la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





Dos textos de la escritora israelí Nava Semel: Un paseo con Fonda - A ride with Fonda (del libro “Hat of Glass”, en español e inglés) y Diario Intimo (del libro "And the Rat Laughed", en español)

 UN PASEO CON FONDA  por Nava Semel


El día que cumplí 26 años me encontré por pura casualidad en la parte trasera de una limusina negra, en Tel Aviv, sentada al lado de Jane Fonda.
Fonda hablaba. No acerca de Sinatra o de Bogart, de Dietrich o de Gable, no sobre sus propios éxitos que a pesar suyo flotaban alrededor de ella como un aura. Fonda hablaba acerca de alguien llamado Rukhana Sasson pero como le era difícil pronunciar el gutural “rk”, el nombre de la mujer salía “Ruhana”. Mientras hablaba, su rostro público parecía agrietarse en delgadas y finas líneas.
Bueno, dijo Fonda, Rukhana Sasson era una mujer de 60 o algo más -Fonda la había conocido en su país. Rukhana fue liberada en Dachau cuando tenía 20 años. Un año después se casó y ella junto con su marido emigraron  a Israel. Durante los 40 años subsiguientes su vida parecía deslizarse sin problemas: educó a sus 4 hijos, puso la casa en orden, sus hijos tuvieron hijos. El pasado parecía haber caído en el olvido. Un final feliz. Una historia de ensueño.
El marido de Rukhana hizo mucho dinero, continuó Fonda y los Sasson se fueron a los Estados Unidos como emisarios del Estado que ellos ayudaron a construir. Sus hijos e hijas y 3 nietos quedaron atrás. Finalmente Rukhana se sintió libre de los reclamos de la vida de todos los días. Era una mujer acomodada, presta a descubrir el fin del mundo. Pero fue precisamente aquí que las imágenes que ella había sellado hacía mucho  comenzaron a burbujear hacia la superficie. Las pesadillas comenzaron.
En realidad ella no había recordado. No había visto ninguno de los filmes. En ciertos días del año, en Israel, había rechazado prender la televisión o la radio. Cuando sus hijos le preguntaban por qué, ella respondía “Eso ya se acabó”
Pero ahora, viviendo en un país foráneo, sus noches se volvieron tal tormento que ella buscó un sanador para recobrar el sueño.
“Ella estaba demasiado aterrorizada para cerrar los ojos”, decía Fonda. Yo sentí una corriente subterránea  inescapable que le invadía su voz.
“¿Cómo pueden estos recuerdos tan viejos y pesados aflorar después de tantos años?” preguntó.
Me dirigí a ella, una mujer elegante y meticulosa, totalmente extraña para mí y finalmente abrí la boca. “Rukhana Sasson podría ser mi madre”, dije suavemente.
“Mi madre también apagaba la televisión y la radio ciertos días del año en Israel…pero su dolor nunca se fue, nunca desapareció. Su dolor había flotado en su líquido amniótico. Nosotros, sus hijos, bebimos su dolor en su leche. Hasta el día de hoy aún escucho su lamento: “Quizá nunca debí traerte  a este mundo. Quizás pequé al darte a luz”.
Pero mientras hablaba ahora, me sentí como si estuviera abrazando a mi madre, como si ahora, por fin, tuviera  la edad suficiente como para abrazarla.
Mamá, me oí decir en silencio, heredé de ti el olor de la muerte, quizás en tu leche, quizás en tu sangre, quizás en un sueño, quizás en tus gritos en medio de la noche a lo largo de la década de 1950. Como fibras que se encuentran suspendidas en el aire empujando y retorciéndose.
“Mi madre nunca habló de su niñez”, proseguí. “Es como si su vida antes de la guerra le perteneciera a otra persona, como si estuviera partida por la mitad por un abismo infranqueable”.
Fonda escuchaba como una cuerda tensa.
“Israel está llena de Rukhama Sassons que ruegan por perdón porque sus manchas de sangre y el olor de las cenizas de sus pasados tormentosos se han adherido a sus hijos e hijas.”
