la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


Ingrid Betancourt entrevistada por Héctor Abad Faciolince

Ingrid Betancourt en primera persona: 

“Del secuestro en la selva, los rehenes salimos minusválidos”

El mundo ha sido tierno y duro con Ingrid Betancourt. Varias veces la vida la encaramó al cielo para arrojarla con más fuerza al infierno. Con ella no hay medias tintas: o es una santa o de repente se transforma en una arpía enferma de maldad y codicia. La opinión pública, con una actitud ciclotímica, pasa con ella del amor al odio y de la veneración al desprecio. En este momento la fase es depresiva y casi todos la detestan. Su última salida en falso, hace un par de meses, cuando demandó al Estado colombiano por seis millones de euros, fue recibida como una muestra de avidez e ingratitud, y por mucho que haya retirado la demanda, se la siguen cobrando. No fue oportuno llamar simbólica a esa cifra.

Después del éxito de la Operación Jaque, en la que mediante una especie de helicóptero de Troya, el ejército de Colombia engañó a la guerrilla de las FARC y la liberó junto con otros 14 secuestrados, pasó a ser una heroína mediática. Como una moderna Juana de Arco, devota del rosario y de la Virgen, fue admitida en audiencia privada por el Papa, recibió la Legión de Honor de manos de Nicolas Sarkozy, el Premio Príncipe de Asturias y fue nominada al Premio Nobel de la Paz. De seis años de infierno indudable en las selvas amazónicas pasó al dudoso cielo de los palacios de gobierno. Después de pisar demasiadas alfombras rojas de medio mundo, resolvió encerrarse en una casa en las montañas (no precisará dónde). “Tras seis años en la selva - me dice-, no quería ver nada verde. Me fui a un sitio aislado. Sola, en las montañas, me puse a escribir. Montañas con nieve; era febrero y si miraba por la ventana todo estaba nevado, blanco. Nada verde. Hoy me puse este vestido verde y pensé: ‘Me lo voy a quitar, parece la selva’. Luego me fijé bien y vi que tenía flores; como en la selva no hay flores, me lo dejé puesto.”


Y en las montañas nevadas, durante meses, escribió 700 páginas de un libro poderoso en el que narra con todos los detalles el horror de su experiencia. Fueron casi seis años y medio de secuestro: del 23 de febrero de 2002 al 2 de julio de 2008. Lo escribió originalmente en francés pero ella misma corrigió la traducción al español. Su título, No hay silencio que no termine, es un verso de Pablo Neruda. Lo leí, lo devoré en pruebas por una deferencia de su editora en castellano, y la lectura me dejó trastornado. La odiadamada Ingrid se revela un ser humano complejo, reflexivo y como la misma escritora deslumbrante que le escribió a su familia -desde su cárcel en la selva- unas cartas desoladoras y magníficas. El libro, que tiene el tono de aquellas cartas estremecedoras, es una descripción precisa y dolorosa de una vivencia infernal.


En su libro cuenta que una vez, en la selva, una guerrillera le preguntó: “¿Qué va a decir de las Farc, cuando salga de aquí?” A lo que ella contestó: “Voy a contar lo que vi”. Su libro es eso: lo que vio, lo que vivió, pensó y sintió durante esos años de espanto en un campo de concentración tropical. Además es un tratado sobre la miseria humana, pero también sobre su dignidad. Por eso quise tanto conocerla, entrevistarla. Decidir con mis ojos si era la bruja que dicen o la mujer profunda que se puede adivinar leyendo el libro. Es la segunda: una persona dulce y serena, inteligente y adolorida, con las heridas curadas, pero con cicatrices todavía frescas. Ya no es la política altiva, mediática e incluso antipática de antes del secuestro, sino una mujer llena de compasión, que cambió la acción por la reflexión y los discursos exaltados, por la escritura medida. Conversamos durante varias horas en la tranquila y bonita casa de su agente en el barrio de Chelsea, Nueva York. El tuteo se impuso después de un libro tan íntimo. 







Quisiera que me contaras la gestación de “No hay silencio que no termine”. ¿Por qué en francés y no en español, la lengua de tus padres?


