la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





Ciudadanos y ciudadanas Por Felipe Pigna, Clarìn, Buenos Aires, febrero 2016

 

 

Ciudadanos y ciudadanas.


Por Felipe Pigna


Haciendo historia.En 1789, la Asamblea revolucionaria francesa aprobó la máxima expresión del pensamiento ilustrado, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero recién en 1945 las mujeres pudieron votar por primera vez en Francia.

El 26 de agosto de 1789, la Asamblea revolucionaria francesa aprobó la máxima expresión del pensamiento ilustrado, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero cuando en la colonia francesa de Haití los esclavos decidieron tomarse al pie de la letra su artículo primero: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”, la represión desatada por los “ciudadanos” esclavistas franceses y las tropas coloniales no se hizo esperar, provocando como respuesta la primera revolución independista triunfante latinoamericana, alcanzada a costa de un baño de sangre y la destrucción del país.

Un destino similar sufrieron las mujeres francesas que como Olympe de Gouges exigieron sin más la equiparación jurídica y social, y proclamaron una Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, que constaba de un preámbulo y 17 artículos en los que su autora establecía los derechos políticos de la mujer, el derecho a la anticoncepción y a la libertad sexual. Parafraseando a la declaración aprobada por la Asamblea decía: “La mujer nace libre y debe permanecer igual al hombre en derechos [...]. La Ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las ciudadanas y los ciudadanos deben contribuir, personalmente o por medio de sus representantes, a su formación”.1





Olympe de Gouges 



Esa osadía de reclamar la igualdad jurídica y los derechos políticos, Olympe la terminó pagando en la guillotina, al tiempo que otras mujeres –que desde el inicio de las jornadas revolucionarias se destacaron en las acciones de la “turba enfurecida” contra los aristócratas y sus privilegios– padecieron persecución, cárcel y, en muchos casos, la ejecución.

Pero también hubo hombres dignos que defendieron e impulsaron los derechos de las mujeres como Condorcet, quien pagó con su vida la escritura de textos como el siguiente: “O bien ningún miembro de la raza humana posee verdaderos derechos, o bien todos tenemos los mismos; aquel que vota en contra de los derechos de otro, cualesquiera que sean su religión, su color o su sexo, está abjurando de ese modo de los suyos”.2





 Nicolàs de Condorcet



Y en otro escrito señalaba: “Entre los progresos del género humano más importantes para la felicidad general debemos contar la entera destrucción de los prejuicios que han establecido entre los dos sexos una desigualdad de derechos, funesta aun a aquel mismo que la patrocina. […] Esta desigualdad no tiene más origen que el abuso de la fuerza, y es vano el empeño con que se ha tratado de excusarla con sofismas”.3

Para finales de 1793, Condorcet, el propulsor de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, autor de Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de ciudadanía, vivía escondido y huyendo de sus perseguidores. Fue condenado a la guillotina por Robespierre, pero prefirió suicidarse en su celda.

El Código Civil de los Franceses (1804), el célebre “Código Napoleón” que serviría de inspiración a la legislación continental europea y a la de la mayoría de las repúblicas latinoamericanas, negaba a las mujeres la igualdad jurídica reconocida a los hombres y retaceaba sus derechos de propiedad, de contratar y de disponer por sí mismas de sus vidas.

Correría mucha agua del Sena bajo los puentes y mucha sangre hasta que recién en 1945 las mujeres pudieran ejercer sus derechos cívicos y votar por primera vez en Francia.

1.   Una selección de textos en Olympe de Gouges, Etta Palm, Théroigne de Mericourt y Claire Lacombe, Cuatro mujeres en la Revolución Francesa, Biblos, Bs.As., 2007. 2. Citado en Rosa Montero, Historias de Mujeres, Alfaguara, Bs.As., 1995. 3. Citado por María J. Alvarado Rivera, en su tesis Feminismo presentada en el Primer Congreso Femenino de Bs. As de 1910, en Primer Congreso Femenino. Historias, actas y trabajos, Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, 2008.




 Fuente: Clarìn.









