la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


Herta Müller en Guadalajara: “Mi meta no es literaria, quiero contar lo que pasa en este mundo horrible” / entrevista de Gabriela Cabezón Cámara / Textos de “Todo lo que tengo lo llevo conmigo”





En una entrevista exclusiva con Clarín, la autora habla de su vida en el stalinismo, que la marcó.


“…escribir tiene mucho más que ver con callarse que con hablar.”



Es una mujer pequeña, muy blanca, de pelo negro, ojos azules, ropa negra. Y el pulso que le tiembla un poco. Herta Müller dice que preferiría que nadie la conociera, que el Nobel le sirvió, claro, para no tener problemas económicos de ninguna índole, pero que no soporta estar en público. Sin embargo siente que tiene algo para decir, entonces viene – acá está, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara – y lo dice. “La censura no sólo se da en el arte. Durante la dictadura comunista de Ceausescu, la comida estaba censurada: no teníamos acceso ni a la canasta básica. Lo mismo pasaba con las medicinas, hasta con la aspirina y el algodón. Estaban censurados”.

Dice, también, que los poemas a veces son “la única plegaria posible para la gente que no cree en Dios”, que ella se los recitaba a sí misma durante los interrogatorios a los que los sometió la policía secreta de Rumania. No le gusta, pero va y viene y habla en público y se la interpela como a una especie de cruzada antitotalitaria y ella contesta así.

Nació en Rumania en 1953, en una minoría germano parlante, y ahí vivió hasta 1987, cuando logró emigrar a Alemania occidental, luego de padecer interrogatorios de la policía secreta y, sí, censura. Su padre había sido oficial del ejército nazi. Su madre estuvo deportada cinco años en un campo de trabajo, como buena parte de la población germanoparlante. Aunque el país había sido aliado de los nazis, los rusos decidieron “reeducar” solo a la minoría que hablaba alemán. Incluyendo a algún que otro judío, cuenta Müller, y habla en serio. Hambre, nieve, cemento, carbón, hambre, piojos, frío, muerte y hambre: eso padeció la madre de Müller junto a sus compañeros en ese campo. Y de eso, de esos campos de trabajo, se trata de Todo lo que tengo lo llevo conmigo, la última novela de la Nobel, que llegó a Guadalajara encabezando la delegación de Alemania, invitada de honor de esta edición de la Feria.

Habla cansada, tiene los ojos rojos, el pulso no muy seguro. Y uno le cree todo lo que dice. Parece una mujer atravesada por el dolor. De verdad.

-Cuesta imaginar cuánto silencio hubo en su infancia, teniendo en cuenta el pasado de sus padres.

-Yo tenía dos padres destrozados. Mi padre era alcohólico y mi madre estaba rota por su experiencia en el campo de trabajo. Yo estuve muy sola, no tengo hermanos y además trabajaba muchísimo. En la generación de mis padres, todos habían estado en la SS o en el ejército nazi. Y casi todos los que no habían estado en la guerra habían estado en el campo de trabajo como mi madre y todo eso parecía algo normal. Yo no entendí de qué se trataba el nacional socialismo hasta que tuve 15 años y fui a estudiar a la ciudad. En ese momento también empezaron las luchas, los conflictos con mi padre.

-¿Para usted la literatura fue una forma de liberarse de ese silencio?

-Yo aprendí que escribir tiene mucho más que ver con callarse que con hablar. Sin embargo, fue una liberación cuando empecé a escribir porque por primera vez hubo palabras para expresar lo que sentía. Yo vivía en el campo y realmente los campesinos no suelen hablar mucho, son muy callados y, además, no usan términos abstractos, hablan sólo de cosas concretas y nunca de sí mismos. De hecho, se considera que uno no debe de hablar de sí, es algo que no se hace y en la literatura fue realmente la primera vez que pude hablar de mí. Pero insisto, no sé si fue una liberación porque los contenidos eran muy difíciles, yo vivía dentro de una dictadura cuando empecé a leer. Y no leía para liberarme sino más bien para ver cómo vivir, en muchos momentos he pensado que realmente no sabía vivir. De niña, por ejemplo, muchas veces me tocaba cuidar de las vacas en el valle y era un valle verde, pero yo estaba sola con las vacas. Estaba ahí solita, desesperada, y muchas veces sentí envidia de las plantas: las plantas sí sabían vivir y yo no.

