Reverón en el mar Caribe, foto del documental de Margot Benacerraf "Reveron". Somos una hemeroteca de textos y otras cosas hermosas, de ayer y de hoy y de mañana también.

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Herta Müller: Discurso al recibir el Premio Nobel, 2009

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Cada palabra sabe algo sobre el círculo vicioso

¿TIENES UN PAÑUELO? me preguntaba mi madre cada mañana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma.

La pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. Sólo así podía decirse a secas, en tono de orden, como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera áspera realzaba incluso la ternura. Cada mañana estaba yo una vez sin pañuelo en la puerta, y una segunda vez con pañuelo. Sólo después salía a la calle, como si con el pañuelo también estuviera mi madre.

Y veinte años más tarde estaba hacía tiempo sola en la ciudad, como traductora en una fábrica de maquinarias. A las cinco de la mañana me levantaba, y a las seis y media empezaba el trabajo. Por la mañana resonaba el himno sobre el patio de la fábrica a través del altavoz, durante la pausa del mediodía se escuchaban los coros de los obreros. Pero los obreros, que estaban comiendo, tenían ojos vacíos como hojalata, manos embadurnadas de aceite, y su comida estaba envuelta en papel de periódico. Antes de comerse un trocito de tocino, le quitaban la tinta del periódico rascándola con el cuchillo. Dos años transcurrieron al trote de la cotidianeidad, cada día igual al otro.

Al tercer año se acabó la igualdad de los días. En el transcurso de una semana entró tres veces en mi oficina, a primera hora de la mañana, un hombre gigantesco, de huesos sólidos, con ojos azules centelleantes, un coloso del Servicio Secreto.

La primera vez me insultó de pie y se marchó.

La segunda vez se quitó el impermeable, lo colgó en una percha del armario y se sentó. Aquella mañana yo había traído de casa unos tulipanes y los estaba acomodando en el florero. El tipo me observaba y alabó mi inusual conocimiento del ser humano. Su voz era resbaladiza. Sentí un gran desasosiego. Impugné su elogio y le aseguré que sabía algo de tulipanes, pero nada del ser humano. Entonces me dijo en tono malicioso que él me conocía mejor que yo a los tulipanes. Luego se colgó del brazo el impermeable y se marchó.

La tercera vez se sentó y yo permanecí de pie, porque había dejado su cartera sobre mi silla. No me atreví a ponerla en el suelo. Me insultó tratándome de necia redomada, holgazana, putilla, tan corrompida como una perra vagabunda. Empujó los tulipanes hasta casi el borde de la mesa, en cuyo centro puso una hoja de papel vacía y un lápiz. Rugió: escribe. De pie, empecé a escribir lo que me iba dictando. Mi nombre con fecha de nacimiento y dirección. Y después que yo, independientemente de la proximidad o del parentesco, no le diría a nadie que..., y entonces llegó la horrible palabra: colaborez, iba a colaborar. Esta palabra ya no la escribí. Puse el lápiz a un lado y me dirigí a la ventana, por la que miré hacia la polvorienta calle. No estaba asfaltada, baches y casas gibosas. Y esa calleja ruinosa se llamaba, encima, Strada Gloriei: calle de la gloria. En la calle de la gloria había un gato trepado en la morera desnuda. Era el gato de la fábrica y tenía una oreja desgarrada. Encima de él brillaba el sol matinal como un tambor amarillo. Dije: N-am caracterul. No tengo este carácter. Se lo dije a la calle, fuera. La palabra CARÁCTER puso histérico al hombre del Servicio Secreto. Rompió la hoja y tiró los trozos al suelo. Pero probablemente se le ocurrió que tendría que presentarle a su jefe la prueba de que había intentado incorporarme a su red de espionaje, porque se agachó, recogió todos los trozos en una mano y los metió en su cartera. Luego lanzó un profundo suspiro y, en medio de su derrota, arrojó hacia la pared el florero con los tulipanes, que se estrelló y crujió como si hubiera dientes en el aire. Con la cartera bajo el brazo dijo en voz queda: esto lo pagarás muy caro. Te ahogaremos en el río. Como hablando conmigo misma dije: Si firmo eso ya no podré vivir conmigo y tendría que hacerlo yo. Mejor háganlo ustedes. Y al instante la puerta de la oficina ya estaba abierta y él se había marchado. Y fuera, en la Strada Gloriei, el gato de la fábrica había saltado del árbol al tejado de la casa. Una de las ramas se mecía como un trampolín.

Al día siguiente comenzó el tira y afloja. Yo debía desaparecer de la fábrica. Cada mañana a las seis y media tendría que presentarme ante el director, con el que cada mañana estaban el jefe del sindicato y el secretario el Partido. Y así como en otros tiempos me preguntaba mi madre: ¿tienes un pañuelo? ahora me preguntaba cada mañana el director: ¿Has encontrado otro trabajo? Y yo le respondía cada vez lo mismo: No estoy buscando ninguno. Estoy a gusto aquí en la fábrica, quisiera quedarme hasta la jubilación.

Una mañana llegué al trabajo y mis voluminosos diccionarios estaban en el suelo del pasillo, junto a la puerta de mi oficina. La abrí, y había un ingeniero sentado a mi escritorio. Me dijo: aquí se llama a la puerta antes de entrar. Ahora estoy aquí yo, y tú ya no tienes nada que hacer en este despacho.

A casa no podía irme, porque habrían tenido un pretexto para despedirme por faltar sin permiso. Ahora no tenía oficina, y con mayor razón tenía que ir cada día normalmente al trabajo, por ningún motivo debía ausentarme.

