la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


Voces para Lilith: Notas para una presentación / Dinapiera Di Donato, New York, octubre 2012








Voces para Lilith nace ante la necesidad de reunir, en un solo tomo a las voces representativas –hasta la fecha dispersas- de temática lésbica en Sudamérica. Este ferviente propósito tiene sus orígenes en el año 2000, con un despertar poético en torno a la experiencia lésbica personal y a la intolerancia de la sociedad conservadora limeña. Se hace más intenso en el año 2005, ante la búsqueda de referentes y la escasez de publicaciones explícitas respecto a la temática. Dicho vacío, sumado a un inmenso amor por la poesía, se ha configurado como el gran motor para recopilar tales voces en al construcción de la antología.

Toda antología propone un corpus que se considera esencial desde el punto de vista asumido por quienes realizan la compilación, bajo determinados criterios que le otorgan validez e importancia. El criterio estético ha sido el eje de nuestra selección, por lo que hemos incluido textos que juzgamos valiosos por su calidad literaria. Para la convocatoria, nuestros criterios fueron los siguientes: 1) reunir textos inéditos sobre temática lésbica tanto de poesía como de narrativa, pertenecientes a autoras de origen sudamericano; 2) además debían ser autoras que tuvieran al menos un libro ya publicado anteriormente y que, de preferencia, hayan tratado la temática lésbica en alguna de sus obras; y 3) las autoras convocadas debían continuar en el ejercicio literario. Se trata entonces de una antología centrada en textos contemporáneos que representan la pluralidad de la experiencia lésbica con especial cuidado en el manejo de su escritura. Nuestra convocatoria nos ha permitido reunir a las más diversas escritoras sudamericanas, entre las que se pueden encontrar escritoras de renombre junto a autoras más jóvenes, a quienes esta antología permitirá que sus escritos sean divulgados más allá de sus fronteras nacionales.
Incisiones en los imaginarios. En Conversiones.com








Una antología como ésta contribuye grandemente al estudio  de formas diferentes de disidencia y creación en una época en la que se recomponen las historiografías literarias, se reinventan los mercados y los escritores se relanzan temas.  Las autoras reunidas allí piensan activamente, replantean, imaginan, renuevan, ayudan a ver las cosas desde otro ángulo o perspectiva, y contribuyen a legitimar o deslegitimar ciertas prácticas, estereotipos, categorías e instituciones.



Las edades de Lilith
Leo la selección, en la variedad y riqueza de sus textos como un muestrario del mito clásico de las edades, pero no de los primeros hombres sino de las rebeldes.  Representada en diversas escrituras, está en todas partes desde el comienzo del mundo. En algunos textos se trata de la edad dorada de la lesbiana, como en Ovidio y Hesíodo, cuando ellas vivían junto a los dioses, confundidas en el líquido prenatal del mundo, eternas criaturas felices descubriéndose y engendrándose en los cuerpos. Son pasajes  donde se celebra la eclosión del deseo o la página que trova, acuna y goza. O la que calma. En otros textos  se vive la edad de plata.  Establecidas en un orden, viviendo como jóvenes iniciadas al conflicto, la confrontación ideológica y a la rebelión castigada. La edad de  las ideologías comunitarias, la juventud con su neo-romanticismo oscuro y las utopías. En otras páginas solamente viven para la guerra y el trabajo del bronce, expuestas a la propia autodestrucción y al cinismo. Y en los textos donde  se asienta el personaje como en  una  edad de hierro realiza sus hazañas de cambiarse el mundo, perder o ganar miseria, traicionar o reconstruirse; es la edad de  la insumisa  que conoce sus artes y, en última instancia, pone en cuestión el discurso y el mundo que tal discurso verbaliza desde el escepticismo, la experimentación o el humor.



La convocatoria
Sus autoras han traído hasta la antología que las congrega un proceso cuidadoso. Tuvieron que asimilar primero la tensión entre lo filial y el desarraigo, entre lo individual  y lo conocido, desde la mímesis que asimila primero, luego borra  y más tarde revalora la exclusión o el desvío casi como principio estético. La autora como sujeto literario al no verse completamente reflejada en el canon necesita alterar su percepción. Vive en medio de sensibilidades colectivas forjadas  por tradiciones, y si bien hace rato que lo sexo-diverso como tema ha salido de los círculos herméticos cada espacio con momentos de estabilidad socio-económica tiene lectores con  su  paradigma  del escenario lésbico, para ser consumido y recreado. Y es en medio de ese tránsito de imágenes  que se ejerce la mirada creativa que necesita de una comunidad de comentario.  Aún no tenemos colecciones de libros de bolsillo[i] agotando y desmontando  la escena lésbica venezolana por ejemplo, que en pleno siglo XXI continúa circulando con  viejos clichés de la biografía disfuncional. Había que intervenir y frecuentarnos.
Precisamente al momento de la invitación que me hacen Claudia Salazar y Melissa Ghessi reaparecía en Venezuela el personaje-monstruo que no me dejó indiferente. Un relato conocido presentaba al personaje que comparte protagonismo, como a una preciosa adicta cuya  pareja es una persona descrita así:
Pude advertir la sombra pilosa de sus bigotes. Una suerte de bozo que la malencaraba. Era tan tosca y hombruna, que imaginé que en el fondo de su vagina ocultaba dos muelas cordales. Todo lo tenía corto. Manos, nariz, cabello. En vez de cuello, céfalo-tórax. Era una auténtica nevera con escote…
…/
—¿Qué tienes tú que ver con Una? —me preguntó.
—¿Con quién?
—Con Una.
—Su nombre es Tamara.
—Ella es Una y yo soy Otra —chilló.
La mujer debía tener un problema serio en la próstata.[ii]

