la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos


Alejandra Pizarnik








“Y estamos marchando todavía en las calles

Con pequeñas victorias y grandes fracasos

Pero hay alegría y hay esperanza

Y hay un lugar para ti”

Joan Báez





Poesía en primera persona / Eliahu Toker, Caracas, noviembre 2005





En cualquier lugar, siempre que sea aquí.
En cualquier momento,
siempre que sea ahora.
De cualquier color, siempre que sea azul.
En cualquier lengua, siempre que sea en ídish.

"Escrito en sueños", Eliahu Toker



La poesía es como un sueño, es un texto con huecos, que nos incluye y que sigue creciendo dentro de nosotros. Y su materia prima es una palabra cargada de emoción. Esa palabra conmovida, intimida a veces y parecería que hace falta ser también poeta o un estudioso de la literatura para disfrutar de la poesía. Pero la poesía, como toda obra de arte está hecha para que cada uno, absolutamente todos la disfruten.

En la entrada del Museo de Bellas Artes de Boston existe un cartel que dice:

Relájese. El arte está hecho para inspirar. No para intimidar.
No existe una manera correcta de mirar una obra de arte.
No existe una manera incorrecta.
Sólo existe su propia manera.
Relájese. Este es un museo, no un test.

Esto puede aplicarse también a la poesía. Escuchen este sencillo texto del poeta francés Jacques Prevert:

Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos de humo.
Volcó la ceniza
en el cenicero.
Sin hablarme
sin mirarme.
Se puso de pié.
Se puso el sombrero.
Se puso el impermeable
porque llovía.
Se marchó
bajo la lluvia
sin decir palabra
sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.

El tema de la palabra poética resuena en mí desde la experiencia poética misma, por dos caminos que se alimentan mutuamente: El de escribir poesía y el de traducir poesía. Dos experiencias signadas por un violento y amoroso forcejeo con el propio idioma para que diga lo indecible, un forcejeo como el del patriarca Jacob con el ángel para que me bendiga.
Desde hace muchos años y muchos libros vengo haciendo eso de escribir poesía; sin embargo me resisto a presentarme como poeta. Alguna vez estudié arquitectura y la ejercí durante veinte años. Y aunque hace otros veinticinco que abandoné esa profesión no tengo empacho en reconocerme arquitecto. Un título universitario me avala. ¿Pero poeta? La poesía me sucede, escribe a través de mí, y no siempre me encuentra permeable para atravesarme y hacerse palabra. Tengo iluminaciones pero no soy un iluminado. Alguna vez lo dije así:

No soy el gran poeta del salto planetario
o la palabra oceánica.
soy el pequeño artesano
que sigue, alumbrado por su verso,
el calor de su propia angustia
o el recorrido pluvial de la ternura
sobre el reverso de su piel.

Soy el oído desplegado sobre sí mismo
desde el paladar hasta la planta de sus pies
descifrando pausada, tensamente,
la oscura línea de fractura
entre sueño y piel.

Borges decía que “La poesía no se elige, no es una profesión. Simplemente sucede que a veces habla en uno.” Otro autor, menos prestigioso que Borges pero más gráfico, decía que escribir poesía es una cosa muy sencilla. Todo lo que hay que hacer es sentarse ante una hoja de papel en blanco y abrirse una vena.

Partiendo de la confesada ignorancia de los poetas acerca de la fuente de su propia inspiración, Freud equiparaba la tarea poética al juego infantil, sosteniendo que ambas, al igual que el humor y la fantasía adultas, procurarían hacerle pase de magia, hacerle como los toreros al toro, una verónica a la realidad, para escapar de ella y procurarse placer. No sé si es exactamente eso. Para mí, lo que hace la poesía es tratar de expresar, forzando el lenguaje, algunas sensaciones, emociones, imágenes, que se nos imponen y para las que no nos alcanzan las palabras comunes, las palabras transitadas. Y el desafío consiste, precisamente en decir eso indecible, con las palabras comunes a todos, transitadas por todos.

Yo diría que la relación entre el poeta, la realidad y el placer o entre el humor y la realidad, admite muchísimos matices y se me ocurre bastante complejo y diverso. Finalmente la menor mirada, el menor contacto, la mínima entonación, todo es máscara y transparencia, todo es texto y traducción, interpretación. Exorcismo de miedos y fantasmas mediante la sutil materia de la palabra, en el límite del misterio que somos. Y la tarea del poeta es la de andar delicadamente sobre el filo de la transparencia sin caer en ella; sosteniendo el escándalo de la ambigüedad, de la intuición, del deseo, de la ternura, de lo que verdaderamente nos preocupa, nos conmueve, este enigma que nos constituye, un espanto y una belleza insoportables.