Fonda cerró la ventana de la limusina negra y miró hacia fuera. Ella se quedó en silencio y yo también. Y entonces, de repente, recordé que la madre de Fonda se había cortado las venas.
Fonda apretó sus manos secas. Con la mancha de sangre y el olor a cenizas que flotaba en el aire, no nos miramos nunca más.
Tel Aviv
1985              
Texto publicado con autorización de Nava Semel.  Entrevista a la autora en español.
A RIDE WITH FONDA by Nava Semel



         The day I turned twenty-six, I found myself by sheer coincidence in the back of a black limousine in Tel Aviv sitting next to Jane Fonda.        
       Fonda was talking.  Not about Sinatra or Bogart or Dietrich or Gable; not about her own successes, even though they hovered about her like an aura.  Fonda was talking about someone named Rukhama Sasson, but since it was hard for her to pronounce the guttural “kh,” the woman’s name came out “Ruhama.”  As she spoke, her public face seemed to crack along tiny fault-lines.
          Well, said Fonda, Rukhama Sasson was a woman of sixty or so – Fonda had known her from back home.  Rukhama was liberated from Dachau when she was twenty.  A year later she married, and she and her husband immigrated to Israel together.  For the next forty years, her life seemed to glide by – she raised her four children, set her house in order, her children had children.  The past seemed to have been forgotten.  A happy ending.  A picture-perfect story.
          Rukhama's husband made a lot of money, Fonda went on, and the Sassons were sent to America as emissaries of the state they had helped to build.  With their sons and daughters and three grandchildren staying behind, Rukhama was finally free of the demands of everyday life.  She was an affluent woman of leisure ready to discover the ends of the earth.  But it was precisely then that the images she had  sealed-off so long ago began to bubble to the surface.  The nightmares started.
 She really had not remembered.  She had seen none of the films.  On certain days of the year back in Israel she had refused to turn on the television or radio.  When her children used to ask why, she would respond, “I wiped it out.” 
          But living in a foreign country now, her nights had become such torment that she sought out a healer to restore her sleep.
 “She was too terrified to close her eyes," said Fonda.  I felt an inescapable undercurrent seeping into her voice.
"How could such heavy old memories come up after so many years?” she asked. 
I turned to her, a meticulously put-together, elegant woman entirely strange to me, and finally opened my mouth.  “Rukhama Sasson could be my mother,” I said softly.
“My mother turned off the television and radio on certain days of the year in Israel too…but her pain never went away, never disappeared.  Her pain had floated into her amniotic fluid.  We, her children, drank it in her milk.  To this day I can still hear her lamenting, ‘Maybe I never should have brought you into the world.  Maybe I sinned giving birth to you.’”
But as I spoke now, I felt as if I were hugging my mother, as if now, finally, I was old enough to hug her.  Mama, I heard myself silently saying, I inherited the scent of death from you, maybe in your milk, maybe in your blood, maybe in a dream, maybe in your screams in the middle of the night all through the 1950's.  Like fibers that hang suspended in the air, pulling and twisting…
 "My mother never talks of her childhood," I went on.  "It’s as if her life before the war belonged to someone else, as if it is split in half by an unbreachable chasm."
Fonda listened like a taut string. 
"Israel is full of Rukhama Sassons who beg for forgiveness because the stain of blood and the smell of ashes from their own tormented past have clung to their sons and their daughters.”
Fonda shut the window of the black limousine and stared outside.  She was silent and so was I.  And then, suddenly, I recalled that Fonda's mother had slashed her own wrists.
Fonda pinched her dry hands together. With the stain of blood and smell of ashes hovering in the air, we did not look at one another again.
Tel Aviv
1985           

Text published with the permission of Nava Semel. Interview with author.





DIARIO INTIMO  por Nava Semel


Día de Nuestra Señora de la aflicción
15 de septiembre de 1943
No me bendigas, Padre, porque he pecado. No me absuelvas. Fui tu siervo fiel durante toda mi vida. Pero en este momento te abandono para entregarme al pecado de la desesperación. Siento cómo el pecado se extiende sobre mí, se asienta en mis órganos y hasta la salida del sol, habitará todo mi cuerpo. No me absuelvas, Padre. No podré cumplir la misión, ya la fe me ha abandonado. Pero absuelve a esta niña que no tiene nombre, porque, sin saberlo, ella es la fuente de mi desesperación. Abrázala y sálvala.