En favor de los derechos de las mujeres, Olympe de Gouges (1748-1793)










El 26 de agosto de 1789, la Asamblea Nacional de Francia aprobaba solemnemente la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Un gran paso, sin duda, hacia las libertades de todos los hombres pero en el que las mujeres tenían una débil sino inexistente presencia. Aquel mismo año, una escritora francesa se atrevió a redactar una declaración análoga para las mujeres. Olympe de Gouges usó la palabra escrita para remover las conciencias en la Francia revolucionaria en favor de mujeres y negros. En su momento fue considerada, incluso por ella misma, un ser extraño que moriría en el cadalso a causa de sus provocativas ideas. Años más tarde, Olympe de Gouges sería recordada como una de las primeras feministas activas de la historia.


La hija de un carnicero de provincias

Marie Gouze nació el 7 de mayo de 1748 en Montauban, en el seno de una familia perteneciente a la pequeña burguesía. Su padre era carnicero y su madre era hija de un vendedor de paños.


Tenía 17 años cuando se casó obligada con un hombre mayor que ella. Con él tuvo un hijo, Pierre Aubry, al que mantuvo económicamente toda su vida pero del que se distanció a causa de sus actividades revolucionarias. Marie quedó pronto viuda y decidió no volver a casarse después de su fatídica experiencia con el matrimonio, al que calificaba de “sepulcro de la confianza y del amor”1.


Una femme de lettres en París

En 1770, con 22 años, marchó a París donde vivió mantenida por un amante y se convirtió en una femme de lettres a pesar de sus escasos conocimientos intelectuales. De hecho, buena parte de sus obras las tuvo que dictar. Pero eso no fue impedimento para que la entonces autodenominada Olympe de Gouges, adoptando el nombre de su madre, se convirtiera en una mujer conocida por sus obras y sus textos de carácter provocativo.


La esclavitud de los negros

Olympe se dispuso a ahondar en algunas de las injusticias intocables para la aristocracia del Antiguo Régimen. Una de ellos, la esclavitud de los negros, algo que, desde la llegada de los franceses a las colonias, se había convertido en una situación habitual para la aristocracia europea. Su obra La esclavitud de los negros se estrenó en 1789 y provocó el inmediato escándalo entre la clase alta, poseedora de esclavos y de negocios relacionados con la esclavitud. A pesar de que su obra fue retirada de los teatros, Olympe no se amedrentó y continuó escribiendo sobre este tema.


Personajes ilustres como el abate Grégoire o el diputado girondino Brissot, alabaron la postura antiesclavista de Olympe.


¡Despierta, mujer!

Con esta frase empieza el epílogo de su famosa Declaración de Derechos de las Mujeres y Ciudadanas, una obra que intentaba reproducir los mismos derechos que los hombres habían conseguido en su declaración de aquel primer año de la Revolución Francesa.


Siguiendo la misma estructura que esta, la Declaración de Derechos de la Mujer desgranaba los 17 artículos de la declaración de los hombres y reclamaba para las mujeres derechos análogos.


Las tres urnas

Olympe de Gouges mantuvo siempre posturas cercanas a la corona, defendió a la reina María Antonieta y se posicionó a favor de los girondinos. Durante la época del Terror se colocó en el punto de mira de Robespierre, lo que la llevó directamente a ser condenada a muerte.


Consciente de su final, Olympe continuó luchando por sus ideas y escribió un último panfleto titulado Las tres urnas o el Bien de la Patria, por un viajero de los aires. En su valiente y moderna decisión, Olympe pedía un referéndum en el que hombres y mujeres de Francia pudieran escoger entre una república, una monarquía constitucional y un gobierno federal 2.


En 1793 era detenida acusada de defender a la desaparecida Gironda. El 3 de noviembre subía al cadalso para ser decapitada, convirtiéndose en la primera mujer, después de la reina María Antonieta de ser ejecutada por la guillotina. Paradójicamente Olympe de Gouges había escrito en su Declaración de Derechos de las mujeres: “La mujer tiene derecho a subir al cadalso; y análogamente debe tener derecho a subir a la tribuna de oradores”3.


La extraña feminista

Olympe de Gouges fue poco reconocida por sus contemporáneos y contemporáneas. De hecho ella misma reconocía que era alguien extraño. Los derechos por los que luchó y murió Olympe de Gouges desaparecieron oficialmente en 1793 cuando la actividad política les fue prohibida a las mujeres y las luchadoras y activistas de la Francia revolucionaria como Etta Palm d’Aelders, Mary Wollstonecraft o la propia Olympe de Gouges fueron rechazadas y olvidadas4.