-Usted cuenta, como experiencia traumática, su trabajo en una fábrica de la dictadura. ¿Le sirvió para imaginar el campo de trabajo?

-La fábrica era puro escombros, vieja, descuidada y yo veía que en las salas de producción los obreros tenían que hacer un trabajo durísimo. Yo no estaba en una situación tan tremenda. Muchos se tenían que levantar a las 3 de la mañana, trabajaban hasta las 5 de la tarde, volvían a sus casas, comían algo, dormían y al día siguiente lo mismo. Y las condiciones de trabajo eran pésimas, hacía muchísimo frío, las ventanas estaban rotas y la gente tenía que beber desde muy temprano para no congelarse. Además, cuando uno llegaba lo primero que escuchaba eran canciones socialistas en plan de “qué suerte que tenemos de poder trabajar”. Los lemas socialistas, el progreso del que se hablaba en los eslóganes, eran una locura, contrastaban con todo lo que estábamos viviendo. Luego llegó el momento en que el servicio secreto me pidió que cooperara con ellos, me negué y ahí empezaron los grandes problemas para mí. Me interrogaban a cada rato. Me despidieron de la fábrica, me persiguieron. Pero no sé si todo esto fue tan determinante para que yo imaginara la vida en el campo.

-¿Lo que más la influyó fue su relación con el poeta Oskar Pastior, que estuvo deportado allí?

-Sí. Todo lo que él me contó. Además, fuimos a Ucrania, donde había estado el campo de trabajo. Vimos lo que quedaba de la torre de refrigeración, de los tubos, de la zonas que se habían usado como burdel…


-En este libro lo que predomina es la materia: el carbón, la arena, el cemento, el cuerpo atormentado, ¿cómo pensó esa poética?

-Oskar Pastior me contó todos los detalles. Por ejemplo, la arena, sus características, su color, o el carbón, cuál era la clase que él prefería porque era más fácil de trabajar, todo eso ya es poético en sí. Yo creo que la poesía está en los detalles, en la exactitud para contar las cosas. Esas descripciones fueron mi única posibilidad de descubrir cómo uno llega a sus límites, cómo uno trabaja mucho más, rinde mucho más de lo que puede si lo obligan y cómo el hambre, el hambre desesperante lo controla todo, cómo se llega al delirio sobre la comida y cómo uno se ve atormentado por fantasías por el mismo hambre horrible que sufre. Todo esto me lo contó Pastior y sobre esa base pude inventar lo demás. También tenía el ejemplo de mi madre, que durante toda su vida tuvo una relación tremenda con la comida por su experiencia en el campo de trabajo. Ella no hablaba porque no podía, aunque finalmente el silencio también cuenta algo. Mi madre tenía la costumbre de peinarme y a la vez siempre me contaba cómo era eso de raparse y yo me quería cortar las trenzas para que ya no me estuviera hablando de eso. Pero no me dejó. Tal vez le gustaba peinarme.

-Usted habla mucho del uso del lenguaje que hacen las dictaduras. ¿Cree que la literatura sirve para luchar contra eso?

-No sé. Me parece eso sólo puede lograrlo la gente. La literatura que se puede tomar en serio no trabaja con lenguaje ideológico. El así llamado realismo socialista no era realismo, era una gran mentira socialista. Esos libros tenían que reflejar lo que la dictadura quería. Sólo las sociedades pueden limpiar ese veneno de la lengua. En mi caso, cuando escribo no pienso en el lenguaje, mi meta no es escribir literatura, quiero contar lo que está pasando en este mundo horrible. Para eso necesito un lenguaje, claro, y lo uso y lo invento.

©Gabriela Cabezon Camara
Noviembre 2011
Revista Ñ





"La vida está en primer lugar": Herta Müller
       
La escritora habló sobre su exilio en Alemania y sobre los significados de su oficio.