Ella está enrollada en sí misma, en la trastienda de la iglesia, muda como una piedra, mientras yo rezo en vano para que nos envuelva el sueño y nos trague a ambos. Solamente la mano del sueño puede luchar contra la memoria ultrajada y demorar por un rato lo que merece ser olvidado, para que el ser humano logre prepararse para enfrentar un nuevo día.
¿Qué nuevo día le espera a una niña que es toda noche?
Tú me has elegido. Entregaste en mis manos a una niña que es fuente de desesperación. Cuando la vi por primera vez en el confesionario, me pregunté si este ser formaba parte de la creación. No me absuelvas, Padre, porque he pecado. Dudé de su humanidad. Me paralicé. Los negros muros me aprisionaban y mi pie comenzó a moverse sobre el umbral. Quería huir de ese cuerpo desconocido que no emitía sonido, olía a excremento y cuyos órganos goteaban. Busqué una plegaria, pero no la encontré. Solo oí el grito que desgajaba mi interior.
Padre, ¿a qué prueba me sometes? Azotado por la impresión me santigüé una y otra vez. La campesina me amonestaba y yo no podía escucharla. Sin embargo, me vi empujado a espiarla, contra mi voluntad. Un par de ojos ardían más allá del tabique enrejado. Como si yo estuviese parado debajo de la cruz, en el Gólgota, y observase a ese hombre que se desangra, entre dos ladrones.
Ojalá pudiese romper la red y llegar a ella. Esta noche no me arrodillo ante Ti, sino ante la niña. No me absuelvas, porque negué el alma que se agita en el interior de la carne hedionda.
La cargué en mis brazos hasta mi alcoba, pero ni el movimiento logró hacerle brotar un sonido. Tiene cinco o seis años. Está arrugada, desgreñada, los harapos se le adhieren al cuerpo. No logro delinear sus facciones.
Una niña.
Nunca antes había sostenido una niña en mis brazos.
Temo quebrarla.
Estoy sentado en la oscuridad mientras las palabras brotan. El ser humano llega iluminado a tu mundo, sin embargo, otros seres humanos arrojan oscuridad dentro de él. Eso prediqué toda mi vida. Hasta yo mismo sé qué órganos desgarraron a la niña. También en mi cuerpo hay un órgano así.
No sé cómo atenderla. Hubiese sido mejor que…
No.
Debo extraer los clavos y limpiar la sangre.
Lo que me exiges está más allá de mis fuerzas.
Trato de hacerla descansar. Su cuerpo sin peso se agita. Con los restos de fuerza que le quedan se opone, me patea. Por un momento creo que estoy bajando a tu hijo de la cruz.
“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre. Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén”.
Miles de veces recé esta plegaria, pero esta noche las palabras se han convertido en un balbuceo sin sentido.
Nuestra Señora de la aflicción, así llamamos a este día. En vez de recordar el pesar de la Madre, me sumerjo en la desesperación de la hija.
La campesina se opuso, rehusaba entregarla. Para ella, la niña era un bien, una fuente de ingresos fija. Su voz se tornó complaciente cuando dijo:
- Padre Stanislav, ella profanará la casa de Dios.
- Pagaré – respondí.
- Nosotros no degollamos a la gallina de los huevos de oro – agregó – Dentro de poco no quedará en el mundo ni el recuerdo de los asesinos de Cristo. Si no hubiese sido por Stefan, la hubiésemos entregado hace tiempo. Stefan es un buen chico. Sabe valorar. Pero ahora los alemanes ofrecen 10.000 marcos a cambio de un judío. Colgaron un anuncio en el centro comunitario. ¿Lo ha visto, Padre Stanislav? Esa ya es una  suma honorable. Se podría arreglar el tejado de la iglesia, para que no se filtre el agua en el invierno.
