la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


Armando Reverón y Margot Benacerraf (biografía de ambos y fragmento documental de M.B 1951-53)









Margot con las muñecas de Reverón




La cineasta Margot Benacerraf y el artista plástico Armando Reverón durante la filmación del documental.

Reverón
Dirección: Margot Benacerraf
País: Venezuela
Idioma Original: Español
Formato: 35 mm
Categoría: Documental
Tipo: B/N
Duración: 30 min.
Año de producción: 1951
Guión: Margot Benacerraf
Producción: Margot Benacerraf
Fotografía: Margot Benacerraf
Música: Folklórica venezolana y mezcla de Guy Bernard
Reverón 



Margot Benacerraf

Nacida en Caracas en 1926, Margot Benacerraf se graduó en 1947 en la primera promoción de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Durante varios años colaboró en varias revistas venezolanas y extranjeras, en las cuales publicó artículos y ensayos. Posteriormente, escribió la obra de teatro Creciente que obtuvo el primer premio, instituido por universidades nacionales y norteamericanas, que consistía en una beca para estudiar teatro en la Universidad de Columbia. Entre 1950 y 1952,  estudió Dirección Cinematográfica en IDHEC (Instituto de Altos Estudios Cinematográficos de París).

En 1951 filmó su primera película sobre la vida del pintor venezolano Reverón, un documental de media hora de duración que ha sido ampliamente reconocido a nivel nacional e internacional por sus grandes valores y aportes innovadores. Una anécdota de Margot Benacerraf relata que al terminar de filmar Reverón, el peculiar pintor la hizo vestir con una sotana hecha por él mismo y la puso a perdonar a cada una de sus muñecas (obras del artista) varias veces.

En 1959, su largometraje Araya es presentado en el Festival de Cannes y ganó el Premio de la Crítica Internacional (FIPRESCI), compartido con Hiroshima, mon amour de Alain Resnais, y el Premio de la Comisión Técnica Superior del Cine Francés. A partir de ese momento, Araya es solicitada para participar como invitada especial en varios festivales internacionales. Araya es una película que muchos piensan que es un documental pero en realidad es una historia dramatizada en la que Benacerraf no utilizó actores sino gente común del pueblo. Siempre guardo en mi memoria una de las escenas más poéticas y es aquella cuando la gente para rendirle tributos a sus muertos, a falta de flores frescas por lo yermo del terreno, le llevan caracoles del cercano y fecundo mar.

Por su novedad y su importancia, Araya fue escogida como una de las cinco mejores películas en la historia del cine latinoamericano, dentro de la Retrospectiva de Latin American Visions (A Half Century of Latinamerican Cinema 1930-1988), organizada por el Neighborhood Film/Video Project de Philadelphia, en 1990.

Margot Benacerraf fundó la Cinemateca Nacional en mayo de 1966 y la dirigió durante los tres años subsiguientes. Aun hoy en día es miembro principal del Consejo Directivo, al igual que del Ateneo de Caracas. Además, Preside el Festival de Cortometrajes de Caracas que organiza Fundavisual Latina (Fundación que fundó y también preside) cada dos años.

Ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos se destaca el Premio Nacional de Cine (1995), la Orden Andrés Bello (en dos ocasiones), la Orden Simón Bolívar, Orden del Gobierno Italiano y la Orden Bernardo O’Higgins del Gobierno de Chile, entre otros.