Quizá lo escribí en francés, inconscientemente, para tomar una mayor distancia de mi experiencia. Era tan doloroso revivir los años del secuestro, que en otro idioma tenía un pequeño filtro, cierta lejanía. Viví en Francia toda la infancia y mi primera adolescencia, por lo que el francés me sale natural. Pero al principio ni siquiera pensaba que fuera a escribir en francés; el francés escrito me intimidaba porque tiene unas reglas formales muy rígidas. Recuerdo el día en que me senté a escribir. No tenía claro ni la lengua ni por dónde empezar. Tenía frente a mí unas hojas blancas y un estilógrafo que había comprado especialmente. La primera frase me salió en francés y lo primero que quise recordar fue uno de mis intentos de fuga. A partir de ahí ya no pude parar. Me impuse un plan de trabajo muy estricto: me levantaba a las seis y media de la mañana y hacía una hora de gimnasia. Después un buen desayuno, de manera que pudiera trabajar sin parar desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Estuve largos meses completamente sola. Estaba conectada con el mundo a través del computador. Cuando me iba mal escribía diez páginas por día, cuando me iba bien, veinte. Lloraba mucho. Tenía que parar, mirar un rato por la ventana antes de volver al escritorio.


Muchas veces te planteas durante el secuestro que tienes que blindar el alma; que no puedes mostrar ni alegría ni tristeza para no darles ventajas a tus captores. Eso es tal vez lo que te hunde en el silencio. Esto puede crear un hábito. ¿Pudiste romper con él?

Esa pregunta está en mis reflexiones diarias. Todos nosotros, los secuestrados, consciente o inconscientemente salimos de la experiencia minusválidos, de muchas maneras. Salimos muy mal de la selva; minusválidos en el sentido de que las reacciones están marcadas por lo que vivimos. Y entonces hay mucha dificultad en vivir normalmente. Salimos, espiritualmente y emocionalmente hablando, como salieron los soldados de la Primera Guerra Mundial de las trincheras de Verdún: sin una pierna, sin un brazo, sin un ojo. Nos hacen falta miembros para poder establecer relaciones simples y, digamos, descontaminadas con el mundo. Hay una relación con la verdad que es un poco esquizofrénica en el sentido de que vivimos en un mundo donde siempre nos decían mentiras. Entonces, sabiendo que sólo nos decían mentiras, nuestra manera de interpretar la información que nos llegaba siempre era bajo el filtro de que, si me dijo esto, sabiendo que ellos actuaban de tal modo, lo más probable es que la verdad no sea ésta sino esta otra; un laberinto en el procesamiento de la información. Y yo me doy cuenta de que muchas veces en mi mundo de la libertad, donde hay mucha más seguridad sobre las intenciones de las personas y su veracidad, sigue existiendo ese filtro nuestro que es muy difícil de desmontar. Durante tantos años simplemente no se decía lo que se pensaba por razones de seguridad con la guerrilla y convivencia con los demás secuestrados. Recobrar la espontaneidad ha sido muy difícil.


No haber perdido la cabeza ya me parece una conquista increíble.


Sí, no salir loco ya es algo maravilloso. Unos salen mejor que otros. Yo me siento bien librada, sufro pero dentro de la normalidad; todavía tengo ese bagaje de sufrimiento ahí, pero poco a poco lo voy asimilando, se va diluyendo en el presente. Ya las cosas, cuando hablo de ellas, siguen doliendo pero no con la misma intensidad y cuando menos les veo un propósito. Es decir, lo bien interesante -y esto sin querer decir que lo que viví fue bueno, que no lo fue para nada-, en mi caso personal, es que cuando estoy sola y pienso en todo lo que viví, tengo que darle gracias a Dios, porque creo que fue una oportunidad extraordinaria para recorrer caminos que yo nunca hubiera recorrido. Y en particular el camino espiritual; nunca hubiera reflexionado ni perdido el tiempo en reflexionar en cosas esenciales si no hubiera tenido ese vacío, esa eternidad de tedio que fue el cautiverio.