Para ablandar su corazón, llamé a la campesina “hija mía”. Extraje de un estante escondido un candelabro de oro, cuya base tenía cruces grabadas. Le dije: “Entrega a la niña y te recompensaré”. Hace unos años, un hombre me había dicho en la ciudad que el rescate de prisioneros es un precepto para los judíos. También los postergados, los no queridos, son tus hijos. Pero me tragué estas palabras. Con voz suplicante reiteré el pedido: “Dame la niña. Ya sabré qué hacer con ella”.
La campesina vaciló, pero finalmente la extendió hacia mí.
- Degüelle a esta pequeña judía con sus propias manos y así vengará la sangre del Salvador. Pero cuando sostenga el cuchillo, Padre Stanislav, tenga cuidado que no lo contagie. Pronto, realizaremos una misa festiva en honor a un mundo limpio de judíos.
Su risa aún retumbaba cuando encendió otra vela junto al altar.
Su único hijo también estaba presente en la iglesia. Un muchacho de gran tamaño, con manos también grandes. No es de mucho hablar, pero sus ojos corretean de acá para allá. Siempre besa mi mano con una actitud de sumisión, mientras constata que su madre lo esté mirando. Lo bauticé el día de San Stefan. Cuando se arrodilla frente a la estatua crucificada, su rostro adopta una expresión de devoción. Cada domingo, es el primero en la fila del confesionario. Al escuchar “que Dios habite tu corazón y te permita confesar tus pecados con verdadero arrepentimiento”, susurra acerca de pequeños robos. Transgresiones sin importancia. Una semana atrás, bebió hasta emborracharse y se involucró en una pelea en la aldea vecina. Siempre admite que alguna plegaria se le olvidó, yo lo absuelvo y lo dejo ir.
Una niña.
Nunca mencionó.
Lo que le hizo en la oscuridad. Con el conocimiento de su padre y su madre. Quizás haya comprado su silencio. Padre, no me perdones por mis pensamientos impuros. Reniego de Ti por mi sometimiento a la desesperación, pero no puedo alzar la vista hacia el futuro sin ver más que muerte. Empujaron a la niña, por la senda, hacia su muerte. Arrancaron de su camino a la madre, al padre y a toda persona que la haya amado. No podré luchar contra la desesperación. Esta noche soy yo el que anuncia: “En vista de la maldad absoluta, no hay salida para la desesperación”.
Y antes de que el pecado me conquiste totalmente, te propongo una transacción. Si produces un milagro y borras todo el horror de su recuerdo, yo purgaré el pecado.
Dame una señal.
Espero en vano.
Parece que es más factible hacer una transacción con el anticristo que contigo.
16 de septiembre de 1943
            Intento todo. Agua, pan, frazada, pero ella no permite que me acerque. La observo durante toda la noche, acurrucada en su rara posición, entre sentada y tendida sobre el vientre, enrollada para que no sientan su existencia. Cuando me acerco a ella, se encoge en un pequeño nicho que hay en la pared, junto a mi dormitorio. Quisiera decirle a esta alma doblada: “Tienes un lugar en este mundo”. Ojalá pudiese prometerle un lugar también en el más allá.
            Me arrodillo ante una niña que fue violada en la oscuridad. ¿Acaso viste la profanación bajo la tierra o giraste la cabeza?
            Te he dedicado toda mi vida. Lo hice desde la profunda creencia de que hay piedad en Ti y que la bondad que predico, la absorbo de Ti. Habría sido mejor que no hubieses distinguido entre la luz y la oscuridad, que hubieses dejado en pie el desorden, porque el orden que creaste es solo una ilusión que nos seduce a pensar que hay una ley y que será aplicada en otro lugar. Pero si no amas a tus criaturas, ¿cómo pretendes que nos amemos los unos a los otros? El verdadero infierno del que hablo desde el púlpito, no se encuentra en otro mundo fuera de este, ni empezará el día del juicio final. Está acá, sobre la faz de la tierra.
