, poor things, because in six years they have become the same thing that Hitler did with the Hitler Youth, or Mussolini with the "balillas". Well, that is for me one of the most frightening things, and we can do nothing, intellectually. Because here I can tell you this, but no one will listen in Argentina, nobody will read it, you can publish it but unless someone carries it in their pocket, no one can read it there. "
'Joan Baez received death threats, and was banned, persecuted' : Julio Emilio Moliné, co-director of the documentary 'Joan Baez in Latin America: There but for fortune (1981)' / book INTERVIEWS by Viviana Marcela Iriart (2025)
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| Joan Baez , May 1981 ©Julio Emilio Moliné |
Y ASÍ PASÓ ... / FUERA DE LIBRETO por Jairo Carthy. / Caracas, 11 de enero de 2026
En los montajes de la Ópera de Caracas, había un barítono que era la sensación del momento. No solo tenía una espectacular voz, sino una simpatía que desarmaba al más serio. Su nombre: William Alvarado, el eterno buen humor hecho persona.
Dos óperas quedaron grabadas en la memoria de la compañía: “El Elixir de amor” de Donizetti y “Don Giovanni” de Mozart. Y, claro, William tenía papeles protagónicos en ambas.
El maestro José Ignacio Cabrujas, el director de estas aventuras, decidió darle una sacudida moderna a “El Elixir”: ¡la ambientó en una estación de gasolina! El escenario tenía un árbol gigante y multicolor que parecía sacado de un cuento psicodélico.
Fui a un ensayo y vi mi oportunidad. William interpretaba a "Belcore", un policía pedante y fanfarrón que llegaba en moto. En el clímax de su confrontación con el tenor (Nemorino) por la chica (Adina), William se daba golpes en el pecho como un gorila en celo para mostrar su machismo. ¡Era divertidísimo!
Y ahí, ¡Zas!, se encendió el bombillo de la genialidad (o de la travesura). Como la ópera era cómica y se prestaba para el desparpajo, le propuse a William una idea de oro:
- Mira, William, ¿por qué no le metemos picante? En vez de los golpes de gorila, nos inventamos una franela con la "S" de Superman. Te abres la camisa de policía como si fuera tu identidad secreta. ¡El público va a enloquecer!
A William le pareció una idea épica. El único problema: mantener el secreto de Estado hasta la noche del estreno. Solo se revelaría el día de la función. Manos a la obra. Compré la franela azul, y yo mismo, con toda la destreza de un artesano clandestino, dibujé, recorté y pegué el logotipo. Quedó perfecta y escandalosamente vistosa.
Llegó el gran día. En el camerino, le puse con mucho cuidado la franela a William. ¡Se veía espectacular! El tipo era fuerte y tenía unos pectorales que hacían justicia a la "S".
Mi cómplice, Armando Africano, el Coordinador de la Opera de Caracas, era el único otro ser humano al tanto de la conspiración. Nos sentamos en el público con una sonrisa de niños traviesos a esperar nuestro momento de gloria.
Y sí, amigos, el plan funcionó a la perfección.
Cuando William se enfrenta a Nemorino y se abre la camisa... ¡BOOM! Superman en la estación de gasolina. El teatro estalló. Gritos, risas histéricas y un vendaval de carcajadas que casi ahogan la música. Nadie, absolutamente nadie, lo vio venir.
En el intermedio, yo estaba flotando de la emoción, sintiéndome el genio del humor. Pero la alegría me duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Cabrujas me estaba esperando.
Me soltó un sermón que aún recuerdo:
- Eres muy creativo, Jairo, y sí, fue un chiste barato que gustó. Pero escúchame bien: YO SOY EL DIRECTOR. Esta puesta en escena, con sus virtudes y sus defectos, es MÍA. Lo tuyo fue una falta de respeto y de ética imperdonable para un profesional como tú. Si querías "inventar", me lo hubieras consultado. ¡Tenía razón! Me quedé hecho polvo. El público estaba encantado y lo felicitaba a él por la sorpresa y su genialidad.