Pero su legado pronto fue despertado. Durante las revoluciones de 1848, las mujeres de Europa recogieron el testigo de Olympe de Gouges para reclamar el sufragio femenino demostrando que su obra y el sacrificio de su propia vida no habían sido en balde.

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1. La mujer en la historia de Europa. Gisela Bock. Pág. 67
2. Ídem. Pág. 69
3. Ídem. Pág. 64
4. Historia de las mujeres. Una historia propia. Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser. Pág. 849

Publicado por SandraFerrer









Nicolàs de Condorcet o la cara amable de la ilustraciòn hacìa la mujer








 Marie-Jean-Antoine de Caritat, marqués de Condorcet, más conocido cómo Nicolas de Condorcet, fue un aristócrata de ideales revolucionarios y alabada inteligencia y conocimientos que vivió en Francia durante la Revolución Francesa, en la que jugó un destacado papel. 








     Algunos ejemplos de las ocupaciones a las que dedicó su vida este importante personaje son sus carreras cómo político, politólogo, historiador, filósofo, científico y matemático, realizando en todas ellas una notable labor.

     Aunque su extraordinaria existencia nos abrume con sus fantásticos trabajos sobre matemáticas, política, economía, historia... no hay que dejar escapar de nuestra visión sobre Nicolas de Condorcet que fue un pionero en su tiempo en sostener ideas tan actuales cómo la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, que más adelante se desarrollará; además de la economía liberal, la igualdad de derechos entre humanos, independientemente de su raza o creencias religiosas.

     Durante la Revolución Francesa, Nicolas de Condorcet fue nombrado Secretario de la Asamblea Revolucionaria y abogó desde su cargo por un cambio racionalista en la sociedad y defendió las causas liberales, llegando incluso a publicar en un importante periódico francés: “Le Journal de la Société”, pidiendo la admisión de los derechos de la ciudadanía para la mujer, gesto insólito en la época, que le fue concedido por su reconocimiento social, a modo de genio.


     Siendo la Revolución Francesa una etapa de reivindicaciones racionalistas en sustitución de los prejuicios y tradiciones sin fundamento arrastradas con el Antiguo Réminen, se puede llegar a concluir que estos ideales serían un inmejorable caldo de cultivo para estos primeros pasos del Movimiento Feminista, en el que Nicolas de Condorcet, impregnado con las innovadoras influencias que llegaban de Estados Unidos, se sintió tan involucrado.


     Ante este asunto, Condorcet desarrolla argumentos tan sólidos cómo, mediante el uso de las matemáticas, llegar a la conclusión que, aún en el supuesto de que los varones fueran superiores física e intelectualmente al género opuesto, siempre habría una minoría de féminas que estarían por encima de la media varonil, desmontando así, con los mismos términos que sus adversarios, todos los argumentos rivales. Además, abogando por un sistema de co-educación entre géneros, el filósofo sostiene que no hay una diferencia real de facultades, sino de destino social.


     A su vez, cataloga la discriminación de la mujer cómo una “diferencia artificial”, es decir, creada por y para beneficio de los hombres, y asumida con el tiempo por las mujeres, frente a las “diferencias naturales”, que dice, sería peligroso y absurdo querer destruir.


     Pero nada más allá de la realidad, conceptos cómo el de la superioridad física e intelectual del varón, el miedo ilógico a que la familia cómo estructura social fundamental se desmoronase o la propia tradición hicieron que la sociedad rechazase de plano esta propuesta, posteriormente conocida cómo de igualdad de género.


     Pero aunque los frutos de sus esfuerzos fueron casi nulos y finalmente la mentalidad de la época se impuso y, por tanto el Sufragio Universal Masculino fue lo instaurado tras la Revolución, hombres tan relevantes cómo Nicolas de Condorcet consiguieron que a día de hoy “El Siglo de las Luces”, es decir, la Ilustración, sea calificada cómo la primera ola de feminismo racional y riguroso, con pasos cómo este en la reivindicación de los derechos de la mujer.