la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





Clarice Lispector: "Cuentos Reunidos", Ediciones Siruela






«Los cuentos de Clarice Lispector aquí reunidos constituyen la parte más rica y variada de su obra, y revelan por completo el trazo incandescente que dejó la escritora brasileña en la literatura iberoamericana contemporánea. En todo cuanto escribió está la misma angustia existencial, similar búsqueda de la identidad femenina y, más adentro, de su condición de ser humano. En sus cuentos hay, ciertamente, el vuelo ensayístico, la fulguración poética, el golpe chato de la realidad cotidiana, la historia interrumpida que podría continuar, como la vida, más allá de la anécdota. Leer a Clarice es identificarse con ella, desnudar su palabra, compartir una sensualidad casi física, entrar en el cuerpo de una obra que vibra y chispea, traducir a nuestro propio horizonte cultural su haz de preguntas lanzadas al viento, saber que, más allá de las letras, del espacio y el tiempo, hubo alguien, una mujer, que estuvo cerca del corazón salvaje y nos dejó, en su escritura y definitivamente, su soplo de vida.»
Miguel Cossío Woodward





De Clarice  (fragmento del libro)


Érase una vez 

Los cuentos de Clarice Lispector aquí reunidos constituyen la parte más rica y variada de su obra, y revelan por completo el trazo incandescente que dejó la escritora brasileña en la literatura iberoamericana contemporánea. Debe advertirse, sin embargo, que no están completos. No lo están debido a que Clarice no los reunió por sí misma, y porque tampoco tuvo tiempo –acaso interés– para organizar la compilación de los numerosos textos en los que imprimió la huella de su sensitiva visión del mundo. Desde muy temprano y a lo largo de los años, escribió unos textos poco ortodoxos que no contaban historias felices de hadas y príncipes, sino sensaciones intensas en atmósferas cotidianas, impresiones fulminantes de la realidad, trozos de vida, ardientes como carbones. Pero sus primeros relatos nunca se publicaron y muchos probablemente se perdieron en la aventura del tiempo, mientras otros andan quizás dispersos todavía en periódicos y revistas, o en ese lugar reservado que ella justamente bautizó como «fondo de gaveta», amorosamente rescatados en Para no olvidar, Crónicas y otros textos (Siruela, 2007). No están completos estos Cuentos reunidos, además, porque en su caso no es posible deslindar con precisión la arbitraria frontera que separa los géneros literarios: lo que para algunos caería en el campo de la prosa poética, o del ensayo, el artículo, la autobiografía, o la crónica periodística, para otros se apegaría más a una amplia y válida definición del término cuento
En mi opinión, la obra toda de Clarice es de una admirable unidad y coherencia, desde lo primero que publicó, hasta lo que se ha editado póstumamente. El texto, de cualquier género, es siempre para ella pre-texto y pretexto que le permite indagar en el proteico universo de las sensaciones. Su literatura es antesala y motivo de encuentro consigo misma y con la alteridad; es imagen y posibilidad de diálogo con el enigma recóndito del otro extraño e inaccesible y, quizás, con el misterio sin nombre que se ignora e intuye. En todo cuanto escribió está la misma angustia existencial, similar búsqueda de la identidad femenina y, más adentro, de su condición de ser humano. En sus cuentos hay, ciertamente, el vuelo ensayístico, la fulguración poética, el golpe chato de la realidad cotidiana, la historia interrumpida que podría continuar, como la vida, más allá de la anécdota. Pero éstas son igualmente las marcas profundas de sus novelas, que se detienen en la visión sorprendida de un momento o una situación aparentemente sencilla, donde se desencadenan en tropel las voces de una fuga infinita. Son asimismo el trasfondo de sus crónicas, libremente inscritas en el canon periodístico, que dejan flotando una interrogación no dicha sobre un algo escondido, apenas entrevisto, detrás de lo circunstancial. Son, en uno y otro caso, signos y manifestaciones no sólo de un estilo, de una voluntad artística, sino fundamentalmente y por encima de todo, de un único impulso creativo, de una pasión, de una vida que se cuenta y encuentra. 
Leer a Clarice es, por lo tanto, identificarse con ella, con el ser pleno detrás de la autora. Desnudar su palabra, compartir una sensualidad casi física, entrar en el cuerpo de una obra que vibra y chispea, algo así como hacer el amor, que es deseo, sexo y deceso. Traducir a nuestro propio horizonte cultural su haz de preguntas lanzadas al viento; entender su necesidad de entender-nos; hablar en silencio, aunque haya palabras; saber que, más allá de las letras, del espacio y el tiempo, hubo alguien, una mujer, que estuvo cerca del corazón salvaje y nos dejó, en su escritura y definitivamente, su soplo de vida. ¿Y quién fue, en su realidad, Clarice Lispector? 