Me empezó a fallar el humor. Aquí, mientras, leía yo a Sonia Rivera -Valdés, a Alina Galliano, a Carmen Ollé, a Sonia Manzano, a Paquita Suárez-Coalla, a Margarita Drago, a Odette Alonso, a María Isabel Amor, a Riolama Fernández, a Liliana Lara,  a Adela Fernández, a Viviana Marcela Iriart, a Jacqueline Herranz-Brooks, que  me devolvían el gusto del juego y la ironía, y sobre todo el sentido del trabajo, de la búsqueda de otra clase de personajes que ya son visibles en una cultura femenina más cerca del imaginario femenino captado en la trilogía MIllenium. En Venezuela  había soñado con los libros de otras latitudes con mi personaje favorito ausente, que no me llegaban porque es sabido que las diferentes interpretaciones de las políticas estatales acrecentaban la ignorancia mutua entre las autoras[iii]



La antología y las vecindades
Responder a la invitación me llevó a cerrar ese tránsito personal en el que andaba y volví a divertirme. Tuve, con aquellas chicas de mi época que hacer y deshacer, con éstas comparto que  la escritura es imperativa.  Y si el escritor es también el médico de su propia mente y atiende aquellas lecciones antiguas que pasan de unos a otros, con el gesto de un domador, no siempre sale ganando para su texto si vive tensiones adicionales como las de género o cierta biografía periférica.  Las redes de sociabilidad han permitido esta renovada y saludable idea de inclusión que la antología materializa.



New York, octubre 2012



[i] En realidad en el continente no circula una producción de emblemáticas escritoras de quiosco que diseñen  al personaje diverso ni siquiera  según mandatos editoriales,  como se hizo en Estados Unidos el siglo pasado cuando Ann Bannon (1932), escribió de 1957 a 1962  una serie de libros conocidos como The Beebo Brinker Chronicles. En esos tiempos en que las editoriales todavía imponían  la regla internacional del sacrificio del personaje  de sexualidad “rara” y la protagonista  no heterosexual debía cumplir un destino  trágico o por lo menos terminar con algunas pestañadas moradas a fuerza de golpes, Ann Bannon trata de darle giros a sus personajes y rescata del estereotipo de la crueldad a su andrógino ideal. Hasta entonces casi todas las conocidas como invertidas debían lucir  algo monstruosas, como las varonas de la tradición audiovisual de principios del siglo veinte, recuérdese la Missy de la francesa Colette o la condesa de Lulú en la película La caja de Pandora, o el personaje hombruno del Pozo de la soledad. Tanto la recreación de  Vita Sackville -West, de Virginia Woolf y de Violet Trefusis aparecían como criaturas ambiguas de castillo. La lesbiana vampira y la biografía disfuncional merodeaban el relato que debía recrear los estereotipos que solamente a fuerza de ser retomados y mostrados pueden fisurarse. En Venezuela en los años 90 la escritora Manón Kübler hizo sus propias ediciones de novelas de quiosco: Morfina,  Truhanes,  Nido De  Arañas,  de  MKF EDITORES, contenían personajes de lesbianas. No tuvo difusión comercial y la crítica literaria del país no se ocupó de este proyecto.

[ii] Otro texto conocido del momento que se me hace la invitación  era el de una novelista joven; en su narración sobre el descubrimiento de la sexualidad el personaje femenino se ocupa de aprender a gozar mientras juega a que es el botín de una lesbiana tenebrosa que se la disputa a un cura. La tenebrosa muere. Con esta lectura me volvió a fallar el humor.

[iii] En mi vida a ratos hubo algo parecido al muestrario de la antología, mucho del nomadismo  experimental, incluyendo momentos  de  la prueba que mencionaba Kate Millett, la del amor como el opio de las mujeres que en aquellos setenta tomaba yo al pie de la letra, no lo que contaba en sus teorías coetáneas a las de  Shulamith Firetone y a las de las chicas japonesas artistas de New York, sino el fracaso que recreaba en su novela de mujeres enamoradas de otras, titulada Sita. Fue a partir de mis treinta años que encontré una novela de Sylvia  Molloy en Caracas en un remate, llena de polvo,  que me hizo sentir menos sola en la exploración  de mi propio residuo de individualidad, silencio, y mímesis en la escritura. Esta antología me ha permitido descubrir a mi personaje ausente en los textos de Marianela Cabrera y Ely Rosa Zamora, también de origen venezolano y en autoras como María Ramírez, Gisela Kozak, y Eleonora Requena cuyos textos han circulado en los últimos años en el país.