la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik


Literatura y conflicto por Tamara Rajczyk







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Desde el renacimiento de la lengua hebrea, la moderna literatura ha abordado en su prosa y en su poesía el tema del conflicto. En las más diversas obras aparece el árabe: a veces como vecino amigable, otras como enemigo, pero siempre como un ser presente en la vida del judío que habita Israel.

En el cuento “El enemigo que se volvió amigo” (1941), Shmuel Iosef Agnón[1] escribe una alegoría sobre la relación que el judío que quiere asentarse en Eretz Israel establece con el entorno, en este caso en Talpiot, Jerusalem: el árabe, personificado en el viento, rechaza al recién llegado, quien se empecina en volver una y otra vez, mejor preparado y con más herramientas para afrontar el desafío de construir su casa en esa tierra. Finalmente, logra poner en pie su hogar, plantar un hermoso jardín y convivir pacíficamente con quienes lo rodean. El relato finaliza así: A partir de entonces perdió el viento su audacia y cuando viene, lo hace con consideración. Puesto que se conduce respetuosamente conmigo, también yo lo trato con respeto. Cuando me visita, salgo a su encuentro y le ruego se siente a mi lado entre los árboles. (…) Cuando se marcha lo invito a que vuelva, como se hace con un buen vecino. Que en verdad, somos buenos vecinos y yo lo estimo cordialmente. Puede, incluso, que también él me estime.

Hasta la creación del Estado de Israel en 1948, varios autores se enmarcaron en esta misma actitud romántica que soñaba con una convivencia pacífica. Tal es el caso del relato “Amores secretos”, de Yehuda Burla[2], en el que árabes y judíos tienen una relación cotidiana, aspiran a una integración y hasta establecen lazos amorosos. ¿Acaso podré ser tuya siendo tú judío y yo musulmana?... Iré contigo y me judaizaré, dice Jamda, la protagonista.

La Guerra de la Independencia pone fin a esta visión idílica y ya en 1949 el escritor S. Yizhar[3] publica Jirbet Jizah, tres relatos largos en el que está incluido “El prisionero”. Este cuento narra el destino de un pastor árabe que es tomado prisionero por un grupo de soldados israelíes y está focalizado en los cuestionamientos que se hacen los soldados, en relación al pastor y a sí mismos. Dice uno de los personajes: ¡Pega! Si el hombre miente, pega. Si dice la verdad, ¡no le creas!, pega para que no mienta después. Pega por si hay más verdades distintas. Pega, porque está a tus pies…El árabe deja ya de ser el buen vecino y se convierte en enemigo, en una pesadilla.

Siguiendo esta misma línea, S. Yizhar escribe en 1959 la monumental novela Los días de Tziklag, cuya trama se desarrolla en torno a los dilemas éticos y morales que se plantea un grupo de soldados aislados durante una semana en el desierto del Neguev. Por un lado, el árabe se presenta como una amenaza, por el otro, el judío contempla su lucha, y hasta lo comprende. Los personajes de Yizhar son jóvenes que no pueden curarse del trauma de la guerra y no ven otra salida. Dice uno de los soldados: Pertenezco a la generación que no tiene la alternativa de vivir al margen de la guerra… y así estoy aquí, odiando todo esto, odiando que esto ocurra (…) Lo sé, qué bien lo sé, que por más que le demos vueltas al asunto, no hay otra salida, todas las puertas están cerradas y solo el “hombre-puño” y cabeza de rinoceronte le dará la vida a otros, bendecirá a Dios y cantará su obra.

Es interesante señalar que cuando Yizhar publicó Jirbet Jizah, el libro tuvo una recepción dual: por un lado, fue recibido con entusiasmo por quienes resaltaron la honestidad y valentía del autor para instalar la autocrítica y señalar cuestiones que debían ser revisadas, como el tema de los refugiados palestinos, que es abordado en uno de los cuentos. Por el otro, hubo quienes opinaron que esa postura podía dañar la moral de los combatientes. Recordemos que el libro apareció solo unos meses después de la finalización de la Guerra de la Independencia, en la que el autor participó.  En 1978 se filmó la película basada en este libro, que fue muy criticada por quienes creían que dañaba la imagen de Israel en el exterior. ¿Qué cambios introdujo el transcurso del tiempo en la memoria colectiva israelí? En los años cincuenta el tema de los expulsados durante la Guerra de la Independencia generó un sentimiento de autoculpa en el seno de la sociedad israelí, pero quedó en un debate íntimo. En los años setenta, ya instalado como una cuestión política, es un recuerdo que molesta y que influye en el presente.