Origen y destino 

Nació en Ucrania, pero no se consideró ucraniana y nunca pisó la tierra donde vino al mundo. En 1920 la familia judía Lispector, en medio de la guerra civil y el desasosiego desatados por la revolución bolchevique de 1917, huyendo de los pogroms, la violencia y el hambre, decidió emigrar a América. En su penoso y largo recorrido por la estepa, la pequeña comitiva tuvo que detenerse en Tchetchelnik –una aldea perdida que, de tan pequeña, no figuraba en el mapa–, para el nacimiento el 10 de diciembre de 1920 de una niña a quien llamaron Haía, nombre hebraico que significa vida y fonéticamente se acerca a «clara», Clarice. Mientras tanto, acaso por una de esas misteriosas casualidades de la historia, por aquellas mismas tierras otro judío, Isaak Bábel, estaba enrolado en el Primer Ejército de Caballería y, a lomos de caballo, escribía los primeros borradores de su famosa Caballería roja. ¿Qué une y a la vez separa a dos escritores de origen similar, tan extraordinarios y dispares, coincidentes por un instante en el ojo del huracán?, me pregunto al contemplar la foto de una tropa de cosacos que, en el duro camino del éxodo, le robaron a los Lispector los pocos bienes que llevaban. 
La familia llegó a Maceió, Brasil, en 1922, y más tarde se trasladó a Recife. De modo que Clarice pudo afirmar, con cierto orgullo, que ella era nordestina, de esa región que describe crudamente Graciliano Ramos en Vidas secas y de la que luego procede, ausente de cualidades, la Macabea que nuestra autora retrató en La hora de la estrella. En el hogar de los Lispector se respetaban las reglas de la Torah y las enseñanzas del Antiguo Testamento, pero ella nunca se refirió a su religión, aunque en el trasfondo de sus textos se percibe la huella mística de la cábala. El padre hablaba y leía yiddish, pero la lengua materna de Clarice, en la que amó y escribió, fue el portugués del Brasil. Desde la infancia y la adolescencia, su vocación fue la literatura, aunque escogió y cursó la carrera de derecho, que después no ejerció. En 1935 se trasladó a Río de Janeiro, donde a la par de los estudios leyó todo cuanto cayó en sus manos, como la edición brasileña de El lobo estepario, de Hermann Hesse, una obra que probablemente influyó en el descubrimiento de la ruta interior que también recorrería: «después de este libro adquirí confianza de aquello que debería ser, cómo quería ser y lo que debería hacer...». A los veintitrés años publicó su primera novela, Cerca del corazón salvaje, reconocida de inmediato por la crítica; pero Clarice nunca aspiró al éxito ni a la gloria efímera. Casi toda su obra se afinca en los ambientes y en las ciudades brasileñas, particularmente en Río de Janeiro, aunque vivió mucho tiempo en el extranjero con su esposo, un diplomático brasileño. Una parte importante de su vida transcurrió en la Europa de la posguerra y en los Estados Unidos de los años cincuenta del siglo XX, pero estuvo siempre enferma de nostalgia, pendiente del Brasil, donde cultivó con amor su raíz verdadera. Fue escritora de pura cepa, de pies a cabeza, de cuerpo y alma entera, no obstante lo cual se autodefinía como una mujer sencilla que se dedicaba a cuidar y educar a sus hijos. A su muerte, ocurrida en 1977, cuando iba a cumplir cincuenta y siete años, dejó una importante obra que es actualmente objeto de admiración, de estudio y hasta de merecido culto. Y uno se pregunta hasta dónde habría llegado, todavía más lejos, esa mujer que al final quería hacer literatura sin literatura, que rompió las rígidas formas para cifrar, como en un clavicordio, el signo musical de sus pulsaciones.  
Todo en ella es contrapunto, combinación simultánea de fuentes diversas que, no obstante, le dan a su obra y su vida una textura uniforme de persona y autora excepcional. Como se dijo, vino a América recién nacida, en la dura circunstancia de la emigración judía, y fue siempre un pájaro errante en busca perenne de su mundo interior. Se casó y tuvo dos hijos de un matrimonio que duró los casi dieciséis años de su estancia en el extranjero, pero tal vez el amor para ella fue también destierro, soledad en el acompañamiento, distancia en la cercanía, al igual que la Joana de su primera novela. Exiliada de sí misma, sobrellevó la rutina de la vida diplomática, con su carga de fingimientos, cenas de compromiso y sonrisas forzadas, mientras su yo creador, preso de angustia, se empeñaba en transgredir la palabra elegante y el falso discurso de mujer pasiva. Conoció y fue amiga de las grandes figuras de la moderna literatura brasileña, entre ellas poetas como Manuel Bandeira, Carlos Drummond de Andrade y João Cabral de Melo Neto, pero su obra no siguió corriente alguna, ni tuvo más bandera que la suya, como la flor extraña que de repente brota y perfuma el ambiente. Parejamente a João Guimarães  Rosa, aunque en otra dirección, renovó la literatura brasileña, abriendo fronteras a la indagación filosófica, al retrato psicológico y al problema de ser en el tiempo y el mundo, más allá del relato sobre el suceso y el dibujo puntual de paisaje y costumbres. Y no cesó de explorar los caminos posibles de la creación literaria, como si quisiera desarmar hasta la última pieza de su propio artificio de palabras hecho, para encontrar, bajo el texto, la cuerda que impulsa la flecha de Eros y la disciplina de Tanatos. 