Algo nuevo en el libro es que Clara Rojas hubiera pedido permiso para ser madre. No teníamos idea de que ella les hubiera escrito a los comandantes de las FARC pidiendo autorización para tener un hijo.

Todo eso fue muy humano. Yo pensé mucho si iba a contar esto o no. Pienso que lo ocurrido fue algo de lo cual ella debe sentirse muy tranquila. Para mí no hay nada más importante que mis hijos y no tuve la suerte de poder vivir toda la vida con el papá de ellos. De alguna manera el resultado de la reflexión es que, con padre o sin padre, la relación con los hijos es tan esencial que yo comprendo que ella hubiera sentido que el secuestro la estaba expoliando del derecho de ser madre. Ahora, yo no tengo ni idea de cuál haya sido su secuencia de pensamientos porque en ese momento estábamos muy distanciadas, y nunca más volvimos a ser amigas realmente. Voy a matizar esto: ella y yo siempre seremos hermanas; la distancia de la amistad depende del momento; pero independientemente de esto, respeto por completo la decisión que ella tomó.


A mí me parece que Emmanuel fue una bendición terrible. El le dio a Colombia la convicción de que no podía haber un bebé prisionero político, un niño canjeable. A mí lo único que se me ocurrió fue gritar: ¡liberen a Emmanuel!

Emmanuel fue una bendición porque humanizó lo más inhumano e infame. Para resumir mi sentimiento: la única decisión humana que tuvo Manuel Marulanda (“Tirofijo”) en su vida fue la de liberar a Emmanuel. No creo que haya sido espontánea, creo que el presidente Hugo Chávez tuvo mucho que ver con eso


Pero él no lo liberó porque ya no lo tenía, liberó sólo a Clara.

Creo que él no sabía que Emmanuel ya no estaba en manos de sus milicianos. “Tirofijo” había tomado la decisión de liberarlo. Y esa decisión de liberar al niño no fue nada simple para las Farc. Yo me sentía metida ahí sin querer, pero para mí el niño era muy importante; yo era la madrina y lo sigo siendo en mi corazón. Tuve con Sombra (El Meja Mendoza, alias Martín Sombra, hoy preso) y con otros comandantes conversaciones sobre el niño y lo que las FARC decían y creían con todo convencimiento era esto: ese niño es nuestro; cuando crezca será un guerrillero de las FARC. Cuando una guerrillera espera un niño de otro guerrillero, debe pedir permiso para tenerlo. Si no se lo dan tiene que abortar; si le dan permiso, ella lo tiene, le dan tres o cuatro meses para amamantarlo y después se lo entregan a un miliciano. Y ese niño va a crecer en esa familia de milicianos y cuando cumple diez o doce años, se vuelve guerrillero. Difícilmente habrá conocido a su mamá, a duras penas sabrá quién es su papá, son niños de las FARC.


Como criar un ternero para que después pelee.

Exacto. Y el niño de Clara entraba en esa categoría. El pensamiento de las FARC para con Emmanuel no era para nada diferente de cómo ellos trataban a los niños de sus guerrilleras. Entonces Chávez llega y les dice: ‘Esto no se puede hacer’. Esta es una conjetura mía, Héctor, nunca hablé con Chávez sobre esto. Cuando él se mete y comienza a buscar liberar rehenes, en algún momento tuvo que haberle dicho a Marulanda: ‘Ustedes están locos; no pueden pretender que el mundo acepte que el niño que tuvo Clara en cautiverio vaya a ser de las FARC; el niño tiene una mamá y ustedes no lo pueden secuestrar’. Ese fue el primer momento en que a las FARC les hizo clic algo. Fue monstruoso que no sacaran a Clara para que la atendiera un partero; cómo fue posible que no le pidieran a William, el enfermero militar secuestrado, que estaba en la misma cárcel, que ayudara. (Se queda meditando un momento, con los ojos encharcados, como reuniendo las ideas). No, no, no. Dios tiene sus caminos. Todo parece mentira. Es increíble que el niño haya terminado en un hogar infantil, y que hayan podido dar con él. Y además que Pincho (el policía John Frank Pinchao) se haya volado a tiempo para poder informar sobre el niño de modo que lo pudieran rastrear. Si Pincho no se vuela, nadie se entera de que el brazo malo era el izquierdo, de que había nacido en tal fecha.