Una amiga, a la que cada día se lo contaba todo en el camino de vuelta a casa por la Strada Gloriei, me dejó compartir al principio una esquina de su escritorio. Pero una mañana se plantó ante la puerta de la oficina y me dijo: No me autorizan a dejarte entrar. Todos dicen que eres una soplona. Las trabas y vejaciones se enviaban hacia abajo, los rumores empezaron a propagarse entre los colegas. Eso era lo peor. Contra los ataques uno puede defenderse, contra la calumnia es impotente. Yo contaba cada día con todo, incluso con la muerte. Pero con esa perfidia no sabía qué hacer. Ningún cálculo la volvía soportable. La calumnia nos atiborra de mugre, y nos asfixiamos porque no podemos defendernos. En opinión de mis colegas yo era exactamente aquello a lo que me había negado. Si los hubiera espiado y delatado, habrían confiado en mí sin sospechar nada. En el fondo, me castigaban porque yo los protegía.

Como ahora con mayor razón no podía ausentarme, pero no tenía despacho y a mi amiga no le permitían dejarme entrar en el suyo, me instalé, indecisa, en la caja de la escalera, una escalera que recorrí varias veces de arriba abajo – de pronto volví a ser la hija de mi madre, porque TENÍA UN PAÑUELO. Lo extendí en un escalón entre el primer y el segundo piso, lo alisé para que estuviera como es debido y me senté encima. Me puse en las rodillas mis gruesos diccionarios y empecé a traducir descripciones de máquinas hidráulicas. Yo era un chiste malo sobre la escalera, y mi despacho, un pañuelo. En las pausas del mediodía, mi amiga se sentaba en la escalera junto a mí. Comíamos juntas como antes en su oficina y, más antes aún, en la mía. Por el altavoz del patio, como siempre, los coros de los obreros entonaban cantos sobre la felicidad del pueblo. Mi amiga comía y lloraba por mí. Yo no. Debía mantenerme firme y dura. Largo tiempo. Unas cuantas semanas eternas, hasta que me despidieron.

En la época en que yo era un chiste malo sobre la escalera, consulté el diccionario para averiguar la importancia de la palabra ESCALERA. El primer escalón de la escalera se llama PELDAÑO DE ARRANQUE, el último escalón, PELDAÑO DEL DESCANSILLO. Los escalones horizontales que uno pisa encajan lateralmente en las MEJILLAS DE LA ESCALERA, y los espacios libres entre los distintos peldaños se llaman incluso OJOS DE LA ESCALERA. Por las piezas de las máquinas hidráulicas, embadurnadas de aceite, ya conocía las bellas palabras COLA DE GOLONDRINA y CUELLO DE CISNE, para ajustar un tornillo se utilizaba una MADRE DE TORNILLO, e igualmente me dejaron asombrada los poéticos nombres de las partes de una escalera, la belleza del lenguaje técnico: MEJILLAS DE LA ESCALERA, OJOS DE LA ESCALERA – es decir, la escalera tenía un rostro, ya fuese de madera, piedra, cemento o hierro – y los hombres reproducen su propia cara en las cosas más voluminosas del mundo, dan al material muerto los nombres de su propia carne, lo personifican en partes del cuerpo. Y el arduo trabajo sólo les resulta soportable a los especialistas gracias a esa ternura oculta. Cada trabajo, en cada profesión, se rige por el mismo principio de la pregunta de mi madre sobre el pañuelo.

Cuando yo era niña, en casa había un cajón destinado a los pañuelos. En él se alineaban tres pilas en dos hileras, una detrás de la otra:

A la izquierda, los pañuelos de hombre, para el padre y el abuelo.
A la derecha, los pañuelos de mujer, para la madre y la abuela.
En el centro, los pañuelos de niño, para mí.

Aquel cajón era nuestro retrato de familia en formato de pañuelo. Los pañuelos de hombre eran los más grandes, tenían un borde oscuro de color marrón, gris o burdeos. Los pañuelos de mujer eran más pequeños, con borde azul celeste, rojo o verde. Los pañuelos de niño eran los más pequeños, sin borde, pero en el cuadrado blanco había flores o animales pintados. Entre los tres tipos de pañuelos había los que se usaban los días laborables, en la hilera anterior, y los que se usaban los domingos, en la hilera posterior. Los domingos, el pañuelo debía hacer juego con el color de la ropa, aunque no se viera.

Ningún otro objeto en la casa, ni siquiera nosotros mismos, nos resultaba tan importante como el pañuelo. Podía utilizarse para una infinidad de cosas: resfriados, cuando la nariz sangraba o había alguna herida en la mano, el codo o la rodilla, cuando uno lloraba o lo mordía para reprimir el llanto. Un pañuelo frío y húmedo en la frente aliviaba el dolor de cabeza. Con cuatro nudos en las esquinas servía para protegerse del sol o de la lluvia. Cuando uno quería acordarse de algo, hacía un nudo en el pañuelo como artificio mnemotécnico. Para cargar bolsas pesadas se envolvía en él la mano. Si ondeaba era una señal de despedida cuando el tren salía de la estación. Y como tren se dice en rumano TREN, y en el dialecto del Banato lágrima (Träne) se dice trän, en mi cabeza el chirrido de los trenes sobre los rieles equivalía siempre al llanto. En la aldea, cuando alguien moría se le ataba enseguida un pañuelo en torno a la barbilla para que la boca permaneciera cerrada cuando pasaba la rigidez cadavérica. Cuando en la ciudad alguien se desplomaba al borde del camino, siempre había un transeúnte que con su pañuelo cubría la cara del muerto, y así el pañuelo pasaba a ser su primer reposo mortuorio.

