la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


A mi espalda (mujeres mías), cuento de Laura Alcoba L.

Yo soy la nieta de Celestina Montero. No pude atestiguarle la vida porque se murió a los treinta y seis años. Lo que sé, me lo contaron.

Era hija de Estanislada Montero y nadie sabe de quién más, hecho que no le importaba ni a ella ni a su madre; a mi tampoco. Mujeres a mi espalda bastan, si son de metal fuerte y bruñido. Otras me precedieron, maniáticas todas por vivir, adictas a la existencia, a creer. Catalina, Graciana, Elvira, Norma, María Julia.

Pero la que cuenta hoy es Celestina que parió cinco varones, uno era mi padre, dos se le murieron pequeños. Se casó como manda la ley, con un español alcohólico, brutal, matador de gatos, poco despierto, tan golpeador. Celestina era mestiza, de guaraní y quien sabe qué. Tenía la cara lisa sin pómulos, como yo, los ojos y el pelo muy negros, como yo. Bajita, con trenzas gruesas y brillantes hasta la cintura y un montón de enaguas blancas con puntillas. Así estaba en la foto, con el habano en la mano. Lo que no se le veían eran los pulmones resquebrajados que contagiaron al español y se los llevo a los dos a la tumba.

Cuando la veo, todos los días la veo, me parece que está agachada fregando la ropa en la batea hundida en el terrón del piso. Las piernas hacia atrás, una barriga enorme, tres muchachos seguiditos juegan con maderitas cerca de ella. Pedazos de pan duro y jarros con leche alrededor, desayuno corto de un amanecer gris a pesar del sol.
 No están más en el campo si no en un suburbio de la capital que lo parece, por lo escaso, por lo triste, por lo gris.

Celestina canta en las noches, Ipacaraí y esas canciones de la apartada tierra donde nació. La voz se le vuelve ronca a medida que las notas bajan y se sumergen en el lago del recuerdo, donde la sangre de los suyos correrá diluyéndose frente a la indiferencia de todos. Esa sangre que ella no verá pero sabe que sucederá porque siempre fue así. Mano dura antes del siglo, al empezar el siglo y el resto del siglo. Porque esos indios no entienden, son flojos, molestan. Ella lo sabe, como sabe también que los dos que le falta por parir se van a morir. Va a saber de esta nieta aunque nunca la conocerá. Se da cuenta que algún día volverá  y será en mí la única que se parece a ella.

Me pregunto qué tengo de Celestina por dentro, tal vez ese saber. El saber por golpes y magulladuras, todo lo que fue, lo que es y lo que será. Saber de alegrías también por obligación hacia ella, saber de amores por lo que le faltó. O la piel, aparentemente suave, permanentemente ansiosa. Saber la vida, las muertes grandes y las que no son tanto. Parí dos niños, los dos viven, son pura luz. El mundo no ha cambiado ni un poquito, todavía dicen que hay gente molestando, que no entiende, al revés y al derecho. Se acaba el siglo y hay mares y lagos teñidos de huesos y si lo viera Celestina sonreiría con seriedad.

Le heredé también la habilidad de no mudar el gesto, por más dolor o por tanta alegría. Sólo el corazón gesticula, se asombra, llora y se harta de felicidad. 

A ella la tengo adentro hasta el fin, por eso en realidad no se murió. Una de sus enaguas quedó en mi infancia y la usé jugando en las tardes, hasta que se deshizo en jirones. Cuando me peinaba, el brillo de sus trenzas se metía en mi pelo y mi padre se quedaba viéndome.
A veces, cuando cierro los ojos, Celestina aparece despacito y me mira, no dice nada. Siento su mirada ir más allá, tratando de hurgar en el hombre que llevo y fue su hijo, y en mis hijos. Es como si observara mi futuro. Yo busco alrededor cuando se va, para ver si se le quedó algo, un rastro de cobre, un habano consumido o una palabra grabada en el suelo. No.
Ella estuvo en otro tiempo, soy una prueba de eso. La imagen en mi mente la construí yo, no viene, no vuelve, hizo lo que tenía que hacer. Se unió a las mujeres bruñidas que están a mi espalda, por obra y gracia de la vida.

Ahora me toca dársela a la mujer nueva que di a luz, que me dio dos mujeres más para continuarnos, que harán lo mismo dentro de treinta años, que harán lo mismo dentro de cincuenta, para hacer lo mismo dentro de cien.



© Laura Alcoba L.
1996