la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





Mahatma Gandhi: “Existen innumerables definiciones de Dios, porque sus manifestaciones son innumerables”/ "Autobiografía, La historia de mis experimentos con la verdad", Edición Embajada de la India, Colombia 2007






  


“Tantas que me abruman de pasmo y reverencia y, por momentos, me aturden (…) MG 








 Ghandi fue el libertador de la India del Imperio Británico y creador del método de resistencia y lucha pacífica conocido como No-Violencia.




INTRODUCCIÓN   
Hace cuatro o cinco años, a instancias de algunos de mis colaboradores más íntimos, accedí a escribir mi autobiografía. Comencé, pero apenas había concluido la primera página, estallaron los motines de Bombay y la tarea quedó paralizada. Siguieron después una serie de acontecimientos que culminaron con mi encarcelamiento en Yeravada. Sjt. Jeramdas, que era uno de los que estaba preso conmigo, me pidió que dejara todo lo que traía entre manos y ter-minara de escribir la autobiografía. Respondí que me había trazado un pro-grama de estudios y que no podía pensar en dedicarme a otra cosa mientras no llevase a cabo mi propósito.

En realidad, de haber tenido que cumplir toda mi condena en Yeravada, hubiera concluido la autobiografía, ya que habría dispuesto de un año entero para escribirla. Pero fui puesto en libertad.

Ahora, Swami Anand vuelve a insistir sobre el tema y, como en estos instantes he concluido la historia del Satyagraha en Sudáfrica, me siento tentado de escribir mi autobiografía para las páginas del  NavajivanSwami quiere que la escriba para publicar un libro, pero no tengo tiempo suficiente. Solo puedo escribir un capítulo por semana y, semanalmente, tengo que enviar alguna colaboración al Navajivan. ¿Por qué no mi autobiografía? Swami aceptó mi propuesta y heme aquí en la tarea.

Sin embargo, un buen amigo, temeroso de Dios, tenía sus dudas, de las cuales me hizo partícipe en mi día de silencio.

 — ¿Por qué te has embarcado en esta aventura? —me preguntó—. Escribir autobiografías es una costumbre peculiar del Occidente. No conozco a nadie en Oriente que haya escrito alguna, con excepción de aquellos que han caído bajo la influencia occidental. ¿Y qué vas a escribir? Supongamos que mañana rechazas aquellos principios que hoy te parecen justos; o que en el futuro decides revisar tus planes de hoy. En tal caso, ¿no es verosímil que los hombres que conforman su conducta a la autoridad de tu palabra, hablada o escrita, se sientan desorientados? ¿No te parece que sería preferible no escribir nada semejante a una autobiografía, al menos por ahora?

Tales argumentos hicieron en mí cierta mella. Pero en realidad, no es mi propósito escribir una autobiografía en el sentido cabal de la palabra.Simplemente, quiero relatar la historia de mis numerosos experimentos con la verdad, y como mi vida consiste de esas experiencias únicamente, resulta que tal narración tomará la forma de una autobiografía.

Más no pienso preocuparme si en cada una de sus páginas solo se habla de esos experimentos. Creo, o al menos me halaga, abrigar la creencia de que la relación de tales pruebas será beneficiosa para el lector. Mis experimentos en el campo político son hoy conocidos no solo en la India, sino también, y en cierta medida, en el mundo “civilizado”. Lo cual para mí no tiene gran valor y el título de Mahatma que me dieron por ese motivo, vale para mí menos todavía. Con frecuencia ese título me ha causado pesar y no logro acordarme de un solo instante en que haya servido para halagar mi vanidad.

De todos modos me agrada narrar mis experimentos en el campo espiritual que solo yo conozco y, verdaderamente, de ellos he obtenido la fuerza que poseo para mi actuación en la esfera política. Si tales experimentos son realmente espirituales, entonces no queda lugar alguno para el autoelogio y solo pueden sumarse a mi humildad. Porque cuanto más reflexiono y contemplo el pasado, más vívidamente siento mis limitaciones.

Lo que quiero alcanzar —lo que me he estado esforzando por lograr en estos últimos treinta años— es el perfeccionamiento de mí mismo, para mirar a Dios cara a cara, para alcanzar el moksha*.  Vivo, actúo y encauzo mi ser hacia la consecución de esa meta. Todo cuanto hago, hablo y escribo y todas mis aventuras en el campo político, están dirigidas al mismo fin. Pero como siempre he creído que lo que es posible para uno, lo es también para todos, no he desarrollado mis experimentos en secreto, sino a campo abierto, y no creo que ese hecho disminuya su valor espiritual. Hay algunas cosas que solo las conoce uno mismo y su Hacedor; esas cosas no son, desde luego, transmisibles. Los experimentos a que he de referirme no son de esa clase, pero son experiencias espirituales, o más bien morales, ya que la esencia de la religión es la moral.

Únicamente incluiré en este relato aquellas cuestiones religiosas que pue-dan ser comprendidas, incluso, por los niños y los ancianos. Si logro narrar-las con espíritu humilde y desapasionado, otros muchos experimentadores hallarán en ellas provisiones para su marcha hacia delante.

Lejos de mi ánimo está el pretender haber conseguido el menor grado de perfección en esos experimentos. No pretendo más que lo que el hombre de ciencia, que aun cuando realiza sus experimentos con la máxima precisión, minuciosidad y previsión, jamás proclama haber alcanzado conclusiones definitivas, sino que los contempla con la mente alerta y espíritu crítico.