A última hora de la tarde, los días calurosos del verano, los padres enviaban a sus hijos al cementerio para que regasen las flores. Nos juntábamos dos o tres e íbamos de una tumba a la otra, regando rápidamente. Luego nos sentábamos, muy pegados unos a otros, en las escaleras de la capilla y observábamos cómo de algunas tumbas subían nubecillas de vapor blanco. Volaban un ratito en el aire negro y desaparecían. Para nosotros eran las almas de los muertos: Figuras zoomórficas, gafas, frasquitos y tazas, guantes y medias. Y de vez en cuando un pañuelo blanco con el borde negro de la noche.
Más tarde, conversando con Oskar Pastior para escribir sobre su deportación a un campo de trabajos forzados soviético, me contó que una anciana madre rusa le regaló una vez un pañuelo blanco de batista. Tal vez tengáis suerte tú y mi hijo, y podáis regresar pronto a casa, dijo la rusa. Su hijo tenía la misma edad que Oskar Pastior y estaba tan lejos de casa como él, en la dirección opuesta, dijo, en un batallón de castigo. Oskar Pastior había llamado a su puerta como un mendigo medio muerto de hambre, quería cambiarle un trozo de carbón por un poquito de comida. Ella lo hizo entrar en la casa y le dio un plato de sopa. Y cuando la nariz de Oskar empezó a gotear en el plato, le dio el pañuelo blanco de batista, que nadie había usado todavía. Con un borde calado de bastoncillos y rosetas impecablemente bordados con hilos de seda, el pañuelo era una belleza que abrazó e hirió al mendigo. Un híbrido; por un lado un consuelo de batista; por el otro, una cinta métrica con bastoncillos de seda, las rayitas blancas en la escala de su desamparo. El mismo Oskar Pastior era un híbrido para esa mujer: un mendigo extraño en la casa y un hijo perdido en el mundo. En esas dos personas lo había hecho feliz y le había exigido demasiado el gesto de una mujer que para él también era dos personas: una rusa extraña y una madre preocupada con la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO?

Desde que me enteré de esta historia también yo tengo una pregunta: ¿Es ¿TIENES UN PAÑUELO? válida en todas partes y se halla extendida sobre medio mundo en el brillo de la nieve entre la congelación y el deshielo? ¿Cruza todas las fronteras pasando entre montañas y estepas hasta adentrarse en un gigantesco imperio sembrado de campos de trabajos forzados? ¿No hay manera de dar muerte a la pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? ni siquiera con la hoz y el martillo, ni siquiera en el estalinismo de la reeducación a través de tantos campos de trabajos forzados?

Aunque hace décadas que hablo rumano, en la conversación con Oskar Pastior me percaté por primera vez de que en rumano pañuelo se dice BATISTA, de nuevo la sensual lengua rumana, que simplemente lanza con apremio sus palabras hasta el corazón de las cosas. El material no da ningún rodeo, se designa como pañuelo listo, como BATISTA. Como si cada pañuelo fuera de batista en todo tiempo y lugar.

Oskar Pastior guardó en la maleta el pañuelo como reliquia de una doble madre con un doble hijo. Luego se lo llevó a casa tras cinco largos años en el campo de trabajos forzados. ¿Por qué? – su pañuelo blanco de batista era esperanza y miedo, y cuando uno renuncia a la esperanza y al miedo, muere.
Después de la conversación sobre el pañuelo blanco me pasé media noche pegándole a Oskar Pastior un collage sobre un papel blanco:

Aquí bailan puntos dice Bea
entras en un vaso de leche de tallo largo
ropa interior blanca tina de zinc gris verde
contra reembolso se corresponden
casi todos los materiales
mira aquí
yo soy el viaje en tren y
la cereza en la jabonera
nunca hables con hombres extraños ni
acerca de la Central

Cuando a la semana siguiente fui a su casa a regalarle el collage, me dijo: encima debes pegar: “PARA OSKAR”. Yo le dije: Lo que te doy, te pertenece, y tú lo sabes. Él dijo: debes pegarlo encima, tal vez el papel no lo sepa. Me lo llevé de nuevo a casa y encima pegué: para Oskar. Y se lo volví a regalar la semana siguiente, como si hubiera regresado la primera vez de la puerta sin pañuelo y ahora estuviera por segunda vez en la puerta con pañuelo.

Con un pañuelo termina también otra historia:

El hijo de mis abuelos se llamaba Matz. En los años treinta lo enviaron a Timişoara a estudiar finanzas para que se hiciera cargo del negocio de cereales y de la tienda de ultramarinos de la familia. En la Escuela enseñaban maestros del Reich alemán, auténticos nazis. Al concluir sus estudios Matz quizás había recibido, de paso, una capacitación en finanzas, pero sobre todo recibió una formación de nazi – un lavado de cerebro planificado. Cuando salió de la escuela, Matz era un nazi fervoroso, un convertido. Ladraba consignas antisemitas, era inalcanzable como un débil mental. Mi abuelo lo reprendió repetidas veces, diciéndole que debía toda su fortuna sólo a los créditos de hombres de negocios judíos amigos suyos. Y al ver que esto no servía de nada, lo abofeteó varias veces. Pero a su hijo le habían trastornado el juicio. Jugaba a ser el ideólogo de la aldea, vejaba a los muchachos de su edad que se negaban a ir al frente. En el ejército rumano ocupaba un puesto de oficinista. Pero de la teoría quiso pasar a la práctica. Se presentó voluntario en las SS, quería ir al frente. Unos meses después regresó a casa para casarse.

Tras haber sido testigo de los crímenes en el frente, aprovechó una fórmula mágica válida para escaparse unos días de la guerra. Esa fórmula mágica era: permiso por boda.

Mi abuela tenía dos fotos de su hijo Matz en el fondo de un cajón, una foto de la boda y una foto de la muerte. En la foto de la boda se ve una novia vestida de blanco, una mano más alta que él, esbelta y seria, una virgen de yeso. Sobre su cabeza hay una corona de cera como hojas nevadas. Junto a ella está Matz con su uniforme nazi. En vez de ser un novio, es un soldado. Un soldado de la boda y su propio último soldado de la patria. Apenas volvió al frente, llegó la foto de la muerte. Y en ella un último soldado destrozado por una mina. La foto de la muerte es del tamaño de una mano, un campo negro, en el centro un paño blanco con un montoncito gris de restos humanos. Sobre el fondo negro, el paño blanco parece tan pequeño como un pañuelo de niño cuyo cuadrado blanco tiene pintado en el centro un dibujo extraño. Para mi abuela esa foto también tenía su híbrido. En el pañuelo blanco había un nazi muerto, en su memoria, un hijo vivo. Mi abuela dejó esa doble foto todos aquellos años en su devocionario. Rezaba cada día. Probablemente sus oraciones también tenían doble fondo. Probablemente seguían el hiato entre el hijo querido y el nazi obcecado y pedían también al Señor Dios que hiciera el espagat de amar a ese hijo y perdonar al nazi.