Confluencias 

Desde que en 1943 apareció la primera obra de Clarice Lispector, escrita con anterioridad, cuando sólo tenía diecisiete años, la crítica quiso encontrarle influencias, modelos, patrones que explicaran el surgimiento de esa luminosa sorpresa en el escenario de las letras brasileñas. Enseguida se refirieron a James Joyce, partiendo de la relación entre el título de su novela, Cerca del corazón salvaje, y una frase del célebre escritor irlandés. En realidad, según declaró la propia Clarice, le había dicho a su amigo Lúcio Cardoso «que respiraría mejor si él le escribiese una frase» del Retrato del artista adolescente, como epígrafe y título de su libro. Pero ella, según dijo, no había leído antes a Joyce, ni a otros importantes autores con los que la identificaron. De modo que, aceptando la afirmación de la escritora, aquí nos encontramos con la magia del arte y la literatura, que produce a veces arcanos encuentros, coincidencias que trascienden el espacio, la lengua y el tiempo; convergencias de voces diferentes en marcha subterránea hacia similares expresiones de voluntad creadora. La muy joven Clarice, a través de su personaje Joana, habría podido escribir también las últimas palabras de Stephen: «Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza». 
Hay, en efecto, una consonancia literaria de Clarice con Joyce, en especial con el Retrato... y, en algunos casos, con los recursos poéticos y la epifanía de sus narraciones en Dublineses. Pero, en lugar de influencias, que nadie rechaza y mucho menos cuando llevan el nombre sagrado de Joyce, habría que hablar también de confluencias de visiones artísticas, como ocurre con esas partículas que, según la física moderna, se comunican y atraen aún a grandes distancias, vulnerando las leyes que la ciencia inventó. La esencia del arte, pensaba Heidegger, está en la verdad del ser y en su revelación en la obra bella. Clarice, como Joyce, se propuso desentrañar dicha verdad, alumbrarla, hacerla patente e instalarla en la escritura, en la obra que sería su auténtica realización personal y donde nosotros, lectores, tenemos la posibilidad de una operación inversa, pero asimismo esclarecedora de nuestra esencia humana. Por otra parte, ¿no es maravilloso hallar un eco joyceano en un texto de Clarice, como quien descubre el rastro de una melodía familiar en el primer movimiento de una sinfonía? El lector registra e integra diversas experiencias estéticas y no faltará quien, en sentido contrario, lea primero un texto de la autora brasile- ña y crea encontrarla después en alguno de Joyce. 
También se le adjudicó la influencia de Virginia Woolf, pero a Clarice no le gustó la comparación que, de nuevo, presenta interesantes puntos de coincidencia, así como aspectos donde divergen. Ambas son autoras que exploran y escriben desde la identidad femenina, mostrando la complejidad psicológica, la profunda sensibilidad y la finísima percepción de la circunstancia que posee el «segundo sexo» del que habló Simone de Beauvoir. Hay en ellas, sin embargo, matices distintos y experiencias artísticas y vitales diversas que, probablemente, quiso subrayar nuestra escritora. Así, el feminismo