Para decirlo con las palabras del gran arquitecto americano Louis H. Sullivan:

Uno no ve nada, en cuyo caso está satisfecho.
Pero una vez que uno ha penetrado bajo la superficie
uno ve tanto que se asombra;
luego ve un poco más y se desconcierta;
otro poco aún, y se asusta,
otro poco más y se enamora apasionadamente;
otro poco más y se llega a un estado morboso.
Más allá no sé qué sucede,
no he ido más lejos.

Yo creo que la facultad poética se conjuga en la primera persona del singular, y su punto de partida es abrirse a la conciencia de ser parte del misterio, aprendiendo a desconocerse, a mirarse como a un otro, a saber que uno es diferente de todos los demás, del mismo modo que lo son todos los demás. El arte poético comienza estando al acecho de las propias emociones y cazándolas vivas, con una red de palabras antes de que se enfríen,. Al menos ésta es mi experiencia. Mis poemas nacen cuando ellos quieren. Salvo cuando una conmoción extraordinaria da a luz de un tirón un poema que no permite que le corrijan una coma, --me sucedió alguna vez bajo impacto de cierta muerte imposible-- salvo ese caso, mis poemas se construyen por oleadas, a partir de una suerte de iluminación, que rescata de las tinieblas un resquicio en el misterio que me constituye, o brinda volumen a una inesperada relación conmovedora con algo que me rodea o me sucede. Entonces, en una especie de sueño a ojo abierto, en una sobria borrachera de imágenes y palabras, la pluma se vuelve una prolongación del brazo, del cuerpo y comienza a balbucear sobre el papel un texto, a menudo informe, mientras uno, inclinado sobre sí mismo, se observa escribir, en un extraño desdoblamiento. Uno escribe a veces gozosa, torrencialmente, y a veces con la oscura sensación de andar territorios peligrosos, arrancándose palabras del silencio y las tinieblas, haciendo equilibrio sobre el borde mismo de lo absoluto y la locura.

Cuando ese momento concluye uno encuentra sobre el papel un material recién nacido, palpitante, retazos palabreros de un sueño, demasiado empapados todavía de uno mismo como para juzgarlo, como para corregirlo. Aprendí a olvidar prolijamente ese sedimento rico e informe hasta que se enfría. Recién entonces lo puedo retomar, y puedo discriminar con sentido crítico qué palabras, qué imágenes no perdieron la conmoción original y siguen vivas. Allí comienza una otra manera de la creatividad, la verdadera aventura de construir el poema, suerte de montaje poético con algo de sueño conducido, teniendo por herramientas la intuición en una mano y el oficio en la otra. Ahí comienza el oficio del poeta, pulir, corregir, escuchar y sentir cada palabra como nueva, como ajena. Oscar Wilde solía decir que a un poema hay que trabajarlo tanto, hasta que parezca no haber costado ningún trabajo. El objetivo a lograr es un poema que provoque, por resonancia una conmoción similar a la de aquella iluminación primera.

Para lograrlo uno vuelve y vuelve a pulir el texto, afinando la sonoridad y desbrozando el follaje palabrero para que, con las palabras más sencillas resplandezca al trasluz la idea poética, el descubrimiento a compartir. Vaya como ejemplo que yo quiero:

La pesada plancha y la tijera de sastre
tenían la forma de las manos de mi padre.

El día y la noche, el dinero y la miseria
tenían la forma de las manos de mi padre.

La bronca y la dicha, el poder y la vergüenza
tenían la forma de las manos de mi padre.

El frío y la sombra, el llanto y la esperanza
tenían la forma de las manos de mi padre.

La mesa y la casa, la risa y la tristeza
tenían la forma de las manos de mi padre.

Cuando salí a la calle y me mire las manos
tenían la forma de las manos de mi padre.