Señala que estar bajo los reflectores no es su actividad preferida-

La escritora rumana ofreció un conmovedor testimonio sobre los horrores que sufrió durante la dictadura de Nicolae Ceausescu

GUADALAJARA, JALISO (29/NOV/2011).- La premio Nobel de literatura Herta Müller continua sus actividades en la FIL, a pesar de que, como ya ha expresado en más de alguna ocasión en esta feria, estar bajo los reflectores no es su actividad preferida. El día de hoy su interlocutora fue la periodista Sabina Berman, quien guió la conversación para que la escritora hablara principalmente sobre los horrores que tuvo que atravesar durante la dictadura de Nicolae Ceausescu en Rumania, sobre su exilio en Alemania y sobre los significados de su oficio.


“Yo no escribo literatura, cuando escribo quiero saber cómo funciona la vida y sólo puedo escribir sobre lo que está alrededor mío, sobre lo que veo y lo que vivo (…). Yo siempre empiezo a escribir cuando ya no puedo seguir adelante, y escribir es lo único que me permite volver a soportar la realidad y las cosas (…)

“A mí me veían como enemiga en todos lados. Mi propia minoría y el estado, los dos me odiaban ¿sobre qué más podía escribir? (…) aunque claro que también se ama en las dictaduras, se ama mucho, porque tal vez lo erótico sea lo único privado que uno tiene.


“Yo pertenecía a un grupo de escritores, todos estudiantes de minorías y la formación de grupos era algo prohibido, era un acto de provocación. Todos fuimos declarados enemigos del régimen y perseguidos: algunos detenidos, otros corridos de la universidad, interrogados constantemente, (…) a mi me decían que era enemigo del estado, un parásito, una perra, una porquería y una traidora de la patria (…)


Me decían que yo escribía pornografía porque las dictadoras son muy mojigatas: cada familia debía tener 5 hijos, no usar anticonceptivos y los abortos eran castigados severamente. Cuando yo iba al dentista tenía que pasar primero por el ginecólogo y era imposible escaparse. Todo estaba prohibido (…) Yo no sabía hasta que lo vi en mis expediente, pero en mi casa había micrófonos ocultos. Yo pensaba que un país tan pobre no se podía pagar esa tecnología (…)


“A pesar de todo, uno aprendía a regocijarse con lo que fuera. Los mejores chistes políticos surgen en las épocas más duras y los rumanos tienen un poder de inventiva increíble. Sabíamos que la felicidad era efímera y para todo se encontraba la broma, que también era una forma de crítica política al régimen. En nuestro grupo nos reíamos muchísimo, también llorábamos mucho pero nos reíamos, porque si no, no se puede”


A sus 34 años, Müller se vio obligada a huir de Rumania por la constante guerra psicológica que sufrió por parte del régimen, que además de las persecuciones y los interrogatorios, se encargó de que la despidieran de todos los empleos posibles. “Constantemente asesinaban a gente por todas partes y yo tenía miedo por mi vida. No me quería ir, era mi tierra, donde nacieron mis ancestros por más de 300 años, pero estaba acabada. Cuando salí de Rumania tenía los nervios destruidos, ya no tenía fuerza. Si no me hubiera ido hubiera acabado en el pabellón psiquiátrico”.


A la pregunta ¿para quién escribes?, Herta respondió: “en primer lugar para poder aguantarme a mí misma”. ¿Para existir? Preguntó Sabina. “No, no para existir, también existiría si no estuviera escribiendo. Hay autores que dicen que si ya no pudieran escribir ya no quisieran vivir, pero yo sí quiero vivir. Me di cuenta de cuánto me gusta vivir porque durante unos diez años temía permanentemente ser asesinada por el estado. La vida está en primer lugar, y quien ponga lo otro en primer lugar nunca ha sufrido nada”.






Herta Müller   
"Todo lo que tengo lo llevo conmigo"



El bastón


Después de trabajar, desanduve el camino hasta casa desde el otro extremo de las calles residenciales pasando por Grosser Ring. Deseaba comprobar si en la iglesia de la Santísima Trinidad existían todavía el nicho blanco y el santo con la oveja a modo de cuello en la capa.