            El infierno es una leyenda con la cual negocio, para que podamos sobrellevar el abismo que creamos con nuestras propias manos. Palabras vacías. Escupo sobre el papel. Si tuviese valor, destruiría esta iglesia que se encuentra en el corazón de nuestra hermosa aldea. Luego me pararía sobre las ruinas y declararía a viva voz: “¡Padre, has fracasado! Y por tu culpa, tampoco nosotros tenemos arreglo”. Sabes que toda mi vida fui un instrumento lleno de veneración, me anulé a mí mismo frente a Ti, y acepté tu autoridad sin cuestionamientos. La distancia entre el temor a Dios y el temor a los seres humanos no es grande. Sosegarte a Ti, sosegarlos a ellos, era la misma cosa. Quizás pretendí aplacarlos a ellos más que a Ti. Ahora la desesperación está agotando los restos de veneración que me quedaban y el pecado me libera. Esta noche y en las próximas, cerraré cuentas contigo.
            Dame una señal, Padre. También en las profundidades de la desesperación no cuento con otro Padre fuera de Ti.
            Te demoras. La noche avanza en su camino, arrastrando vagones de oscuridad, mientras la niña está echada, dudosamente muerta, dudosamente viva. 
18 de septiembre de 1943
            La aldea duerme. Desde mi ventana se ve la colina, cuyos pies habitamos. Cabañas con techos de tejas y matorrales de paja. Las paredes pintadas de blanco y los bordes de las ventanas de rojo, como los colores de nuestra bandera. Alrededor se extienden campos de centeno y remolacha, parcelas de avena y papa. Mi iglesia se levanta en medio de la aldea, con el campanario, en cuyo extremo anidan las cigüeñas en primavera. A la sombra del peral escribo mis sermones. Pasé horas observando el follaje cambiante, mientras me llenaba de veneración ante el ciclo de las estaciones y los canteros de capuchinas[1] que planté en el patio, el día en que llegué para servir en este lugar, hace muchos años. El centro comunitario y la escuela están ubicados a ambos lados de la iglesia y en el extremo de la aldea, en el cruce de caminos, está la pequeña capilla. Viajeros se detienen, rezan y cuelgan ramas verdes y ramos de flores de la estatua de “Cristo preocupado”.
            Un pequeño lugar. Hay muchos como este. Quién sabrá su nombre. Quién lo recordará. Aquí la vida transcurre como si la guerra no tuviese lugar. Ellos engordaron los cerdos, ordeñaron las vacas, recogieron los huevos del gallinero. Comieron sus bocadillos. Pero, ¿qué esconden en sus sótanos y pozos? ¿Y detrás de sus “Ave María”? Su rutina me fue impuesta, yo me dejé arrastrar por mis obligaciones y no hice nada para frenar la peste que se extendía.
            Cuando llegaron los tanques alemanes, salí a recibirlos junto a la capilla. Me subí al primer tanque y viajé con ellos hasta la plaza principal, en el centro de la aldea. Allí se detuvieron. Estreché la mano del comandante alemán. Lo bendije, le di la bienvenida y toda la aldea aplaudió. Tuvimos conquistadores, tendremos conquistadores, ¿en qué se diferenciaban estos de sus predecesores? Deposité mi seguridad en la iglesia y creí que si yo predicaba piedad y compasión, cumplía con la esencia de tu doctrina. Simulé que el horror no ocurría, solo para evitar el pecado de la desesperación.
            Y en este momento la desesperación me entierra.
            Si estas son las personas que escucharon mis palabras, y al parecer me siguieron, yo soy el merecedor de la excomunión, porque no tomaron nada de lo que prediqué. Cada domingo viene la pareja de campesinos, yo pongo sobre sus lenguas la hostia, levanto la copa de vino y ellos se unen a tu hijo. Pero todo ese tiempo comían la carne de la niña y succionaban su sangre. Y yo sin saberlo.
            Elegí no saber.
© Nava Semel
And the Rat Laughed (fragmento)
2009
Texto publicado por primera vez en español en la antología  Un solo Dios”, 
Yaron Avitov Compilador, Tamara Rajczyk traducción, Paradiso Editores

Publicado con la autorización de Nava Semel  

Nava Semel: la galardonada autora israelí, novelista y dramaturga, nació en Jaffa-Tel Aviv y tiene una maestría en Historia del Arte de la Universidad de Tel Aviv.