Mi abuelo había sido soldado en la Primera Guerra Mundial. Sabía de qué estaba hablando cuando decía a menudo y en tono amargo, refiriéndose a su hijo Matz: Sí, cuando ondean al viento las banderas, el juicio se pierde en las trompetas. Esta advertencia también era aplicable a la siguiente dictadura, en la que me tocó vivir a mí misma. A diario se veía cómo el juicio de los pequeños y grandes oportunistas se perdía en las trompetas. Yo decidí no tocar la trompeta.

Pero de niña tuve que aprender a tocar el acordeón contra mi voluntad. Pues en la casa se había quedado el acordeón rojo de Matz, el soldado muerto. Las correas del acordeón eran demasiado largas para mí, y para que no se resbalaran por mis hombros, el maestro de acordeón me las ataba a la espalda con un pañuelo.

Se puede decir que precisamente los objetos más pequeños, ya sean trompetas, acordeones o pañuelos, terminan atando las cosas más dispares en la vida; que los objetos giran y, en sus desviaciones, tienen algo que obedece a las repeticiones, al círculo vicioso. Uno puede creerlo, mas no decirlo. Pero lo que no puede decirse, puede escribirse. Porque la escritura es un quehacer mudo, un trabajo que va de la cabeza a la mano. De la boca se prescinde. En la dictadura yo hablaba mucho, sobre todo porque había decidido no tocar la trompeta. La mayoría de las veces, hablar tenía consecuencias intolerables. Pero la escritura empezó en el silencio, en aquella escalera de la fábrica donde tuve que sopesar y decidir conmigo misma más cosas de las que podían decirse. El acontecer ya no podía articularse en palabras. A lo sumo los añadidos externos, mas no su dimensión. Esta yo sólo podía deletrearla en mi cabeza, en silencio, en el círculo vicioso de las palabras al escribir.

Reaccionaba ante el miedo a la muerte con hambre de vida. Era un hambre de palabras. Sólo el torbellino de las palabras podía captar mi estado y deletreaba lo que no podía decirse con la boca. Yo iba detrás de lo vivido en el círculo vicioso de las palabras, hasta que aparecía algo que no había conocido antes. Paralelamente a la realidad entraba en acción la pantomima de las palabras, que no respeta dimensiones reales, reduce las cosas principales y aumenta las secundarias. El círculo vicioso de las palabras confiere de buenas a primeras una especie de lógica maldita a lo vivido. La pantomima es furiosa y permanece atemorizada y tan adicta como hastiada. El tema dictadura surge ahí espontáneamente, porque la naturalidad ya nunca regresa cuando a uno se la han robado casi por completo. El tema está implícito ahí, pero las palabras se apoderan de mí y llevan al tema adonde quieren. Ya nada es cierto y todo es verdad.

Como chiste malo sobre la escalera estaba yo tan sola como en aquella época, en que de niña, cuidaba vacas en el valle del río. Comía hojas y flores para formar parte de ellas, porque ellas sabían cómo se vive y yo no. Me dirigía a ellas dándoles un nombre. El nombre cardo lechoso debía ser realmente la planta espinosa con leche en los tallos. Pero la planta no escuchaba el nombre cardo lechoso. Entonces yo lo intentaba con nombres inventados: COSTILLA ESPINOSA, CUELLO DE AGUJA, en los que no figuraban ni cardo ni lechoso. En el engaño de todos los nombres falsos ante la planta verdadera se abría el agujero hacia el vacío. La situación ridícula de hablar a solas en voz alta conmigo y no con la planta. Pero la situación ridícula me hacía bien. Yo cuidaba vacas y el sonido de las palabras me protegía. Sentía:

Cada palabra en el rostro
sabe algo del círculo vicioso
y no lo dice

El sonido de las palabras sabe que debe engañar, porque los objetos engañan con su material, y los sentimientos, con sus gestos. En el punto de intersección del engaño de los materiales y de los gestos se instala el sonido de las palabras con su verdad inventada. Al escribir no puede hablarse de confianza, sino más bien de la honestidad del engaño.

Por entonces, en la fábrica, cuando yo era un chiste malo sobre la escalera, y el pañuelo, mi oficina, también encontré en el diccionario la hermosa palabra INTERÉS ESCALONADO, que designa las tasas de interés de un préstamo que van subiendo por tramos. Las tasas de interés son para uno gastos y para otro, ingresos. Al escribir acaban siendo ambas cosas, cuanto más voy ahondando en el texto. Cuanto más me expolia lo escrito, tanto más muestra a lo vivido lo que no había en el vivir. Sólo las palabras lo descubren, porque antes no lo conocían. Allí donde sorprenden a lo vivido es donde mejor lo reflejan. Se vuelven tan apremiantes que lo vivido debe aferrarse a ellas para no deshacerse.

Me parece que los objetos no conocen su material, que los gestos no conocen sus sentimientos y las palabras tampoco conocen la boca que las enuncia. Pero para asegurarnos nuestra propia existencia necesitamos los objetos, los gestos y las palabras. Cuanto más palabras nos es permitido usar, tanto más libres somos. Cuando se nos prohíbe la boca, intentamos afirmarnos con gestos e incluso con objetos. Son más difíciles de interpretar y permanecen un tiempo libres de sospecha. Y así pueden ayudarnos a convertir la humillación en una dignidad que permanece libre de sospecha por un tiempo.