En Grosser Ring había un chico gordo con calcetines blancos hasta la rodilla, pantalones cortos de pata de gallo y camisa blanca con chorreras, como si se hubiera escapado de una fiesta. Deshojaba un ramo de dalias blancas para alimentar a las palomas. Ocho palomas picoteaban las dalias blancas creyendo que lo que había en el pavimento era pan y las dejaban tiradas. A los pocos segundos lo olvidaban, sacudían las cabezas y comenzaban de nuevo a picotear las mismas flores. Cuánto tiempo creería su hambre que las dalias se convertirían en pan. Qué creía el chico. Era un listo o tan tonto como el hambre de las palomas. Yo no quería pensar en el engaño del hambre. Si el chico hubiera esparcido pan en lugar de dalias deshojadas, no me habría detenido. El reloj de la iglesia marcaba las seis menos diez. Cruce la plaza deprisa, por si la iglesia cerraba a las seis.


Entonces vino a mi encuentro Trudi Pelikan, por primera vez desde el campo. Nos vimos demasiado tarde. Ella se apoyaba en un bastón. Como ya no podía esquivarme, dejó el bastón sobre el pavimento y se agachó hacia su zapato. Pero éste no estaba desabrochado.

Ambos estábamos de nuevo en casa desde hacía más de medio año, en la misma ciudad. No quisimos reconocernos por nuestro propio bien. Es fácil de entender. Aparté deprisa la cabeza. Pero con cuánto gusto la habría abrazado y dicho que estoy de acuerdo con ella. Con cuánto gusto habría dicho: Siento que tengas que agacharte, yo no necesito bastón, la próxima vez lo haré yo por los dos, si me lo permites. Su bastón barnizado llevaba abajo una garra herrumbrosa y una bola blanca en la empuñadura.


En lugar de dirigirme a la iglesia giré de improviso a la izquierda hacia la calle estrecha por la que había venido. El sol me picaba en la espalda, el calor se extendía por debajo de mi pelo como si mi cabeza fuera una chapa a la intemperie. El viento arrastraba una alfombra de polvo, en las copas de los árboles resonaba un canto. Entonces un embudo de polvo se situó sobre la acera y me atravesó tambaleándose hasta que se disolvió. Al caer, dejó el pavimento moteado de negro. El viento rugió y trajo las primeras gotas. Había llegado la tormenta. Crepitaron flecos de cristal y de golpe azotaron las cuerdas del agua. Me refugié en una papelería.


Al entrar me limpié el agua del rostro con la manga. La vendedora salió por una puertecita con cortina. Llevaba en chancleta unas zapatillas de fieltro con borlas, como sí en cada pie le brotara un pincel del empeine. Se situó detrás del mostrador. Yo permanecí junto al escaparate y durante un rato la miré a ella con un ojo y con el otro al exterior. Ahora su mejilla derecha estaba muy hinchada. Sus manos reposaban sobre el mostrador, su anillo de sello era dema-siado pesado para esas manos huesudas, era de caballero. Su mejilla derecha se volvió plana, incluso cóncava, y la izquierda gorda. Oí un chasquido entre sus dientes, chupaba un caramelo. Al momento cerró los ojos, y las tapas de sus ojos eran de papel. El agua de mi té hierve, anunció. Desapareció por la puertecita, y en el mismo momento un gato salió deslizándose bajo la cortina. Vino hacia mí y se frotó contra mi pantalón, como si me conociera. Lo cogí en brazos. No pesaba. No es un gato, me dije, sólo el aburrimiento a rayas grises hecho piel, la paciencia del miedo en una calle estrecha. Olfateó mi chaqueta mojada. Su nariz era coriácea y abombada como un talón. Cuando colocó las patas delanteras sobre mi hombro y examinó mi oreja, no respiraba. Aparté su cabeza y saltó al suelo, donde cayó con el sigilo de un paño, sin producir el menor ruido. Estaba vacío por dentro. También la vendedora salió por la puertecita con las manos vacías. Dónde estaba el té, no podía habérselo bebido tan deprisa. Además, ahora su mejilla derecha había engordado otra vez. Su anillo de sello raspó el mostrador.


Pedí un cuaderno.


Cuadriculado o rayado, inquirió.


Rayado, contesté.


Lleva dinero suelto, no tengo cambio, dijo ella sorbiendo. Y las dos mejillas se tornaron cóncavas. El caramelo resbaló sobre el mostrador. Tenía dibujos diáfanos, y lo introdujo deprisa en su boca. No era un caramelo, ella chupaba el cairel tallado de una araña de cristal.