Premios: “Prime Minister's Award for Literature” (Israel, 1996); “Women Writers of the Mediterranean” (Francia, 1994); "Women of the Year in Literature of the City of Tel Aviv" (Tel Aviv, 2007.)
Es miembro de la Junta Directiva de  Massuah - the Institute for Holocaust Studies y  The Foundation for the Benefit of Holocaust Victims en  Israel.
Durante muchos años fue miembro de la Junta de Gobernadores  de  Yad Vashem .
Ha escrito 17  libros de ficción, obras de teatro, guiones de televisión  y libretos de ópera.
And the Rat Laughed (2001),  su aclamada novela, fue publicada en Israel por primera vez e convirtiéndose inmediatamente en best-seller; publicada en   Alemania (2007),  Australia (2008), Estados Unidos (2009) e Italia (2012).
En 2005 se hizo una versión para la ópera,  dirigida por Ella Milch-Sheriff y producida por el Teatro Cameri de Tel Aviv y la Orquesta de Cámara de Israel. En 2009 está ópera se estrenó en Canadá.  Actualmente está en preparación la versión cinematográfica.
Flying Lessons (Lecciones de vuelo)  publicada por Simon & Schuster (1995) adaptada para la televisión israelí,  fue traducida al alemán, checo, italiano, español, holandés, serbio y albanés. Una versión en ópera fue estrenada en 2009 por la compositora Ella Milch-Sheriff.
Becoming Gershona, ganadora  del National Jewish Book Award (EE.UU. 1990), publicada por Viking Penguin.  Traducida al italiano, alemán, rumano, holandés. Adaptada para la televisión israelí.
Hat of Glass (1985), es el primer libro israelí en prosa que trata el tema de la Segunda Generación –hijas e hijos de sobrevivientes del Holocausto. Fue traducida al italiano, alemán y rumano.
Sneaking into the Bible – un espectaculo de canciones compuesta por  Ella Milch-Sheriff basado en su novela fue premiado en Abu Gosh Music Festival en 2005.
IsraIsland (2005) tuvo excelentes críticas y fue adaptada para teatro.
Beginner's Love (2006) fue publicada en Italia (2007), República Checa (2008), Alemania (2010) y Eslovaquia (2001). . Los derechos de la película fueron comprados bajo los auspicios del Fondo de Cine de Jerusalén.
Australian Wedding, una biografía ficcionada, se publicó en 2009 y rápidamente se convirtió en best-seller.
Screwed on Backwards (2011), la historia de un joven músico salvado por su amante Cristiana en la Italia ocupada por el nazismo, recibió excelentes críticas.
The Backpack Fairy (2011), libro infantil,
Gong Girl, su última obra de teatro musical infantil, está en cartelera actualmente en los teatros Beit Lessin y  Mediatheque Youth Theatre.
Su obra de teatro The Child behind the Eyes, estrenada en 1986, estuvo en escena en Israel  durante 11 años.
Ha sido adaptada para la radio por la BBC de Londres, Radio France, Radio Bélgica, Radio España, Radio Irlanda; seis estaciones de radio en Alemania; Radio Austria y Radio  Rumania.
Ganó el Premio “Mejor Drama de Radio” (Austria 1996) y fue grabada en CD. Fue representada en los teatros de  Roma (1990), Nueva York (1991), Los Ángeles (1996), Praga (1997); en el  Festival de Teatro de Sibiu (2004), Resita Teatro en Rumania (2005), Teatro del Estado de Ankara, Turquía (2005); Lodz Teatro, Polonia (2006 y  Teatro de Bucarest (2007).
En 2006 se estrenó en Israel la versión en idioma árabe. Actualmente está en escena  en Amsterdam, Holanda.
Who Stole the Show?, libro infantil  publicado en 1997, ganó el premio Illustrated Book of the Year Award  (1998)  y fue nominado al premio "Ze'ev Award" (1999).  Publicado en Italia (2003). Una versión bilingüe inglés-rumano fue publicada en Rumania (2008). Una serie de televisión basada en el libro fue producida en 1999 por el canal israelí Second Channel.
Nava Semel ha trabajado como periodista, crítico de arte, productora de televisión, radio y música.  Está casada y tiene tres hijos.  
Web page: Nava Semel