Hay algo duro y hermoso en el libro y es que siempre buscaste no perder algo que tu padre te había enseñado: la dignidad. Esta se expresa con la capacidad de reconocer que hay cosas más importantes que la vida, y que aunque te violenten y maltraten, quedaba en ti algo muy sólido. Esa resistencia es lo más importante del libro: mantener la dignidad. Y una cosa hermosísima es que cada vez que te escapabas y fracasabas, el intento te daba algo fundamental: te sentías más libre que antes. Esa dignidad y esa libertad ya nadie te las podrá quitar.


(Largo silencio, entre sollozos): Hay temas que me desbaratan; vainas que me llevan a ciertos momentos, me veo en ciertas situaciones, siento toda mi debilidad, me da pesar de mí misma, pero al mismo tiempo agradecimiento, porque es verdad que la voz de mi padre, sus palabras, están vivas dentro de mí. Hay mecanismos mentales que me ayudaron a sobrellevar las situaciones más incomprensibles. Ser humano es tener ciertos mecanismos mentales, lo que llamamos principios, para poderse guiar cuando uno pierde la lumbre y no entiende lo que sucede. Ahí están esas palabras clave, esas fortalezas que ayudan a uno a mantener la perspectiva de las cosas. Hay que proteger el alma de muchas maneras, protegerla del odio, de los demás. Yo sigo haciendo el duelo por mi padre. Su misma muerte, un mes después de mi secuestro, con el corazón partido de dolor, fue una declaración de amor. Al menos yo lo siento así.


Al principio, prima el miedo. Pero cuando pasa el tiempo vas perdiendo el miedo y otros sentimientos se van apoderando de ti. Al final ya no pueden hacerte sentir miedo, no pueden humillarte porque has aceptado la muerte.


Bueno, hay muchos miedos. Y se los va descubriendo de a poco. En el primer intento de fuga, con Clara, fracasamos por miedo a morir. Fue a los diez días del secuestro. No seguimos adelante por sed. Caminamos toda la noche abriéndonos paso en la espesura, nos caímos por barrancos, llovía. Amaneció y vi a Clara y pensé: ‘se va a morir’. Seguramente ella me vio y pensó lo mismo. Nos asustamos de vernos la una a la otra. Entonces nos entregamos. Al final ya no había miedo. Había sufrido tanto que aceptaba la muerte como algo normal, casi deseable. Y esa aceptación de la muerte la sigo sintiendo: hay una paz al decir, ‘cuando llegue, estoy lista’.
Es bonita la evolución del miedo, de la vulnerabilidad a la fuerza que da la aceptación de la muerte.


Sí, y hay ese versículo extraordinario de la epístola de San Pablo a los romanos. Jesús se le aparece a San Pablo y está hablando. Pablo está sufriendo y Jesús le dice: ‘mi gracia te basta porque me complazco en tu debilidad’. Mientras más débil eres, más fuerte eres. Y yo creo que eso es así, tal cual: uno no es realmente fuerte sino en el momento en que uno acepta lo extraordinariamente frágil que es. Ese día navega uno, vuela uno por encima de todas las cosas humanas.


La escritura te ha transformado. Te sirvió mucho escribir este libro. Ya eres otra.

Mi vida cambió por completo con el secuestro. Lo que hoy me hace feliz no tiene nada que ver con lo que me hacía feliz antes. Mi ritmo de vida, mi pensamiento, todo es diferente. Ya no soy feliz de la misma manera. Hay un desprendimiento de muchas cosas, necesito muy poquito. Ahora mi vida vuelve a cambiar, con este libro que pude escribir sola, y que me curó por dentro. Me fascina escribir; ya no quisiera hacer nada más en la vida sino escribir.


© Héctor Abad Faciolince
19 de septiembre de 2010

* H. Abad Faciolince es autor de las novelas Angosta y Basura, entre otras. Reside en Medellín. Su padre fue asesinado por paramilitares.