Poco antes de mi emigración de Rumania, el policía de la aldea vino un día muy de mañana a llevarse a mi madre. Ella estaba ya en la puerta cuando se le ocurrió la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO? Y no lo tenía. Aunque el policía se mostró impaciente, ella volvió a entrar en la casa y sacó un pañuelo. En la comisaría el policía estalló en gritos e improperios. Los conocimientos de rumano de mi madre no bastaban para que comprendiera los rugidos del policía, que luego se marchó del despacho y cerró la puerta con llave desde fuera. Mi madre se pasó el día entero encerrada allí. Las primeras horas sentada a la mesa, llorando. Después empezó a ir de un lado para otro y a limpiar el polvo de los muebles con el pañuelo empapado en lágrimas. Por último cogió el cubo de agua del rincón y la toalla que colgaba de un clavo en la pared y fregó el piso. Me quedé aterrada cuando me lo contó. ¿Cómo has podido fregarle el despacho a ese individuo?, le pregunté. Y ella me respondió, sin ningún reparo: quería hacer algo para matar el tiempo. Y el despacho estaba tan mugriento. Hice bien en llevarme uno de los pañuelos de hombre, grandes.

Sólo entonces comprendí que con esa humillación adicional, pero voluntaria, se había proporcionado dignidad en aquel arresto. En un collage busqué palabras para formularlo:

Yo pensaba en la rosa vigorosa en el corazón
en el alma inservible como un colador
pero el propietario preguntó:
¿quién se acaba imponiendo?
yo dije: salvar el pellejo
él gritó: el pellejo es
sólo una mancha de la batista ofendida
sin juicio.

Me gustaría poder decir una frase para todos aquellos que, en las dictaduras, todos los días, hasta hoy, son despojados de su dignidad, aunque sea una frase con la palabra pañuelo, aunque sea la pregunta: ¿TENÉIS UN PAÑUELO?
Puede ser que, desde siempre, la pregunta por el pañuelo no se refiera en absoluto al pañuelo, sino a la extrema soledad del ser humano.


 © Herta Müller
7 diciembre de 2009


Traducido por Juan José del Solar Bardelli

María Luisa Báez de Patterson: Poemas

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 Aforismos

¡Qué dulce es la palabra
   del amor cuando no
            habla!.

No hagas juicio sin miseri-
      cordia- ni tengas
misericordia sin juicio.

Agota los recursos de tu in-
teligencia pero no los
         de tu corazón
.
Los astros tienen la libertad
      de su órbita.

© María Luisa Báez de Patterson



Graffiti 22

Implacable realismo vestido de afecto
en trayecto de la inteligencia a la pasión
pasión inacabada y controversial.
Soy hervidero de reflexión
Exigiendo lo uno y lo otro
en disimulo que apacigua o anula
en extrañeza y lejanía.

            Vengo el futuro con esa alianza un tanto má
                                                                       gica
            de admirar el talento ajeno.
            El silencio y la nostalgia miden nuestro tiempo
                                                carente de paisaje.

Todo lo que representas no existe.
Esta congoja me ha dolido siempre
como luciérnagas ardientes de la misma geometría
                                         que olfatea mi soledad
           en la declinación de los días.

© María Luisa Báez de Patterson




Lisboa

Tienes el alma hidalga y campesina
con el dulce lenguaje de lo ido.
Piedra- desierto- luz y sombra,
Sugiriendo la inmanencia del instante
y sobretodo lo inútil del olvido.

© María Luisa Báez de Patterson



Peka 2

Amé a quién no podía.
Me amaron quienes no debían
        Sí. Estoy viva- ¡¡¡ lo sabía!!!
        Nada  es eterno- ni la soledad.
El amor no hace daño.
Los deseos mueren por tener muchas grietas.

A una siempre lo esperan- en alguna parte.

         Un millón de sueños por vivir
         Un millón de días para amar.
         En mi vida hay mucho- mucho bueno
         para dar.

© María Luisa Báez de Patterson


 
Magia Antigua

Antes del amor todo era distinto
sin soles, ni cumbres ni almenares.
Los relojes marcaban otras horas.
Me dolían bastante mis heridas.

Fue tibieza, fue locura
                  siempre yo misma.
Busqué el abrigo de tus manos.
Alcé mis ojos y bebí de ese amor.
Y tus días y tu campanario hallóme en desconocida forma.
Los peregrinos sueños que se fueron
y el tormento del Amor siempre a mi lado.

© María Luisa Báez de Patterson



Heliograma 31

El sol casi no llega a la ventana
pero sí a las rendijas de ese cuarto negro.
Rayos que iluminan el alma de nosotros,
y de él se hace la sangre de las razas vivas.


II
Bienamado Sol de cada día, que bajas de las cumbres de
montañas
para acariciar el marfil de los brazos
y dibujar nuevos caminos.

Rayos de Sol de edades muertas
¡Ni tú has sido siempre como ahora!

© María Luisa Báez de Patterson




María Luisa Báez de Patterson
Venezolana, hija de un diplomático venezolana y una dama quiteña. Recorrió mundos desde pequeña. Ha dictado conferencias sobre nutrición, astrología y cosmobiología. “Proyecto la emoción en ejercicio mágico, fluído y cambiante. Trato de abrir varios caminos aunque haya dolor-penas y llanto. Escribo con mente creadora: la magia del sueño que perdura…”


La literatura de Viviana Marcela Iriart por Angel Brichs, España, abril 2010




















 
"Iriart es el vivo ejemplo de esa mujer suramericana rebelde y culturalmente activa que presagiaron algunos de los grandes nombres de la política y la cultura hispanoamericanas de la segunda mitad del siglo pasado.

Su prosa es objetiva, salvaje y "rápida". Gracias a la objetividad que le ofrece su oficio de periodista, esquematiza los hechos que pueden acolchar magníficamente desde un artículo hasta una obra de teatro. Unas cualidades que no son ajenas para ese mundo tan disperso como difuso, por no decir marginal, que, frecuentemente, entendemos, y conocemos con letras de oro mayúsculas, denominándolo ALTA LITERATURA".