Herta Müller por Sophie Bassouls (Paris, 1987) Corbis

Cuadernos rayados


Al día siguiente era domingo. Estrené el cuaderno rayado. El primer capítulo se titulaba: Prólogo. Empezaba con la frase: Me entenderás, signo de interrogación.

El tuteo iba dirigido al cuaderno. Y en siete páginas trataba de un hombre llamado T. P. Y de otro con el nombre A. G. Y de un K. H. y un O. E. De una mujer con el nombre B. Z. A Trudi Pelikan le di el nombre supuesto de Cisne. Escribí el nombre de la planta, Koksokhim Zavod, y de la estación del ferrocarril minero, Jasinovataia. También los nombres Kobelian e Imaginaria-Kati. Mencioné asimismo a su hermano pequeño Piold y su momento de lucidez. El capítulo terminaba con una larga frase:


Al amanecer, después de lavarme, se desprendió de mis cabellos una gota que resbaló por la nariz hasta la boca como una gota de tiempo, lo mejor será que me deje crecer una barba trapezoidal, para que nadie más en la ciudad me reconozca.

En las semanas siguientes amplié el Prólogo con tres cuadernos más.


Omití que, en el viaje de regreso, Trudi Pelikan y yo subimos sin previo acuerdo a diferentes vagones de ganado. Silencié mi vieja maleta de gramófono. Describí con exactitud mi nueva maleta de madera, mis nuevas ropas: las balétki, la gorra de visera, la corbata y el traje. Oculté mi llanto convulsivo durante el regreso, al llegar al campo de acogida de Sighetul Marmatiei, la primera estación de ferrocarril rumana. También la cuarentena de una semana en un almacén de mercancías al final de la vía de la estación. Yo me derrumbé por dentro por miedo a mi deportación, a la libertad y a su precipicio más cercano, que cada vez acortaba más el camino a casa. Con mi nueva carne, mis nuevas ropas y las manos levemente hinchadas, permanecía entre la maleta del gramófono y la maleta de madera nueva como si estuviese en un nido. El vagón de ganado no estaba precintado. La puerta se abrió de par en par, el tren entró rodando en la estación de Sighetul Marmatiei. Una nieve fina cubría el andén, caminé sobre azúcar y sal. Los charcos grises estaban helados, el hielo arañado como el rostro de mi hermano cosido.

Cuando el policía rumano nos tendió los salvoconductos para el viaje de regreso, recogí la despedida del campo y sollocé. Hasta casa, con dos transbordos en Baia Mare y Klausenburg, mediaban a lo sumo diez horas. Nuestra cantante Loni Mich se arrimó al abogado Paul Gast, dirigió sus ojos hacia mí y creyó susurrar. Pero yo entendí todas y cada una de sus palabras: Mira cómo llora ése, algo lo supera, dijo.


He reflexionado con frecuencia sobre esta frase. Después la escribí en una página en blanco. Al día siguiente la taché. Al otro volví a escribirla debajo. Volví a tacharla, volví a escribirla. Cuando la hoja estuvo llena, la arranqué. Eso es el recuerdo.


En lugar de mencionar la frase de la abuela, Sé que volverás, el pañuelo blanco de batista y la leche saludable, describí durante páginas, con estilo triunfal, el pan propio y el pan de mejilla. A continuación, mi tesón en el intercambio de salvación con la línea del horizonte y las carreteras polvorientas. Con el ángel del hambre me entusiasmé, como si en lugar de torturarme me hubiera salvado. Por eso taché Prólogo y escribí encima Epílogo. Era el gran fiasco interior de estar ahora en libertad irremisiblemente solo y ser un testigo falso para mí mismo.


Escondí mis tres cuadernos rayados en mi nueva maleta de madera, que yacía bajo mi cama y era mi armario ropero desde mi regreso al hogar.

© Herta Müller
Todo lo que tengo lo llevo conmigo (fragmentos)
Traducción del alemán: Rosa Pilar Blanco
Madrid, Siruela, 2010
Premio Nobel de Literatura 2009


Fuente:  Ignoria