(No todo fue risa. En ese mismo montaje, pasó algo más... algo terrible. Próximamente, en otra entrega.)
Pero las advertencias de Cabrujas son como las dietas de Año Nuevo: duran poco.
William sabía que, años atrás, yo había tenido un éxito arrollador interpretando a "Leporello" en una versión moderna de “Don Juan” (los detalles de ese montaje están en mi libro “Como soportar la vida con humor, Confesiones de un actor.”)
Y vino con la súplica:
— Jairo, necesito tu ayuda. Quiero que me crees mi propio Leporello, con ese toque de locura que tú le diste. ¡Quiero robarme el show como tú lo hiciste!
Pensé: Ese personaje me dio críticas extraordinarias, y ¿por qué no repetir la dosis?
Así que, de nuevo, empezamos la conspiración, esta vez silenciosa y técnica. Le di instrucciones a William a espaldas de Cabrujas: "Debes cojear, debes tener un defecto físico, un caminar diferente, un brazo mas corto que el otro". Al llegar a los ensayos generales, ya estaba transformado, y con el maquillaje! Le dimos un aire libidinoso y repulsivo, y William le agregó el toque maestro de la falta de algunos dientes.
El resultado fue EXTRAORDINARIO. William se convirtió en un Leporello único y se robó el show cada noche, justo como me había pasado a mí.
Pero lo que yo no podía saber y ni siquiera sospechar era el giro del destino (porque estas cosas casi nunca suceden) y es que luego de ocho años, la obra de teatro “Don Juan” donde yo formaba parte, se volvería a montar para participar en un Festival en España, con funciones en Madrid y reponerla de regreso de nuevo en Caracas.
Cuando hicimos la temporada, solo había pasado un año de haberse presentado la ópera “Don Giovanni”. El día del estreno William estaba en primera fila. La gente que había visto la ópera me felicitaba por mi actuación con un comentario que me hacía soltar una carcajada interna:
- ¡Jairo, te felicito! Se nota que te inspiraste en la creación del "Leporello" de William. ¡Son casi idénticos!
Nunca aclaré la verdad, tanto William como yo disfrutamos dándole vida cada uno en su mundo a Leporello. En esta ocasión, el maestro Cabrujas jamás sospechó mi "dirección escondida". Me aseguré de que William hiciera que todo pareciera espontáneo.
Y así pasó.
Jairo Carthy
Y ASÍ PASÓ ... "TARA, POESÍA DEL MUSEO", por Jairo Carthy / Caracas, 4 de Enero de 2026
Trabajar en la Ópera de Caracas era una aventura, pero estar en el Museo del Teclado con el equipo de la Dirección de Música de Fundarte era, literalmente, vivir una comedia constante.
¿Recuerdan la anécdota de “La Escuelita”? Pues con ese mismo combo protagonizamos una de las experiencias más delirantes que he vivido. Todo empezó el día en que al Museo , ese lugar solemne que solía estar más solo que la una (porque nadie iba a ver la colección de pianos), le llegó un cargamento misterioso.
Consistía en un montón de cajas y una estructura metálica giratoria, enorme y pesada. Parecía un artefacto de la NASA. Cuando abrimos las cajas, ¡sorpresa!: eran las ediciones de poesía de Fundarte. La estructura era un exhibidor para que el público (ese que no iba) pudiera girarlo y elegir un libro.
Todo iba sobre ruedas hasta que Ana Cecilia Abreu soltó la bomba:
—¿Pero ustedes ya vieron cómo son estas "poesías"?
Corina Michelena, con su honestidad de siempre, respondió:
—Ni idea, a mí no me gusta la poesía.
Pero Armando Africano, que aunque era de la Ópera estaba pendiente, agarró un libro, lo hojeó y casi se va de espaldas:
—¡No puede ser que esto sea poesía!