Armando Reverón



















Nace en Caracas el 10.05.1889.
Muere en Caracas el 18.09.1954.
Artista y pintor, la obra de Armando Reverón, realizada en gran parte en el Litoral Central de Venezuela, capta y transmite toda la luminosidad del trópico. Asimismo, Reverón fue miembro sobresaliente de la Academia de Bellas Artes, junto a figuras de la talla de Manuel Cabré, Antonio Edmundo Monsanto y César Prieto. En cuanto a su infancia, se sabe por testimonios de la época, que a los pocos años de haber nacido en Caracas fue dado en crianza por su madre a un matrimonio de Valencia, los Rodríguez Zocca, quienes se ocuparon de su primera educación. Su tío-abuelo materno, Ricardo Montilla, quien había estudiado pintura en Nueva York, fue la persona que contribuyó de manera definitiva a despertar su vocación artística. En 1904, vive con su madre en Caracas y en 1908, se inscribe en la Academia de Bellas Artes, donde tiene como profesores a Antonio Herrera Toro, Emilio Mauri y Pedro Zerpa. Su rendimiento le valió la recomendación de sus profesores para obtener, al finalizar el curso de 1911, una pensión de estudios en Europa. Este mismo año, viaja a España y se dirige a Barcelona, donde ingresa a la Escuela de Artes y Oficios. En 1912, hace un breve retorno a Caracas; de nuevo en España, entra a la Academia de San Fernando en Madrid. De acuerdo con algunos estudiosos de su vida y obra, la capital española dejó una profunda huella en su espíritu; siendo cautivado además por el universo de Francisco Goya. Más tarde, recordará su paso por el taller de Moreno Carbonero, pintor un tanto extravagante, maestro de Salvador Dalí.



Regresa a Venezuela a mediados de 1915. Ya en Caracas, retoma su trabajo mientras asiste a las sesiones del exclusivo Círculo de Bellas Artes. Aunque estaba ausente de Caracas para el momento de la creación del Círculo, los fundadores de éste le consideraban como uno de los suyos. En 1916, Reverón pinta al aire libre sus primeros paisajes resueltos dentro de una tonalidad azul. Poco después se traslada a La Guaira donde vive de dar clases privadas de dibujo y pintura. Allí conoce en el carnaval de 1918 Juanita Mota, quien sería su modelo e inseparable compañera. También en La Guaira, se encuentra al pintor de origen ruso Nicolás Ferdinandov, a quien había conocido en Caracas el año anterior. Durante este tiempo Reverón visita con frecuencia el rancho de pescadores que el pintor ruso ocupaba en Punta de Mulatos. Siguiendo los consejos de Ferdinandov, Reverón decide instalarse en el litoral, iniciando con esto una nueva etapa en su vida y en su obra. Para 1921, vive en un rancho de la playa, en el sector de Las Quince Letras.

Poco tiempo después se muda y comienza a construir, un poco al sur, el castillete que le serviría de morada para el resto de su vida. Esta decisión coincidió también con un cambio de conducta y por supuesto, una transformación de sus conceptos artísticos. En este período, al adoptar hábitos primitivos y desvinculado de la ciudad, Reverón pudo desarrollar una percepción más profunda de la naturaleza y esto lo llevó a emplear un método de pintar, así como a adoptar procedimientos y materiales que se adecuaban a su afán de representar la atmósfera del paisaje bajo efectos del deslumbramiento producido por la luz directa del sol. Además, creó valores cromáticos e ideó nuevos soportes, utilizando elementos autóctonos. Entró así a lo que el crítico Alfredo Boulton llamó su “Época Blanca”, ubicada aproximadamente entre 1924 y 1932. En 1933, se le hizo un primer reconocimiento, al realizarse una exposición de su obra en el Ateneo de Caracas, que luego fue presentada en la galería Katia Granoff de París. A comienzos de 1940, inició su “período sepia”, al que correspondería un conjunto de lienzos pintados en el litoral y en puerto de La Guaira y en donde los tonos marrones del soporte de coleto constituyen el valor cromático dominante de la composición; paisajes de mar y tierra donde destacan las marinas del playón, a los que siguió un período depresivo tras sufrir el artista una crisis psicótica que obligó a su reclusión en el sanatorio San Jorge, de José María Finol. Recuperado, no volvió a pintar como antes. A partir de este momento, se refugió en un universo mágico que, en torno a objetos y muñecas creados por él, dio origen a la última y delirante etapa expresionista de su obra; etapa figurativa caracterizada por el empleo de materiales tales como tizas, creyones y por una fantasía teatral que se tornaba más y más incontrolable pero que, a través de un dibujo que aspiraba a la corrección académica, buscaba restituir el equilibrio emocional de Reverón.
La última de sus crisis tiene lugar en 1953, siendo internado nuevamente en la clínica de Báez Finol, el mismo año en que le era conferido el Premio Nacional de Pintura. Confortado por este tardío estímulo, trabajaba con ahínco para una exposición que había anunciado el Museo de Bellas Artes, cuando le sobrevino la muerte mientras se encontraba en el sanatorio San Jorge.