militante de la Woolf tiene en Clarice una expresión más objetiva y ponderada, en la línea del actual post-feminismo. Es cierto que en la brasileña podemos sentir resonancias, por ejemplo, de la woolfiana Mrs. Dalloway, pero las muchachas y mujeres de Clarice están encuadradas en otra realidad, tienen vivencias diferentes y buscan su definición personal en un contexto propio. Lo importante, sin embargo, es comprobar que su obra es cada vez más reconocida a nivel internacional, al extremo de colocarla en sintonía con la de Virginia Woolf, en el concierto de relevantes mujeres que, con la literatura y el arte, empezaron a cambiar una visión maniquea de la especie humana en la que un género impone sus paradigmas al otro. Clarice Lispector, desde su realidad brasileña, tercermundista e iberoamericana, habla de un yo femenino en el universo de seres humanos que están condenados a la soledad de sí mismos y necesitan mirarse, escucharse y hablarse los unos a las otras, y entre ellos y ellas, para comprender finalmente cuanto son en verdad, simples seres humanos, macho y hembra a un tiempo, como Dios los creó. 
Hay lecturas, desde luego, que influyen y dejan su huella, evidente o velada, en la creación clariceana. Ella leyó, entre otros, a Machado de Assis, el primer escritor universal del Brasil, y a Monteiro Lobato, fundador allí de la literatura para niños; también a Dostoievski, con esa insuperable penetración psicológica sobre el crimen y el castigo, la culpa y el dolor. Conoció a la Emma Bovary que Flaubert pintó con los colores del pesimismo y el amor a la verdad, siempre dura y transgresora. Con el primer dinero que ganó trabajando, compró la edición brasileña de Felicidad, de Katherine Mansfield, con quien se identificó plenamente, una admiración que confirmó, estando en Roma, a su amigo Lúcio Cardoso tras leer la edición italiana de las Cartas de la autora neozalandesa. Reconoció también su aprecio por Julien Green, en cuyas obras predominan escenarios sombríos, donde la Gracia divina no suele evitar trágicos desenlaces. A pesar de todo, en alguna ocasión dijo no tener una amplia formación literaria, tal vez confundiendo la vastedad con la intensidad de las lecturas y su reelaboración individual. Bastó quizás un chispazo de Machado, de Dostoievski, Hesse o Mansfield, para despertar el tigre interior, de esoterismo y amor, al que cantó William Blake. ¿Qué forma, en verdad, a una escritora como Clarice Lispector? No basta con hurgar en su entorno y desarrollo individual, ni en sus posibles influencias, ni en sus lecturas declaradas, ni en las circunstancias históricas o personales. El genio, como ella lo fue, está en y tiene eso, pero además fluye, busca una realización independiente en cuyo proceso se encuentra, confluye, con quienes ayer y hoy, y también mañana, persiguen el imposible de la realización humana. De todo se nutre el escritor y todo lo reelabora y renueva en sí mismo y en su obra. Como decía Unamuno, don Quijote y Sancho no son exclusivos de Cervantes, «ni de ningún soñador  que los sueñe, sino que cada uno los hace revivir». 

Fuente: Ediciones Siruela

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