Mi padre tenía unas hermosas manos y este poema nació como una simple evocación poética de su mundo, a partir de un verso que se me fue imponiendo por su propia cadencia:

TENIAN LA FORMA DE LAS MANOS DE MI PADRE

Al ir construyendo el poema se me impuso por su propio peso y para mi propia sorpresa ese último par de versos que resignifican a todos los demás y sin los cuales el poema no existe:

CUANDO SALI A LA CALLE Y ME MIRE LAS MANOS
TENIAN LA FORMA DE LAS MANOS DE MI PADRE

Yo que tanto quería diferenciarme de él, que creía haberlo logrado, era puesto por ese verso frente a un espejo desde el que yo me miraba con su rostro; un espejo al que no podía desmentir.

En el caso particular de mi poesía, los temas familiares ocupan un lugar importante, movido por las conmociones más viscerales. Dediqué a la muerte de mi madre un largo Kadish que abría un poemario que titulé, consciente y paradójicamente, LEJAIM, por la vida. Por otra parte, a la muerte de mi padre –a mi edad estamos hechos también a la medida de estas experiencias—a la muerte de mi padre, le dediqué un largo capítulo en el penúltimo libro de poemas mío, titulado PADRETIERRA. Allí escribí, entre otras cosas:

Frente a su ataúd me rasgaron la ropa
dejando mi orfandad a la intemperie.

Convoqué a papá, el sastre,
y él se incorporó en su caja
a zurcirme el desgarrón
con puntada prolija y menuda.

Sin hilo
tiraba una y otra vez de la aguja
y la herida iba haciéndose
más ancha y más profunda.

Y también:

En cuanto llego a casa telefoneo a mi padre
distraído de que acaba de estrenar ausencia.
De pronto me acuerdo y corto de inmediato,
no sea que papá atienda.

Pero no sólo de muerte están hechos los poemas íntimos, familiares. De mi mujer escribí:

Clara lava la vajilla

Toma afectuosamente un plato
y como si le enjabonara
el pecho y la espalda a un chico,
lo enjabona cuidadosamente
del revés y del derecho.
Acariciándolo luego con toda la mano
de ambos lados
lo enjuaga bajo el grifo
para dejarlo
de pie en la rejilla de madera,
recién bañado,
chorreando agua como un chiquito.

Después toma otro plato y otro y otro,
y luego los vasos, las tazas, los cubiertos
uno a uno
y trata a todos con idéntica ternura
con una dedicación pareja,
con ese afecto
que alienta en cada uno de sus gestos.

Como ven, en mi poesía, sobre todo en la familiar, privilegio la imagen sencilla, expresiva. De mis hijos, siendo chicos, escribí:

Una ardilla y una paloma
se apropiaron la geografía de nuestra casa.

Mi hijo la ardilla, dispara pies y manos
con la velocidad de la mirada.
Sólo se detiene ante las cosas que se mueven,
arma barcos enormes con sillas y almohadas
y desarma argumentos con unos ojos negros
listos para la fantasía y para la humorada.

Mi hija la paloma, anda con paso afectuoso por la casa.
Dándose tiempo acuna sus muñecas,
arropa la tortuga y sonríe con toda la cara.
Su paso se demora frente al espejo
descubriendo su cuerpito
perfumado por la gracia.

Cuando la ardilla y la paloma duermen
toda la casa, solemne de pronto, calla.

Y mis poemas más recientes, como supondrán, tienen por personajes a mis nietos. Algunos textitos cortos:

PASEO: Vamos, su manito en mi mano,
¿pero quién conduce a quién?
Yo lo llevo a la plaza, él, a mi niñez.
A la mano de mi padre,
--grande, nerviosa, callada--
a las manos de mis hijos,
la alegre y vivaz de su madre,
la inquieta de su tío...

Pero llegamos a la plaza:
Abro mi mano
y las suyas se hacen alas.

EXTRAÑO PÁJARO: Desde hace años está prohibido
circular por Buenos Aires a caballo.
Pero Martín, trasgresor nato,
no tiene empacho en andar por la avenida
a cara descubierta, cabalgando.
Montado sobre mis hombros va al trote
y para peor, cantando.
Sus piernitas en mis manos, sus brazos extendidos
somos una extraña suerte de pájaro.
Y así, entre vuelo y canto
se nos va la tarde, galopando. (marzo 2001)

El MIEDO de los BUENOS: Martín es Tarzán, Batman y El Zorro,
un Power-Ranger, un pirata y Superman.
Fuerte y valiente, a espada o puño limpio
lucha casi siempre del lado de los buenos.
De pronto se detiene y pregunta:
“¿Los malos también tienen miedo?” (febrero 2002)

ZOOLÓGICO: En su primera visita al Zoológico
Martín observó a los animales:
El león y el “hipopota”
le dieron miedo y le resultaron malos
por sus rugidos uno, por su bocaza el otro.
En cambio el elefante, la jirafa y los monos
eran, a sus ojos, buenos “mostros”.