Nelly Zerpa se acercó intrigada:
—¿Qué pasa, Armando? ¿Tienen errores?
—¡Peor! — respondió él—. ¡Es que cada página tiene una sola frase!
Yo no lo podía creer. Agarré otro ejemplar pensando que era un error de imprenta, pero qué va... una página decía una frase, la siguiente tenía tres palabras y la otra estaba casi en blanco.
- ¡Qué loquera! - exclamé -. Si esto es ser poeta, nosotros somos los próximos candidatos al Premio Nacional de Literatura.
Y ahí fue cuando la genialidad de Armando lanzó el plan maestro:
- ¿Y por qué no escribimos nuestro propio libro de poemas? Si ellos cobran por esto, nosotros también podemos.
-¿Pero quién nos va a patrocinar? - preguntó Ana Cecilia.
- ¡Eso es lo de menos! - dijo Armando. Primero la obra, después la fama.
Nos fuimos cada uno a su escritorio con una concentración sospechosa. Si alguien hubiera entrado en ese momento, habría pensado: "¡Caramba, qué eficiente es este equipo!".
Pero la realidad era que estábamos pariendo versos absurdos entre carcajadas contenidas.
Uno de los nuestros, Luis Salmerón (un fotógrafo guapo y talentoso), no participaba pero nos veía desde la barrera. Luis era un torbellino: iba de Parque Central al Ballet, del teatro a la oficina, nunca se quedaba quieto. Armando decía que parecía una "Tara" (ese saltamontes inquieto que nadie puede atrapar).
¡Y listo! Ya teníamos título para nuestra obra cumbre: "¡TARA!". Y como subtítulo le pusimos la frase más intensa e incongruente que se nos ocurrió: “He visto temblar la alegría”.
Nuestra musa involuntaria terminó siendo Isabel Palacios. Ella estaba en Nueva York y, como siempre, al volver nos reunió para contarnos sus andanzas. Nos habló emocionada de haber escuchado a Kiri Te Kanawa y de cómo, al salir del teatro con un frío de muerte, se encontró unos guantes negros de cuero en el taxi, que le salvaron la vida.
Mientras ella hablaba, nosotros nos cruzábamos miradas cómplices. Cada detalle de su viaje terminaba convertido en un "poema" de nuestro libro:
“Como gotas de rocío… cayeron guantes pal frío”.
“Kiri Te Kanawa, la loca de Tacagua. La karateca loca ataca”.
“La niña enferma… de prístinos paisajes”.
“Y aquello parecía…”.
Cualquier frase, mientras más incoherente fuera, mejor quedaba en nuestro poemario. Eran muchísimos, pero lamentablemente el manuscrito original está perdido entre uno de los baúles de recuerdos de Armando, pero todos daban mucha risa y lo mejor es que fue un trabajo colectivo del grupo.
Cuando terminamos sacamos una copia para cada uno; no pusimos un poema en cada página como era la diagramación de los libros a la venta, pues no teníamos mucho presupuesto para estas travesuras, y se lo dimos a leer a cada persona de nuestro entorno: cantantes, profesores, pianistas, alumnos, que se morían de la risa. Fue algo muy divertido.
Quiero hacer un paréntesis necesario: siento un profundo respeto por el arte de escribir y por mis amigos poetas, esos arquitectos del alma que logran conmovernos con la palabra exacta. Disfruto muchísimo de la buena poesía, la que tiene profundidad y sentido. Nuestra aventura no era una crítica al oficio, sino una reacción llena de
asombro ante lo incomprensible: no podíamos entender cómo una frase aislada y vacía de significado pretendía ser un poema.
Isabel Palacios, cuando descubrió el libro no lo podía creer, terminó aceptando con una sonrisa que nuestra creatividad no tenía límites… ni sentido común.
Al final, entre versos locos y risas, nosotros también vimos temblar la alegría.
Y así pasó…
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