Yo he efectuado profundas introspecciones buscándome a mí mismo una y otra vez, y examinado y analizado cada situación psicológica. Sin embargo, disto mucho de pretender haber llegado a una meta, ni creer en la infalibilidad de mis conclusiones.

Pero, eso sí, una cosa afirmo: que para mí estos experimentos son absolutamente correctos y me parecen, por ahora, definitivos. Por cuanto, si así no fuera, no ajustaría mis actos a esas resultantes. Pero a cada paso que di, efectué un proceso para establecer su rechazo o aceptación, y procedí en concordancia con dichas decisiones. Y en tanto que mis actos satisfagan mi razón y mi corazón, debo adherirme firmemente a mis conclusiones primeras.

Si tuviera que analizar principios académicos, por cierto que no trataría de escribir una autobiografía. Pero mi propósito es ofrecer una exposición de varias aplicaciones prácticas de estos principios. De ahí que haya dado a los capítulos que me propongo escribir, el título de “Historia de mis experimentos con la verdad”. Incluirán, por supuesto, experimentos sobre la no violencia, el celibato y otras normas de conducta consideradas como distintas de la verdad. Para mí, no obstante, la verdad es el principio soberano que incluye a numerosos principios.

Esta verdad no implica solamente veracidad de palabra, sino también de pensamiento, y no solo la verdad relativa de nuestra concepción, sino también la Verdad Absoluta, el Principio Eterno, es decir, Dios. Existen innumerables definiciones de Dios, porque sus manifestaciones son innumerables. Tantas que me abruman de pasmo y reverencia y, por momentos, me aturden.

Yo aún no encontré a Dios, pero lo estoy buscando y estoy preparado para sacrificar las cosas que me son más queridas, a fin de proseguir esta búsqueda. Incluso, si el sacrificio fuera de mi propia vida, creo estar preparado para darla.

Pero mientras no haya alcanzado esa Verdad Absoluta debo atenerme a la verdad relativa, tal y como yo la he concebido. Por el momento, esa verdad relativa debe ser mi guía, mi amparo y mi escudo. Aunque es una senda larga y tan angosta y sutil como el filo de una navaja, para mí ha sido la más fácil rápida. Incluso mis desatinos, grandes como el Himalaya, me han parecido insignificantes, porque he seguido estrictamente ese sendero, lo cual me ha evitado caer en la pesadumbre y he podido marchar adelante siguiendo mi luz.

A veces, en mi progreso he captado tenues destellos de la Verdad Absoluta, de Dios, y cada día aumenta en mí la convicción de que solo Él es real y todo lo demás irreal. Aquellos que lo deseen, sepan cómo creció en mí esta convicción; compartan mis experimentos y también mi convicción, si es que pueden. Al mismo tiempo, se ha desarrollado en mí la creencia de que todo cuanto es posible para mí, lo es también para un niño, y tengo sólidas razones para afirmarlo. Los instrumentos para investigar la verdad tienen tanto de sencillo como de difícil. Para la persona arrogante pueden parecer imposibles, mientras que son muy posibles para un niño inocente. 

Quien busque la verdad debe ser tan humilde como el polvo. El mundo aplasta el polvo bajo sus pies, pero el que busca la verdad, ha de ser tan humilde, que incluso el polvo pueda aplastarlo. Solo entonces, y nada más que entonces, obtendrá los primeros vislumbres de la verdad. El diálogo entre Vasishtha yVishvamitra pone esto suficientemente en claro. La Cristiandad y el Islam lo proclaman con la misma claridad.

Si algo de lo que escribo en estas páginas choca al lector como expresiones contaminadas de orgullo, entonces debe presumir que hay algo erróneo en mi búsqueda y que mis vislumbres de la verdad no son más que espejismos. Que perezcan cientos como yo, pero que perviva la verdad. No reduzcamos las dimensiones de la verdad ni en el espesor de un cabello al juzgar mortales equivocados como yo.

Confío y ruego que nadie considere como terminantes los consejos que hay dispersos en los capítulos que siguen. Los experimentos que narro deben contemplarse como ejemplos ilustrativos, a la luz de los cuales cada lector pueda desarrollar sus propios experimentos, de acuerdo con sus inclinaciones y capacidad. Espero que esta suma limitada de ejemplos sea realmente útil, porque tampoco voy a ocultar, ni a soslayar, ninguna de las cosas feas que deben decirse. Deseo familiarizar al lector con todas mis faltas y errores. Mi propósito es describir los experimentos realizados en la ciencia del Satyagraha, pero no para decir que soy bueno. Al juzgarme procuraré ser tan crudo como la verdad y quiero que los demás también lo sean.

Midiéndome por esa norma, debo decir con Surdas:

¿Dónde habrá un pobre diablo
tan malvado y despreciable como yo?
Tan falto de fe anduve
que he olvidado a mi Hacedor.

Porque lo que para mí es una tortura permanente, es hallarme todavía tan lejos de Él. De Él que, como muy bien sé, gobierna cada soplo de mi vida, y de cuyo linaje soy. Y sé que son las bajas pasiones las que me mantienen tan alejado de Él y, sin embargo, no logro desprenderme de ellas.

Pero debo poner punto final. No puedo comenzar el verdadero relato hasta el capítulo próximo.

El Ashram, Sabarmatí.
26 de noviembre de 1925.
M. K. Gandhi


*Literalmente significa “libertad del nacimiento y de la muerte”. La traducción castellana más aproximada es “salvación”


©MahatmaGandhi
Edición: Embajada de la India en la República de Colombia 2007


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