También así, a su manera, observa a la gente:
Uno lo presenta orgulloso a un amigo
y Martín, tras echarle un vistazo,
le descerraja tajante un “no guta”
y se abraza fuerte a uno
o simpatiza con el amigo a primera vista
y le sonríe con todo el rostro.
Temprano descubrió Martín
que el mundo todo es un zoológico. (abril 2001)

Espero no haber aburrido demasiado a quienes no tienen nietos. Además, no sólo de temas familiares está hecha mi poesía. Allá por 1980 publiqué un libro de poemas que titulé HOMENAJE a ABRAXAS. Abraxas es una divinidad que aparecía en el Demián de Herman Hesse, una divinidad que reunía en sí al mismo tiempo lo angélico y lo demoníaco, y esa imagen me interesó, fue un descubrimiento de mi madurez, quebrando lo esquemático, la mirada rígida de buenos y malos como entes separados. Los héroes bíblicos son todos humanos, multifacéticos. Y ese poemario mío comenzaba precisamente con un poema que decía así:

Exagero
como las pesadillas y los cuentos
para no mentir ni que me crean.

Soy la doble imagen del espejo,
judaísmo diestro: mano sonrisa y sueño;
judaísmo siniestro: ojo, cerebro y culpa.
Uno me ata a la vida, el otro a la palabra yerta;
uno me nutre, el otro me atormenta;
uno me enorgullece, el otro me avergüenza;
uno me rejuvenece, el otro me avejenta.
Soy simultáneamente la gran ciudad y la pequeña aldea;
el vuelo loco y la piedra;
la superstición, la sutileza, la aristocracia y la miseria.

Como las pesadillas y los cuentos
exagero
para no mentir ni que me crean.

A esta misma línea pertenece mi poema “Los dueños de las dudas” que dice así:

En la vereda de enfrente
están los dueños de la verdad escriturada,
los propietarios de la seguridad
del ignorante;
de este lado estamos nosotros,
los dueños de las dudas
sentados a una larga mesa en llamas.

Somos
los que sabemos que no sabemos.
Los que sabemos que no es luz esta claridad,
que este permiso no es la libertad,
que este mendrugo no es le pan
y que no existen una sola realidad
ni una única verdad.

Somos
los hijos de los profetas
pero también hijos de aquellos
a quienes los profetas maldecían; somos
los que desafinan en los coros de los istas.

Somos
los que confían en la marcha de la historia
sin darla por sobreentendida.
Escépticos y optimistas,
compartimos el pan de la duda,
sentados a una larga mesa en carne viva.

También hay poemas míos producto de algunos viajes a sitios que me conmovieron, como Masada:

Aferradas como manos a la roca judía,
las ruinas siguen de pie, prestando testimonio.
Trescientos metros más abajo
los romanos, hechos polvo,
son fantasmas que amenazan todavía la memoria.

Sin territorio bajo su tierra,
con una Biblia en su pasado
y un futuro de profetas,
Israel sigue cercada en el recuerdo
por hordas nazis que queman el ghetto de Masada,
mientras las fortalezas de Vilna y de Varsovia
caen en manos de las legiones romanas.

Y el siguiente está escrito tras andar Jerusalén antigua:

Rodeada de murallas
cuya caída vuelve a estallar en la memoria
con las copas quebradas
bajo los palios nupciales,
Jerusalén antigua,
anclada en Israel tras todos los exilios,
yergue su muro judío
palpado y hendido por manos familiares
que deslizan mensajes en sus brechas
para que el muro intervenga en su destino.

Bueno, creo que ya es tiempo de detenerme. Termino con un poemita cuyo epígrafe es un refrán ídish: “Vivir vale la pena aunque sólo sea por curiosidad”. Este textito se titula “Escrito en sueños” y dice:

En cualquier lugar, siempre que sea aquí.
En cualquier momento,
siempre que sea ahora.
De cualquier color, siempre que sea azul.
En cualquier lengua, siempre que sea en ídish.


Muchas gracias.


Caracas, Noviembre 2005