la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





Griselda Gámbaro: “Sigue habiendo personas generosas”, entrevista de Hilda Cabrera

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Miércoles, 29 de julio de 2009


Griselda Gambaro ante el próximo estreno de El misterio de dar, en el Teatro Cervantes “Sigue habiendo personas generosas” La escritora focalizó, esta vez, en un caso real para crear la historia de una mujer que quiere vivir sin culpas a pesar de sus pérdidas. “La solidaridad existe y sería de cínicos desconocerla: se expresa en pequeñas iluminaciones”, sintetiza.



-->Imagen: Alfredo Srur

Griselda Gambaro afirma que “los gestos particulares producen un rescate ético”.
Por Hilda Cabrera

La historia que cuenta el monólogo El misterio de dar –próximo estreno en el Teatro Nacional Cervantes– sucedió realmente a una persona que la autora Griselda Gambaro conoce bien. De ahí la rara impresión de vida en una obra que adhiere a rajatabla al lenguaje y el clima ficcional. Un ejemplo es la escena en que el personaje de la señora Schneider observa en los rostros de la mendiga y su hijo expresiones de tristeza y júbilo, que –en su fingida conversación con los objetos que la rodean– devela su estado interior: “Así estaban esos dos en la esquina, así era la cara del chico con el ojo vendado, la tristeza y el júbilo, juntos sin borrarse, como mi dolor y las ganas de vivir...”. La mujer se dirige a un destartalado caballo de juguete con una base a balancín que perteneció a su hijo, muerto a los cinco años. En esa escena, la alegría y el dolor ajeno y propio no se neutralizan: se pegan al rostro y al ánimo, aun cuando la señora insista en hallarles comicidad –feroz a veces– a las situaciones. Sucede que esta mujer “quiere vivir alegremente y sin culpa, a pesar de las pérdidas”, según observa Gambaro en la entrevista con Página/12. Creadora de novelas y cuentos, y de piezas teatrales que siguen sorprendiendo desde la pionera El desatino –que fue novela y luego obra teatral que dividió al público y a la crítica en 1965–, la autora opina que en El misterio... se da aquello de que “la escritura es imaginación y también experiencia propia y ajena”.
–¿La observación es entonces condición básica para un escritor?
–Sin la capacidad de observar sería difícil escribir para los demás.
–¿Se anticipa a cómo será recibido un libro o una obra suya?
–Si bien no escribo para que mis textos queden guardados en un cajón, no es ése mi primer pensamiento. Sé que la narrativa pide un lector y una obra de teatro, un público; y que si la mirada del otro nos completa como persona, esa mirada es mucho más necesaria para completar lo que producimos. Como todos, espero la respuesta, que es inmediata cuando se estrena y más lenta cuando se publica; salvo, claro, que se trate de un best seller.
–¿Intentó escribir alguno?
–Creo que ni estudiando la técnica podría.
–¿Qué le atrae de un texto?
–Que sea imaginativo, rico en ideas y sugerencias, y esté bien escrito.
–En sus obras, el trasfondo social es siempre inquietante. En El misterio de dar –y a pesar del buen humor de la señora Schneider– impacta la orfandad de los personajes...
–Es que las circunstancias personales, las nuestras, reales, como las ficcionales de los personajes, están profundamente relacionadas con los aspectos sociales, con hechos que se producen fuera de nosotros y no podemos desconocer, aunque cerremos la puerta de nuestra casa. Esta señora de la obra no es indiferente al desamparo de la mujer y el hijo que piden una limosna. Ella actúa con verdadera generosidad. La suya no es la dádiva de los ricos que –cuando dan– es porque les sobra. La generosidad de los pobres tiene otro carácter: están todos en el mismo pozo, pero sienten gran bienestar siendo solidarios.
–Hoy se dice que la solidaridad ha muerto.