Ángel Brichs
escritor y crítico literario

Colaborador de El País. com
Miembro de AELC




La narrativa de Viviana Marcela Iriart, por Angel Brichs


Muchos ya conocemos los dotes de reportera de Viviana, incluso la habilidad con la que compone poemas y piezas de teatro. De nuevo, les traemos una nueva facultad de esta argentina-venezolana tan prolífica. Esta vez, tenemos el gusto de presentarles unos fragmentos de su novela "La casa lila".


"Viviana es una joya que no sólo se adaptó al cambio de milenio y la evolución que éste marcó en el aspecto literario, sino que alterna sus virtudes en ese ámbito con una continua experimentación, tan necesaria en la literatura de nuestros días".

Ángel Brichs
Escritor y Crítico literario
Redactor de la revista RUBRICATA
Julio 2010, España


Introducción:
Literatura del Mañana©


Publicado en este blog bajo el consentimiento de la autora:





Ángel Brichs (España, 1979) es escritor, crítico de arte y crítico literario.   Autor de diversos libros de relatos en castellano y catalán como El Porxo de la casa de fusta (2007), Cuentos del limbo (2006) y ensayos como El Neomodernismo Literario,  Ed. Cultivalibros (2008). Forma parte de varias asociaciones culturales y es el jefe del grupo de Acción Literaria y filológica del Ateneu Terrassenc y miembro de su junta directiva.



 

Sandra Mihanovich: la leyenda, por Viviana Marcela Iriart, Buenos Aires marzo 2010




Sé que a Sandra no le va a gustar este título. Le va a dar pudor. Lo sé porque en la  entrevista mostró una humildad que se agradece ante tanto ego desbordado que sofoca. Sandra, cantante, compositora, actriz, talentosa y exitosa en todo lo que emprende, es la protagonista de muchas de las más importantes páginas de la historia musical argentina de los últimos 34 años. Y no se la cree.
Ni siquiera porque en 1982 se convirtió en la primera cantante de Argentina, y no sé si de América Latina, en presentarse en un estadio y llenarlo… dos veces.
Tenía apenas 25 años. Y al hacerlo, abrió un camino hasta entonces vedado para las intérpretes femeninas.
Abrir caminos, ser una innovadora, adelantarse a su época,  no encasillarse en ningún género musical, ser osada, valiente, es algo que hace con tanta naturalidad que cuando se lo digo, se sorprende.


Siento que tú siempre has ido a contramano, abriendo  caminos. Empezaste cantando en inglés, jazz,  justo cuando en Argentina los grupos de rock comenzaban a cantar en español.
-->  ¿No te sentías un poco sola?
No creo haber ido a contramano. Creo que pude hacer lo que quería. Canté primero en inglés porque fue lo que mas fácil me salía. Tuve que aprender a cantar en castellano. Siempre me sentí un poco “afuera”,  eso es verdad. No era rockera, ni cantante romántica, ni cabía en ningún rotulo. Pero fue bueno ya que pude armarme una identidad como cantante.

¿Por qué te resultaba más fácil cantar en  inglés?
Creo que por una cuestión de la fonética del idioma….nuestras consonantes a veces son difíciles a la hora de emitir la voz, matizar, afinar, dicción, etc.

No entiendo, ¿tu idioma materno fue el inglés? ¿Cuando eras chicas cantabas el “Arroz con leche” en inglés en vez de en español?
¡¡Tal cual!!! Mi vieja me hablaba en inglés todo lo que se les dice a los bebés; pensaba, con razón, que así lo iba a aprender mas rápido y fácilmente; hablé inglés casi antes que castellano o al mismo tiempo. Me resulta absolutamente fluido.

Tú siempre estás diez pasos más adelante que todo el mundo, ¿ésto te genera angustia, sentimiento de incomprensión, dudas?
No me considero, para nada, una adelantada. Sólo una privilegiada que tuvo, y tiene,  la oportunidad de hacer lo que le gusta. Y claro que alguna vez tuve esos sentimientos…. ¿quien no?

Primer camino abierto. Debutaste rompiendo moldes: cantaste   El Día que me quieras de Gardel…. ¡quince años antes de que Luis Miguel lo convirtiera en himno de la juventud!
Yo no canté esa canción.

No la grabaste, pero la cantaste. Mira el video.








Ah…. Las cantaba en vivo en el lugar donde debuté… me las propusieron y acepté hacerlo porque me parecían bellas.


¿Cómo fue tu debut? ¿Tú con la guitarra solita o ya tenías grupo? ¿Estabas nerviosa?
Debuté el 20 de mayo de 1976 en un lugar que se llamaba La Ciudad. Era un café-concert muy elegante y yo formaba parte de un show donde había grandes artistas….Jaime Torres, Buenos Aires 8, Roberto Catarineu, un Ballet de Beatriz Ferrari y mi madre oficiaba de presentadora. Cantaba 2 canciones en inglés y 2 en castellano, El día que me quieras y Aquellas pequeñas cosas. Me acompañaba una banda de 6 músicos con arreglos de Baby López Furst y estaba absolutamente aterrada porque no estaba sentadita con mi guitarra….debía desplazarme…caminar, bajar escaleras….todo muuuuy nuevo para mí.

¿Cantabas a Serrat y Gardel al mismo tiempo?
Creo que hacía una en inglés y una en castellano por entrada, tenía dos entradas,  y luego cantábamos S’Wonderful  de Gershwin, con mi vieja.

¿Cómo te llegó la invitación para debutar en la Ciudad?
Me convocó Blakie (Paloma Efrom), que era quien regenteaba ese lugar. Vino una noche a mi casa, me escuchó cantar….debo haberle recordado  a ella misma cuando era más joven, y me ofreció debutar. A mí no me daban las patas…como te imaginaras…fui muy feliz haciéndolo.

¿Había algún cantante que te influenciara? ¿A quién te querías parecer?
Siempre admiré mucho a Barbra Streisand, pero no siento que haya querido parecerme a ella.