Durante más de treinta años S. Yizhar no publicó narrativa, sino que se dedicó a la enseñanza y a los ensayos académicos. Pero en los noventa, aparecieron varios libros, entre los que es relevante destacar el relato “Independencia `48-`92”. Fiel a los cuestionamientos que había planteado en “El prisionero”, narra la llegada de un grupo de soldados a una aldea árabe el 14 de mayo de 1948. El narrador describe la caravana de refugiados que escapa de la aldea, abandonando sus pertenencias y se pregunta: ¿Qué pasará de aquí en más sobre esta colina que hasta el día de hoy era casas y gente viva? ¿Quién sabe? ¿Quién podía saber? ¿Quién podía suponer? (…) ¿Quién podía saber que esta pregunta a la que no le dedicamos atención o no nos atrevimos  a preguntar entonces se transformaría en la cuestión decisiva sobre la que todo el mundo espera nuestra respuesta: qué hacemos con toda esta gente? No se borraron en la oscuridad de la noche. No desaparecieron en el extremo del camino. La expulsión no los borró. La expulsión no soluciona nada. Ellos y nosotros estamos aquí, los expulsados y los expulsadores, y no tenemos sobre nosotros otra pregunta, desde la creación del Estado. ¿Qué respondemos? Coherente consigo mismo, hasta el final de sus días Yizhar se enfrentó al consenso y no dejó de cuestionar los temas que le preocuparon siempre sobre árabes y judíos, desde su mirada humanista.

Actualmente, en un escenario literario más abierto, escritores jóvenes abordan estos temas desde diferentes ángulos. Etgar Keret[4] relata en su cuento “Patrulla motorizada” (1992) una situación fantasiosa: soldados árabes ocupan una ciudad muy parecida a Gaza, habitada por israelíes y son víctimas de las piedras que les arrojan niños judíos desde los tejados. Keret pone en boca de sus personajes los cuestionamientos morales acerca de la ocupación, de la misma manera que Yizhar hizo tantos años atrás en sus obras. Los soldados árabes descubren que los israelíes habían colgado una bandera en un poste de luz y así lo relata el narrador:

Detuvimos el jeep y Jalil obligó a un anciano a traer una escalera y a encaramarse para bajar el pedazo de tela de un blanco-celeste anémico. El anciano empezó a subir, temblando de miedo y ancianidad (…) El pobre temía caerse. Yo también. ¿Acaso no tiene la nación palestina suficientes enemigos, que debe luchar contra viejos temblorosos y trapos de colores?

Esta escena, en la que Keret invierte los personajes, fue relatada más de una vez por soldados israelíes que la sirvieron en los territorios.

Desde un ángulo totalmente diferente, Eshkol Nevó[5] aborda la misma temática en su novela Cuatro casas y una nostalgia (2004). La historia se desarrolla en una zona cercana a Jerusalem llamada Castel,  que en el pasado había sido un campamento para inmigrantes judíos de Kurdistán y anteriormente una aldea árabe, abandonada por sus habitantes en 1948. Uno de los albañiles árabes, que trabaja en una refacción, reconoce la casa de sus antepasados. El personaje árabe afirma: Es la casa, estoy seguro. ¿O no? Hace ya dos semanas, desde que empezamos la ampliación en lo de Madmuni, miro la casa desde el otro lado de la calle, observo mucho. Desde la mañana miro y en los descansos y también al final del día, cuando nos sentamos en la vereda y esperamos que Rami, el contratista, nos lleve de regreso a la aldea. La parte inferior de la casa es nueva, como si hubiese sido refaccionada (…) Si fuese solo por esa parte, no hubiese pensado nada. Pero arriba, el segundo piso, de donde sale a veces la pareja de ancianos, es una construcción de antes, piedra sobre piedra, como construían en la aldea. (…) Y hay un pequeño arco en la ventana, exacto como el arco que había en la ventana de la habitación de mis padres. (…) Quisiera decirle a mi madre que vi la casa con mis propios ojos. Pero sé que ella se enferma cada vez que alguien recuerda el tema. Ya pasaron cuarenta años, pero la humillación aún está húmeda en su corazón como la tierra después de la lluvia.

También en las obras de otros autores el árabe desempeña un rol en la vida de los diferentes personajes: a veces como amenaza, otras como vecino cercano, pero siempre como un otro presente. La narrativa israelí se hace cargo de su realidad: Israel es un Estado en el que árabes y judíos conviven de diferentes maneras y los escritores que viven en ese contexto no miran para otro lado. Desde los años previos a la creación del Estado y con diferentes estilos e ideologías, permiten que la realidad sea parte de las ficciones que crean y así hacen su aporte a la comprensión de la misma. 


Julio de 2007.








[1] Galitzia, 1887, Jerusalem, 1970. Premio Nobel de Literatura 1966.
[2] Jerusalem, 1886-1969.
[3] Rejovot, 1916-2006.
[4] Ramat Gan, 1967.
[5] Jerusalem, 1971.