–El mundo es cruel, pero sigue habiendo personas generosas. La solidaridad existe y sería de cínicos desconocerla. Se expresa en esas “pequeñas iluminaciones” que se producen en la vida diaria y que no parten precisamente de instituciones, empresas ni grandes asociaciones sino de grupos pequeños y de los pequeños gestos cotidianos.
–Que a veces no se perciben, como si estuvieran a resguardo.
–Claro, porque cuando la bondad no es fingida tiene carácter secreto. Cuando se busca la ostentación es fácil desviarse.
–¿Es negativo entonces que se dé a conocer un acto bondadoso o se acepte un reconocimiento?
–No totalmente, pero diría que esos sentimientos que se hacen públicos merecen “cierta desconfiada atención”. Porque ahí la pregunta es qué tipo de reconocimiento estamos buscando, porque son muchos los que pretenden algo que supera en exceso a lo que han dado.
–¿Qué siente cuando se la premia?
–Una tiene su costado esquizofrénico y se disocia. Por un lado agradezco el gesto de los colegas y el de la gente que estimo y reconoce mi trabajo, pero al mismo tiempo una parte mía es completamente ajena al premio. Tal vez si no me lo dieran, protestaría. ¡Una puede llegar a ser muy contradictoria!
–No lo ha sido respecto de su trabajo.
–Porque la escritura es una elección de vida. Creo que cuando no escriba sobre papel, lo haré mentalmente.
–¿Le sucede?
–Sí, porque soy de las que sueñan que escriben, y además sueño que lo hago muy bien, mejor que en la realidad. A veces hago alguna anotación al despertar.
–Parece el título de una obra suya: Lo que va dictando el sueño.
–El campo surgió de un sueño.
–Títulos que resuenan, como Sucede lo que pasa, Puesta en claro, Antígona furiosa, La casa sin sosiego...
–Algunos son afortunados desde el primer momento y otros me conforman después de mucho tiempo. Me sucedió con la novela El mar que nos trajo. Los títulos van por caminos extraños. Por ejemplo: ¿qué nos dice Rojo y negro? Diría que nada especial, pero nombra a una gran novela de Stendhal y acaba siendo un gran título. Pasa lo mismo con los nombres de las personas; son afortunados por las cualidades de quienes los llevan.
–¿Cuál es su próximo libro?
–Será un volumen de cuentos que quizá complete el libro Lo mejor que se tiene, donde está El misterio de dar.
–Teniendo en cuenta El misterio..., ¿se puede hablar de un rescate de valores?
–No sé si es un rescate, pero admiro en las personas aquellos valores que han impedido que la humanidad sea una horda.
–¿Estamos en tiempo de destrucción?
–Hemos tenido muchos crímenes en nuestra historia, pero todavía los gestos de amor nos salvan de las situaciones más terribles.
–¿Los gestos individuales pueden torcer una historia nefasta?
–Los gestos particulares no alcanzan a transformar una sociedad. En ese sentido diría que son inútiles. Lo que sí producen es un rescate ético.
–¿Se inició en la escritura con poesías?
–No, empecé desde muy niña, a los diez años, llenando mi diario personal, escribiendo cartas a mis amigas y composiciones en la primaria. Nunca dejé de escribir. Esto me permitió concentrar esfuerzos.
–¿Tampoco cuando tuvo que abandonar el país?
–La dictadura había prohibido mi novela Ganarse la muerte, y nos fuimos a España. Teníamos amigos en Barcelona. En la Argentina había comenzado otra novela, Dios no nos quiere contentos, que terminé y publiqué en España. Aquella primera edición fue hecha por Lumen, pero mi conexión con España no fue ni es tan buena como la que tengo con Francia o Alemania, países en los que estrené muchas obras: El campo, Decir sí, Los siameses, La malasangre...
–¿Habrá otro estreno después de El misterio...?
–Sí, estoy terminando una más en la línea de Pedir demasiado, donde trataba el desamor en una pareja, y De profesión maternal, el conflicto entre una madre y su hija. La próxima será sobre la relación entre hermanas.




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