¿Tus comienzos fueron difíciles?
La verdad es que no fue difícil. Todo fluyó muy naturalmente, supongo que el hecho de ser la “hija de Mónica” abrió las puertas. (Se refiere a la famosa y respetada periodista Mónica Cahen D´Anvers). Siempre hubo un carácter transitivo en el afecto de la gente.

¿Cuándo decidiste ser cantante? ¿Cuando en la secundaria se reunían a tu alrededor cada vez que cantabas o cuando al finalizarla tuviste que elegir carrera?
Las dos cosas. Fue fácil para mí tomar la decisión. Era obvia.

¿Por qué?
Porque era lo que mas me gustaba hacer, porque me hacía feliz.

¿Tuviste el apoyo de tu familia?
¡¡Total!




Segundo camino abierto: en 1982 fuiste la primera cantante en actuar en un estadio y llenarlo dos veces. ¿Qué recuerdos tienes de esas noches? ¿Imaginaste cuando comenzaste que eso te iba a suceder siendo tan joven?
Noches explosivas, únicas, cargadas de adrenalina y emoción. Nunca me las imagine.

 Eras joven, bella, exitosa, ¿se te subió la fama a la cabeza? Porque siempre diste la impresión de ser muy humilde en el exacto significado de la palabra.
Me parece que en esa época, 83, 84, estaba un poco imbancable. (NdR: insoportable)

Tercer camino: en una sociedad antisemita como la argentina te atreviste a grabar la canción Seré judía, un rock rabioso y burlón.  ¿Qué te llevó a grabar ese tema?

Me encantó esa canción y me parecía una buenísima metáfora que aludía a cualquier tipo de persecución. De cualquier época. La grabé en el 85.

 Cuarto camino: En  1984 grabaste un disco maravilloso, “Soy lo que soy”.



La canción que le da nombre alude a la libertad sexual,  pero en una Argentina que salía de la dictadura representaba a todas las libertades.
Yo creo que si esa canción se convirtió en un clásico es porque trascendió el significado de representar una minoría. Todos queríamos decir “soy lo que soy”.

Quinto camino y  paro aquí porque no terminaría nunca: en  los momentos de mayor éxito tuviste la generosidad de compartir el escenario con otros artistas a los que, dicen, ayudaste en sus carreras. Así como cuando Joan Báez era la reina del folk e invitó a un desconocido Bob Dylan a cantar con ella.
Gracias por la comparación….me queda un poco grande. Siempre sentí que sumando talento en el escenario, y en la vida, se crece más…se disfruta más. Tuve la suerte de estar bien acompañada.

¿Tu programa de música en televisión era una extensión de ese pensamiento?
Me parecía interesante la posibilidad de ser un nexo entre la música, los músicos, y la gente. Una manera distinta de la que tendría un periodista o un presentador.

Me llama la atención que tú nunca levantas ninguna bandera. Pero toda tu vida artística  es una bandera de  libertad.
Yo creo que esa fue siempre mi intención, poder hacer lo que quería, y que las conclusiones estuvieran dadas por una actitud consecuente y coherente, nada mas.

¿No levantas ninguna bandera porque tú misma eres una bandera? Y ésta es una afirmación mía, así es como te veo: un ejemplo para todas las generaciones, cuando comenzaste y ahora.
¡Puf!  (sonríe y se sonroja). ¿¿¿No será mucho????  Me suena fuerte eso de “ser una bandera”….soy una persona consecuente, privilegiada y feliz.

¿Mucho por qué?
Porque me da vergüenza tanta ponderación.

Actúas poco en el extranjero. ¿No te interesa  o  soñaste con ser como Madonna y te faltó el apoyo discográfico?
Siempre me interesó actuar en otros países. Quizás no hice lo correcto para lograrlo, quizás me faltó apoyo discográfico…. Pienso que siempre hay varios motivos para que las cosas sucedan o no sucedan. A lo mejor no lo desee lo suficiente.

¿Sandra Mihanovich no le tiene miedo a nada porque es tauro, porque es argentina o porque es judía?
No se porqué. Creo que porque creo profundamente en lo que hago. Lo hago convencida. A full. Feliz de mi elección.

Antes cantabas  en grandes teatros; ahora en salas pequeñas. ¿Es una elección tuya o es la decisión del mercado?
Por suerte he podido ir variando de escenarios. En 2007 presenté Creciendo  con dos Operas…. (NdR: un gran teatro).  Luego hice el Maipo….también canto en pubs. Me encanta la diversidad y trato de adecuarme a los momentos, y los proyectos.

¿Podemos esperar un libro autobiográfico a breve plazo?
No. No lo tengo ni pensado.

 “Honrar la vida”, tu nuevo espectáculo y CD, es un homenaje a la gran cantautora Eladia Blázquez. ¿Cómo surgió esa elección?
Porque la conocí, porque amo su obra, porque fue mi amiga.

Sandra, ¿dónde quedó la actriz?
La actriz siempre va a estar relegada a la cantante y supeditada a la convocatoria de los productores….si me llaman…. Cantar es lo mío, sin duda alguna….jamás podría dejar de cantar, lo necesito en todos los sentidos.

Dices “si los productores me llaman”. ¿Te llaman poco?
Y… sí, supongo que es lógico que a la hora de citar a una actriz para un personaje piensen en actrices y no en cantantes. Creo que para todos los productores yo soy, antes que nada, cantante

¿Giras al extranjero?
No lo sé. Quizás pueda presentar el CD de Eladia en España. ¡Me encantaría!

¿Cómo viviste la  dictadura argentina del 76?
Con asombro, incredulidad, tristeza.

¿Eres religiosa?
Tengo fe.

 ¿Pacifista?
¿¿¿Existe otra opción???

¿Es una broma? La violencia tiene muchos  más seguidores y éxito que el pacifismo: guerras civiles, guerras entre países, guerras…
No existe otra opción, para mí al menos. Me parece que la violencia no sirve, no es buena, no arregla, no resuelve, no enriquece, no ayuda…

 ¿Optimista o pesimista?
Optimista 100x100.

 ¿Crees que el ser humano es bueno por naturaleza o por las leyes que controlan su maldad?
Creo que el ser humano tiene todas las posibilidades, pero se enferma.

¿Con qué se enferma?
Con sus miedos, fundamentalmente.

¿Miedo a la libertad?
Miedo a ser uno mismo, a ser diferente, a fracasar, a perder, a enfermarse físicamente,…..¡¡¡tantos miedos!!!

¿No te da rabia que con tanto éxito todavía no te hayan premiado con un Grammy cuando hay tanto idiota sin talento que se lo ha ganado?
No debo ser muy conocida…o no lo mereceré… no sé de qué depende…me encantaría recibir uno, ¡obvio!

Sin lugar a dudas eres, en ese ámbito de la canción en donde no se te puede encasillar,  la mejor cantante argentina del siglo XX y del presente. Y apenas tienes 50 años. ¿Te sientes una ídola?
Me siento una afortunada, que hace lo que le gusta y recibe el afecto de mucha gente. Gracias por tanto piropo.

¿Cómo te ves tú cuando te levantas a la mañana y te miras al espejo mientras te lavas la cara?
Jajajajaja…no me miro mucho….a veces estoy bien, otras no tanto, pero siempre me reconozco,  por suerte.

Y ahora, ¿con qué nos vas a sorprender en el futuro cercano, Sandra?
Estoy pensando un nuevo CD con canciones inéditas, un poco más movido en cuanto al ritmo y al estilo….más R&B…..veremos que sale.

¿Tienes fecha de grabación? ¿Posible nombre?
Todavía no….estoy arrancando.

¿Estilo? ¿Alguna canción que ya tengas seleccionada?
Tengo un par, pero prefiero ir reservándome la info para cuando lo tenga más claro globalmente. Sí me gustaría que fuera un disco potente, con movimiento, mas cercano al R&B.

 ¿Nunca pensaste en hacer un disco con composiciones tuyas solamente?
No sé si me voy a animar alguna vez.

¿Por qué?
Me da pudor, me siento muy en evidencia, como desnuda si querés.

¿Más desnuda de lo que estabas en la portada de “Soy lo que soy”?
Obviamente. Desnuda de adentro.

¿No me puedes contar ni siquiera una frase de alguna de esas canciones?
Ya he grabado un par de canciones mías….las primeras en Soy lo que soy (1984): “Se metieron con todo”, letra de Adela Gleijer, música mía y  “Vivir de nuevo”, letra de Debora Céspedes, música mía.  En Todo tiene un lugar (2000) grabé “Estás ahí” letra y música mía y en Sin tu amor (2003) “Que va a ser de mi”, letra y música mía.

¿En qué género musical te ubicas? ¿Pop? ¿Rock? ¿Ninguno?
Creo que ninguno…quizás la que mas me pega es Pop, ya que por ahí se mezclan los géneros un poco…baladas, boleros, canciones fusionadas del folclore, etc.

Sandra, ¿cómo te imaginas dentro de 20 años?
Enamorada, feliz, cantando y pasando mucho tiempo en el campo.

¿Sembrando canciones en vez de papas?
Sembrando de todo un poco, rodeada de amigos, familia, animales y mucha música.

Gracias por la entrevista.
No hay de qué, fue un placer.


El placer, obviamente,  fue mío. Pocas veces se tiene la suerte de entrevistar a alguien que, siendo tan talentosa, sea al mismo tiempo tan humilde y tan franca en sus respuestas. Así es Sandra Mihanovich, la leyenda. O como ella preferiría, simplemente Sandra.


Buenos Aires,  2 marzo de 2010


Página web:
Sandra Mihanovich






Textos de la misma autora






Hugo Márquez: El olvido como mala costumbre, por Laura Alcoba Levy, Caracas febrero 2010 / Programa de mano de "El Vacío" y fotos de Roland Streuli







Para los que no olvidamos a nadie, que otros olviden, nos parece imposible.

A Hugo Márquez entonces, se nos hace difícil olvidarlo. Director, actor de cine, teatro y televisión, dramaturgo, vestuarista adelantado en el tiempo, dibujante, escultor, humorista, viajero, docente, espiritual, visionario, tantas cosas.

Hace años nos trajo para Venezuela importantes premios de teatro y también ha hecho reír en la televisión. Hizo que el público en sus montajes quedara penetrado por una estética única, original y delirante.

La luz que utilizaba, la parquedad intensa de sus escenografías, el movimiento de los cuerpos -de sus alumnos y de si mismo- la plasticidad visual, los textos elegidos, la música de fondo, el vestuario, constituían un círculo impecable que impactaba. Siempre se esperaba un espectáculo suyo, mas allá de lo que se acostumbraba a ver en el teatro caraqueño.

¿Donde esta Hugo? pregunta la gente. ¿Y sus talleres, su enseñanza y Los Mendigos y los Autos sacramentales?

Está aquí, en el Ateneo, en las noches de Sabana Grande, en la casa de los amigos. Cada vez más lúcido en sus emociones, cada vez más sabio, regalando la riqueza de esa cabeza ''habitada hasta el exceso'' como dijimos en un algún momento acerca de él.

El hombre de teatro en estado puro, el hombre completo que tiene siempre muchísimo para dar. Conversar con él nos conduce a ver otros mundos mas profundos y sensaciones nuevas, y tenemos la inquietud de que todo eso no se pierda, que no se quede por ahí.

Queremos que vuelva, sobre todo los que tienen una sola empresa: la sensibilidad.



©Laura Alcoba Levy

Caracas, febrero 2010.


Nota del 20-5-2011:  Hugo Márquez falleció en Caracas el 19 de mayo de 2011. ¡Larga vida para ti, querido Hugo!